Francois Filippi (1700-1751)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
Estimated Reading Time:

   El Sr. François Filippi nació el 19 de febrero 1700;  entró en la Congregación de la Misión en  1723 y murió en Florencia, el 19 de marzo de 1751.

Tenemos a la vista la traducción manuscrita de una Vida del Sr. François Filippi, sacerdote  de la Misión, por el Padre Vera, de las Escuelas Pías de Florencia. Trascribimos de ella los edificantes detalles que siguen.

El padre del Sr. François Fipippi era de una familia muy distinguida y supo él mismo unir a la nobleza  de la sangre y a la diversidad de los empleos militares la piedad de una vida verdaderamente cristiana. Se casó con Victoria Landi; ella era hija de Jean-Baptiste Landi, conde de Garigliano, hombre tan eminente en toda clase de virtudes que podía ser propuesto como el modelo de gentilhombres. Tuvieron seis hijos de los que tres eran varones: François fue el más joven de estos.

   Después de comenzar los estudios en Velletri, vino a continuarlos en los colegios de Roma. Fue en esta ciudad cuando, en 1723, habiendo tenido la ocasión de hacer los ejercicios del retiro con otros varios jóvenes en la casa de los sacerdotes de la Misión, en Monte Citorio, se decidió a entrar en su Congregación. Allí fue admitido en el mes de octubre de ese mismo año.

Después de su noviciado, hizo sus estudios de filosofía en la casa de Monte Celio o de los Santos Juan y Pablo, situada un poco a las afueras de la ciudad de Roma; Fue luego a hacer su teología a la casa de Monte Citorio. El biógrafo destaca aquí  la discreción y la moderación que el Sr. François Filippi puso siempre en práctica durante el tiempo de sus estudios, ya que mortificó esas prisas que los jóvenes de talento tienen ordinariamente por saber mucho en poco tiempo. Siguió pues el consejo del Apóstol non plus sapere quam oportet sapere. No le importó mucho saber más de lo que suponía  su posición de estudiante, sea por los libros que leía, sea por el tiempo que dedicaba al estudio. Sin esta inteligente moderación, la salud de los jóvenes se altera a menudo notablemente. Conservó este modo de obrar durante toda su vida.

Desde el comienzo de su seminario, le entró un gusto particular por la lectura de las obras de san Francisco de Sales. Tan prendado quedó que resolvió imitarle a toda costa. Se complació en hacer un extracto de las obras del santo y formó un pequeño tratado que tituló: Espíritu de un verdadero y perfecto  misionero según la vida y los escritos de san Francisco de Sales. Este libro es un compendio de las máximas, de los sentimientos y de las palabras de este santo, distribuidos según  las virtudes a las que se refieren. Esta obra le era muy querida y se servía de ella en toda ocasión para conducirse él mismo y para gobernar a los demás. Este estudio especial de san Francisco de Sales imprimió un sello particular a la vez de dulzura y de celo, en toda su vida. Se verá, no fue tan solo un discípulo, sino, por su dulzura, un émulo de este amable santo.

Durante el tiempo de su escolasticado, no consideró sus estudios  como el objeto  absorbente de su aplicación, sino como un medio de hacerse apto para desempeñar los deberes de su vocación. Por eso quiso siempre dar el primer puesto en su corazón a la piedad y a la virtud, ya que había aprendido de san Francisco de Sales a quien amaba tanto: » Que la verdadera devoción no solo no echa a perder nada, sino que además es útil  en todo  y perfecciona todas las cosas y que el tiempo que se emplea en el servicio de Dios es después, por la bondad divina, abundantemente compensado  por las bendiciones que acompañan todo cuanto se emprende  por su gloria «. El amable Sr. Filippi tenía costumbre de decir: » Al tomarse el tiempo debido a los ejercicios de piedad, para dárselo al estudio, se perjudica a Dios, a la Congregación, a su alma y al prójimo. A Dios, porque se le quita el culto que le es debido por parte de un misionero ; a la Congregación, porque sin estos ejercicios no se puede vivir en su seno con el fervor y la regularidad que ella reclama, lo que produce un perjuicio a toda la Compañía ; a su alma, porque se la priva del mejor medio que tenga de trabajar en su perfección, y por último, al prójimo que no puede sacar de un  misionero menos unido a Dios los servicios que le habría prestado un hombre verdaderamente apostólico «.

Una vez ordenado sacerdote, fue primeramente enviado a Perusia donde se entregó con inteligencia y devotamente a la dirección de los clérigos que le fue confiada. Su sueño había sido trabajar en las misiones, pero se entregó con valentía a esta nueva función, mientras se decía que formar a los futuros sacerdotes de las parroquias era como si se evangelizara él mismo estas parroquias.

Algún tiempo después, fue empleado en las misiones en Mormanno en primer lugar, en la Calabria, luego como superior sucesivamente en Perusia en 1743, y en 1747 en Florencia, donde murió. Dar misiones fue la gran ocupación de su vida, pues estaba lleno de celo y sobresalía admirablemente en sus predicaciones.

Durante el tiempo que se daban varias misiones en la ciudad de Roma, un prelado sabio que había oído ya  en otra iglesia a un predicador famoso hablar del infierno, oyó al día siguiente al Sr. Fulippi predicar sobre el mismo asunto, tras lo cual dijo temblando : «He oído dos sermones sobre el infierno : uno sobre el infierno en pintura por el orador, y el otro sobre el infierno verdadero por el Sr. Filippi, y echándose a sus pies, le rogó por el amor de Dios y por el bien de las almas, que no omitiera nunca este sermón : «Porque, dijo él, yo sé bien la gran brecha que ha hecho en todo el pueblo».

Ejerció siempre este ministerio de la predicación con el respeto debido a su soberana dignidad y a la cualidad de esta profesión apostólica. Al mismo tiempo que trataba a palabra de Dios con la majestad que le pertenece, él se esforzaba en revestirla en todo lo que permite el arte al orador cristiano. Para atraer a los espíritus y llevarlos al fin deseado. Él mismo ha expresado varias veces sus convicciones sobre este asunto. Uno de sus cohermanos le decía en cierta ocasión que en las predicaciones de las misiones » había que mostrar simpatía «. El Sr. Filippi le respondió que los apóstoles  observaban todas las reglas de la conveniencia y de la oportunidad en sus discursos, como se ve en el de san Pablo a los Atenienses; que los santos Padres, sobre todo san Agustín y san Crisóstomo, en sus homilías, habían puesto por obra todos los recursos de la retórica a la vez la más hábil y la más cristiana.

Su celo era ardiente. En su compendio de máximas, el Sr. Filippi, hablando de la virtud del celo, trae entre otras autoridades las de san Ambrosio y exclama con este santo: «¡Oh qué feliz es quien conoce la ciencia del celo!»

Su celo era también muy dulce y lleno de caridad. Tenía con los pecadores un amor muy grande que se traducía en actos de una tierna y viva compasión. Y si alguna vez advertía o que la gente no acudía en masa a los ejercicios de la Misión, o que el fruto no respondía a los trabajos, en lugar de reprender a los perezosos o a los que se resistían, se echaba a sí mismo la culpa, diciendo que tal vez, por sus propios pecados, él impedía la efusión de las divinas misericordias. Adoptaba incluso la defensa de los pecadores cuando veía a alguno de sus cohermanos entregarse a invectivas contra ellos. ¡Ah, amor propio, exclamaba, amor propio! Querríamos que en todas partes todos tuvieran los oídos abiertos para escucharnos. Nuestras misiones no son tan fervientes, ni tan santas como las de Nuestro Señor en la tierra, y no obstante, con toda su omnipotencia, con sus milagros, en tres años de predicación, no convirtió más que a un pequeño número de personas». Con tales máximas es como ejerció el ministerio tan útil a los fieles de las santas misiones, dejando por todas partes los ejemplos  más señalados de paciencia y de entrega. Durante un invierno muy riguroso, daba la misión con varios de sus cohermanos; habiendo oído que, a consecuencia de las nieves abundantes, los habitantes de un pueblo situado en lo alto de una montaña no podían tomar parte en ella,

Movido a compasión por aquella pobre gente resolvió ir él mismo a verlos y darles al menos algunas instrucciones para poder luego hacerles recibir con fruto los sacramentos. Subió pues a caballo, y sin miedo a la gran cantidad de nieve que habría sido suficiente para desanimar a los más decididos, se puso en camino; no quedaba ni rastro del camino; la nieve caía espesa; pero lleno de confianza en Dios, se dirigió a su propósito. La nieve que le cubrió pronto y el frío intenso formaron pronto como un solo copo con toda su persona; no pudiendo ya moverse, soltó la brida de su caballo, y este, guiado únicamente por la Providencia, franqueó con muchos esfuerzos todas las barreras de nieve y llegó felizmente al pueblo deseado. El primero que le vio en ese estado  fue un pobre hombre que salía de su casa y que, tan sorprendido como impresionado de compasión, exclamó: » ¡Ah, padre mío, padre mío, estáis muerto! Pero ¿adónde vais? ¿qué venís a hacer por aquí con este frío? » Y tomándole, le apeó lo mejor que pudo y se lo llevó a su casa para calentarle poco a poco. El Sr. Filippi ejerció luego con fruto su ministerio apostólico entre aquella población.

El biógrafo del Sr. Filippi menciona la palabra de san Bernardo quien, escribiendo la vida de un siervo de Dios decía que se fijaría en las cosas que imitar más que en las que solo son para admirar.  Es el caso de hacer lo mismo. El Sr. Filippi pagó el tributo a su ardor natural y, en cuanto a la predicación, al gusto extraordinario de su tiempo. Si quisiéramos citar las cosas admirables y no  imitables, habría un bastante gran número en la vida del Sr. Filippi. Por ejemplo, joven todavía, imprimió en su carne con un hierro al rojo el nombre de Jesús, según parece. –En sus predicaciones, había también cosas inusitadas y que no eran aprobadas de todos, incluso entonces; por ejemplo lo que él llamaba «el sermón de la cabeza de muerto » donde uno de los cohermanos vestido de negro paseaba por el auditorio una cabeza de muerto mientras que el Sr. Filippi discurría desde el púlpito contando lo que había  aquel cuya cabeza se mostraba, lo que era, lo que sería durante toda la eternidad. – La predicación del Sr. Filippi producía sorprendentes conversiones. A este propósito  » un personaje distinguido, dice su biógrafo (p. 203), relata  que cuando el Sr. Filippi estaba en el púlpito, había visto varias veces a su lado a otro personaje, lo que le había hecho concluir que era su ángel de la guarda y que este le inspiraba lo que debía decir para el bien del pueblo «. A su muerte, » una persona piadosa, que no ha querido ser nombrada, ha dicho que le había visto entrar inmediatamente en la gloria del cielo «.

El lector puede hacerse así una idea de la biografía del Sr. Filippi.

Hablemos ahora de su conducta como superior. Tuvo un gran respeto por la regularidad y una muy grande atención a ejercer su oficio con bondad. Le venía con frecuencia a la boca la palabra del Apóstol: omnia honeste et secundum ordinem fiant: » Que todo se haga convenientemente y según el orden «.

Decía también a menudo que en las comunidades donde no reina el  buen orden, nadie se halla bien  y que pronto no hay más que desorden y confusión.

La grande solicitud que tenía para mantener en su vigor la regularidad de la vida común, le mantuvo, añade su biógrafo, continuamente atento a tratar con respeto a sus inferiores y a proporcionarles todo lo que les era necesario. Esta atención edificó mucho a un Superior distinguido de una Orden respetable quien, habiendo frecuentado por mucho tiempo, en una amistad entera y familiar  al Sr. Filippi y a sus cohermanos, se creyó autorizado a dar por escrito el aprecio siguiente que transcribimos: » En su manera de dirigir, he admirado varias veces el tacto verdaderamente notable y lleno de dulzura y de delicadeza con aquel a quien mandaba y obtenía una pronta obediencia. Se daba a conocer por su caridad, su humildad, su dulzura y también por su vigilancia y su atención a que todos los oficios estuvieran provistos de todo lo necesario, y a que cada uno tuviera lo que necesitaba. Recuerdo que siendo llevado por él al vestuario, me sorprendió verle tan bien aprovisionado. Eso unido a sus demás buenas cualidades, hacía que, en la casa, reinaba una gran unión y una paz profunda, estando todo el mundo contento y no teniéndose que ocupar de otra cosa que de servir a Dios y al prójimo en las Misiones, como en efecto se entregaban todos  con fervor y gran provecho de las almas y con gran edificación de toda la ciudad». No sucedió más que una vez en Florencia que introdujo algún cambio en el ordinario de la mesa y eso con ocasión de un hambre que reinaba en la ciudad, imitando así a san Vicente que, en parecidas circunstancias, para aplacar la cólera de Dios, sometía a sus hijos a alguna privación en su alimentación ordinaria    por otra parte frugal y moderada. Fuera de ese caso, que duró poco, trataba siempre bien a su numerosa familia. Era incluso del parecer que en este aspecto los Superiores debían pecar más bien por exceso que por defecto, teniendo siempre en cuenta de guardar los límites de una discreta frugalidad.

Mostró cuánta importancia concedía a este punto en una conferencia que dio a sus cohermanos sobre este tema. En esta conferencia, les dijo entre otras cosas que hallándose todavía en Perusia, se había ido a ver la ermita de los Camaldulenses llamada Monte Corona: «Allí, dice él, hablé con el General de esta Orden, gran siervo de Dios. En el curso de la conversación, con mucha sencillez y franqueza, me descubrió que habiendo para gran satisfacción suya la visita general de su Orden, no se había encontrado un solo monasterio en que los religiosos estuviesen descontentos; menos uno,  y esto por una única razón; y es que cierto día ellos deseaban unos pescaditos salados y que se los habían negado. Llamó al prior y le preguntó cuánto costaría todo el año si se concedía esta satisfacción  a los religiosos. El prior respondió que ascendería a diez escudos. ‘Pues bien, dice el General santamente irritado, vaya un gasto más grande! Ah, querido, y por diez escudos tenéis descontentos continuamente a tantos siervos de Dios que se emplean día y noche en cantar sus alabanzas! ‘ Yo quedé muy edificado, añadió el  Sr. Filippi,  por esta discreción del siervo de Dios y consentiría que todos los Superiores aprendieran de él a hacer lo mismo «.

Si su vigilancia estallaba, no se podía negar el modo como atendía las necesidades corporales y las enfermedades de sus inferiores, la solicitud que tenía para las necesidades de su alma era mucho más aún. Más que nadie se dedicaba a procurarles el adelanto espiritual a los hermanos coadjutores, como siendo los que más instrucción y ayuda necesitaban; empleaba todos los medios para llevarlos a la perfección según su estado. Con frecuencia les recordaba  qué respetuoso debían ser con los sacerdotes y educados con los externos; decía que el buen nombre de la Congregación descansaba en gran parte sobre ellos, ya que eran los primeros que se encontraban con las personas que entraban en casa y porque ellos se veían obligados a menudo a salir para ir  bien a la ciudad, bien al campo para los asuntos de la Congregación. El Sr. Filippi seguía la máxima de san Felipe de Neri que quería ver reinar la alegría siempre entre sus hijos espirituales  y usaba de todos los medios para conservarla entre los suyos. Decía que era necesaria para mantener en la casa la paz, la caridad, la devoción y la regularidad. Por eso disfrutaba viendo a todos los cohermanos  divertirse juntos, en una santa cordialidad durante la hora del recreo. Una vez, alguien con un humor un poco serio acusaba de ligereza ciertos rasgos un poco alegres, que se permitían varios jóvenes cohermanos, y no pudo por menos que manifestar su disgusto y hacerles amargos e inoportunos reproches: el Sr. Filippi se volvió hacia él » Señor, dijo, este tiempo está dedicado al recreo, no se debe cambiar en tiempo de corrección «.

Por una conducta tal y como acabamos de plantear, se ve que, el Sr. Filippi de esforzaba en su cargo por agradar a Dios y por no producir la menor pena  a sus inferiores no más que a la gente de fuera. Sin embargo, el Señor permitió que, en los comienzos sobre todo, experimentara ciertas contradicciones inevitables, por lo demás, en las comunidades mejor regladas, donde se encuentra un gran número de personas, de vistas, de humores  e inclinaciones  diferentes. Reconoció por su propia experiencia en varias ocasiones la verdad  de lo que había dicho san Vicente de Paúl animando a Superiores de otras Órdenes a cumplir con valentía su difícil empleo: «Debemos, dice este santo, persuadirnos que las superioridades, aunque tengan en apariencia algún brillo, tienen sin embargo por dentro sus espinas que no dejan de hacer sentir sus pinchos a aquellos que quieren desempeñar sus deberes por completo. No obstante, no hay que perder la paciencia». El Sr. Filippi, en esas circunstancias, no quería otro consuelo que el que venía de Dios, el cual en la sagrada Escritura se llama el Dios de todas las consolaciones. Entonces, se contentaba con desahogar dulcemente la amargura de su corazón al pie del crucifijo.

Por último, llegó el tiempo en que, después de una vida llena de trabajo y de piedad, el siervo de Dios debía recibir la recompensa. Era en 1751.

En la iglesia de la Misión, llamada de San Jacobo sul Arno (el Arno es un río que atraviesa la ciudad de Florencia), se hacían las oraciones de las Cuarenta Horas; el Sr. Filippi ya en el lecho se volvió hacia los que le asistían  y les dijo: «Yo creo que al marcharse de esta iglesia, Nuestro Señor se llevará con él la debilidad de mi cuerpo «. Varios se rieron mucho con estas palabras esperando verle pronto repuesto en plena salud; pero enseguida se vio que hablaba un lenguaje más elevado. Por lo demás, algunos instantes después, dejó a un lado la ambigüedad, ya que acercándose el sacristán  para hacerle una visita, el enfermo después de felicitarle por la suerte que tenía de estar siempre en presencia del santo Sacramento, añadió : Yo no he podido tener una sola vez la suerte de ir a visitarle estos días de oración ; pero, si no he podido ir a verle  a la iglesia, cuando se vaya de esta casa, yo iré a verle en el cielo «.

El arzobispo de Florencia, Mons. Gaetano Incentri que manifestaba  una viva solicitud por la salud del venerable Sr. Filippi, vino en persona a verle y bendecirle en la casa de la Misión.

El siervo de Dios, François-Louis Filippi expiró el año cincuenta y uno de edad y el veintiocho de su vida en la Congregación, el 16 de marzo de 1751, que era un martes,  hacia medianoche.  Era de una estatura ordinaria, bien proporcionada, tenía la frente ancha, los ojos llenos de bondad, el rostro algo pálido, pero más alegre que serio. Estaba dotado de un hermoso espíritu de un aspecto agradable y atractivo, y de un alma elevada y generosa; otras tantas cualidades que, secundadas por una fiel correspondencia a la gracia hicieron de él un hombre distinguido y un virtuoso misionero, agradable a Dios y útil a una multitud de almas.

Una vez que su cuerpo se revistió con los ornamentos sacerdotales, fue trasladado con las ceremonias acostumbradas a la iglesia de San Jacobo y se comenzaron los solemnes funerales. Una vez acabados  el 18 de ese mismo mes de marzo, se colocó el cuerpo en un ataúd de madera que fue depositado en la misma iglesia,  en el panteón destinado a los miembros de la Congregación. Pero su recuerdo no se quedó sepultado con él, y estará en eterna bendición.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *