Fuentes de doctrina vicenciana y criterios de lectura

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Author: Antonino Orcajo, C.M. .
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La vocación del cristiano consiste en seguir a Jesús. Cristianos, precisamente, llamaron por primera vez en Antioquía a los discípulos del Señor (cf. Hch 11,26). Desde entonces los seguidores de Cristo expresan su fe viviendo el ideal de la Buena Nueva encarnada y predicada por Jesús de Nazaret, el Cristo de la le. Fuera de esta actitud no se entiende la vida cristiana. El mensaje y la persona misma de Jesús son la clave de interpretación del compromiso cristiano.

En efecto, «un cimiento diferente del ya puesto, que es Cristo Jesús, nadie puede ponerlo, pero encima de ese cimiente) puede uno construir con oro, plata, piedras preciosas, muleta, heno o paja» (1 Cor 3,11-12). Cristo principio y fin, ayer pino hoy y siempre, consume el ideal de los fieles. Cuantos creen de verdad en él se deciden a seguirlo con palabras y obras.

El seguimiento de Jesús, aparte de responder a las llamadas más significativas del Maestro, constituye la doctrina medular del Evangelio y expresa al rojo vivo las enseñanzas del Reino iniciado aquí y ahora, pero que tendrá su cumplimiento cabal en la bienaventuranza escatológica. Jesús lo puso de manifiesto en el Sermón de la Montaña (cf. Mt. 5,1-12). Según esta enseñanza, nada hay comparable a la vocación de ser y actuar como bienaventurado del cielo y de la tierra.

Recientemente lo ha puesto de relieve el Concilio Vaticano II, restaurador de la auténtica espiritualidad cristiana: «Es completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano en la ciudad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo».

Una doctrina como la precedente, tan entrañable a Vicente de Paúl, enseña que el hombre se hace más hombre cuanto más fiel permanece al espíritu del cristianismo, que consiste en la perfección de la caridad para con Dios y con el prójimo. Los que aspiran a la plenitud del amor encuentran en Jesús de Nazaret la regla de vida que les conduce a la felicidad terrena y celestial.

1. Breve ojeada del seguimiento de Jesús

Apenas aparece el fenómeno religioso del cristianismo, surgen de la gran comunidad de fe formas distintas de vivir el mensaje de Jesús. Los numerosos institutos y congregaciones nacientes llevan el sello de la autenticidad en la medida en que se comprometen a seguir a Cristo, animados siempre del Espíritu, «y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es cristiano» (Rom 8,9). El decreto Perfectae Caritatis resume en el siguiente texto la historia del seguimiento: «Desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que, por la práctica de los consejos evangélicos, se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca, y, cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios. Muchos de ellos, por inspiración del Espíritu Santo, vivieron vida solitaria o fundaron familias religiosas que la Iglesia recibió y aprobó de buen grado con su autoridad. De ahí nació, por designio divino, una maravillosa variedad de agrupaciones religiosas, que mucho contribuyó a que la Iglesia no sólo esté apercibida para toda obra buena (cf. 2 Tim. 3,17), y pronta para la obra del ministerio en la edificación del Cuerpo de Cristo (cf. Ef. 4,12), sino también a que aparezca adornada con la variedad de dones de sus hijos, como esposa engalanada para su marido (cf. Ap. 21,2), y por ella se manifieste la multiforme sabiduría de Dios (cf. Ef. 3,10)».

La presencia de los distintos movimientos espirituales obedece siempre a nuevas necesidades de la Iglesia y a cambios profundos socio-religiosos, culturales y económicos de un mundo en continua evolución. Tales manifestaciones del Espíritu actuante en la historia llevan la impronta de una misión, lenguaje y espíritu propios de la época en que nacen. Suelen, además, encarnarse en un jefe carismático u hombre evangélico dotado de gracia para seguir radicalmente a Jesús. Antonio el Copto, Pacomio, Agustín de Hipona, Benito de Nursia, Basilio Magno, Bernardo de Claraval, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Vicente de Paúl, entre otros muchos cristianos, significan la fuerza vivificadora del Espíritu en la Iglesia.

La antigua espiritualidad de los ascetas, vírgenes y mártires es sustituida por la de los monjes, eremitas y cenobitas, y la de éstos por la de los mendicantes, que, a su vez, es remontada por la de los predicadores y hombres apostólicos. Hasta nuestros días se suceden en cadena versiones enriquecedoras del espíritu evangélico. Su influencia patentiza el soplo renovador de la obra de Jesús. Aunque no se dan simas infranqueables entre las distintas etapas históricas, sino que se provocan y explican las unas a las otras, la presencia de las nuevas familias religiosas denuncia de algún modo el envejecimiento o deterioro de las formas antiguas y urge la necesidad de nuevos estilos de vida más acordes con los tiempos que corren. Ello demuestra que la espiritualidad del «desierto» fuera superada por la de «periferia», y ésta por la de «frontera». Hoy es común referirse a la espiritualidad de «inserción», expresada sobre todo por quienes viven más comprometidos en la liberación total del pobre.

a) Florecimiento de congregaciones en el siglo XVII francés

Durante el Gran Siglo de Francia, escenario en el que nos vamos a mover para escuchar el mensaje vicenciano sobre el seguimiento de Jesús, nacen numerosos institutos, compañías, congregaciones y cofradías de laicos, sacerdotes y religiosos. Pedro de Bérulle funda el Oratorio de París (1611), réplica del Oratorio de Felipe de Neri; Vicente de Paúl, la Congregación de la Misión (1625); Juan Jacobo Olier, la Congregación de san Sulpicio (1642); Juan Eudes, la Congregación de Jesús y María (1643); Juan Bautista de la Salle, los hermanos de las Escuelas Cristianas (1680). En 1627 se funda la Compañía del Santísimo Sacramento, y en 1651, las Misiones Extranjeras de París. Cada una de estas comunidades, (y otras muchas que hemos silenciado), presentan fines apostólicos y espirituales específicos. Todas tratan de acudir a las necesidades más urgentes del Pueblo de Dios: reforma y renovación del clero, misiones populares, educación cristiana de la juventud, socorro a los pobres…

Paralelamente a los institutos masculinos florecen los femeninos con espíritu parecido al de aquéllos. Francisco de Sales y Juana Francisca de Chantal fundan la Visitación (1610); Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, la Compañía de las Hijas de la Caridad (1633); Juan Eudes y Eufrasia Pelletier, la Congregación de Ntra. Sra. de la Caridad del Buen Pastor (1641). Estas nuevas familias desarrollan una actividad pastoral y caritativa que abarca amplios sectores de la sociedad: atención a los niños abandonados, a los ancianos, a los enfermos y apestados, a las prostitutas y madres solteras, visitas a domicilio, a las cárceles, a los campos de batalla… Hay que reconocer en cada una de estas compañías la mano protectora de Dios sobre el pobre.

2. Originalidad vicenciana

El marco histórico del siglo XVII envuelve los trabajos y los días de Vicente de Paúl (1580-1660). Sería un error imperdonable sacarle de los ambientes en que revolucionó la espiritualidad cristiana, encarnándose en el pueblo por la gloria de Dios y el servicio del prójimo. Ello significa que hay que situarle a cada paso en los acontecimientos personales y sociales que motivaron su entrega total a Dios para evangelizar a los pobres. De lo contrario, quedaría deshumanizado, fuera de la realidad concreta de la que no quiso salir para dar vida al pobre. El secreto, pues, de la recta interpretación vicenciana se esconde en la amplia comprensión de todos sus contextos existenciales.

El estudio sobre el seguimiento de Jesús, —tema nuclear y unitario de la doctrina de Vicente de Paúl— exige un detallado conocimiento de la biografía del Santo. Sólo así, no desglosaremos lo que es inseparable en él: la unidad de vida y de pensamiento, de acción y contemplación. Es bien sabido que Vicente de Paúl contribuyó como pocos al engrandecimiento espiritual y apostólico de la Iglesia de Francia, no tanto por la especulación de la ciencia teológica cuanto por su aportación real a la santidad del Pueblo de Dios. El Sr. Vicente —así era conocido y tratado por sus contemporáneos— participó en el logro de la grandeza de la Iglesia sin romper con el legado de la auténtica tradición. Los decretos del Concilio de Trento (1945-1560) le sirvieron de apoyo para emprender la obra reformadora.

El Sr. Vicente se hace eco de las palabras y doctrinas tradicionales, pero adapta con estilo propio las ideas comunes. No puede expresarse de otra manera, dada su cultura y formación teológica: es hijo de su tiempo; no obstante se mantiene libre e independiente respecto de los maestros y «pedagogos» que le acompañaron en el itinerario hacia Cristo: Pedro de Bérulle, Francisco de Sales y Andrés Duval. No se alista en ninguna escuela, ni siquiera en la herulliana, por más que algunos historiadores se empeñen en sentarlo en el banquillo del jefe de la «Escuela de espiritualidad francesa». La experiencia religiosa, adquirida a lo largo de su conversión continua, le concede plena autoridad y originalidad. Conviene distinguir del legado vicenciano, por una parte, el núcleo doctrinal y, por otra, el ropaje literario con que aquél es presentado.

a) Núcleo doctrinal

Lo propio y característico de Vicente de Paúl es su visión particular de Jesús, que «recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad» (Mt. 9,35). Contempla sobre todo a Jesús como evangelizador de los pobres, impregnado de ternura y compasión hacia todos los desheredados de la tierra. En torno a esta óptica vertebra las líneas fundamentales de una doctrina centrada en el seguimiento de Jesús.

A la luz del Jesús histórico, la palabra del Sr. Vicente adquiere las notas de una espiritualidad de la acción que no admite mixtificaciones ni lucubraciones metafísicas sobre el Evangelio. Su doctrina entronca directamente con los «dichos y hechos» de Jesús de Nazaret. El ejemplo del Mesías urge a Vicente a extender el Reino de Dios por medio de la Misión y de la Caridad, dos expresiones de la misma realidad evangélica destinada a la promoción integral del pobre.

b) Ropaje literario

Se entiende por ropaje literario los préstamos verbales que le llegan al Sr. Vicente por distintos conductos, bien se llamen «Escuela abstracta», «Devoción moderna» o «Humanismo devoto», corrientes principales que confluyen en Francia durante el siglo XVII. Como se ha repetido hasta la saciedad, la utilización de una terminología consagrada no significa conformidad con las doctrinas en boga. Al Sr. Vicente no le distingue el vocabulario, sino el espíritu con que contempla y sigue a Jesús.

El hermano Ducourneau, secretario particular del Fundador de la Misión, afirma que, «aunque su superior aborde temas ordinarios, lo hace con una fuerza poco común…, que cuando habla a fondo de la manera de hacer oración, del conocimiento de uno mismo, de la renuncia a nuestra propia voluntad, de la compasión con los afligidos, de la asistencia a los pobres, del celo por la salvación de las almas y de todo lo que pertenece a la perfección del misionero, esas cosas las realiza en cuanto a la práctica y en cuanto a la expresión.

Es importante advertir aquí que todos corremos el peligro de los fáciles reduccionismos. San Vicente pasa a la posteridad a través de unos recursos verbales en gran parte superados. Su fe y experiencia nos llegan arropadas en vivencias muy personales e irrepetibles. Este factor determinante no puede olvidarse. Sabemos, por otra parte, que la fenomenología del lenguaje implica serias connotaciones interdisciplinares no sólo lingüísticas, sino antropológicas, sociales, sicológicas, además de las propiamente teológicas, bíblicas, litúrgicas y pastorales.

Doctrinas del siglo XVII, como el dualismo antropológico, el pesimismo sobre la naturaleza humana, la tendencia a sacralizar todo lo «mundano», a ver a Dios más como juez que como Padre, etc., son hoy rechazadas por anacrónicas y deshumanizantes. Tres fuerzas de pensamiento contribuyeron entonces a crear ese ambiente teológico-espiritual: el agustinismo, el tomismo y el molinismo. Si olvidamos estos antecedentes culturales, nos veremos defraudados en el tratamiento de las virtudes necesarias para seguir a Jesús con entera libertad.

Por lo demás, el mismo Sr. Vicente se apartó de algunas teorías y formas de presentar el mensaje liberador de Jesús; rechazó incluso puntos de vista doctrinales que consideraba obsoletos, oscuros o peligrosos. Nada tiene de extraño que un creyente de hoy, sensibilizado por el nuevo enfoque de las ciencias teológicas y pastorales, condene ciertas expresiones de Vicente de Paúl. Lo importante es retener lo auténtico y perenne de su comunicación, y relativizar lo caduco y circunstancial. De esta forma evitaremos el escollo de enfrentarnos a una doctrina supuestamente desfasada por estar envuelta en un lenguaje casi desconocido.

3. ¿Espiritualidad o doctrina espiritual?

En el siglo XVII se acuña el término «espiritualidad» para significar la savia del cristianismo, la fuerza del Espíritu que vigoriza la vida teologal del creyente. Nuestro apóstol de la caridad no utiliza nunca ese vocablo ni el de ascética y mística ni el de teología espiritual, expresión ésta que ha prevalecido en nuestros días. El se refiere siempre a la doctrina del Evangelio o de Jesucristo, al Espíritu de Dios o de Jesús, o simplemente al «espíritu», término y realidad más revelador de dinamismo, fuerza, empuje, estilo y talante que su derivado «espiritualidad», de carácter más abstracto, estático y pasivo.

El mensaje vicenciano presenta una actualización de Jesús hecho vida, movimiento, acción, preocupación, trabajo, verdad y libertad en la historia de la Iglesia. El seguimiento de Jesús no se reduce a simples prácticas espirituales ni a conceptos abstractos, por más que se urja la ascesis y la disciplina, sino a comprometerse con la causa del Mesías Salvador. Cuando el Sr. Vicente interpreta los «dichos y hechos» de Jesús de Nazaret, los impregna de espíritu. También él puede decir con el Evangelio en la mano: «Sólo el Espíritu da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida» (Jn. 6,63). Aunque arranca de la letra, se remonta pronto a la vida del Espíritu.

San Vicente no separa nunca la teología de la vida, la oración del trabajo. El calificativo de «impía» con que motejaron los Humanistas a la Escolástica, por considerar a ésta manipuladora y curiosa de la verdad, pesa todavía sobre los que se aferran en divorciar, en la práctica, la fe del compromiso. El ejemplo de Vicente historiza un talante evangélico, no totalizante ni excluyente, sobre cómo armonizar fe y caridad, contemplación y servicio, misión y docilidad al Espíritu.

4. ¿Seguimiento o imitación de Jesús?

Algunos autores defienden que Jesús no habló de imitación, sino de seguimiento. Mientras éste sugiere la imagen de camino, (le movimiento, de disponibilidad y de solidaridad con los pobres, la imitación, por el contrario, supone un modelo estático y fijo. Jesús no aparece en el Evangelio como un maestro rabínico, sino como evangelizador de los pobres.

Otros autores, apelando a la transformación que sufrió el seguimiento después de Pentecostés, consideran que sería falsificar las situaciones y radicalizar o simplificar caprichosamente los acontecimientos, si el seguimiento no se entendiera también como imitación. Para san Juan, seguir a Jesús es creer en él (cf. Jn 8. I 2; 10,4; 12,26).

La imitación constituye una categoría del seguimiento, según San Pablo. El Apóstol exhorta a los corintios: «Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor. 11,1). En otros muchos lugares de sus cartas habla también de imitación (cf. Flp. 3,14; 1 Ts. 1,6; 2 Ts. 3,7; Gal. 4,12). La espiritualidad, como imitación de Cristo, se impuso desde los primeros siglos del cristianismo, formando parte de su vocabulario preferido.

Las desviaciones del sentido exacto de «imitar» a un modelo sobrevienen cuando el discípulo pretende copiar miméticamente al Maestro «con inmediatez casi-osmótica». Entonces acarrea consecuencias nefastas. Los daños de una tal espiritualidad se acentúan con la orientación dada por la Devotio moderna, cuya obra más representativa es la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis (1380-1471).

San Vicente habla literalmente más veces del seguimiento que de la imitación de Jesús. Pero cuando explica ésta, lo hace sin escrúpulos y sin pensar remotamente que sus enseñanzas pudieran originar alienaciones o narcisismos. Presenta con frecuencia a Jesús como «regla», «modelo», «maestro», «ejemplo», «espejo», «cuadro» y «escuela». Jesús es, en todos estos casos, una persona viviente y no un ideal muerto. La imitación implica un seguimiento creativo, dinámico, nunca algo estático y repetitivo. El contexto de la vida del Sr. Vicente así lo demuestra. Hay que conceder, sin embargo, que en más de una ocasión participa del lenguaje e intenciones de la Devotio moderna.

5. Método de exposición doctrinal

Que nadie se imagine a un Vicente de Paúl teórico ni ideólogo, tampoco teólogo profesional ni jurista de gabinete. Por supuesto que «conoce fondo la teología tradicional y la aplica a los asuntos del momento con buen sentido, depurado y firme, que a veces falta a los teólogos profesionales». Como jurista, posee el sentido del orden, de la claridad y de la precisión, pero sobre todo de la justicia y de la caridad. Se comunica como un divulgador de la teología espiritual práctica. Lo suyo es presentar la experiencia de Dios y entusiasmar a otros en el seguimiento de Jesús, evangelizador de los pobres. No encontró tiempo para escribir un tratado estructurado de doctrina espiritual, aunque se vio obligado a despachar mucha correspondencia y a pronunciar cientos de alocuciones a gentes comprometidas en la misión y caridad de Cristo el Mesías.

Para exponer la doctrina sobre el seguimiento de Jesús, se sirvió de un método sencillo —la petite méthode—. Dicho método consiste en declarar con suma sencillez y al alcance de todos los motivos, naturaleza y medios para conseguir una virtud o rechazar un vicio. No se trata de un orden rígido, frío e incapaz de suscitar afectos; por el contrario, se muestra flexible, condescendiente y cercano. Si las circunstancias lo aconsejan, el pequeño método sabe alterar o suprimir algún paso del procedimiento discursivo. Se basa fundamentalmente en el orden de la caridad.

El pequeño método no tiene nada que ver con las reglas del antiguo socratismo ni con las contemporáneas del racionalismo cartesiano, aunque participe del espíritu crítico de éste último. El orden de la caridad que preside la intercomunicación vicenciana procede del diálogo, similar al que se usa en las catequesis con los niños. Si fuéramos a catalogarlo dentro de los métodos patrísticos de enseñanza, lo situaríamos entre las especies de «mistagogia» que permiten al creyente abrirse a la comunicación divina.

6. Las reglas de la Misión, compendio del Evangelio

Vicente de Paúl resume su pensamiento espiritual en las Reglas o Constituciones de la Congregación de la Misión. Este librito compendia en doce capítulos el Evangelio aplicado al misionero. Es el «Código de perfección» donde el cristiano comprometido encuentra la normativa espiritual y apostólica, pero, sobre todo, la respuesta a los eternos designios de salvar a los hombres por la participación del Espíritu de Jesús. «Jesucristo es la regla (siempre viva y renovadora) de la Misión». A lo largo de los capítulos y artículos de que constan las Reglas aparecen las líneas configurativas del ser y actuar del misionero.

Distribuidas el 17 de mayo de 1658, las Reglas son fruto de muchos años de experiencia y de trabajo. Habían transcurrido casi treinta y tres años antes de que el Fundador se las entregara impresas a sus compañeros. El estilo original latino, propio del neoclasicismo, es elegante y sencillo, rítmico y natural. Pero es el contenido el que atrae a los creyentes hacia el Evangelizador de Nazaret. En el prólogo de las mismas Reglas se lee esta preciosa recomendación:

«Miradlas no como producidas por espíritu humano, sino como emanadas del espíritu divino… Hemos intentado basarlas en el espíritu, obras y vida de Jesucristo, en cuanto fuimos capaces de hacerlo. Nos pareció que quienes han sido llamados a continuar la misión del mismo Cristo, misión que consiste sobre todo en evangelizar a los pobres, deben llenarse de los sentimientos y afectos de Cristo mismo; más aún, deben llenarse de su espíritu y seguir fielmente sus huellas»

Una vez para siempre, Vicente de Paúl recaba que lo importante, para asegurar el seguimiento, es impregnarse del espíritu de Cristo Jesús. De ahí nace el proyecto humano cristiano del discípulo; de ahí, la decisión perpetua de «seguir fielmente las huellas» del Evangelizador de los pobres. Para eso, las Reglas suministran los medios adecuados que ayudan a interiorizar la Palabra, a constatar la experiencia religiosa y a recordar el testimonio de los santos: tres cauces que alimentan incesantemente un rico arsenal de doctrina.

a) La Palabra de Dios

Toda la Sagrada Escritura, en especial el Evangelio, centra el lugar de la ortodoxia y ortopraxis del Sr. Vicente. Su primer biógrafo, Luis Abelly, asegura que «llevaba el Evangelio grabado en su corazón y lo portaba en la mano como luz esplendorosa; en él basaba toda la moral y toda la política, según la cual acomodaba su conducta y demás asuntos que pasaban por sus manos». Por medio de la Escritura se encontraba con Dios Padre, con el Hijo hecho hombre y con el Espíritu Santo. El misterio de Dios verdadero, uno en la Trinidad y trino en la unidad, empapaba su existencia caritativa y su experiencia de fe. Educado en la escuela del Espíritu, veía en el Padre al Dios amor, rico en misericordia y compasión; en el Hijo, la revelación del Padre y la fuente de la gracia salvadora; en el Espíritu Santo, la comunión y vivificación de los hijos de Dios.

San Vicente lee y medita la Palabra de Dios, según la traducción de la Vulgata, en clave de evangelización de los pobres. La historia del pueblo de Israel y la vocación de los Profetas le evocan su propia misión en el mundo y en la Iglesia. Conoce la Biblia y la explica no como un exegeta crítico, sino como un creyente profundamente piadoso a quien asiste además una buena preparación teológica. Frente a la Palabra de Dios, que nunca se equivoca, opone la ideología del mundo, siempre falaz y engañosa. Mientras la doctrina del Evangelio «es seguida infaliblemente de sus efectos…, la del mundo no da nunca lo que promete» (15). Como era de esperar, recomienda la lectura diaria de la Palabra de Dios, a la que hay que «venerar como regla de perfección cristiana». Y para que más aproveche su mensaje, conviene añadir, al final de la misma lectura, estos tres actos:

«1.º adorar las verdades contenidas en el capítulo; 2.º animar a revestirse del espíritu con que las dijeron Jesucristo y los santos, y 3.º proponerse imitar los consejos, normas y ejemplos de virtud encontrados en la lectura».

b) La experiencia religiosa

Los elementos que componen la «fe y experiencia» de san Vicente son ricos, variados y complejos; se refieren básicamente al conocimiento y amor de Dios y de los hombres.

En primer lugar, la experiencia comprende el conocimiento y amor del Misterio Trinitario; sobre éste se funda la entrega to tal del apóstol de la caridad. Dios Padre es el amor providente de todas las criaturas. Dios Hijo es el enviado del Padre para evangelizar a los pobres y Dios Espíritu Santo es el encargado de guiar y santificar a los hijos de la Iglesia. El contacto cotidiano con Dios, por medio de la Palabra y de los sacramentos, establece la experiencia fundamental de Vicente de Paúl. Su conocimiento y amor del Misterio se convierten en sabiduría práctica.

En segundo lugar, la experiencia del Santo encierra «la máxima atención a los acontecimientos, circunstancias, contextos, datos y tiempo» en que vive. El descubrimiento progresivo de los pobres en Jesús y de Jesús en los pobres le conduce a nuevos compromisos caritativos y sociales. El hombre, «hecho a imagen y semejanza» de Dios, y el pobre, en particular, son «lugar teológico» de excepción. En ellos se encuentra con Dios. Poco antes de verse consumido por los trabajos de la evangelización, declara:

«Lo que me queda de la experiencia que tengo es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, herma nos míos, la verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva; ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida».

En suma, la experiencia religiosa de san Vicente, que de ningún modo pretende ser una síntesis doctrinal, sino un modo concreto de seguir a Jesús, hunde sus raíces en el Misterio de la Trinidad y en el servicio de los pobres. Como toda experiencia auténtica, la suya comprende una ciencia de Dios y de los hombres, acompañada de padecimiento —páthos—: es la pena producida por la ausencia de amor en la tierra.

c) Los testimonios de vida

Pese al divorcio entre fe y compromiso de muchos cristianos, siempre ha habido testigos de coherencia y de fidelidad al Evangelio: éstos confirman la regla del seguimiento fiel a Jesús. El Sr. Vicente no sabe hablar si no presenta testigos cercanos o lejanos que avalen su palabra. Para él, esos testigos «son cuadros visibles y sensibles que nos sirven de modelo para regular todas nuestras acciones y hacerlas agradables a Dios»

Los testigos más cualificados los encuentra en la Biblia. Jesucristo es el centro hacia el que convergen todas las miradas de los personajes bíblicos. Cada uno de ellos anuncia o confirma el mensaje evangélico. Los principales del Antiguo Testamento se llaman Abrahán, Moisés, Samuel, David e Isaías. Los testigos del Nuevo Testamento, por cuanto nos refieren lo que han visto y oído, gozan de más fuerza persuasiva. Destacan: María, la Madre de Jesús y la más aventajada en el seguimiento de su Hijo, Juan el Bautista, la comunidad apostólica, la familia Lázaro, María de Magdala y el apóstol Pablo, «vaso de elección».

En las comunicaciones vicencianas se dan cita también testigos extrabíblicos. Los hay de toda condición y clase: teólogos, predicadores, reformadores y gente de la calle. Los más lejanos se remontan al tiempo de Agustín de Hipona, Juan Crisóstomo, Tomás de Aquino, Martín de Tours, Genoveva, Patrona de París, Vicente Ferrer, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Luis de Granada, Teresa de Jesús, Carlos Borromeo, Felipe Neri, etc. Entre los cercanos y tratados personalmente por él, cuentan Pedro de Bérulle, Andrés Duval, Francisco de Sales, Juan Duverger de Hauranne, abad de Saint-Cyran, Nicolás Pavillon, Francisco Pe rrochel, Alano de Solminihac, etc. Existen testigos anónimos como los campesinos, los galeotes, los pobres que no tienen nada que llevarse a la boca.

No faltan tampoco testigos dentro de sus congregaciones: Margarita de Silly, Isabel du Fay, María de Wignerod, Duquesa de Aiguillon, Genoveva Fayet, señora de Gousault, Margarita Naseau, Luisa de Marillac, señorita Le Gras, el Hermano Antonio, Juan de la Salle, Juan Pillé y otras «muchas personas a las que podemos ver con nuestros propios ojos y convivir con ellas todos los días. Su vista hace muchas veces más efecto que la consideración de esos santos que ya han muerto».

El recurso a los testimonios de vida posee un alto valor pedagógico y apologético del seguimiento de Jesús. El ejemplo de los testigos lejanos o cercanos arrastra y anima a los que han sido llamados a continuar la obra de Jesús, viviendo personal y comunitariamente las exigencias del Evangelio.

7. Cauces de expresión

La doctrina y experiencia de san Vicente las encontramos más explicitadas en la correspondencia, en las conferencias y en los documentos, conductos por donde nos llega la palabra sencilla, directa y pegada a la realidad en que vivió el «padre de los pobres».

a) La correspondencia

Las aguas más puras de la doctrina vicenciana se remansan en las cartas. Según cálculos aproximados, el Sr. Vicente pudo escribir más de treinta mil entre los años de 1625-1660. Nadie de su tiempo se le puede comparar. Los destinatarios de las cartas son tan variados como los temas que aborda en ellas. Van dirigidas a laicos, sacerdotes, religiosos, príncipes, reyes, ministros, papas. Pero los más beneficiados son los Misioneros de la Congragación de la Misión y las Hijas de la Caridad. La temática abarca asuntos que interesan a hombres comprometidos en las tareas seculares y apostólicas: vida espiritual, gobierno y dirección, etc. La extensión de las cartas varía mucho, desde un simple «billete» hasta una larga circular.

Para no desangelar la correspondencia, haremos bien si verificamos algunos datos: fecha de expedición, motivo y finalidad de la carta, autor material de la escritura. Por la misma razón, conviene distinguir entre cartas auténticas, escritas de puño y letra de Vicente de Paúl, y las dictadas a sus secretarios, o las redactadas por éstos, previa entrega de un borrador. Aunque eran todas revisadas y firmadas por él —solía hacerlo con el nombre de Vincent Depaul o Depaul a secas—, es incuestionable que las primeras reproducen más fielmente su pensamiento y palabra que las restantes, sujetas éstas últimas al gusto e interpretación de los amanuenses.

b) Las conferencias

Bajo el título de conferencias –entretiens spirituels- se incluyen todas las intervenciones orales del Sr. Vicente ante los Misioneros, las Hijas de la Caridad, las religiosas de la Visitación, las religiosas de la Cruz, los sacerdotes de las Conferencias de los Martes, las señoras de la Cofradía de la Caridad. Sólo una mínima parte de sus alocuciones ha llegado hasta nosotros. Fijémonos en las pronunciadas ante los Misioneros y las Hijas de la Caridad.

El Fundador de la Misión solía dar, como norma, una conferencia espiritual cada semana. Acostumbraba a explicar algún artículo de las Reglas o Constituciones. Su palabra práctica tendía a enseñar, a exhortar, a convencer y a animar al grupo reunido familiarmente en torno suyo. Era entonces cuando el conferenciante sacaba todos los registros de la expresión oral y mimética para hacerse llegar al corazón de los oyentes y entusiasmarles en el seguimiento de Jesús, evangelizador de los pobres. Se le agolpaban, a veces, tanto las ideas, sentimientos y la misma prisa de acabar puntualmente que perdía la brújula y se hacía repetitivo e, incluso, cargante. Su genio gascón, de pura cepa, afloraba en los discursos con evidentes exageraciones y fina ironía. La suma total de conferencias, repeticiones de oración y capítulos de faltas, donde también acostumbraba a hablar, llena dos volúmenes de la edición de Pedro Coste.

La palabra oral del Sr. Vicente está, sin duda, algo manipulada por los amanuenses. El no permitió jamás que nadie recogiera por escrito sus explicaciones. Sin embargo, los Misioneros lo hicieron a escondidas y sin que él se enterara. Pero, en honor a la verdad, podemos asegurar que los secretarios de turno tuvieron sumo cuidado en transmitirnos no sólo la doctrina del Fundador de la Misión, sino sus mismas palabras, en cuanto les fue posible.

En cambio, con las Hijas de la Caridad no se comportó de la misma manera. A éstas les permitió tomar apuntes y notas mientras él hablaba, además de adelantarles un esquema detallado de cuanto iba a explicar en la plática. No satisfecho con esta medida, revisaba luego los resúmenes hechos por las Hermanas. Luisa de Marillac era especialmente hábil para guardar y reproducir literalmente la palabra de su director espiritual. Los temas desarrollados respondían a las necesidades y prácticas de la naciente compañía: vocación de la Hija de la Caridad, servicio de los pobres, espíritu de la comunidad, inserción en el mundo, etc. Dos tomos más de la edición de P. Coste contienen las ciento veinte conferencias conservadas por «las siervas de los pobres».

El tono más coloquial y popular con las Hijas de la Caridad que con los Misioneros obedecía a razones sicológicas, didácticas y pedagógicas. A todos animaba a que no faltaran nunca a las conferencias. En junio de 1642 exhortaba a las Hermanas:

«[…] Y de venir a las reuniones, no faltéis nunca a ellas, ni siquiera para ir a un sermón, pues, aunque sea muy bueno oír sermones, sin embargo tenéis que preferir estas reuniones, que se celebran para enseñaros lo que estáis obligadas a hacer; y todo lo que aquí se dice es para todas vosotras y para cada una en particular; no pasa así con los sermones».

c) Los documentos

Estudiados según un orden cronológico, los documentos ayudan a controlar de cerca los pasos y compromisos del Sr. Vicente. Existe gran variedad de documentos relativos a la vida y obra del hombre y santo Vicente de Paúl. Todos arrojan alguna luz sobre su persona o familia espiritual. Pero estos instrumentos de trabajo, que componen un grueso tomo de la misma edición de P. Coste, no captan el espíritu del apóstol de la caridad, aunque lo dejan entrever.

Por lo demás, como asegura André Dodin refiriéndose al conjunto de la palabra oral y escrita del Sr. Vicente, «el reparto tan desigual de sus escritos en el tiempo no permite, en absoluto, seguir la evolución y notar las adquisiciones de su vida espiritual. Tres cartas aisladas jalonan la ruta de 1607 a 1624; 150 páginas de conferencias a los Misioneros resumen la actividad de los años 1625-1645; 280 páginas de pláticas a las Hijas de la Caridad representan la predicación misional de doce años (1633-1645). A decir verdad, cartas y conferencias no iluminan bien sino los cinco últimos años, 1655-1660. No podemos escuchar más que las palabras de un viejo, que habla entre los setenta y cinco y los ochenta años».

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