El P. Gabriel Rodríguez Carballo (1896-1977) nació en Sarreaus, Tioira (provincia de Orense), el 15 de marzo de 1896.
Muy joven todavía, ingresó en la Escuela Apostólica de Los Milagros, al lado del famoso santuario de la Virgen de los Milagros, donde estudió cuatro años de humanidades. Hizo el seminario interno o noviciado en Madrid en los años 1911 a 1913. Estudió dos años de filosofía en Hortaleza y otro más en la Casa Central de Madrid, donde continuó luego sus estudios de teología durante cuatro años: 1916-1920.
Recibió la ordenación sacerdotal el 20 de septiembre de 1920. Inmediatamente fue destinado a las islas Filipinas, donde llegó el 20 de enero de 1921.
Su primer destino en Filipinas fue el seminario de la diócesis de Lipa, primero en la ciudad de San Pablo (provincia de La Laguna) y después en la misma ciudad de Lipa (Batangas). En este seminario pasó quince años, hasta el final del curso escolar 1935-1936, y durante ese tiempo, además de las clases y de la rutina ordinaria del seminario, organizó con los mismos seminaristas la catequesis popular para los niños y las jóvenes de la población y de los suburbios o barrios. En 1931 fue nombrado también maestro de ceremonias de la catedral. De esta suerte, la catequesis y la liturgia serán las dos notas más importantes de su apostolado en Filipinas. En catequesis hizo avances originales para aquellos tiempos.
Aprovechando ávidamente sus tiempos libres y el frecuente trato con los seminaristas y con los maestros y maestras de las escuelas públicas, estudió con gran empeño y practicó el «tagalog» de aquella región. Pero en 1936 comprendió perfectamente que necesitaba aún mucho más quizá el inglés. Vino entonces a España para visitar a su familia, y pasó luego dos años en Inglaterra, donde aprendió y practicó el inglés, que se había hecho más y más necesario para cualquier ministerio en Filipinas.
Para el curso escolar de 1938 a 1939 —comenzaba entonces en el mes de junio—, el P. Rodríguez estaba de nuevo en Filipinas. Fue nombrado entonces rector del seminario menor de la archidiócesis de Manila, sito en Mandalubieyong, que se consideraba como un suburbio de la capital. Una de las primeras decisiones del nuevo rector fue nombrar a un Padre filipino (Jesús María Cavanna, C. M.) director espiritual de los seminaristas. Como había escrito el Papa Benedicto XV en su encíclica «Maximum illud», de 1919: «El sacerdote indígena o nativo tiene unas oportunidades excepcionales para plantar o introducir la fe en la mente de sus connacionales.» Este fue uno de los primeros pasos para ir traspasando los cargos o puestos de mayor responsabilidad en los seminarios al clero nativo.
Se discutía por aquellos años —con no poco calor y apasionamiento a veces— la conveniencia o no del reconocimiento civil y oficial de los estudios eclesiásticos. El P. Rodríguez negoció y obtuvo de la Oficina o Departamento de Educación Pública (The Bureau of Education) el reconocomiento oficial, para los estudios del seminario menor de Manila, como si fueran equivalentes a los de una escuela superior —o high school— del propio Estado. Para todo esto se fundaba el Padre rector en las palabras del Papa Pío XI en su encíclica «Ad catholici sacerdotii», 1935, cuando dice: «La cultura del sacerdote no debe ser inferior a la de las personas educadas de su tiempo.» Fue pues el P. Rodríguez el primero en obtener este reconocimiento civil ¡doce años antes de que apareciera la encíclica «Mentis nostrae», de S. S. Pío XII (1950), y hasta veinticinco años antes de la constitución apostólica «Op tatam totius» (1965), firmada por el Papa Pablo VI.
Después de haber conseguido este reconocimiento oficial por parte del Estado, el P. Rodríguez se empeñó en que, a ser posible, todos los profesores tuvieran asimismo títulos o grados en educación para poder enseñar sin ningún compromiso. De ahí que casi todos los Padres profesores del seminario menor de San Carlos, es decir, «la facultad», empezando por el mismo Padre rector, Gabriel Rodríguez, se matricularan en la Facultad de Artes de la Universidad de Santo Tomás, especialmente en los cursos de verano (1941), y algunos pudieron alcanzar el «Master AM» o maestro en artes e inclusive el doctorado, «PHD». En algunas de aquellas clases llegaron a reunirse cerca de veinte sacerdotes, doce o catorce de los cuales éramos Padres paúles.
Otra nota muy característica del Padre Gabriel Rodríguez fue su aspecto eminentemente práctico. En el seminario de San Carlos de Manila mejoró muy notablemente todos los servicios materiales, como la cocina, la biblioteca, las aulas para las clases y también los campos de recreación y los de juegos. Se esmeró de modo muy especial en la reforma y mejora de la capilla. El mismo personalmente, con la ayuda de dos obreros especializados, trazó los planes de todo el trabajo e intervino con frecuencia en toda la labor. Abrió varios ventanales en aquellos antiguos y espesos muros y construyó un nuevo altar mayor adecuado para aquel lugar. Todo el edificio ha sido posteriormente —a partir de 1953— reformado y renovado por los PP. salesianos, que han establecido en él una Escuela de Artes y Oficios con el título de «Don Bosco Technical Institute», pero la capilla, hasta ahora, sigue tal y como la dejara el P. Rodríguez.
N. B.—Desde 1913 hasta 1953, enseñaron allí los paúles españoles en el seminario archidiocesano, del cual se desprendió, hacia 1926, el Colegio de San Vicente de Paúl. Y antes que «la Mitra», o la iglesia de Manila, se hiciera cargo del edificio y de toda la posesión en torno a él, había sido un orfanato o asilo para niñas pobres dirigido por las MM. agustinas, y aún mucho antes —desde 1617?— fue casa- haciendo de los PP. agustinos, los primeros misioneros de Filipinas y alrededores de Manila.
Tenía también el P. Rodríguez su especialidad o hobby que le servía de entretenimiento: la de «destripar», arreglar y recomponer relojes de todos los tamaños y cualquiera marca que fuesen. Y como había seguido por correspondencia algunos cursillos de electrónica, se decidió a instalar personalmente un sistema de estos relojes electrónicos en los principales departamentos del seminario. Por haberse ciado algunos casos de robos sacrílegos y de profanación de la sagrada eucaristía, encargó a los Estados Unidos un hermoso sagrario de seguridad y a prueba de cualquier robo o del fuego. Años después hizo ese mismo encargo para la iglesia parroquial de San Vicente de Paúl, en la calle de San Marcelino.
Durante todo el tiempo de su rectorado no se limitó el P. Rodríguez meramente al trabajo del seminario, sino que —dando él mismo ejemplo elocuente de actividad bien ordenada— movilizó a los profesores y a sus alumnos, especialmente en los domingos y días festivos, para el ministerio apostólico en las parroquias vecinas y también en algunas instituciones benéficas y caritativas del Estado. Todo ello se hizo por bastante tiempo gratuitamente. Sin embargo, pasados unos cuantos años el mismo Estado llegó a establecer capellanías en varios de aquellos centros encomendadas regularmente a otros sacerdotes diocesanos o seculares.
El 8 de diciembre de 1941 —fiesta de la Inmaculada Concepción, patrona de Filipinas, como lo es también de España— comenzó para aquellas islas la guerra de los Estados Unidos con el Japón. Los seminaristas menores fueron enviados inmediatamente a sus casas, en tanto que los mayores (a quienes se consideraba expuestos a riesgos más inminentes y probables por estar en la misma ciudad de Manila y en las cercanías del puerto) fueron concentrados por algún tiempo en el seminario menor de Mandaluyong. El P. Zacarías Subiñas quedó como rector del seminario de San Carlos, y el P. Rodríguez, circunstancial y temporalmente, pasó a ser el procurador de ambas comunidades, más hermanadas por la tremenda tormenta. Esto le permitió al P. Rodríguez cierta mayor libertad para su ministerio apostólico.
Durante aquellos días tan aciagos ejerció especialmente su ministerio sacerdotal en el Hospital Psicopático y en la cárcel-reformatorio para mujeres. Conforme iban pasando los días y los meses, arreciaban con mayor furia los males y las miserias: del hambre y de la desesperación particularmente. Días hubo tremendamente malos y sombríos en los que se moría la gente por todos aquellos contornos «a puñados y como en racimos…» Morían en la necesidad más extrema que se pueda imaginar, de inanición total y sin que se pudiera hallar remedio alguno con que auxiliarles. El P. Rodríguez, con todo, no les abandonó ni siquiera un momento día y noche. Pero hubo de limitarse a «ayudarles a bien morir», administrando los últimos sacramentos a centenares y más centenares de moribundos, y ayudar también luego a darles sepultura…
En el largo período de la liberación de Manila —con el ataque ya directo y frontal contra la capital de fines de enero a fines de mayo de 1945— el seminario tuvo que dispersarse de nuevo y reconcentrarse una vez más en la provincia de Bulabán. Pero el P. Rodríguez permaneció firme en su puesto del Psicopático y de la cárcel de mujeres, fiado sólo en la Providencia Divina, que de verdad no le abandonó en ningún momento.
En 1946 se volvió a abrir el seminario menor de Manila en Mandaluyong, y el P. Rodríguez fue nombrado de nuevo rector del mismo. Al año siguiente ambos seminarios —menor y mayor— quedaron reunidos en el edificio de Mandaluyong bajo el rectorado del P. Luis Angulo; el P. Zacarías Subiñas recibió el nombramiento de visitador provincial, y el P. Gabriel Rodríguez hubo de encargarse de la parroquia de San Vicente de Paúl, llamada muchas veces de San Marcelino por estar en dicha calle el templo.
Hacia fines de 1947 fue destinado el P. Rodríguez a la Viceprovincia de Madrid en los Estados Unidos como viceprovincial.
Regresó a España en 1950, y tanto en la Península como en Inglaterra desempeñó diversos cargos y comisiones. Pero su corazón se mantuvo siempre fiel y firme a Filipinas, porque al fin y al cabo allí era donde había gastado la mayor y la mejor parte de su vida.
Por ello nada tiene de sorprendente que en 1972, cuando había ya cumplido los setenta y seis años, obtuviera de sus superiores el permiso para regresar a Manila en circunstancias muy diversas de las que tuviera más de cincuenta años antes, en 1921. A su llegada fue nombrado director espiritual de la Escuela Apostólica en Valenzuela (provincia de Bulacán) durante dos años. Otros dos actuó con absoluta normalidad como capellán del Hospicio de San José, en la isla de la Convalecencia. En este cargo, además de sus obligaciones ordinarias de capellán, daba clases tanto en la Escuela Primaria como la High School, y daba además clases metódicas de religión a los diversos grupos de la casa y visitaba con frecuencia a las ancianitas.
En 1977 visitó España una vez más como para renovar los recuerdos y las memorias de sus lugares tan queridos —Potters Bar, Los Milagros— y darles su última despedida. En el santuario del Monte Medo asistió a la tradicional y concurridísima novena de principios de septiembre, tan peculiar y tan querida en toda la región. Desde allí escribió a Filipinas, y decía como sigue: «Aquí me hallo ahora, contribuyendo en lo que puedo buenamente a la famosa novena. Nunca sobran sacerdotes para oír las confesiones, y el número de las comuniones es muy consolador… Me encuentro felicísimo. Me parece estar entonando ya el «Nunc dimittis» con toda la alegría del viejo Simeón»
Realmente su fin estaba bastante próximo. Volvió a Manila y fue destinado a la Escuela Apostólica de Valenzuela. Siguió trabajando en lo poquito que ya podía hacer, y estando siempre disponible para cualquier ministerio apostólico. Dos días solamente antes de su muerte se confió muy cumplidamente al P. J. M. Cavanna, a quien le unía una sincera y antiquísima amistad —desde los años 1922 a 1925–, diciéndole: «… y mi mayor deseo es no retirarme aún…, sino seguir trabajando y trabajando hasta el fin…».
¡Y así fue, en efecto! Su muerte le sobrevino el día 26 de noviembre, víspera de la festividad de la Virgen Milagrosa. Y fue de esta manera: Un compañero de la Comunidad de muy larga estancia también en las islas, había sufrido un colapso en su habitación, que había quedado cerrada, y el P. Rodríguez —lo mismo que todos los demás— buscaba afanosamente una herramienta cualquiera que les ayudara a abrir o a forzar la puerta. Logrado ya el común intento, el corazón le falló de improviso y se derrumbó exánime en presencia de todos sus consternados compañeros. R. I. P. ¡Amén!
En su escueto y sencillísimo testamento, el P. Rodríguez dejó escrito: «Todo lo que me pertenezca quiero que —después de mi muerte— sea dedicado en aliviar a los pobres…»
El P. Gabriel Rodríguez ha sido el primero en inaugurar el nuevo cementerio que las Hijas de la Caridad de la Provincia de Filipinas acaban de construir en la propiedad de la Casa Central de su Provincia, en la municipalidad de Parañaque, para la doble familia de San Vicente.
El P. Juan Manuel Gómez, C. M., por su parte nos proporciona las observaciones o notas siguientes, muy interesantes y dignas de atención por ser de un testigo excepcional y de primera mano:
- La devoción del P. Rodríguez para con la Virgen María tuvo siempre en él lugar muy eminente. Siempre que pudo asistió y tomó parte activa en la solemne novena de la Virgen de los Milagros en su santuario.
- Su humildad. Sabía muchas, muchas cosas el P. Rodríguez…, pero no hizo nunca vana exhibición de su saber, sino que sólo lo empleó para ayudar y servir a los demás… El yo jamás afloraba a sus labios…
- Su espíritu de trabajador era infatigable. Nunca dijo no a cualquier labor pastoral que se le presentara.
- Su amor a los pobres resultaba prodigioso, pues a ellos se acomodaba incluso en el modo de vivir y de comer, etc.
- Su norma habitual era: «No molestar para nada ni a nadie».
- Fue toda su vida hombre estrictamente providencialista hasta el fin. Muchas veces se le oyó decir: «¡Nadie se muere hasta que Dios quiere!»
- Decía también —y lo practicaba— que el superior estaba en tal puesto no para negar permisos, sino para se muere hasta que Dios quiere!»
- Los enfermos de su comunidad solían decir que se adelantaba en darles cuanto necesitaban.







