HISTORIA DE LA FUNDACIÓN DE NUESTRA CASA-MISIÓN EN LA IGLESUELA DEL CID (V)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Sociedad de san Vicente de PaúlLeave a Comment

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X: TERMINA LA PREPARACIÓN PRÓXIMA

Fue tendencia general de los señores albaceas de la una y de la otra época el retener el capital y no entregarlo a la Congregación, sino sólo sus réditos. El Cura Izquierdo puso tenaz empeño en ello, y de ello hizo hincapié en su viaje a Madrid, y pro bono pacis se condescendió y se con­sintió en que lo retuviese la Mitra. Sintió esta condescendencia el Sr. Garcés, porque, contendiendo con los alba­ceas privadamente, había insistido en que se debía entre­gar a la Congregación.

Porque inconvenientes tiene para una casa particular la administración de su capital en manos de los nuestros, pero mayores los tiene en poder de los extraños. Mejor es enten­derse con los de casa que con los de fuera. Cuanta menos intervención de éstos, más libertad é independencia. Y el que quiera saber, que estudie. «Y más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena». Y a lo tuyo, tú. Esta fue, y es, y creo que será siempre su opinión. Así ha juzgado y obrado en las tres fundaciones cuya administración y direc­ción ha tenido que manejar hasta la fecha.

Se puso, pues, a discusión este asunto el día 4 de No­viembre de 1901 en la reunión habida en Zaragoza para acordar las bases de la fundación de La Iglesuela, y hubo lucha sostenida por largo rato. Pero, después de demos­trarles las irrecusables garantías que ofrecen nuestros Con­sejos provincial y general, tan seguras como puedan serlo las que ofrece la Mitra, apostrofó el Sr. Garcés a uno de los albaceas, al que más resistía, diciendo:

—Suponga usted, Sr. N., que mañana le regalan, por ejemplo, diez mil duros

—Hágamelo usted bueno, P. Garcés —interrumpió el Sr. N.,— que me vendrían muy bien.

—Ojalá los tuviera de sobra—replicó aquél,—porque al momento era usted dueño de ellos.

—Valga, sin embargo, la hipótesis; usted puede entre­garlos a un amigo de su confianza, muy de su confianza, como lo es la Mitra para la Congregación, para que los haga producir, y puede usted manejarlos por sí mismo. Dí­game usted con lealtad aragonesa: ¿los confiaría a otro, o se los administraría usted? ¿No es verdad que temería usted que su amigo, atendiendo más a lo suyo, descuidase lo de usted? ¿No es verdad que usted estaría más atento que él a las alzas y bajas del interés para gananciar lo más que pu­diese?

—Escuche usted: ¿no quedaría estancado nuestro capi­tal en las oficinas de la Mitra? ¿Qué podría importar a los empleados de ella el que ganaran más  o menos los Paúles?

—Pero, a los Paúles, si tienen en su poder el capital

–¡Evidente, evidente! —exclamó el Vicario Capitular,—eso es clarísimo. Y confesó inmediatamente el Sr. N. lo mismo. Y lo confirmaron en seguida los otros señores al­baceas.

Y al siguiente día entregó el Prelado un volante al Se­ñor Garcés. Y con él se presentó éste en el Banco de Cré­dito de Zaragoza. Y pocos días después entregaba en la Procura provincial al Sr. Valdivielso veintitrés mil duros menos doce. O sean, cien mil pesetas del capital, y cator­ce mil novecientas cuarenta de los réditos de la Granja, como se expresó en el párrafo anterior. Entrega que causó no pequeña sorpresa a este señor, y posteriormente tam­bién al Sr. Visitador, porque no contaban ya con que este capital fuese a Madrid, y el Sr. Garcés nada les había no­tificado de lo ocurrido en la discusión, ni anunciado siquiera su viaje, sino que, de improviso, se presentó allí con los veintitrés mil duros.

Declaró entonces el Sr. Visitador sus pensamientos y planes, tomó sus disposiciones, encargó al Sr. Garcés que fuese a La Iglesuela a buscar y comprar  o alquilar una casa en la que pudiera instalarse provisionalmente la futura Co­munidad, calcularon que podrían hacerse estos preparati­vos hasta la Conversión de San Pablo, convinieron en que, en tan señalado día, sería muy oportuna y de excelente efec­to la inauguración de la nueva Casa-Misión, para que, in­mediatamente, pudiera la Comunidad empezará cumplir sus obligaciones, predicando la Cuaresma, y el 22 de Noviem­bre salió de Madrid el comisionado para llevar a efecto el encargo que se le había cometido.

Tenía que evacuar el Sr. Garcés en el Instituto de Te­ruel asuntos relativos al Colegio de Alcorisa, y, por tanto, habría de tomar el central de Aragón, en Calatayud. Con esta ocasión encomendóle el Sr. Visitador que arreglase asuntos de intereses de familia, pertenecientes a dos estu­diantes nuestros, y tuvo que entrar en sus pueblos y dete­nerse dos o tres días en cada uno. Tomó después el co­che-diligencia de Teruel-Montalbán-Alcañiz, paróse en Portalrubio, pueblo situado en la carretera antes de llegar a Montalbán, en donde se encontraban ejerciendo sus fun­ciones los Misioneros de Alcorisa, Sres. Villazán, Urían y Toro, con quienes pasó muy a gusto un día, regresó a Alcorisa el 2 de Diciembre, volvió a salir el día 5, y entró en La Iglesuela el 6, antevíspera de la Purísima, hospedándo­se en casa del Sr. Cura Izquierdo.

¡Pobre Sr. Cura! Él, tan activo, tan celoso, tan espiritual, tan trabajador, tan incansable, que durante veintiséis años había llevado en andas su Parroquia, instruyendo a todos, amonestando y corrigiendo a todos con espíritu apostólico, edificando a todos con sus ejemplos, con su virtud, no ficticia, no aparente, sino sólida y verdadera•, él, a quien jamás se adelantó nadie a ir temprano a la Iglesia, y en el confesonario se le encontraba desde las primeras horas de la mañana; quien jamás dejó de predicar, en una  o en otra forma, cuanto exigía de justicia su oficio pastoral y mucho más de supererogación; el, Mosén Manuel Izquierdo, mo­delo y destreza de buenos Curas, reconocido como tal por ella te matará a ti pronto! Y le mató, en efecto, dos meses después.

El Sr. Garcés predicó el día de la Purísima. Procuró im­presionar y desimpresionar, y se consiguieron ambos efec­tos. Ya no se miraba tan aviesamente la venida de los frailes. Prodújose desde entonces un movimiento de sim­patía hacía ellos, el cual tomó creces un mes después, como se dirá.

¿Y la casa? Se miraron muchas. Se hicieron indicaciones a varios propietarios, para compra  o para alquiler. Inútiles pesquisas, inútiles pasos é insinuaciones. No había casa que pudiera servir o que quisieran ceder. Un vejestorio caserón vieron, pero tan vejestorio, que a primera vista parecía im­posible remozarle. Sin embargo, en aquellas circunstancias apareció como una esperanza.

Habíase pensado en la posibilidad de habitar o de ins­talar provisionalmente la Comunidad en un edificio con­tiguo a la famosa ermita de Nuestra Señora del Cid, Pa­trona de La Iglesuela, y esta voz cundió en los nuestros de Madrid. Pero fue una ilusión que quedó desvanecida sola­mente con enterarse del fin de aquel edificio, que es el de albergar a los romeros de La Iglesuela, de Cantavieja, Ba­rranco de San Juan, Portell, Castellfort y Villafranca del Cid, que van en procesión a visitar el santuario en varios días del año, y con saber que ni el clero solo, ni el ayun­tamiento solo, ni solo el pueblo, pudieron alquilar, ni me­nos enajenar tal edificio, y ni aun los tres elementos juntos pudieran dar un paso en ese sentido sin contar también con superior Autoridad eclesiástica y aun civil. Además de que tampoco a nosotros hubiera convenido residir allí, por ser sitio muy solitario, sin más vecindad que un pobre ermi­taño y estar tres kilómetros distantes de la población.

Resultado final de este viaje fue la evidencia de que no teníamos casa, ni aun alquilada, para que pudiera llevarse a cabo la instalación de la Comunidad en 25 de Enero como se tenía proyectado, y por tanto la renuncia de este intento, porque la adquisición del poco agradable, obscuro y enve­jecido caserón mencionado, era asunto que debía de tratarse con su dueño, residente a la fecha en Calanda, ni po­dría habilitársele tan pronto.

XI: REALIZACIÓN

Vuelve el Sr. Garcés a Alcorisa con su plan ya combi­nado en el camino. Porque casa no hay en La Iglesuela. Se ha hecho imposible lo convenido en Noviembre con el Sr. Visitador para inaugurar la Casa Misión el 25 de Enero. Pero las obligaciones están contraídas, y el 12 de Febrero es preciso subir al púlpito de la Parroquia de La Iglesuela a dar principio a la predicación cuaresmal.

En La Iglesuela hay hambre de predicación. El Sr. Cura Izquierdo, que les había predicado mucho y con mucho provecho durante veinte años, aflojó notablemente en los últimos seis, o sea desde que empezó a experimentar con­trariedades por las fundaciones, y desde Agosto había ya enmudecido porque ya no era el Cura. Su sobrino, y suce­sor en la Parroquia, no era predicador, nunca lo fué siendo Coadjutor. Pero sentía que no se predicase, deseaba que se predicase, y anhelaba con ansia la venida de los Misio­neros para que predicasen. Por lo cual rogó con mucha instancia al Sr. Garcés, antes de su partida, que volviese pronto para predicar siquiera en los días de Navidad, ya que no podía ser en Adviento. Y le escribió después a Alcorisa reiterando sus súplicas.

Escribió, pues, éste desde dicho pueblo al Sr. Visitador, dándole cuenta de lo que ocurría y comunicándole su plan, y empezó a preparar su salida definitiva del Colegio y su regreso a La Iglesuela. Fue imposible adelantar tanto como quería Mosén Camilo, pero le contestó que a lo menos, no se concluirían las adoraciones del Niño Jesús sin haber pre­dicado,  o sea, que antes de Reyes estaría allí.

No dijo en Alcorisa que se marchaba definitivamente. Tenía dicho años antes que cuando él hubiera de mar­charse nadie lo sabría. Y pudieron realizarse su pronóstico y su propósito, porque, al encomendarle el Visitador la fundación de La Iglesuela, le dijo que no por eso dejaba de ser por entonces Superior de Alcorisa. Y posterior­mente, al tropezar con dificultades imprevistas, le repitió que fuese y viniese, obrando como Superior de la una y de la otra. Pudo, pues, mantenerse con verdad envuelto en sombras y nieblas. Aunque, al observar los prepara­tivos de viaje, por más que manifestara que era menester pertrecharse bien, porque había de predicar la Cuaresma, bien comprendieron sus compañeros ¡vaya unos bobos para no comprenderlo! y presintieron las Hermanas ¡vaya unas tontas para no sospecharlo! que la salida era radical. Y tan radical, que no ha vuelto más a Alcorisa en seis años transcurridos, ni es de suponer que haya de volver.

Salió, pues, el I.° de Enero de 1902 y pernoctó en Calanda. Desde esta fecha puede y debe contarse la existen­cia de la Casa de La Iglesuela. Los sueños y los proyectos de la fundadora y de su director, las preparaciones re­motas y próximas de los señores albaceas y de todos los demás interventores en ellas, dejaban de ser lo que fueron y tocaban en la esfera de la realización. Esa Casa-Misión por tantos años esperada, y cuya problemática fundación tantos vaivenes había sufrido, existía ya a lo menos perso­nificada en su Superior. Porque éste éralo en realidad, aunque como tal no fuese conocido públicamente, y fun­cionaba como tal, aunque continuando siendo Superior de Alcorisa y sin haber dejado de serlo hasta fines de Enero, simpatía, iniciado el día de la Purísima, como se dijo en el párrafo anterior.

Cuando escribió desde Alcorisa a Mosén Camilo, prome­tiendo ir antes de Reyes, le encargó que tuviese la víspera prevenidos los cantores o cantoras que hubiese. Y allí, en su propia casa, se presentaron a las dos de la tarde. Buenas voces, finos oídos, costumbre de cantar, voluntad anhelante, facilidad para aprender, docilidad, entusiasmo.  Con estas disposiciones no fué difícil enseñarles. En solos dos ensayos aprendieron variedad de villancicos que fueron ejecutados al día siguiente en la adoración del Niño, des­pués de Misa mayor y después de vísperas, con destreza, con afinación, con precisión y limpieza, con gracia y maes­tría, con entusiasmo, brillantemente. No hay exageración en lo que se está escribiendo. Eran buenos elementos para cantar.

El Sr. Garcés no pudo predicar por la mañana, porque hicieron en la Parroquia el recuento de matrimonios, naci­mientos y defunciones ocurridas durante el año; pero pre­dicó por la tarde, y volvió a predicar dos días después, en la Dominica infraoctava. El efecto en el pueblo fué el que se apetecía y se intentó, porque Dios estaba de por medio.

En seguida miró y remiró la casa del Aladrero, fea, des­apacible, sombría, pero grande, con paredes de resistencia y con maderas riquísimas. Con dos fachadas, una al Orien­te, al barranco de San Juan, otra al Poniente, a la calle de Ondevilla. En los otros dos lados, casas contigüas. No era apetecible, como lealmente declaró su dueño en Calanda, pero ¿qué remedio? No había otra, y era preciso instalar;

de un modo u otro, la Comunidad. Formó pues, el señor Garcés su plan. Se derribaría todo el interior, que era enteramente inservible; se abriría una luna en medio para luz y ventilación; en el piso bajo, desde la luna a la calle, ca­pilla pública, portería, escalera; desde la luna a la fachada oriental; dependencias de cocina, refectorio y demás. En el piso alto, dos órdenes de habitaciones, una a caza fachada. Aun hubiera resultado una casa regular y de algún gusto interiormente, pero desabrida, displicente en lo exterior. Y es claro, sin ensanchar, sin huerto ni otros desahogos. En fin, para habitar en ella diez o doce años penosamente, mientras se procuraba edificar otra de planta, pero no para definitiva. En consecuencia de este estudio, escribió el Sr. Garcés al dueño que se quedaba con ella, y éste res­pondió que confirmaba por escrito la enajenación que de ella había hecho verbalmente.

ANALES 1907

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