Gabriel Rodríguez Carballo

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Anónimo · Year of first publication: 1979 · Source: Anales españoles, 1979.
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El P. Gabriel Rodríguez Carballo (1896-1977) na­ció en Sarreaus, Tioira (provincia de Orense), el 15 de marzo de 1896.

Muy joven todavía, ingresó en la Es­cuela Apostólica de Los Milagros, al lado del famoso santuario de la Vir­gen de los Milagros, donde estudió cua­tro años de humanidades. Hizo el se­minario interno o noviciado en Ma­drid en los años 1911 a 1913. Estudió dos años de filosofía en Hortaleza y otro más en la Casa Central de Ma­drid, donde continuó luego sus estu­dios de teología durante cuatro años: 1916-1920.

Recibió la ordenación sacerdotal el 20 de septiembre de 1920. Inmediata­mente fue destinado a las islas Filipi­nas, donde llegó el 20 de enero de 1921.

Su primer destino en Filipinas fue el seminario de la diócesis de Lipa, primero en la ciudad de San Pablo (provincia de La Laguna) y después en la misma ciudad de Lipa (Batan­gas). En este seminario pasó quince años, hasta el final del curso escolar 1935-1936, y durante ese tiempo, ade­más de las clases y de la rutina ordi­naria del seminario, organizó con los mismos seminaristas la catequesis po­pular para los niños y las jóvenes de la población y de los suburbios o ba­rrios. En 1931 fue nombrado también maestro de ceremonias de la catedral. De esta suerte, la catequesis y la li­turgia serán las dos notas más impor­tantes de su apostolado en Filipinas. En catequesis hizo avances originales para aquellos tiempos.

Aprovechando ávidamente sus tiem­pos libres y el frecuente trato con los seminaristas y con los maestros y maestras de las escuelas públicas, es­tudió con gran empeño y practicó el «tagalog» de aquella región. Pero en 1936 comprendió perfectamente que ne­cesitaba aún mucho más quizá el in­glés. Vino entonces a España para vi­sitar a su familia, y pasó luego dos años en Inglaterra, donde aprendió y practicó el inglés, que se había hecho más y más necesario para cualquier ministerio en Filipinas.

Para el curso escolar de 1938 a 1939 —comenzaba entonces en el mes de junio—, el P. Rodríguez estaba de nue­vo en Filipinas. Fue nombrado enton­ces rector del seminario menor de la archidiócesis de Manila, sito en Man­dalubieyong, que se consideraba como un suburbio de la capital. Una de las primeras decisiones del nuevo rector fue nombrar a un Padre filipino (Jesús María Cavanna, C. M.) director espiri­tual de los seminaristas. Como había escrito el Papa Benedicto XV en su encíclica «Maximum illud», de 1919: «El sacerdote indígena o nativo tiene unas oportunidades excepcionales para plantar o introducir la fe en la mente de sus connacionales.» Este fue uno de los primeros pasos para ir traspa­sando los cargos o puestos de mayor responsabilidad en los seminarios al clero nativo.

Se discutía por aquellos años —con no poco calor y apasionamiento a ve­ces— la conveniencia o no del recono­cimiento civil y oficial de los estudios eclesiásticos. El P. Rodríguez negoció y obtuvo de la Oficina o Departamen­to de Educación Pública (The Bureau of Education) el reconocomiento ofi­cial, para los estudios del seminario menor de Manila, como si fueran equi­valentes a los de una escuela supe­rior —o high school— del propio Es­tado. Para todo esto se fundaba el Pa­dre rector en las palabras del Papa Pío XI en su encíclica «Ad catholici sacerdotii», 1935, cuando dice: «La cul­tura del sacerdote no debe ser inferior a la de las personas educadas de su tiempo.» Fue pues el P. Rodríguez el primero en obtener este reconocimien­to civil ¡doce años antes de que apa­reciera la encíclica «Mentis nostrae», de S. S. Pío XII (1950), y hasta vein­ticinco años antes de la constitución apostólica «Op tatam totius» (1965), fir­mada por el Papa Pablo VI.

Después de haber conseguido este reconocimiento oficial por parte del Estado, el P. Rodríguez se empeñó en que, a ser posible, todos los profeso­res tuvieran asimismo títulos o gra­dos en educación para poder enseñar sin ningún compromiso. De ahí que casi todos los Padres profesores del seminario menor de San Carlos, es de­cir, «la facultad», empezando por el mismo Padre rector, Gabriel Rodrí­guez, se matricularan en la Facultad de Artes de la Universidad de Santo Tomás, especialmente en los cursos de verano (1941), y algunos pudieron al­canzar el «Master AM» o maestro en artes e inclusive el doctorado, «PHD». En algunas de aquellas clases llegaron a reunirse cerca de veinte sacerdotes, doce o catorce de los cuales éramos Pa­dres paúles.

Otra nota muy característica del Padre Gabriel Rodríguez fue su aspecto eminentemente práctico. En el semi­nario de San Carlos de Manila mejoró muy notablemente todos los servicios materiales, como la cocina, la biblio­teca, las aulas para las clases y tam­bién los campos de recreación y los de juegos. Se esmeró de modo muy es­pecial en la reforma y mejora de la capilla. El mismo personalmente, con la ayuda de dos obreros especializa­dos, trazó los planes de todo el tra­bajo e intervino con frecuencia en to­da la labor. Abrió varios ventanales en aquellos antiguos y espesos muros y construyó un nuevo altar mayor ade­cuado para aquel lugar. Todo el edi­ficio ha sido posteriormente —a par­tir de 1953— reformado y renovado por los PP. salesianos, que han estable­cido en él una Escuela de Artes y Ofi­cios con el título de «Don Bosco Tech­nical Institute», pero la capilla, hasta ahora, sigue tal y como la dejara el P. Rodríguez.

N. B.—Desde 1913 hasta 1953, ense­ñaron allí los paúles españoles en el seminario archidiocesano, del cual se desprendió, hacia 1926, el Colegio de San Vicente de Paúl. Y antes que «la Mitra», o la iglesia de Manila, se hi­ciera cargo del edificio y de toda la posesión en torno a él, había sido un orfanato o asilo para niñas pobres di­rigido por las MM. agustinas, y aún mucho antes —desde 1617?— fue casa- haciendo de los PP. agustinos, los pri­meros misioneros de Filipinas y alre­dedores de Manila.

Tenía también el P. Rodríguez su especialidad o hobby que le servía de entretenimiento: la de «destripar», arreglar y recomponer relojes de to­dos los tamaños y cualquiera marca que fuesen. Y como había seguido por correspondencia algunos cursillos de electrónica, se decidió a instalar perso­nalmente un sistema de estos relojes electrónicos en los principales depar­tamentos del seminario. Por haberse ciado algunos casos de robos sacríle­gos y de profanación de la sagrada eucaristía, encargó a los Estados Uni­dos un hermoso sagrario de seguridad y a prueba de cualquier robo o del fuego. Años después hizo ese mismo encargo para la iglesia parroquial de San Vicente de Paúl, en la calle de San Marcelino.

Durante todo el tiempo de su rec­torado no se limitó el P. Rodríguez meramente al trabajo del seminario, sino que —dando él mismo ejemplo elocuente de actividad bien ordenada— movilizó a los profesores y a sus alum­nos, especialmente en los domingos y días festivos, para el ministerio apos­tólico en las parroquias vecinas y tam­bién en algunas instituciones benéfi­cas y caritativas del Estado. Todo ello se hizo por bastante tiempo gratuita­mente. Sin embargo, pasados unos cuantos años el mismo Estado llegó a establecer capellanías en varios de aquellos centros encomendadas regu­larmente a otros sacerdotes diocesanos o seculares.

El 8 de diciembre de 1941 —fiesta de la Inmaculada Concepción, patrona de Filipinas, como lo es también de España— comenzó para aquellas islas la guerra de los Estados Unidos con el Japón. Los seminaristas menores fue­ron enviados inmediatamente a sus ca­sas, en tanto que los mayores (a quie­nes se consideraba expuestos a riesgos más inminentes y probables por estar en la misma ciudad de Manila y en las cercanías del puerto) fueron con­centrados por algún tiempo en el seminario menor de Mandaluyong. El P. Zacarías Subiñas quedó como rec­tor del seminario de San Carlos, y el P. Rodríguez, circunstancial y tempo­ralmente, pasó a ser el procurador de ambas comunidades, más hermanadas por la tremenda tormenta. Esto le per­mitió al P. Rodríguez cierta mayor li­bertad para su ministerio apostólico.

Durante aquellos días tan aciagos ejerció especialmente su ministerio sa­cerdotal en el Hospital Psicopático y en la cárcel-reformatorio para muje­res. Conforme iban pasando los días y los meses, arreciaban con mayor fu­ria los males y las miserias: del ham­bre y de la desesperación particular­mente. Días hubo tremendamente ma­los y sombríos en los que se moría la gente por todos aquellos contornos «a puñados y como en racimos…» Morían en la necesidad más extrema que se pueda imaginar, de inanición total y sin que se pudiera hallar remedio al­guno con que auxiliarles. El P. Rodrí­guez, con todo, no les abandonó ni si­quiera un momento día y noche. Pero hubo de limitarse a «ayudarles a bien morir», administrando los últimos sa­cramentos a centenares y más cente­nares de moribundos, y ayudar tam­bién luego a darles sepultura…

En el largo período de la liberación de Manila —con el ataque ya directo y frontal contra la capital de fines de enero a fines de mayo de 1945— el se­minario tuvo que dispersarse de nue­vo y reconcentrarse una vez más en la provincia de Bulabán. Pero el P. Ro­dríguez permaneció firme en su puesto del Psicopático y de la cárcel de mu­jeres, fiado sólo en la Providencia Di­vina, que de verdad no le abandonó en ningún momento.

En 1946 se volvió a abrir el seminario menor de Manila en Mandaluyong, y el P. Rodríguez fue nombrado de nuevo rector del mismo. Al año siguien­te ambos seminarios —menor y ma­yor— quedaron reunidos en el edificio de Mandaluyong bajo el rectorado del P. Luis Angulo; el P. Zacarías Subiñas recibió el nombramiento de visitador provincial, y el P. Gabriel Rodríguez hubo de encargarse de la parroquia de San Vicente de Paúl, llamada muchas veces de San Marcelino por estar en dicha calle el templo.

Hacia fines de 1947 fue destinado el P. Rodríguez a la Viceprovincia de Madrid en los Estados Unidos como viceprovincial.

Regresó a España en 1950, y tanto en la Península como en Inglaterra desempeñó diversos cargos y comisio­nes. Pero su corazón se mantuvo siem­pre fiel y firme a Filipinas, porque al fin y al cabo allí era donde había gas­tado la mayor y la mejor parte de su vida.

Por ello nada tiene de sorprendente que en 1972, cuando había ya cumpli­do los setenta y seis años, obtuviera de sus superiores el permiso para re­gresar a Manila en circunstancias muy diversas de las que tuviera más de cincuenta años antes, en 1921. A su llegada fue nombrado director espiri­tual de la Escuela Apostólica en Va­lenzuela (provincia de Bulacán) duran­te dos años. Otros dos actuó con ab­soluta normalidad como capellán del Hospicio de San José, en la isla de la Convalecencia. En este cargo, además de sus obligaciones ordinarias de ca­pellán, daba clases tanto en la Escuela Primaria como la High School, y daba además clases metódicas de religión a los diversos grupos de la casa y visi­taba con frecuencia a las ancianitas.

En 1977 visitó España una vez más como para renovar los recuerdos y las memorias de sus lugares tan queridos —Potters Bar, Los Milagros— y darles su última despedida. En el santuario del Monte Medo asistió a la tradicio­nal y concurridísima novena de prin­cipios de septiembre, tan peculiar y tan querida en toda la región. Desde allí escribió a Filipinas, y decía como sigue: «Aquí me hallo ahora, contribu­yendo en lo que puedo buenamente a la famosa novena. Nunca sobran sacer­dotes para oír las confesiones, y el número de las comuniones es muy con­solador… Me encuentro felicísimo. Me parece estar entonando ya el «Nunc dimittis» con toda la alegría del viejo Simeón»

Realmente su fin estaba bastante próximo. Volvió a Manila y fue des­tinado a la Escuela Apostólica de Va­lenzuela. Siguió trabajando en lo po­quito que ya podía hacer, y estando siempre disponible para cualquier mi­nisterio apostólico. Dos días solamen­te antes de su muerte se confió muy cumplidamente al P. J. M. Cavanna, a quien le unía una sincera y antiquísima amistad —desde los años 1922 a 1925–, diciéndole: «… y mi mayor deseo es no retirarme aún…, sino seguir traba­jando y trabajando hasta el fin…».

¡Y así fue, en efecto! Su muerte le sobrevino el día 26 de noviembre, vís­pera de la festividad de la Virgen Mi­lagrosa. Y fue de esta manera: Un compañero de la Comunidad de muy larga estancia también en las islas, ha­bía sufrido un colapso en su habita­ción, que había quedado cerrada, y el P. Rodríguez —lo mismo que todos los demás— buscaba afanosamente una herramienta cualquiera que les ayuda­ra a abrir o a forzar la puerta. Logrado ya el común intento, el corazón le falló de improviso y se derrumbó exá­nime en presencia de todos sus cons­ternados compañeros. R. I. P. ¡Amén!

En su escueto y sencillísimo testa­mento, el P. Rodríguez dejó escrito: «Todo lo que me pertenezca quiero que —después de mi muerte— sea dedi­cado en aliviar a los pobres…»

El P. Gabriel Rodríguez ha sido el primero en inaugurar el nuevo cemen­terio que las Hijas de la Caridad de la Provincia de Filipinas acaban de cons­truir en la propiedad de la Casa Cen­tral de su Provincia, en la municipa­lidad de Parañaque, para la doble fa­milia de San Vicente.

El P. Juan Manuel Gómez, C. M., por su parte nos proporciona las observa­ciones o notas siguientes, muy intere­santes y dignas de atención por ser de un testigo excepcional y de primera mano:

  1. La devoción del P. Rodríguez pa­ra con la Virgen María tuvo siempre en él lugar muy eminente. Siempre que pudo asistió y tomó parte activa en la solemne novena de la Virgen de los Milagros en su santuario.
  2. Su humildad. Sabía muchas, mu­chas cosas el P. Rodríguez…, pero no hizo nunca vana exhibición de su sa­ber, sino que sólo lo empleó para ayu­dar y servir a los demás… El yo ja­más afloraba a sus labios…
  3. Su espíritu de trabajador era in­fatigable. Nunca dijo no a cualquier labor pastoral que se le presentara.
  4. Su amor a los pobres resultaba prodigioso, pues a ellos se acomodaba incluso en el modo de vivir y de co­mer, etc.
  5. Su norma habitual era: «No mo­lestar para nada ni a nadie».
  6. Fue toda su vida hombre estric­tamente providencialista hasta el fin. Muchas veces se le oyó decir: «¡Nadie se muere hasta que Dios quiere!»
  7. Decía también —y lo practica­ba— que el superior estaba en tal pues­to no para negar permisos, sino para se muere hasta que Dios quiere!»
  8. Los enfermos de su comunidad solían decir que se adelantaba en dar­les cuanto necesitaban.

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