Hijas de la Caridad en España (8) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Fin del cisma de España

ESTERILIDAD DEL CISMA. – SUS EFECTOS CONTRARIOS. – FER­NANDO VII PIDE AL PAPA EL RESTABLECIMIENTO DEL ORDEN. ­PÍO VII SEPARA A LAS HERMANAS DE LA JURISDICCIÓN DEL PATRIARCA DE LAS INDIAS. – ANULACIÓN DE LAS NUEVAS CONS­TITUCIONES. – LA UNIÓN. – DESCUIDO DE LOS MISIONEROS. ­EL GERMEN DEL MAL. – LA NO INTERVENCIÓN DE LOS SUPE­RIORES MAYORES. – EL VISITADOR DE ESPAÑA SUPRIME LA COR­NETA E IMPONE EL VELO. – AUTORIZACIÓN DE LA SANTA SEDE Y REGULARIZACIÓN DE RELACIONES. – TRANQUILIDAD. – LAS HERMANAS DE CORNETA VUELVEN A ESPAÑA. – ESTADO FLORECIENTE DE LAS OBRAS. – LA UNIFORMIDAD.

No obstante los buenos deseos del Patriarca de las Indias, Exmo. señor Cardenal Lorenzana, la nueva organización de las Hermanas de la Caridad españolas no dio los resultados que algunos habían esperado de ella. Ni los eclesiásticos, pues­tos al frente de la Comunidad, con el título de Padres espiri­tuales y con las atribuciones de superiores, ni las Hermanas que habían sacudido el yugo de sus legítimos e indiscutibles Superiores, podían contar con aquellas gracias especiales del cielo, para hacer prosperar una obra viciada desde su origen. Todos sus esfuerzos para difundirse por España fueron esté­riles, habían perdido la confianza de los pueblos y los mismos señores obispos las miraban con recelo.

Las Hermanas de todas las otras casas, fieles a su santa vocación, lejos de dejarse seducir por las ventajas temporales que se ofrecían a la nueva Comunidad por parte del rey Fer­nando VII, se afirmaron más y más en su vocación y estrecharon más íntimamente, si es posible, los vínculos de unión con los Superiores de París, y miraron con pena a una Comu­nidad que no era la suya, que había trocado sus reglas, variado su hábito y separádose de la verdadera y genuina autoridad, y que, a pesar de todo esto, pretendían llevar el título hermoso de Hijas de la Caridad. En tan hondo desconsuelo elevaron sus fervorosos espíritus a Dios esperando que arreglaría las cosas que los hombres habían desordenado. El cisma, pues, quedó circunscrito a la Casa Noviciado de Madrid.

Mas en el seno mismo de las Hermanas cismáticas había quedado latente el germen de independencia y de rebelión, y este germen no podía menos que fermentar, cundir y producir sus funestos frutos. Fueron tales y tan graves los desórdenes que resultaron de las medidas tomadas para separar del tronco de la gran familia de san Vicente aquella sección de sus hijas; dieron tan mal resultado las nuevas constituciones, que aun no habían pasado dos años, cuando el mismo Patriarca de las Indias tuvo que aconsejar al rey que tomase una medida radical, reconociendo que la obra de san Vicente de Paúl y de la B. Luisa de Marillac era irreformable.

Cansado el mismo rey Fernando VII de la multitud de quejas y reclamaciones que le venían continuamente, ya de los improvisados superiores, ya de las mismas Hermanas, resolvió poner fin a tanto desorden, y, comprendiendo su error, se di­rigió por segunda vez a la Santa Sede por medio de su ministro plenipotenciario cerca del Papa, D. Antonio de Vargas y la Laguna, pidiendo restituyera a las Hermanas del Noviciado de Madrid a su primitivo estado, sometiéndolas de nuevo a la autoridad del Superior General de la Congregación de la Misión.

He aquí el texto de la bula Posteaquam, expedida por el Papa Pío VII en 23 de junio de 1818, substrayendo la casa Noviciado de las Hermanas de Madrid a la jurisdicción del Patriarca de las Indias y restituyéndola a la obediencia del Padre Superior General de la Misión.

Pío obispo

«Por nuestra Bula del día 26 de marzo de 1816 aproba­mos las Constituciones redactadas por nuestro venerable Her­mano Francisco Antonio, Patriarca de las Indias, para la So­ciedad de Hijas de la Caridad de España. Nos colocarnos igual­mente el Noviciado General de Madrid bajo la jurisdicción y autoridad del susodicho Patriarca, en calidad de primer Admi­nistrador por la referida Sociedad.

Nuestro amado hijo, el Caballero Antonio Vargas y La­guna, ministro plenipotenciario de nuestro muy amado hijo en Jesucristo Fernando, rey católico de las Españas, cerca de Nos y de la Santa Sede, Nos ha dirigido instantes súplicas, en las que, enumerando varias graves dificultades que entorpecen la buena administración de la Sociedad entera, como conse­cuencia de la división de la jurisdicción, Nos pide, en nombre de Su Majestad Católica, que coloquemos toda la Compañía de las Hijas de la Caridad actualmente en España y que se esta­blezca en adelante bajo la plena autoridad y jurisdicción de la actual Vicario General de la Congregación de la Misión y de sus sucesores.

Habiendo, pues, examinado con atención los motivos ale­gados y reconociendo su gravedad, a fin de hacer más fácil y fructuoso el gobierno de esta Compañía, favoreciendo así los intereses de los pobres y de los enfermos, Nos, de nuestra ciencia cierta y después (le madura deliberación, usando de la plenitud del poder Apostólico, accedemos de buen grado a los deseos del Rey Católico, y, derogando en este punto nuestra Bula precedente, exoneramos y desvinculamos absolutamente a todas las Hijas de la Caridad y a cada una en particular, su sociedad y sus casas de España de toda autoridad y juris­dicción del Patriarca de las Indias y de otra cualquiera que sea, y las someternos enteramente y para siempre a la plena jurisdicción, obediencia, superioridad y dependencia del Vica­rio General actual de la Congregación de los Sacerdotes de san Vicente cíe Paúl y de sus sucesores.»

Como en el documento anterior el Papa no hacía más que reintegrar al Superior General (le la Congregación de la Misión en todos sus derechos, exonerando a las Hijas de la Caridad españolas de la jurisdicción del Patriarca de las indias, y aun cuando en ello estaba implícita la abrogación de las nuevas Constituciones ; sin embargo, para que no quedase duda alguna, Fernando VII recurrió por tercera vez a la Santa Sede, soli­citando la anulación y abrogación explícita de las nuevas Re­glas, dadas a las Hijas de la Caridad en 1816, y tomasen de nuevo sus únicas y legítimas Reglas, dadas por san Vicente, tal como las observaron constantemente todas las otras casas de España, que se habían mantenido fieles a la autoridad del Superior General, y Su Santidad se dignó expedir el breve siguiente con fecha 27 de noviembre de 1818.

Pío obispo

«Razones de la mayor importancia Nos determinaron, hace algunos meses, a colocar de nuevo la Compañía entera de las Hijas de la Caridad del reino de España bajo la plena y total jurisdicción del Vicario General de la Congregación de san Vicente de Paúl, como lo decretamos por nuestras Letras Apos­tólicas de 23 de junio del presente año, derogando nuestras precedentes Letras de 26 de marzo de 1816.

Estas mismas razones nos determinan hoy a abrogar las nuevas Reglas de esta Compañía, arregladas y sometidas a la sanción de la Santa Sede por nuestro venerable Hermano Fran­cisco Antonio, Patriarca de las Indias, y que fueron aprobadas por nuestras Letras de 1816.

Hemos examinado con la mayor atención las súplicas de nuestro amado Hijo en Jesucristo Fernando VII, Rey católico de las Españas, y hemos reconocido la utilidad para una Sociedad de no tener más que una sola y misma Regla y la gran ventaja que de ello resulta para los pobres y los enfermos.

En consecuencia, de Nuestra ciencia cierta y después de madura deliberación, usando de la plenitud de nuestra potestad apostólica, anulamos y abrogarnos dichas Reglas particulares y decretamos y ordenarnos que en el Noviciado de Madrid de la Compañía de las Hijas de la Caridad y en todas las casas, sin excepción, que se hallen en los estados de Su Majestad Católica no se observe por todas y cada una, ahora y siempre más que la Regla dada por san Vicente de Paúl y que perma­neció en vigor en el Reino de España hasta nuestro Pontificado, y Nos nada cambiarnos a esta Regla, tocante al gobierno de dicha Compañía.»

Estas Letras apostólicas se publicaron en Madrid con el pase regio el día 8 de enero de 1819, con lo que las disposi­ciones pontificias se veían revestidas del carácter legal español, produciendo, en consecuencia, todos los efectos civiles.

Las Hermanas disidentes no tuvieron más remedio que inclinar la cabeza y reconocer la dirección del Visitador de los Misioneros, como delegado del Vicario General de la Congre­gación; tornar de nuevo las Reglas de san Vicente de Paúl y el hábito y corneta que habían abandonado. Muchas se pres­taron a ello con muy buena voluntad y hasta con alegría, otras lo hicieron de mala gana y algunas se retiraron a sus casas, una vez que se vieron libres de sus compromisos anuales, contraí­dos por sus votos.

La Providencia brindaba una vez más a los Misioneros españoles la mejor ocasión para trabajar con celo en la obra de la unificación y reorganización de la Comunidad, si hubieran comprendido la importante misión que Dios les depa­raba; pero no sucedió así.

El respetable Sr. D. Buenaventura Codina, que después fue Visitador de la provincia y más tarde obispo de Cana­rias, en la Memoria que, con fecha 2 de abril de 1827, dirigió al señor Wailly, Superior General de la Congregación, dice lo siguiente:

«Las Hijas de la Caridad, que los Visitadores de la pro­vincia habían rodeado de tanto cariño y de paternales cuida­dos en los primeros años de su introducción en el reino, se vie­ron abandonadas por sus sucesores, lo que fue causa de muchos desagradables incidentes en las fundaciones de sus casas y entre las mismas Hermanas. A falta de la dirección de los Misioneros, éstas continuaron en ser dirigidas por el sacerdote secular, que les había dado el Patriarca de las Indias, y este sacerdote, en lugar de favorecer y fomentar la deseada unión y hacer desaparecer los últimos vestigios del cisma, contribuyó no poco a mantener la desunión entre las Hermanas.»

Y los Superiores Mayores de París, se dirá, ¿por qué no intervinieron?

Hoy, ciertamente, no habría pasado nada de eso, corno sucedió el año 1856 cuando se intentó un nuevo cisma de ma­yores proporciones aun, que obligó al señor Etienne, Superior General, a venir a España, deponer al Visitador y restablecer el orden. Pero, en aquella época, las circunstancias eran tales que no se puede achacar la culpa a los Superiores Mayores de París. Es necesario tener presente que con motivo de la gran Revolución, la Congregación estuvo treinta y cuatro años, de 1793 a 1827 sin Superior General ; que ésta se hallaba gober­nada por dos Vicarios Generales, uno en París y otro en Roma. El de París tenía bajo sus órdenes a los Misioneros de Francia y las Misiones que dependían de la Congregación de Propa­ganda Fide, juntamente con las Hijas de la Caridad de todo el mundo. Del de Roma dependían todos los otros Misioneros de Europa; por consiguiente, del de Roma dependían los Mi­sioneros españoles, pero no las Hijas de la Caridad.

Por otra parte, la invasión de las huestes de Napoleón en España habían sublevado los ánimos de todos los españoles contra Francia ; los mismos Misioneros no llegaron a sustraerse a este influjo, mirando con horror toda dependencia de Fran­cia, sin exceptuar lo relativo al régimen de la misma Congre­gación, respirándose en el seno de ella cierta extraña atmós­fera de independencia. El Visitador se titulaba asimismo: Vi­sitador General y Superior de todas las Hijas de la Caridad de España. Las mismas Hermanas empezaron a contraer la costumbre, muchas de ellas, de no usar la corneta, más que en la casa, quitándosela para salir a la calle y para la iglesia, tomando entonces el velo negro, hasta que en primero de enero de 1827, el Visitador señor Feu, por sí y ante sí, sin previo aviso, ni consulta, ni autorización del Vicario General de la Congre­gación, del único y legítimo Superior de las Hermanas, una vez obtenida la autorización del rey, rompió de modo oficial la uniformidad entre las Hijas de la Caridad, prohibiendo el uso de la corneta, por medio de la siguiente circular, pasada a todas las casas de las Hermanas. De aquí resultó que las Hermanas de España no recobra­ron jamás aquella unión cordial que debe ser uno de los prin­cipales caracteres de su Comunidad, perdiendo de vista sus obligaciones introduciendo pequeñas prácticas y usos, que ja­más habían existido. El espíritu y las prevenciones de las Her­manas que habían caído en el cisma, lejos de ahogarse, fueron poco a poco extendiéndose en la Compañía, por falta de sabia y prudente dirección.

«Enero I.° de 1827.

«Muy amadas Hermanas y Señoras mías: El Rey nuestro Señor acaba de comunicarme ser su real voluntad y beneplá­cito que yo, como Prelado ‘V Superior de todas las Hijas de la Caridad de los reinos de España, disponga que todas, dejando la toca grande, vulgarmente llamada corneta, usen habitual y únicamente, tanto fuera de casa como dentro de ella, la to­quilla que acostumbran usar siempre que usan el manto o velo negro.

«Por tanto, deseando complacer, como es justo, a su Real Majestad en una cosa que, por otra parte, estoy bien conven­cido ser muy razonable y, digna de la aprobación de todas las personas de recto juicio: ORDENO Y MANDO por la presente, que todas las Hijas de la Caridad desde el momento en que se les comunique la presente, se quiten la toca grande llamada cor­neta y se pongan habitualmente la mencionada toquilla, tanto para dentro como para fuera de casa y en todo lance y ocasión.

«Dios guarde, etc.,

FORTUNATO FEU. »

Desde entonces desapareció la popular corneta entre las Hermanas españolas, siendo hoy las únicas en el mundo entre las Hijas de san Vicente que usan el hábito y velo negros. Posteriormente, cuando el Superior General intentó uniformar a las Hermanas españolas con el resto de la Comunidad obtu­vieron permiso de la Santa Sede para seguirla usando.

En efecto, con fecha 31 de diciembre de 1877, por medio de la Sagrada Congregación de Negocios eclesiásticos extraordi­narios, el Padre Santo, Pío IX, permitió que las Hermanas de la Caridad de la provincia o provincias españolas, pudiesen seguir usando el traje que al presente visten, mientras la Santa Sede no disponga otra cosa.

Con la misma facha y para evitar cuestiones enojosas y rozamientos desagradables, y, a fin de normalizar y ordenar las relaciones entre la provincia española y los Superiores Mayores, el Padre Santo declaró:

1.° Que las Hermanas españolas estaban sujetas, como todas las demás, a la jurisdicción y obediencia del Superior General de la Congregación de la Misión, conforme a lo dis­puesto en la Bula Posteaquan de Pío VII de 23 de junio de 1818.

2.° Que el Visitador o Director de la provincia espa­ñola, así como la Visitadora y su consejo, fuesen nombrados por el referido Superior General.

3.0 Que el Visitador y Visitadora deben considerarse como intermediarios entre el Superior General y toda su pro­vincia, a quien deben dar cuenta anual, como todas las otras provincias, de todo lo concerniente a la marcha, gobierno y administración de la Comunidad.

4.° Que las Hermanas pueden comunicar directamente con la Visitadora y el Director de la Provincia; pero tienen el derecho de comunicarse directamente, cuando quieran, con el Superior General y la Madre Superiora General.

5.° Que el Superior General tiene la facultad de dividir la actual provincia de España, si así lo tiene por conveniente.

6.° Que fuera de lo expresado en estas declaraciones, no se concede ningún privilegio al Director y Visitadora de España.

Aquellos tiempos turbulentos y aciagos han pasado, y abri­gamos la dulce esperanza de que han pasado para no volver más. Hoy todas las Hijas de la Caridad de España, animadas del verdadero espíritu de su santa vocación, están unidas al centro de la Casa madre de París, respetuosas, sumisas y obe­dientes; miran como a su padre al legítimo sucesor de san Vicente, y como a su Madre a la sucesora de B. Luisa de Marillac, cuyas obras hacen revivir en los numerosos estableci­mientos benéficos, confiados a sus caritativos cuidados.

El año de 1855 la señora Marquesa de Malpica y la se­ñora Condesa de Zaldivar, en un viaje que hicieron a París, tuvieron ocasión de ver las escuelas, obradores y estableci­mientos de enseñanza dirigidos por las Hijas de la Caridad francesas, admirando el buen orden y el método, empleado por ellas, con el que alcanzaban brillantes resultados. De regre­so a España, formaron una junta de Damas con el objeto de traer a su patria algunas de esas Hermanas, llegando a interesar en favor de su idea a las Damas de la Corte y a la misma reina Isabel II. Se hizo la petición a los Superiores Mayores por medio del señor Olózaga, Embajador de España en París ; prepararon una casa para el primer establecimiento, a la que la Reina quiso que se le diera su nombre y se llamase Santa Isabel y en el mes de noviembre de 1856 tomaron po­sesión de ella diez Hijas de la Caridad procedentes de la Casa madre, siendo su Superiora la respetable Sor Eulalia Devos, que al siguiente año fue elegida Superiora General de toda la Compañía de las Hijas de la Caridad..

La Casa de Santa Isabel de Madrid ha dado a la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad tres Superioras Generales, la Madre Devos, la Madre Lequette, la Madre Kieffer.

Hoy, las dos secciones de la gran familia de las Hijas de la Caridad trabajan con ardor infatigable e inagotable ca­ridad, por toda – la extensión del territorio español, en hospi­tales, orfanatorios, hospicios, escuelas, casas de misericordia, cocinas económicas para obreros, etc., sin retroceder jamás ni ante los estragos de las epidemias, ni ante los climas más mortíferos, ni aun ante los horrores de la guerra.

Sus obras han tomado tal incremento que hoy las Hijas de la Caridad, de las dos provincias, la Española y la Franco-Española, dirigen en España setecientos ochenta establecimien­tos de beneficencia, los que se hallan a la altura de los mejores del mundo entero.

Esta sorprendente prosperidad se debe principalmente a dos causas : primera, al buen espíritu de que están animadas las Hijas de la Caridad de ambas provincias, espíritu que no es otro que el que está contenido en estas palabras que cons­tituyen el lema de su benemérita Compañía : La caridad de Jesucristo crucificado vos aprenda; y segunda, a los tres escla­recidos misioneros que durante largos años han representado dignamente al M. H. Padre Superior General, como Directo­res de la Provincia española, los señores Ramón Sanz, Maria­no Maller y Eladio Arnáiz, quienes, juntamente con las dignas Visitadoras de la Comunidad, han mantenido siempre con infatigable celo y constante vigilancia el espíritu propio de las Hijas de la Caridad y la fiel observancia de las Reglas y Cons­tituciones.

Todas las obras establecidas por san Vicente de Paúl y por la B. Luisa de Marillac florecen hoy en España, siendo, como en tiempo de sus santos Fundadores, el alivio y el con­suelo de todos los que gimen bajo el peso del dolor y del infortunio.

Esperamos que, en día no lejano, todas las Hijas de la Caridad de España, así como están unidas a sus treinta y cinco mil Hermanas restantes en el mundo entero por el mismo espíritu, por la misma caridad y por las mismas obras, lo es­tarán también por aquella perfecta uniformidad, tan recomen­dada por san Vicente y por su bienaventurada Madre, ha­ciendo desaparecer los últimos restos de antiguas y mezquinas preocupaciones que hoy no tienen ya razón de ser y que, debi­litando el principio de unidad, introducen en las comunidades religiosas funestas divisiones, que las conducen insensible­mente a la decadencia y a la ruina.

 

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