El Sr. François Dechepy había nacido en Eu, ciudad de la diócesis de Amiens, el 11 de septiembre de 1675 y había sido recibido en el seminario de París el 20 de enero de 1692. Fuera de combate desde hacía varios años por una enfermedad que paralizaba el uso de sus piernas y de sus brazos, se ha visto reducido a la enfermería, aunque el resto de su cuerpo fuera vigoroso, y su cabeza capaz de las funciones a las que se había dedicado durante su vida. Agotado por restas debilidades, se apagó muy tranquilamente en París, fortalecido por los sacramentos de la penitencia y de la extrema unción. Las buenas cualidades que había recibido de Dios, y el buen uso que había hecho de ellas, han aumentado el dolor de ver tan pronto débil a un sujeto que habría podido trabajar aún por mucho tiempo con edificación y con fruto. Espíritu sólido, buen corazón, perfectamente formado para todas nuestras funciones y lleno de celo, él las ha ejercido sucesivamente con honor. Regente, superior de seminario, trabajando en misión, párroco, compartiendo aquí la dirección de las Hijas de la Caridad, en todas partes y en todo tiempo, se le ha visto unido a sus deberes y exacto en cumplirlos bien.
«Es Dios quien, se decía él cuando se vio encargado de Notre Dame-de- l’Épine y de la parroquia que la acompaña, es Dios mismo quien habiéndome llamado a mi estado me ha colocado también en el empleo que ocupo. Debo en consecuencia confiar en él, consultarle en mis dudas, desconfiar de mí mismo, de mi industria, de mis esfuerzos, de mi ciencia, de mis estudios, de mis prisas, sin por ello dejar de lado los medios humanos. Dios lo quiere, sería tentarle obrar de otra manera; pero debo atribuirle todo el bien y no cooperar en nada que no sea para su sola gloria, pues es solo de él de quien depende el éxito, incluso cuando yo hago todo lo que depende de mí».
Obligado a oír muchas confesiones de todas clases de personas, para desempeñar bien este ministerio había renunciado a todo miramiento humano, sin tener en consideración más a los ricos que a los pobres, no buscaba más que hacer su deber y en salvar almas. En Nuestra Señora de l’Épine, dueño de sus acciones, y bajo diferentes pretextos de honradez, de bienestar, de servicio de su parroquia, de convivencia, de servicio de su parroquia, él habría podido, sin que se le pudiera decir gran cosa, sustraerse a diversos deberes de regla, o recortar su observancia; sin embargo los que era testigos de su conducta, aseguran que no se puede ver otra más regular. Siempre de pie a las cuatro, nunca faltaba a la oración de la mañana. Era fiel igualmente en el resto del día a las lecturas de piedad y demás ejercicios espirituales, con una atención particularmente a Dios. «Eso solo, se decía a menudo, me puede hacer recoger algo para el cielo «.
Respecto del prójimo, su caridad era sincera. Él le amaba como a sí mismo, no de palabra, sino de verdad. Afable, dulce, los pobres encontraban en él a un padre compasivo, siempre dispuesto a oírlos, a consolarlos, a darles pronto y con buen corazón las limosnas que les podía repartir. Visitaba a los enfermos de su parroquia, una vez a la semana, y los edificaba con su virtud, su sabiduría y su piedad. Si estaban en peligro iba verlos con más frecuencia.
Tenía un talento especial para la instrucción de los niños: su facilidad, su bondad, su alegría atraían a sus catecismos incluso a mayores, y hacía de buen grado gastos para ofrecer a los padres y a los niños, libros propios para mantener en ellos la religión que les enseñaba.
Aunque separado del mundo y útilmente ocupado en su familia religiosa, no se negaba a la convivencia; pero su conversación era útil y sobre los temas que convenían más a las personas que venían a verle. No abandonaba nunca a los pecadores, por pertinaces que fueran.
Buen misionero, unido a su vocación, amaba a sus cohermanos, los recibía con gozo y todas las señales de una santa cordialidad, nunca más contento que cuando ellos lo estaban, prefiriendo su compañía a la de los externos y a menudo sus intereses a los suyos propios.
Su virtud, puesto que era verdadera no era ni exagerada ni incómoda. Prestaba servicios a todos; pero al tratar con las mujeres, usaba de todas las reservas más prudentes. Su máxima era, según el consejo que había recibido en le Mans en 1704, del Sr. Capperon, su primo, de no entretenerse en escuchar a esa mujeres que, so pretexto de devoción, prefieren darse importancia y perder el tiempo; no les hablaba más que en el tribunal de la penitencia, y aun así les obligaba a abreviar sus relatos, sin temor de parecerles poco complaciente o demasiado seco.
Tales eran los sentimientos, tales fueron las prácticas, las virtudes del difunto François Dechepy.
Las funciones curiales de Nuestra Señora de l’Épine constituidas ya en superiores a sus fuerzas que se debilitaban sensiblemente, se llamó a París. Todos los párrocos de los alrededores con los cuales estaba unido para las conferencias eclesiásticas, le echaron mucho de menos, porque era su recurso, su consejo, su modelo. Ocupado en París en la dirección de las Hijas de la Caridad en calidad de uno de sus confesores, desempeñó este empleo y demás funciones que le encargaron con el mismo espíritu de regularidad, de piedad, de contento. Por fin reducido a vivir en la enfermería por el progreso de sus debilidades, se mostró paciente en sus males, siempre alegre, cordial, ocupado en la piedad con una devoción que nos ha edificado a todos, y que le ha preparado a la muerte de los justos. – Anciennes relations, p. 441.







