Francia en tiempo de Vicente de Paúl: Los pobres en el siglo XVII

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de Paúl2 Comments

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400es-01-copyEl pobre varía a través del espacio y del tiempo. Cada época produce sus pobres. La referencia a la misma enseñanza evangé­lica induce, incluso, a tomar actitudes y opciones muy diversas en la manera de comprender y de vivir la pobreza o de luchar contra ella. La educación y la ideología, las instituciones sociales y religio­sas, las intuiciones y la estrategia dinámica de seres excepcionales se entremezclan y se sobreponen para proyectar estas representa­ciones colectivas o individuales. Ellas permiten conocer el fenóme­no de la pobreza a través de la mirada de sus contemporáneos. En la imaginación de los hombres del siglo XVII la pobreza evoca diversas imágenes: atracción o repulsión, tara que hay que reducir o virtud que se desea conseguir, según se la aborde bajo el aspecto sociológico o sagrado.

El estudio de la historia social del siglo xvii revela una doble realidad: la pobreza aparece con diversos rostros y los pobres están clasificados en categorías diferentes. El mundo de los pobres es diverso. Sin embargo esta diversidad no hace desaparecer su uni­dad. Por esta razón se requiere precisar las semejanzas y diferencias fundamentales que unen y separan a los pobres que viven en la sociedad o que permanecen al margen de esta misma sociedad, es decir, al pobre, al mendigo, al vagabundo. Para conseguirlo es menester descubrir el sentido exacto que los franceses del siglo xvii daban a estas palabras.

El significado de la palabra pobre, en el siglo XVII, no se reduce al sentido económico. En sentido amplio del término, pobre es el que sufre, el que se encuentra en la desdicha, el humilde. En sentido más estricto, pobre es el que se encuentra viviendo continua­mente en la «penuria», en la «necesidad».

  1. P. Camus, obispo de Belley, escribe: «¿Qué es, pues, la po­breza? Unos dicen, es la escasez o necesidad de las cosas reque­ridas para vivir cómodamente, es decir, sin trabajar. Otros, la pri­vación de cosas, derechos y acciones temporales necesarios para el mantenimiento de la vida humana. En consecuencia podemos admitir que solamente es pobre quien no tiene otro medio para vivir más que su trabajo o su capacidad moral o corporal». El intendente de Poitiers escribe, en 1684, al inspector general: «Los artesanos son tan pobres que, desde el momento que no trabajan, hay que meterlos en el hospital».

Para comprender el significado de la definición dada del pobre, se requiere relacionarla con la realidad de la vida diaria de los obre­ros de la ciudad y de los pequeños propietarios y jornaleros del campo. Si el pobre, según la definición, no tiene más que su tra­bajo para vivir, no lo será el pequeño agricultor, que puede poseer algún bien, aunque pequeño, en utensilios de trabajo, en provisio­nes, en pequeñas propiedades, explotadas directamente. Entender la definición en sentido estricto, sería excluir del mundo de los po­bres a muchos campesinos, quienes a causa de una mala cosecha, de una mala venta, de deudas acumuladas, se ven obligados a entrar en las filas de pobres para poder subsistir. Por otra parte la defi­nición puede parecer demasiado amplia, ya que muchos obreros de la ciudad, que trabajan, no serán, estrictamente hablando, pobres, aunque no tengan otros recursos de vida, ni ninguna reserva eco­nómica o alimenticia. Sin embargo los incidentes de la coyuntura histórica —aumento del precio del pan, baja nominal o real de sa­lario, paro obrero, introducen frecuente y fácilmente a multitud de obreros en el mundo de los pobres.

En realidad el siglo xvii considera pobres a quienes están cons­tantemente amenazados de caer fácilmente en la pobreza, dada la incertidumbre en que se encuentran todos los días de poder conse­guir los medios necesarios para poder vivir. Esta preocupación cons­tante es sumamente reveladora de la inestabilidad de las masas po­pulares. Ella indica, y en definitiva explica, que el siglo XVII llama pobres a quienes están acechados cada día por la pobreza y, al más mínimo incidente de la coyuntura histórica, se ven envuel­tos en ella. Los inventarios realizados en Beauvais, Amiens, Lyon, París, confirman que muchos pequeños campesinos, obreros de la ciudad y del campo, pequeños artesanos, son asistidos por la cari­dad pública o privada. Los pobres, en consecuencia, se reclutan sobre todo entre el mundo del trabajo, entre quienes no poseen ningún bien. Por eso muchos campesinos, a causa de diversos in­cidentes, se enrolan en el pauperismo, y muchos artesanos, que no pueden alimentar con su salario a su familia, tienen que ser soco­rridos. No hay que extrañarse, pues, del sentido tan amplio del término pobre.

Si es difícil y sutil determinar las variaciones del umbral de la pobreza, y de esta manera poder catalogar a los pobres, sus conse­cuencias son, por el contrario, muy claras. La más inmediata con­siste en forzar a la mendicidad a la mayoría de la clase humilde. La prueba está en que por todas partes los pobres, incluso si ellos no mendigan, envían o permiten fácilmente vagabundear o mendigar a sus hijos.

Entre los adultos, la tipología de mendigos se parece demasiado a la de los pobres. En sus filas existen ancianos y viudas, pero tam­bién se encuentran enfermos, jóvenes obreros sin trabajo. Infortu­nados que no tenían más que su trabajo para vivir y que ya no pueden trabajar, o que su trabajo no les da ya para vivir. Pobres y mendigos son con relativa frecuencia los mismos en los períodos de crisis sociales.

La gran inestabilidad, el desarraigo que caracterizan a los me­dios pobres, es otra amenaza. Esta inestabilidad se manifiesta entre los pobres ambulantes que ejercen multitud de pequeños trabajos y de escaso rendimiento. En esta categoría se encuentran leñadores y acarreadores de leña, obreros que trabajan en ríos navegables. Una vez terminado su contrato de temporada, se encuentran sin trabajo y la vuelta a sus casas o la búsqueda de otro contrato po­drán hacer de ellos vagabundos. También existen los sastres, per­sonajes que permanecerán largo tiempo errantes por las campiñas francesas, y los criados en busca de amo. Este desplazamiento, este vagabundeo, se encuentra en todos los trabajadores en busca de trabajo.

La gran miseria del mundo obrero, continuamente acechado por la enfermedad o la carestía, la inestabilidad de los campesinos, arro­jados a las grandes rutas por la guerra, el hambre o las crisis eco­nómico-sociales, el mundo pintoresco de vagabundos con sus falsos peregrinos, sus antiguos soldados, sus charlatanes, sus músicos ambulantes y sobre todo, quizás, la mendicidad, concebida como re­curso casi ordinario de la clase modesta, humilde, son rasgos de la estructura de la sociedad francesa del siglo XVII.

Los obreros asalariados de la ciudad

Este mundo de la miseria y de los pobres se conoce aún hoy muy mal. No obstante todos los documentos, imperfectos o seduc­tores, que nos describen a los pobres y nos narran sus miserias y desequilibrios, nos imponen la idea de que los pobres son quienes no tienen más que su trabajo para vivir, con mayor razón quienes, teniendo únicamente su trabajo como recurso, no pueden trabajar.

Si de los documentos se pasa a la realidad, se ve la compleji­dad de presentar la significación de los infortunios colectivos en la explicación del pauperismo. «Carestías», «paro obrero», azares de la coyuntura, son otros tantos factores, que hacen variar el um­bral de la pobreza.

En primer lugar se requiere determinar los oficios y situaciones más vulnerables, precisar cuáles son las condiciones de existencia de quienes ejercen estas profesiones, incluso, cuando el infortunio no es excesivamente grande. De esta manera se puede llegar a dis­cernir los contornos del mundo de los pobres, o, al menos, de quie­nes están continuamente en peligro de entrar en él. Sólo entonces se puede señalar cómo éstos se convierten en pobres. En los mo­mentos de grandes catástrofes económico-sociales muere cierto nú­mero de pobres. Pero quienes sobreviven, se encuentran en condi­ciones lamentables de vida. Lo interesante es preguntarse cómo atraviesan estas situaciones y si las caídas y hundimientos constan­tes son irreversibles.

Las listas de repartos de limosnas y de distribuciones de ali­mentos dan a veces la profesión de los asistidos. Las personas que figuran en las listas son obreros no especializados y modestos ar­tesanos. Los inventarios realizados, después de su muerte, de los bienes poseídos, manifiestan la penuria en que han vivido. Y ¿de cuántos no se hacen tales inventarios por no tener nada, o por no poseer ni siquiera lo suficiente para pagar el coste de dichos in­ventarios?

El conocimiento de los patronos —fabricantes urbanos— re­vela tres tipos de empresa, que corresponden a tres tipos sociales, a pesar de la aparente unidad de la profesión: el fabricante ven­dedor, de cuya independencia económica no se puede dudar; el simple fabricante, pequeño patrón, que intenta guardar su auto­nomía, pero que en realidad depende de los grandes comerciantes; el patrono, que no posee más que un telar, asalariado de un géne­ro apenas privilegiado.

En la base de la escala de esta sociedad urbana, la masa de asalariados (más de la mitad de la ciudad en Amiens, más de un tercio en Beauvais, numerosos en otras partes, especialmente en Lyon y París) amontonada y hambrienta, agobiada por la domina­ción económico-social de la burguesía comerciante, se aloja en los arrabales y en los barrios miserables. Sin tierras, sin ser propieta­rios de sus casas, sin mobiliario apenas, sin lencería, su salario constituye el único medio de vida. Pero este salario es siempre in­cierto, lo mismo que el empleo. Además, todo un sistema de an­ticipos, proporcionados por los patronos, convierte a estos obreros en una especie de perpetuos deudores, sometidos totalmente al po­der de dichos jefes. Deudas y analfabetismo hacen de los trabaja­dores manuales no especializados un mundo dominado y depen­diente. Los más pobres de estos obreros, excluidos de un contrato de trabajo a causa de su edad o de su enfermedad, permanecen al margen de toda organización y corporación.

Para ser «oficial artesano», se necesita pasar tres o cuatro años de aprendizaje del oficio en casa del patrón. Por añadidura, los aprendices, para entrar en el cuerpo de «oficiales artesanos» se ven sometidos, con mucha frecuencia, a soportar una serie de condicio­nes difíciles, a veces draconianas. En Amiens, en Beauvais, más de una cuarta parte de aprendices no terminan «su tiempo» de apren­dizaje. Las razones de esta interrupción son diversas: falta de salud física, incapacidad de aprender el oficio, pobreza de los padres, que no pueden pagar al patrón las pocas libras exigidas —previstas en el momento del contrato de aprendizaje—, malos tratos de los pa­tronos y obligadas prolongaciones del aprendizaje 5. Terminado el tiempo de aprendizaje, el aprendiz, para entrar en el cuerpo de los «oficiales» debe a veces pedir prestadas algunas libras: esta prime­ra deuda, lo más corriente, es el anuncio de otras. Llegar a la maes­tría, es verdaderamente difícil. Solamente los hijos de los patronos son los favorecidos y, poco a poco, las maestrías llegan a ser prác­ticamente hereditarias.

Los obreros más favorecidos, los que no conocen ni un solo día de paro, reciben su salario entre 260 y 290 días al año, dado el número excesivo de días de fiesta, y este salario es de diez soles en Beauvais y en Amiens, de doce soles en las mejores ciudades como París, Lyon, Rouen. Pero estas cifras deben relacionarse con el coste de la vida, sin olvidar que, con mucha frecuencia, los pre­supuestos obreros no reciben siempre el precio de su trabajo en monedas buenas.

Con su salario, los obreros más favorecidos, difícilmente pue­den alimentar con pan a su familia. Sin embargo estas condicio­nes de vida son las mejores para los obreros de Beauvais. Si surge algún imprevisto: enfermedad del padre, tener cuatro o cinco hi­jos, este modesto presupuesto familiar se desequilibra y la familia tiene que recurrir, para poder subsistir, a las instituciones carita­tivas, incluso los años de equilibrio económico y de buenas cose­chas.

Los obreros menos favorecidos, cuyo salario es de cinco a ocho soles por día —las viudas y muchachas cobran dos o tres soles—no tienen la posibilidad de comprar el pan necesario para alimen­tarse.

Cuando la cosecha del año es mala y sobre todo si el mismo fenómeno se repite al año siguiente, con las consiguientes subidas del precio del trigo y sobre todo del pan, los salarios de los obre­ros registran por este hecho una devaluación, aun cuando el valor nominal sea el mismo. Desgraciadamente, la baja de este salario disminuye en períodos de crisis. Estas bajas de diez a veinte por ciento constituyen un beneficio apreciable para los fabricantes y negociantes. Los obreros no tienen más remedio que aceptar esta disminución de salario. En realidad era preferible un salario no­minal y realmente disminuido que el no tener ninguno. Si la crisis alimenticia se agrava, provocando una crisis textil y manufacturera, se desencadena la crisis económico-social. Los obreros tienen en­tonces que someterse al paro obrero parcial y después al total y a veces prolongado. La falta de salario los entrega al hambre, a la miseria, y a las instituciones caritativas. Durante estos períodos, la «mortalidad» popular intensa diezma a los obreros: las institucio­nes caritativas poseen recursos muy pequeños para luchar contra un mal que tiene sus raíces en la estructura económica y social de la época. En realidad millares de hogares obreros llegan al extremo de la aflicción, cuando el torbellino de la muerte no arrebata su vida, sumergida en una miseria terrible.

En la sociedad urbana los privilegiados de la ciudad son los comerciantes. Dominando la manufactura se constituyen en due­ños de la actividad manufacturera e imponen sus normas. Su for­tuna inmensa aumenta a expensas de los pobres artesanos. La do­minación de la fabricación y del comercio, ejercida por un grupo restringido de grandes negociantes, establece las ventajas de este grupo, con el daño consiguiente para la multitud de artesanos —fabricantes y obreros— reducidos a la mediocridad, a la indi­gencia, y los más pobres, al hambre, a la miseria y a la mendicidad. Toda fortuna proviene de luchas, de conquistas, que suponen unos vencidos. Lo que hacía morir a unos enriquecía a otros, disimular­lo no sería honrado.

Los campesinos pobres

La frecuente miseria de los obreros urbanos en el siglo XVII es menos grave que la indigencia de los campesinos. Veinte veces más numerosos que los obreros urbanos, los campesinos, convertidos en víctimas del sistema socio-político-económico de la época, deben

 

soportar las intemperies de la naturaleza y comprueban siempre que su suerte está unida a la variación de precio de la mercancía en el mercado.

Hoy tendemos fácilmente a juzgar superficial y literario el tema del «buen pobre». No obstante, la idea de que el lujo y la civiliza­ción corrompen al hombre, de que la inocencia no se encuentra más que en la gente sencilla, es una idea más extendida de lo que se cree, en el siglo XVII. Incluso Vicente de Paúl, espíritu realista, que no se alimenta de quimeras, pudo decir, interrogándose a sí mismo: «Si existe una verdadera religión… Es entre ellos, es en los pobres en quienes se conserva la verdadera religión, una fe vi­va; creen sencillamente, sin examinar minuciosamente; sumisos a las órdenes, pacientes hasta el exceso en las miserias que tienen que sufrir…».

A Bossuet se le ve enternecido de la misma manera contem­plando a los pastores de Belén en el sermón de los misterios de la santa infancia 7. Los mismos textos evangélicos inspiran a Bossuet en las Elevaciones sobre los misterios, reflexiones análogas acerca de la «tropa más inocente y más sencilla que existiera en el mundo» 8 y le invitan a idealizar el encanto de una vida sencilla y natural: «Jamás nos lamentaremos de nuestras miserias; preferi­mos nuestras cabañas al palacio de los reyes; viviremos felices bajo nuestros techos de paja… Todos estaban admirados de oír este agradable testimonio de bocas tan inocentes como rústicas… ¿Quién piensa en contradecir a estos sencillos pastores en su re­lato ingenuo y sincero? La plenitud de su alegría brota naturalmente y su discurso es sin artificio». Bossuet ve en los pastores el mundo de los pobres y de quienes viven de acuerdo con la sencillez de la naturaleza.

Varios elementos contribuyen a la elaboración de este tema del «buen pobre», particularmente la manera de representarse la persona de Jesucristo: la iconografía y las asociaciones imaginati­vas que ella ocasiona, son muy importantes en la formación de la sensibilidad de una época. El siglo XVII muestra siempre a Jesu­cristo con gran sencillez y dignidad, con equilibrio y grandeza, con cordialidad y candor. Estos rasgos, que la imagen de aquel tiempo hace populares, son los que, espontáneamente, se atribuirán al buen pobre, modelo de pobres. Cuando Vicente de Paúl presenta a los misioneros y a las Hijas de la Caridad las humillaciones, el trabajo, los sufrimientos, la conformidad a la voluntad del Padre… de Jesús, este Cristo salvador, tiene el rostro y los gestos de un campesino que no cesa de trabajar, que se somete siempre, que sufre hasta que su Padre lo desee.

Otra asociación, que gozará de una gran preponderancia en el pensamiento tradicionalista del siglo XIX y XX: la relación entre la «buena pobreza» y la vida campesina, el trabajo manual, tuvo un atractivo real en el siglo XVII. Es necesario leer las páginas en las que, a propósito del retiro de la Magdalena, Bossuet canta las de­licias de la vida campestre y los «rebaños que pacen entre las flo­res y la hierba», y aquellas otras en las que, a propósito de las penitencias de cuaresma, exalta el encanto del desierto: «Allí ve­remos la naturaleza en su pureza: quizás nos parezca al principio horrorosa, a causa de la costumbre que tenemos de ver las cosas

tan extrañamente falsificadas por el artificio fascinante de la seduc­ción, pero esta impresión producida en nuestros sentidos se disipará pronto en la calma de la soledad, y la naturaleza nos agradará allí tanto más cuanto que no está de ninguna manera dañada por el lujo, lo que nos la hará mucho más agradable».

Lo que al principio no es sino tendencia y movimiento de la sensibilidad, termina en consideraciones políticas y sociales, con el elogio de la agricultura —fuente de riqueza para el estado y prenda de una vida sencilla y natural—, con el elogio del trabajo.

Vicente de Paúl, que conoce a los campesinos por nacimiento y por experiencia, nos ofrece otro rostro de los pobres y de su pobreza. Parte de un hecho doloroso y perfectamente comprobado: los campesinos mueren de hambre. Sabe perfectamente que «en muchos lugares raramente se come pan…» y no olvida que los cultivadores del campo aguantan el sufrimiento, soportan la mise­ria de la guerra, no siempre cosechan lo que han sembrado y se ven obligados a abandonar su casa y sus tierras. Conoce dema­siado la miseria de los campesinos para poder imaginar la vida ru­ral a través de los idilios y de las pastorelas. Prefiere estar bien in­formado de su situación y ayudar a los más necesitados a salir de ella.

El conocimiento del ambiente campesino revela, al menos, tres tipos sociales diferentes, a pesar de la aparente unidad de nombre.

Las tres cuartas partes de los campesinos —obreros y propieta­rios de algunas pequeñas parcelas— apenas poseen una décima par­te de las tierras cultivables y su situación material oscila entre la penuria y la indigencia. Muchos de ellos deben encontrar otras ocu­paciones para poder vivir. Su condición de vida no es fácil; su ni­vel social es bajo.

Los obreros del campo —«jornaleros»— son frecuentemente muy pobres y de «los más miserables, se ignora casi todo». A veces se les llama «mendigos», aunque tengan residencia. Lo que se sabe con toda certeza por los registros parroquiales, es su muerte en masa cuando una epidemia pasajera o el «hambre cíclica» aparecen. Ellos constituyen, con los mendigos, el estrato inferior de la socie­dad rural y el grupo más numeroso. Tributarios de empleos irre­gulares forman el mayor número de pobres.

Continuamente endeudados, estos obreros del campo trabajan en ciertas épocas del año de manera intermitente en las casas de sus acreedores. Los trabajos realizados son banales, pero les sirven para pagar sus deudas y ganar algo de dinero. Pero si la cosecha es mediocre, el precio del pan aumenta y el trabajo disminuye. Los menos desdichados no quedan totalmente desprovistos. Viviendo en una habitación, no siempre de su propiedad, ninguno de ellos es capaz de alimentar a su familia con el producto de las pocas áreas de tierra que poseen. Para salir de la miseria permanente, a la que sus reducidos bienes parecen condenarlos, algunos se hacen obre­ros-granjeros. Estos mantienen alguna oveja y una vaca, cultivan algunas parcelas dispersas de los burgueses o pequeños trozos de un campesino ausente. Otros, intentando salir de su miseria, bus­can su independencia social y económica convirtiéndose en peque­ños fabricantes de sargas o haciéndose cardadores. Esta persecu­ción de independencia arriesga ser más aparente que real. En rea­lidad permanecen siempre obreros, reducidos prácticamente a la condición de asalariados con todas las servidumbres del paro obre­ro, que esta situación lleva consigo en la época. La estructura cam­pesina y social impide a los obreros todo esfuerzo eficaz para salir de su miseria económica y social.

La clásica clasificación del mundo campesino en obrero rural y labrador, olvida a todo un grupo de campesinos bastante nume­roso en algunas regiones de Francia. Estos poseen pequeñas par­celas de tierra y trabajan otras que arriendan, al mismo tiempo que crían un pequeño número de animales. De esta manera pueden vivir, aunque bastante pobremente. Estos campesinos ¿son inde­pendientes? Se puede dudar mucho que así fuera. Los más favorecidos pueden muy difícilmente —incluso los mejores años— ali­mentar de pan a cinco o seis personas. Si la cosecha del año resulta ediocre, estos campesinos no pueden alimentar a su familia. Su apariencia de independencia se limita estrictamente a los años muy buenos. En los años malos no pueden vivir a no ser pidiendo un préstamo y firmando obligaciones, de las cuales difícilmente pue­den liberarse. En realidad no pueden vivir de sus tierras, de su explotación, de su trabajo, si no es contrayendo deudas.

Los labradores poseen, por lo menos, dos caballos, que, engan­chados a un arado, les permiten labrar la tierra. Pero en esta socie­dad tan formalista, tan sensible a las denominaciones y a las dig­nidades, la aparente unidad de denominación oculta con mucha frecuencia niveles económicos muy distintos. Hablando de los labradores, es necesario distinguir el mediano y el rico labrador.

Un labrador mediano raramente posee más de una decena de hectáreas. Con su par de caballos, acompañado con frecuencia de una yegua, labra sus tierras, ara para sus vecinos más pobres y ex­plota algún arrendamiento que puede igualar en extensión a su propiedad. Interesantes los años buenos, estos arrendamientos cons­tituyen, por el contrario, cargas pesadas los años difíciles, puesto que el aumento del arriendo es constante. El conjunto de su ga­nado, por término medio, no alcanza proporciones importantes. Mediocres propietarios, medianos arrendatarios, apenas fueron otra cosa que modestos campesinos con un par de caballos.

Otros labradores, que tampoco poseen tierras suficientes para estar ocupados y alimentar a sus familias, buscan un segundo ofi­cio. Gracias a este segundo oficio, algunos alcanzan el nivel de los labradores ricos y de los grandes arrendatarios y recaudadores de señorías.

Los estratos superiores de la sociedad rural están constituidos por los labradores ricos, que poseen de veinte a treinta hectáreas, grandes colonos, recaudadores de las señorías. Su estudio, sobre todo su existencia, contribuyen a explicar la incomodidad, la mi­seria de los campesinos pobres, reducidos, casi, a ser sus deudores y sus asalariados. Ellos nos hacen conocer también las relaciones con los grandes propietarios.

Los privilegiados en el campo son los burgueses, exentos de pagar contribución, los clérigos, los nobles. Ellos poseen ordina­riamente grandes terrenos y derechos rurales. Estos grupos de la sociedad urbana y campesina obtienen importantes réditos de la renta de la tierra y del interés del dinero. La percepción de sus rentas agota la mayor parte del producto de la tierra y reduce a la indigencia y a la miseria a los pequeños y medianos campesinos.

Su pobreza y su miseria

Con anterioridad a la política de guerra emprendida por Richelieu y continuada por Mazarino, antes de las grandes crisis del si­glo XVII, incluso durante los períodos de relativa prosperidad, la mayoría de los campesinos franceses viven muy pobremente.

Jorge Crew, embajador de Inglaterra en la corte de Francia de 1605 a 1609, escribe en su relato sobre la situación económica y social del reino de Francia: «Los habitantes de Francia forman tres categorías de personas… los de la tercera están de tal manera oprimidos que su boca está llena de imprecaciones y de quejas amargas y no cesan de gritar que su rey parece ser, no el rey de los franceses, sino el de los mendigos». El mismo da la explicación: «Es una máxima del estado en Francia, que el pueblo debe estar abatido y desalentado por las exacciones y la opresión, ya que de otra manera estaría dispuesto a la rebelión. Por eso, actualmente se encuentra abrumado con tan grandes cargas que le impiden toda posibilidad, no digo ya solamente de caminar o de correr, pero ni siquiera de andar y de moverse bajo ellas… Bajo la administración de Sully, añade, cuando los oficiales del rey encargados de cobrar los impuestos no encuentran nada en casa del contribuyente, que no ha comparecido, venden las puertas, las ventanas y el tejado de las casas».

Roberto Miran, magistrado de los comerciantes, presidente del «tercer estado», presentando el «cuaderno» del tercer estado el 23 de febrero de 1615, dice: «Los pobres campesinos trabajan sin descanso, gastando… su vida para alimentar a todo el reino… Y de su trabajo no les queda más que el sudor y la miseria… El ali­mento de vuestra majestad, de todo el estado eclesiástico, de la nobleza y del tercer estado, está cargado sobre sus brazos. Sin el trabajo penoso de los campesinos, ¿qué valen los diezmos y las grandes propiedades de la iglesia? ¿qué valor tienen para la nobleza sus grandes propiedades y sus grandes feudos, lo mismo que las casas, rentas y herencias del tercer estado? ¿quién proporciona los medios para formar los ejércitos de guerra?… Y apenas los soldados se ponen en marcha, ¡cuando ya desuellan a los pobres cam­pesinos que les han pagado!… A este pobre pueblo, que no tiene por suerte más que el trabajo penoso de la tierra, el esfuerzo de sus brazos y el sudor de su frente, oprimido por la contribución, el impuesto de la sal, obligado a soportar el comportamiento des­piadado y bárbaro de mil agentes que le buscan para hacerle pagar sus impuestos, se le ha visto comer hierba, en medio de los prados, con los animales…».

En 1622, un sabio especialista en cuestiones financieras, el pre­sidente La Barre, una autoridad en la época, escribe en su Formulaire des élus: «Si el labrador pensara seriamente cuando labra su tierra, para quién siembra, no volvería a sembrar». El autor ha­bla de un labrador que posee una explotación bastante importante, disponiendo de una herramienta agrícola y de personal asalariado que trabaja bajo sus órdenes. Pero sabemos que la mayoría de los campesinos franceses no poseen más que dos o tres hectáreas y la mayor parte de los obreros del campo no poseen más que unas pequeñísimas parcelas de tierra.

En el «Cuaderno» de 1620 de los estados de Normandía se lee: «A pesar de que el tercer estado sea el primer peldaño, la piedra que soporta todo el peso, el padre alimentador de todos los demás, no obstante está considerado como anatema y cosa execra­ble, abandonado de todos, es decir oprimido por todos; la iglesia le exige los diezmos; todos saben cuán indignamente es tratado por los nobles; el impío soldado lo golpea, lo viola, le roba, dejándole únicamente lo que no se puede llevar; de los hombres de justicia, ¡ni siquiera se atrevería a quejarse!» 2°.

El mismo Richelieu en sus proyectos de reforma de 1625 y 1626 habla de «aliviar a la gente del campo» «sobrecargada» y «arruinada».

Aun cuando haya que tener en cuenta el tono exagerado de su carta, Gaston d’Orléans escribe desde Nancy el 30 de mayo de 1631 a Luis XIII: «…El derroche de vuestras finanzas ha reducido a vuestro pueblo a una necesidad extrema… Os diré solamente lo que he visto. En el campo, un tercio de vuestros súbditos ape­nas come pan ordinario, otro tercio no vive más que de pan de avena y el tercio restante, no solamente está reducido a la mendi­cidad, sino que languidece en una necesidad tan lamentable que, una parte muere realmente de hambre, la otra no se sustenta más que de bellotas, hierbas y cosas parecidas, a semejanza de los ani­males. Los menos desdichados no comen más que salvado y sangre que recogen en los regatos de los mataderos. Yo mismo he visto con mis propios ojos esta miseria en diferentes lugares, desde mí salida de París».

El 26 de junio de 1633, J. Luis de La Valette escribe desde Burdeos al canciller Séguier: «…Se puede temer que la necesidad extrema en que viven los pueblos suscite algunos malos consejos… la miseria es tan general en todas partes que será imposible, si no hay algún alivio momentáneo, que el agotamiento no conduzca al pueblo a tomar alguna decisión peligrosa…». Los autores de los «Cuadernos» de los estados de Normandía se quejan del rigor in­humano de los «agentes de contribución… llegando, dicen ellos en 1634, a haber arrancado la camisa que cubría la desnudez de los cuerpos e impedido a las mujeres en varios lugares, por vergüenza de su propia desnudez, el asistir a las iglesias». Se puede pensar que esta queja, como todo reproche, es excesiva, sin embargo el mismo lamento se encuentra en la antigua provincia de Angulema: «Los agentes de contribuciones usurpan todos los bienes de los insolventes, quienes, privados incluso de sus vestidos, no se atreven a asistir a los oficios religiosos».

Durante la guerra de Francia contra España la correspondencia enviada al canciller Séguier desde todas las provincias de Francia, nos presenta un pueblo demasiado cargado de impuestos y excesi­vamente arruinado por la brutalidad de los arrendadores de con­tribuciones y por las atrocidades de los soldados. Si el pueblo francés tiene necesidad de pan y de esperanza, los campesinos, durante todo el tiempo de la guerra franco-española y especialmente durante la Fronda, ven su indigencia convertida en miseria, sus vestidos reducidos a harapos y su esperanza decepcionada. Inme­diatamente después de la Fronda La Bruyére escribe estas líneas a la vez desdeñosas y compasivas: «Se ve a ciertos animales fero­ces, machos y hembras, extendidos por la campiña, negros, dema­crados y completamente quemados del sol, agarrados a la tierra que cavan y remueven con una invencible obstinación; tienen una especie de voz articulada, y cuando se enderezan, muestran un ros­tro humano. En efecto, son seres humanos. Al atardecer se reti­ran a sus chozas donde viven de pan negro, de agua y de raíces; ahorran a otros hombres la fatiga de sembrar, labrar y recoger pa­ra poder vivir, y de esta manera merecen el pan que ellos han sembrado».

Esta descripción corresponde al espectáculo de la campiña de los alrededores de París después de los horrores de la Fronda, pero sabemos que semejante espectáculo se extiende por otras muchas provincias de Francia.

 

Mendigos y vagabundos

La valoración de la pobreza y del «buen pobre», que descri­ben los «espirituales» del siglo xvii, surge de la imagen de la vida laboriosa de Jesús y del comportamiento de los primeros cristianos en la asistencia a los pobres.

Por el contrario el «mal pobre» es el que no quiere trabajar, es decir, el mendigo en estado normal de salud. Categoría pura­mente sociológica o incluso política, la mendicidad está despro­vista, en el siglo XVII, de la aureola moral y poética, casi ritual, de la pobreza. La ociosidad produce la mendicidad, porque el trabajo es siempre bendecido 22. La única cosa necesaria es aban­donar a Dios el éxito del trabajo.

El vocabulario empleado, para definir a mendigos y vagabundos, no sólo es revelador de la estructura mental de la sociedad, sino sumamente significativo en la historia social. El mendigo es el que no puede ganarse la vida y se ve obligado a recurrir a la ayuda de los demás para poder subsistir. Ello significa que ha caído en el mundo de la pobreza y que no puede salir de ella. Por eso no sólo se encuentra en la privación de recursos, sino que el único recurso normal de su existencia es dedicarse a la mendicidad. J. P. Camus es, quizás, quien nos da la definición más precisa del término men­digo en la primera mitad del siglo xvii: al pobre, «que no tiene otro recurso más que su trabajo para mantener su vida», opone el mendigo, «que no sólo se encuentra privado de todo recurso, sino reducido a tal grado de miseria, que no puede ganarse la vida por su trabajo, incluso aunque lo desee, bien porque está impedido por dolencia o enfermedad, bien por falta de empleo, aun cuando esté en perfecta salud y tenga capacidad suficiente, si se le empleara en el trabajo».

El término vagabundo tiene un sentido más restringido y varía de significado a través del siglo xvir. Su sentido se precisa lentamente, a medida que el vagabundo se convierte en delito. Sólo entonces los juristas lo definen con mayor precisión y el tér­mino adquiere su significado preciso. Hasta 1660, el vagabundo es el errante, el que no tiene domicilio fijo. El jurista F. Simon de Mereville escribe en 1624: el «vagabundo es el que ha abandonado su domicilio y el lugar de su residencia ordinaria para robar y vivir del bandidaje, y como se dice, vagar de un lugar a otro, perezoso y más inclinado a hacer el mal que el bien, lo que va contra las buenas costumbres y por eso la ley le persigue y le hace perder el privilegio de su residencia». Un edicto de 1666, referente a la seguridad de la ciudad de París, define con mayor precisión al va­gabundo: «Serán declarados vagabundos y desalmados (gens sans aveu) quienes no tengan ninguna profesión ni oficio, ni bienes para subsistir; quienes no puedan hacer certificar su vida honrada y sus buenas costumbres por personas honradas, conocidas y dignas de fe y que sean de condición honorable».

En esta sociedad estratificada en diversos órdenes jerarquizados en estados, Loyseau, al principio de siglo, coloca el estrato de los mendigos en lo más bajo de la escala social. Entre ellos los cojos y ciegos, sin duda a causa de las palabras del evangelio, tienen el derecho exclusivo —según los reglamentos publicados en forma de edictos de la magistratura– de pedir bajo los pórticos de las igle­sias.

Los mendigos dependen y viven del resto de la sociedad. Loyseau escribe: «Viven en la ociosidad y sin ninguna preocupación, a expensas de los demás» y según la expresión utilizada por Feillet: gozan «de la limosna como de las rentas de una prebenda». En realidad, los mendigos del siglo XVII no inspiran ninguna con­sideración a sus contemporáneos. Es preciso darles de comer, por­que jamás tienen con qué alimentar su existencia, y es indispensa­ble que coman.

Mendigos y vagabundos se presentan al historiador como ele­mentos peligrosos de un determinado orden social. Se sospecha constantemente de ellos que vienen de lugares contaminados y que propagan contagios y pestes. De hecho se los margina de la socie­dad. Estos desarraigados, cuyo número aumenta considerablemen­te en períodos de crisis, viven la vida sin pararse, en continuos des­plazamientos. Sin embargo los documentos, que el historiador pue­de consultar, sólo los abordan cuando son detenidos por el poder judicial o cuando ingresan en los hospitales u hospicios, es decir, al margen de sus situaciones habituales de vida.

Los documentos que nos informan de vagabundos y mendigos ayudan a precisar su silueta. Sin poderlos clasificar, hay en la época, el «hombre de la copa de madera», mendigo inoportuno y de as­pecto molesto. Los que llevan una vida sospechosa, sin recursos regulares, como era el caso de Vicente de Paúl a su llegada a París, cuando se alojaba en casa de uno de sus «paisanos» y escribe a su madre: «El infortunio presente presagia la fortuna futura». El número de hombres es superior al de mujeres y niños. A este cor­tejo se unen timadores, que mendigan en las campiñas, exhibiendo enfermedades y úlceras perfectamente imitadas, maestros de es­cuela, de escritura, músicos de paso, sastres, que vagabundean de una región a otra en busca de trabajo, falsos peregrinos que, bajo pretexto de piedad, adquieren libertad total para mendigar impu­nemente de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de provincia en provincia.

Dado el sistema de reclutamiento y de formación de ejércitos, no faltan vagabundos y ladrones que se alistan voluntariamente. Incluso, si no provienen del medio de vagabundos, este mundo los acecha y puede seducirlos. Los antiguos soldados, sobre todo si son inválidos, tienen mayor inclinación a convertirse en vagabun­dos. Los soldados en actividad, libres durante la temporada de invierno, a quienes amenaza la tentación del vagabundeo, caen fá­cilmente en ella.

El mayor número de vagabundos lo forman jornaleros agríco­las. La guerra puede ser decisiva para provocar la huida de los cam­pesinos más pobres, sin tierras, y atraerlos al vagabundeo. Sobre todo cuando se incendian pueblos, se saquean las casas, se lleva el grano y se destrozan las cosechas. La falta de pan los arroja a los caminos, y si llegan a sobrevivir, el unirse a las bandas de errantes, de mendigos, de soldados licenciados, constituye para ellos una razón de existencia y de vida. En un siglo de presión fiscal, en un país en el que el impuesto es de repartición, la miseria y la huida de unos pueden tener efecto acumulativo. Quienes han resistido durante un tiempo, cargados de impuestos, abandonan a su vez el campo. En la Francia del siglo xvii, crisis económico-sociales y fuertes cargas fiscales tienen una influencia indirecta, que estimula la redistribución de la propiedad y explica los vagabundeos. La concentración de tierras en beneficio de algunos «acaparadores» burgueses, lo hemos señalado, se realiza en muchas provincias, lo que obliga a muchos pequeños campesinos a perder sus tierras y como a muchos jornaleros a la huida, al no encontrar trabajo, dada la concentración de propiedades.

Si por pauperismo es necesario entender, como lo han hecho la mayoría de los economistas hasta el siglo xx, la situación de una clase de ciudadanos que no susbisten más que de las limosnas re­cibidas, ¿cuándo el pauperismo ha sido más evidente que ante es­tas multitudes de mendigos, que vienen a saciarse a las puertas de los conventos, de los hospitales, y en frente de estos vagabundos que constituyen una seria amenaza contra la sociedad?

Las actitudes mentales y sociales de los hombres en relación con la pobreza, los pobres y el pauperismo han evolucionado con las generaciones. Ellos han olvidado a veces y otras han percibido parcialmente los elementos paradójicos del problema permanente: la conciliación paradójica del escándalo de la miseria vivida —po­breza real— y la estima espiritual de la pobreza —virtud que in­troduce en la vida cristiana—. Nada nuevo hay en todo esto: la cuestión de fondo es el problema del mal. En estas actitudes se requiere llegar a descubrir los comportamientos colectivos de la iglesia y de la sociedad civil con los pobres.

Actitudes y comportamientos obligan a no disociar la pobreza –como noción espiritual y realidad psicológica— del contexto económico-social. En esta evolución histórica se podrá intentar de­ducir la coyuntura de la pobreza, de los pobres y del pauperismo.

La manera de enfocar el problema del pauperismo en el siglo xvii ¿constituye un dinamismo o un obstáculo para remediarlo? La respuesta merece ser estudiada con detalle y supone muchos matices para lograr que sea lo menos inexacta posible.

No se puede olvidar que la miseria en el siglo XVII es conside­rada como un castigo del pecado original o de los pecados perso­nales; el remedio debe encontrarse en la caridad de los ricos y en la resignación de los pobres 39. Pero esta resignación predicada por unos y casi aceptada por otros, y la costumbre de repartir la limosna a las puertas de los conventos y en la calle, impiden el tra­bajo y crea en la ciudad y en el campo un pueblo de mendigos.

Por otra parte, la idea, aparecida al final del siglo XVI, de que los pobres deben ser «separados» de la sociedad, se extiende en el siglo xvii. Las medidas aplicadas en el siglo xvi no habían hecho desaparecer a los pobres y mendigos. A lo sumo habían disimulado el número, pero no lo habían reducido. Se puede decir que durante todo el siglo xvii la mendicidad aparece como un problema angus­tioso. Si no se puede calcular la amplitud del fenómeno, tampoco se puede discutir su realidad.

El carácter obsesivo de la miseria, los mendigos inoportunos, que la caridad parece multiplicar, las bandas de vagabundos, terminan por inquietar. Se distribuyen limosnas, pero ya no se cree demasiado en la predisposición evangélica de los pobres. Más bien se sospecha de ellos, se horroriza uno de sus vicios, de su ignorancia, de su probable condenación. Las iniciativas de la caridad no pare­cen poder solucionar la situación de miseria. Se sueña entonces sustituirlas por el «encerramiento» de los pobres en los hospitales generales, medio-manufacturas, medio-prisiones. No faltan teorizantes que sostienen semejante solución. Los argumentos utilizados para justificar el proyecto son diversos. Unos se inscriben en la obra del mercantilismo para crear una economía nacional 40. Otros adu­cen argumentos morales y religiosos. La vida que llevan los vaga­bundos y mendigos es una vida de paganos: no bautizan a sus hijos y sus uniones se realizan a la manera de concubinatos. Los publi­cistas escriben con agrado que los pobres son «libertinos», es decir, que viven al margen de toda regla social y religiosa. El encerra­miento permitirá «reglar» y «gobernar» su vida.

En las definiciones del vagabundo aparece la expresión de «des­almados» (gens sans aveu). El término es sumamente significativo en la semántica del vocabulario de la pobreza. Si el pobre y, con frecuencia, el mendigo forman parte de la sociedad, al vagabundo, por el contrario, se le define esencialmente por la ausencia de víncu­los que le unen a la sociedad. La carencia de domicilio es algo que muchas compañías de la caridad, en el siglo xvii, no perdonan: sólo asisten a los que tienen domicilio. La reprobación, que lleva consigo la ausencia de domicilio, irá aumentando hasta el siglo que hace «vagabundo» igual a «desalmado».

La expresión gens sans aveu es muy fuerte. En la época moder­na significa: alguien a quien nadie quiere reconocer como allegado suyo y de quien ninguna persona digna de fe quiere dar garantía. No tener la garantía de nadie, equivale a permanecer al margen de la sociedad y a no pertenecer a ninguna corporación. Lo que es grave en una sociedad, donde «clientela» y «corporación» constitu­yen las estructuras de las relaciones y de los vínculos sociales. Si se añade que vagabundos y, a veces algunos mendigos, viven volun­tariamente al margen de la sociedad, en el «libertinaje», es decir, rechazando toda imposición social «sin someterse a las reglas de la religión y de la razón», se puede suponer su «estatuto» social.

Por eso no hay por qué extrañarse de que la misma sociedad los margine y adopte contra ellos medidas rigurosas, sobre todo en el campo judicial, por motivos de orden y de seguridad social.

La aportación del lenguaje en el estudio de la pobreza es suma­mente reveladora. Al llamar pobre a quien ordinariamente tiene un nivel de vida muy bajo y está expuesto todos los días a no con­seguir lo indispensable para vivir, mendigo a quien tiene que pedir limosna para poder subsistir, el vocabulario francés del siglo XVII nos revela la vulnerabilidad y la gran dificultad a las que se ve so­metida la clase humilde. Al definir y condenar al vagabundo y al «desalmado», este mismo vocabulario nos informa cómo la sociedad rechaza y margina de ella a una gran parte de las clases más bajas.

Si del vocabulario se pasa a la realidad a través del siglo XVII, se observa que estas diversas categorías de pobres se entremezclan, se confunden y el número de participantes aumenta a causa de los azares de la vida y de las crisis económico-sociales. Y esto es esen­cial, porque vocabulario y realidad significan que la historia de la pobreza, de los pobres, en la época clásica es, sin duda, el estudio de los medios pobres, pero también la historia de una segregación, de una separación.

Los pobres en el siglo xvii se encuentran en los niveles más bajos de la sociedad, pero entre ellos hay quienes se encuentran marginados de y por esta sociedad. El problema de la mendicidad y del vagabundeo preocupa a la opinión pública y al gobierno real. Las diferentes medidas aplicadas por el gobierno desde 1611 hasta 1687 para poner remedio a este mal y la actitud de la sociedad con los mendigos pueden ayudarnos a aclarar la respuesta.

Nos parece que para tratar de buscar una respuesta, se requiere determinar las causas del pauperismo y del vagabundeo, y precisar exactamente las fechas en que mendigos y vagabundos aparecen en grandes grupos. Desde principios de siglo, cuando Loyseau afirma: los mendigos viven «en la ociosidad y sin ninguna preocu­pación, a expensas de los demás», hasta 1656, fecha en la que el gobierno real publica el edicto referente al hospital general, los tiempos han cambiado, las causas de la mendicidad y del vagabun­deo son completamente distintas y el número ha aumentado mu­cho.

Las causas del pauperismo son múltiples y cada una aporta su tanto por ciento: la sucesión de carestías y epidemias, las crisis manufactureras y textiles contribuyen a aumentar las bandas de vagabundos, que llevan una existencia al margen de la sociedad. Los pobres, agobiados por repetidos golpes, no llegan a rehacerse durante los intervalos de la escasez. Al no encontrar un trabajo re­gular, ni siquiera pueden retirar sus ropas, empeñadas a un precio usurario. Las operaciones militares y los destrozos de los soldados durante la guerra civil y extranjera extenúan la provincia y reducen a la población urbana y campesina al vagabundeo y a la mendici­dad. La concentración de propiedad rural y los desastres monetarios multiplican los desdichados y los encaminan hacia las ciudades.

¿Quiénes son estos mendigos y vagabundos? En Amiens de 1625 a 1633, más de la mitad de la población, quizás las 3/5 partes, no pagan la tasa de los pobres impuesta a los ciudadanos. Estas abstenciones pertenecen a las categorías más desheredadas. Sin embargo las cotizaciones mínimas son de tres denarios por semana, es decir 1/4 de sol. ¡Estas 3/5 partes de la población no pueden pagar los tres denarios por encontrarse en una gran pobreza!

En el momento de la carestía del invierno de 1621-1622, la encuesta realizada por los concejales nos permite conocer el nú­mero de necesitados: «1.300 hombres y mujeres y 2.050 niños». Estas personas necesitadas deben ser alimentadas por la munici­palidad. Desgraciadamente el efectivo de recursos de la «Oficina de los pobres» no puede proporcionar más que el equivalente de ¡quince a veinte kilos de pan por persona y por año! Cuando la carestía persiste y la crisis comercial aumenta el paro obrero, los administradores de la «Oficina» no pueden hacer frente a la mi­seria y declaran su imposibilidad. La municipalidad abandona en­tonces a estos pobres.

La posibilidad de encontrar un trozo de pan en la ciudad alienta a los vagabundos y a los jornaleros sin trabajo a trasladarse del campo a la ciudad. Las autoridades municipales, que ni siquiera pueden alimentar a los necesitados de la ciudad, declaran la expul­sión de los vagabundos y mendigos venidos de fuera y descubiertos por la policía. De 1630 a 1640 esta policía se vuelve cruel expul­sando de la ciudad a todos estos errantes que propagan el robo y la sedición.

En marzo de 1652, la «Oficina de los pobres» de Amiens de­clara su incapacidad: la ciudad no puede de nuevo socorrer a sus propios indigentes. Los burgueses, que se resienten en la pros­peridad de su comercio, cotizan con dificultad la limosna semanal, y las finanzas municipales, disminuidas por las exigencias del fisco, privadas por los arrendadores de las contribuciones reales del pro­ducto de arbitrios, no pueden socorrer ya esta miseria. La caridad privada, cuyas iniciativas se habían prolongado desde 1624, confiesa la misma incapacidad: la amplitud del mal priva de toda eficacia a los remedios particulares.

Entre los componentes de esta población de mendigos y vaga­bundos de Amiens se encuentran hombres y mujeres, matrimonios con hijos, muchachas y adolescentes, aprendices que abandonan el taller patronal antes de terminar su contrato, hiladores y tejedores de los pueblos vecinos, obreros forasteros, oficiales artesanos sin trabajo.

En Beauvais, Pedro Goubert describe el mismo fenómeno, comprueba las mismas causas de estos rasgos horribles de la miseria y señala la misma incapacidad de la caridad privada para luchar con­tra el mal. Por el contrario, no declara la existencia de masas de vagabundos.

Con ocasión de cada una de las grandes crisis de la economía del siglo XVII, los obreros y menesterosos de Beauvais reaccionan según el mismo esquema y sufren los mismos males: carestía, paro obrero, comienzos de rebelión obrera, medidas de caridad, conta­gio.

En octubre de 1630, comienza la carestía. El 24 de diciembre se establece una «tasa de los pobres» para socorrerlos y se movili­zan las compañías burguesas contra la sedición, que amenaza. En febrero de 1631, los concejales de la municipalidad terminan la encuesta sobre el número de pobres: el resultado da la cifra de 2.500. El 6 de abril de 1631, la ciudad pide dinero prestado para alimentar a los pobres y envía a los más fuertes a «trabajar en las fortificaciones». El 10 de abril, la regiduría ofrece dinero a los «fabricantes de sábanas que quieran emplear mayor número de po­bres de los que tienen». En junio, el contagio de la peste se declara y la nueva cosecha se anuncia mala.

En 1648, al comienzo de la Fronda, la única preocupación de la burguesía de Beauvais es impedir toda «sedición» de los obreros de la lana, exasperados por la subida de precios y por la disminu­ción de empleo. Durante toda la Fronda persiste esta misma preo­cupación. Solamente cuando los pobres comienzan a morir de ham­bre y de enfermedad, esta preocupación pasa a segundo plano. En esta fecha se crea la «Oficina de los pobres». Sin embargo son raras las personas acomodadas que manifiestan por los pobres de la ciudad (jamás se hace mención de los pobres del campo) senti­mientos de piedad. Ante todo es un asunto de conservación, de orden, de defensa, de policía social.

La preocupación de la burguesía de Beauvais durante los años de carestía se orienta hacia el acrecentamiento de su dominación sobre las clases populares urbanas y rurales. En estos mismos años, los burgueses obtienen sus ventajas de los campesinos pobres. Care­ciendo de semilla y con frecuencia de alimentos, los campesinos se ven obligados a pedir anticipos. Los prestadores urbanos pueden entonces lanzarse sobre las aldeas y liquidar los créditos: las par­celas rurales entran por centenares en las propiedades burguesas. Los pobres campesinos se ven entonces obligados a trabajar sus antiguas propiedades como arrendatarios o marcharse a la ciudad para convertirse en obreros sin oficio o para mendigar un trozo de pan.

El éxodo de los campesinos a la ciudad

Las ciudades, polos de atracción de todos los desdichados, atraen a los vagabundos. Los documentos que lo atestiguan son abundantes. El fenómeno se explica: en épocas normales los pobres del campo piensan poder encontrar en la ciudad trabajo y en conse­cuencia un salario para poder vivir. En períodos de crisis socio-eco­nómicas, la posibilidad de ser asistidos en la ciudad, inexistente en el campo, los atrae. La historia del vagabundeo está relacionada con el éxodo rural.

En Normandía los campesinos, obligados a mendigar para po­der subsistir, se convierten en vagabundos sin hogar ni residencia fija. En Borgoña, la encuesta realizada, desde el 16 de septiembre de 1644 al 7 de abril de 1645, por la cámara permanente de los representantes del rey nos muestra las aldeas desiertas o casi in­habitadas. En Champaña, los habitantes abandonan algunos pue­blos y se van a vivir a los bosques de las montañas de Reims o a las ciudades 54. En Picardía el desfile de mendigos y de vagabundos au­menta durante la guerra. El despueble de la Lorena es un fenó­meno bien conocido 56. Numerosas bandas de estos infortunados intentan refugiarse en las ciudades. El fenómeno nos lleva a com­probar que la población de la ciudad de Troyes cuenta en 1649 con un tercio de mendigos. Las ciudades, para reaccionar contra esta invasión de vagabundos y mendigos, a quienes no pueden alimen­tar, nombran los llamados «expulsadores-de-mendigos». El único medio que tienen para liberarse de esta miseria ambulante y embarazosa, a veces contagiosa, es utilizar la crueldad de la policía.

La mendicidad en París

En París, lo mismo que en otras provincias de Francia, el pro­blema de la mendicidad preocupaba desde el siglo XVI. El mal era grande, pero el remedio no era fácil de encontrar. Razones de he­cho y corriente ideológica llevan a la transformación de ideas con respecto al pobre, la pobreza y el pauperismo.

El siglo xvi no sólo desconfió de los pobres, sino que se separó de la idea que consideraba a los pobres como representantes de Jesucristo. La transformación de las ideas respecto a la pobreza pasó por una crítica seria de la ociosidad y por el elogio del tra­bajo. La idealización franciscana de la pobreza y de la mendicidad sufrió una decantación. Este cambio de actitud con respecto a la pobreza, a los pobres, se origina en las ideas de una corriente mer­cantilista. Por eso se afirma que un estado bien organizado debe proscribir la ociosidad, por ser la madre de todos los vicios. Esta condenación de la ociosidad, y por consiguiente de la mendicidad y de los mendigos, se apoya en las nuevas ideas acerca del trabajo. Trabajar es cumplir el precepto de Dios y el medio de favorecer el desarrollo de la sociedad y de los ciudadanos. El trabajo, en con­secuencia, es una forma de adorar a Dios y un medio de santifi­cación.

El libro de J. L. Vives, De subventíone pauperum, publicado en Brujas en 1526, reeditado en París y Lyon en 1530 y 1532, ejerce una gran influencia en la reforma de la asistencia a los pobres. En el libro I, al describir el mundo de los pobres y de los ricos, Luis Vives ataca violentamente a unos y a otros. Los pobres viven en el vicio y cometen atrocidades y delitos. Piden muy inoportuna­mente en la calle y en las iglesias, molestan con sus llagas y apes­tan con su hediondez. No se preocupan sí propagan enfermedades a los demás con su contagio. No sólo se abren y aumentan llagas para dar más lástima a quienes los miran, y así aumentar la «ava­ricia de la ganancia», sino que deforman los cuerpos de sus hijos y de los niños, que a veces roban o piden prestados para llevarlos por todas partes. Muchos, que gozan de buena salud, simulan en­fermedades. Otros ociosos «convierten en oficio sus propios males» y defienden con impertinencia y ardor su mendicidad. Se sirven del nombre de Dios y de los santos para pedir limosna, pero tan lejos está Dios de su espíritu que lanzan contra él «todo género de blasfemias». Su amor al dinero provoca entre ellos maldiciones, riñas, golpes, muertes, crueldades y ferocidades de toda especie. Si no se les da lo que quieren, protestan y se enfadan, y cuando han conseguido la limosna deseada, se ríen y se burlan de quienes se la han dado. Gastan con suma facilidad en cenas el dinero que adquieren durante el día y piensan que mañana conseguirán otro tanto. La vida licenciosa los impulsa a ser «desvergonzados, la­drones e inhumanos». Si alguien se lo hace observar e intenta aconsejarlos, replican con violencia: «somos los pobres de Jesu­cristo. Como si Jesucristo reconociese por suyos a unos pobres tan alejados de las costumbres y de la santidad de vida que nos en­señó». Con el pretexto de su pobreza piensan que todo les es lícito. Desprecian las leyes y a los magistrados y toda ocasión, que se les presenta, es buena para robar. «Quieren vengar su ira no sólo con palabras y puños, sino con armas y muertes». «Participan en sedi­ciones y tumultos e instigan a otros a hacer lo mismo». Finalmen­te exhorta a los pobres a trabajar y a soportar con paciencia su si­tuación para seguir a «Cristo despojado» y ser los «elegidos de Dios».

Al hablar de los vicios de los ricos, que los impiden ayudar a los pobres, afirma: Los ricos prefieren por amor propio inmoderado, fruto de la soberbia y de la avaricia, vivir en el lujo antes que dar limosnas. La veneración excesiva al dinero los impulsa a pensar que «dar una moneda a los pobres es darles la sangre y no un poco de metal». Su ambición, soberbia y codicia los lleva a hacerse «edi­ficar tumbas suntuosas en lugar de dar dinero al pobre». Aun des­pués de muertos «de los robos y despojos que han hecho a los pobres y de las riquezas mal adquiridas, que ya no son suyas», mandan que se les «canten salmos y se les digan misas sin restituir lo ajeno». Sin embargo ellos no han recibido de Dios las riquezas más que para repartirlas. El «reparto de limosnas a los pobres es más una restitución que una liberalidad». Desgraciadamente los ricos olvidan que cuando se da limosna, el «Señor sale por fiador del pobre» y recibe lo que se da a los miserables. Para Luis Vives el sentido evangélico revela que no hay verdadera piedad y cristia­nismo si no es en el reparto y en la ayuda mutua. Al «rico Dios le ha constituido tutor y defensor del necesitado». Desgraciada­mente el ansia de riquezas hace «ridícula» la doctrina y precep­tos de Cristo y precipita a los ricos a la «servidumbre de los ído­los». En resumen, afirma Luis Vives, no tengo a nadie por verda­dero cristiano si no socorre, en cuanto puede, al necesitado.

En el libro ir expone la reforma de la asistencia caritativa, re­querida por el interés de ricos y de pobres, e impuesta por el bien de la sociedad. Los magistrados de la ciudad deben ser los res­ponsables de la asistencia y los administradores de rentas y bene­ficios existentes y fundados para este fin. Su primera obligación es hacer el censo de pobres y desdichados, enviar fuera de la ciudad a mendigos y vagabundos forasteros, después de haberles dado la «limosna de paso». Su esfuerzo se concentrará en buscar trabajo a todos los pobres. Podrán «encerrar a los mendigos incorregibles» y socorrerán a todos los pobres que no pueden trabajar. Los cen­sores, empleados por los magistrados, se informarán de los vicios y costumbres de los pobres y mendigos. Esta encuesta se hará todos los años. De esta manera, concluye, se suprimirá la mendicidad.

Luis Vives preconiza la centralización y organización de las ayudas caritativas y benéficas, la reforma moral en las costumbres de ricos y pobres, el esclarecimiento de las ideas en las mentali­dades y la necesidad del trabajo para la construcción de una ciudad, de una sociedad, organizadas de acuerdo con las exigencias del des­arrollo al que aspira la edad moderna.

Estas ideas tienen sus repercusiones en Francia, donde se in­tenta controlar a los pobres, separarlos de la sociedad, centralizar las limosnas y organizar las colectas. Para conseguirlo se crean, a partir de 1525-1530 las «Oficinas de los pobres» en varias ciuda­des de Francia: Dijon, Troyes, Amiens, Poitiers, Lyon, Paris. El funcionamiento de estas «Oficinas de los pobres» se realiza y se asegura principalmente por una tasa impuesta a los habitantes de la ciudad. Esta decisión es sumamente significativa respecto a la asistencia caritativa en Francia durante el siglo XVI. Se prohibe dar limosna, pero se instituye una tasa, con frecuencia obligatoria, para asistir a los pobres. Sin embargo las resistencias a pagarlas son numerosas, especialmente en París.

El objetivo de la fundación de la «gran Oficina de los pobres» en París (1544), fue, en efecto, luchar contra la terrible plaga de la mendicidad. Desde 1544 esta «Oficina de los pobres» co­mienza a encerrar en el hospital Saint-Germain «a ancianos, enfer­mos, pobres incorregibles, inválidos e imposibilitados». Esta pri­mera tentativa fue muy efímera.

El proyecto fracasó por falta de dinero, lo mismo que en Lyon. Pero si las realizaciones fracasan, la idea de encerrar a los pobres está en germen en Francia. Generalmente hablando, el siglo XVI decidió ver en el pauperismo un problema de orden público. Pero sus tentativas de organizar la asistencia no tuvieron éxito. Al ter­minar el siglo la mendicidad permanece. El siglo XVII afrontará a su vez pobreza, mendicidad, vagabundeo, con tradiciones, super­vivencias, prolongaciones en la realidad y en las ideas.

Al comienzo del reinado de Luís XIII la idea de «encerrar a los pobres» preocupa todavía a los espíritus. De 1611 a 1656, los re­glamentos de policía y los edictos del parlamento se multiplican. Esta multiplicación prueba claramente su ineficacia.

En 1611, aparece la redacción de los Statuts pour les hópitaux des pauvres enfermés. Los poderes públicos buscan soluciones para evitar la plaga de mendigos. Para combatir esta epidemia, se intenta recurrir a los medios utilizados contra la peste: internar y aislar enfermos y mendigos. Se piensa que esta reclusión con una organización dura de trabajo en los centros de mendicidad daría buenos resultados. La jornada de trabajo, se escribe en estos esta­tutos, debe durar, en verano, desde las 5 de la mañana hasta las 7 de la tarde. El domingo se reserva a la asistencia a los oficios religiosos y a la predicación. Se espera que el mantenimiento de estos hospitales será asegurado por la «tasa de los pobres» y las colectas en las iglesias. Estas decisiones intentan instituir una for­ma de servicio público y centralizar la caridad. Se exalta el valor de la limosna, aunque se desea un cambio en la manera de hacerla, pero no la pobreza, que se oculta en esta especie de prisiones. In­tentando dar a los recluidos unas reglas de vida religiosa y una acti­vidad profesional, se pretende retirarles de su mala vida, aliviar al pueblo de sus importunidades y evitar los desórdenes provoca­dos por ellos. De los 9.000 ó 10.000 pobres que se encuentran por las calles de París, solamente se presentan 91 para ser internados. Los demás abandonan la ciudad o se esconden. París se siente de­sembarazado de su molesta presencia durante cuatro años. El te­mor del castigo retiene escondidos a los mendigos o les fuerza a presentarse a los edificios destinados a encerrar a los pobres. En 1617 invaden de nuevo las calles de París. Un folleto publicado este mismo año habla del gran número de mendigos, de sus grandes importunidades y de su comportamiento.

Un nuevo edicto del parlamento, fechado el 29 de noviembre de 1619, intenta poner remedio, ordenando la reclusión de los po­bres en el edificio llamado el «Petit-Bourbon», situado en el arra­bal Saint-Jacques. En 1622, un nuevo edificio es destinado a los mendigos por decreto del parlamento. Sin embargo el número de «pobres encerrados» había descendido de 2.200 a 1.300 ó 1.400. En 1629, 1630, 1632, el parlamento recuerda inútilmente los edictos de 1611 y 1612. El objetivo de estas disposiciones es siem­pre el mismo: librarse de los «mendigos» que «constituyen un peligro social». Es necesario, en consecuencia, «encerrarlos». Los mendigos, que lo saben, prefieren su libertad y su ociosidad. La insuficiencia de medios financieros y la resistencia de los intere­sados hacen fracasar estas primeras tentativas.

Hacia 1640, París tiene alrededor de 450.000 habitantes, pero entre ellos se encuentra una masa flotante numerosa de pobres: ¿son 40.000? Los profesionales de la mendicidad se reúnen to­das las tardes, al anochecer, en lugares especiales llamados por iro­nía Cour des miracles, donde piernas y brazos retorcidos se ende­rezan, las llagas desaparecen y los moribundos gozan de perfecta salud. Estos Cour des miracles gobernados por el rey de los mendigos se convierten en lugares temibles y la policía no se atreve a entrar en ellos.

En 1653 es necesario socorrer las horribles miserias producidas por la guerra y la Fronda. París ve multiplicarse los mendigos: ¿son más de 100.000? Durante la guerra franco-española y sobre todo durante y después de la Fronda, es difícil distinguir a los profesionales de la mendicidad y del vagabundeo de los pobres obreros y campesinos, obligados a abandonar su trabajo y a men­digar su vida para poder subsistir. El vagabundeo aumenta y los campesinos se unen en grandes grupos para defender su existencia. Reaccionando instintivamente contra una sociedad y un poder in­tentan subsistir por el robo y el crimen. Muchos de ellos se unen a los truhanes del «Valle de la miseria», quienes por una reacción de sana vitalidad intentan vivir a expensas de dicha sociedad y en consecuencia se organizan en grupos con sus jefes.

Vicente de Paúl, conmovido ante el espectáculo de una mul­titud de pobres campesinos convertidos en mendigos, escribe estas palabras el 8 de octubre de 1649: «Los pobres que no saben a dónde ir ni qué hacer, que sufren y que se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor».

La intervención del poder central intentará afrontar el pro­blema de la miseria, de la mendicidad y del vagabundeo decretando por edicto real, en abril de 1656, la creación del Hospital General de París, donde pobres y mendigos serán encerrados.

2 Comments on “Francia en tiempo de Vicente de Paúl: Los pobres en el siglo XVII”

  1. Caros comecei a lerno telemóvel mas vou preferir ler o texto transpondo para folha de word . No entanto, tenho a dizer que e umexcelente texto e nos faz recuar dos anos 40 até aos 70 e apos o 25 Abril, em Portugal. Não deixa de ser oportuno aos vicentin Os recordsr estes tempo, também passados por gentes em Portugal. Uma realidade que leva-nos a pensar as diferenças de hoje. Um pobre sem abrigo e um necessitado sem emprego mas com um R.S.I. Rendimento Social de inserção.

  2. Carissimos vicentinos.
    Agradeço que me traduzam a que século se refere o termo: «siglo xvir»?
    Obrigado.

    (( El término vagabundo tiene un sentido más restringido y varía de significado a través del siglo xvir. Su sentido se precisa lentamente, a medida que el vagabundo se convierte en delito. Sólo entonces los juristas lo definen con mayor precisión y el tér­mino adquiere su significado preciso. Hasta 1660, el vagabundo es el errante, el que no tiene domicilio fijo. El jurista F. Simon de Mereville escribe en 1624: el «vagabundo es el que ha abandonado su domicilio y el lugar de su residencia ordinaria para robar y vivir del bandidaje, y como se dice, vagar de un lugar a otro, perezoso y más inclinado a hacer el mal que el bien, lo que va contra las buenas costumbres y por eso la ley le persigue y le hace perder el privilegio de su residencia». Un edicto de 1666, referente a la seguridad de la ciudad de París, define con mayor precisión al va­gabundo:)), etc,etc.

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