François Calmet (????-1758)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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   Nuestra Congregación perdió en la persona  del Sr. François Calmet a un bienhechor y a un sujeto digno de los sentimientos  y de la gratitud de todos, no solo por las raras cualidades  que poseía, sino también por la aptitud  que tenía para todas las funciones del Instituto. Al entrar en la Congregación, le proporcionó varias ventajas, pues la adquisición de la casa de Villefranche du Rouergue y de sus dependencias fue obra suya. Además, todas las demás casas en que estuvo han recibido por sus cuidados grandes provechos no solo temporales, sino también espirituales. No pudo lograrlo sino con mucho trabajo, pero él soportaba la fatiga no solamente, pacientemente, sino también con un dulce consuelo. Sus trabajos continuos a fin de cuentas fueron la causa de una especie de letargo en el que cayó un mes antes de su muerte. Entonces bastaba con decirle algunas palabras sobre lo que interesaba a nuestras casas, o a la Congregación en general, para que al punto hiciera un esfuerzo y respondiera a quien le hablaba. Era el único medio de aliviarle en esta dolorosa posición que aceptaba de buen grado de la mano de Nuestro Señor. Le gustaba oír hablar en particular de la casa de Villefranche, ya que había sido párroco de esta parroquia antes de ser Misionero y había conseguido el permiso de unirla a la Congregación. No obstante, cuando le elogiaban su buen trabajo en esta unión respondía enseguida con toda humildad que no había sido obra  del espíritu del hombre sino una obra de la omnipotente mano de Dios. Había recibido del Creador raros talentos, y se había convertido en un verdadero ministro de Jesucristo  uniendo la piedad a la ciencia eclesiástica que poseía con perfección. Se prestaba con gran entrega a dar las conferencias espirituales o los retiros a buen número de eclesiásticos bien en la casa de Cahors bien en la de Rodez. Todos se edificaban con sus instrucciones y salían de ellos más instruidos en cuanto a sus deberes  y más animados de una verdadera piedad. El gran deseo que tenía de ayudar a su prójimo y el ardor de su celo incrementaron, por decirlo así, sus fuerzas con ocasión del último Jubileo para dar sucesivamente cuatro retiros de eclesiásticos, predicando en cada retiro tres y hasta cuatro veces al día.

Su virtud, su prudencia, su discernimiento le habían conciliado la estima y el respeto de los grandes que recurrían a él para pedirle consejo en sus asuntos. Sin ningún respeto humano les decía su modo de ver, con una libertad muy apostólica. A este propósito, decía que la ley de la caridad fraterna obligaba con respecto a todos y a veces más estrictamente respecto de los grandes  que respecto de la gente del pueblo, ya que estos encontraban más fácilmente a alguien que les advirtiera de sus fallos, mientras que los otros no estaban rodeados más que de aduladores que sancionan fácilmente sus excesos más graves. Su tierno amor por los pobres se manifestó sobre todo en los últimos años que fueron muy calamitosos; además de pagar de buen grado la tasa particular impuesta a este efecto, dio también otras ayudas. Aparte de esto, todos los días, durante la carestía de los víveres, hacía distribuir una escudilla de sopa a ciento cincuenta pobres, lo que hizo decir en Villefranche que si en el país hubiera habido otras dos casas que hubieran hecho otro tanto, ningún pobre habría pasado hambre.

Era de una notable puntualidad. En el transcurso de su vida sufrió males violentos y enfermedades muy largas, pero las soportó con una paciencia inalterable por el amor de Jesús su Maestro, a imitación del cual se le podía bien llamar  el varón de dolores.

Murió santamente como había vivido, el 12 de enero de 1758, fortalecido con todos los sacramentos y lleno de días y de méritos. Tenía ochenta años de edad, cincuenta y tres de sacerdocio y veinticinco años de vocación. – Anciennes Notices manuscrites.

 

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