Hermana sirviente de una comunidad unida

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 2015 · Fuente: El autor.
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Santa Luisa enseña el gobierno

hermanas sirvientesEn los primeros años la Compañía venía a ser como una Comunidad grande con una superiora, la señorita Le Gras. La Compañía comenzó con un grupito de cuatro o cinco jóvenes a las que ella preparó. Al ir aumentando el número de Hermanas, la señorita Le Gras siguió siendo la formadora de las postulantes y la directora del seminario. Se habría considerado peligroso dejar en otras manos la dirección y organización de una Compañía nueva y única, sin un modelo cercano ni lejano que la pudiera orientar. Solamente ella y san Vicente sabían —y en los comienzos no del todo— lo que pretendían. La fundación de la Compañía se había realizado según la mentalidad de san Vicente, pero de acuerdo totalmente con las sugerencias de santa Luisa que conocía a todas las Hermanas personalmente desde que ingresaron en la Casa de la que fue durante muchos años la Hermana Sirviente. El número de Hermanas nunca llegó a doscientas y la Santa tenía una memoria envidiable para conocer los menores detalles de cada Hermana. Hay que añadir la personalidad amable e inteligente y la perspicacia que tenía la señorita Le Gras para conocer y animar a las personas y a los grupos. San Vicente de Paúl la descubrió y la valoró enormemente hasta entregarle el gobierno y dirección de la Compañía.

Las comunidades eran obra suya. Algunas las había instituido ella personalmente y todas habían sido autorizadas por ella, después de una investigación minuciosa hasta en los detalles más insignificantes. No sólo visitaba las comunidades de Paris, como lo hizo una vez terminada la revuelta de la Fronda, sino que mandaba a las Hermanas que vivían lejos acudir, de tiempo en tiempo, a la Casa, como a la fuente para renovar el espíritu de la Compañía, hacer los ejercicios espirituales, recuperar la salud, descansar o para tratar pequeños asuntos, ya que “es costumbre —decía— venir de vez en cuando a la Casa” (c. 650, 662). Este “de vez en cuando” ella intentaba que fuera, para las que estaban cerca, cuando hubiera conferencia de san Vicente o al menos cada mes (c. 99). Y una vez en la Casa, Luisa de Marillac se encargaba de acompañarlas y aconsejarlas. Y a las lejanas que no podían acudir a Paris, a causa de los peligros del camino o al agobio del trabajo, las aconsejaba por carta, dando a las Hermanas Sirvientes directrices de gobierno y de animación de la comunidad y de las Hermanas en particular.

La autoridad es ante todo un carisma del Espíritu divino que se ejerce con vistas a un mejor servicio a los pobres y a construir una comunidad donde se viva feliz; cosa, ésta última, que pueden olvidar las Hermanas cautivadas por solucionar el problema de los pobres. Admitiendo que todo es obra del Espíritu Santo, hay que aceptar también que el instrumento ordinario del gobierno de la comunidad y el actor humano principal, aunque no exclusivo, del que se sirve el Espíritu Santo es la Hermana Sirviente, como lo indican las Constituciones y el Directorio de las Hermanas Sirvientes1.

Objetivo del gobierno

Aunque los objetivos particulares de la Hermana Sirviente, reflejados en el Proyecto comunitario, dependen de tres factores: la autoridad, el lugar determinado donde sirve la comunidad y las Hermanas particulares, hay unos objetivos generales que se imponen siempre a todas las Hermanas Sirvientes estén donde estén y sean quienes sean sus compañeras: un mejor servicio material, apoyados en el progreso, la solidaridad y la caridad, y un servicio espiritual, teniendo en cuenta que la salvación eterna es el verdadero puerto al que hay que arribar y que si no se llega, todo ha fracasado.

En la sociedad moderna, fuertemente descreída, la Hermana Sirviente debe prestar atención al servicio espiritual que dan las Hermanas, como lo era en tiempo de santa Luisa que las aconsejaba preparar a los enfermos a vivir como buenos cristianos y, a los graves, a morir en gracia de Dios, haciendo una confesión general, “a no ser que un enfermo esté muy grave, en cuyo caso le hará hacer los actos de fe, esperanza y caridad necesarios para la salvación”2. Con aquella humanidad que la hacía tan tierna, termina los consejos: “después, quédense en paz, ayudándoles con sus oraciones” (c. 426).

Asimismo la Hermana Sirviente debe procurar otros dos objetivos generales de todas las comunidades: dirigir la vida comunitaria en su aspecto material para que las Hermanas vivan felices en un grupo que respira alegría y animar la vida espiritual para que cada Hermana desarrolle personalmente su vida interior. Santa Luisa en general acompañaba a todas las Hermanas según las enseñanzas sencillas y aparentemente más humanas de san Vicente, pero a otras que veía caminar más seguras, al final de si vida, las encaminó suavemente por la senda de los renano-flamencos. Tan sumergidas suelen estar las Hermanas en el fango de la pobreza y tan ilusionadas por limpiarlo en los pobres que pueden despreocuparse de ellas mismas y olvidarse que todas son mujeres consagradas a Dios y necesitan también ellas una vida espiritual de oración privada, litúrgica y comunitaria.

Unión en la comunidad

Si hacia fuera, entre los variados objetivos que incumbe a la Hermana Sirviente, el número uno es lograr un buen servicio, hacia dentro de la comunidad, es lograr la unión y la alegría entre las Hermanas, creando una atmósfera de estrecha unión por la verdadera caridad de Jesucristo (c. 119) en la participación solidaria de las tareas comunitarias y compromisos de servicio, y en la toma de decisiones al hacer el Proyecto comunitario, recogiendo las iniciativas, valorando la creatividad de cada una y animando a que cooperen en las tareas de comunidad.

Hacer comunidades unidas llegó a ser una obsesión en Luisa de Marillac, de tal manera que a las Hermanas Sirvientes les recomienda que todo lo que, sin ofender a Dios, lleva a la unión hay que ponerlo en comunidad, así como debe quitarse todo lo que, también sin ofender a Dios, divide la comunidad.

Como ella, también la Hermana Sirviente debe tener horror a la discordia. De manera lacónica lo escribió en un papel sin fecha: “Podría suceder que, en lugar de la unión que debe haber entre todas, hubiera discordia que es la cosa más perniciosa para la Compañía y más contraria a lo que Dios pide de ella” (E 70). Seguramente recordaba un tiempo en que la comunidad del hospital de Nantes estuvo en peligro de hundirse por causa de las divisiones entre un grupo de Hermanas influenciadas por el capellán y otro grupo que defendía a la Hermana Sirviente, y tuvo que escribirles una carta de animación en busca de concordia y pedirle a san Vicente que escribiera aquella famosa carta. No contenta con ello, le sugirió que continuara en una conferencia los deberes que hay entre la Hermana Sirviente y las súbditas3.

Aunque los motivos principales que expone santa Luisa fueran la unión trinitaria y la unidad en la creación, recordemos el telón de fondo del escenario donde se formaron las primeras comunidades de Hijas de la Caridad. El siglo de XVII francés combatía por la unidad. Dividida la Iglesia en católicos y reformados, cada religión se esforzaba por conseguir la unidad, arrasando la otra religión. Cuando se impuso la Iglesia católica, tuvo que enfrentarse a los jansenistas para que no derivaran en una secta separada. Asimismo el reino de Francia guerreaba para anexionar las regiones periféricas y completar la unidad del Exágono actual. En religión y en política todo Paris hablaba de unidad.

Es natural, entonces, que todos consideraran normal que santa Luisa insistiera en la unión comunitaria. Y lo hace especialmente en tres momentos puntuales de la historia de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Primer momento: en 1644, cuando Luisa acude a Chartres en peregrinación para presentar a la Virgen María tres preocupaciones: su vida personal, su hijo y la Compañía. Para la Compañía le pide a Jesús que “Él sea el lazo fuerte y suave de los corazones de todas las Hermanas para honrar la unión de las tres divinas Personas” (c. 121).

Momento segundo: Un año más tarde, cuando ella no está de acuerdo con el escrito de petición que había redactado el Superior Vicente de Paúl para que la Compañía de las Hijas de la Caridad fuera aprobada quedando bajo la autoridad del Arzobispo de Paris, recuerda que tres años antes se había derrumbado el piso de una sala donde iban a reunirse las señoras de mayor alcurnia de la sociedad francesa. Fue un milagro que tuviera que suprimirse y se evitaran muchas muertes que acarrearían la supresión de la Compañía. Y la santa escribe que más que milagro fue una gracia divina o mejor aún, fue un aviso de Dios al señor Vicente para que se pusiera él como superior general y así se salvara la Compañía. Pero también Luisa medita que fue un aviso a las Hermanas para que también ellas salvaran la Compañía, viviendo “en una gran unión unas con otras, y así como el Espíritu Santo es la unión del Padre y del Hijo, así también la vida que voluntariamente hemos emprendido, se debe ejercer en una gran unión de corazones” (E 53).

Y el momento tercero sucede la mañana del 15 de marzo de 1660; cuando le quedaba poco tiempo de vida, recalcó a las Hermanas: “Tened mucho cuidado del servicio de los pobres, y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándoos unas a otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor”.

Todo queda resumido en los consejos que da a las Hermanas que van a empezar la difícil y delicada fundación de Montreuil: “Recordarán que las verdaderas Hijas de la Caridad que, para hacer bien lo que Dios les pide, no deben ser más que una, y puesto que la naturaleza corrompida nos ha despojado de esa perfección, separándonos por el pecado de nuestra unidad que es Dios, debemos, para asemejarnos a la Santísima Trinidad, no ser más que un corazón y no actuar sino con un mismo espíritu como las tres divinas Personas…, considerándose las dos escogidas por la Providencia para obrar unánimemente unidas. Nunca se habrá de oír: eso es tarea suya y no mía” (E 55).

La Compañía rompía la tradición de la vida consagrada, al salir a la calle, al trabajar fuera de la comunidad, al anteponer el servicio a Jesucristo en los pobres a todo lo demás. Esta manera de servir y evangelizar exigía una vida comunitaria fuerte y unida dirigida por una Hermana Sirviente que evitara la disgregación. Pero también se lo pedía la experiencia de su vida. Santa Luisa vivió en soledad hasta poco antes de casarse. Fueron años en los que intentó encontrar compañía para toda la vida en el convento de las capuchinas. Y no podía soportar que sus hijas vivieran en soledad por estar solas en el destino o porque, dividida la comunidad, hubiera Hermanas que se sientiesen solas. Si es doloroso para la Hermana que vive en Paris o cercanía, puede llegar a ser insufrible para quien está destinada a cientos de kilómetros, como las Hijas de la Caridad en Polonia (c. 500).

La Trinidad y la creación como modelos de unidad

Frecuentemente salpica sus cartas y pensamientos con la advertencia de imitar a la Trinidad, “¿pero en qué especialmente? En la gran unión que debe existir entre las Hermanas” (c. 362). Y lo escribe en el Reglamento o Proyecto Comunitario para el hospital de San Dionisio, incidiendo en que la Hermana Sirviente y las compañeras “estarán siempre en una verdadera unión guardándose mucho de demostrarse lo contrario, aun cuando las malas inclinaciones de la naturaleza, la costumbre y los brotes de mal humor les inspiraran disposiciones contrarias; acordándose de honrar siempre la unión de la Santísima Trinidad, por la que todo el orden del mundo ha sido hecho y se conserva, recordando que ella le está sometida” (E 47).

La unión es algo más que un sentimiento en la convivencia de una comunidad, que tiene su origen en Dios. El modelo es la Trinidad y la potencia creativa de Dios que ha creado el universo con tal orden que forma una unidad firme de acuerdo con las leyes de la creación. Hasta el hombre encierra esta unidad, pues siendo uno en su ser material tiene que lograr también la unidad espiritual para dar la gloria que Dios espera de él. Y solamente el hombre será espiritualmente perfecto cuando el entendimiento y la memoria se sometan a la dirección de la voluntad dominada por el amor.

Santa Luisa ha construido bien su teoría: A Dios unicamente Él mismo le puede dar la gloria verdadera. Y los hombres, cuando sean parecidos a Él. Pero la esencia de Dios es la simplicidad que le hace ser Dios, puro Dios y sólo Dios, amor y nada más que amor (E 105). El hombre, por tanto, podrá darle una gloria semejante cuando llegue a la simplicidad de ser amor y nada más que amor. Pero el amor es fruto de la voluntad. De ahí deduce que es la voluntad y el amor los que unifican el interior del hombre, haciéndolo capaz de dar a Dios el culto verdadero.

Para argumentarlo se apoya en san Agustín, quien razona que el hombre es creado a imagen de la Trinidad, imagen que ha quedado reflejada en su interior: el Padre en la memoria, el Hijo en el entendimiento y el Espíritu Santo en la voluntad, y así como en la Trinidad es el Espíritu de amor quien hace la unidad de las tres Personas, así también en el hombre la voluntad hace la unión de las tres facultades y de todo el hombre, llevándole a tener la misma unidad para honrar a Dios que tenía antes del desarreglo que le vino con el pecado de nuestros primeros padres. De este modo la unión de sus potencias le lleva a participar de la primera gloria que honra la gloria eterna de Dios, después de la abundante redención por el pecado. De pronto, la mente de santa Luisa da un salto y exclama: “Y mi espíritu ha recordado el pensamiento que había tenido de que el designio de la Santísima Trinidad era que el Verbo se encarnaría desde la creación del hombre, para hacerle llegar a la excelencia del ser que Dios quería darle por la unión eterna que quería tener con él, como el estado más admirable de sus operaciones exteriores” (E 98).

Frutos de la unión

Entre las ventajas nacidas de la unión en Comunidad, el fruto más exquisito para una Hija de la Caridad es un mejor servicio a los pobres. Dos comunidades alejadas de Paris pueden servirnos de ejemplo, Angers y Nantes. Las dos fueron fundadas personalmente por Luisa de Marillac. Las dos la llenaron de la alegría y la rodearon de dolor. Ambas tuvieron momentos de división, repercutiendo en la relación que existe entre la unión comunitaria y un servicio ejemplar a los pobres. Y en las dos, la Hermana Sirviente desempeña un papel crucial, para la unión o la discordia. Al querer animar a la comunidad de Angers, cuatro años después de fundarla, Luisa las pregunta: “¿Dónde están la mansedumbre y la caridad que debíais conservar tan cuidadosamente con nuestros queridos amos, los pobres enfermos?” Y pone el remedio que a ella le parece más eficaz: “Os es necesario tener una gran unión entre vosotras que hará que tengáis gran tolerancia unas con otras” (c. 115). El resultado fue sorprendente y las Hermanas han permanecido en el hospital de Angers hasta la segunda mitad del siglo XX. Más difícil fue lograr la unión en la comunidad de Nantes, y no se logró, y la comunidad abandonó el hospital pocos años después de morir la santa.

Otra ventaja de la unión y motivo para buscarla es la edificación y testimonio de amor que se da a las gentes que ven cómo dos o más Hermanas viven tan unidas que se toleran unas a otras, de tal manera que no son más que un corazón y una sola alma, en Jesucristo, sirviendo así de edificación a todo el mundo (c. 611). Tanta importancia tiene para Luisa de Marillac el impacto que puedan dar a las personas de su entorno que les conmina a que todas se confiesen con el mismo confesor, ya que la gente pensaría que la comunidad está tan divida que hasta se confiesan con distintos confesores (c. 539, 571).

Hoy puede causar extrañeza y hasta disgusto poner como un testimonio de unión la obligación de confesarse con el mismo sacerdote. Somos injustos al juzgar aquella época con la mentalidad del siglo XXI. Entonces todos los feligreses tenían obligación de confesarse con el párroco o con sacerdotes autorizados por él, por el obispo o por quien tuviera jurisdicción en los fieles, laicos, religiosos o Hijas de la Caridad. Todo era cuestión del concepto que se tenía de la naturaleza del sacramento de la penitencia: teológico o jurídico. Al predominar el sentido jurídico, buscar un juez personal distinto del concedido a la comunidad, suponía desconfianza y división. Esta era la mentalidad de santa Luisa y también la del superior Vicente de Paúl4.

Más acorde con la sicología y la sociología actual está otro fruto que saca santa Luisa de la unión entre las Hermanas: esa fuerza que se experimenta cuando alguien siente que no está solo, sino arropado por otras personas con los mismos ideales. Una comunidad unida supera mejor los obstáculos. Se lo escribe a la Hermana Sirviente de la comunidad del hospital de Nantes que encontraba dificultades para avanzar en la vida de Dios y en el servicio a los pobres: “Me da usted un consuelo bien sensible al comunicarme la unión y la cordialidad que hay entre ustedes. Si Dios les continúa esta gracia, como lo espero de su bondad, no tienen que temer nada, ni los juicios ni sospechas del mundo ni las rudas reprensiones ni las calumnias y murmuraciones” (c. 528).

Sin embargo, el fruto más inmediato de la unión es la paz y la calma en la comunidad. Ambos aspectos se corresponden sin poder comprobar cuál es el primero o cuál de los dos es causa del otro, si la unión crea la calma o la calma produce la unión. Pero hay que afirmar que los dos aspectos son inseparables para santa Luisa: “Sor Luisa me dice que tenéis mucha calma, lo que me ha dado mucho consuelo; no porque desestime los caminos de Dios mezclados de rosas con espinas; pero me parece que habéis sufrido tanto, que es un alivio el que respiréis un poco a gusto y en paz, para gozar así de la dulzura y suavidad que hay en servir a los Pobres sin tener que pensar en otra cosa. Me parece, como si lo viera, que esa paz opera entre ustedes una gran unión” (c. 377).

Los obstáculos para la unión

Las Hermanas Sirvientes que lo han sido de distintas comunidades saben que es difícil enumerar las causas de las divisiones. A cada comunidad la identifican unas circunstancias que la determinan y obstáculos peculiares que dificultan la unión. A pesar de esta realidad, santa Luisa se detiene en tres dificultades que asomaban en las comunidades de entonces y que están presentes también en las comunidades actuales: disparidad de caracteres, comunicarse casi exclusivamente con los externos y el excesivo trabajo.

Disparidad de caracteres

El primer impedimento a la unión está en el carácter de cada persona. En la vida se puede lograr la unión en intereses, ideas, criterios y hasta en gustos, pero parece dificilísimo unificar caracteres, porque el carácter es la identidad de cada persona y lo que construye su singularidad. Lograr unificar dos caracteres puede ser considerado como un intento de aniquilar su identidad y su singularidad. Solo queda tolerarse, pues si una Hermana está triste, si es un poco melancólica, demasiado viva o demasiado lenta, ¿qué va a hacer, si ese es su natural?, y aunque a menudo se esfuerce por superarse, no puede impedir, sin embargo, que sus inclinaciones aparezcan a menudo. Y una Hermana, que debe amarla como a sí misma, ¿podrá enfadarse, hablarle con rudeza, ponerle mala cara? (c. 115).

La tolerancia es respuesta a un legado universal que la humanidad acepta por experiencia y que san Agustín desarrolló al combatir el pelagianismo: la naturaleza humana, el carácter de cada hombre, “su natural” en palabras de santa Luisa, está inclinado al mal. Doctrina que en el siglo XVII habían exagerado los jansenistas y llevado al límite los calvinistas. De ahí que, por mucho que “se esfuerce una Hermana en superarse, no pueda impedir que a menudo aparezcan sus inclinaciones”. Tolerar esta inclinación es asumir el consejo que nos da Jesús de tratar a los demás como a uno mismo. “¡Qué razonable es esto, puesto que nosotros cometemos faltas parecidas y necesitamos que se nos excuse!”, aseguraba santa Luisa. Sin embargo, un carácter puede ser mejorado y hay obligación de esforzarse en enderezarlo, pero ni se debe ni se puede destruir, porque es matar la personalidad de un hombre, es asesinar la identidad del individuo. De ahí que en un día meditara que no basta conocer nuestros defectos; es preciso, además, tener la voluntad caldeada para digerirlos y asimilarlos, así comos los defectos de las compañeras (E 40).

La Hermana Sirviente siempre está atada a la forma de ser de las compañeras y se siente obligada a respetar sus opiniones y criterios. Este respeto da a las Hermanas particulares la sensación de vivir en libertad.

La exclusividad con los externos

Según pasaban los años dirigiendo la Compañía, Luisa de Marillac asimilaba otra experiencia sobre las relaciones de las Hermanas fuera y dentro de la comunidad. Algunos aspectos o disposiciones parecen insignificantes, pero todo lo que acaece en comunidad, por nimio que sea, impide o ayuda a convivir alegre y pacificamente. Al final de su vida ya había escuchado a san Vicente, a lo largo de sus conferencias, que una persona no puede estar sin amar y sin sentirse amada y que si no recibe el amor en comunidad irá a buscarlo fuera, entre los externos. Pero también comprendió que quien busca el amor entre los externos lo pierde dentro de comunidad, entre sus hermanas. Y las primeras Hijas de la Caridad se veían en un aprieto, pues entraban muchas chicas sin saber leer y tenían que acudir a externos para que les leyeran las cartas o para responder a ellas. Y este era uno de los mayores impedimentos para la unión y cordialidad que debe existir entre dos Hijas de la Caridad, pues corren peligro de quedar atadas a los externos (c. 645).

Tambien hoy la Hermana Sirviente teme que una compañera y amiga que come en la misma mesa, pueda dar a los de fuera un amor que se va enfriando dentro de la casa o sospechar que a través de ella salen a la calle situaciones internas que deberían quedar exclusivamente en la intimidad comunitaria. Temen que esa Hermana se convieta en un escaparate a través del cual la gente contempla las interioridades de la convivencia entre mujeres que se consideran amigas. La desconfianza y las sospechas destrozan la unión.

Un excesivo trabajo

También las Hermanas Sirvientes contemplan angustiadas cómo el trabajo excesivo carcome el ánimo de las Hermanas hasta cascarlo. La fatiga desanima y el mal humor aviva la brusquedad que llevamos dentro, los encuentros se hacen molestos y se convierten en tropiezos que hieren. La sensibilidad ilumina nuestras tareas como las más pesadas y los trabajos ajenos nos parecen más llevaderos. Nos invade el sentimiento de injusticia que, a su vez, crea la protesta y abre la división entre las Hermanas. Es lo que pensaba santa Luisa que podía suceder en la comunidad de Nantes, y se adelanta a atajarlo: “Hace tiempo que estoy queriendo manifestarles que siento mucho dolor por saber que están con tanto trabajo y que ustedes son tan pocas y aún muchas enfermas en este momento; pero mi mayor pena es no saber por qué medio socorrerlas… ¿Qué hacer ante esto, queridas Hermanas? No otra cosa que tener paciencia y ayudarse lo más que puedan del ejemplo de Nuestro Señor que consumió sus fuerzas y su vida por el servicio del prójimo, y se sentirán fortalecidas no sólo en el cuerpo sino que sus espíritus recibirán consuelos del todo extraordinarios para la perfección de sus almas, mediante una unción interior que producirá incesantemente la unión y la cordialidad; y por ellas, la tolerancia mutua les tornará fácil todo lo que la naturaleza encuentra difícil; les hará encontrar consuelo aun en sus repugnancias y satisfacciones en su interior, haciéndoles comprender que todas las que buscamos fuera de las personas con las que Dios nos ha unido por su santo amor para los mismos quehaceres de su servicio, no pueden sino dañarnos mucho” (c. 571). Bonita experiencia de santa Luisa y maravillosa la vida espiritual que lleva en su corazón como modelo para las Hermanas Sirvientes modernas.

Caminos para la unión

Como solución a los obstáculos, santa Luisa da por supuesto que las Hermanas buscan la unión y les presenta un camino fácil, pero duro de andar: el cumplimiento del Reglamento o Proyecto Comunitario “no tanto en las cosas exteriores como en la práctica interior, que consiste en recibir todos los acontecimientos y contradicciones como venidos de la divina Providencia, en tener gran tolerancia unas con otras y perfecto entendimiento” (c. 329).

Aunque las Reglas de las Hijas de la Caridad se elaboraron teniendo en cuenta los reglamentos de las distintas casas y hasta hacían las veces de las constituciones antes de componerse las Reglas Comunes, hoy podemos identificar ese reglamento con el Proyecto comunitario. Y la Hermana Sirviente debe estar atenta a su cumplimiento como lazo de unión de quienes lo han compuesto con ilusión. Cumplirlo gustosamente indica que sienten su necesidad para vivir unidas en comunidad. El Proyecto comunitario se convierte así en la cuerda que las une al escalar una montaña.

La finalidad del Reglamento-Proyecto comunitario nos aclara las dificultades para cumplirlo. La Hermana Sirviente debe meditar que, si es difícil observarlo para ella misma, lo es también para las compañeras. Así nace la comprensión, la tolerancia de unas con otras, el perfecto entendimiento de todas, es decir, la concordia o la unión.

Los cambios laborales y comunitarios hace olvidar un camino que propuso santa Luisa a las Hermanas para lograr la unión: la recreación. En el manuscrito llamado Chétif 2, hay una copia de unos avisos que da la Santa. En un momento dado escribe un consejo o aviso dado a las Hermanas y a ella misma de mucha actualidad: “Hemos de mirar también el tiempo de la recreación como permitido por la bondad divina para unirnos por medio de una comunicación sincera de pensamientos, palabras y acciones; todo ello para honrar la verdadera unidad en la distinción de las tres Personas de la Santísima Trinidad y la unión admirable de los bienaventurados en el cielo” (E 90). La postura de la Hermana Sirviente es crucial para que la recreación sea un tiempo y un lugar de esparcimiento, de felicidad y de alegría, así como de descanso necesitado, pero también un camino para tejer la unión entre las Hermanas. ¡Golpe tremendo a las Hermanas Sirvientes si permiten que la recreación se convierta en un tiempo de ocupación para sus labores personales!

La Eucaristía banquete de fraternidad

El primer camino que lleva a la unión y que debiera andar la Hermana Sirviente es la Eucaristía. La comunidad es un grupo de Hermanas reunidas en el nombre de Jesús por el Espíritu Santo para servir a los pobres. La presencia real de Jesús en comunidad la realiza de una forma singular el Espíritu Santo en la Eucaristía. La Eucaristía se convierte en el centro indispensable que sostiene a la comunidad entera. Santa Luisa exigía que todos los días la comunidad celebrara la Eucaristía y no poder hacerlo lo consideraba un impedimento para nuevas fundaciones5, por un doble motivo: necesitar la Eucaristía y para que nuestro Señor tome posesión de la casa a la vista del pueblo (c. 231).

En el siglo XVII la mayoría de los devotos miraba la Misa como una parte de la vida particular de cada persona y la aceptaba como una devoción privada, dejando de lado el sentido de Cena del Señor o banquete comunitario celebrado por toda la asam- blea. Así hasta el Concilio Vaticano II. Desde el Concilio se acentúa que es todo el Pueblo de Dios, la Asamblea entera la que celebra la Eucaristía. También la Comunidad. Sin comunidad no se celebra la Eucaristía ni hay comunidad sin Eucaristía. Como Cristo es la “piedra angular” de la Iglesia, la Eucaristía lo es de la comunidad. Y si el servicio vicenciano se realiza desde la comunidad, se realiza igualmente desde la Eucaristía. Si la comunidad no contagia esperanza a los pobres, algo falla en la celebración del Misterio Pascual.

Aunque admitamos que la Eucaristía es eclesial y comunitaria, aún hoy día, en la práctica, se corre el peligro de considerarla como algo particulal. Y, sin embargo, cada día es más indispensable vivificar la Eucaristía celebrada por la asamblea comunitaria, si queremos reforzar la unión de las Hermanas en la vida de Comunidad. A través de la historia vemos que la Eucaristía es el fruto de la unión fraterna, al mismo tiempo que la produce. Los primeros cristianos “perseveraban en oír las enseñanzas de los Apóstoles, en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). El Agape eucarístico reunía a toda la comunidad cristiana principañmente el domingo, “el primer día de la semana” (Hch 20, 7). Vivir la Eucaristía es vivir la experiencia de la unión fraterna en comunidad y ser testigos, al mismo tiempo, de esta unión ante los pobres. Y nos vienen dos preguntas: Quienes confraternizan en la Eucaristía ¿pueden al salir considerarse extraños o insensibles ante los otros, sus hermanos? ¿Y queremos madurar en el amor sin fortalecer la Eucaristía comunitaria?

Necesitamos dar un giro copernicano al papel de la Eucaristía en la vida de comunidad, y la Hermana Sirviente, dotada del carisma de autoridad, tiene el papel principal. En vez de considerar la eucaristía como una parte de la espiritualidad personal de la que puede participar la Hermana aislada de la comunidad o como un acto más, entre tantos como realiza la comunidad, debe ponerla en el centro alrededor del cual gira toda la vida comunitaria. Muy grave tiene que ser el motivo por el que permite que se celebren varias Eucaristías en la comunidad dividiéndola en pequeños grupos; y gravísima la razón por la que autorice a algunas Hermanas a abandonar la Eucaristía comunitaria y participar de la que se celebra en otros lugares, a no ser por el servicio a los pobres o por animar otras Eucaristías que sin su presencia languidecerían (c. 446).

La unión comunitaria brota de una transformación de las mentes o transubstanciación y este cambio unicamente puede realizarlo en las Hermanas y en la comunidad la acción del Espíritu Santo. El pan y el vino son eso, pan y vino, pero también son y significan bienes de la creación. En la Eucaristía toda la creación se debe transformar, también los participantes y la comunidad en su conjunto. Si el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, también la comunidad que participa debe convertirse, transformarse en el cuerpo de Cristo. Porque nos convertimos en el cuerpo de Cristo podemos comer su carne y beber su sangre. Cuando los miembros de la comunidad, comensales en la Eucaristía, se transforman en el cuerpo de Cristo, la Eucaristía ha sido un convite de amor y de unidad.

  1. C 81-82. 11, E 64; DHS p. 40-41
  2. C. 132, 176, 204, 227… E 43, 47, 108…
  3. SL, c. 191, 189; SV. III, 159ss.
  4. SV. XI, 1154-1155; ved también XI, 600, 1058-1060.
  5. cc. 99,203, E 45,75.

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