Francisco Camprodón, Sexto Visitador

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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Nació en Taradell (Barcelona) el 27 de septiembre de 1753, ingresando en la Congre­gación en 1771, el mismo día en que cumplía diez y ocho años de edad. Hizo los votos el 11 de noviembre de 1773. Era probablemen­te hermano del P. Jacinto Camprodón, que había entrado en nuestra Compañía un año antes que él, y de quien se lee en el libro de difuntos de la comunidad de Barcelona: «Es­te señor [Jacinto Camprodón] fue sujeto de muchas luces. Se empleó muchos años en el ejercicio de las santas misiones, hacienda las funciones con mucho espíritu y con mu­cho provecho de las almas, igualmente que las que hacía en casa con los ordenandos y ejercitantes. Era muy observante y tan fer­voroso, que fue juzgado digno de ser nom­brado Director del Seminario interno de esta casa, cuyo empleo ejerció desde el año 1790 hasta el de 1796, en que fue substituído por el P. Pi, por habérsele trastornado la cabe­za, cuyo trastorno le duró hasta la muerte [acaecida el 8 de febrero de 1815]. En este tiempo vivió como solitario, y casi sin comer, comiendo sólo lo que él aderezaba, por la falsa manía en que había dado, que le que­rían envenenar».

Así que concluyó la carrera y se ordenó de sacerdote, fue el P. Francisco Camprodón dedicado a las misiones. Estuvo casi año y medio en Mallorca: De allí salió el 3 de oc­tubre de 1788 para Barcelona, y de allí para Reus, el 23 de enero siguiente. En otoño, de. 1790 le encontramos ya en las misiones de Barcelona, predicando ora las doctrinas ora las pláticas, y algunas veces también las que hacían separadamente a los eclesiásticos.

He aquí cómo narra el libro de misiones de Barcelona algunas de las que dio el P. Camprodón con otros Misioneros de aquella co­munidad: «A 22 de octubre de 1790 comen­zó la misión de Olot, donde hay 9.000 almas de comunión. El P. Gomis, director, predi­có cuarenta y dos sermones; el. P. Vallhones­ta, un sermón de ánimas y las doctrinas; el P. Escarrá, las pláticas de la mañana; el Pa­dre Francisco [Camprodón], las pláticas a los eclesiásticos, que asistieron más de cien con los religiosos carmelitas y capuchinos. Los PP. Casanovas y Tatxer, ayudaron a con­fesar. El P. Garí, después de la primera plá­tica, tuvo que retirarse a casa por enfermo. Hubo mucha concurrencia, tanto por la no­che como por la mañana, y lo mismo al confesonario, obrándose conversiones extraordi­narias, quitándose enemistades entre mu chas familias y uniéndose algunos divorcia­dos. El día de la comunión general comul­garon 10.000 personas y muchas también en los cuatro días siguientes, porque acudió mul­titud de gente de los pueblos vecinos y no pudimos confesarlos a todos. Concluyó la misión el 13 de diciembre, tornándose a Barcelona los PP. Casanovas y Vallhonesta.» Y en una nota marginal se lee: «En Olot hi­cieron los esfuerzos posibles para alcanzar de la Cámara el permiso de fundar un hospi­cio, que sería muy ventajoso; pero su Ilma. no dio la mano para ello.»

«A 26 de octubre de 1793 los PP. Gomis, director, que predicó los sermones, Francis­co [Camprodón] que hizo las doctrinas y Davíu, qué predicó las pláticas de la maña­na, comenzaron la misión de Badalona, don­de hay 2.500 almas de comunión. Al princi­pio fue fría, por estar la gente agobiada y cansada de tanto alojamiento y bagaje de tro­pas que iban y venían todos los días del ejér­cito del Rosellón; pero al último se enfervo­rizaron mucho los de la villa, tanto en oír la palabra de Dios como en confesarse; mas los campesinos de los alrededores por temor de los ladrones que hacían estragos y cruelda­des, apenas vinieron a escuchar y confesar­se, y el día de la comunión general no hubo tanta concurrencia como se esperaba, a cau­sa de la lluvia. Se concluyó el 11 de diciem­bre, y los PP. Tatxer y Llosada, que vinieron a ayudarnos a confesar los diez últimos días regresaron a Barcelona».

«A 14 de enero de 1795 los PP. Gomis, que predicó los sermones, Clariana las pláticas, Francisco [Camprodón] las doctrinas y cuatro pláticas a los eclesiásticos, y Morera, comenzaron la misión de Sitges, donde hay 3.800 almas de comunión fue muy fervoro­sa. Las mujeres querían quedarse en la igle­sia, desde las diez de la noche para poder confesarse a la mañana siguiente; pero no se juzgó conveniente permitírselo. Reconciliá­ronse muchos enemigos y convirtiéronse grandes pecadores. Nos quedamos cuatro días después de la comunión general y estuvimos continuamente ocupados en el confesonario. Se concluyó el 20 de febrero y nos retiramos a casa».

En 1796 fue el P. Camprodón de Superior a Guisona. Continuó allí trabajando en la obra de las misiones y ejercicios espirituales. Alguna vez ayudó también a sus hermanos de Barcelona, como se ve por las relaciones si­guientes: «A 14 de noviembre de 1798 co­menzó la misión en la ciudad de Manresa, distante de Barcelona unas once horas. Hay muchísimas almas de comunión, comulgando en el decurso de la misión y en el día de la comunión general y cuatro siguientes en tanto número que no se pudo averiguar, por ser tan extraordinaria la concurrencia de per­sonas de uno y otro sexo, que desde la se­gunda semana de la misión tenían asediados los confesonarios. Fue director y predicó los sermones (a excepción de tres que predicó el P. Canta) el P. Vallhonesta; el P. Francisco [Camprodón], Superior de Guisona, predicó siete pláticas al clero, las doctrinas y el día de la comunión general; el P. Prat, predicó las pláticas de la mañana, y los PP. Canta, Jener y Davíu ayudaron a confesar. Predicó también el P. Francisco [Camprodón] y con­fesó a las monjas capuchinas. Nos asistió el Hermano Valls, que quedó allí enfermo. Se terminó el 28 de diciembre».

«Vich: Se comenzó esta misión el día 13 de noviembre de 1799. La hicieron los Padres Francisco Camprodón, Superior de la casa de Guisona, director, hizo las doctrinas y nueve pláticas al clero secular y regular en la capilla de los Dolores; Melchor Sobíes los sermones, Jaime Jener las pláticas, Martín Casacuberta diez doctrinas, y Silvestre Can­ta y Salvador Prat. Fue muy concurrida, a pesar de las continuas y fuertes lluvias, que empezaron el décimo día; el confesonario no lo fue tanto en sus principios, pero fue tan extraordinario luego, que el Obispo con descendió en que tres confesásemos en el Carmen y Otros tres en la iglesia del Cole­gio episcopal, por haberlo solicitado los do- meros a instancia de mucha gente; que eran más los que no podían llegar a confesarse, que los que se confesaban, y perdían tres y cuatro días para poder hacerlo con nosotros. De las 8.000 almas de comunión, sin las muchas que vinieron de Gurb, Roda y otros pueblos de la vecindad, no podemos sa­ber cuántas comulgaron porque su Ilustrí­sima mandó se publicase que, comulgando en cualquier iglesia, se podía ganar la in­dulgencia plenaria, y por eso fueron pocas las que asistieron a la comunión general. No hubo procesión general, porque su Ilustrísi­ma no quiso alterar el Cabildo y Ayunta­miento. Se habría hecho desde la iglesia del Carmen, asistiendo sólo los Carmelitas, nosotros y los que hubieran querido, sin hábito de coro, hasta Santa Clara y plaza, si la nie­ve no lo hubiera impedido. Se concluyó día 27 diciembre, bien que hasta el día 31 se quedaron los PP. Camprodón y Prat para, hacer cinco pláticas a los tres conventos de monjas y concluir algunas funciones que ya había principiado el dicho P. Francisco Camprodón, después de la comunión gene­ral.

Fue el P. Camprodón a la fundación de la casa de Badajoz con los PP. Murillo y Zabal­za, llegando a aquella ciudad a fines de di­ciembre de 1802. En la primavera del año siguiente, cuando fue a Badajoz el Visitador P. Sobíes, al regresar, trajo consigo al Pa­dre Camprodón, que fue luego de Superior a Reus, donde estuvo hasta mayo de 1810, fecha en que llegó a Mallorca, fugitivo de los franceses. Al año siguiente le nombra­ron Superior de esta última casa, y lo fue hasta 1813. Terminada la guerra de la In­dependencia, o quizá un poco antes, regresó a la península, y se le encomendó la organización y dirección del seminario interno, ce­rrado desde 1808. Se abrió, pues, de nuevo en la casa de Guisona, en 1815, y desocupa­da por fin la de Barcelona, trasladóse a ella el P. Camprodón con ocho novicios y un postulante. Bajo la dirección de tan experto guía, se formaron los PP. Sanz, Costa, Ma­ta, Domingo, Borja, Armengol, González de Soto, el obispo Amat y tantos otros que fue­ron más adelante el sostén de las Hijas de la Caridad y las columnas de la restauración de la Congregación de la Misión en España, dejando al propio tiempo varios de ellos nombre imperecedero en Méjico y los Esta­dos Unidos. Aun después que le pusieron al frente de la. Provincia, continuó, por lo me­nos algunos años, dirigiendo el noviciado.

A fines de 1816 o principios de 1817 fue el P. Camprodón nombrado Visitador. El Vi­cario general, P. Sicardi, en su circular de enero del año últimamente citado, dice, re­firiéndose a la Península ibérica: «A pesar de las pocas comunicaciones que tenemos con las Provincias de España y Portugal, sa­bemos, sin embargo, que se mantiene allí el espíritu de observancia y de dependencia a los legítimos Superiores: cada uno se cree obligado a reconocer como tales a los esta­blecidos por la autoridad apostólica para gobernar, conforme a las reglas de la Con­gregación, las casas de dichas Provincias. Esto me aseguran varios Misioneros que me escriben. Espero que todo seguirá en buen orden, mayormente en España, bajo la di­rección del nuevo Visitador P. Francisco Camprodón, Superior de la Comunidad de Barcelona». De todos modos los misioneros españoles serán muy favorecidos por el nue­vo. Nuncio apostólico, Monseñor Giustiniani, quien después de haber hecho muchas veces los ejercicios en nuestra casa, los está prac­ticando ahora con los párrocos y confesores, para prepararse a recibir el próximo domin­go la consagración episcopal, e inmediata­mente partirá para España.

Dos años más tarde, da asimismo testi­monio del buen espíritu y regularidad de los misioneros españoles el Vicario general Pa­dre Baccari, en su circular de 2 de febrero de 1819: «Las casas de España se han dis­tinguido siempre por su minuciosa y fiel ob­servancia de las Reglas, y lo propio sucede actualmente».

Del 22 al 30 de mayo de 1817 pasó visita el P. Camprodón en la casa de Mallorca y después de leer «con detenimiento y madura reflexión las ordenanzas de las visitas anteriores —afirma él mismo— y visto que en ellas está prescrito cuanto es necesario para impedir la relajación e introducción de abu­sos y mantener la observancia regular; para vivir con espíritu y no decaer del primitivo espíritu y fervor; para desempeñar las fun­ciones de nuestro ministerio con utilidad propia y provecho de los demás, no hemos juzgado necesario hacer nuevas ordenanzas por no multiplicar escritos y repetir unas mismas cosas; sólo renovamos y confirmamos las prescritas por nuestros predeceso­res, encargando con un modo particular su más exacta puntual observancia en todos sus puntos, haciéndose escrúpulo de faltar a lo que está ordenado para el bien y conserva­ción de la Congregación».

Manda que todos los viernes, después del Capítulo, se vayan leyendo todas las ordenanzas y avisos anteriores, para que se tengan presentes y no se pueda «alegar excusa de que se ignoran o no obligan… Os roga­mos, pues, señores y hermanos míos, y os exhortamos en el Señor que arregléis vues­tra conducta a las sabias y pías disposicio­nes de nuestros predecesores, tan conformes a las Reglas, al Reglamento y Decretos de las Asambleas… Las críticas circunstancias de un siglo tan infeliz, como el que estamos, debe empeñarnos a esto y a una regularidad mayor. Alcanzamos por nuestra desgracia unos tiempos los más calamitosos, en que parece que todo el mundo, por influjo de una chusma de incrédulos y libertinos, conspira contra el estado eclesiástico, de quien nos­otros por nuestro Instituto debemos ser la luz y el modelo… ¡Qué desprecio y retiro del mundo, qué moderación y desinterés, qué ‘circunspección y reserva, qué modestia no debemos manifestar en toda nuestra condue­la! En todo tiempo y lugar debemos derra­mar el buen olor de Jesucristo, siendo un espectáculo de virtud y regularidad a todos los hombres».

Recomienda de un modo especial la regla del silencio, tan importante para el propio aprovechamiento y edificación de los exter­nos y de los que se retiran a nuestras casas, y termina con estas encendidas palabras: «Considerando que la caridad, la santa unión, la paz y buena armonía es el mayor bien que puede tener una comunidad y ori­gen y manantial de otros infinitos bienes, os exhortamos a mantener este tesoro tan precioso, sufriéndoos mutuamente y sobre­llevando sin murmuración los unos los de­fectos de los otros, para que de este modo el Dios de la paz y dilección habite con vos­otros y os colme de todas las felicidades es­pirituales y temporales».

Durante el mes de agosto de aquel mismo año pasó también visita en la casa de Bar­celona. Encarece asimismo la guarda y ob­servancia de las ordenanzas y avisos de sus predecesores, donde se halla cuanto es nece­sario para santificarse y ejercer dignamente los ministerios «con utilidad propia, prove­cho de las almas y crédito de, la Congrega­ción». Con el fin de animarlos a guardarlas fielmente, después de repetir casi las mis­mas palabras que dejó escritas en las de Ma­llorca, añade: «Sabemos muy bien que uno de los motivos que han tenido y tienen los libertinos e incrédulos del día para desacre­ditar el estado eclesiástico, así regular como secular, ha sido y es la relajación introduci­da en el lugar santo, en muchas religiones y corporaciones ‘eclesiásticas: al ver que mu­chas de ellas, abandonando su antiguo fer­vor, su primitiva delicada observancia, la atención a Dios, el cuidado de su santifica­ción y el retiro y separación del mundo, han abrazado un método de vida muy ajeno, e impropio de su estado, y aún contrario a su profesión, dejándose ver todos los días en el mundo, en las plazas y calles y en los pa­rajes más públicos sin regla, sin gravedad, sin modestia y con la misma libertad y de­rramamiento de vista y sentidos que los se­glares más relajados, sirviendo más bien de escándalo, que de edificación, y derramando antes el olor de muerte que el de Jesucris­to. ¿Qué sería, pues, de la Congregación si tal fuese la conducta de los misioneros? ¿Si dejado el retiro y disgustados de la soledad de los cartujos que deben guardar en el tiempo que están en casa y que con tanta edificación guardaron nuestros mayores, se viesen frecuentemente vaguear por la ciu­dad, sólo por gusto e inclinación, y tratar con los seglares por diversión y pasatiempo, sin necesidad o grande conveniencia? Per­derían el crédito y estimación, y no forma rían de nosotros el concepto que es necesa­rio tengan para que nuestros consejos y exhortaciones y todas nuestras funciones sean útiles y fructuosas».

Censura la conducta de algunos que, cuan­do salen de paseo, muestran inclinación a ir por los sitios más concurridos, hablar con los amigos y conocidos, adquirir noticias im­pertinentes y hacer visitas sin licencia del Superior. «Rogamos a todos guarden la loable costumbre de los antiguos, y recomen­dada por los Visitadores, de salir a pasear fuera de la ciudad y de no entrar en ella, sino cuando es necesario o muy conveniente, y de no presentarse en parajes de con­curso para satisfacer la curiosidad, cosa que desdice de nuestra profesión… Pero cuando la caridad o necesidad nos precisa ir por la ciudad, sea entonces con aquella modestia, gravedad y circunspección que corresponde a nuestro estado, acordándonos que por ra­zón de nuestra vocación debemos ser la luz y el modelo del clero».

«El celo de la salud de las almas —prosigue— es la virtud característica de un Misionero, y no lo sería, sino en apariencia el que no estuviese animado de él, ni cumpli­ría con su obligación el que perdiendo el tiempo en un trato sobrado con los exter­nos, o viviendo ocioso, no se aplicase al es­tudio necesario para desempeñar dignamen­te el confesonario y las funciones propias de nuestro Instituto; ni hasta que se dedi­que a una sola, sino que en cuanto su ca­pacidad, talento y salud alcanzan, debe apli­carse a las demás, y estar preparado para hacerlas siempre que la obediencia lo orde­ne, pronto y dispuesto a salir a las misiones a la menor insinuación del Superior: esto es lo que manda la Regla y a lo que nos obli­gamos. ¡Qué lástima, pues, sería que por aplicarnos a negocios frívolos e impertinen­tes, y puede ser ajenos e impropios de nues­tro estado y tal vez prohibidos por la Regla, perdiésemos miserablemente el tiempo, nos dispensásemos del estudio necesario, no es­tuviésemos preparados para hacer bien las funciones y abandonáramos la principal de nuestras obligaciones! Por las entrañas de Jesucristo os exhortamos, señores y herma­nos míos, a seguir el ejemplo e imitar la con­ducta de tantos Misioneros que viven conti­nuamente aplicados en componer, perfec­cionar y aprender las funciones de nuestro Instituto y ministerio, y se hacen el mayor escrúpulo de perder cualquier instante de tiempo, sintiendo mucho el que les visite al­gún externo, y dando de mano a todo trato superfluo que, a más de impedir la aplica­ción, disipa y hace perder el espíritu». Debe manifestarse el celo en la guarda fiel del re­glamento y loables costumbres de los ante­pasados.

Les exhorta, por último, a la caridad fra­terna, cumpliendo exactamente cada cual con su oficio, a la observancia del silencio y retiro del mundo, al trabajo y a la corres­pondencia a la vocación, para ser Misione­ros verdaderos y atraer sobre la Compaña, las bendiciones del cielo.

Dos años adelante volvió el P. Campro­dón a pasar visita en la casa de Barcelona, y lo propio hizo en la de Mallorca. En Bar­bastro consta que pasó visita en 1817 y 1819, y en la misma época lo hizo probablemen­te en las restantes casas. En la de Mallor­ca pasó visita de nuevo en noviembre de 1823, avisando entre otras cosas «que cada uno no se lleve a misión sino lo preciso que está prescrito en el Reglamento, sin cargar con cajones u otras cosas superfluas».

Desde primeros de agosto hasta últimos de noviembre de 1821, la fiebre amarilla, traída a Barcelona por un barco sueco, causó te­rribles estragos en la ciudad de los Condes. Los Misioneros se portaron como verdade­ros hijos de San Vicente: sabiendo que 91 Ayuntamiento buscaba local a propósito para recoger a tantas víctimas desamparadas, ofrecieron su casa y asistencia corporal y es­piritual a los atacados. El 16 de septiembre del citado año quedó efectivamente habilita­do para hospital el Seminario o casa de la, Misión, trasladándose sus moradores al Co­legio episcopal, quedándose para la asis­tencia de los pobres epidémicos los PP. Juan Carreras, Juan Domingo y José Borja, y los hermanos coadjutores José Germá y Maria­no Dargallo. «Todos los demás que habitan en el Seminario Episcopal —añade el infor­me del Ayuntamiento de donde tomamos estas noticias— jamás se han negado a cuan­tos han solicitado su asistencia».

Pasada la epidemia y desinfestada la casa, regresaron a ella los Misioneros a últimos de enero de 1822. Pero en la primavera del año siguiente, las autoridades civiles, vistas las condiciones que reunía el edificio para hospi­tal militar, se lo exigieron, pasando la comu­nidad provisionalmente al convento de Trini­tarios calzados. Una vez que cayó la Cons­titución y volvió la normalidad, reclamaron los Paúles del municipio que se dispusiera «lo conveniente a fin de que su casa quede evacuada para el ejercicio de todos sus minis­terios y cumplir con sus obligaciones», según dice el acta del Ayuntamiento de 13 de fe­brero de 1824. Además, los PP. Trinitarios querían volver a su colegio. Entonces, los Mi­sioneros, en vista de que no se desalojaba su casa, se instalaron en la Torre de la. Virreina, situada en el lugar que ocupa ahora la iglesia de San Juan en el barrio de Gracia, población en aquel tiempo separada de Barcelona. Como el Estado no dejaba el edificio, solicitaron los Misioneros que se lo comprara, y así lo hizo, con la, condición de que se emplease la mitad del capital en instalar una residencia de Paú­les en la Corte.

Todos estos trastornos y el verse precisados a abandonar aquella casa que por Más de un siglo había sido el foco principal de la vida religiosa en Barcelona y aún en todo el Prin­cipado, no pudieron menos de amargar la vida del excelente P. Camprodón, que había toma­do tan a pechos la restauración de la Compa­ñía, pasados los sobresaltos y los días aciagos de la guerra, de la Independencia. Pero no pa­raron ahí sus amarguras: fue además deste­rrado a Mallorca por los liberales. La mayor parte de los otros miembros de la comunidad se refugiaron en Guisona y Barbastro. Pasó por fin el trienio liberal y las cosas volvieron a su estado normal.

Claro está que los ministerios de la Con­gregación, aunque no se interrumpieron, su­frieron notable quebranto, como no podía me­nos de suceder, durante aquellos años. Desde 1818 trataba el Excmo. D. Veremundo Arias Teixeiro, Arzobispo de Valencia, de instalar a los Misioneros en su archidiócesis. El P. Camprodón, a pesar de los trastornos de la época y escasez de personal, prometió hacer lo posible para satisfacer los deseos del ce­loso Prelado. Por fin, se establecieron los Mi­sioneros en Sot de Chera, firmándose la es­critura el 20 de abril de 1820. Antes habían ido ya allá, por orden del Visitador, los PP. Morera, Pujol y Figuerola. Pero como el sitio, aunque delicioso, no era a propósito para desarrollar los ministerios propios/ de la. Congregación, pidieron y obtuvieron los Mi­sioneros en 1826 trasladarse a Valencia, a la ermita de Nuestra Señora de Monte Olivete, donde pronto levantaron magnífica morada y empezaron a desarrollar con actividad y celo las obras de la Misión.

Respecto de las Hijas de la Caridad, tuvo el P. Camprodón la alegría de ver terminada la escisión que había entre ellas, entrando por la senda que las conduciría a su futuro en­grandecimiento. En su tiempo se establecie­ron las Hermanas en el Hospital de Valencia, Segovia, La Selva (Tarragona), Hospital de la Pasión de Madrid, Misericordia de Pam­plona, Hospital de Bilbao y Hospital de Ta- falla.

En febrero de 1825 sucedió en el cargo de Visitador de los Misioneros y Director de las Hijas de la Caridad en España al P. Campro­dón el P. Feu. El primero fue después asis­tente de la casa de Barcelona y Director de novicios, terminando santamente su carrera mortal el 23 de septiembre de 1831.

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