Guebra Miguel (mártir abisinio) (II)

Francisco Javier Fernández ChentoGhebra MiguelLeave a Comment

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Author: Pedro Coste · Year of first publication: 1927.
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III .-Hacia la Verdad.

El 23 de Abril, tras una ausencia de quince meses llegaban a Massauáh los peregrinos de Roma y de Jerusalén. La noticia de su llegada se propagó rá­pidamente por Abisinia. Tampoco se ignoraba que Guebra Miguel traía una carta del patriarca. Algunos sacerdotes de la secta de Ueld-Kebh que te­mían la comunicación de este documento contrario a su doctrina, se reunieron en consejo y resolvieron matarlo. Guebra Miguel, avisado del complot ma­quinado contra él, abandonó a sus compañeros en el país de Eghela, y fue a encerrarse en el monaste­rio de Debré-Betsúh-Amlak. Los monjes le dispen­saron buena acogida. Pero cuando en cierta dis­cusión, le oyeron declarar, que Jesucristo es sacer­dote en su humanidad, y no de naturaleza, se le­vantaron para apalearle.

Guebra Miguel huyó precipitadamente. Pasó la estación de las lluvias en Hamassién, y después de allí, a través del Tigré, se dirigió a Aduá, donde re­sidía el P. de Jacobis, que le recibió afectuosa­mente y le permitió tomar en su casa algunos días de descanso.

Una vez llegado a Gondar, su intención era en­tregar al Abuna ante una asamblea de sacerdotes la carta del patriarca, esperando por este medio re­unir en una misma fe al pueblo de Etiopía. La uni dad: tal era la preocupación constante de su espíri­tu. Si la hubiera podido llevar a término, quizá no hubiera salido jamás del cisma. Dios que se com­placía en hacer fracasar sus proyectos, lo dirigía, sin darse él cuenta, hacia la Iglesia Romana, en cuyo se­no había de encontrar su espíritu la paz y la luz.

El viaje de Aduá a Gondar estuvo a punto de serle fatal. Los partidarios de Ueld-Kebhs espiaban sus idas y venidas, dispuestos a todo con tal de impe­dirle llevar a cabo su misión para con el Abuna. Uno de sus emisarios le salió al encuentro, viajó con él y logró mezclar veneno en su comida. Felizmente el monje pudo tomar a tiempo un antídoto enérgico que le salvó de la muerte.

Llegado a Gondar, puso al corriente de sus proyec­tos a Ueldé Sellassié y a otros amigos. Si los unos asintieron, otros en cambio intentaron disuadirle. Sabíase que el Abulia estaba lleno de perfidia, e in­clinado al rencor, a la cólera y a la venganza. Si la carta ‘del Patriarca no fuera de su agrado, corno era de suponer, ¿quién le impediría guardar sobre ella el más absoluto silencio, o no hacer el menor caso? Guebra Miguel pensó que remitiéndosela pública mente ante una numerosa asamblea de sacerdotel, esta circunstancia le obligaría a dar, durante la se­sión, comunicación del documento.

Las cosas empero no sucedieron según sus cálculos. El día que el Abulia recibió la carta de manos del monje, mientras presidía una reunión de su clero, tomó el papel como si se tratara de una cosa indiferente, y se lo metió en el bolsillo, sin dignar­se siquiera leer el contenido.

Guebra Miguel quedó estupefacto ante tanta osadía. «Puesto que V. desprecia la autoridad de su padre el patriarca, exclamó, cesa V. de ser Papas, está V. suspendido de sus órdenes sagradas». «¡Por mi muerte! replicó furioso el Abuna, abofe­teadle y echadle las cadenas.»

La orden fue ejecutada al momento. Felizmente, el cruel perseguidor acababa de enterarse el mismo día de que el prisionero estaba en la gracia del empe­rador Atsié Johannes y de la emperatriz. Temiendo acarrear sobre sí su cólera, condolió la pena dictada contra él, contentándose con una sentencia de exco­munión, que juzgó a propósito Ultimársela él mismo. Hízolo venir y le dijo con tono enfadadodo: «Márcha­te lejos de mí; estás excomulgado; no tengas más relaciones con tus amigos.» — «¿No he dicho a V. ya, respondió Guebra Miguel, que desde hoy no tiene V. ningún poder? ¿Cómo, pues, podrá V. excomul­garme?»

El sabio monje se retiró al lado del emperador Atsié Johannes, pasó en su compañía la estación de las lluvias, después, desengañado, desanimado, no viendo en su religión más que contradicción en el dogma, perfidia en las personas, privado de todo medio de realizar el plan de su vida, fue a acogerse al P. de Jacobis, y este gran doctor, lumbrera de la Iglesia de Etiopía, se hizo discípulo del sacerdote católico.

La gracia obró en su corazón; la luz penetró en su alma. La verdad que buscaba hacía tanto tiempo estaba presente ante él; al fin podía decir: «¡la en­contré!»

No obstante, un escrúpulo le retenía todavía: ha­bía prometido en otro tiempo a Ueldé Sellassié con juramento no abrazar ninguna nueva doctrina sin su consentimiento. Repugnaba a su conciencia vio­lar su promesa. Fuese pues a consultar a su amigo, quien le dijo: «Si quieres, dirígete al sacerdote Ja­cobis, pero no te aventures y ríndete únicamente ante la evidencia.»

Guebra Miguel obedeció. Después de otro año de reflexiones y de estudios, pudo, por fin, decir al P. de Jacobis, que le esperaba impacientemente, estas palabras: «Me rindo, recíbame V.»

La noticia de esta conversión produjo profunda impresión en los núcleos cismáticos de Abisinia. Algunos se dijeron que, puesto que Guebra Miguel había abrazado la religión católica, esta religión te­nía que ser verdadera, y siguieron su ejemplo; otros, como Ueldé Sellassié le felicitaron, aunque excusán­dose de no poder imitarle. El Abuna Salamá no pu­do contener su cólera y esperó pacientemente la hora de la venganza.

IV.- Vida de enseñanza y de apostolado

El recién convertido no se apartó casi nunca más del lado del P. de Jacobis; le acompañó desde A­duá a Entidjá, desde Entidjá a Gualá y desde Gua­lá al pueblo de Alitiena. Empleaba la mayor parte del día en formar e instruir al reducido grupo de se­minaristas que el jefe de la Misión había reunido a su alrededor.

Una carta de este último a París nos da a cono­cer el programa de los- estudios y demás ejercicios cotidianos. «Por lo que toca a la parte religiosa de la educación, dice él, nos hemos propuesto no seguir otro método más que el de S. Vicente. Nues­tros alumnos se formarían así poquito a poco con todos los ejercicios de piedad que están en uso en la Compañía, como son: las meditaciones sobre las verdades y máximas del Evangelio, la lectura espi­ritual, las conferencias, las repeticiones de oración. los exámenes particulares y generales, aun la mis­ma comunicación interior y el capítulo de los vier­nes. Todas estas santas prácticas, acompañadas de la frecuente recepción de los sacramentos, me pare­cen a propósito para alimentar la fe sencilla y fer­viente de nuestros neófitos.

En cuanto a la parte científica, como se reconoce generalmente, el espíritu del Abisinio es capaz de cultivar todas las ramas de la ciencia, y así procura­ríamos enseñar a nuestros discípulos los elementos de las materias principales que se suelen enseñar en Europa, tales como la geografía, la historia sagrada y profana, las matemáticas, la física con algunas no­ciones de geología, la anatomía y la botánica, la ló­gica, la metafísica y, en fin, para los que tuvieran vo­cación al estado eclesiástico, la teología. Siendo la lengua ghez la lengua sagrada y sabia de Abisinia, veríamos de adoptarla en nuestra enseñanza; se ha­ría estudiar además a nuestros alumnos algunas de las lenguas más extendidas en Europa.

Mientras que Guebra Miguel empleaba toda su vida en provecho de sus seminaristas, un penoso incidente vino a probar su virtud.

El procurador de la casa, Ueldé Gabriel, tenía en el ejercicio de su oficio un cuidado algo exagerado de ahorrar; quería la pobreza y las privaciones para sí y para los otros. Por no tener que pagar criados, los suprimía. Y corno ciertos trabajos manuales ta­les como el cuidado de la casa, el de la limpieza y el de la cocina, eran indispensables, los seminaris­tas cargaban siempre con todo ello; tenían que ir a buscar el agua a la fuente y la leña a la montaña. Naturalmente el tiempo empleado en estos menes­teres tenían que quitarlo a sus estudios.

Guebra Miguel sufría por ello y los discípulos se quejaban. El descontento degeneraba en mal espí­ritu. La crisis llegó a su estado agudo durante una ausencia del P. de Jacobis, quien había ido a Mas­suán, llamado por Mons. Massaja, vicario apostólico de los Galias, para conferirle la consagración epis­copal (7 de Enero de 1849). Tomó aquélla tales proporciones, que, bajo la influencia de Ueldé Kyri­llos, sacerdote de la casa, ordenado en Roma des­pués de haber hecho sus estudios en el Seminario de la Propaganda, el procurador fue arrojado a la cárcel.

Avisado Mons. de Jacobis acudió precipitadamen­te y gracias a él todo volvió a la normalidad. Todos reconocieron su culpa; se pidieron perdón ihutua­mente de rodillas, se abrazaron: y cada uno procuró olvidar tan desagradable incidente.

Desgraciadamente Guebra Miguel había puesto toda su confianza en Ueldé Kyrillos. Los desórdenes de que acababa de ser teatro la residencia de Ali­tiena, quedaban, a pesar suyo, siempre presentes en su memoria. Cierto disgusto se había apoderado de él; ya no se sentía tan aficionado a la casa como an­tes. Ueldé Kyrillos agravaba con sus murmuraciones esta inquietud interior, que podía fácilmente a­brir la puerta a la tentación.

Guebra Miguel suplicó a Mons. de Jacobis le de­jara ir a Gondar, donde en compañía de los misio­neros que se hallaban allí, trabajaría en la conver­sión de sus antiguos amigos y sobre todo en la con­versión de su antiguo discípulo el emperador Jo­hannes. Se proponía pasar después a los Galias pa­ra reunirse con Mons. Massaa.

Mons. de Jacobis le suplicó en vano que se queda­ra con él. Guebra Miguel partió, llevando consigo varios católicos del Amhara. Ueldé Kyrillos se mar­chó también, pero con otras intenciones. Se juntó con el Abuna Salamá, apostató, denunció la salida de aquel de quien, la víspera anterior, se decía ami­go íntimo y se esforzó en recobrarlo para entregarlo en manos del obispo etiópico.

Guebra Miguel y sus compañeros, descubiertos al entrar en la villa de Aduá, fueron detenidos, encerra­dos y esposados con cadenas en los calabozos del Abulia por espacio de setenta días.

El rey Ubié ignoraba lo sucedido, aunque se pre­tendió obrar en su nombre. Una vez informado de los hechos, dio orden de poner en libertad a los prisione­ros. El calabozo y la apostasía del miserable Ueldé Kyrillos habían abierto los ojos a Guebra Miguel. Tomó, pues, la dirección de Alitiena. Al acercarse al pueblo, Mons. de Jacobis salió a su encuentro, acom­pañado de sacerdotes y de un nutrido grupo de ca­tólicos. Arrojáronse a sus plantas, besaron las se­ñales de sus cadenas y dieron gracias al Señor por haberle hallado digno de sufrir por Jesucristo. Enseguida el cortejo se puso en marcha, cantando cánticos, en dirección a la residencia de los misio­neros.

Guebra Miguel reanudó su vida de oración y es­tudio; volvió a la enseñanza y a la controversia.

Algún tiempo después, Mons. de Jacobis juzgó o­portuno el momento de elevarle a la dignidad sacer­dotal. La ordenación tuvo lugar el año 1851, en la pequeña y pobre iglesia de Alitiena, en secreto y sin solemnidad. Era el primer sacerdote ordenado por el nuevo vicario apostólico.

Guebra Miguel comprendió la extensión de los deberes que el título de ministro de Dios le imponía. La -difusión de la fe y la santificación de las almas constituyeron de allí en adelante sus más vivas y hondas preocupaciones. Continuó dando a los jóve­nes clérigos sus lecciones de teología, de ciencias y de literatura, y recibía como antes a los fieles que venían a exponerle sus dudas o que deseaban com­pletar su instrucción religiosa.

Tomó parte muy activa en la preparación de las obras editadas por la Misión. Publicó para sus se­minaristas una gramática y un diccionario en ghez; ayudó al P. Biancheri, misionero, a componer un compendio de teología dogmática, y a Mons. de Jaco- bis a traducir en ghez la teología moral del P. Gury. Escribió, además, con este último, un catecismo en los tres dialectos abisinios: ghez, amhárico y tigré.

El Abuna Salamá veía con inquietud la actividad de los misioneros católicos. La noticia de la consa­gración episcopal de Mons. de Jacobis y la de la orde­nación sacerdotal de Guebra Miguel le exasperó violentamente. Con sus intrigas, logró asegurarse el apoyo de un ministro de Ubié, persuadiéndole que, si exterminaba a los católicos, pastores y fieles, in­molaba sus rebaños, destruía sus iglesias y saquea­ba sus propiedades, Dios le reservaría un puesto distinguido en el cielo.

Al terminar el año 1851, este ministro marchó ha­cia Alitiena con alguna gente de tropa, ocupando el pueblo sin resistencia. Saqueó las casas de los ca­tólicos, arrastró a la herejía a algunos neófitos y en­cerró en los calabozos del Abuna a los sacerdotes y a los fieles que pudo detener. Mons. de Jacobis, Guebra Miguel y la mayor parte de los cristianos habían tenido tiempo de escapar.

El vicario apostólico fue a pedir justicia al rey Ubié, al que el Abuna había enviado con anticipa­ción algunos emisarios para que destruyeran el e­fecto de sus diligencias. El rey no se dejó sorpren­der. Reprendió a su ministro, ordenó la libertad de todos los presos, la restitución de todo lo robado y terminó su edicto con estas palabras: Aun cuando toda Abisinia participara de los sentimientos del A­buna Salamá, como él lo pretende, entiendo que ninguno de mis súbditos se mezcle, desde hoy en adelante en querellas religiosas. Puede el Abuna, si así se lo sugiere su fantasía, hacer guerra a los ca­tólicos, formar batallones de monjes y lanzarlos contra ellos. Por lo que a mí toca, jamás seré su esclavo; jamás desenvainaré miespada contra el sacerdote Jacobis, ni contra nadie que no ose ata­carme. Que los católicos prediquen, enseñen y conviertan a quienes y donde les parezca bien; cuantos menos musulmanes dejen en mi reino, ma­yor placer me proporcionarán».

El triunfo de Mons. de Jacobis era completo. El Abuna Salamá no se atrevió a respirar durante al­gún tiempo.

Cuando los alumnos del seminario terminaron sus estudios, Guebra Miguel para aprovechar el tiem­po, pensó en el bien que podía hacer en Gondar ga­nando a la fe católica al rey Johannes, su antiguo dis­cípulo y amigo. Semejante ejemplo, pensaba, arras­traría a la Corte, a las escuelas y aun quizá a toda la provincia del Amhara.

El vicario apostólico le dejó partir. La enseñanza del sabio profesor y su raro talento de controversis­ta produjeron sus frutos. Se vió «manifestarse un gran movimiento hacia el catolicismo en todas las clases del país, incluso entre los más fanáticos cis­máticos».

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