Frére Simon Busson (1621-1651)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices II.
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Biografias PaúlesEsta relación está tomada de una conferencia tenida en San Lázaro, en la presencia de san Vicente, en octubre de 1651.

Creo que ya os han comunicado la muerte de nuestro hermano Simón y que vuestra familia ha dado ya a su alma los deberes que la caridad nos pide por nuestros difuntos; pero tal vez ignoráis los buenos ejemplos que ha dejado a la Congregación, y las obligaciones que tenemos de dar gracias a Dios.

El Sr. Vicente, nuestro honorable Padre, deseando que estéis informado para vuestro consuelo, ha mandado recoger un aparte de todo lo dicho  por cinco sujetos, que hablaron de él en la Conferencia tenida en San Lázaro el 1º de octubre pasado, sobre las virtudes observadas en este buen hermano. Éste es el resultado.

Había nacido en la ciudad del Mans, o en sus alrededores. Entró en la Congregación a los veinticuatro años. Era de una talla alta, mediocremente robusto, de un buen carácter, prudente y dulce. Fue recibido en la Congregación poco después de nuestro establecimiento en dicha ciudad; entonces habiéndose dado todo a Dios, fue enviado a San Lázaro. Muy pronto fue presa de una fiebre cuarta, que le atormentó por ocho o diez meses. Después, disfrutó de buena salud por dos años; pero al día siguiente de la fiesta de San Lázaro, fue presa de una pleuresía, y entregó su alma a Dios el 2 de septiembre dejando un gran dolor a toda la comunidad, ya que todos le querían.

Se dice de él que amaba su vocación, que a menudo daba gracias a Dios de palabra de alabanza y de un afectuoso agradecimiento; que pedía para sí y para todos la gracia de perseverar hasta el fin, con lo que animaba a los demás.

Observaba fielmente las reglas, de  las que tenía una estima tal que sabía recitarlas con propiedad, aunque no supiera leer, y qua si veía a alguno faltar en su presencia le avisaba inmediatamente diciendo: «Esto es contra la regla» y aunque el silencio sea difícil de observar para hermanos que trabajan juntos, se ha notado sin embargo que él lo observaba siempre en las oficinas y otras partes.

Amaba mucho la pobreza, y ha pasado dos inviernos con un solo hábito de tela muy usado; y cuando querían darle otro mejor, se excusaba y actuaba de manera que le dejaran el suyo, que creía suficiente para él; no tuvo más que un abrigo ligero y corto durante todo el invierno pasado, que ha sido riguroso y largo; recogía todas las cosas pequeñas que valían poco o nada, y las conservaba para servirse de ellas a su tiempo y lugar. Era enemigo de las ociosidad y muy dado al trabajo. Su oficio era la zapatería, de donde no salía nunca a menos que la obediencia o un bien mayor le llamara a otra parte, y no habría perdido un cuarto de hora por lo que fuese. Durante la fiebre cuarta, los días libres, volvía a su trabajo e incluso, en el acceso de la fiebre, arreglaba la ropa, prestaba servicios en la enfermería y a los enfermos de la casa con tal asiduidad, que edificaba mucho.

Pero su caridad no se vio tan sólo en eso; estaba siempre listo para ayudar a sus cohermanos en sus oficios, mientras se lo permitía el suyo, sin que se lo pidieran, sobre todo los días libres de domingos y fiestas. Iba a ofrecerse para ayudar, bien a la cocina, bien en le despensa o en la panadería, o en el horno, y con frecuencia en todas partes, hasta encontrar la ocasión de poder ayudar a alguien. Llevaba a su habitación todas las bayetas sucias; acogía con agrado toda petición de servicios, y en el exceso de su corazón se mostraba pronto a hacer incluso más de lo que se le pedía. Sin embargo, su amistosa condescendencia no le impedía ir a pedir permiso al superior, sin que lo supiera su cohermano, cuando debía permanecer largo tiempo fuera de su oficio, para santificar su trabajo con el mérito de la obediencia; y cuando no tenía permiso, se excusaba con tanto sentimiento y dulzura, que se lo agradecían igualmente.

Era tan bueno y tan dulce en sus maneras con todo el mundo, que querían tratar con él, siempre se quedaban edificados con su conversación. Jamás se le ha visto triste, sino siempre contento, porque su alma estaba llena de su Dios; y hasta consolaba sus hermanos a quienes veía abrumados de trabajo y, al ayudarlos de buen grado, los animaba con una ternura fraterna. Le sucedió que pasó dos o tres noches sin acostarse, por las ocupaciones extraordinarias producidas en la casa por los disturbios de París.

Pero tan manso y paciente era con los demás, como severo y duro consigo mismo. sin duda no era una pequeña mortificación estar dispuesto a toda hora a hacer los deseos de los demás y nunca el suyo. Se levantaba siempre a la misma hora, nunca tomaba descanso, ni desayunaba nunca, aunque le insistieran en hacerlo; con frecuencia iba en ayunas al campo, hacia la hora de la comida; y cuando le dejaban la libertad de comer antes de salir, él decía: «¿Quiere que salga al instante? Estoy preparado para ir sin comer, tan dueño era de sí mismo y de su apetito. Una noche, habiendo llegado tarde, y retirado el refitolero, no encontró más que agua para cenar, y con ello se contentó. En varias ocasiones no quiso tomar nada en la cena por no molestar a los hermanos después de las 8 de la noche. Se contentaba cuando le faltaba algo; nunca pedía nada para sus necesidades; no se preocupaba en absoluto si estaba bien o mal, sano o enfermo; y durante su enfermedad, nunca se le escapó una queja, ni porque se tardara en visitarle, ni porque no le dieran lo que necesitaba; y nunca ha dado la menor señal de impaciencia por el mal que padecía, y él era el primero en consolar a los demás. El día que se  vio obligado a guardar cama en su última enfermedad, como tenía un gran dolor de cabeza, un hermano de dijo: ¿Hermano, os sentís mal, no? Él respondió: El remendón no sirve para nada, convirtiendo en broma lo que habría causado aflicción de otro y, hasta su muerte conservó la hilaridad y júbilo de espíritu, fruto de su mortificación que le hacía reprimir los primeros movimientos de la naturaleza, siempre inclinada a quejarse cuando se trata de sufrir. Un hermano, para decir que nuestro difunto estaba mortificado hasta el último momento, se sirvió de esta expresión: estaba mortificado hasta el cuarto grado.

Cuando el Sr. Galais, que le había recibido en la Congregación, se lo llevaba a Misiones, seguía siempre a pie a su caballo, haciendo a veces hasta dieciséis o dieciocho leguas al día. Y aunque el Sr. Galais le rogara que fuera despacio y no se diera tanta prisa, hacía todos los esfuerzos para alcanzarle, como él mismo ha dicho. El Sr. Galais le había tomado tal estima, que le quería siempre consigo con preferencia a todos los demás, y aun con la fiebre cuarta, se empeño en llevarle  a una gran misión que dio en la Isla-Adam.

Tenía la esperanza de que el cambio de aire le iría bien; pero Dios no quiso, ya que un fuerte cólico le llevó casi a la muerte, y el Sr. Galais se vio obligado a llamar de prisa a un hermano cirujano. El hermano Simón nada más verle, exclamó muy sorprendido: Ah, Dios mío, y ¿por qué, hermano mío, os habéis sacrificado de esa forma?  – ¿Por qué va a pensar en mí, miserable, la Congregación que he hecho tanto mal en el mundo?» Luego, abandonándose por completo a todo lo que se pedía de él, no rechazó ni medicinas ni otra cosa, y allí, como en San Lázaro, tuvo siempre una perfecta obediencia, sea al enfermero, sea a los que le cuidaban.

Su humildad y su agradecimiento para con dios y los hombres eran extraordinarios. No quiso nunca que se le llamara maestro zapatero, sino remendón, y bromeaba quitándose el gorro con este nombre para divertir a los de la enfermería; Estaba feliz con todo lo que tiene de abyecto y humillante su oficio; y aunque trabajar muy bien, decía que no sabía hacer nada bien. Agradecía a todo el mundo por la menor atención y sobre todo por los consejos que le daban; los recibía tan bien, que animaba a que le continuaran la misma caridad, cuando se necesitaba. Y si alguna vez se sentía obligado a dar algún consejo. Lo hacía con tanta mansedumbre, que no era ofensivo. Tenía una gran idea de la bondad de Dios. » Qué bueno es, decía, qué bueno, qué amable pues acoge y soporta  a pecadores como a mí!» Pensaba mucho en su misericordia infinita, y le daba gracias continuamente.

Su celo por la salvación de los pobres era notable. No sólo había entrado en la Congregación para esto, sino que experimentaba un gran gozo cada vez que debía acompañar a algún sacerdote a misiones; pues él sabía que iba a contribuir a lo que agrada tanto a Dios: la salvación de las almas. Decía que los escándalos de los hermanos en misión son de un gran daño y muy reprensibles si desprecian sus oficios o se muestran disipados. Se creía indigno de este empleo y a este efecto, se encomendaba con frecuencia a las oraciones de los demás, como para todas sus necesidades espirituales.

Estas son las señales de su piedad. Cada día recitaba el rosario de la santísima Virgen, tres veces las letanías de la Virgen y de Nuestro Señor, que se sabía de memoria; luego hacía alguna oración al Santísimo Sacramento y otras oraciones a sus santos `protectores para ganar indulgencias. No dejaba nunca el examen general y particular, incluso con la fiebre, y exhortaba a ello a los demás enfermos. –Cuando gozaba de salud, no faltaba nunca a la oración, y era uno de los primeros en llegar, como a todos los ejercicios comunes, sin buscar pretextos para dispensarse; de una gran fidelidad en observar sus resoluciones y las menores prácticas de la Congregación; de una gran constancia en adquirir las principales virtudes, sobre todo las que forman el espíritu de nuestra vocación; y nos extralimitaríamos si quisiéramos referir todo lo de sus virtudes; pedía perdón a Dios en el curso de su enfermedad, por todas sus faltas, como si fuera el más imperfecto de los hombres. –En el momento de recibir el santo viático, quiso bajarse del lecho y ponerse de rodillas, lo que no le fue permitido. Después de recibir al buen Dios, se mostró lleno de gozo

No se dice nada de sus actos de fe, de esperanza, de caridad y de contrición, que fueron innumerables, ni de su constante indiferencia por la vida o la muerte, ni de su confianza en la pasión de Nuestro Señor: sería demasiado largo decirlo todo; su santa vida nos es suficiente garantía de que estaba bien dispuesto a dejar esta tierra para ir a recibir la recompensa que Dios promete a sus fieles servidores.  Como conclusión, el Sr Vicente, nuestro honorable Padre, dice: «Oh, qué cosas tan hermosas, Señores, qué cosas más hermosas las que hemos oído de nuestro hermano coadjutor, que no ha estado con nosotros más que dos años o tres, y qué cantidad de virtudes hermosas, divinas. Oh Dios mío, Dios mío. Que vuestro santo nombre sea siempre bendito. Qué motivo más grande para nuestros hermanos, un gran motivo de edificación para nuestros clérigos, y un gran motivo de confusión para mí, miserable que escucho, y que soy un miserable pecador… Oh Dios mío… el Sr. Duval, que era un gran doctor de Sorbona y mayor todavía por la santidad de su vida, me dijo un día: Veis, Señor, esta buena gente nos disputan la puerta del Paraíso, y se lo ganan, ¡cómo es posible! ¿Acaso la ciencia y las demás cualidades honorables impiden nuestra santificación? No, son nuestras propias miserias. Lo que debo deciros con ocasión de esta charla es que nunca he observado un solo defecto en este joven, ni uno sólo. Cuando le hablaba me parecía ver en él a un ángel sin mancha, a un hombre lleno de gracia, de humildad. De obediencia, de mortificación, de dulzura, de piedad, de fervor. Todas estas virtudes estaban en él, al menos en un grado más que mediocre.

(En estas palabras, el Sr. Vicente fue interrumpido por un hermano, que había hablado ya y que, habiendo omitido algo, pedía permiso para contárselo a la Compañía). Ah, hermano mío, dijo el Sr. Vicente, está a punto de tocar para el coro, y hay tantas cosas que decir de las virtudes  que se han observado en este buen joven, que varias horas no son suficientes. Hay aquí tanta gente que le ha conocido y no nos queda tiempo para que nos comuniquen  todo el bien que han visto; por ello no sé si debemos remitir este asunto a otra conferencia para la edificación común, y para mover nuestra frialdad; ya lo pensaremos. Entretanto que todo sea dicho para la gloria de Dios y edificación de la Congregación; que Dios nos dé la gracia de aprovecharnos del suave olor que se ha expandido en nuestros corazones. Ah, si las virtudes pudieran verse como se ven las plantas que brotan de la tierra, qué apreciables serían en un pobre cuerpo. Si se avanzara más adentro en nuestro interior, cuántas cosas excelentes se encontrarían como las que se han dicho. Mientras tanto, demos gracias a Dios por las gracias que nos ha dado en este bueno hermano Simón, y pidámosle que nos haga la gracia de imitar sus virtudes. Y por hoy: In nomine Domini».

 

 

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