Nuestra casa de Sarlat tuvo el dolor de ver morir en su seno, el 8 del mes de junio de 1741, al Sr. François Salbaing, nacido en Sainte-Livrade, diócesis de Agen, el 18 de agosto de 1699, y recibido en el seminario de Cahors el 9 de agosto de 1712.
En un principio ocupado en las misiones, las interrumpió en 1725 para explicar la Escritura santa en Sarlat; pero pronto volvió en Nuestra Señora de Buglose. Se asegura que trabajó siempre en esta santa función con un celo infatigable, y que fue siempre el buen olor de Jesucristo. Volvió a Sarlat para dirigir allí las misiones, ya que había recibido de Dios grandes talentos para este empleo. Un espíritu justo y esclarecido, con mucha caridad, le hacía actuar con acierto en las reconciliaciones y demás asuntos difíciles que él concluía siempre para la mayor gloria de Dios y ventaja de los que él sabía inclinar a sus decisiones. Era el ángel de la paz y el padre de los pobres.
Disponía de una gran viveza de espíritu; de ella se servía para animar y aumentar su celo; por lo demás, tan atento sobre sí mismo para evitar las faltas que podían seguir de este ardor natural, que el Sr. Monin, su superior, escribe que nunca ha tenido que reprocharle nada sobre este particular, su virtud y su religión frenándole en todas las ocasiones críticas. Habiendo sufrido mucho en la campaña última, querían obligarle a tomar algún descanso por Pascua, pero su celo se opuso a ello, haciéndole redoblar su insistencia para que le dejaran una vez más dar una misión en un lugar donde los pueblos bien dispuestos daban motivos de esperar un feliz éxito. Pues se fue, haciendo efectivamente mucho bien; pero regresó abrumado por un agotamiento que le ha llevado al final.
Sus últimos sentimientos han respondido a la buena vida que había llevado. Todos sus pensamientos se volvían a Dios. Dos días antes de su muerte pidió que le administraran el santo viático, le recibió con todos los sentimientos de edificación y de piedad que se podían esperar. Le recitaron también según sus deseos las oraciones de la recomendación del alma, a las que respondió con tanta firmeza como piedad. Su espíritu se conservó presente en sí mismo hasta el fin. Besó con frecuencia, con toda la ternura de un verdadero discípulo de Jesús crucificado, la imagen de este Dios redentor que tenía entre las manos; y cuando su debilidad no le ha permitido ya sostener el crucifijo, ha pedido que se le colocaran en el pecho. Repetía a menudo y con mucha devoción estas palabras del profeta-rey: Quid mihi est in cœlo ? et a te quid volui super terram ?… Deus cordis mei et pars mea Deus in æternum. Y en estos sentimientos se murió, pidiendo a Dios que aceptara el sacrificio que le hacía de su vida. – Anciennes Relations, p. 373.







