Hijas de la Caridad: Fundación de Cuba (1)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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logo-hhcSumario: 1. Fundación de las Hermanas en Cuba. 2.- Sus primeros trabajos. 3.-Hermanas fundadoras. 4.- Primeras víctimas. 5.- Desarrollo de sus obras. 6.- La Casa de Beneficencia. 7.- Elogio de las Hermanas. 8.- Colegio de Sales. Habana. 9.- Fundación de Hospitales Civiles y Militares. 10.- Hospital Militar de San Ambrosio. Habana. 11.- Sor Francisca Jiménez. El Gobierno premia sus abnegados servicios. 12.- Hospital de San Francisco de Paula. Habana. 13.- Leprosería de San Lázaro. Habana. 14.- Elogios de Sor Petra Maya y de Sor Ramona Idoate. 15.- Traslado de la Leprosería al Rincón. 16.- Vida en la Leprosería. 17.- Colegio de Santa Isabel. Habana. 18- Hospital de Guanabacoa. El Santo P. Claret, Arzobispo de Santiago de Cuba, pide Hermanas para su Diócesis. 19.-Es-cuelas de la Asunción; Guanabacoa. 20.- Asilo de San Vicente de Paúl. Matanzas.

 Las Hijas de la Caridad Españolas fundan en Cuba. Por vez primera nos da noticia de esta fundación una carta del P. Codina, quien, escribiendo al P. General, en septiem­bre de 1845, le dice, que el Capitán General de Cuba había pedido seis Hijas de la Caridad para aquellos Hospitales, y que, aceptada la demanda por el Gobierno español, pronto recibiría orden de envío. Efectivamente, aquel mismo año, salió la siguiente Real Orden: “El Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación de la Península, con fecha 19 de septiembre último, me dice lo que sigue:

“Excmo. Sr.: Su Majestad se ha servido resolver que, por el Director General del Noviciado de las Hijas de la Caridad se destinen, a la casa Maternidad de la Habana, seis Hermanas del mismo Instituto, sin perjuicio de la preferencia que merecen los establecimientos de beneficencia, a quienes antes de ahora les está hecha igual concesión.= De R.O. lo digo a V.E., a fin de que lo hagan entender al referido Director, para su cumplimiento y lo trascribo a V.S. para su conocimiento y efectos consiguientes. = Dios guarde a V.S. muchos años. Madrid 7 de octubre de 1845. Fermín Arteta. = Sr. Director General del Noviciado de las Hijas de la Caridad”.

Eran tantas las fundaciones que había en turno, que de no alterarse éste, ya podrían esperar los de Cuba; pero se les dio preferencia y ya en febrero del año siguiente vemos, por otra carta del P. Codina, que andaba arreglando la fundación:

“Recientemente, dice, un canónigo de Tarragona ha sido presentado para Obispo de la Habana. El Papa le ha aceptado y preconizado; dentro de un mes se consagrará en Madrid y partirá a su Sede. Se cree dichoso en poder llevar consigo algunas Hijas de la Caridad”.

… El citado canónigo fue el Obispo Fleix y Solans, un gran protector de los hijos e hijas de San Vicente.

No permitió el P. Codina que fueran solas las Hermanas a la Isla de Cuba, sino que obtuvo del Gobierno que pagara también el viaje a dos Padres Directores; a la vez consiguió de la Junta de Beneficencia de la Habana, que no se dividieran las Hermanas, tres para la Cuna y tres para el Hospicio, sino que las seis fueran a formar una sola comunidad.

Una nueva Real Orden de 12 de septiembre de 1846 urgía el envío a Cuba de las Hijas de la Caridad. Ya las Hermanas estaban listas y de superiora Sor Casimira Irazoqui, como la más a propósito para aquella empresa. Mayor dificultad ofrecía hallar directores, pues, suprimida la Congregación, eran pocos aquellos a quienes se podía brindar aquella misión voluntaria.

Por fin, se decidió que la colonia saliera de Madrid el 22 de noviembre para embarcar en Cádiz el 4 de diciembre, acompañada de los señores D. Ramón Vila y Francisco Bosch.

2.- Por una carta del P. Vila al Director de España, fechada en la Habana a 26 de octubre de 1848, sabemos algunas noticias de los primeros tiempos de aquella fundación. “Desde la última carta, dice, tanto los directores, como las Hermanas hemos seguido sin novedad particular, trabajando para la educación y provecho espiritual de la innumerable familia que alberga este vasto establecimiento. Las Hermanas son buenas y edificantes y amantes de su vocación, pero algunas se han puesto delicadas y enfermizas; principalmen­te la Hermana sirviente (superiora), casi de continuo padece algunos dolorcillos que le molestan mucho; sin embargo, no deja por eso sus tareas y ocupaciones, pues es muy trabajadora y Hermana de mucho provecho. Atendidas las muchas ocupaciones de este hospicio y los diferentes ramos que abraza, ya de niños y niñas, ya de ancianos y ancianas, ya de locos y locas con sus correspondientes enfermerías, pues todos se cuidan en casa, debería haber para atender a todo no seis Hermanas, sino doce o quince. Los jefes del establecimiento están convencidos de aumentar el número de Hermanas; pero, como el traerlas de Madrid acarrea tantos gastos, nunca se determinan a pedirlas y temo que jamás las pedirán; pues sabemos que, por lo común, las casas de Beneficencia están escasas de recursos y no hay duda, que el hacer venir Hermanas de España y tenerlas que pagar el viaje y equipo, es muy caro para los establecimientos.

“En esta Isla se nos han presentado varios jefes de establecimientos de beneficencia, manifestando deseos de confiarles al cuidado de las Hijas de la Caridad; mas, cuando han sabido que debían costar tanto entre viajes y lo demás, han desistido de la empresa, porque les faltan fondos para verificar la fundación. En efecto, son tantas las dificultades y obstáculos para hacer venir todas las Hermanas de España, que temo que la Compañía no progresará ni aumentará en esta Isla, hasta que se plante en ella un Noviciado, del que puedan proveerse los establecimientos para las fundaciones que se solicitan. Cuando, al contrario, fundado el Noviciado en ésta, serían muchísimos los establecimientos que les pedirían para su dirección, y las Hermanas podrían dar en ellos muchísima gloria a Dios y ganarle muchas almas. Nada pido con esto, únicamente expongo a V. lo que juzgo más acertado en la presencia de Dios”.

“Hace tiempo que se nos han presentado dos o tres jóvenes que desean con vivas ansias ser Hijas de la Caridad, y, habiéndoles contestado que no podían ser admitidas ni recibir el hábito en esta Comunidad, sin especial licencia de V. se han interesado para que yo pida a V. semejante permiso. A mí y a todos nos parecen que las mencionadas postulantes reúnen todas las cualidades para ser admitidas y si V. nos da permiso para darles el hábito y admitirlas, nos vendría muy bien para ayudar a las pobres seis Herma­nas, que tanto trabajo tienen en esta casa, y entre la fatiga y el rigor del clima están casi rendidas; en términos, que, si no pueden admitir otras, o los jefes del establecimiento no quieren pedirlas a Madrid, por los crecidos gastos que ocasionan, dentro de pocos años esta comunidad quedará del todo disuelta”.

3.- De la primera Superiora no han quedado más memorias que los datos escuetos del catalogo general. Hermana de singular valer tenía que ser Casimira Josefa Irazoqui para que los Superiores la confiaran aquella tan difícil cuanto lejana Misión. Era natural de Vera de Navarra, donde nació en 5 de marzo de 1809. Entró en la Congregación en 27 de junio de 1832. Fue destinada a la Inclusa de Madrid, semillero entonces de buenas Superioras, y de allí la sacó la obediencia para la fundación de esta Inclusa de la Habana. Esto era lo convenido, pero al llegar allí, vieron con sorpresa que, no sólo la Inclusa sino toda la Beneficencia recaía sobre sus hombros, y muchas amarguras hubo de pasar Sor Casimira viendo cómo las Hermanas se iban agotando y muriendo en la flor de la edad. Ella misma se sintió muy molestada de dolores.

“Era Hermana muy trabajadora y de mucho provecho”, testifica el P. Vila. Y en el Hospicio murió en 5 de enero de 1864, a los 53 años de edad. Iban con ella:

Sor María Juana Latiegui, natural de Isasondo, Guipúzcoa, donde nació en 18 de junio de 1806. Entró en la Congregación en 18 de enero de 1831. Estaba destina en el Hospital General de Valladolid. Murió en la Beneficencia de la Habana, en 27 de marzo de 1850.

Sor Benita Pérez, nacida en los Otones, Castilla, el 21 de marzo de 1814. Entró en la Congregación en 22 de mayo de 1832. Prestaba sus servicios en la Casa de Badajoz cuando fue llamada a Cuba.

Sor Eustaquia Benito, había nacido en Pamplona el 2 de noviembre de 1818; y fue admitida en la Congregación el 25 de marzo de 1839. Al ser llamada para la fundación de Cuba estaba en el Hospital de Tafalla. Murió en 20 de diciembre de 1880, en el Hospital de La Habana.

Sor Agustina Cortés, era natural de Sangüesa, nacida en 17 de mayo de 1816 y recibida en la Congregación en 15 de noviembre de 1840. Estaba destinada en el Hospital General de Madrid y acababa de ser trasladada a Santander cuando fue llamada para la Habana. Murió en 3 de septiembre de 1850.

Sor Martina Iribarren, nació en Vera de Navarra en 9 de enero de 1818. Entró en la Congregación en 16 de octubre de 1842. Era novicia aún al ir a Cuba. Murió, siendo Superiora del Manicomio, en 20 de diciembre de 1877.

A fines de 1849 llegaron a la Habana Sor María Josefa Zafra y Sor Francisca Robustiana Jiménez, que estaban en Francia.

4.- Que no eran infundados los temores del P. Vila, de que sucumbiría la pequeña Colonia bajo el excesivo trabajo si no recibía algún refuerzo, bien se confirmó con la prematura muerte de una de aquellas Hermanas, Sor Maria Juana Latiegui, fallecida en 27 de marzo de 1850 y que fue la primicia de caridad y de sacrificio que ofrendó a Dios en Cuba el Instituto.

Afortunadamente no tardaron en realizarse otras fundaciones en la Habana y con la ida de dieciocho Hermanas a principios de 1851, pudieron respirar un poco las de la Beneficencia.

La aparición del cólera en el verano de aquel año llenó de consternación a la Ciudad y tres Hermanas jóvenes, las tres novicias, sucumbieron asistiendo a los apestados, en los días 18, 24 y 26 de agosto. Fueron Sor Ana Ordozgoiti, Sor Vicenta Albiach y Sor María Moya. De entonces data el panteón, que como muestra de agradecimiento, a estas heroínas, adquirió para la Comunidad la Junta de Beneficencia

5.- Llegadas a la Habana las primeras Hermanas, pronto se vio la imposibilidad de que se concretaran al servicio de aquella Inclusa, conforme se había contratado, pues, ni sus fondos eran suficientes para sostenerlas, ni su local de la calle de San Isidro era capaz de albergarlas. En vista de ello, se refundieron ambas casas Inclusa y Beneficencia, y en ésta se establecieron las Hermanas, haciéndose cargo de las escuelas de niñas y de la sala de mendigas, en 12 de enero de 1847.

A medida que fue aumentando el personal de la Comunidad, fueron abarcando nuevas obras. En julio de 1857 pudieron encargarse de las escuelas de niños, y, en mayo de 1859, se creó un taller de obreras para las niñas mayores de 17 años y un botiquín para las necesidades de la casa.

En 1867 volvió la epidemia del cólera a llenar de consternación a la Habana, teniendo la Beneficencia más de doscientos atacados, durante los dos meses, que duró la violencia de la epidemia. De nuevo las Hermanas cumplieron heroicamente con su deber, cuidando día y noche a los pobres enfermos. La Junta de Gobierno reconoció los servicios prestados por ellas y acordó “sufragar a las religiosas, que lo necesitasen, para reponer sus fuerzas agotadas, los gastos de pasaje y estancia en la Isla de Pinos”, donde la Congregación tenía ya una casa.

6.- Durante las terribles crisis económicas, por las que, en el siglo pasado, hubo de atravesar éste, como todos los establecimientos de Beneficencia, sólo al sacrificio, al desinterés, al trabajo de labores y a las limosnas recibidas por mediación de las Hermanas debió esta casa la continuación de su existencia.

Y ¿quién podrá decir los sufrimientos de las Hermanas y sus desvelos maternales durante los días angustiosos del bloqueo en la última guerra colonial? Convertida la Beneficencia en Hospital militar, los niños fueron llevados al Seminario y las niñas al Convento de Santa Clara, locales inadecuados para albergar tantas criaturas y faltos de esa rigurosa higiene que el trópico requiere. Añádase la falta de ropas y de alimentos y se comprenderá el esfuerzo sobrehumano de las Hermanas en favor de sus pobrecitos.

Pasada la guerra, era muy de temer que la Beneficencia aunque Institución privada, siguiera el ejemplo de las Instituciones del Estado y sustituyera a las Hermanas por personal laico, pero el muy digno Director entonces, Sr. Agramonte, aseguró la permanencia de las Hermanas. Fue necesario renovar el plan de enseñanza y el Director presentó el plan que debía implantarse, dando un plazo de medio año para adaptarse a él. La Visitadora, que era por aquel tiempo Sor Eduvigis Laquidáin envió a la Beneficencia las mejores maestras, nombrando Directora de la Escuela a Sor María Campos, natural de Matanzas, que desplegó un celo y energía extraordinarios.

Al finalizar el plazo, el Director manifestó que deseaba presenciar los exámenes, y al rogarle Sor María que los prorrogase, pues no era posible que las niñas se pudiesen examinar,

dado el atraso en que las había encontrado, por las razones antes dichas, recibió esta respuesta del Director: “Yo no quiero exámenes de niños, sino de maestros; quiero saber a quienes tengo encomendada la educación de los asilados”.

En efecto, a los pocos días se verificaron los exámenes, en una forma casi de desafío, según lo había ordenado el Director. Una clase práctica, dada a las niñas por una Hermana, y otra a los niños, por un maestro. El resultado fue solicitar el Director el número de Hermanas necesarias para las aulas de varones…

7.- En la memoria de 1907 escribía el Dr. Agramonte: “El ramo de educación ha sufrido una completa transformación con la supresión de los exámenes de prueba de curso. Estos han sido sustituídos por la exposición de trabajos escolares y labores de arte…

Las niñas educadas en las aulas de la casa, desde 1847, ascienden a más de 12.000. Ligado por más de cuarenta años con la noble Institución de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, testimoniaba el Dr. D. Gonzalo Aróstegui, médico de la casa, he podido apreciar en todo ese tiempo sus arraigadas virtudes, su amor al trabajo, su espíritu de disciplina, su fe en la enseñanza, sus progresos y el respeto a nuestras instituciones…

Las he podido observar sobre todo en su doble ministerio: la atención y cuidados a los enfermos y desvalidos y la enseñanza. En uno y otro ministerio he visto destacarse muchas como figuras sobresalientes, que su modestia escondía. Conservo de algunas imborrables recuerdos: de Sor María Murguiondo, que me auxilió en el cuidado meticuloso de los niños de la Maternidad veinte años; de Sor Andrea Tellaeche, que con mansedumbre, celo y pericia sin igual, dirigió la casa de Beneficencia largo tiempo y de Sor María Campos, llamada por el Dr. Eugenio Sánchez Agramonte, Jefe de Sanidad Militar en la Revolución y, más tarde, Director de la Casa de Beneficencia, a implantar los nuevos métodos de enseñanza, puestos en vigor por el Sr. Secretario de Instrucción pública, D. Enrique José Varona.

He presenciado la evolución de la enseñanza que dan, no sólo en la Casa Beneficen­cia, sino también en el plantel de educación a su cargo “La Inmaculada”. Allí he asistido a las clases y constantemente en la presidencia de los exámenes, he podido apreciar el valor y mérito de su enseñanza que a moción mía, aplaudió la Junta de educación de la Habana.

Método, orden, disciplina, cultura moral y religiosa son las bases de su enseñanza. He notado desde el principio el afán de perfeccionamiento en las maestras y un espíritu leal y francamente dispuesto a escuchar y seguir el menor reparo. Ansían, pues, el progreso; son un gran factor de la educación pública y privada y prestan un gran servicio a la enseñanza oficial, a la cultura y al progreso de la República”.

En las obras de aguja, sobre todo, las niñas llegaron a adquirir tal perfección que, en las diversas exposiciones nacionales, han obtenido algunos de los primeros premios y en la de San Francisco de California, el gran premio de honor.

Nobles y maternales figuras han pasado por la Casa de Beneficencia y Maternidad; citemos tan solo las de Sor Andrea Tellaeche, cuyos últimos años pasados en las tinieblas de la ceguera, fueron complemento adecuado de purificación y sublimación espiritual en aquella alma que vivió siempre para sus Hermanas y asilados; y Sor María Murguiondo, la cual, en los cuarenta y nueve años que estuvo en el departamento de Beneficencia y Maternidad, recibió y cuidó a cinco mil niños. La Casa como tributo de agradecimiento, dedicóle artística placa recordatoria, en solemne fiesta celebrada el 21 de junio de 1912, y un hermoso retrato para la sala de los pequeñines.

Superioras de esta casa de Beneficencia han sido:

Sor Casimira Irazoqui, 14 enero 1847.

Sor Margarita Batlles, noviembre 1863.

Sor Juana Marquínez, 12 febrero 1868.

Sor Josefa Suárez, marzo 1871.

Sor Juana Aguirre, 24 junio 1885.

Sor Andrea Tellaeche,28 octubre 1894.

Sor Encarnación Navarro, 15 mayo 1912

Sor Eulogia Fernández, 1925.

Sor Josefa Ortega…..

Son actualmente treinta y una Hermanas de comunidad y cuidan 140 niñas y 190 varones. Se calcula en 9.000 sus educados desde 1880 hasta el presente de 1932.

8.- Colegio de S. Francisco de Sales. La Habana. Desde su fundación, en 1638 hasta 1850, estuvo bajo la dirección de señoras seglares, las cuales tenían a su cargo la instruc­ción y formación de las niñas y el gobierno interior de la casa, estando a cargo del Capellán la dirección espiritual, administrativa y económica del Colegio.

Una comunicación de puño y letra del mismo Sr. Obispo Fleix y Solans para proveer el Colegio de Hermanas y dirigida al P. Santasusana, dice así: “Deseoso de mejorar la instrucción de las niñas, que se educan en el Colegio de San Francisco de Sales de esta Ciudad, bajo mi especial protección y Patronato exclusivo, he creído que ningún medio sería más a propósito para lograrlo que encomendar la dirección de la enseñanza a las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl.

El Colegio cuenta con rentas propias suficientes para el alimento, vestuario y educa­ción de veintidós niñas pobres, pero de buenas familias, a las que se agregan casi otras tantas externas pensionistas y medio pensionistas, que pertenecen a la clase más distinguida de la población.

Tres Hijas de la Caridad, con las cualidades necesarias para esta clase de Estableci­mien­tos, llenarían cumplidamente el vacío de Directoras y Maestras, que se experimenta con harta frecuencia, en este país, no siendo fácil su reemplazo, por las muchas circuns­tancias que suelen reunir y que no son comunes a la generalidad de los que se dedican a este género de trabajos; y evitarían, también, los inconvenientes que trae consigo la continua variación de ellas, no sólo a la instrucción material de las niñas sino también a su moralidad y bienestar.

Estas consideraciones me han movido a dirigirme a V., como jefe de la Congrega­ción, para que se sirva proporcionarme las tres Hermanas que le parezcan adecuadas al objeto, bajo las mismas bases que están contratadas las de la Real casa de Beneficencia de esta Capital, excepto las particulares que corresponden a los Colegios, que no están comprendidas en aquellas.

Para gobierno de V. debo advertirle que ejerzo en el Colegio una inspección directa e inmediata, por medio de un Capellán Administrador, que vive fuera del Establecimiento, el cual, además de la administración, tiene a su cargo la obligación de decir Misa diaria en el oratorio de la Casa y prestar a las niñas los cuidados espirituales que necesiten; pero, no obstante, las Hermanas pueden confesarse con sus propios directores, en los días que tienen establecidos, de suerte que no tendrán necesidad de salir de casa para cumplir los deberes religiosos.

Espero, pues, que la cooperación favorable respecto de V. me permitirá ver cumplido cuanto antes mi deseo, para lo cual me dirijo, con esta fecha, al Ministro de la Goberna­ción, haciendo la petición debida, con el fin, de que la venida de las tres Hermanas se verifique al mismo tiempo que la de las que han de venir para la Real Casa de Beneficen­cia, quedando a disposición de V. desde este momento los fondos necesarios para la habilitación y viaje de las referidas tres Hermanas.

Dios guarde a V. muchos años.

Habana, 30 de marzo de 1850.

Sr. Director y Visitador General de las Hijas de la Caridad de S. V. de Paúl en los Dominios de España”.

Igual petición elevó el Sr. Obispo al Ministro de la Gobernación de la Península. Ambas peticiones fueron despachadas favorablemente.

Yo no dudo ‑decía el Visitador P. Santasusana‑ que saldrá cuanto antes la Real orden para esta fundación y contando con ella, paso a decir a V. E. mi modo de pensar sobre este asunto.

Desde luego reconozco las ventajas que, con la bendición de Dios, ha de reportar el Establecimiento, confiándose a las Hijas de la Caridad y deseando contribuir, por mi parte, a la realización de ese plan, no hallo inconveniente en proporcionar las Hermanas, aunque se habrán de hacer algunos sacrificios, atendiendo la escasez de ellas, para cumplir los muchos pedidos que cada día vienen; tanto más cuanto será preciso aumentar el número de maestras, sobre el que V.E, pide en la comunicación, porque tres solas son muy pocas para un Establecimiento, cualquiera que sea, según ha enseñado la experiencia a esta Dirección General; motivo por el cual tiene ya fijado el número de cinco, como mínimum, de Hermanas que deben enviarse a una fundación, en la que, por limitadas que sean sus atenciones, luego quedan todas empleadas en suficiente ocupación y hablando en particular de este Colegio, permita V.E. le haga la siguiente reflexión: Supongamos no van más de tres; la una ya se necesita para superiora, empleo delicado y que tiene bastante ocupada a una sola persona. Siendo ordinariamente más de cuarenta las educandas, y con probabilidad de aumentarse, verificada la fundación, se necesitan indispensablemente dos maestras, si las niñas han de estar cuidadosamente atendidas.

En nuestra Península tienen las Hermanas Colegios, que no cuentan tanto número de alumnas y se ha visto no ser bastante una sola maestra. Partiendo de la suposición antes dicha y estando ya ocupadas las tres Hermanas, ¿quién se encarga de la dirección de la cocina? ¿A quien se pone en la portería, que es una de las atenciones más interesantes de esta suerte de establecimientos? Y si de las tres, enferma una, cosa tan posible y fácil, ¿cómo se llenaría el vacío que ella dejó? Y siendo las ocupaciones de un Colegio para todos los días, se hace preciso tener quien supla el defecto de la otra. A más de que no se oculta a la alta penetración de V.E. cuán difícil es mantener, en una comunidad tan reducida, la regular observancia de cada Instituto. El de las Hijas de la Caridad tiene su reglamento y sus prácticas piadosas, que no pueden desempeñar bien con solas tres Hermanas.

Por cuyo motivo me ha parecido hacer a V.E. esta proposición, que sean cinco lo menos, en lugar de tres, las Hijas de la Caridad destinadas a ese Colegio de San Francisco de Sales; y caso que merezca su aprobación, pasaremos a hacer la escritura de contrato en la forma que indica V.E., advirtiendo que, si nada dice V.E. en contrario, miraré como aceptada mi proposición.

Dios guarde a V.E. m. a.

Madrid, 16 de abril de 1850.

Ignacio Santasusana

Excmo. e Ilmo. Sr. Obispo de la Habana”.

Siendo este Colegio de fundación episcopal, fácil le fue conseguir Hermanas por la mucha consideración y autoridad que el Gobierno español prestaba al Obispo de la Habana. Por eso, siendo muchas las fundaciones pendientes en la Península, dióse preferencia a esta por repetidas reales cédulas de 20 de abril, 27 de agosto y 7 de diciembre de 1850. Decía así esta última: “El Sr. Ministro de Gobernación del Reino, con fecha 27 del mes próximo pasado, me comunica la Real orden que sigue: Excmo., Señor: Enterada Su Majestad la Reina de los motivos especiales que asisten al Colegio de San Francisco de Sales de la Habana, y teniendo presente lo solicitado por el Director del Noviciado de las Hijas de la Caridad, en la exposición que acompañaba de 21 de octubre próximo pasado, se ha servido resolver que, por esta sola vez, se altere el orden en las concesiones otorgadas, prefiriendo el citado establecimiento en el envío de las Hermanas, que le fueron concedidas por las Reales Ordenes de 20 de abril y 27 de agosto últimos. = De la de Su Majestad lo comunico a V.E. para su conocimiento y el del Director del Noviciado.= Lo que traslado a V. para su inteligencia y fines consiguientes.= Dios guarde a V. muchos años.‑

     Madrid, 7 de diciembre de 1850.

     José de Zaragoza.

     Sr. Director del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad de esta Corte”.

Las Hermanas tomaron posesión en 28 de febrero de 1851. Se han educado en este Colegio más de 1.200 niñas. Tiene 80 internas y 60 externas, y es uno de los planteles más hermosos de ciencia y virtud con que de antiguo, cuenta la Habana. Han estado al frente de la Comunidad:

Sor Anastasia Conget, 1851.

Sor Tomasa Basterra,  1862.

Sor Paula Bernabeu,    1865.

Sor Manuela Prieto,     1868.

Sor Josefa Idoate,         1869.

Sor Margarita Batlles,  1871.

Sor Carmen Borrell,     1885 y

Sor Anunciación Villalba, 1925.

Es digna de especial mención Sor Carmen Borrell, la cual por espacio de cuarenta años, 1885‑1925, dirigió el Colegio con satisfacción de los diferentes Prelados, que durante

ese tiempo gobernaron las diócesis y de los propios Superiores, viendo todos en ella una excelente y ejemplar religiosa y una verdadera madre de las niñas.

En agosto de 1926 se trasladó el Colegio al nuevo edificio levantado en la Ceiba, término de Marianao. Acerca de la labor de las Hermanas tendríamos que repetir lo que respecto de la Casa de Beneficencia llevamos dicho, referente a los métodos formas y procedimientos. El material de enseñanza, ha sido muy completo, contando con el primero y mejor gabinete de física que se ha establecido en los Colegios de niñas de la Habana.

9.- Hospitales Civiles y Militares en Cuba. Una R.O. de 10 de junio de 1854 comunicaba al Director del Real Noviciado lo siguiente: “El Sr. Ministro de Gobernación dice, al presidente del Consejo de Ministros lo que sigue:

     Dada cuenta a la Reina, que Dios guarde, de la comunicación del Gobernador Capitán General de la Isla de Cuba, de 7 de mayo próximo, trasladada a este ministerio de mi cargo en R.O. de 27 del mismo, en solicitud de que se destine a los hospitales de la Habana el número de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que sean necesarias para la asistencia de los enfermos, declarándose esta concesión de toda preferencia, Su  Majestad se ha dignado acceder a lo solicitado por el Gobernador Capitán General de la Isla de Cuba, bajo las dos condiciones siguientes: 1ª.‑ Que la declaración de toda preferencia se entienda, después que se hayan servido las fundaciones concedidas hasta el día, con la misma calidad; y 2ª.‑ Que previamente y por los encargados por el Capitán General de activar este asunto y de formalizar los contratos se han de fijar y elevar a la real aprobación, sin la que nada ha de hacerse, el número de Hermanas que se pidan y deban ser objeto de la concesión.‑

     De R.O. comunicada por el expresado Sr. Ministro lo traslado a V. para los efectos consiguientes. Dios guarde a V. muchos años.

     Madrid 10 de junio de 1854.

     El Subdirector interino Ramón Miranda.

     Sr. Director del Noviciado de Hermanas de la Caridad.

Poco después otra R.O. fijaba en cincuenta el número de Hijas de la Caridad con que s se dotaba aquellos hospitales. Tan gran número de Hermanas, pedidas a la vez para Cuba por el P. Bosch, que era allí director desde la muerte del P. Vila, acaecida en 1850, y que había venido a la Península para conducirlas él mismo, puso en grave aprieto al Director de España R.P. Armengol, al considerar el trastorno que se produciría en las demás casas.

Reunidas con no pequeño sacrificio, el 12 de octubre de 1854 embarcaron en Cádiz 32 Hermanas en compañía del P. Bosch; quedándose las 18 restantes para ir el 12 del siguiente noviembre, con el P. Serra, pues no se había podido hallar pasaje para todas las cincuenta de una sola vez.

Llegada allí felizmente la primera expedición a primeros de diciembre, de 1854, tomaron posesión del hospital civil de San Juan de Dios, del de Leprosos de San Lázaro y del Militar de San Ambrosio; y esperaban las Hermanas restantes para encargarse también del de S. Francisco de Paula.

10.- Hospital Militar de San Ambrosio. Era éste el Hospital permanente y principal, que para sus soldados tenía España en aquella Isla tan mortífera entonces para los peninsulares. Estableciéronse en él las Hermanas en 1854. Quien contempla nuestros espléndidos Hospitales militares de hoy no puede darse idea de lo que eran entonces aquellas salas infectas, donde todo era rudimentario. La ciencia médica tropical estaba aún en mantillas y el vómito negro y la fiebre amarilla eran enfermedades endémicas, que devoraban la juventud sana, robusta, que por sorteo venía de la Península.

La presencia de las Hermanas allí fue como un rayo de luz en medio de las tinieblas. La suavidad de su trato maternal y la solicitud de sus cuidados venía a ser para aquellos pobres soldados enfermos como el dulce recuerdo de la madre lejana. ¡A cuántos salvaron la vida! ¡Cuántos consolaron en su última agonía!.

Aún no llevaban un año las Hermanas en San Ambrosio, cuando, en 1855, se presentó el terrible azote del cólera. Oleadas de pobres enfermos llegaban allí y el Hospital quedaba convertido en un foco de infección y de muerte. Sacando fuerzas de su flaqueza, las Hijas de la Caridad se multiplicaban para atender a todos los gritos de dolor y de angustia que resonaban por doquier. El vigor espiritual no tiene límites, pero el cuerpo débil extenuado y rendido caía, al fin , en brazos de la muerte. La elocuencia de los números excusa la de las palabras. La Comunidad de San Ambrosio, como rosa purpúrea que se deshoja, ve caer

cinco de sus Hermanas en la flor de la vida. Las fechas fúnebres se atropellan en los días 15, 19, 20, 24 y 30 de julio, en cada uno de los cuales, el cólera recoge el trofeo de una víctima,

alegre para las que se van, triste y doloroso para las que se quedan. Las supervivientes, lejos de huir, siguen con heroísmo sobrecargadas de fatiga y con tal de endulzar las amarguras de aquellos pobres soldados enfermos, desprecian la muerte. Otras dos Hermanas aumentaron el martirologio de Caridad, durante aquel año.

La estadística en años sucesivos no es menos aterradora. San Ambrosio, el Hospital Militar, fue un cementerio de Hermanas, durante los cuarenta y cinco años que en él permaneció la Comunidad, pero, gracias a ellas, miles de madres no perdieron sus hijos.

Fueron Superioras del establecimiento:

Sor Felisa Berraondo,  1854

Sor Francisca Jiménez, 1856.

Sor María Hernández.

Sor Francisca Miguel.

Sor Francisca Galarza, 24 octubre 1883.

Sor Ramona Huarte, 18 noviembre 1887

Sor Clara Larrinaga, 11 junio 1894.

11.- Sor Francisca Jiménez se destacó de tal manera por su actuación caritativa para con nuestros soldados, que el Intendente militar de Cuba solicitó para ella la Cruz de primera clase de la Orden del Mérito Militar. Creo que es la primera mujer española así condecorada, y desde luego, la primera entre las Hijas de la Caridad. Al hablar de los Hospitales Militares daremos cuenta de los documentos oficiales, altamente honoríficos para las Hermanas de este Hospital.

Había nacido esta distinguida Hermana en Funes de Navarra. En su bautismo recibió los nombres de Robustiana Francisca. Apenas vistió el santo hábito estuvo en los hospitales militares del Norte, poco antes del abrazo de Vergara; terminada la guerra, fue una de las que aparecen en Francia en el catálogo de 1842. Vuelve a España. Fue destinada a Cuba en 1849 y en 1856 aparece como Superiora del Hospital Militar de la Habana.

En nuestra última guerra colonial la caritativa e incansable labor de Sor Clara Larrínaga en favor de nuestras tropas mereció también el reconocimiento de la Nación con la Cruz de Beneficencia.

12.- Hospital de San Francisco de Paula. La Habana. El Hospital de San Francisco de Paula es una antigua Institución de la Habana, fundada en 1664, para la asistencia de  mujeres enfermas. Como todas las fundaciones pías fue de origen eclesiástico. Las bases para ser confiado a las Hijas de la Caridad se firmaron en Madrid por el P. Armengol, a los 30 días del mes de septiembre de 1854. Estaba enclavado en el centro de la ciudad, donde permaneció hasta 1909, en que fue trasladado a las afueras de La Habana, a sitio más higiénico y ventilado de Arroyo Apolo.

La administración corre a cuenta de la Mitra y el número de camas fue siempre limitado.

Han sido Superioras:

Sor Francisca de Sales Vizcondo, 1854

Sor Pía Sarasa, 11 febrero 1879.

Sor Ignacia Sánchez, 4 febrero 1894.

Sor Manuela Lacasa, 14 junio 1895.

Sor Clara Larrinaga, 25 enero 1901.

Sor Esperanza Garrido, 1907

Sor Valentina Elexpuru, 1909

Sor María Echauri, 29 octubre 1912.

Sor Victoria Sáez del Castillo, 7 diciembre 1921.

Sor Agustina Juanco, 1927.

Sor Dolores Ballonga, 1933.

13.- Leprosería de San Lázaro. La Habana – Rincón. Se fundó la Comunidad en 1854, bajo una Junta de Patronos. Esta es la primera gran Leprosería que ha sido confiada a las Hijas de la Caridad de todo el mundo. Nuestras Hermanas que habían asistido a todas las dolencias de la humanidad, iban a enfrentarse con ésta, la mayor y más repugnante de todas y recibieron como hijos suyos a aquellos infelices leprosos. Hace ya 90 años que ellas se sacrifican allí por los leprosos y, cosa singular, no se ha dado ni un solo caso de contagio, a pesar del contacto íntimo que tienen con ellos, ni en tiempos de mayor pobreza y menos preventivos cuidados que ahora.

Otra cosa digna de notarse es, que, cuando con el cambio político las enfermeras seglares iban ocupando el puesto de las Hermanas en los Hospitales del Estado, en medio de la pena que esto les causaba, tenían ellas el consuelo de que nadie iría a sustituirlas en aquel alto reducto de la caridad cristiana. Todo el oro del mundo no llega a pagar los servicios prestados en aquella mansión del dolor durante algunos días; cuanto menos, una vida entera, como la de Sor Petra Maya, o la de Sor Ramona Idoate, madres cariñosas de los leprosos.

Por iniciativa del Capitán General de la Isla y del Sr. Obispo de la Habana se firmó, en Madrid, por el P. Armengol, en 30 de septiembre de 1854, la escritura de esta fundación, que dice  así: “El Excmo. Sr. Marqués de Pezuela, Capitán General y Gobernador civil y militar de la Isla de Cuba y el Excmo. e Ilmo. Sr. Obispo, Dr. Francisco Fleix y Solans, estando sobremanera satisfechos de los felices resultados que ha producido, para el alivio de la humanidad doliente, los establecimientos de las Hijas de la Caridad en la Isla de Cuba, instaladas en la capital desde el año 1846, han tenido la generosa y caritativa resolución de confiar a su celo el servicio de todos los establecimientos de beneficencia de aquella Isla, dando principio, en el presente año, por los que reclaman más ese remedio, cuales son los cuatro Hospitales de la Habana a saber: el Militar, el Civil de hombres, el Civil de mujeres y el de Lazarinos, para cuyo objeto han elevado a S.M. (q.D.g.) una reverente exposición, pidiendo las Hijas de la Caridad, que se reputan necesarias para desempeñar ese servicio tan útil y necesario a los pobres enfermos. S.M. ha accedido benignamente a la piadosa solicitud por Real orden de 10 de junio de este año, comunicada por el Ministro de Gobernación al Sr. Director de las mencionadas Hijas de la Caridad.

Los mismos Excmos. Sres. concedieron amplísimo poder al Sr. D. Manuel Ibáñez, vecino de esta Corte, con fecha 7 de abril de 1854, para que, a nombre de SS. EE. y representando sus personas, acciones y derechos, puedan firmar las contratas que, al efecto, deban extenderse. Y habiendo este Señor apoderado conferenciado maduramente con el Señor Director General de las Hijas de la Caridad, han convenido con mutuo acuerdo en la presente Contrata, contenida en los artículos siguientes, que observarán ambas partes con toda puntualidad”.

Entre las Hermanas, amantes sacrificadas de los pobres leprosos merecen citarse Sor Petra Maya y Sor Ramona Idoate.

  1. Sor Petra Maya nació en Sangüesa en 18 de enero de 1815 y a la edad de 18 años entró en la Congregación, en 1833. Estaba en el Hospital general de Pamplona, cuando fue destina a Cuba y en compañía del P. Claret y de otras 17 Hermanas, llegó a la Habana, el 27 de febrero de 1851. Destinada a la Casa de Beneficencia, pasó en 8 de noviembre de 1854, como Superiora, a la fundación de S. Lázaro, donde falleció en 21 de junio de 1876.

En 1900 fue nombrada Superiora de la Leprosería Sor Ramona Idoate, en cuya ponderación basta decir que durante cerca de cincuenta años, sirvió a los pobres leprosos de la Habana, luchando contra la terrible enfermedad, en aquel viejo Hospital de medios escasos y sin los adelantos y precauciones higiénicas modernas.

  1. El traslado de los pobres enfermos del viejo al nuevo Hospital construido en el pueblo del Rincón fue un verdadero Calvario para ellos y para sus inseparables Hermanas. Mientras se terminaba el nuevo local fueron todos a instalarse en unos viejos barracones, que en tiempo del Gobierno español se utilizaban para cuarentena de inmigrantes. En 26 de diciembre de 1916 tuvieron los enfermos que tomar un barco viejo y emprender la marcha para el Mariel. Ellos se negaban. ¿Al Mariel? ‑decían‑. Al agua sí que nos quieren echar! Entonces pidieron como garantía que las Hermanas se embarcasen con ellos y así fue; sólo después que ellas entraron en el barco, se prestaron a hacerlo ellos.

Llegaron al Mariel, pero allí no había nada; ni camas, ni ropa ni alimentos; sobre el dolor de sus cuerpo cebóse el hambre, el frío y la miseria, siendo las Hermanas las primeras en soportar tales inclemencias y en esforzarse por poner remedio a tantos males.

Dos meses duró aquel infierno moral, hasta que, el 25 de febrero, insubordinados los enfermos, desesperados ya, dieron fuego a todos los barracones, quedándose a campo raso en el mayor abandono, ofreciendo nueva ocasión a las Hermanas para realizar heroísmos sin cuento. Puede considerarse lo que sufriría Sor Ramona, sobre quien recaía todo el peso de aquellos dolores.

No tuvieron más remedio que meterse en el nuevo hospital sin concluir; unos pabellones a medio construir, en pleno campo cenagoso, lejos de la población, sin agua, sin luz, sin calles, sin enfermería, sin casa para las Hermanas. No había más que el cariño maternal y los desvelos de ellas en favor de aquellos seres desgraciados.

Sor Ramona Idoate, una vez ocupados los primeros pabellones, dio comienzo por su propia iniciativa, y sin pedir nada a la Administración, a una serie de construcciones complementarias, como enfermería de graves, pabellón de niños y de niñas, etc.; en cuyas obras participaron de cerca Sor Antonia Barbero, sucesora de Sor Ramona en 14 de enero de 1925 y Sor Mercedes Sánchez, encargada de la enfermería de niños. Todo ello se hizo de limosnas cuantiosas depositadas en las manos suplicantes de las Hijas de la Caridad.

  1. El Hospital del Rincón es un verdadero pueblo, que cuenta, en 1933, con una población media de 350 leprosos y unas cincuenta personas a su servicio, albergados en pabellones higiénicos formando calle central. Tanto las mujeres como los hombres cuentan con amplio club, librería, radio y escenario, en que, de cuando en cuando, se representan obras teatrales y se dan sesiones de cine. Las Hijas de la Caridad han llevado un orden admirable al Lazareto y están en contacto directo con los enfermos. Las jóvenes leprosas tienen la Asociación de Hijas de María y los niños la de San Luis. Doce Hermanas están al frente de todos los servicios. Basta decir que tienen que prestárselos a algunos que ya han perdido los pies o las manos, los ojos o la nariz o los labios; hechos una podre y con un olor nauseabundo. No hay prueba mayor hasta donde puede llegar esa vocación divina, único sostén de la flaqueza humana en obras tan heroicas.

En el Hospital hay matrimonios. Sólo en una misión se celebraron nueve bodas, luciendo alguna de las novias traje de larga cola y linda corona. De algunos de ellos hicieron las Hermanas de madrinas, con el correspondiente permiso, que seguramente lo ratificaría San Vicente desde el cielo.

Para los matrimonios se han fabricado casitas aparte. Sólo uno, entre los nueve matrimonios, ha tenido un lindo niño, que hasta ahora parece sanito y que ha sido separado de sus padres para criarlo. Qué ambiente cristiano se respira entre los lazarinos!

Hay una hermosa iglesia, que ha costado muchos miles al Sr. Capellán, visitante cotidiano de los enfermos, a quienes profesa especial predilección. La festividad de San Lázaro constituye la preocupación del año entero. Los oficios de Semana Santa, la Inmaculada, el santo de la Superiora y del Sr. Capellán son variedad en la vida monótona de estos desgraciados. Otro tanto puede decirse de las Misiones que casi todos los años han ido a dar los Padres Paúles de la Habana.

Como remate y homenaje a las Hermanas digamos que Sor Ramona Idoate, con sus cincuenta años de servir a los leprosos, no es un caso aislado; veintinueve años les sirvió Sor Francisca Vázquez; treinta y dos Sor Josefa Alzuguren ya fallecidas; y ahí están continuando tan gloriosa tradición Sor Simona Galarza y Sor Margarita O´Keeff, que vienen sirviéndoles desde 1899 y que ancianas ya, los cuidan con amor y delicadeza de abuelitas. Los lazarinos se dan perfecta cuenta de la vida abnegada y cariño maternal de las Hermanas y lo saben agradecer. Bien se vio aquel domingo, en que Sor Ramona fue llevada a la morada postrera. Entonces se manifestó el duelo popular. Todo el Rincón conocía la vida sublime de esta mujer y el pueblo fue tras su cadáver, dolorosamente exaltado, con flores en las manos para cubrir el sarcófago.

Tras la carroza fúnebre iban las autoridades religiosas, empleadas del Hospital y almas caritativas que se interesan por aquellos infelices leprosos. Era una procesión impresionan­te. Sobre la tumba las flores señalaron una montaña multicolor. Y ese montón de flores era un símbolo de aquella vida; porque Sor Ramona con su consuelos, con sus cariños a los enfermos, transformaba, por el milagro de la ternura y la piedad, sus llagas en flores.

Han estado al frente de esta Comunidad de San Lázaro:

Sor Petra Maya, 1854

Sor Ramona Solarellas, 1876

Sor Luisa Embil, 1880

Sor Juana Garaicochea, 1876.

Sor Sinforosa Arocena, 1888.

Sor Francisca Furguet, 1892.

Sor Ramona Idoate, 1900.

Sor Antonia Barbero, 1925.

17.- Colegio de santa Isabel. La Habana. Fue establecido en el convento de S. Felipe por las Señoras de las Conferencias para la educación de las niñas huérfanas. Dedicóse a la fundación parte del producto de la rifa de un bazar que se permitió para socorro de los pobres de la expresada Asociación. La Marquesa de la Habana fue la que puso el colegio bajo los cuidados de Hermanas españolas. A esta Señora sucedió en 1859 como Presidenta de la Asociación Domiciliaria, la Condesa de San Antonio, esposa del Capitán General de la Isla, D. Francisco Serrano y quien consiguió sustituir a las Hermanas españolas por otras venidas de Francia, novedad que fue origen de no pocos disgustos. Desconocían el idioma español y dependían directamente de Francia.

Dependiente de este Colegio se fundó un Asilo de párvulos debido a los desvelos caritativos de D. José Ramírez Ovando y a la generosidad de la Marquesa de la Torre, en 2 de febrero de 1860. Falto de recursos este Asilo benéfico, el Sr. Ovando consiguió una suscripción entre los niños ricos de la Habana, a los que declaró patronos, costeando cada uno de ellos un niño del Asilo.

Después de lamentables disgustos, en los primeros días de enero de aquel año 64, las Hermanas francesas, sin previo aviso, se retiraron con el pretexto de acompañar a las tropas francesas, que fueron a Méjico y en 18 del mismo mes, se encargaron de dicho Colegio y Asilo siete Hermanas españolas. La escuela de párvulos dejó entonces de funcionar. Algún tiempo después se pensó en convertir este Colegio de Santa Isabel en Escuela Normal, para cuyo fin se redactaron bases y reglamentos, en cumplimiento del Real decreto de 15 de julio de 1863. Pero no sé por qué motivos se deshizo esta fundación al año siguiente, 1865.

Fueron Superioras:

Sor Manuela Prieto

Sor Simeona Ezquerra

Sor Margarita Batlle.

  1. Hospital y Escuelas de Guanabacoa. La fundación del Hospital y escuelas de Guanabacoa es de 1856. Vino de Superiora Sor Romualda Donamaría, que falleció a los

dos años de fiebre amarilla, y fue reemplazada por Sor Carmen Trevería.

Entre enfermos, presos y dementes solía haber unos cuarenta asistidos, y todo el servicio estaba a cargo de las Hermanas, pues no había más que un enfermero, un cocinero y un recadero.

El estado del hospital era lamentable; carecía de ropa blanca; el agua tan escasa que las mismas Hermanas tenían que salir con latas a traerla de una fuente, por una pendiente no muy suave; el alimento, tan escaso que desayunaban agua caliente con azúcar. Las Hermanas eran sólo cuatro, de las cuales una regentaba la escuela. Se hizo pues necesario aumentar dos más. Tal fue el estado de aquellas pobres Hermanas durante muchos años.

En 1886, siendo Superiora Sor Eulalia Aoiz, sobrevino la epidemia de viruela, por lo que el Sr. Alcalde de Guanabacoa hizo levantar un lazareto en el campo, habilitando una casa arruinada y pidió dos Hermanas para asistir a los enfermos; se accedió a su petición y permanecieron allí cerca de un año, sufriendo innumerables privaciones, fatigas y trabajos, tanto más cuanto veían el triste estado de los pobres enfermos a causa de la escasez.

A Sor Eulalia debió el hospital muchas mejoras ya en las salas de los enfermos ya en la escuela. Entre ellas el cambio del pavimento, que tanto facilita la higiene.

En 1888, la nueva superiora Sor Francisca Mayo consiguió del Sr. Director la mejora de la alimentación de enfermos y empleados; y ella con limosnas y donativos consiguió levantar una Capilla nueva y más amplia que se inauguró en 1890. Más tarde, el Hospital se vio completamente transformado, gracias a la actividad incesante de la superiora Sor Pía Echevarría; buscó medios para mejorar el cuidado de los pobres enfermos en ropas, alimentos y medicinas: emprendió varias obras de reparación, en techos y pavimento, hizo lavaderos, salas de operaciones y cirugía; todo a costa de mil afanes y limosnas.

Durante la Guerra de la Independencia, además de los enfermos del hospital, se encargaron de los soldados enfermos en dos casas que fue necesario alquilar, pues el hospital era insuficiente para tantos, a pesar de convertir en salas de enfermería todos los corredores, pasillos y dependencias. Inútil es decir cuánto sería el trabajo de las pobres Hermanas, siendo tan pocas y teniendo que asistir a todos; sin embargo, ellas hacían lo que podían, sin perdonar fatiga ni trabajo, con tal de aliviarlos en sus dolencias. En otro capítulo recordaremos sus sublimes heroísmos durante la reconcentración.

Cuarenta y siete años llevaban las Hermanas al servicio del hospital, que sin mentir podían llamar suyo, cuando en 1903 se vieron en amargo trance de abandonarle, pues un Director sin conciencia se empeñó en exigir de ellas cosas tan absurdas como dejar morir a los enfermos sin sacramentos. Esto era como obligarlas a retirarse, al verse desamparadas también por la Junta misma del Hospital.

El Santo Arzobispo de Cuba, Padre Claret, gestiona la fundación de las Hijas de la Caridad, en su Diócesis. Insertamos aquí la siguiente carta del apostólico P. Claret, que muestra patentemente la gran estima del Santo hacia las Hijas de la Caridad de San Vicente.

                                                J.M.J.

 Rdo. Sr. Director de las Hermanas de la Caridad.

Santiago, 26 diciembre de 1856.

     Muy Sr. mío y de toda mi veneración:

    Ya sabrá que cuando en el año 1850 estuve en esa Corte, pedí al Gobierno de S.M. y también a esa Congregación de San Vicente Hermanas para los Hospitales y demás establecimientos de Beneficencia de mi Diócesis; desde aquel año hasta el presente nunca

he cesado de repetir mis primeras súplicas, pero hasta el presente, nada he conseguido. Hace poco que escribí a D. Fermín de la Cruz para que recordara mis pretensiones y se le respondió que no se enviaban Hermanas que no se mande por el Gobierno. Pues al momento que recibí la de D. Fermín he escrito al Gobierno pidiendo de pronto seis Hermanas para la casa Beneficencia de esta Ciudad. Por de pronto no pido más, porque temo no las alcanzaría, porque sé que están pidiendo de muchas partes y no hay para tanto; pero pido al mismo Gobierno que tan luego como sea posible, manden para el Hospital de Caridad y Hospital militar de esta Ciudad, que las necesitan; y también pido Hermanas para la Casa de Beneficencia que yo he levantado de mis ahorros en la Ciudad de Puerto Príncipe, para recoger a tantos niños y niñas, como andan perdidos por aquella gran Ciudad; es un edificio muy hermoso y sano, en medio de una huerta que suministra las viandas para el gasto del establecimiento; en la misma ciudad hay hospital militar, hospital de hombres y otro hospital de mujeres y para todos se necesitan Hermanas.

     Yo hago presente al Gobierno de S.M. la necesidad que hay de Hermanas en esta mi Diócesis. Fundo mis peticiones en las disposiciones marcadas en la Real Cédula de 52.Hago ver la falta de equilibrio que hay entre mi diócesis y la de la Habana que tiene algunas sesenta Hermanas, cuando ésta no ha podido lograr ninguna, no obstante que la citada Real Cédula manda lo mismo para una que para otra. Estas y otras reflexiones, que omito para no molestar su atención, pongo a la consideración de V. a fin de que se digne enviar seis Hermanas para la Beneficencia de esta Ciudad de Cuba, tan pronto como pueda, y después cuando guste podrá enviar las otras siempre que guste para los demás establecimientos.

     Yo estoy bien seguro que si V. deja traslucir mi petición entre las Hermanas, todas le pedirán que las envíe a esta mi Diócesis; yo a todas las quiero mucho y ellas también a mí; ellas no han olvidado los buenos servicios que yo les tengo prestados; muchísimas de ellas saben que Dios se valió de mí para conducirlas a la Santa Congregación. A la verdad, Señor, que es una cosa que se puede decir que Dios ha permitido para mortificar­me; de otro modo no se puede explicar cómo haya sido posible que, habiendo yo tanto hecho para esa Congregación, no se me haya atendido. Pero yo confío que ha llegado su plazo, y así espero que V. pondrá fin a tanta tardanza y llenará mis deseos.

     Mande lo de su gusto de su más atento y seguro servidor y Cap. Q.S.M.B.

     Antonio María, Arzobispo de Cuba (Rubricado).

      P.D. Hace año y medio, que me creía que luego me enviarían Hermanas, así mandé una letra de 5.000 duros para pagar los gastos del viaje; y con mucho dolor de mi corazón tuve que escribir a un encargado que tengo en Barcelona, que es el Rvdo. D. Pedro Nandó, Vicario de Santa María, para que mandara recoger la cantidad destinada para las Hermanas. Por lo que si las Hermanas necesitan ahí el dinero para el viaje a esta mi Diócesis, D. Pedro Nandó lo tiene, y si no quieren, aquí se pagará todo cuando estén en ésta; como V. guste”.

19.- Escuela de Ntra. Sra. de la Asunción. Guanabacoa. Esta escuela se abrió, como queda dicho, el año 1857, en una de las salas del Hospital de la Caridad, regentándola una sola Hermana, ayudada a veces por la de la botica. Cincuenta niñas solían asistir en su principio, pero cada día iban aumentando, de modo que en breve llegaron a noventa o cien, por lo que fue necesario aumentar la comunidad, para que dos se dedicaran exclusivamente a la instrucción de las niñas. Para el sostenimiento de esta escuela daba el Ayuntamiento una cuota mensual fija.

Sor Josefa Pons, que llegó a Guanabacoa, a los cinco años de fundarse en el Hospital las Hijas de la Caridad, fue una de las encargadas de la Dirección de la Escuela, desempe­ñando muchos años su oficio de maestra con un celo y abnegación y caridad propios de una Hija de San Vicente. Había recibido de Dios dotes especiales para este ministerio; tenía el talento de hacer pronto asequibles a las niñas, todas sus instrucciones y no perdonaba fatigas ni desvelos para hacer que adelantasen, empleando todas sus industrias para tenerlas atentas y aplicadas, haciéndose siempre amar y respetar.

Se celebraban anualmente exámenes públicos, bajo la presidencia del Sr. Párroco, como inspector, y de una Comisión del Ayuntamiento, nombrada por el Gobierno. No es, pues, de extrañar que la escuela gozase cada día de mayor reputación justamente adquirida por la incesante laboriosidad de las Hermanas y aplicación de las niñas.

Por ver si el mérito correspondía a tal fama, le plugo al Sr. Alcalde de la villa presidir los exámenes públicos de 1880 y quedó de ellos tan satisfecho que se resolvió a condecorar a la Hermana con diploma de honor y Medalla de oro. Pero ella, por su humildad y de acuerdo con la Superiora, rehusó la Medalla y aceptó el Diploma, por parecerle que algún día pudiera servirle de garantía para la enseñanza.

Por concesión especial del Gobierno se otorgaba a las alumnas que lo deseaban y eran aptas para el magisterio, el título de Maestra elemental, sin tener que sufrir más exámenes que los que tenían lugar en la escuela.

Por el año 1887, se les concedió que pudieran obtener las alumnas el título de Maestra Superior, previos los estudios de un programa más amplio y los exámenes que tenían lugar en la misma escuela. Esto dio lugar al aumento de alumnas y de Hermanas profesoras.

Siendo Superiora Sor Mónica Gil, se estableció una suscripción mensual con el fin de dar almuerzo a treinta niñas pobres de la escuela y a veces vestido y calzado. Después de treinta y ocho años de fructífera labor la Escuela se vio en peligro de desaparecer, pues como estaba establecida en el recinto del mismo Hospital y aumentaba considerablemente el número de enfermos, era necesario buscar otro local; pero la falta de recursos para ello les hizo pasar por muchos apuros hasta conseguir fundar el actual Colegio de la Milagrosa, propio de la Congregación y que había de servir de refugio para las Hermanas, al abandonar el Hospital en 1903.

El 9 de septiembre de 1904 se trasladó el Colegio a otra casa más céntrica y más amplia, en una hermosa quinta rodeada de huerta que consiguió la Comunidad en condiciones ventajosas.

Más de 1800 niñas habían pasado por el Colegio hasta 1927. Superioras de la Comunidad y separado del Hospital, han sido Superioras:

Sor Pía Echeverría, 1904.

Sor Encarnación Navarro, 1922.

Sor Teresa Puente, 1925

Sor Eleuteria Martínez, 1927

Anteriormente lo fueron:

Sor Martina Iribarren

Sor Carmen Trevería,

Sor Mónica Gil y

Sor Eulalia Aoiz.

20.- Asilo de San Vicente de Paúl. Matanzas. Fue fundado por las Señoras de las Conferencias de San Vicente y se inauguró en 27 de setiembre de 1865, bajo la presiden­cia de Doña María Francisca Garay. En 18 de febrero de 1868 se hicieron cargo de él las Hijas de la Caridad. Desde el establecimiento de la Diócesis de Matanzas el Director del Asilo es

el Sr. Obispo.

El edificio ocupa uno de los puntos más pintorescos de la Ciudad, en pleno campo y con vistas encantadoras. Hay por término medio unas cuarenta niñas internas y sesenta externas, todas gratuítas. Han sido Superioras del Colegio:

Sor Ramona Solanella, 1868.

Sor Angela Lasierra, 1881.

Sor Encarnación Oliarte, 1905.

Sor Inés Lafuente 1914.

Sor Carmen Igaravidez, 1928.

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