Francia en tiempo de Vicente de Paúl: miseria y pobreza (1600-1660)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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400es-01-copyPara saber quiénes son los pobres en el siglo XVII y lo que son; para llegar a conocer la miseria de los desdichados y poder caracterizar el estado de ánimo de los miserables, vamos a refe­rirnos a sus contemporáneos. Son ellos, con frecuencia, quienes pueden proporcionarnos las informaciones menos incompletas, a veces, las más exactas.

Ante todo nos es necesario confesar, que, a pesar de nuestro esfuerzo de imaginación, es difícil, incluso imposible, llegar a co­nocer, a hacer revivir la situación material de Francia en tiempos de Vicente de Paúl. No tenemos más que la posibilidad de descu­brir algunos puntos dolorosos.

Para conocer con exactitud la miseria y la pobreza de esta épo­ca, no se podría alegar solamente la baja e incierta producción agrícola, que hacía que Francia frisara con frecuencia la penuria. El problema se plantearía mejor si se pudiese determinar con pre­cisión la relación entre la población y las subsistencias. Desgraciada­mente esta precisión todavía no se ha conseguido.

No obstante, se sabe que la mayoría de los campesinos y de los obreros de las ciudades sufre hambre y miseria en algunos años, sobre todo en ciertas épocas de los mismos. Se requiere aña­dir que la documentación utilizada conduce a descartar del análisis a los mendigos, a los campesinos más pobres y a los obreros de la ciudad. Y sin embargo son ellos quienes, con mayor frecuencia, mueren de frío, de hambre y de enfermedades. Esto prueba una vez más que los miserables no tienen historia, sobre todo entre las gentes del campo; y, sin embargo, han existido.

Es cierto que muchas condiciones aparecen en realidad con­tradictorias, incluso inexecrables, cuando se les arranca de una his­toria vivida en la oscuridad y en el tumulto. Si se trata de situar­las en su contexto vivido, quizás se esclarecen. Las palabras pobre­za, miseria, adquieren realmente sentido cuando un pueblo realiza su historia.

El estudio semántico, partiendo de los diccionarios de la épo­ca, de los términos: pobre, indigente, mendigo, desdichado, vaga­bundo, pordiosero… muestra claramente que el término pobre no tiene en el siglo XVII el mismo sentido. El análisis de los documentos o de los textos legislativos concernientes al pauperismo per­miten comprobar que el vocabulario de la miseria es muy variado.

Furetiére, en su Dictionnaire universel, da esta definición de pobre: «El que no tiene las cosas necesarias para sustentar su vida, para mantener su condición». Esta segunda parte de la definición aumenta la confusión para saber, ayer como hoy, a quién llamar pobre. Ella puede hacer cambiar toda nuestra actitud en la inves­tigación y en el criterio. Llamar pobre a quien no tiene el mínimo vital biológico y a quien no puede mantener su rango, su posición en la sociedad, puede hacernos jugar con las palabras, crear la confusión y la inexactitud, provocar la sonrisa.

Por rigor de precisión y tratando de encontrar la claridad de­seada, nos limitaremos a la primera parte de la definición de Furetiére. Llamamos, pues, pobres a aquellos cuyo nivel de vida es, periódicamente, muy bajo, a quienes no tienen las cosas necesarias para sustentar su vida, o están expuestos todos los días a no con­seguir lo estrictamente necesario para poder vivir.

Para llegar a restituir el rostro de la pobreza, descubrir las di­ferentes categorías de pobres, es necesario encuadrar nuestra mi­rada en el ángulo de visión que puede proporcionarnos el espec­táculo de esta realidad humana. Para conseguirlo debemos preci­sar los elementos concretos e invariables del siglo XVII:

En primer lugar, se requiere saber dónde están las riquezas y bajo qué forma, quiénes son los poseedores, determinar las di­versas formas de pobreza en razón de dos elementos: lo que se aspira a tener y lo que se posee, para saber si ello es suficiente para vivir y si se juzga conveniente, conocer los medios de comuni­cación entre ricos y pobres.

En segundo lugar, es necesario esforzarse en comprender el motor del dinamismo de estos intercambios. Para conseguirlo, es preciso conocer los principios y la mentalidad de esta época acerca de la noción natural del derecho de propiedad y sus límites, la vi­sión humana y cristiana del hombre y de la sociedad. Esta visión de­be inscribirse en la solidaridad concreta de los individuos, las exi­gencias de la jerarquía que dirige el reino, el aspecto religioso y social de la sociedad.

Lo que nos interesa, en el fondo, es la visión del hombre, porque es el hombre del siglo XVII quien está en juego y en proceso.

¿Cómo estudiar la miseria de los pobres? Para caminar en compañía de esta miseria ambulante, es necesario entrar en la reali­dad de una guerra larga y dura, que provoca la peste y el hambre, acordarse de las crisis económico-sociales que determinan paro obrero y sub-empleo con la consiguiente preocupación de poder comprar el pan diario, no olvidarse de la existencia de los galeotes, eternizados en sus cadenas por el poder central, pensar en los cau­tivos y, sobre todo, no olvidar las enfermedades, los expósitos y el fenómeno grave de la mendicidad y del vagabundeo.

Si después de este inventario reflexionamos sobre los medios de comunicación y admitimos la dificultad de los transportes, ten­dremos alguna posibilidad de descubrir ciertos puntos dolorosos de una realidad que se nos escapa.

— Finalmente, a través de los organismos, de los hombres ex­cepcionales y de los impulsos de los mecanismos del dinamismo de la comunicación del siglo xvii, podremos aclarar, al menos en parte, la sombra errante de los seres disminuidos ante la mirada de la sociedad, reconocerles bajo sus «harapos» y descubrir al­gunos rasgos de su rostro.

La imaginación y la intuición de Callot, a quien el siglo xvii inspiró las eternas pesadillas de la guerra, pueden ayudarnos a ima­ginar la «cruel verdad», sensibilizamos ante esta realidad, que no podemos llegar a precisar.

Ciertamente sería exagerado querer resumir la historia de la antigua monarquía, como lo hace Carlos Louandre, en tres pala­bras: «la guerra, la peste y el hambre», incluso si nos vemos obligados a comprobar la existencia y los estragos de esta triple calamidad. También sería demasiado simple repetir una vez más el triste refrán: «Vergüenza y miseria ante el exterior, crueldad y miseria en el interior». Sin embargo hay que confesar que la miseria abunda, a veces llega a ser extrema, las desgracias, en al­gunas épocas, son horribles y el número de hombres desdichados aumenta cada día. El hambre o la «carestía» aparecen con extraor­dinaria regularidad y se deja caer sobre las espaldas de los súbdi­tos del rey Luis. De 1610 a 1660, obreros y campesinos están tan faltos de recursos que se encuentran en el límite de poder subsistir, especialmente en ciertos períodos del año. Las grandes subidas de precios y las malas cosechas disminuyen con frecuencia el trozo de pan indispensable para comer en la ciudad y en el campo. No se puede olvidar el poder enorme que contiene, en esta época, un trozo de pan repartido. La enfermedad contagiosa golpea fuerte­mente a la puerta de estos hogares de hambre y de miseria.

Para comprender la Francia del tiempo de Vicente de Paúl, se requiere no olvidar que es un país agrícola en un 80 %. Este país rural, donde predomina una agricultura no industrializada, ¿puede alimentar el gran número relativo de sus habitantes? Se puede du­dar mucho que así fuera. Las grandes «mortandades» de 1629 a 1631, de 1648 a 1653, provocadas por el hambre y la enfermedad, son signos que indican con precisión que la población tiende siem­pre a sobrepasar sus propios medios de subsistencia.

Las grandes crisis demográficas de 1630 y las de 1648-1653 coinciden con las grandes crisis económicas, desencadenadas por un aumento cíclico considerable de los precios del trigo. Por consi­guiente no es exagerado pretender que el precio del trigo constituyó un verdadero «barómetro» demográfico, y que de la crisis econó­mica de tipo antiguo surgió la crisis demográfica de tipo antiguo. Si la vida y la muerte de los hombres depende de los precios del trigo, es porque los cereales dominan la economía y la sociedad. Es­to supone que la mayoría de los hombres no puede recolectar sufi­ciente trigo para vivir, o bien no posee suficientes recursos para comprarlo cuando su precio aumenta considerablemente. Como consecuencia del hecho de la organización económica y de la es­tructura social, los pobres —en el sentido de la época— es decir, los que no tienen pan suficiente para vivir, son diezmados de ma­nera especial por las grandes mortandades correspondientes a las grandes crisis económicas. La crisis agrícola, agravándose casi siem­pre con una crisis manufacturera, provoca la falta de trabajo, y en consecuencia, la falta de salario. Esta crisis agrícola produce en­tonces una crisis económica y ésta desencadena al mismo tiempo los daños del pan caro, del hambre, del paro obrero, de la miseria y de la muerte. Esta crisis agrícola, en definitiva, provoca siempre una crisis social. Para los pobres esta crisis significa pan más caro, pero también contrata más difícil. El mundo de los pobres es el de la necesidad, donde la ausencia de reservas, y especialmente de reservas alimenticias, condena a la obsesión del pan diario.

 

En los períodos de relativa prosperidad, antes de las grandes crisis del siglo xvii, se puede decir de manera general que los cam­pesinos y los obreros viven con gran dificultad. Ellos ofrecen el cuadro de una semi-miseria, con algunas pinceladas de bienestar y con fuertes sombras de penuria y de miseria. En las condiciones técnicas de la época, la inmensa mayoría de los campesinos no re­colectaba lo necesario para alimentar a su familia y demasiados obreros, en la ciudad, recibían un salario insuficiente para resolver, en sus casas, el angustioso problema del pan diario.

 

Razones de la pobreza y de la miseria en el siglo XVII

La miseria que pone a prueba, que tortura a la mayoría de los contemporáneos de Vicente de Paúl, proviene de distintas causas. Querer describirlas con detalle sería demasiado extenso. Tratare­mos de hacer el inventario de las más constantes y más decisivas.

  1. Estructura económica: baja productividad

La economía francesa del siglo XVII, lo hemos señalado, sigue siendo, ante todo, agrícola y la técnica no industrializada de esta agricultura no permite producir lo suficiente para sobrepasar el ni­vel máximo ni, de manera general, es lo bastante regular, para evi­tar los golpes brutales. Como es necesario alimentar a un gran número relativo de habitantes, la agricultura permanece encerrada en el exclusivo cultivo de cereales. Pero hay que decir que el pan de trigo es un lujo, el de centeno es patrimonio de los consumido­res acomodados. Sobre todo se consume comuña, mezcla de cerea­les y, a veces, de castañas y de habas.

Los cereales extenúan rápidamente la tierra y, el estiércol, casi el único abono utilizado, escasea. Los agricultores, para permitir a la tierra reposarse, la dejan en barbecho un año cada dos o cada tres. Dos quintas partes, al menos, de tierras cultivables permane­cen improductivas cada año y, por añadidura, una semilla demasia­do mala produce muy mediocremente.

Mal alimentado y poco numeroso, el ganado es pequeño, se agota rápidamente y rinde poco en el trabajo. Los arados utilizados, arados sin ruedas, no llegan a labrar profundamente la tierra.

La falta de mano de obra, en el momento de las cosechas, es otro obstáculo para aumentar el cultivo de tierras. La población, con un número considerable de personas errantes y de vagabundos, es difícilmente sedentaria.

El resultado es que el margen de la recolección y de produc­ción es reducido y poco elástico, por el contrario la población fran­cesa es muy elástica, porque la gente se casa en los años de buena cosecha y los hijos vienen pronto, sin que esto quiera decir que los hombres en esta sociedad se reprodujesen «como los ratones en un granero». De esta manera la población, tendiendo siempre a sobrepasar las subsistencias, está mal alimentada, su estado de salud es mediocre, su vida corta y de número limitado.

  1. Movimientos de corta duración: fenómenos atmosféricos

El siglo xvii se inscribe en una serie de años fríos y lluviosos. Los resultados son desastrosos porque las heladas destruyen la co­secha y la lluvia la pudre.

De 1629 a 1631, los súbditos del rey Luis se encuentran en una situación catastrófica a causa de los fenómenos atmosféricos. La primera gran helada (1629-1630) destruye la cosecha y produce la carestía, ésta provoca la peste y esta última engendra la muerte. Entre 1639 y 1643 y de nuevo entre 1646 y 1650, Francia conoce una serie de veranos fríos y húmedos que se manifiestan perju­diciales para la producción de grano.

En los períodos de grandes hambres y de peste, 1629-1631, 1648-1653, 1660, casi todo todo el reino se encuentra afectado. Se puede decir que no hay casi ningún año sin que una provincia del reino pase por esta situación.

La escasez produce la subida de precios de los cereales inferio­res más que la de los superiores, y las clases populares son las más afectadas. La peste, por miedo del contagio, obliga a cerrar las puertas, disminuye muy sensiblemente la circulación, paraliza la industria y determina la supresión de mercados y ferias. En rea­lidad paraliza la vida en el campo y en la ciudad.

Durante estos períodos, las defunciones aumentan, en conse­cuencia, bruscamente. Los muertos alcanzan el cuádruple y aun el quíntuple de los años normales. Los pueblos son más afectados que las ciudades: se muere a la vez de hambre, de frío y de peste. En las ciudades, los obreros artesanos se encuentran más afectados que los ricos y los acomodados. En el campo y en la ciudad, los niños son brutalmente diezmados.

Estas oscilaciones de la población y la de los precios se deben, en parte, a un fenómeno exterior, a las variaciones de las subsisten­cias ocasionadas por el estado de la atmósfera. Ellas traducen la escasez de subsistencias e indican las crisis por efectos acumula­dos de falta de pan y escasez de obreros en la ciudad y en el cam­po

Una vez desencadenada la crisis de subsistencias, no es fácil encontrar los medios para remediarla. La distribución de bienes, de riquezas a los pobres, se realiza, en su mayor parte, por la ca­ridad. Es cierto que el fenómeno de la limosna intenta establecer un equilibrio económico, pero en los momentos de grandes crisis este proyecto no va demasiado lejos. Sin duda hubiese sido inútil y peligroso, incluso imposible, repartir entre los pobres las rentas de los ricos, en aquel estado social y político. Lo que falta son los víveres y las rentas son poca cosa en relación con las necesidades de la población. El resultado de una redistribución total de bienes hubiese sido la sumisión de todos a la miseria, el aumento del desorden y de la anarquía, un descenso de nivel de vida para to­dos, un retroceso de civilización. Importar cereales del extranjero no es siempre posible, dada la dificultad de los transportes terres­tres. A veces se hace, pero en pequeñas cantidades, lentamente y a gran precio.

  1. Movimientos de larga duración: la fiscalización

El siglo XVII es un siglo de guerras. Desde los alrededores de 1630, la monarquía francesa decide detener los avances de España y de sus aliados del otro lado del Rin. Pero esta serie de guerras no debe hacer olvidar la expedición a la región bearnesa, el sitio de La Rochelle y las rebeliones protestantes de Cevenal y Languedoc. Dos series de guerras se establecen, en consecuencia, y la monarquía se convierte en un gobierno de guerra más que despótico.

No se puede olvidar que, después del gobierno de Concini y de Luynes, Richelieu, con la energía que le caracteriza, va a tratar de poner orden casi por todas partes y a organizar la Francia comer­cial y artesana; por el contrario desconoce toda organización ban­caria y hasta la más mínima revolución agrícola. Este programa de acción provoca en el pueblo crisis terribles.

Finalmente, Richelieu intenta a todo precio «realzar el nom­bre del rey» allí donde se le había olvidado excesivamente, des­pués del asesinato de Enrique IV. Esta política, que entrañaba gra­ves riesgos, no recibe una acogida entusiasta del conjunto de per­sonajes que constituían entonces «la opinión».

Elegir la guerra es abandonar toda idea de tranquilidad y to­da voluntad de reforma en el interior del reino; es aceptar las instituciones, las costumbres, los comportamientos del país y aco­modarse a ellos, incluso si son inadaptados a la voluntad de la gue­rra. Elegir la guerra contra los monarcas más católicos de Europa, es aceptar de antemano la alianza de sus enemigos obligados. Hacer la guerra es también constituir un ejército, y quizás una marina, par­tiendo casi de cero…

Encontrar soldados, caballos, armas, barcos, comboyes de abas­tecimiento, aliados, equivale a encontrar dinero, mucho dinero. Esta búsqueda continua, improvisada y casi desesperada de dinero para hacer la guerra obliga a recurrir al inverosímil sistema de im­puestos heredado del fondo de los siglos. Desgraciadamente, esta red de impuestos está llena de privilegios y de excepciones, cuya jurisdicción y jurisprudencia pertenecen a centenares de tribunales que se querellan entre sí.

La guerra obliga al gobierno real a recurrir casi constantemente al crédito. Este recurso al crédito y la necesidad de dinero engendran una política fiscal sin precedentes. El tesoro real, siempre en gran déficit, se ve obligado a utilizar todos los procedimientos de crédito. Estos acreedores -no se atreve a llamarles usureros-como muchas malas hierbas prestan sus servicios. Este recurso a los acreedores es el único medio que tiene el gobierno para salir de su penuria financiera.

Tales procedimientos del gobierno orientan los capitales hacia las operaciones financieras del estado e impulsan el ascenso de los financieros y de los oficiales. Los oficiales de finanzas, especialmen­te los omnipotentes tesoreros de Francia, son grandes acreedores del rey. La venta de funciones públicas, la «venalidad» de los cargos públicos, se convierte en sistema y alcanza su apogeo. Toda la clase de funcionarios es consolidada de esta manera. Por el con­trario, las operaciones comerciales e industriales, menos fructuosas y más aleatorias, tienen una influencia muy relativa. Los financie­ros, los arrendatarios del patrimonio real y de los impuestos reales sienten cada día más repugnancia a invertir su capital en el co­mercio y en la industria. Prefieren hacer contratos con el rey.

El estado, para atraer el dinero líquido al tesoro, contrata tam­bién sus rentas ordinarias y arrienda la inmensa gama de los im­puestos indirectos. Desde 1642 y hasta después de la Fronda, los impuestos directos son arrendados a los financieros, que se encar­gan de cobrarlos y obtienen grandes beneficios. Pero los impuestos directos de 1610 a 1640 se cuadruplican y los impuestos indirectos aumentan. Sin embargo la cosecha no es mayor. Lo que alivia un poco el impuesto, son las discusiones de los agentes fiscales con los contribuyentes, y al final, estos últimos pagan algo menos de lo que se les pide, pero cuando el contribuyente no puede pagar se rebela. El gobierno y los contribuyentes deben soportar entonces las consecuencias de estas rebeliones producidas, con mucha fre­cuencia, por el aplastamiento del impuesto.

Se puede decir que esta política de guerra, que había de crear la grandeza de Francia, proporciona fructuosas ganancias y ocasiona operaciones fraudulentas para una minoría del reino, y por el con­trario, irrita, hiere, golpea excesivamente fuerte a la gran mayo­ría del pueblo francés.

  1. Los hombres de guerra

A las cargas demasiado pesadas de la contribución y a las veja­ciones de los recaudadores de impuestos, se debe añadir la acción de este «rudo utensilio» que domina todo, el soldado: los cam­pesinos son saqueados y exterminados, sus pueblos devastados e incendiados por una soldadesca saqueadora y viciosa.

Durante la guerra de Francia contra España (1635-1659), el gobierno real necesita encontrar dinero a todo precio. Desde el oto­ño de 1635 hasta julio de 1637, la necesidad de dinero es una preo­cupación para Richelieu. Teme que este «gran asunto» de la gue­rra se convierta en un fracaso a causa de la falta de dinero. Le es necesario evitar esta derrota a cualquier precio. Este precio será hasta los últimos días de su ministerio -es necesario añadir para ser exacto, hasta 1660- el reclutamiento de hombres y la recogida de dinero.

Richelieu escribe a Luis mil el 16 de septiembre de 1635: «El rey sabe perfectamente que me he lamentado siempre del retraso de los tesoreros y de los municionarios, y que he dicho públicamen­te varias veces en sus consejos, que de nada servía levantar ejércitos si no se da la orden de hacerlos pagar a tiempo, y si no se los provee esmeradamente de víveres» a. El mismo declara en su Testa­mento político: «En la historia se encuentran más ejércitos que han perecido por falta de pan y de vigilancia, que por la fuerza de los ejércitos enemigos, y yo soy fiel testigo de que todas las empresas que se han realizado en mi tiempo no han fracasado más que por esta carencia».

Alinear un ejército de un total de 100.000 hombres, al que se añaden las tropas extranjeras, requiere un presupuesto de cuarenta a cincuenta millones. El número excesivamente elevado de tro­pas impide al gobierno central y a los capitanes gobernarlo direc­tamente. No pueden dominar ni controlar a su gusto a estos «soldadotes». Casi nunca dominados, y con frecuencia mal pagados, los soldados no disponen casi nunca de otros recursos para subsistir que los del pillaje y la rapiña. Dispersados, después de haber de­sertado en masa, los soldados se lanzan sobre los campesinos, mul­tiplicando los robos, los incendios, la destrucción y las torturas.

De 1648 a 1653, la Fronda parlamentaria y la de los príncipes, desencadenan sobre los campesinos nuevas miserias y nuevos mo­tivos de descontento. Obligados a entrar en el juego de los «gran­des», atraídos por el cebo de las promesas de mejorar su situación, la miseria de los campesinos llega a ser el precio de un juego de­masiado doloroso y terminan por pagar, una vez más, los gastos de una revolución fracasada; la miseria de los campesinos llega a ser demasiado cruel.

Es cierto que esta política de guerra impide al gobierno real poder obrar de otra manera, pero no es menos cierto que el pueblo agobiado se siente impelido, periódicamente, a rebelarse.

  1. Revueltas y rebeliones

La verdadera ráfaga de rebelión popular comienza en 1624 y se prolonga un cuarto de siglo. Durante este período apenas exis­te año que no haya conocido, en una u otra parte del reino, distur­bios de este género.

Para llegar a comprender las razones y el clima de estas revuel­tas populares, se requiere no olvidar que esta época se distingue por una indomable reacción de «centralización», de «uniformidad», de «desarrollo del Estado Moderno» y por aumento enorme de cargas fiscales.

De 1624 a 1640, la política de guerra adoptada y los gastos in­mensos, que implica, desencadenan en Francia una crisis general de finanzas. Si aparece una mala cosecha, o una mala venta, la situación se agrava. Las masas se revelan y la sangre corre por todas par­tes. Las sublevaciones irreflexivas o salvajes reflejan el desajuste entre el ideal político, que se intenta conseguir, y la realidad econó­mica de la vida diaria. Richelieu, para sostener económicamente la guerra e instaurar el centralismo monárquico, refuerza todo el arti­ficio fiscal. El campesino, «burro de carga» del estado 13 y el mayor pagador de contribuciones e impuestos, siente, más que nadie, las consecuencias de esta política fiscal. El cardenal tuvo necesidad de encontrar otros contribuyentes además de los campesinos. Para con­seguirlo, multiplica la creación de funciones públicas, lo cual hace reaccionar a los antiguos funcionarios; intenta introducir los funcio­narios encargados de la contribución e impuestos en todas las pro­vincias, lo cual produce el descontento de todas ellas; finalmente multiplica los medios de coerción utilizables por los arrendatarios de impuestos, los delegados reales de la inspección de las provin­cias y los funcionarios, lo cual hace gritar a todo el mundo.

El objetivo del sistema administrativo utilizado por Richelieu es claro: movilizar la abundancia de capitales parados en el país y sin embargo necesarios para la política en la que se ha comprometi­do. A pesar de las complicidades del desorden, de la falta de hon­radez, de la diversidad de rebeliones y de sublevaciones, el cardenal consigue hacer pagar a los contribuyentes el abastecimiento de los soldados y los gastos de guerra. Es cierto que el país suministra una contribución a la guerra, proporcionando dinero, riquezas, trabajo y hombres. Pero en esta Francia de los cardenales-ministros, envuelta en la rebelión, en el desorden, en la guerra, en éxitos y fracasos, en riqueza y miseria, los campesinos pagan el coste de la crisis, y las clases dominantes se benefician de su prosperidad. La guerra cuesta cara y la nación, periódicamente, no puede alimentar a todos sus habitantes: el fiambre es frecuente. Los impuestos son aplastantes, sobre todo si se tiene en cuenta que su distribución excluye a los más ricos y que la incoherencia de su percepción enriquece dema­siado a algunos particulares, empobreciendo al mismo tiempo al es­tado. Por todas partes, acorralados por una miseria excesiva, los76        Francia en tiempo de Vicente de Paúl

contribuyentes se sublevan. Sublevados, se les aplasta pronto, a ve­ces rápidamente. Vencidos, pagan de nuevo el coste de este «desor­den» y se les castiga despiadadamente por su «desobediencia» 14. Una vez más son ellos quienes pagan los costes de este duelo.

No se puede dudar que la prosecución de la guerra era una ca­tástrofe para todos. Las miserias públicas aumentaban y el abismo de sufrimiento parecía no encontrar fondo… Sin embargo no se puede permanecer insensible a esta empresa llevada a cabo con un rigor que tiene algo de heroico. Y es difícil no dejarse convencer por esta inquebrantable pertinacia. El mismo Richelieu parece en­cerrarse en una contradiccción que el Testamento político declara, o al menos permite reconocer: «Es necesario que exista, como ya lo he señalado, una proporción entre lo que el príncipe exige a sus súbditos y lo que ellos le pueden dar, no solamente sin arruinar­los, sino incluso sin proporcinarles una gran incomodidad».

Uno se puede preguntar si la moral política de los cardenales-ministros, especialmente la de Richelieu, estuvo orientada por la lucidez y la claridad, pero lo que sí se puede afirmar es que la serenidad y la alegría estuvieron ausentes.

Esta ausencia de serenidad provoca fácilmente la rebelión y es­ta rebelión desarrolla una energía frenética, violenta, intensificando así la miseria y determinando extorsiones graves: el paro se mul­tiplica, los campesinos abandonan la tierra y el vagabundeo crece.

  1. Formas de propiedad

En tiempo de Vicente de Paúl la principal riqueza de Francia proviene de la tierra. Sin embargo los privilegiados del campo no son los campesinos, sino el clero, los nobles, los burgueses exen­tos todos ellos de pagar la contribución. Poseyendo esta gran ri­queza de bienes raíces, tienen una influencia predominante en la ex­plotación económica y social del campo y gozan de los grandes réditos de estos bienes.

Las dos formas de propiedad de la tierra —feudal o de feudo—son sumamente desfavorables para los campesinos. Los arrenda­mientos de los señoríos son más ventajosos, pero los arrendatarios sienten la incomodidad y la vejación, incluso siendo prácticamente dueños de su trabajo y teniendo derecho a utilizar los frutos.

En otras formas distintas de propiedad, la tierra se concede por un período de nueve años y el pago del arrendamiento durante este tiempo se determina en una cifra invariable, que han de pagar en dinero o en especie, o en las dos formas a la vez. Si la cosecha es mala o mediocre, los arrendamientos son perjudiciales y llegan in­cluso a devorar la recolección propia, ya que el pago al propieta­rio puede alcanzar proporciones considerables; si la cosecha es buena, lo que les queda, una vez pagado todo, les permite solamente vivir. No se puede olvidar que el campesino, en esta forma de propiedad, no posee más que la superficie de las tie­rras, y no tiene ningún interés en mejorarlas, porque corre el riesgo de perder las mejoras realizadas: el propietario puede despedir siempre al campesino una vez terminado el contrato. Para poder permanecer nueve años consecutivos, se requiere que el arrendata­rio acepte el aumento de las rentas.

El arrendamiento, en el siglo XVII, se convierte en un extenso comercio donde la ley de la oferta y de la demanda tiende a ajustar la coyuntura de alzas y bajas de los arriendos. A partir de Luis XIII se asiste a un despliegue característico de los bienes raíces y a punciones de todas clases efectuadas por los grandes propietarios. La renta de los bienes raíces, percibida por el propietario, aumenta: este impulso es estimulado claramente por el aumento demográ­fico, que multiplica los candidatos al arrendamiento y agrava la de­manda de tierras, sin que, por otra parte, aumente la oferta de tierras disponibles.

Los mismos hechos conducen a distinguir por todas partes, va­rios períodos en esta subida del arrendamiento: la primera mitad de siglo, la crisis de la Fronda y el tiempo de reconstrucción y de prosperidad que le sucede. En estos períodos, el propietario se aprovecha y los explotadores agrícolas se ven obligados a soportar el peso de su arrendamiento.

De 1620 a 1649, existe un aumento febril de la propiedad bur­guesa, al que corresponde una subida del precio de la tierra y espe­cialmente un aumento considerable de los arriendos. Durante este tiempo los burgueses se aprovechan para comprar tierras a los campesinos. Para un negociante o financiero, y con mayor razón para un funcionario de justicia, la compra de tierras es el mejor medio de hacer fructificar su dinero. Esta inversión se convierte en la fuente más segura y más honorable de sus réditos y el medio de halagar su vanidad social.

  1. Los acreedores de los campesinos

Además de los impuestos reales, de la clima y de la renta pa­tronal, otra categoría de gravamen pesa sobre la renta bruta de la mayoría de los campesinos: el pago de intereses y el reembolso a los prestamistas de dinero. Los créditos, las rentas constituidas, consentidas por los acreedores, aumentan con la política empren­dida por Richelieu. Las inflaciones del siglo XVII, que benefician un poco la economía de la nobleza, no sirven para mejorar a los campesinos acribillados de deudas, quienes, en lo sucesivo, son ahogados más fuertemente por los prestamistas. El siglo xvii es la edad de oro de los poseedores de fortunas líquidas y de los gran­des mercaderes.

Cuando la carestía amenaza, cuando las cosechas de la explota­ción no permiten alimentar a la familia, la reacción natural de los pequeños campesinos, para poder subsistir, es pedir prestada la fu­tura semilla, y endeudarse; la reacción de los campesinos arrenda­tarios es negarse a pagar su arriendo.

Las deudas de los pequeños y medianos campesinos termina por ser el medio de constituir y de aumentar la riqueza, en bienes raíces, de los burgueses parlamentarios y financieros. Acaparando y reuniendo parcelas de tierra, preparan las condiciones de su bri­llante éxito social. Los pobres campesinos, obligados a vender una parte de su herencia, para poder pagar sus deudas y encontrar con qué alimentar a sus familias, en los períodos de carestía y de in­digencia, terminan por perder su herencia inmediatamente después de la crisis demográfica. El hambre y la miseria arrancan a estos pobres campesinos sus tierras y les obligan, a veces, a trabajar como arrendatarios las parcelas recibidas en otro tiempo en herencia. Esta conquista urbana y burguesa progresa al mismo tiempo que crecen las deudas de los campesinos. Durante el siglo XVII, la bur­guesía prosigue su ofensiva contra la propiedad campesina.

 

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