HISTORIA DE LA FUNDACIÓN DE NUESTRA CASA-MISIÓN EN LA IGLESUELA DEL CID (VII)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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XIV: LOS PRIMEROS FRUTOS

Esto que se acaba de decir en el párrafo anterior parece que necesita alguna explicación. Y la tiene muy natural. A pesar de las propagandas en contra de los frailes—recordad que es así corno se han empeñado en llamarnos— y del aflojamiento en la devoción, por las causas que se indica­ron en párrafos anteriores, principalmente en los últimos años del Cura difunto, D. Manuel Izquierdo, mucha gente conservaba el espíritu de piedad y de temor de Dios, y estaban deseando que se establecieran los Padres para apro­vecharse de sus ministerios. Por esta razón, en los dos viajes que, antes de la instalación, había hecho el Superior a La Iglesuela, le abordaron y acosaron con verdadero interés y anheloso afán en el confesonario.

Y viéraisle horas y horas de varios días escuchando a unos y otros, no con asombro, porque ya tenía larga expe­riencia de lo que en el mundo suele acontecer, pero sí con alguna extrañeza, por lo que respecta a algunas personas en estas ocasiones comprendió que no era oro todo lo que relucía. Añádese decir que el pueblo llevaba fama, y tenía y tiene hechos de piadoso. Había alguna, no mucha, frecuencia de Sacramentos. Y nadie dejaba de confesarse, a lo menos en Cuaresma, siquiera por respeto humano, por temor de ser notados. Pues este enemigo tan desolador de las conciencias había hecho horrible estrago en las almas de unos y de otros: de los piadosos y devotos y de los que no lo eran. Esto pudo comprender con bastante fundamento y claridad, y se propuso su plan de ataque, de reparación, de saneamiento, de salvación de las víctimas, con la ayuda del Señor.

Tenía que predicar la Cuaresma inmediatamente, a los cinco o   seis días. Los sermones cuaresmales a que nos he­mos obligado, si el Cura los quiere, son once, que se han de predicar desde el Miércoles de Ceniza al domingo de Pasión, ambos inclusive. Y así se ha hecho en las Cuares­mas siguientes. Pero en la primera no se hizo de ese modo. Calculó el Cuaresmero que era corto ese número de sermo­nes para llenar cumplidamente el plan que se había pro­puesto y conseguir el triunfo que apetecía; habló con el Cura Ecónomo, y convino éste en que, por excepción, predicase aquel año cuanto quisiese y pudiese. Y predicó, desde Carnaval, cuatro o   cinco veces por semana.

El resultado fue satisfactorio. Los que no se rindieron, los que no quedaron vencidos, quedaron bien impresiona­dos o   desengañados y confundidos. Trató de poner de re­lieve las causas que producen las confesiones sacrílegas, las nulas y las inútiles, y el peligro de condenación en que se encuentran las almas que profanan los Sacramentos. fue desarrollando la materia paso por paso, detalle por detallé, con aplomo, con energía, con ilación. Sondeó el abismo del corazón; registro sus pliegues y repliegues; revolvió las conciencias; examinó el uso, o   mejor, el abuso de las po­tencias anímicas, de los sentidos internos y externos; agitó vigorosamente el fondo del alma en el ejercicio de todas sus facultades; ahondó, en fin, y profundizó hasta llegar al suelo, removiendo todo el cieno en él depositado, hasta ponerlo a la vista de los menos perspicaces, así como se hace subir y aparecer sobre la superficie el de un estanque corrompido, cuando se apalean y sacuden fuertemente sus aguas, y se produjo un movimiento notable de terror y es­panto, pero saludable, en la generalidad del auditorio. Hubo duros, pertinaces, obstinados, ¿dónde no los hay en tiem­pos de tanta obcecación é incredulidad?; pero la conmoción general se hizo visible. Y como atribulados y confusos se les oyeron muchas veces estas y otras exclamaciones: ¡Estamos perdidos! ¡Si lo que dice el Padre es verdad, nunca hemos hecho buenas confesiones! ¡Nos vamos a con­denar sin remedio! Y se avivaba más y mas el interés por oir al predicador. Y en las cocinas, y en los campos, y en los caminos, ese era el tema de las conversaciones. Y la afluencia de oyentes era la mayor que podía esperarse. Del pueblo y las masías y de los lugares cercanos, a los cuales comunicaban sus impresiones los naturales. Todo esto vio el P. Cuaresmero desde los primeros días. Y lo vio y oyó también, tres semanas después, el compañero que le fue enviado por el Sr. Visitador.

Porque cuando tan temprano, espontáneo y saludable movimiento notó el Cuaresmero, rogó al pueblo que no empezasen el cumplimiento de Iglesia el domingo señalado, sino que’ esperaran una semana más, para que recibieran mayor instrucción de cosas muy necesarias antes de con­fesarse. Y les dijo que no pasasen pena por la confesión, que todos se confesarían con Misionero, si querían, porque tenía pedido un Padre a Madrid y esperaba que pronto se lo enviarían.

Con efecto, se había apresurado el Superior a escribir al Sr. Visitador, y, refiriéndole detalladamente, y con toda exactitud, lo que acontecía, le dijo que el movimiento era de misión que le pedían confesiones generales y era de esperar que las harían muchas gentes; que era natural que­rer hacerlas con el P. Misionero precisamente, y así lo ma­nifestaban; que era imposible oir él solo a todos, y, por tanto, que se imponía la necesidad de que enviase un Mi­sionero apto y con condiciones para el caso. Y le envió sin demora al Sr. Ibáñez (José), quien fue testigo de todas estas cosas, y después cooperador valioso en estas y en las otras que se irán relatando, portándose como bueno y mereciendo muy justamente el nombre de activo cofundador de la casa de La Iglesuela.

Llegó a ésta el 4 de Marzo de 1902, en un día verda­deramente desapacible, áspero, temible. El coche no llegaba más que hasta el Coll de Ares del Maestrazgo. Hubo de montar en un macho, y caminar luchando contra el viento norte y contra la ventisca, y nevando llegó a medio día a Villafranca del Cid, donde comió, y, como no conoce la cobardía, nevando se presentó en La Iglesuela media hora antes de tener que irse a predicar el Superior en la Parroquia.

Inmediatamente se entregó al ejercicio del ministerio sagrado de la Confesión, y tuvo un noviciado de prueba, pero satisfactorio. Hasta que él llegó el Superior confesaba dos o   tres días cada semana, por las mañanas, en la Parro­quia. Las restantes mañanas y las tardes todas lo hacía en la cueva de Belén. Después confesaban simultáneamente aquí y allá. El compañero, dos, tres, cuatro días, con dos, tres, cuatro horas de tarea, en la Parroquia. El Superior, en casa, como se ha dicho al final del párrafo anterior. Muchas, muchísimas almas, casi todas las que se confesaban con los Misioneros, y aun algunas que lo hacían con los otros Sacerdotes, hacían confesión general. El trabajo fue pesado, pero grato y provechoso. ¡Dios sea bendito!

XV: DOS MESES A OBSCURAS

Entre tanto no estaba desatendida la reforma de la casa del Aladrero, que teníamos comprada, según se dijo al fin del párrafo XII. En ella se hizo acopio de materiales para empezar las obras en la primavera. Sesenta o   setenta cahices de cal, cincuenta y tres de yeso, algunas docenas de tablas, tablones y otros maderos, estaban depositados allí antes de Semana Santa, y en Mayo debía de trabajarse ya.

Mas el hombre compone y Dios dispone. Y unos hom­bres impiden y desconciertan lo que otros combinan e in­tentan, o   todo a un tiempo. Porque la casa de la calle de Ondevilla no nos convenía para definitiva. Solamente la tornábamos para empezar a vivir. Nos era preciso edificar otra de planta después. Pero esto era multiplicar gastos y vivir muchos años muy a disgusto. Y el Señor, siempre tan bueno para con los suyos, impidió estos efectos por modo muy sencillo, por medio de los Fueros de Aragón, de los cuales quiso hacer uso una hermana del vendedor. Vaya. usted a atar cabos cuando es la Providencia quien obra y dispone! Porque ¿quién pudo sospechar que en los primeros pasos que los Paules habían de dar para establecerse en La Iglesuela habrían de intervenir los Fueros de Aragón, para desvanecer sus proyectos y conatos primero, para favore­cerles después? Porque lo que pareció un trastorno y una desgracia, resultó un acierto y un beneficio, como se verá después de dos párrafos. ¡Es Nuestro Señor de esa manera sabio, próvido, bondadoso!

Según esos Fueros, cuando cualquiera quiere enajenar, vender una finca, sus hermanos tienen derecho preferente a comprarla, y pueden impedir que la adquiera otro no hermano. Tenía el vendedor una hermana que quería po­seer casa en La Iglesuela, por vanidad más que por nece­sidad o   utilidad, por no ser menos que otros parientes que van a veranear a dicho pueblo, residiendo en casa propia. Por no ser menos que su hermano, que tenía —tenía, per-que ahora ya no existe— otra además de la que quería vender. Tuvo dicha señora noticia de los tratos que había entre nosotros, entró en ganas de poseer la que ya era casa nuestra, aunque fuese con postergación y daño nuestro —así lo declaró ella misma—, é inconsiderada y ambiciosa se empeñó en quitárnosla, y lo consiguió.

El miércoles Santo recibió el Superior una carta de su esposo, que entonces era Alcalde de Calanda, en la cual manifestaba en nombre de su esposa, que estaban resueltos a impedirnos la adquisición de la casa, porque la querían ellos para sí. El Superior dio cuenta del veto al vendedor, y escribió a los reclamantes, a quienes conocía y había tratado. Aquél declaró que de ninguna manera la vendería a su hermana, y que la casa, o   sería de los Padres, o   no sería de nadie. Y excitó al Superior a que prosiguiese obrando en ella como suya. Su afirmación se ha cumplido. La casa no fue de los Padres ni la ha adquirido su hermana. Su exci­tación no tuvo efecto, porque su hermana, desoyendo toda clase de respetos, atenciones y representaciones, insistió en su decisión y amenazó con ir a los tribunales. El Superior no quiso pleitear, ni fingir tampoco, por más que se lo aconsejaban, proponiéndole ‘medios de eludir el efecto de la apelación a los Fueros. Lo primero se lo prohibían las Reglas y muchos escritos del Santo Padre, autor de ellas. Lo segundo, además de ser contrario a su carácter y modo natural de ser, se lo impedía su conciencia, porque no que­ría obrar in fraudem legis. Y se resolvió a escribir al dueño de la casa que rescindía el contrato verbal que tenían he­cho, y por tanto que quedaba otra vez por suya.

Y tenía escrita la carta una noche para ponerla al si­guiente día en el correo, cuando le dan aviso de haber lle­gado al pueblo aquella tarde el reclamante, y de que venía a citarle a juicio para que hiciese cesión de los derechos que tuviera adquiridos sobre la casa del Aladrero. Puso el Supe­rior inmediatamente su carta en el correo, para poder afir­mar que ya había escrito y enviado la carta al dueño con la renuncia. de la casa, y esperó los sucesos, que no tardaron.

A las nueve de la mañana del siguiente día fue a ver al Superior el Juez municipal- –gracias que nos quería bien-­y díjole que se le había presentado Santapau, apellido del reclamante, pidiéndole que extendiese papeleta de citación a juicio contra el Superior de los Paules, y que sus preten­siones eran que cediese sus derechos adquiridos sobre la casa del Aladrero, y le entregase las cartas y escritos que acerca de este asunto tuviera. Que él había intentado di­suadirle de lo del juicio, aconsejándole una entrevista privada; pero que no pudo conseguirlo. Que se tomó tiempo para hablar con el Superior anticipadamente, y que deseaba saber cómo se podría arreglar el asunto sin pasar adelante, porque él de ningún modo quería que el Superior fuese al tribunal. Para que se comprenda esta benevolencia oficiosa, sépase que el Juez era el esposo de la Sra. Pepa, de quienes se dio noticia en el párrafo XII.

Responde el Superior: «Bien, vamos a juicio. Con dos palabras quedarán enervadas las energías de ese señor, apagados sus fuegos y paralizados sus bríos. Con decirle que nadie tiene derecho sobre la correspondencia privada, y que ninguno puede dar lo que no tiene, estará él despa­chado y sus planes desbaratados. Porque yo tengo ya he­cha la devolución de la casa a su dueño». Pero el Juez de ningún modo quiso consentir en que el Superior fuese a la casa de la Villa, mucho menos al tribunal; propuso vol­ver con el reclamante a visitar al Superior para entenderse, como lo realizaron y se entendieron. O mejor, sucedió

aquello de–caló el chapeo,    requirió la espada,—miró al soslayo,—fuese           y no hubo nada. Casi cómica fue la escena. Por lo menos su principio. Porque el Sr. Santapau es buen mozo, y fue oficial carlista, y el Superior le recibió con un poquito de chacota. Pero, en fin, se formalizó la conversación y desvaneciéronse los humos con que se ha­bía presentado. Trabajo le costaba creer que hubiese es­crito a su cuñado el Superior, porque decía que dos días antes, o   sea al salir él de Calanda, no había tal; pero al fin se redujo, y quedó terminado el incidente.

ANALES 1907

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