Hijas de la Caridad en España (5) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Las primeras fundaciones

LAS COMUNICACIONES CON LOS – SUPERIORES. – LA MADRE DE-LEAU DURANTE LA REVOLUCIÓN. – SOR DAVID SUPERIORA DE LAS HERMANAS ESPAÑOLAS. – DESARROLLO DE LA COMUNIDAD: LÉRIDA, BARBASTRO, REUS. – MUERTE DE SOR DAVID. -SOR REVENTÓS. – LA INCLUSA DE MADRID. – EL SEMINARIO DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD.  EL REY CARLOS IV PIDE HERMANAS FRANCESAS PARA LA DIRECCIÓN DEL SEMINARIO. – NO ES POSIBLE MANDARLAS. – LAS HERIIANAS DE MADRID PRIVADAS DE LA DIRECCIÓN DE LOS MISIONEROS.      LA AUTORIDAD DIOCESANA REEMPLAZA A LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN EN LA DIRECCIÓN DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD.

Francia se hallaba entonces en pleno período revoluciona­rio, la gran Revolución que duró diez años, desde la apertura de los Estados generales en mayo de 1789 hasta noviembre de 1799, con el establecimiento del Consulado ; con todo, las comunicaciones entre la buena Sor David y los Superiores ma­yores no se interrumpieron, éstas se hicieron casi imposibles, cuando la gran Revolución llegó a su período álgido, a aquel período designado en la historia con el nombre, tristemente significativo, de época del terror, durante el cual, el gobierno revolucionario hizo gala de un poder dictatorial desenfrenado contra cuantos creía o simplemente sospechaba, que podían impedir su obra. El terror, propiamente dicho, no duró más que un año, desde mediados de 1793, con el establecimiento del Comité de Salud Pública y los Tribunales de Sangre, le la caída de Robespierre, el 27 de julio de 1794.

El 24 de mayo del mismo año 179o, en que vinieron las Hermanas a Barcelona, fue elegida Superiora General de las Hijas de la Caridad Sor María Antonieta Deleau, puesto que aceptó con gran repugnancia, sin espantarse, sin embargo, ante la perspectiva de las grandes dificultades que la aguardaban; pues era una de esas almas fuertes y valerosas que no se abaten ante el peligro.

Sor María Antonieta Deleau nació en Bray, diócesis de Amiens, el 14 de julio de 1728 y entró en el Seminario a la edad de diez y nueve años fue enviada a la Misericordia de Montpellier, para ocuparse en la enseñanza; de allí pasó a la casa de san Hipólito en Alais, hoy diócesis de Nimes, al frente de la cual permaneció cerca de veintiocho años. La mandaron a tomar la dirección de la Manufactura de Burdeos, de donde pasó a París para desempeñar el cargo de Asistenta, reempla­zando en 1790 a la Madre Dubois en el cargo de Superiora General, permaneciendo, en virtud de las circunstancias, quince años al frente de la Comunidad.

Suprimida la Comunidad y confiscada la Casa madre en agosto de 1792, la Madre Deleau se retiró a Bray, a la casa de su familia; allí le escribió el Superior General, señor Caylá, prolongándole sus poderes de Superiora General, lo mismo hizo más tarde el señor Brunet, a la muerte del señor Caylá, acaecida en Roma el 12 de febrero de 1800.

La Madre Deleau no dejó de atender y animar a las Her­manas durante todo el tiempo de la Revolución, regresando a París tan pronto como la calma se restableció algún tanto en Francia, teniendo el consuelo de restaurar la Comunidad en la época del Consulado.

Los Superiores no creyeron oportuno llamar a Francia en aquellos momentos a las Hermanas, que con tanta dignidad y entereza habían rechazado las pretensiones cismáticas de la Junta de Administración del Hospital de Barcelona, facultando a Sor David para que, con las Hermanas que la habían seguido y las nuevas vocaciones que se presentasen, estableciera en España las obras propias de las Hijas de la Caridad, desarro­llándolas a medida que lo permitieran las circunstancias.

No era esto precisamente el establecimiento de una provincia española, Que viniera a aumentar el número de las diez y nueve provincias con que entonces contaba ya la Com­pañía de las Hijas de la Caridad; pero era algo parecido. Sor David no tenía el título de Visitadora, pero estaba investida de amplias facultades para fundar otras casas y era considerada como la Superiora de todas las Hijas de la Caridad resi­dentes en España.

Dios quiso recompensar a Sor David y a sus compañeras la firmeza y fidelidad a su vocación; pues, su salida del Hos­pital de Barcelona parece señalar el momento providencial, para que fuera conocida y estimada la Comunidad y para que se propagase por todas partes.

Lo sucedido a las Hijas de la Caridad en el Hospital de Santa Cruz llegó a oídos del Ilmo, señor D. Jerónimo María de Torres, dignísimo obispo de Lérida, y, como acto de repa­ración, se creyó en el deber de ponerse del lado de las Her­manas, tan injustamente perseguidas, y ayudarlas a levantar de sus ruinas un Instituto, por cuya conservación se interesa­ban a la vez el Estado y la Religión; por de pronto, resolvió llevarlas a su ciudad episcopal. Alcanzó del gobierno una Real Cédula, expedida con fecha 11 de agosto de 1792, con el fin de que se hicieran cargo del Hospital de Lérida, y allí envió Sor David a Sor Blanc, como Superiora, acompañada de Sor Le-cina y de otras tres Hermanas de las que habían tomado el santo hábito en Barcelona: Sor Rosa Grau, Sor María Puig y Sor Antonia Burgón.

La instalación de las Hijas de la Caridad en Lérida se realizó el día 2 de diciembre de 1792, en medio de grandes manifestaciones de público regocijo, cantándose en la Catedral un solemne Te Deum, presidido por el señor Obispo.

A los pocos días, el 8 de enero de 1793, Sor David destinó otras cuatro Hermanas para el establecimiento de las escuelas gratuitas de Barbastro, fundación que se hizo, gracias al celo y actividad del señor Canónigo Jiménez, decidido protector de las Hijas de la Caridad, en favor de cuyas obras legó todos sus bienes. Coadyuvó también mucho a esta obra el superior de la Misión de aquella ciudad, señor José Murillo. Era en­tonces obispo de la diócesis de Barbastro el Ilmo. señor Agus­tín Abad y La Sierra, monje benedictino, quien manifestó siempre a las Hermanas interés y afecto verdaderamente pa­ternales. La municipalidad les cedió una gran casa, para que pudieran establecer sus escuelas gratuitas.

Los felices efectos de la educación dada por las Herma­nas se dejaron sentir muy pronto en la ciudad de Barbastro; todas las familias se apresuraban a mandarles sus niñas, lle­gando en poco tiempo a cuatrocientos el número de alumnas que asistían a las clases de las Hijas de Caridad.

En 27 de enero de 1793 salieron las últimas Hermanas que quedaban de Barcelona, dirigiéndose con Sor David a Reus, en donde se hicieron cargo del Hospital, siendo arzo­bispo de Tarragona el Ilmo. señor Francisco de Armañá, reli­gioso agustino. Desde entonces Reus vino a ser como el centro (le todas las casas de las Hijas de la Caridad en España.

La buena Sor Juana D vid, que tanto había sufrido en la fundación de las Hijas de la Caridad en el Hospital de Barce­lona, veía ya consolidada esta hermosa obra en España; Dios le dio el consuelo de ver sólidamente fundadas las tres pri­meras casas y multiplicarse las vocaciones, muriendo, rodeada de sus amadas Hijas y cargada de méritos y de virtudes, en Reus el día 15 de julio de 1793, a los sesenta y nueve años de edad y cuarenta y tres de vocación.

El fallecimiento de Sor David dejó gran vacío en el seno de la pequeña familia de Hermanas españolas, sobre todo, a causa de la imposibilidad en que se hallaban los Superiores de mandar de Francia quien la reemplazara, dado el estado de revolución y la ruptura de relaciones entre Francia y España.

Según parece, Sor Lucía Reventós quedó al frente de las Hijas de la Caridad españolas. Ella fue, en efecto, la que más tarde, hallándose a la cabeza de la Comunidad de España, en medio de los tristes acontecimientos que luego referiremos, trasmitió al señor de Wailly, primer Superior General de la Congregación de la Misión después de la Revolución francesa, y a la Madre Beaucourt, Superiora General de las Hijas de la Caridad, una protesta de obediencia y entera sumisión de todas las Hermanas de España a sus únicos y legítimos Supe­riores, manifestando al mismo tiempo el deseo de restablecer las relaciones directas con la Caca madre de París.

A pesar de que la muerte de la virtuosa Sor David fue un terrible golpe y muy dura prueba que afligió hondamente a la naciente Comunidad; sin embargo, ésta fue creciendo, aunque lentamente, aumentándose su personal con nuevas vo­caciones, que permitieron atender a algunas de las muchas soli­citudes que, para nuevos establecimientos, les llegaban de todas partes.

En 1800 la Exma. señora Condesa de Montijo, compade­cida de la triste situación en que se hallaban en Madrid los niños expósitos, tuvo la idea de trabajar para que las Hijas de la Caridad se encargaran del régimen de la Inclusa. Al efecto, consiguió la autorización del rey, y se dirigió en de­manda de Hermanas para esta fundación al Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad y a la Madre General. El señor Caylá se hallaba entonces en Roma y la Madre Deleau con algunas Hermanas se encontraba en París, tratando de reunir a los miembros dispersos de la Comunidad en una casa que había alquilado en la calle de Macons Sorbonne, número 445.

Aceptaron con muy buena voluntad los Superiores ma­yores la fundación propuesta por la Condesa de Montijo, dis­poniendo fueran seis Hermanas, entresacadas de las tres casas existentes ya en España, con el fin de hacerse cargo de la ‘In­clusa de Madrid, las que quedaron instaladas en este estableci­miento el día 3 de septiembre de 1800.

Poco tiempo después, en 1805, de esta casa salieron al­gunas Hermanas para instalar en la Inclusa de Pamplona el mismo régimen que con aplauso general habían implantado en la corte.

Dos años más tarde, viendo los buenos resultados obte­nidos en los establecimientos de beneficencia, dirigidos por las Hijas de la Caridad, se pensó establecer una casa Semina­rio en Madrid, que facilitara la propagación por toda España de tan útil institución. En este sentido trabajó con notable celo y actividad la condesa de Torre Palma y Trullás, alcan­zando una real orden, con fecha 8 de octubre de 1802, que decía así:

«Hallándose el Rey sumamente penetrado de lo demasiado interesante que es, en todos respectos, el Instituto de las Hijas de la Caridad y que no debe privar de tan útil como necesario consuelo y socorro espiritual y temporal a sus amados vasallos y especialmente a los desvalidos y dolientes, a cuyo servicio están consagradas estas heroínas, ni dejar de aplicarlas en sus estados, de una manera la más sólida y duradera, para que, atendida su particular buena asistencia, su ejemplo y su buen orden, método y economía en los piadosos establecimientos que la beneficencia de su glorioso y augusto padre fundó; y que ha fundado y funda, con incesante desvelo la de S. M. mis­ma, quede perpetuado en España un bien tan general, útil y necesario; quiere S. M., usando de su soberana autoridad, que se establezca en la villa de Madrid un Noviciado de las Hijas de la Caridad.»

Como se ve por el documento anterior, la Compañía de las Hijas de la Caridad en España estaba puesta debajo del amparo y la protección de la corona.

El día to de marzo de 1804 se verificó la fundación de la Casa Noviciado de Madrid, en cuyo instrumento de fundación se leen las siguientes palabras:

«S. M. el Rey nuestro señor D. Carlos IV (Q. D. G.) ins­pirado del cielo a la mayor gloria y servicio de Dios nuestro Señor, bien y utilidad de estos sus reinos, resolvió fundar en esta su Corte y Villa de Madrid un Noviciado de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, fundación de san Vicente de Paúl, donde se formen e instruyan todas las que deberán ex­tender esta piadosa institución a otros pueblos de mis dominios.»

Se ve bien claramente por estas palabras, que Carlos IV no pretendió instituir en España una comunidad semejante a la fundada en Francia por san Vicente, sino introducir en sus dominios la misma Compañía de las Hijas de la Caridad exis­tentes ya en el mundo. Sus palabras son claras y terminantes: un noviciado de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, fundación de san Vicente de Paúl. Tan era ésta la intención del monarca español que, para asegurar en la Casa Noviciado una buena y sólida organización y formar a las nuevas Hermanas en su verdadero espíritu, recurrió a la fuente misma, a la Casa madre de París, pidiendo cuatro Hijas de la Caridad francesas para hacerse cargo de este nuevo establecimiento. Esto nos manifiesta una circular de la Madre Superiora General Sor Deleau, dirigida a las casas de Francia, haciendo un llama­miento, a favor de esta obra, a las Hermanas de buena vo­luntad. Dice así:

«Mis muy amadas Hermanas:

«Les hago saber que un grande de España nos ha hecho el honor de venirnos a pedir de parte de los poderes de aquel reino, que les proporcionemos cuatro Hijas de la Caridad que -tengan bastante disposición para formar un Seminario para las jóvenes españolas. Reiteradas son las peticiones que con tal objeto hemos recibido, habiéndonos visto precisadas a re­husar, manifestando lo difícil que nos sería encontrar Herma­nas que se sintiesen con vocación para expatriarse. Nuestra negativa no ha servido más que para dar más fuerza a las solicitudes ; así, para no tener nada que reprocharnos por parte nuestra, hemos prometido escribiros, queridas Hermanas, so­bre este asunto.

En tal virtud, yo propongo a todas aquellas de entre vos­otras que se sienten con bastante valor, fuerzas, salud, virtu­des y disposiciones propias para este empleo, con la edad com­petente, de treinta y seis a cincuenta años, que nos hagan saber sus disposiciones, lo más pronto posible, a fin de poder tomar una resolución definitiva.

En espera de vuestra contestación, soy, etc.

SOR DELEAU.»

Las circunstancias en que se hallaba la Comunidad en Francia hacían imposible atender a estos buenos deseos del Rey de España. Era la época del Consulado, el gobierno aca­baba de instalar oficialmente a las Hijas de la Caridad en la casa llamada de las Huérfanas, en el número 746 de la calle de Vieux Colombier y pedía con urgencia a la Madre Deleau el mayor número posible de Hermanas para restaurar todas las obras de beneficencia, destruidas por la Revolución.

Carlos IV, animado de la mejor buena voluntad en favor de las Hijas de la Caridad, cedió para el noviciado de Madrid un edificio, les asignó rentas y se manifestó dispuesto a favo­recer esta obra con todo su poder.

Madrid. — Asilo de San Diego.

No habiendo podido conseguir que vinieran las cuatro Hermanas francesas que había pedido a la Casa madre de París para fundar y dirigir el Seminario, socorro que habría sido muy oportuno, pidió al Visitador de la Misión, señor Subíes propusiera a los Superiores Mayores la Hermana que le pareciera más a propósito para hacerse cargo de esta obra; y, en virtud de la proposición del Visitador, nombraron los su­periores a Sor Manuela Lecina como Superiora de la nueva casa y Seminario de Madrid, quien, por su prudencia, celo y buenas cualidades y por haber sido formada en la Casa madre de París, parecía la más apta para este oficio.

Si, a lo menos, ya que la Casa madre no podía en aquel momento venir en ayuda de las Hermanas españolas, hubieran podido contar con el apoyo y la dirección de los Misioneros, la pobre Sor Lecina no habría tenido que sufrir tantos dis­gustos y penalidades y se habrían evitado las funestas divisio­nes que se suscitaren más tarde. Pero el Visitador residía en Barcelona, los Misioneros no tenían casa en Madrid, todos se hallaban distantes de la capital y, no pudiendo éstos acudir en su ayuda, no obstante la importancia que tenía para las Her­manas la fundación de un Seminario en el corazón mismo de España, viéronse éstas sumidas en el más lamentable abandono.

Privadas las pobres Hermanas del socorro de sus her­manos los Misioneros, se vieron obligadas a entregarse en manos de la administración diocesana, la que, a lo menos de hecho, tomó en la dirección de las Hijas de la Caridad el gobierno y la acción que san Vicente y las bienaventurada Madre habían reservado a la Congregación de la Misión.

 

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