Fundación de las Hijas de la Caridad (México) (II)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la Caridad1 Comment

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Author: Vicente de Dios · Year of first publication: 1993 · Source: CEME.
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Preparativos

A nuestras anchurosas y secularizadas mentes del siglo vigésimo, casi vigésimoprimero, les resulta sorpresivo el eco de aquel acontecimiento en toda la sociedad mexicana o al menos en la del centro de la República. García Pimentel, que transc­ribe párrafos del Diario del Gobierno, de La Abeja, periódicos ambos de la ciudad de México, y de El Censor, de Veracruz, escribe: «Creo sería interminable transcribir ni aún extractar cuanto los demás periódicos dijeron en alabanza de las Hermanas de la Caridad».

Por cierto que el Diario del Gobierno del 24 de abril de 1844, inspirado sin luda por los promotores de la venida de las Hermanas, extendía una mano en petición de ayuda financiera:

… Ningún interés rastrero, ninguna comodidad personal, ni una sola pretensión por parte del Sr. Roca ni de las Hermanas. Han contentádose con lo que se ha ofrecido para su manutención. Han hecho más: en al­gunos artículos propuestos por ellos, ha sido necesario aumentarles a más de lo que piden por ser demasiado poco con lo que se contentan…

Generalmente se cree que algunas personas de esta capital han dado todo lo necesario para la dicha fundación. Esto es un error que creemos conveniente destruir. Es cierto que hay lo necesario para pagar los creci­dos gastos de viaje de las diez Hermanas que vienen, del director de ellas y del secretario de éste; también es cierto que está asegurada su manutención por cinco años, pero no basta eso para hacer la funda­ción; es necesario asegurar también la subsistencia de las novicias mexi­canas que entren a esta religión luego que se abra el noviciado, pues es claro que de nada serviría tener recursos para las fundaciones si por falta de ellos no se pudiera abrir el noviciado.

Es necesario también un local para recibirlas, para que formen el no­viciado y otras oficinas propias de ellas y de su instituto, como es un lo­cal para la escuela gratuita, otro para el depósito de ropa, de medicinas y de alimentos que distribuyen a los pobres enfermos en sus casas cuan­do los van a visitar, y otras oficinas semejantes. Aunque hay hasta ahora mucha probabilidad de conseguir un edificio en donde se pueda poner la casa de las Hermanas, falta aún todo lo necesario para la obra material de las oficinas; faltan los muebles y utensilios de la casa, las camas, col­chones y ropa; el oratorio y ornamentos sacerdotales y mil pequeñas co­sas más que sería fastidioso referir…»

Esta rápida voracidad nos sorprende mucho hoy. Quizá se debiera a que los do­nativos de la condesa de la Cortina y de las Fagoaga consistían más bien en bienes Inmuebles y no abundaba el dinero líquido inmediato. O quizá simplemente se que­ría aprovechar la oportunidad de aquella expectación favorable de la opinión públi­ca. El caso fue que se recogieron 1.857 pesos 6 reales, que no era mucho para lo que se pedía, y que fueron administrados y aplicados escrupulosamente por don Manuel Martínez del Campo. ¡Quién iba a decir a Padres y Hermanas, que en aquella fecha (24 de abril) ni siquiera sabían de su destino a México, que esta bienintencionada y mexicana colecta iba a suscitar pronto virulentos ataques en su contra por parte de periódicos aviesos como el Monitor Constitucional y La Opi­nión del Ejército!

Pero todo a su tiempo. No empañemos ahora los entusiastas preparativos que se hacían en México para recibir a las Hermanas. Leamos El Censor de Veracruz:

«Las Hermanas de la Caridad deben de haber salido de Cádiz en el mes de agosto (según dicen cartas particulares) en la fragata española Isís y las consideramos ya muy cerca de este puerto. Vienen diez fun­dadoras y su capellán. Esta plausible noticia tenemos el mayor placer de comunicarla, porque nos consta el deseo que todos los habitantes de la República tienen de ver en ella establecida una institución tan útil y tan benéfica a la humanidad doliente. ¡Dios quiera que las veamos desem­barcar sanas y salvas de los peligros de la navegación! Nosotros vamos a ser los primeros que disfrutemos del placer de verlas llegar y las recibiremos con las demostraciones de regocijo y del aprecio que se merecen.

El Viaje

E día 18 de agosto de 1844, después de haber hecho en Madrid ejercicios es­pirituales dirigidos por el P. Sanz, salieron en diligencia hacia Sevilla las diez Herma­nas. Armengol y Sanz lo harían el día 21. Reunidos todos en Sevilla, salieron para Cádiz y después de cuatro días en Cádiz, las once Hermanas y los dos misioneros se embarcaron en el barco mercante «Isis» el 11 de septiembre a las 9 de la mañana, aunque, por falta de viento, no empezaron a navegar hasta las dos y media de la tarde. Llegarían a Veracruz el 4 de noviembre a las 9 y media de la mañana.

Todo fue bien, con deleite para la vista y la curiosidad, hasta la primera carrera rápida del barco, seguida de un fuerte vaivén. El mareo y los vómitos consiguientes se adueñaron de las Hermanas desde el primer día de la navegación y por mucho tiempo a lo largo de la misma. Sólo se salvó Sor Luisa Merladet, a quien le tocó ha­cer de enfermera.

«El día 15 nos lo pasarnos casi en completa calma. En ese día, pri­mer domingo de nuestra navegación, el P. Armengol celebró la santa Misa en un altar que habíamos aderezado en la habitación de popa, ante al cual las Hermanas hacían sus devociones y ejercicios prescritos por sus reglas. El P.Sanz asistió a la celebración de los sagrados misterios y él y todas las Hermanas recibieron la santa comunión. Tuvimos el con­suelo de decir una misa casi todos los días… Los domingos se celebra­ban dos misas: una a las 5:15, en que las Hermanas comulgaban, y otra a las 8:00 sobre el puente, que oía todo el mundo y en la que se predi­caba. En este primer domingo pareció que Dios, por una providencia especial, había detenido los vómitos de las Hermanas, para consolarlas con su divina visita en la comunión… .

El día 17 pasaron cerca de la isla de La Palma, Canarias, y el 21 comenzaron la novena a San Vicente de Paúl «para prepararnos a la celebración de la fiesta de su gloriosa muerte».

«Casi durante toda la navegación el calor ha sido extraor­dinariamente intenso. El termómetro a 90 grados, durante la noche casi nos asfixiábamos. Era tanto el sudor que se sentía uno bañado en él. A esto es preciso agregar que había en la habitación una multitud de insectos que durante el sueño atacaban y roían la piel, interrumpiendo el sueño de las Hermanas, que se asustan por poca cosa. Con todo, Dios ha sido tan bueno con ellas que su salud ha mejorado notablemente. El día 27 celebramos la fiesta de San Vicente de Paúl con la solemnidad posible: con misa, comunión, ejercicio de la novena, canto de los him­nos, etc. Ese mismo día, dos enfermas, Sor Inés y Sor Ma.Josefa, que estaban débiles en su convalecencia, se sintieron fuertes por un favor de la divina bondad…»

Continuaron el viaje entre mareos, sudores y otras distracciones más novedosas y amenas, como los peces y la pesca. Los días 8 y 9 fueron de «vientos variables y extraordinarios vaivenes». El día 10 caminaban ya cerca de las Antillas «con gran temor de una espantosa tempestad». El día 13 divisaron las islas Vírgenes. El 14 las de Santo Tomás, Culebras y Puerto Rico. El día 16 entraron en el puerto de Aguadinas, en la isla de Puerto Rico y el 17 desembarcaron allí para un día de descanso. Continuaron su viaje el 18 y «el 20 teníamos en frente la isla de Santo Domingo. Durante el día 21 el calor fue excesivo, el termómetro marcaba 90 grados. El 23 empezamos una novena en honor del Arcángel San Rafael, durante la cual se apli­có la misa con la misma intención, que era obtener por mediación del Santo Arcán­gel una feliz navegación».

Una semana más, poco sosegada, y «el 29 a la una del mediodía nos hallába­mos en el cabo Corrientes y a las 6 de la tarde en el Cabo de San Antonio y entra­mos en el Golfo. Desde ese día al 4 de noviembre Dios siempre nos guió con su gran providencia y el 4 anunciado, a las 9:30 de la mañana, tuvimos la dicha de poner término a nuestra navegación. Enseguida el Sr.Muñoz, encargado de nuestra recepción, subió a bordo del Isis y en dos hermosas lanchas nos condujeron a tie­rra. Fuimos colmados de honores…»

Veracruz

«La llegada del navío al puerto de Veracruz fue saludada clamorosa­mente, pues se había extendido por la ciudad el rumor de su pérdida a consecuencia del terrible huracán… Al día siguiente, una fiesta magnífica en la iglesia parroquial, a la que concurrió una inmensa multitud ávida de ver, rendía al Señor solemnes acciones de gracias por un suceso tan feliz».’ «Las Hermanas y sus directores se contentaban con una misa rezada, pero los veracruzanos dispusieron una solemne función en la iglesia parroquial en acción de gracias por el arribo de las Hermanas, en la que cantó la misa el Sr. Armengol y predicó el Sr.Sanz. El concurso fue extraordinario».

Los Sres. Muñoz, Joaquín y José, fueron comisionados por la Condesa de la Cortina para dar en Veracruz la bienvenida a las Hermanas, y a las Hermanas y a los Padres les faltó tiempo para escribir a la Condesa sendas cartas de agradecimiento, cosa que hicieron d mismo 4 de noviembre.

Descansaron cuatro días en Veracruz antes de reanudar camino. Extraña no poco la apoteosis del recibimiento que el pueblo mexicano dispensó a las Hijas de la Caridad y, por eso mismo, extraña infinitamente más su expulsión de México exactamente treinta años más tarde en virtud o en vicio de una de las decisiones más ominosas del gobierno liberal, encabezado por el triste y jalapeño por más se­ñas Sebastián Lerdo de Tejada. Son fechas cuya antirelación no es posible evitar.

Jalapa

«El 9 al medio día -escribe el P. Armengol- llegamos a Jalapa, un pueblo bonito donde fuimos recibidos por don Joaquín y don José Muñoz, que nos habían prepa­rado un alojamiento muy cómodo en una casa de retiros llamada San Ignacio. Pa­samos allí el domingo y nuestras Hermanas tuvieron la facilidad de recibir la santa comunión ese día y el lunes siguiente. Este día a las 6 de la mañana dejarnos Jalapa y por la tarde llegamos a Perote, que es una pequeña y bonita población y nos hos­pedamos en casa de Don Miguel Sanfuentes. El 12 a las 3 de la mañana subimos a las literas para continuar nuestra ruta y pasarnos la noche en un miserable hotel llamado Ojo de Agua y el 13 casi al medio día llegamos a Amozoc, cuatro leguas antes de Puebla.

Amozoc

«El 11 de noviembre -escribe a su vez el P. Sanz- salimos de Jalapa en siete lite­ras, que son una especie de camillas conducidas por dos mulas». El día 13 llegaron a Amozoc y su sorpresa fue mayúscula: «Nos precedía un inmenso gentío, entre él una multitud de niños e indios con palmas en las manos cantando: Benditas las que vienen en el nombre del Señor, y arrojando coronas de flores sobre la cabeza de las Ilermanas… En medio de numeroso pueblo, que se había juntado de los contornos, llegamos a las puertas de la casa del señor cura, donde salió a recibirnos el señor Obispo (don Francisco Pablo Vázquez), acompañado del clero y de la comunidad de los PP. Carmelitas, que habían venido de Puebla con el solo objeto de obsequiar­nos». También estaba allí el Dr. Manuel Andrade. No faltaba la imprescindible banda (la música para exaltar el regocijo. Pasaron a la iglesia para cantar un solemne ‘Te Deum» en acción de gracias. Comieron con el señor obispo.

Puebla

«A las 3 de la tarde salimos para Puebla. Las Hermanas se repartieron en seis coches: Monseñor, Sor Agustina, Sor Magdalena y su servidor -dice Armengol­ ocupamos el coche episcopal y los demás, de dos en dos, acompañados por perso­nas respetables, ocuparon los restantes. Entre las 4 o las 5 llegamos a la ciudad y, como las calles estaban repletas de gente, no dejamos los coches hasta la Iglesia del Espíritu Santo, destinada para agradecer de nuevo al Padre de la misericordia nues­tra feliz llegada y se cantó el Te Deum». Sanz lo cuenta más coloridamente: «Un cuarto de hora antes de llegar a la ciudad, salió a recibirnos todo lo mejor y princi­pal de ella. Rodeábanos una multitud de coches y jinetes a quienes seguían más de mil personas y sólo después de mucho tiempo pudimos entrar en las calles de la dad, cuyos balcones se hallaban todos ricamente entapizados y ondeaban en ellos varias banderas de distintos colores, en señal de alegría. Creo que se hallarían más de veinte mil personas… que hubieran hecho intransitables las calles si la tropa e las cubría no hubiera abierto camino». Y así llegaron, en olor de multitudes, hasta la iglesia del Espíritu Santo, en cuyo atrio las esperaban el gobernador militar y los cabildos eclesiástico y civil. En medio de dos filas de soldados que protegían lo el pasillo central, el señor obispo, seguido de los expedicionarios, pasó hasta el altar mayor para participar en el canto del Te Deum. La multitud ocupó por completo el templo para saludar allí mismo y más de cerca a las Hermanas.

México

Podemos suponernos la confusión de aquellas mujeres y comprendemos su sa­la casi furtiva de la ciudad de Puebla a las 5 de la mañana el día siguiente, 14 de Noviembre. Las acompañaba el Dr. Manuel Andrade, quien había salido a su encuentro en Amozoc, y fueron a la Hacienda de San Isidro, donde las recibieron y hospedaron con la alegría que se deja suponer las hermanas Faustina y Julia Fagoa­ga, esta última con verdadera vocación ya de Hija de la Caridad. El día 15, viernes, las 3 de la mañana, salieron de la Hacienda y a las 10 avistaban ya la ciudad de México, no tan transparente como la viera Bernal Díaz del Castillo en 1531, pero indudablemente mucho más que en nuestros días. Entraron por la garita de San Lázaro y -escribe Armengol- «cerca de la ciudad encontramos a los enviados del señor  Arzobispo y de las primeras autoridades para recibirnos. Tenían varios coches Ira nosotros, nos repartimos en seis como en Puebla. Hubo necesidad de una es­colta de caballería para abrir paso entre el inmenso gentío». Comenta Sanz: «Fue lo de los triunfos más magníficos y evidentes de la religión. Una inmensa multitud salió a recibirlas hasta el Peñón y las acompañó por todo el camino y las calles de capital. Escoltadas por un piquete de caballería, no pudieron llegar hasta después de las doce al palacio arzobispal». No nos falta tampoco el relato de Learreta:

«El día 15 de noviembre, estando ya cerca de la ciudad de México, poco antes del mediodía, se presentaron a la nueva comunidad las comi­siones del Ilmo. Sr. Arzobispo y del Excmo. Sr. Ayuntamiento y en compañía de estas comisiones, entre una concurrencia inmensa com­puesta de todas las clases de la sociedad, recibiendo las felicitaciones sin­ceras y espontáneas, entre el estrépito y bullicio mundano de centenares de coches, gente de a caballo y de a pie, y la religiosa alegría de las campanas de todos los templos de México: la pobre familia de San Vi­cente, agobiada y confundida por tanto obsequio, entró a la hermosa ca­pital de la República y fue recibida por el Ilmo. Sr. Metropolitano revestido de pontifical y acompañado de su Ilmo. Cabildo en su mismo palacio arzobispal… «.

Las recibe el señor Arzobispo, don Manuel Posada Garduño. El arzobispo y su Cabildo, ellas y la multitud, se dirigen al cercano templo de Santa Teresa y allí se exp­one el Santísimo y se canta otro Te Deum de acción de gracias. El arzobispo las agasaja después con una espléndida comida y platica con ellas amistosamente. «Salen del palacio arzobispal acompañadas de las oleadas de la multitud, las bandas de música y las filas de los soldados» ¡Qué ganas tendrían las once Hermanas y los dos padrecitos de descanso y silencio!

Pero les quedaban todavía dos visitas que hacer ese mismo día: una cordial y otra más bien protocolaria. La Condesa de la Cortina las esperaba en su habitación de enferma, colmada su espera y llena de dicha. Y el general Santa Anna, que por casualidad estaba en México y no en Manga del Clavo, recibe en palacio, rodeado de sus principales ministros, a Sor Agustina Inza, a Sor Magdalena Latiegui y a los PP. Armengol y Sanz. Los acoge, según el historiador Nieto, «no con el frío formu­lismo de las atenciones diplomáticas, sino con verdadero cariño y hasta emo­ción», conversando con ellas de su necesidad en México, de sus perspectivas de trabajo, de su apoyo total.

Los periódicos de la capital dieron noticia del acontecimiento. Veamos cómo lo hizo La Abeja del día 16:

«Las Hermanas de la Caridad. Ayer han llegado a esta capital estas mujeres respetables. Han atravesado el mar, se han expuesto a los peli­gros ordinarios de la navegación y al furor de los huracanes, han dejado su patria para no verla más y han venido a ofrecer en nuestro país a la humanidad doliente y miserable todos los auxilios que la caridad cristiana prodiga al desdichado. ¡Y en qué circunstancias han llegado a México las hijas caritativas de San Vicente de Paúl!… Cuando quizá va a haber, más que en otras épocas, muchas desdichas que consolar, muchas lágrimas que enjugar, muchos desventurados a quienes socorrer… ¡Y quiera Dios que tantos males no hagan gemir a la humanidad en estos días en que México ha acogido con tanto regocijo a las caritativas religiosas, funda­doras en nuestro país de una de las órdenes más venerables que ha esta­blecido el cristianismo!

Hemos presenciado la entrevista que han tenido aquellas religiosas con el Ilmo. Sr. Arzobispo. El venerable Prelado se ha conmovido profundamente y las ha abrazado llorando de ternura, han recibido de rodillas su bendición al retirarse a la casa de la señora Condesa de la Cortina, de donde pasaron en la noche al alojamiento que provisional­mente se les ha proporcionado por sus benefactores.

Aquel alojamiento provisional fue la casa número 3 de la calle del Puente de Monzón. Fue la primera casa de las Hijas de la Caridad en México.

One Comment on “Fundación de las Hijas de la Caridad (México) (II)”

  1. Bendita su presencia en esta tierra mexicana, les recuerdo siempre en oracion aun si conozco poco su congregacion, me gustaria tener contacto con alguna hermana si es q se pudiera. Yo igual soy una persona consagrada, Gracias

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