Dios le llamaba al martirio. A pesar de las prudentes precauciones, ocurrió la oportunidad.
Meses antes del Movimiento vivía en la casita de la calle de San Felipe Neri, 4. El famoso secretario de la Misión tenía allí papeles importantes que guardar y registrar.
Cuando las cosas tomaron tan mal cariz, tras la muerte de Calvo Sotelo, decía la Santa Misa en la «Gota de Leche», y aun durmió alguna noche allá. Estallando que estalló el Movimiento, en dicho establecimiento se quedó a vivir, a la postre. Primero, camuflado de sanitario, con su bata blanca y su carnet de la Cruz Roja: después de celebrar y dar la Comunión a las Hermanas se encerraba en una habitación del piso alto de la casa y allí le servían la comida, incluso, para evitar salidas que le pudieran poner en descubierto con visitantes peligrosos.
Luego, tras la incautación del edificio por los milicianos del Círculo Socialista del Puente de Segovia, ocurrida el 9 de agosto, pasó a vivir en una de las habitaciones de la vivienda del portero, en calidad de pariente del mismo.
La primera quincena de este mes de agosto fue de lo más luctuoso de la revolución. La época más recia de los «paseos». Los momentos, todos, eran de gravedad suma. Bullía la gusanera milicianesca. Cada paso y cada volver de una esquina constituían un peligro mortal. Al oír el sonido de los timbres domésticos se creía siempre ver el fantasma de una mano negra o tinta en sangre, y cuántas veces el fantasma se revestía de carne…
Entre los poquísimos conocedores del escondite del P. Barriocanal, lo que se dice personas de confianza, un médico y su practicante. A propósito, silenciamos sus nombres, que no di rían bien en estas páginas. Eran de los católicos cobardes, de los que, en aquel entonces, por librarse de compromisos, ce vestían con harapos de indignidad. Mas no consiguieron sus apremios que las Hermanas ni. el portero, intimidados, pusieran en la calle al Padre; antes aquéllas y éste se aferraron a su resolución de amparo.
En la tarde del día 9, ante la inminencia de un registro policíaco en, nuestra residencia de San Felipe Neri, donde el Padre Barriocanal había dejado sus maletas, cerradas, por si en ellas había algo que pudiera comprometer a los Padres que en ella habitaban, el que esto escribe fue a pedirle las llaves, y testifico la serenidad y aun beatitud, la suya de siempre, que resplandecía en sus facciones: no parecía temer la muerte, estaba tan tranquilo.
Y mientras las horas se desgranaban, se urdía la tragedia traidoramente. Dios sabe por quién; nosotros sólo lo sospechamos, con, algún fundamento.
Dejo la pluma al P. Vicente Franco, que describa con certera maestría la cruel y bochornosa realidad.
«El 11, hacia las seis y media de la tarde, se detiene un auto ante la «Gota de Leche». Saltan los estribos cinco fusileros. Dos quedan de guardia en el portal. Otros rondan los descansillos. Su capitán, hombrachón mal encarado, con tufos de matachín, se dirige sin vacilar a la sacristía y capilla. La Superiora domina sus impresiones y acalla los latidos acelerados de sus venas con una interrogación inocente y servicial:
—¿Qué buscas ahí?
El perdiguero está embiscado por alguno que conoce la presencia de la caza, pero que ignora o finge ignorar su cuchitril. La pista es segura, aunque algo desorientada. Por eso la contestación es también certera en el despiste.
—Busco un pájaro de cuenta, un pájaro vivo. Aquí hay un fraile.
En su lógica rudimentaria deduce el rastro. Un fraile ha de estar cerca de Dios; por eso husmea en la iglesia. La Superiora se encoge de hombros. Consciente, despreocupada, en la búsqueda. Para mayor libertad le deja a solas. Inmutable, serena, parece tornar a sus ocupaciones y se escabulle a la portería. Allí se azara un poco. Su habitual color encendido inflama su rostro como un ascua. Alza la voz para la sordera del «Padrecito».
—Le buscan a usted. ¿Tiene algo que le comprometa? —No.
Pues vienen resueltos a llevárselo.
¡Qué lo vamos a hacer!
No han temblado sus labios ni, ha palidecido al proferir sus palabras resignadas. Son la voluntaria aceptación del sacrificio ineludible.
Entra el hombrachón en casa del portero, que ya está dispuesto a representar su papel, y en, el terco interrogatorio sale por los fueros de la hospitalidad concedida a su «pariente». No valen protestas.
Entre tanto, los milicianos de guardia en el umbral sonríen por la captura. Ya se nota en la calle la aprehensión. Se aglomera la gente, que exterioriza su hipócrita escándalo, su furia sangrienta, su alegría sádica:
—¡Un cura!
—¡ Han «pescao» un cura!
Dentro, el «Padrecito» presenta su documentación. El matachín violenta una risotada y agita un papel:
—¿Y esto? ¿Y esto?
—Un pasaporte para Francia.
—Conque a Francia, ¿eh? Cuando te quieres fugar, algo temerás. ¡Arrea con nosotros! ¡Y tú también!, manda al portero. La zalagarda de la gentuza se espesa más y más a la salida de los presos. Le empujan al coche, y custodiado por los milicianos desaparece. Las miradas iracundas de la apelotonada turba se clavan como teas incendiarias en la «Gota de Leche».
Turbias vaharadas de lenguas soeces empañan el aire purísimo que aspiran las monjas.
Y es que, a continuación, clavaron los milanos sus garras aceradas en las cándidas palomicas de aquel lindo palomarcico vicenciano de «La Gota de Leche».
Mientras el coche fatídico llevaba al Padre no sabemos adónde, tal vez a la iglesia de Santa Cristina, en la carretera de Extremadura, según voces, a las Hermanitas las condujeron a la comisaría de la calle de la Cabeza, palacio del Marqués de Perales. Y al comisario le entregaron los milicianos el maletín del P. Barriocanal; creían con ello prestar un gran servicio: contenía un fichero. Era el pequeño, diminuto fichero de las Hijas de la Caridad Españolas, en cuya formación tanto se había desvivido el paciente secretario del Sr. Visitador. No es, pues, extraño que le hubiera costado tanto, como arrancarse el alma, el desprenderse de él. Cuando los milicianos se habían adueñado de la casa, la Superiora hubo de preguntarle repetidamente, y siempre el P. Barriocanal había respondido negativamente. Parece incomprensible que no se diera cuenta de que no era cosa fácil pasar por sanitario ni menos por pariente del portero teniendo en, su poder el tal fichero. Pues todavía, entre las varias chucherías frailunas que contenía el maletín, se hallaba el cuño de la Congregación. Es un caso más de lo difícil que es adaptarse en un todo a las circunstancias extraordinarias cuando se ha llegado a cierta edad.
Y mirando los sucesos de un modo sobrenatural, la explicación, a mi modo de ver, es ésta, en materia de absurdos de época revolucionaria: de haber faltado ciertas tonterías, inadvertencias, seniles o pueriles ilusiones, etc., ¿cómo se hubiesen allanado para muchos los caminos del martirio? Siquiera así abundaron los pretextos para el crimen, por un lado, y se cumplieron los designios de Dios sobre sus elegidos, por otro.
Nada más se sabe de los últimos momentos, horas o días de vida del P. Hilario Barriocanal. Cuando creíamos como cosa indudable que sus restos mortales se hallarían en la Casa de Campo, ya que era por entonces el más famoso lugar de fusilamiento, nos sorprende la noticia procedente del Juzgado de la Causa General de que los esbirros de la checa de Santa Cristina ejecutaron sus víctimas, por los días 15 al 20 de agosto, en el término de Boadilla del Monte. Son las consecuencias des orientadoras de siempre. De Santa Cristina a la Casa de Campo no era posible el consabido e imprescindible «paseo» en coche; se iba en dos pasos. Boadilla, pues, es el probable lugar del fusilamiento del P. Barriocanal.
Había nacido el P. Hilario Barriocanal Quintana en Quintanavides (Burgos), el 14 de enero de 1869. Sus padres se llamaron Francisco y Josefa.
Estudió Latín y Humanidades, con un Dómine, en su pueblo. Ingresó en la Congregación, en Madrid, el 26 de marzo de 1887. Pronunció los santos votos el 27 de marzo de 1889. Cursó todos sus estudios eclesiásticos en Madrid.
Se ordenó de Menores y Subdiácono el 21 y 22, respectivamente, de diciembre de 1894; de Diácono el 9 de marzo de 1895, y de Presbítero, el 30 de marzo del mismo año.
Siempre fue la Casa Central su residencia habitual. No tuvo otro destino. Y fue profesor de Filosofía desde 1895 a 1901, y desde este ario a 1916, de Teología, Hermenéutica, Derecho e Historia eclesiástica. Durante algún tiempo fue administrador de la revista La Inmaculada de la Medalla Milagrosa. Fue prefecto de la iglesia y enfermería y capellán de San Diego y Santa Isabel hasta 1921. Secretario de los Sres. Visitadores Atienza y Tobar. Y su particularidad inigualable, Maestro de Ceremonias. Cuando él ejercía, todo salía a maravilla: con «un arquear de cejas, con una discreta indicación de cabeza, con un escondido señalar de su batuta, lo concertaba todo sin que se percataran los espectadores».
Entre sus aficiones, que casi constituía debilidad y pasión, la fotografía. Era el consabido fotógrafo de los miembros de la Congregación reunidos en asamblea.
Era metódico y limpio, callado y diligente. Nunca se supo de su boca secreto alguno. Con lo halagador que es poder comunicar noticias que interesan y se anhelan saber. Pero él prefirió siempre pasar por soso en la conversación, cuando acompañaba al Sr. Visitador en las visitas a las casas.
Tenía un carácter suave y afable, aun cuando mismo se enfadara.
Su observancia fue total e ininterrumpida. Puntualmente acudía a la oración por la mañana y a los demás actos de Comunidad, aun cuando a veces bien pudiera excusarse.
Ejemplar misionero, no necesitaba el martirio para alcanzar la Gloria. Con él, su premio celestial se habrá acrecentado sobremanera.
Buen testigo en muerte quien tanto esclareció la Fe en vida.







