Hijas de la Caridad en España (6) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Las primeras divisiones

LA CORNETA EN REUS.    INTENTO DE UNA CASA CENTRAL. ‑DESCUIDO DE LOS MISIONEROS. – LA PRIMERA DIVISIÓN Y SUS EFECTOS. – PROTESTA DEL VISITADOR Y DE LAS HERMANAS AL SEÑOR BRUNET. – CAÍDA DEL PRÍNCIPE DE LA PAZ Y ABDICACIÓN DE CARLOS IV. – FERNANDO VII DEPUESTO POR NAPOLEÓN I. – GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. – MUERTE DE LA MADRE DELEAU Y ELECCIÓN DE SOR DESCHAUX. – MUERTE DEL SEÑOR BRUNET. – NOMBRAMIENTO Y MUERTE DEL SEÑOR PLACIARD. ­EL SEÑOR HANÓN. -INTENTO DE CISMA EN FRANCIA. – UN PROVICARIO PARA ESPAÑA. – CAÍDA DE JOSÉ BONAPARTE Y ABDICACIÓN DE NAPOLEÓN I. – FERNANDO VII REY DE ESPAÑA.

Antes de hablar del cisma o de las grandes divisiones que se produjeron entre las Hijas de la Caridad de España en los reinados de Carlos IV y Fernando VII, vamos a referir un episodio curioso, que sucedió el año 1801, siendo Visitador de los Misioneros y Director de las Hermanas el señor Felipe Subíes.

En vida de Sor Juana David y durante los ocho años que siguieron a su muerte, jamás se había suscitado la menor cues­tión sobre el hábito y tocado de las Hermanas ; todas usaron constantemente el hábito y la corneta, universalmente adoptada por la Comunidad desde 1685. Pero sucedió, que tres Herma­nas que asistían a los enfermos del hospital de Reus, por sí y ante sí, contra la voluntad de los Superiores, se quitaron la cor­neta y la reemplazaron por otra toca y velo, con gran disgusto del buen señor Subíes.

Hoy día la corneta no llama la atención a nadie, todo el mundo está acostumbrado a verla y en todas partes se la mira con simpatía y se la rodea de respetuoso cariño; pero no negare­mos que, en aquella época, el hábito y tocado, hoy tan popular de las Hijas de la Caridad, debía llamar poderosamente la aten­ción en España, en donde el uso de la mantilla era tan general, sobre todo, como traje de Iglesia y para visitas de respeto.

Hemos oído decir alguna vez a personas respetables, que, si san Vicente hubiera conocido la modesta costumbre española de aquella época, habría dispuesto que las Hermanas se cubrie­ran la cabeza con un velo. Los que así piensan, conocen poco a san Vicente ; esta costumbre no le era desconocida al santo Fundador, pues en su tiempo existía también en Francia, como se ve en las pinturas de la época; más aun, algunos de sus Mi­sioneros que trabajaban en Bretaña, le escribieron haciéndole algunas observaciones sobre este punto, mas el santo permane­ció inflexible, proscribiendo absolutamente el uso del velo para las Hijas de la Caridad.

El señor Subíes se opuso inmediatamente a esta novedad; pero sus órdenes encontraron fuerte oposición, llegando a insi­nuarle las Hermanas de Reus, que aquel cambio se había reali­zado con anuencia del Vicario General de la Congregación, señor Brunet, entonces residente en Roma.

Esta afirmación sorprendió al señor Subíes, y aun llegó a manifestarse molesto y resentido con el Vicario General.

Había entonces en Barcelona algunos Misioneros franceses emigrados, a causa de la Revolución, y, entre ellos, el señor Claudio Vicherat, quien le dijo que esto no era posible; que debía haber seguramente alguna mala inteligencia y se ofre­ció a escribir él mismo al señor Brunet para manifestarle la pena y sentimiento del Visitador de España.

El señor Brunet se apresuró a contestar la carta del señor Vicherat con fecha 19 de septiembre de i8oi, en la que le decía:

«Por lo que hace a las Hijas de la Caridad, ciertamente no merezco el reproche que me hace el señor Subíes de haber yo puesto obstáculos a la ejecución de sus órdenes en Reus. Jamás he escrito cosa semejante; todo lo contrario he dicho: que de­bían conformarse a las órdenes del señor Visitador y en la última carta que he escrito a Reus, la que fue por el mismo co­rreo en que fue mi carta para el señor Subíes en la que me jus­tificaba sobre este asunto, dije muy clara, categórica y formalmente que se darían las órdenes convenientes para volver a tomar la corneta, lo que debía ejecutarse sin demora.

León. — El Hospicio.

Es muy extraño que, habiendo yo mismo indicado los me­dios para hacer inclinar la cabeza de esas Hijas de la Caridad bajó su corneta, se me diga que pongo obstáculos a las órdenes del Visitador. Esto me hace sospechar que han escrito de Reus a Barcelona, presentando corno resolución mía una cosa en la que yo jamás he pensado.»

Sostenido el señor Subíes con la autoridad del Vicario General de la Congregación y, además, por las Hermanas de las otras casas, que protestaban contra semejante novedad, prohibió con mano firme toda innovación en el hábito y tocado, y las Hermanas de Reus tuvieron que resignarse a tomar de nuevo la corneta.

Se dice, sin embargo, que quedó un germen de oposición latente, sostenido por influencias ocultas, que dieron por resul­tado que en el 1839, las dos casas de Reus fueron separadas de la Comunidad.

Parece que la idea de Carlos IV era, no sólo establecer una casa Seminario para la formación de las Hijas de la Cari­dad españolas, sino centralizar en Madrid el gobierno de la Comunidad estableciendo con el Seminario una Casa central y que su Superiora lo fuera de todas las casas de Hermanas de España; puesto que en el párrafo 8.° de la escritura de funda­ción se dispone que, si en alguna población de España se qui­siera confiar a las Hermanas algún establecimiento de benefi­cencia, después de obtenido el permiso real, habría que enten­derse con el Visitador de los Sacerdotes de la Misión y con la Superiora de la casa. Noviciado de Madrid, para formular la debida contrata.

Magnífica ocasión se presentaba a los Misioneros de Es­paña para trabajar con fruto en la propagación de las Hijas de la Caridad con la decidida protección que les prestaba Car­los IV. Viendo el favor real de Que disfrutaban las Hijas de la Caridad, los Misioneros hubieran debido, si no trasladar a Ma­drid la Casa central de la Congregación, que entonces con­taba ya con las casas de Barcelona, Palma de Mallorca, Guisona, Barbastro, Reus, Badajoz y Valencia, a lo menos fun­dar una residencia en Madrid, delegando el Visitador al supe­rior de esta residencia sus poderes de Director de las Herma­nas ; tanto más cuanto que este cargo no es inherente al oficio de Visitador, y, de hecho, en muchas provincias el Director de las Hijas de la Caridad es un Misionero distinto del Visitador. De esta manera se habría podido mantener vivo el espíritu de san Vicente entre las Hermanas y conservado su vínculo de unión con la Congregación de la Misión; pero no sucedió así: las pobres Hermanas, encontrándose solas, se vieron obliga­das, como hemos indicado en el capítulo anterior, a dirigirse a la autoridad diocesana, es decir, al Arzobispo de Toledo, por no haber aun entonces obispo en Madrid; pues hasta 1885 no se erigió la diócesis de Madrid-Alcalá.

Así es que se mantenían las Hermanas de Madrid en una situación anómala ; y, para terminarla, el mismo rey Carlos IV, a pesar de reconocer al Visitador de la Congregación de la Mi­sión como Director de todas las otras casas de las Hijas de la Caridad de España, separó de su jurisdicción a las Hermanas de la casa de Madrid, transfiriéndolas al Arzobispo de Toledo: «Aun cuando las Hijas de la Caridad en España no tienen otro superior que el Visitador de los Padres de la Misión; sin em­bargo, quiero y es mi real voluntad, que esta casa del Novi­ciado quede en la dependencia del Arzobispo de Toledo.»

Esta fue la primera escisión realizada entre las Hijas de la Caridad de España por Carlos IV en 1804.

Muy pronto experimentaron las Hermanas los desastrosos efectos de este cambio de jurisdicción. El Arzobispo de Tole­do, que era entonces un príncipe de la sangre, el Cardenal Luis María de Borbón, sin más autorización que la emanada del poder civil, de la orden del rey, se arrogó toda la autoridad sobre las Hermanas y aun parece que intentó, pero sin lograr­lo, que la Santa Sede sancionase esta división, separando ab­solutamente a las Hijas de la Caridad españolas de la depen­dencia del Superior General de la Congregación de la Misión.

En cuanto a las Hermanas, es innegable que gran número de ellas se adhirió al Arzobispo de Toledo ; pero las más anti­guas y las que estaban a la cabeza de la Comunidad protesta­ron diciendo que no querían ni podían substraerse a la obedien­cia del Superior General de la Misión, bajo cuya autoridad habían vivido hasta entonces y a quien, al hacer sus votos anua­les, habían prometido obediencia, respetando la autoridad del Arzobispo de Toledo, en lo relativo a las obras externas, pero que la rechazaban absolutamente en lo tocante a la disciplina interna de la Comunidad.

Entonces se dio el caso raro de que las Hermanas de una misma casa se hallaban sometidas a dos obediencias distin­tas : unas al Superior General de la Misión y otras al Arzobis­po de Toledo, viviendo juntas, observando la misma regla y ocupándose en las mismas obras.

El hábito y el tocado no se modificaron por entonces en nada, todas llevaban la corneta tradicional. Por supuesto que las Hermanas que aceptaron la autoridad plena del Arzobispo de Toledo, no usaban para sus votos la fórmula dada por san Vicente e ignoramos qué fórmula adoptaron durante aquella escisión.

Este estado de anarquía quedó circunscrito a la sola Casa Noviciado de Madrid, sin extenderse al resto de España; pues el Arzobispo de Toledo ninguna jurisdicción podía ejercer fuera de su archidiócesis. Así, pues, las Casas de Lérida, Barbastro, Reus y Pamplona y aun la misma Inclusa de Madrid permanecieron fieles a sus legítimos Superiores.

¿Que hizo el Visitador de España? Desde luego tanto él como las Hermanas fieles se dirigieron al Vicario General se­ñor Brunet, que ya se hallaba en París, protestando de aquel hecho atentatorio y manifestando su adhesión al verdadero centro de ambas Comunidades.

El Vicario General se dirigió a la Santa Sede, interesando en este asunto al Cardenal Fesch. El Secretario de

Estado de Su Santidad prometió que haría todo cuanto de él dependiera para arreglar el asunto de las Hermanas españolas; pero la situación política era poco favorable para llegar a un arreglo; dando por resultado que así permanecieran las cosas por espa­cio de doce años.

Las guerras de Napoleón produjeron en España el natural estado de perturbación en todos los órdenes.

Con la caída del ministro Godoy, el príncipe de la Paz, quedó Carlos IV en la imposibilidad de sostenerse en el trono, y, para calmar de algún modo las iras populares, se vió precisado a abdicar el trono en favor de su hijo Fernando, lo que realizó en el mes de marzo de 1808 en esta forma:

«Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis rei­nos y me sea preciso para reparar mi salud gozar de clima más templado y de la tranquilidad de la vida privada, he determi­nado, después de la más seria deliberación, abdicar mi corona en mi heredero y muy caro hijo el Príncipe de Asturisa. Por tanto, es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como rey y Señor natural de todos mis reinos y dominios. Y para que este mi real decreto, de libre y espontánea abdicación, tenga su exacto y debido cumplimiento, lo comunicaréis al Con­sejo y demás, a quienes corresponda.»

Dado en Aranjuez a 19 de marzo de 1808.

Yo EL REY.

A Don Pedro Cevallos, Ministro de Estado.»

Aquella misma tarde fue reconocido Fernando VII, como rey de España en el mismo palacio de Aranjuez.

Fernando VII, que había prestado a Napoleón sus mejores tropas para sus guerras y toda su marina de guerra, fue invi­tado por el mismo emperador a pasar a Bayona para verse con él. Allí se le declaró que habían cesado de reinar los Borbones en España; y, después de exigir la abdicación a padre e hijo, por un decreto de 6 de junio de 1808, fue trasladado José Bona-parte del trono de Nápoles al de España, fijando Fernando VII su residencia en Valencey.

En el interior de España se desarrolló la guerra de la In­dependencia, la que, no obstante las gravísimas dificultades, se sostuvo con admirable tesón y constancia con suerte, unas ve­ces adversa y otras favorable, hasta lograr, por fin, después de inmensos sacrificios, hacer salir del territorio español a los ejér­citos de Napoleón.

En el interior de las dos familias de san Vicente de Paúl sucedieron también los acontecimientos más notables.

La Madre Delau, que tanto había trabajado para el resta­blecimiento de la Comunidad después de la Revolución, ter­minó su preciosa y laboriosa vida, muriendo plácidamente en la casa du Vieux Colombier el día 29 de enero de 1804, des­pués de haber desempeñado el cargo de Superiora General durante catorce años, siendo elegida para sucederle, el 21 de mayo del mismo año, Sor Teresa Deschaux.

El 15 de septiembre de 1806 murió en París, donde se en­contraba trabajando para reconstituir la Congregación, el Vica­rio General señor Brunet, siendo nombrado para sucederle el señor Claudio José Placiard, quien no llegó a completar un año en el cargo de Vicario General; pues murió el 16 de septiembre de 1807.

Entonces los Misioneros que habían podido reunirse en París, presentaron al Papa Pío VII al señor Domingo Hanón para suceder al señor Placiard, y el Sumo Pontífice, por un Breve de 16 de octubre de 1807, lo nombró Vicario General de la Congregación, con todos los derechos y privilegios de Supe­rior General.

Desde el mes de marzo de 1809, hasta el 12 de marzo de 1815 la Compañía de las Hijas de la Caridad, que Napoleón había separado de la jurisdicción de las Superiores de la Congregación de la Misión, para pasarla a la jurisdicción de los obispos, se vio privada de sus legítimos Superiores.

Encarce­lado el señor Hanón en Fenestrelle, por haber sostenido la in­dependencia de la Comunidad contra las intrusiones del pode­roso emperador, no recobró su libertad hasta la abdicación de Napoleón. El señor de Astros, Vicario general en París, que fue nombrado por el Papa Visitador apostólico de las Hijas de la Caridad, reunió a éstas el 12 de marzo de 1815 y declaró al señor Hanón rehabilitado en sus funciones de Vicario Gene­ral de las dos familias de san Vicente, procediéndose en aquel mismo día a la elección de nueva Superiora General, resul­tando elegida Sor Isabel Baudet.

En España, durante la guerra de la Independencia, la si­tuación de las Hermanas no experimentó cambio alguno. El Visitador de la Misión se vio obligado a trasladarse con los seminaristas y estudiantes a Palma de Mallorca.

Al señor Subíes sucedió en el cargo de Visitador el señor Francisco Camprodón. Como las comunicaciones con Roma se hacían imposibles en aquella época, el señor Sicardi, Vicario General nombrado por el Papa para los Misioneros de las provincias de Europa, con excepción de Francia, creyó oportuno hacer nombrar por la Santa Sede en 6 de octubre de 1810 un pro Vicario para las casas de España por el tiempo que durara la guerra  de la Independencia. Así es que, habiéndose resta­blecido la paz, cesó este cargo, volviendo las cosas a su primitivo estado.

El nombramiento del pro Vicario en nada afectaba al ré­gimen de las Hijas de la Caridad, éstas en todo el mundo esta­ban, por voluntad misma del Papa, bajo la jurisdicción del señor Hanón, Vicario General de Francia y de las Misiones extranjeras.

El 11 de diciembre de 1813 el emperador Napoleón tuvo que retirar de España a su hermano José y reconocer a Fer­nando VII como rey de España, teniendo él mismo que abdicar la corona imperial en el mes de abril de 1814.

La guerra estaba terminada, el Rey Fernando VII hizo su entrada solemne en Madrid el día 13 de mayo de 1814, empe­zando a tornar un giro muy distinto los asuntos internos de las Hijas de la Caridad españolas, por haberse promovido entre ellas lo que podríamos llamar el, gran cisma de la Comunidad en España, como lo vamos a ver en el capítulo siguiente.

 

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