Hijas de la Caridad en España (3) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Prosperidad y adversidad

SOR JUANA DAVID. – MEJORAS EN EL HOSPITAL. – EL PRIMER DIRECTOR DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD EN ESPAÑA. – CARTAS DE AGRADECIMIENTO DE LA JUNTA. – HERMOSA CARTA DEL SE­ÑOR CONDE DE FERNÁN NÚÑEZ. – DOS AÑOS DE BONANZA. ­NUBARRONES que PRESAGIAN LA TEMPESTAD. – INTRUSIÓN DE LA JUNTA EN LA COMUNIDAD. – UNA TRISTE DECEPCIÓN. – EXPO­SICIÓN DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD. – CONTESTACIÓN DE LOS ADMINISTRADORES. – PUNTOS ESENCIALES INADMISIBLES. – AD­MIRABLE RESISTENCIA Y FIDELIDAD DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD.

Sor Juana David, a quien la Providencia divina eligió para la fundación de las Hijas de la Caridad en España, había na­cido en Perigueux el 4 de diciembre de 1724, entrando en la Comunidad el 24 de septiembre de 1750. Al salir del Seminario, fue enviada a San Maló, de donde pasó como Hermana Sir­viente a Belle Isle. En el mes de mayo de 1776 fue elegida Ecónoma de la Casa madre de París, y, al terminar el plazo prefijado por las constituciones, fue enviada a Oyrón, pasando de allí al Hotel Dieu de Alencon, hasta que el 1º de junio de 1789, fue elegida Asistenta de la Comunidad, cuyo cargo dejó para venir a la fundación de B’arcelona.

Apenas las Hijas de la Caridad se encargaron de la direc­ción de- una parte del Hospital, las enfermerías de mujeres, el departamento de expósitos, la cocina, ropería y lavandería, se notaron en seguida importantes mejoras en todos estos oficios. Suma y exquisita limpieza, grandes economías, las enfermas mejor asistidas, los pobres niños expósitos cuidados con ter­nura verdaderamente maternal. A la inteligente y prudente di­rección de la digna Superiora correspondían las buenas Her­manas con su trabajo asiduo y constante y con su piedad sólida, a la vez que dulce y atrayente.

Con amor e interés paternales las ayudaba en todo con sus sabios consejos el señor Rafael Pi, visitador de los Misioneros de la provincia de España, que había sucedido en el cargo al respetable señor Vicente Ferrer, de muy grata memoria, y a quien el M. H. Padre Superior General, señor Caylá, había nombrado Director de las Hermanas.

Los señores Administradores del Hospital dirigieron la siguiente carta a la M. H. Madre Superiora General de las Hijas de la Caridad.

Señora:

Desde que han llegado a esta ciudad las Hermanas espa­ñolas a quienes dispuso V. R. acompañase una francesa, Asis­tenta de la Comunidad de las Hijas de la Caridad, de esa corte, tenemos la satisfacción de reconocer verificado con su buena conducta cuanto con el buen ejemplo de aquéllas y su bella disposición, han sabido adquirir y les ha merecido la estima­ción, que se sirve V. R. manifestar en su favorecida, del 6 de mayo anterior, en la observancia del santo Instituto y demás ejercicios de piedad que le son propios.

Ahora que tienen destino en el Hospital general de Santa Cruz de esta ciudad y asisten en los departamentos de él, que se han confiado a su caridad (vencidas ciertas dificultades que lo estorbaban), espera tener esta Administración el consuelo de coger los frutos de su aplicación y que con sus virtudes y talento, a la sombra de su Superiora, por todas circunstancias recomendable, se adquirirán la mejor reputación para gloria de Dios, satisfacción de los fundadores de esta obra pía y cré­dito de la protección de los elevados personajes que generosa­mente han cooperado a su establecimiento, tocando no poca parte a los Administradores del santo Hospital en el gozo de su verificación, con el honor que a ellos cabe y tenemos de reco­nocernos con el debido respeto.

Muy atentos servidores,

Los Administradores del Hospital

General de Santa Cruz.

Barcelona y septiembre 12 de 1790.

Con la misma fecha escribieron los señores Administra­dores al Embajador de España, señor Conde de Fernán Núñez, para darle las gracias por su provechosa gestión con los Supe­riores de París para alcanzar las Hermanas para el servicio del Hospital, a la cual carta contestó el referido señor Embajador con la siguiente :

Muy señores míos:

Acabo de recibir, con bastante atraso, la favorecida carta de VV. SS. de 12 de septiembre, en que se sirven darme las gracias por haberles facilitado se restituyesen a su patria las cinco españolas que estaban instruyéndose aquí en las obliga­ciones del Instituto de Caridad.

La recompensa que, estoy seguro darán VV. SS. a mi de­bido celo, será el continuar promoviendo un establecimiento de utilidad tan reconocida y procurar llegue a difundirse por todo el Reino, en lo cual harán una obra muy meritoria para con Dios, por el gran beneficio que de ella resultará a los pobres enfermos. No se ocultará a la penetración de VV. SS. lo mucho que en esto servirá también políticamente a mi patria y así conocerán que, aunque las cinco o seis hermanas de la Caridad sean de alguna utilidad en ese hospital, no bastan para asistir a todos los enfermos de él, y mucho menos para propagar su santo Instituto, que es, a lo que creo, deben dirigirse los pia­dosos esfuerzos de VV. SS.

Celebro en el alma contribuya al éxito de ellos el señor Conde de Lacy, y me servirá de suma satisfacción el que VV. SS. se valgan de mí, siempre que crean que mis oficios pueden serles necesarios.

Deseo ocasiones de complacer particularmente a VV. SS. y ruego a N. Señor les guarde muchos años.

París, 6 de diciembre de 1790.

  1. a. m. de VV. SS.

Su más afecto seguro servidor,

EL CONDE DE FERNÁN NÚÑEZ.

Señores Administradores del Hospital de Santa Cruz de Barcelona.

Durante dos años, todo Barcelona alababa el buen acierto de las Hermanas en el régimen del Hospital y las notables me­joras que se iban introduciendo en favor de las enfermos; más aun, Dios se sirvió de la edificante vida de las Hijas de la Ca­ridad para suscitar numerosas vocaciones que, dado el estado de trastorno político en que se hallaba Francia, con motivo de la gran Revolución, fueron autorizadas para hacer en Barcelona, no sólo la prueba, sino también el Seminario y toma de hábito.

En la primavera del año 1792, se suscitaron dificultades de tal naturaleza, que hicieron imposible la permanencia de las Hermanas en el Hospital.

¿Cómo se concibe que personas tan dignas y respetables como eran los señores que formaban la Junta de Administra­ción del Hospital de Santa Cruz, no pudieran llegar a un acuerdo con las Hijas de la Caridad?

Esto no tiene más que una explicación posible. Entre el criterio de los señores de la Junta y el criterio de las Hermanas sobre la fundación mediaba un abismo infranqueable. Lejos de seguir los muy juiciosos y razonables consejos que les daba el señor Conde de Fernán Núñez en su carta del 6 de diciembre, para que favorecieran la propagación del Instituto de las Hijas de la Caridad por toda España, persistían en su idea de establecer una Hermandad sui generis de enfermeras, para el ser­vicio único y exclusivo del Hospital.

Con el pretexto de traducir sus Reglas al castellano, pidie­ron a Sor David un ejemplar de las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad, dadas por san Vicente de Paúl; pero lejos de traducirlas al castellano, las cambiaron por completo.

¡Cuál no sería el asombro de las Hijas de la Caridad, cuan­do aquellos señores les presentaron otras reglas enteramente distintas y a las que querían se sometieran! Por estas nuevas reglas, debían separarse de la obediencia y sujeción a sus legí­timos Superiores y no reconocer más autoridad que la de la Junta de Administración del Hospital; se suprimían los votos, las Hermanas no debían depender de la Superiora, sino de los señores Administradores, quienes podían mandarlas directa­mente y cambiarlas de oficio a su antojo ; los honorarios seña­lados a las Hermanas para su vestuario, debían ser entregados, no a la Superiora, sino a cada Hermana en particular, para que los empleara en lo que mejor le pareciera, destruyendo así la vida común ; la Junta, y no la Superiora, era la que, según le pareciera, debía recibir las postulantes y aun despedir a las Hermanas que mejor le pareciera.

La Superiora e Hijas de la Caridad no pudieron oir sin horror semejantes proposiciones; esto no era tan sólo barrenar el Instituto, era destruir por completo y aniquilar la hermosa y admirable obra de san Vicente de Paúl y de la B. Luisa de Marillac; esto era arrebatar a la Hija de la Caridad su sublime ideal, para convertirla en una enfermera asalariada del Hospital de Santa Cruz de Barcelona.

Desgraciadamente una de las Hermanas, Sor Teresa Cor­tés, se separó de sus compañeras, para ponerse del lado de la Junta; mientras que la Superiora, las otras cuatro Hermanas y aún las seminaristas y casi todas las postulantes, fieles a su santa vocación, se opusieron y rechazaron semejante atentado a sus constituciones.

A la absurda proposición de la Junta de Administración contestaron las Hermanas que permanecían fieles a su vocación, con la siguiente carta:

Muy Ilustres Señores:

Ponemos a la inteligencia de VV. SS. como nosotras las Hijas de la Caridad, Sor David, superiora, y las infrascritas sus súbditas, teniendo la más firme e irrevocable voluntad de conservar nuestra vocación, a que por la gracia de Dios fuimos llamadas, hasta el último período de nuestra vida, a este fin eficazmente deseamos nos dejen observar :

1.° Las Reglas que nuestro Padre san Vicente dio a nues­tra Congregación y las prácticas espirituales que entre nosotras están en vigor, por estar vinculados a su observancia el espíritu de nuestra vocación, nuestra perfección y el buen servicio de los pobres enfermos.

2.° Íntimamente convencidas de que la firme observancia de todo lo dicho y el buen orden de la Comunidad dependen mucho de la forma de gobierno, nos parece muy conforme guardar la misma que, aprobada por la experiencia de tantos años, se practica en todas las casas de las Hijas de la Caridad establecidas en varios reinos; por esto, juzgamos muy impor­tante que, en las cosas expresadas en el número antecedente y en todo lo que pertenece a nuestra dirección y nombramiento de empleos, sean independientes de la Administración, que­dando esto a nuestro arbitrio, bien que la Administración tendrá siempre la autoridad, si repara que alguna no desempeña como debe el oficio que le está confiado, de avisar a la Superiora, para que lo remedie y ésta deberá procurarlo, aunque sea destinando a otra para el empleo.

3.° Entendemos pertenecer a la Administración determi­nar el número de Hijas de la Caridad que juzgue conveniente al servicio de los pobres y éstas no podrán aumentarlo, sin permiso de la Administración ; pero conceptuamos muy útil sea peculiar de las Hijas de la Caridad el admitir o dimitir a las personas que quieran incorporarse a nuestra Comunidad y di­mitir a las que lo fueren si por sus defectos lo merecieran, como lo es aun en las comunidades de Religiosas, sujetas a los señores Obispos o a los prelados regulares, para impedir los muchos inconvenientes que, de lo contrario, podrían seguirse.

4.° Por último, reconocemos que todo lo temporal, sea dar cuentas de todo lo que recibieren o les encargaren, emplear lo recibido en éstos o en aquéllos usos, observar éste o aquél método en el servicio de los enfermos u otros pobres, es priva­tivo de la Administración disponerlo ; y las Hijas de la Caridad no podrán alterar nada, sin el beneplácito de los señores Administradores, cuyas disposiciones, relativas a estos objetos, con­fesarnos deben cumplir y obedecer exacta y puntualmente.

Esto es, muy ilustres señores, lo que pretendemos, no te­niendo en ello otra mira, que la conservación del espíritu de nuestra vocación, la paz, unión y buen orden de la Comunidad, que todo resultará para mayor alivio de los pobres, gloria de Dios y aun satisfacción de VV. SS., si merece su aprobación, como nos lo prometernos de su caritativo y religioso corazón.

Barcelona y abril 6 de 1792.

Sus atentas y humildes servidoras,

Las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos.

SOR DAVID. — SOR JOSEFA. — SOR MARÍA. SOR LUCÍA. — SOR MANUELA LECINA.

Los Administradores del Hospital y de la causa Pía Llupiá contestaron a esta carta, haciendo sus observaciones a cada uno de los cuatro números o cuestiones que contiene, persistiendo siempre en su equivocado criterio. He aquí sus propias pa­labras:

A lo primero.— Lejos de haberse opuesto los Administra­dores del Hospital a que. las Hermanas de la Caridad obser­ven las reglas prescritas por san Vicente de Paúl y las prácticas espirituales dirigidas a su perfección y al mejor servicio de los pobres enfermos, mientras no se obligue a ninguna de dichas Hermanas a practicar algún acto que coarte la libertad de sepa­rarse, en cualquiera ocasión y tiempo que lo tenga por conve­niente, por haber sido ésta una de las principales condiciones con las cuales entendieron admitirse ; la misma escritura de fundación está manifestando que los fundadores deseaban, como ahora desea la actual Administración que su establecimiento se conformase, en cuanto fuere posible, al de las Hijas de la Caridad, y con esta mira arreglaron las Constituciones, a las que dio san Vicente de Paúl a las mismas Hijas de la Caridad, con algunas variaciones que se reconocieron precisas e indispensables, para no oponerse a las máximas del Gobierno, según las cuales sólo se admitieron dichas Hermanas de la Ca­ridad, como personas seglares e independientes de toda Con­gregación, o cuerpo regular o cuasi regular, y bajo este supuesto, en el artículo 3.° del convenio firmado en París a los 18 de abril de 1790, entre el Superior General de la Congregación de la Misión y la Superiora también General de las Hijas de la Caridad, de una parte, y, de otra, el Exmo. señor Conde de Fernán Núñez, embajador de S. M. Católica, se pactó expre­samente que las Hijas o Hermanas de la Caridad, estarían sujetas en cuanto al exterior, relativamente a los objetos temporales y al servicio de los pobres, a la Junta de los Señores Administra­dores del Hospital, y por lo que toca al interior, esto es, a la dirección de su conciencia, ellas tendrían entera libertad, como la tienen en. Francia, de elegir entre los confesores aprobados, a los que quisieran. Además, en cuanto a lo espiritual, sola­mente estarán sujetas al señor Obispo diocesano de Barcelona, como seglares, que es decir, como todos los fieles seglares de la diócesis de cualquier estado que sean.

A lo segundo. — La libertad e independencia en el nom­bramiento de los empleos, se reconoce directamente contraria a lo capitulado en el citado convenio, donde se estipuló en ge­neral e indistintamente, según se deja comprender, que en cuanto a los objetos temporales y al servicio de los pobres, habían de estar sujetas las Hermanas de la Caridad a la Junta de los señores Administradores del Hospital; y, en efecto, no puede discurrirse cosa más repugnante a esta sujeción, que aquella independencia, sin que para conciliar estos extremos merezca alguna atención el estéril honor que se reserva a la Administración, de avisar a la Superiora que remedie las f al­tas que acaso se observen en la conducta de alguna de sus súb­ditas; pues como de sí es notorio, el dar semejantes avisos no arguye ni presupone alguna prerrogativa o derecho preminencial en la Administración, pudiendo y debiendo darlos, no sólo cualquier dependiente del Hospital, sino cualquier otro que advirtiese las tales faltas, porque todos se interesan en la mejor asistencia de los pobres enfermos. No obstante de ser esto así, como los señores Administradores no se paran en etiquetas y sólo se proponen, como principal objeto de su celo, el mayor bien de los pobres, convendrán como convienen en que la Superiora destine las Hermanas de la Caridad para los diferentes ministerios a que deberán atender, bajo la precisa condición de que preceda la aprobación de los propios seño­res Administradores ; así como, si éstos lo estiman conveniente, deberá variar el destino de las que una vez hubiese nombrado, pudiendo esperarse que con este justo y prudente tempera­mento, se guardará por las Hermanas de la Caridad el res­peto que es debido a la Superiora y conservará la Administra­ción la autoridad que le corresponde por la ley de la funda­ción, por el mismo convenio y sobre todo quedará más asegu­rada la asistencia de los pobres enfermos y expósitos.

A lo tercero. — La admisión de las Hermanas de la Cari­dad, hasta completar el número de las que en la actualidad puedan o convengan admitirse, queda privativamente reser­vada en la fundación a los ilustres Administradores de la Obra Pía y del Hospital General; pero estando completo aquel nú­mero, se atribuye a la sola Administración del Hospital la provisión de las plazas que fueren vacando, a excepción de las dos primeras, las cuales en lo sucesivo deben ser provistas, esto es, la una por los ilustres señores Marqueses de Llupiá, y la otra por los de Sardañola, quienes, en el uso de esta facul­tad, deben arreglarse a las leyes fundamentales de la Obra Pía y no proponerse otro objeto, Que la mejor asistencia de los enfermos y expósitos y el mayor bien del Hospital. Sin embargo, de ser tan terminante esta disposición, convendrán unos y otros Administradores, por el bien de la paz y para dar una nueva prueba de su moderación, en que la admisión y exclusión respectivas de las Hermanas de la Caridad, queda a cargo de la Superiora y demás Hermanas, bajo las siguien­tes condiciones, y no de otra manera; primera, que después de haberse instruido de las circunstancias de las personas que quieran ser admitidas, hallándolas con la conveniente aptitud para el desempeño de los ministerios a que deben destinarse, propongan a la Administración del Hospital el concepto que de ellas hubieran formado, procediendo a su recepción en el caso de consentirla o aprobarla los señores Administradores; se­gunda, que teniendo la Superiora y Hermanas de la Caridad algún motivo justo para la exclusión de alguna o algunas de las ya admitidas, lo propongan a la dicha Administración, sus­pendiendo su expulsión hasta que se verifique la aprobación de los señores Administradores; y tercera, que uno y otro se en­tienda sin perjuicio a la facultad concedida a las casas de los Marqueses de Llupiá y Sardañola, y se observa de paso que, no formando las Hermanas de la Caridad un cuerpo religioso, la práctica de las comunidades regulares, en este punto, no puede servir de regla para su resolución.

A lo cuarto. — No presenta ninguna dificultad el contexto de este capítulo, suponiéndose que quedan allanadas las res­pectivas a los tres antecedentes, y mediante tener entendido, los señores Administradores de la Obra Pía, que las Herma­nas de la Caridad conceptúan ser conveniente a su buen orden que los situados anuales señalados o que se señalaren a las mismas Hermanas y probandas, se entreguen directamente a la Superiora, para más asegurar su legítima inversión a los fines a que deben aplicarse aquellos subsidios, convienen los señores Administradores en que así se practique.

Quedan persuadidos los señores Administradores de que las Hermanas de la Caridad, satisfechas de la confianza que se les manifiesta en este papel, continuarán en el desempeño de sus cargos con el espíritu de piedad propio de su Instituto.

Barcelona y abril 29 de 1792.

  1. JUAN DE PONXICH, Administrador del Hospital, Comisionado.

EL MARQUES DE LLUPIÁ, Administrador Comisionado.

Como se ve por la simple lectura de este documento, que­daban en pie las principales dificultades que herían de muerte a la Compañía de las Hijas de la Caridad, tales como la alte­ración arbitraria de sus Reglas por personas que, por respeta­bles que fuesen, no tenían autoridad alguna para ello ; supre­sión de los cuatro votos de la Comunidad; separación de la obediencia a sus legítimos Superiores, arrogándose la Junta toda la plenitud de la autoridad sobre las Hijas de la Cari­dad; notable detrimento de la autoridad de la Superiora sobre las Hermanas; recepción de postulantes y separación de la Co­munidad, quedando en último término al arbitrio de la Junta; imposibilidad de propagar el instituto fuera del Hospital de Barcelona, y anulación del Director nombrado por el M. H. Padre Superior General.

Todo esto era absolutamente inaceptable para las Hijas de la Caridad, amantes de su hermosa vocación; a ello debían oponerse, pues, con todas sus fuerzas, aun a trueque de los más grandes sacrificios; y las primeras Hermanas venidas a España se mostraron dignas hijas de san Vicente y de su bien­aventurada Madre, oponiéndose con admirable entereza a la destrucción de su familia religiosa por medio de la siguiente enérgica y respetuosa carta:

Muy ilustres señores:

Las Hijas de la Caridad abajo firmadas, deseando satis­facer a VV. SS. de un modo claro, terminante y reverente, re­producen a VV. SS. las adjuntas condiciones contratadas y convenidas en París por el Exmo. señor Embajador de Es­paña, el Superior General de la Misión y la Superiora General de su Comunidad.

Sobre el referido documento, se cimentó su venida a este Hospital general de Barcelona, como Hijas de la Caridad, con sus establecimientos y reglas, sometidas en un todo a ellas, y en la parte temporal, a la ilustre Administración, sin que a ésta sea lícito alterar, en punto alguno, la legislación de aqué­llas.

Bajo este constante concepto, han traído sus reglas fir­madas y selladas por la superioridad y, bajo el mismo, se las fueron pedidas por VV. SS. para traducirlas al español, cuya menor alteración es ilícita, en razón de la buena f e, en la de un solemne contrato, en la intervención del alto carácter de los contratantes y en la del mayor servicio del Hospital, como se acredita en los muchos de Europa a que están adictas.

Para esta- misma ejecución y dirección fue destinada y concedida la Asistenta General Sor David, no obstante su avanzada edad, tomándose el trabajo de acompañarnos, para dirigirnos y radicarnos en nuestro ejercicio.

La fundación del pío legado, con que se nos arguye, en nada trasciende a nosotras que, posterior a nuestra venida y a la fecha de dichas condiciones, fue ignorada por nosotras, no se nos intimó entonces y se pretende argüirnos con ella ahora como título derogatorio de nuestras reglas; mas carece de toda fuerza. En su caso hubiéramos protestado y lo ejecuta­mos ahora, que se nos hace saber, en todo lo respectivo al que­brantamiento de nuestras ordenaciones. Dicha fundación no tiene otro aspecto que la inversión piadosa de ciertos intereses por sus albaceas en alivio del santo Hospital, sufragando con los copiosos caudales que se destinan al gasto de nuestro esta­blecimiento; pero sin facultades para la alteración de nues­tras reglas, lo que no permite nuestra conciencia ni lo consen­tirá la buena fe de VV. SS.

En fin, esos piadosos señores contribuyen con los medios, nosotras con el servicio a los pobres enfermos, según nuestras reglas, con las que fuimos convocadas, y el Santo Hospital es el beneficiado.

Con todo, para manifestar nuestras deferencias, en lo posible, convenimos en que las dos plazas reservadas al nom­bramiento de los señores Fundadores, les pertenezcan, pero su aceptación, a la Comunidad; de modo que, expirando el plazo de la aprobación, si alguna de ellas no fuere admitida, se par­ticipará a los señores Fundadores y sucesores para el nom­bramiento de otra.

Igualmente, en la elección de las plazas Que VV. SS. pre­fijen, será a nuestro cargo el recibir las que nos parezcan más oportunas, participando a VV. SS. su admisión y las vacan­tes por reprobación.

Asimismo, el destino de las Hijas de la Caridad a los varios oficios será, según el vigor de nuestras leyes, por dis­posición de nuestra Superiora, quien participará a VV. SS. sus nombramientos.

Nuestra profesión carece de atractivos terrenos, todo lo contrario nos presenta en los pobres enfermos; todos los sentidos padecen en su asistencia, el tacto con su inmundicia, la vista con el aspecto de la humanidad paciente, el olfato en las fétidas exhalaciones, el oído con sus lamentos y gemidos, te­niéndonos por dichosas con el sacrificio de nuestros sentidos, si podemos contribuir de algún modo a su alivio. Renunciamos gustosas a todas las conveniencias del mundo : el peculio, la vo­luntad propia, las galas, los regalos y nuestro propio sosiego, por atender al ajeno, en que estriba el espíritu de nuestras leyes ; todas libres, ninguna forzada, y, mediante su íntegra observan­cia, aspiramos al término final de las eternas recompensas.

En nada, pues, señores, solicitarnos ventajas para nosotras, y sólo pretendemos la fiel observancia de nuestras reglas, la del solemne contrato de París y el mejor servicio de los pobres en­fermos y del mismo santo Hospital, que está vinculado en el espíritu de leyes, cuyo dictado debió tener superior impulso; pues florecen con ellas por más de cien años en todo el orbe cris­tiano y en sus hospitales, sin el menor obstáculo por el más deli­cado gobierno de sus naciones.

Barcelona, mayo 16 de 1792.

Las Hijas de la Caridad siervas de los pobres enfermos.

SOR JUANA DAVID. — SOR JOSEFA MIOUEL. — SOR MARÍA BLANC. — SOR MANUELA LECINA. — SOR LUCÍA REVENTÓS.

No sabemos el efecto que produciría en el ánimo de los señores Administradores esta magnífica y contundente carta de las Hijas de la Caridad, que habían permanecido fieles a su santa vocación; lo que sí sabernos es que la Junta persis­tió en sus ideas, produciéndose el rompimiento final y la salida de las Hermanas del servicio del Hospital de Santa Cruz, como lo veremos en el capítulo siguiente.

 

 

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