Hijas de la Caridad en España (2) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Las Hermanas en el Hospital de Barcelona

ANTIGUOS HOSPITALES EN LA CIUDAD CONDAL – SANTA EULA-LIA-MARCÚS. – PEDRO PR IM. – COLOM. – CAUTIVOS REDIMI­DOS. – DESVILAR. – SANTA MARGARITA. – REUNIÓN DE HOS­PITALES Y ERECCIÓN DEL HOSPITAL GENERAL DE SANTA CRUZ. – CAUSA PÍA LLUPIÁ. – PRIMEROS PASOS PARA LA VENIDA DE LAS HERMANAS. – EL EMBAJADOR DE ESPAÑA EN PARÍS. – SU CARTA AL CONDE DE LACY. – CONTRATO FIRMADO EN PARÍS. ­LLEGADA A BARCELONA DE LAS PRIMERAS HIJAS DE LA CARIDAD.

CARTA DE LA MADRE GENERAL.

Muchos son los establecimientos de beneficencia que de tiempos muy remotos han existido en Barcelona, en los que los pobres enfermos eran cuidados y asistidos, con más o me­nos perfección; pero siempre acogidos con verdadera caridad cristiana.

El primer hospital de que tenemos noticias, después de la irrupción musulmana, es el Hospital de Santa Eulalia, man­dado levantar el año Ion por el piadoso Guitardo, en el pon­tificado del obispo Aecio, obispo lleno del espíritu de Dios, quien se aplicó a reparar en lo posible los estragos causados en su diócesis por la invasión de Almanzor, y que, compadecido de la gran miseria en que se hallaba el pueblo, mandó cons­truir el Refectorium de la Catedral, en donde diariamente se alimentaba a más de cien pobres.

El Hospital de Santa Eulalia se edificó junto al palacio de los Condes de Barcelona en la calle que hoy se llama Bajada de la Canonjía, nombre, que se daba a la casa en que habitaban los canónigos de la Catedral, llevando una especie de vida común. En este hospital se asistía a cierto número de pobres en­fermos y se daba albergue a los peregrinos. fue restaurado en 1044 por Berenguer I, el viejo.

En 1150 fue fundado el Hospital Marcús, del nombre de su fundador D. Bernardo Marcús, poderoso y rico ciudadano barcelonés, persona muy piadosa y caritativa, siendo obispo de Barcelona el celoso y prudente D. Guillermo Torroja, quien fomentaba toda clase de buenas obras y contribuyó poderosa­mente a la expulsión de los sarracenos de Tortosa, Lérida y Fraga.

Estaba situado este hospital en el mismo lugar donde se encuentra hoy la capilla Marcús, y en él se atendía a veinte enfermos y a un reducido número de niños expósitos con las rentas que le adjudicó su piadoso fundador y con las limos­nas de los fieles.

Otro pequeño hospital fue establecido, por aquel tiempo, por un tal Pedro Prim, quien en compañía de su esposa se dedicó a albergar y asistir a algunos pobres enfermos en casas de su propiedad, situadas en lo que hoy es la sala deis Bressols, del actual hospital de Santa Cruz.

El Hospital Colom, hoy Hospital general de Santa Cruz, fue fundado en 1229, y refundido con el anterior por un pia­doso canónigo de la Catedral de Barcelona, apellidado Mosén Colom, de donde le vino el nombre de Hospital den Colom, denominación que conservó durante cerca de dos siglos.

Como muestra de singular y paternal benevolencia hacia esta grande obra de caridad, el Papa Honorio III colocó la persona y bienes del mencionado canónigo Colom bajo el am­paro directo de la Santa Sede.

Debió fomentar mucho esta obra el entonces obispo de Barcelona, el activo, celoso y caritativo Berenguer de Palau, uno de los más preclaros obispos que ha tenido Barcelona, a quien se deben numerosas fundaciones, entre otras, el Hospi­cio, hoy Casa de Caridad.

Durante el pontificado del referido Berenguer de Palau, se fundó por el noble y cristiano caballero D. Ramón de Plegamans el Hospital de Cautivos redimidos, atendido por san Pedro Nolasco, a quien el obispo Palau había impuesto el há­bito lo mismo que a sus religiosos Mercedarios. Estaba situado .este hospital en un arenal cerca del mar, en terreno que ocu­pan hoy parte de la Iglesia de la Merced y la Capitanía. Ge­neral.

En el ario 1308, durante el pontificado del obispo Pousis de Gualba, se estableció el hospital de pobres, llamado Den Desvilar, por haber cedido para este fin D. Pedro Desvilar el oratorio y unas casitas que poseía en el Pla de Lluy, junto al convento de Santa Clara, cediendo, además; algunos bienes en su testamento en favor de esta obra de beneficencia. En 1370 fue restaurado por els Consellers con limosnas que se reco­gieron por la ciudad: á 5 d’abril 1370 fou commencat á captar per la ciotat á obs del Hospital que los Consellers feyen fer pera pobres malalts en la casa del Hospital d’en Pere Desvi-lar (archio. Municip.)

Existía, además, el Hospital de santa Margarita, o deis Masells (leprosos), ignorándose la fecha fija de su fundación en donde, como lo indica su nombre, se encerraba a los desgraciados atacados de aquella terrible enfermedad, para tenerlos separados del resto de la población, considerándola contagiosa.

El piadoso abad de San Cucufate, Juan Armengol, confe­sor del rey D. Martín, siendo obispo de Barcelona, tuvo la fe­liz idea de reunir en una sola institución todas estas hermosas manifestaciones de la caridad barcelonesa, a fin de (me, unidas todas esas fuerzas dispersas, pudiera asistirse de modo más eficaz a los pobres. Al efecto, propuso que se constituyera un fondo común de todos los bienes, pertenencias y derechos de todos los Hospitales yse erigiera uno solo, que, por sus pro­porciones y buen servicio, redundara en honor de la ciudad y fuera de mayor utilidad a los enfermos,

La idea del señor obispo Armengol tuvo muy buena aco­gida, y el 15 de marzo de 1401 se firmó un convenio entre los Consellers por una parte, y el obispo y Cabildo Catedral por otra, por el que se verificaba dicha unión. Este convenio fue aprobado por el Papa Benedicto XIII (el famoso Pedro de Luna) por bula expedida en Aviñón el 5 de septiembre de 1401.

En virtud de este convenio, se transformó el Hospital Colom, agregándole unos solares inmediatos, y se erigió el ac­tual Hospital general de Santa Cruz. Se inauguró la obra con gran solemnidad, colocándose cuatro piedras, una por el rey D. Martín, otra por la reina Doña María, su mujer, la tercera por el esclarecido Jaime de Prades, a nombre y en represen­tación del rey de Sicilia y la cuarta por los Consellers, trasla­dándose estas cuatro piedras en procesión desde la Catedral al sitio en donde debían ser colocadas.

Quedó convenido que el nuevo hospital sería de patronato privado y que estaría bajo la dirección de una Junta de admi­nistración compuesta de dos miembros del Cabildo Catedral y dos Consellers, o personas notables de la ciudad. El gobierno inmediato correría a cargo de un sacerdote, designado por la misma Junta, que llevaría el nombre de Prior, con residencia en mismo hospital.

Con la nueva organización, el Hospital de Santa Cruz ha prestado y sigue aun en nuestros días prestando inapreciables servicios, teniendo abiertas siempre sus puertas para todos los desgraciados.

En 1638 un terrible incendio redujo a cenizas gran parte del edificio; pero fue inmediatamente restaurado, el mismo año, por suscripción popular.

  1. José de Llupiá y de Miramón dejó designado en su tes­tamento de 18 de marzo de 177o un cuantioso capital, fundando una causa pía para el sostenimiento de diez y seis Hermanas, dedicadas al servicio de las enfermas y de la sección de niños expósitos del referido Hospital de Santa Cruz, a la manera que lo hacía en las enfermerías de los hombres una Asocia­ción de Hermanos donados a esta obra de caridad.

Para dar cumplimiento a esta última voluntad del mar­qués de Llupiá, el año 1789, los albaceas y ejecutores testa­mentarios del fundador, que eran D. Juan Antonio Desvalls, marqués de Llupiá, y D. José Antonio de Miramón y Bohil de Arenas, marqués de Sardañola y de Bohil y conde de la Revilla, fueron agregados a la Junta de Administración del Hospi­tal, y desde aquel momento se pensó en dar el debido cumpli­miento a la cláusula testamentaria para colocar las Hermanas, en el Hospital.

Estudiando las distintas formas en que podría llevarse a cabo la fundación de una sociedad de Hermanas para el servi­cio exclusivo del Hospital, tuvieron noticia de que, en años an­teriores, unas seis jóvenes españolas habían ido a París para formarse en la asistencia de los enfermos entre las Hijas de la: Caridad, y desde luego resolvieron trabajar en hacerlas regre­sar a España y servirse de ellas como base para establecer su Hermandad. Este criterio erróneo, en el cual desgraciada­mente permanecieron hasta el fin los señores miembros de la. Junta del Hospital, fue la causa de todas las dificultades que más tarde se presentaron y que determinaron la salida de las-Hijas de la Caridad del Hospital de Santa Cruz, corno vere­mos más adelante.

Vivamente interesados en llevar adelante su proyecto, ex­pusieron su deseo al conde de Lacy, entonces Capitán general de Cataluña, quien lo recomendó al embajador de España en París, el conde de Fernán Núñez, a quien también se dirigió la Junta del Hospital general.

Con la mejor buena voluntad y extraordinaria actividad, trabajó este asunto el embajador de España cerca del Superior General de la Misión y de la Superiora de la Comunidad, pero, sin participar del criterio equivocado de los señores de la Jun­ta; pues, al tratar con los Superiores de la Comunidad de san Vicente de Paúl, entendía que iba a introducir la Comunidad de las Hijas de la Caridad en España, y no simplemente a so­licitar seis enfermeras, que sirvieran de base para formar una nueva y distinta Hermandad que se ocupase exclusivamente en la asistencia y en el cuidado de los enfermos del Hospital de Santa Cruz, que era la idea que acariciaban los señores de la Junta, como se ve muy claro por la carta que el embajador dirigió a la junta del Hospital, con fecha 6 de diciembre de 1790 y que publicamos en su debido lugar.

Los trabajos y diligencias del conde de Fernán Núñez se vieron coronados por el éxito; pues el día 18 de abril de 1790 se firmó el contrato y se concedió la venida a España de las Hijas de la Caridad.

He aquí la carta en la que el embajador de España anun­ciaba este feliz resultado al Capitán general de Cataluña, conde de Lacy.

París, abril 30 de 1790.

Exmo. Señor:

Muy señor mío: No he querido responder a la apreciable carta de V. E., relativo a las Hermanas de la Caridad españo­las, hasta no haber dejado arreglada enteramente su partida con el Superior y Superiora de San Lázaro. Ha llegado, por fin, este caso, después de varias conferencias, en que no han sido pocas las dificultades que ha habido que vencer, para hacer aceptar las condiciones contenidas en el papel firmado por los señores testamentarios del marqués de Llupiá que V. E. me incluye en su citada carta, y dentro de seis u ocho días partirán de aquí por la diligencia. Es regular que lleguen a Barcelona a los quince días de viaje, e irán en derechura al Hospital, desde donde pasarán inmediatamente a presentarse a V. E. con carta mía.

Adjunto encontrará V. E. el contrato firmado por mí y por el Superior y Superiora, del cual se han sacado dos ejem­plares, uno que llevan las Hermanas y otro que queda en ma­nos de los Superiores. Espero que V. E. y esos señores lo ha­llarán conforme al que me enviaron por modelo. Los términos en que se ha extendido el artículo 3.0, son los únicos que han podido emplearse para adaptar el modo de pensar de ahí, en cuanto a la dependencia espiritual, a lo que aquí deseaban; y verá V. E. si lo medita, que la dependencia del Ordinario ha de ser nula; pues no será otra que la que tiene todo seglar. Para quitar en este punto de los señores testamentarios y ad­ministradores del Hospital hasta la menor sombra de escrú­pulo, podrá vuestra E. hacerles observar y asegurarles que el Instituto de la Caridad, no es una Comunidad religiosa, sino una Congregación secular, cuyos votos son simples y anuales, cuyos individuos gozan de plena libertad de retirarse a sus casas al cabo del año, o antes si tienen algún motivo para ha­cerlo, de abrazar el estado de matrimonio, etc.

Una de las seis Hermanas españolas ha rehusado volver a España, y así, sólo van cinco, acompañadas por una Hermana francesa de quien voy a hablar en el párrafo siguiente…..

(Se ocupa aquí del empleo del dinero que le mandaron)

Esta Hermana (Sor David) reúne las circunstancias de ser de edad madura, la de gozar de buena salud, tener gran prác­tica en la asistencia de enfermos, curación de llagas, prepara­ción de remedios y aplicación de ellos e instrucción de niñas pobres en primeras letras y labores. Sin embargo de ser Asis­tenta de la Superiora General y de que, no faltándole aquí cosa alguna, y que nada va a ganar pasando a España, su cari­dad, su celo y su afecto a las cinco españolas, que la aman y respetan, la han determinado a ir con ellas
(El resto de la carta se ocupa en los gastos hechos y del modo de satisfacerlos.)

Beso la m. de V. E.

Su más afecto seguro servidor, EL CONDE DE FERNÁN NÚÑEZ.

Ponemos a continuación la traducción literal exacta del contrato celebrado con los Superiores Mayores de París, tra­ducción que hemos hecho directamente del mismo original, que hemos tenido en nuestras manos. Dice así:

Condiciones bajo las que, las cinco Hijas de la Caridad españolas: Josefa Esperanza, Antonieta Miguel, María Espe­ranza Blanc, María Catalina Lucía Reventós, Francisca An­tonieta Teresa Cortés, y María Teresa Manuela Lecina, resi­dentes actualmente en París, regresan a España para dedicar­se al servicio de los pobres enfermos del Hospital de Barce­lona, acordadas, convenidas y firmadas por su Excelencia el señor Conde de Fernán Núñez y el señor Juan José Félix Caylá, Superior General de la Congregación de la Misión y (le la Comunidad de las Hijas de la Caridad, y Sor Renata Dubois, Superiora General de las referidas Hijas de la Ca­ridad.

Aun cuando no es conforme al uso de la Comunidad de las Hijas de la Caridad, el enviar a ninguno de sus miembros sino a establecimientos firmes y revestidos de todas las formalidades requeridas ; sin embargo, por respeto y deferencia a su Exce­lencia el señor Embajador que se halla animado de gran celo y caridad en favor de los pobres, la Madre Superiora, de acuer­do con su consejo, consiente en que las cinco Hermanas espa­ñolas antes nombradas, que vinieron a Francia para formarse en las funciones de su santo estado, vayan para asistir y cuidar a los pobres enfermos del Hospital de Barcelona, bajo las cláusulas y condiciones siguientes:

I.a Los gastos de alimentación, alojamiento, habitación, luz, lavado y mantelería de mesa, cama, cocina, etc., tanto en salud como en enfermedad, serán a cargo del Hospital, el que les continuará los mismos servicios aun en el caso de enfer­medad crónica.

2.a El susodicho Hospital abonará anualmente la cantidad de noventa libras, o trescientos reales vellón por cada una para sus hábitos, calzado, ropa interior y gastos personales, lo cual se procurarán por sí mismas. Esta suma contiene una tercera parte menos de la que perciben en Francia; pero, según las observaciones que se nos han hecho, parece que basta en Bar­celona a causa de los precios módicos de aquella ciudad; mas, si se viera que no es suficiente, entonces el Hospital les pro­veerá de esos artículos, en especie, a petición de las Hermanas.

  1. Las antedichas Hijas de la Caridad dependerán, en cuanto a lo exterior, en lo que se refiere a las cosas tempo­rales y al servicio de los enfermos, de la Junta de los señores Administradores del Hospital. Por lo que toca al interior, esto es, a la dirección de su conciencia, tendrán plena libertad, tal como la tienen en Francia, para elegir, entre los confesores aprobados, los que ellas quieran. Por lo que hace a lo espiritual, no dependerán del Diocesano, de Barcelona más que como secu­lares, es decir, como todos los fieles seculares de la diócesis de cualquier estado que sean.
  2. El señor Embajador entregara a la Madre Superiora la cantidad de mil doscientas cincuenta libras, para los gastos de ajuar de las cinco Hermanas, tanto en hábitos como en ropa interior, calzado, etc.
  3. El señor Embajador se encargará de los gastos de viaje y trasporte del equipaje de dichas Hermanas, y, como por decencia y honor de la Comunidad, no se puede permitir que esas cinco Hermanas jóvenes regresen solas a su patria, irán acompañadas de Sor Juana David, francesa, desde París a Barcelona, en donde las instalará en el ejercicio de sus funcio­nes, les dará sobre el mismo terreno las instrucciones y avisos necesarios, para que estén en condición de asistir a los enfermos, no sólo con el celo y caridad que han desplegado aquí, sino guiadas por los conocimientos sobre los que se funda la segu­ridad del servicio de los enfermos y el alivio (le sus padeci­mientos.

Cuando los señores directores del Hospital juzguen que este fin esencial se ha alcanzado, estarán obligados a sufragar los gastos de viaje de regreso de la Hermana francesa, de Barce­lona a París, en el modo y forma en que se haya hecho el de París a Barcelona.

Hecho en duplicado en París, a diez y ocho de abril, de mil setecientos y noventa.

EL CONDE DE FERNÁN NUÑEZ, CAYLA SUP. GENERAL, SOR DUBOIS SPRA. GENERAL

El día 6 de mayo de 1790, salieron de la Casa madre de París las primeras Hermanas que debían ser las fundadoras de las Hijas de la Caridad en España. Esta primera comunidad se componía de las seis Hermanas siguientes: Sor Juana David, Superiora; Sor Josefa Miguel, Sor María Blanc, Sor Manuela Lecina, Sor Lucía Reventós y Sor Teresa Cortés. La otra joven Hermana española solicitó y obtuvo el permiso de quedarse en Francia, haciendo generosamente el sacrificio de no volver a su patria.

La llegada a Barcelona, a final del mismo mes de maro; revistió los caracteres de un verdadero acontecimiento público, saliendo a su encuentro las autoridades y las personas más connotadas de la ciudad, en medio de entusiastas aclamaciones, con que el pueblo de Barcelona saludaba, lleno de júbilo, las blancas cornetas de las Hijas de san Vicente de Paúl. En los coches del Capitán General y de otras personas de la nobleza catalana fueron conducidas a la Casa de Convalescencia, en donde se les había preparado provisionalmente alojamiento. Llamábanse así ciertos departamentos incomunicados de las enfermerías, que los Administradores habían mandado cons­truir en 1597 en el mismo edificio del Hospital, en la parte que da a la calle de Egipciacas, a donde, como lo indica su nombre, pasaban los enfermos convalescientes del Hospital.

La superiora Sor Juana David entregó a los señores de la Junta el contrato firmado en París, con la siguiente carta de la Madre Superiora General:

Señores:

Tengo el honor de presentaros a nuestras queridas Hijas españolas, a las que debemos el más favorable testimonio de su piedad y buena conducta. Están dotadas de las más felices disposiciones para las funciones de nuestro santo estado, aun cuando no han tenido tiempo suficiente para alcanzar aquella perfección necesaria para ejercerlas con todo el buen éxito que VV. SS. tienen derecho a esperar de ellas, lo que nos ha determinado a darles una superiora francesa, perfectamente instruida en todas las obras que nos son confiadas. Sólo el bien de esta obra es el que nos ha determinado a elegir a una de las Asistentas de la Comunidad, persona muy virtuosa. Sacri­ficio es éste que ha sido muy costoso para mí; pero que lo he hecho por religión y en honor de esas queridas Hijas, cuyo re­greso no habría sido decente sin un mentor para tan largo viaje.

Ruego a VV. SS. muy encarecidamente se dignen otorgar a esas queridas Hijas y a nuestra Hermana francesa su pro­tección y benevolencia.

Tengo la confianza de que ellas se harán dignas de sus atenciones por su virtud y por su talento, y de que su buena conducta les merecerá la gracia que les pide en su favor la que llene el honor de ser con el más profundo respeto,

Muy humilde y obsecuente servidora

SOR DUBOIS, Superiora General de las Hijas de la Caridad.

París, 6 de mayo de 1790.

 

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