Francia en tiempo de Vicente de Paúl: demografía, economía y sociedad

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

400es-01-copyEl marco temporal de Francia, durante el tiempo de actuación de Vicente de Paúl, que vamos a describir, intenta relatar el aspecto demográfico, económico y social de este pueblo, en el cual vivió, trabajó y evolucionó, socorriendo la miseria de los hombres abru­mados por la guerra, la peste, el hambre y los impuestos.

El teólogo, que intenta analizar un personaje histórico en una perspectiva teológico-espiritual, tiene que conocer los datos sumi­nistrados por los historiadores y ha de utilizarlos para conocer su comportamiento, comprender su influencia, profundizar su acción y su pensamiento. Vicente de Paúl, como cualquier personaje his­tórico, depende del mundo que le rodea, de este mundo que lleva su marca: «El ha cambiado el rostro de la iglesia casi totalmen­te».

 Aspecto demográfico

La población varía entre 16 y 20 millones de habitantes. Entre 1610 y 1660 la edad media de vida es de 35 años. Sin em­bargo esta población no resulta joven, porque envejece demasiado de prisa.

En algunos años, y sobre todo en algunas épocas de los mis­mos, la población rural se transforma, al verse sometida a oscilaciones abruptas, a veces brutales. Las recolecciones insuficientes, seguidas de epidemias, acompañadas de la guerra, diezman, con sus víctimas, la población. La muerte aparece entonces con tres rostros apocalípticos, a veces distintos, con frecuencia entremezclados. Es­tas tres calamidades, temidas por los hombres desde el comienzo de los siglos, se lanzan sobre los súbditos del rey de Francia.

La guerra

La guerra, que es siempre atroz y reviste la forma de atrocidad de su época, causa cantidad de víctimas, especialmente en las re­giones de Lorena, Picardía, Champaña y en los alrededores de Pa­rís. Los desastres de la guerra desconciertan y arruinan al pueblo al impedir el trabajo, el comercio y el mercado. Hablaremos de ello más adelante. Los ejércitos dejan con frecuencia a su paso contagio, devastación y miseria. Una soldadesca violenta y desen­frenada no tiene límites en sus excesos. No se puede esperar de ellos otra cosa. El soldado, en esta época, está para destruir o ser destruido, para herir o ser herido, para matar o ser matado.

La peste

Hasta 1650 la geografía de Francia se ve cubierta por «el mal que esparce el terror». La peste bubónica o pulmonar, que los médicos conocen, aparece y camina frecuentemente con fuerza de­vastadora. Algunos veranos, en cortas sacudidas aterradoras, llega a diezmar la tercera o cuarta parte, a veces la mitad, de los habi­tantes de una región, de una provincia. Inmediatamente que una epidemia grave aparece, se provoca el pánico entre los habitantes. A pesar de las precauciones y conjuros contra ella, el mal invade los cuerpos y se propaga por el espacio.

El hambre

El hambre, la «carestía», se presenta en escena con frecuencia y regularidad. Su origen se debe a fenómenos atmosféricos y es la consecuencia de una economía demasiado cereal, de un conjunto de costumbres económico-sociales que imponen una estructura mental.

La gran mayoría de los franceses se alimenta principalmente, a veces casi únicamente, de gachas, de sopa y de pan. En la alimen­tación de los pobres dominan los cereales.

La cosecha de trigo, al menos en una parte del reino, no es su­ficiente para satisfacer las necesidades inmediatas. La tierra des­provista de abonos, mal arada, produce muy poco. La lentitud de la información y de los transportes, impide socorrer rápidamente. Cuando se propagan rumores de carestía, agravando la amenaza, los precios se doblan, a veces se triplican. Imposible poder comprar. La mitad de los franceses busca otros alimentos, generalmente in­fectos, envía a los niños a pedir, roba, se encoleriza violentamente contra los acaparadores, llegándolos a amenazar y a golpear. El hambre de los años 30 provoca enfermedades. Las calamidades de 1649-1653 causadas por cuatro malas recolecciones, por cuatro hambres acumuladas, se ven agravadas por las tropas vagabundas del tiempo de la Fronda, por la inseguridad de los caminos. La co­rrespondencia, dirigida a Vicente de Paúl, relata escenas de antro­pofagia y otras miserias. En realidad la mayoría de la población se alimenta muy deficiente e insuficientemente. Sin duda la «carestía» es la causa principal de la crisis demográfica del tiempo de Vicente de Paúl.

Sin embargo esta población, sometida a estos contragolpes mor­tales, trata de afrontar la obsesión de la muerte con una fuerza especial del impulso vital: la reproducción humana se desarrolla a un ritmo suficiente para dar pábulo a la muerte y para defender la raza. Es muy posible que la Francia de 1640 haya alcanzado una excepcional densidad de población.

Los gobiernos piensan que es conveniente el aumento de los habitantes. Estos proporcionan al estado potencial humano para la guerra y potencial económico para las empresas nacionales, que constituyen el poder y la gloria del rey. A pesar de constituir una fuente inagotable de riqueza, los dirigentes del reino no se intere­san por las preocupaciones demográficas. La vida material de sus súbditos no provoca en ellos la menor inquietud.

  1. Aspecto económico

A la mirada del hombre de hoy, es decir a distancia, la Francia del siglo xvii se le puede presentar como un terreno agrícola rico, pero con gran retraso técnico, una industria o «manufactura», se­gún el término de la época, textil mediocre, pero interesante por proporcionar a los campesinos una ayuda económica, una fortuna nacional importante, pero inmóvil y, en consecuencia, infructífera.

Inconscientes o agresivos, los adoradores franceses del «gran siglo» no podrían cubrir con sus murmullos e inciensos una reali­dad: el predominio económico-comercial se encuentra entre las manos de los holandeses. «La opulencia de los holandeses —es­cribe Richelieu en su Testamento político— es un ejemplo y una prueba de la utilidad del comercio, que no admite ninguna discu­sión. Excepto en el reino de China, cuya entrada no se permite a nadie, no hay lugar donde esta nación no haya establecido su co­mercio». La banca de Amsterdam, de una solidez incomparable, sostiene y controla, incluso en los peores momentos, toda la eco­nomía de las Provincias Unidas. La flota holandesa y sus marineros se encuentran en todos los puertos franceses y en todos los ríos navegables, supliendo a la marina francesa, excesivamente medio­cre. Amsterdam es el centro mercantil del depósito del mundo. Los comerciantes y los políticos franceses encuentran allí el trigo báltico en los momentos de carestía, la artillería sueca y la pólvora liejesa en tiempo de guerra, incluso los arenques de cuaresma y la lana española. Y por supuesto los prestamistas a grandes intereses.

La libra turnesa (moneda francesa en uso en el siglo xvn) no tiene ninguna consistencia monetaria. Prohibidas en principio, pero toleradas en la práctica, circulan en Francia diferentes monedas ex­tranjeras, especialmente la moneda de cobre español. Las monedas de oro y de plata, fundamento de la riqueza de un reino, no abun­dan en Francia, debido a que apenas posee estos metales preciosos.

Francia no tiene banca de estado, ni siquiera una banca privada sólida y estable; se da el título de banqueros a algunos comercian­tes importantes que realizan el cambio, prestan a grandes intereses, participan en negocios complicados y oscuros, cuyo objeto prin­cipal consiste en aprovecharse del infantilismo financiero de un es­tado que no tiene ni presupuesto ni finanzas reguladas. Nada en absoluto se asemejaba en Francia a una bolsa.

Los transportes, una de las fuentes de movilización de bienes en la economía de los países, son difíciles de realizar en la geogra­fía francesa. Los ríos son innavegables la mitad del año, a causa de las sequías o de las crecidas. Por añadidura los agentes controlan todas las estaciones fluviales y exigen en ellas cantidad de derechos e impuestos, especialmente a través del Loira. Tan numerosos y complicados son que los mejores especialistas de hoy no pueden llegar a precisarlos.

El transporte realizado por las grandes calzadas es menos se­guro y más caro. El polvo o el barro, según las diversas épocas del año, la falta de arreglo, al no ocuparse apenas de ellas, alargan los viajes interminablemente. Los abundantes impuestos de «peage» encarecen los gastos del transporte. Únicamente los comerciantes y los organismos oficiales envían las mercancías por este medio y solamente las personas acomodadas viajan en los coches de caba­llos. En estas condiciones se explica la explotación por personas atentas a los negocios del monopolio del transporte del correo y del personal por tierra desde el tiempo de Luis xiii.

Richelieu, informado y preocupado por el desarrollo del co­mercio marítimo de Inglaterra, de España y, principalmente, de Holanda, va a tratar de impulsar una política de acción comercial y marítima. En 1624 se da cuenta del desprestigio de Francia en el extranjero, cuyo origen se encuentra en razones de orden diplo­mático y en el rápido retroceso del comercio marítimo en el país.

La insuficiencia de la flota comercial se convierte en una preo­cupación para Richelieu: «La preocupación por la marina era entonces tan mínima, que Vuestra Majestad no tenía siquiera un solo barco» 6. Su interés por la potencia marítima se manifiesta en su Testamento político: «El rey debe ser fuerte en tierra, pero tiene que ser también poderoso en el mar». «Para mantener la reputación y dignidad de su corona entre las naciones extranjeras, el rey debiera tener en sus puertos cuarenta galeras preparadas para ser utilizadas en invierno y en verano».

La primera preocupación de Richelieu será el comercio maríti­mo por razones ventajosas de orden económico y político para Francia. Toda una parte de su Testamento político la consagra a definir el programa mercantil. Richelieu se interesa por la riqueza no feudal del país, por la capitalización burguesa, por la creación de beneficios distintos de los de la renta señorial. La única salida posible a la situación embarazosa económica y política de la nación, consiste en orientar principalmente el fisco sobre los bienes bur­gueses y no sobre las masas populares. De ahí la utilidad del co­mercio. Richelieu se preocupa especialmente del comercio exterior. Sin embargo no puede conseguir atraer a él a los elementos más activos de la burguesía, ni transferir su usura al comercio y a la industria. Mientras la burguesía tenga la posibilidad de aso­ciarse por el crédito a los privilegios, no se la puede forzar a em­plear su capital en el comercio, sin concederle otros privilegios.

Richelieu termina el informe de su plan de comercio exterior, primordial para enriquecer a Francia, con esta súplica al rey: «Si después de lo expuesto, le parece bien a Vuestra Majestad conce­der al comercio alguna prerrogativa de rango social —como vues­tros súbditos lo consiguen ordinariamente de diversas funciones, que no sirven más que para entretener su pereza y halagar a sus esposas— logrará establecer el comercio en tal grado, que la socie­dad y el individuo sacarán gran provecho».

Este programa de acción jamás se realizó. Por el contrario, se puede afirmar que el estado negoció con los acreedores y usureros, con los compradores de funciones públicas y con los arrendatarios de impuestos. El gobierno explotó a la burguesía, al mismo tiempo que la parte más rica y más activa de esta burguesía explotó a su vez al gobierno. Apartar a la burguesía de esta posición, supri­miendo la venta de funciones públicas y el arrendamiento de im­puestos, hubiese sido peligroso para las finanzas e incluso para la política.

Richelieu afirma en varias ocasiones que la unión de la monar­quía con la burguesía es un mal. Incluso juzga que el «derecho anual» y la venta de funciones públicas son un mal; no obstante no ve la posibilidad de anularlo. Si en el siglo xvii la unión con la burguesía fue un mal para la monarquía, es cierto que sin ella la balanza de fuerzas materiales hubiese sido desfavorable, en mo­mentos críticos, a la monarquía. Este mal fue especialmente des­favorable en la expansión del comercio. Es cierto que Richelieu orientó a Francia hacia el comercio exterior y marítimo. No hay duda que el cardenal cambió poderosamente la orientación eco­nómica francesa subvencionando el comercio y la industria; sin em­bargo, los grandes capitales paralizados de la burguesía no afluye­ron a las empresas coloniales o industriales.

Es necesario afirmar que en la vida económica francesa no hubo transformación esencial durante los años subordinados a la guerra contra España. Richelieu concibió y deseó un reino bien adminis­trado, pero su política exterior le apartó del programa político que él mismo había juzgado indispensable al comienzo de su ministerio. En definitiva, es preciso reconocer que Richelieu, como todo hom­bre político, se vio obligado a sufrir y soportar acciones y reac­ciones, sin poderlas dominar.

El drama social de la política de los cardenales-ministros con­sistió en que el programa económico-social realizado no fue gene­ralmente beneficioso en el momento que se realizó. Las grandes for­tunas que se formaron no hicieron más que reflejar cruelmente la distancia entre los acreedores del rey, beneficiarios inmediatos del sistema político, y la masa de la nación. Sin embargo hay que re­conocer que si la Francia de los cardenales-ministros fue desdichada y la mayoría de los franceses vivieron en la penuria y en la inquie­tud, el reino de Francia se había abierto a nuevas y mayores pers­pectivas.

  1. Aspecto social

En el siglo XVII el «estamento» de la sociedad permanece el mismo de la tradición. En el reino se hace la distinción entre los que oran, los que luchan y los que trabajan, «estos últimos inno­bles, por ser útiles».

El fundamento de estas distinciones se arraiga en la dignidad, estima y calidad de servicios, de acuerdo con las estructuras menta­les de la época, encarna una concepción religiosa y militar de la sociedad y refleja una economía primitiva. Correlativas a funciones sociales, tales distinciones no corresponden ni a rendimientos eco­nómicos ni a competencias personales. Se requiere señalar, sin em­bargo, que la realidad social concreta no concuerda con esta es­tructura jerárquica y hierática. El favor del rey y la economía producen en la práctica otro estilo de vida social menos inamovible y diferentemente estructurado y dignificado.

Los campesinos

La sociedad, lo mismo que la economía o que el estado, se apoya en la masa más numerosa, más eminentemente productiva, más dependiente: la masa de los campesinos. «Un año de interrup­ción en el cultivo de la tierra, hubiese sido la muerte para todos» 16. Ellos proporcionan con su trabajo los bienes al país, cultivando un terreno del que poseen bastante menos de la mitad, y esta pro­piedad al ser de tipo señorial, no es jamás completa. Por añadidura un tercio de las tierras francesas, pertenecientes al ochenta por ciento de sus habitantes, está repartido muy desigualmente.

Como toda sociedad humana, la sociedad campesina deja apa­recer oposiciones brutales y tonalidades infinitas. Se conoce mejor a los ricos y medianos labradores, que a los obreros del campo o a los propietarios de pequeñas parcelas y arrendadores. El campesino pobre del siglo xvii es, aún hoy, muy mal conocido.

La fortuna de los campesinos depende del valor de los produc­tos en el mercado, de la intemperancia de la naturaleza y del paso de los soldados. Interesados, sin saberlo, en las fluctuaciones de los precios, tienen que soportar las consecuencias. Las condiciones de trabajo son difíciles, sobre todo si se tiene en cuenta que no tienen ninguna perspectiva de mejorar la manera de realizar los trabajos del campo: sorprende la carencia de escritos sobre el cultivo del campo y el estancamiento de las técnicas agrícolas.

Dada la organización constitutiva del mundo rural, cuatro cate­gorías se precipitan sobre el trabajo y el producto de los campesi­nos: la comunidad rural, la iglesia, el señor y el rey, este último con los más fuertes y variados impuestos. Las exigencias fiscales del estado y de los señores —eclesiásticos o laicos— absorben la mayor parte de las ganancias, y reducen la población campesina, si la venta de los productos ha sido baja, a una miseria extrema, y, con frecuencia, a la desesperación y a la rebelión.

Las rentas estipuladas en especie pueden pagarse más fácilmen­te. Para las demás es necesario hacerlo en metálico. Para conseguir­lo, los modestos labradores se endeudan siempre con los mismos acreedores. A la deuda constantemente consignada, se añaden los intereses desde el primer momento. El deudor procura reembolsar su deuda con el trabajo. En el momento de pagar a los recaudado­res de la contribución rural y abonar los arrendamientos, los cam­pesinos se ven presa de una multitud de acreedores.

En resumen, se puede decir que la existencia cotidiana de los campesinos entre los años 1600 y 1660, es penosa. Disponiendo de muy poco dinero, inhábiles para organizar sus gastos, los labra­dores viven medianamente, incluso difícilmente, reducidos a veces a no tener qué comer, ni con qué vestirse.

La burguesía

El término burguesía en el siglo xvii francés envuelve y revela diversas categorías dentro de la misma «estratificación social»: bur­guesía de funcionarios, ansiando constantemente llegar a la noble­za; burguesía rentista del estado, especialmente en París; burguesía rentista del pueblo; burguesía manufacturera y comerciante; todas ellas absorben la mayor parte de la renta del reino.

Desde 1631 existen ya en Francia grandes fortunas. Es cierto que no son muy numerosas. Su origen se debe, en general, a las mercancías. Es el comerciante, en sus diversas escalas, quien se be­neficia de las ganancias. La riqueza y su crecimiento están asegu­rados, generalmente, por el gran negocio del «comercio y del prés­tamo».

En una sociedad donde cada uno busca constantemente encon­trar alimentos, poseer una propiedad agrícola es el medio de ase­gurarse los productos necesarios para la subsistencia. La posesión de tierras no sólo asegura en todo momento un presupuesto, sino además, de acuerdo con las estructuras mentales de la época, tiene significación de nobleza, de señorío. Nobleza y señorío garantizan, en general, los privilegios, satisfacen la vanidad social y, en la práctica, las fortunas allí empleadas producen y están exentas, con frecuencia, de impuestos.

Lo mismo que los nobles, los burgueses son propietarios y se­ñores. La diferencia consiste en que poseen menos tierras y menos señoríos. Por el contrario, se sabe que su administración fue or­dinariamente más inteligente, más contenciosa, en definitiva, más fraudulenta que la de la mayoría de los nobles. Reteniendo, a veces por miles, letras de cambio, recibos, créditos, es decir hipotecas, tienen la posibilidad de aumentar su hacienda, haciendo disminuir, a veces, las propiedades de los nobles, y con frecuencia, las tierras de los campesinos. Anticipando semillas, grano, herramientas, telas, salarios, los obreros de la ciudad y los pequeños agricultores dependen totalmente de ellos. Por añadidura, se hacen nombrar, con frecuencia, administradores de las propiedades de la nobleza y del clero, e instalados en estas funciones lucrativas, se benefician de nuevos réditos de la tierra.

Otra fuente de riqueza, difícilmente comprensible para la men­talidad del mundo de hoy, se encuentra entre las manos de la bur­guesía del siglo XVII: toda función pública, jurídica o administra­tiva, es vitalicia. El funcionario la hereda o la compra. Sometidos al sistema de compra-venta, los cargos públicos se convierten en inversión, en negocio. Roland Mousnier ha estudiado con detalle y profundidad el aumento de su cotización.

Por asociaciones, compañías, los burgueses se convierten en arrendatarios de los impuestos y derechos del rey. El negocio con­siste en anticipar la suma prefijada de sus rentas y recuperarla des­pués ampliamente a expensas de los contribuyentes habituales. Es­te sistema permite vegetar a ciertas personas. Al mismo tiempo reduce a la miseria a jornaleros y campesinos y aumenta automá­ticamente, en relación con los comienzos de siglo, la fortuna de los medios parlamentarios. Así se puede comprender la potencia de al­gunas familias burguesas y la posibilidad que tienen de aprovechar todas las ocasiones para invertir ventajosamente su capital. Quie­nes pueden disponer de capital están casi seguros de hacerlo fruc­tificar, puesto que el dinero escasea y todas las clases sociales lo necesitan. Es cierto que algunos pueden ser tratados de ladrones y de sanguijuelas que chupan la sangre del pueblo y del estado. Sin embargo es necesario recurrir continuamente a sus servicios.

La nobleza

La nobleza, menos numerosa que la burguesía, encubre situa­ciones muy diversas. Respecto a sus orígenes puede ser antigua, nueva, falsificada. Con relación a sus funciones existe la nobleza de la corte, rural y parlamentaria o administrativa. Como los de­más grupos sociales, la nobleza se ve confrontada en el siglo xvii a la realidad socio-económica, que provoca en ella una disgregación, a pesar de mantener la unidad de nombre.

La nobleza vive principalmente, a veces casi únicamente, de sus bienes raíces, de la renta de la tierra, que recibe a través de diver­sos canales. Algunos nobles gozan de pensiones, que el rey les concede por medio de beneficios, funciones, dignidades.

«Ninguna tierra sin dueño» decía el adagio. A estos vínculos entre el señor y la tierra se añaden, según la diversidad de regiones, innumerables derechos «feudales» y le conceden ser juez en las jurisdicciones ordinarias. En toda la extensión del «señorío» —en el que hay tierras que no le pertenecen— exige sus derechos y percibe una suma cada vez que se pasa una herencia o una compra­venta de rentas o de inmuebles entre campesinos. En la iglesia, donde por derecho de patrocinio nombra al párroco, el noble es tratado con distinción, signo de su condición. La exención de pagar los impuestos reales, especialmente la «talla», le distingue clara­mente de los plebeyos.

La nobleza intenta por todos los medios ser una clase «domi­nante» y «privilegiada», quiere distinguirse de los demás grupos sociales por el manejo de las armas y por un estilo de vida fastuoso, incluso si sus recursos no corresponden a semejante despilfarro.

Todo ello explica el mito que se crea en torno a la nobleza y la conciencia que ella tiene de su distinción. Esta conciencia de «raza» le hace replegarse en sí misma y rechazar a la nueva nobleza y la invasión de la burguesía de oficios y comerciante. Si la nobleza no es amada en el siglo XVII, no deja sin embargo de ser envidiada. La prueba está en que la burguesía aspira a ser noble y para conseguirlo no duda en pagar grandes sumas de dinero al rey. Los títulos de nobleza predisponen para conseguir ciertas funciones y dignidades, especialmente eclesiásticas. De ahí la «herencia» de obispados, de beneficios eclesiásticos, de nombramientos de abades y abadesas. Los nombramientos reales para estos cargos manifies­tan claramente que los titulares pertenecen con muchísima fre­cuencia a la nobleza.

En realidad los nobles son «clientes». Clientes, clientela, es­tas palabras evocan un sistema social, en el que el favoritismo, la fidelidad, la dependencia, tienen preeminencia. La nobleza en Francia no se salva más que por el favor del rey. Al mismo tiem­po el aumento de clientes acrecienta el poder de quien utiliza el favoritismo. Así piensan los «grandes», que lo son, sin duda, por el favor del rey, pero más todavía porque le fuerzan a otorgarles estos privilegios en razón del temor que le inspiran. Richelieu, cliente del rey, y él mismo señor de otra clientela, hará todo lo posible por reducir la nobleza a la sumisión y a la dependencia. Dependencia económica y sumisión política se unen para humillar y disgregar a la nobleza.

El clero

La iglesia de Francia había sido sometida, durante el siglo XVI, a una agitación político-religiosa febril y con frecuencia dramática. Las guerras de religión habían provocado destrozos materiales y mantenido violencias físicas y morales terribles, apasionadas. Di­gamos utilizando una expresión de Tapié, que «la Francia de las catedrales góticas y de las iglesias románicas, había sido terrible­mente probada por la lucha».

A finales del siglo xvI la iglesia se encontraba, excepto en el aspecto económico, en una situación grave de dependencia. Según el concordato de Boloña (1516), el rey presentaba los candidatos a arzobispados, obispados, beneficios mayores y el papa accedía en el plazo de seis meses a conceder la investidura canónica. El rey pedía a los obispos nombrados juramento de fidelidad y el gobierno de estado exigía a la asamblea del clero contribuir a las finanzas reales. Acto político, el concordato sometía a la iglesia al poder del rey y le permitía, al mismo tiempo, disponer de los bienes eclesiásticos.

No se puede dudar que la situación moral de la iglesia en Francia mejoró durante el reinado de Enrique iv. El edicto de Nantes (1598), cuyo objetivo fue suprimir las guerras de religión, no inspiró confianza a ninguno de los dos partidos. La hostilidad permaneció en los espíritus de ambos campos y el resentimiento proporcionó a los adversarios el arma del insulto a través de escri­tos y discusiones. Para ellos no creó, como hoy nos podría parecer a nosotros, un clima de abertura y de confianza sin reticencias, sino una agitación profunda y una lucha verbal sin tregua 25.

La obra a emprender era gigantesca y requería constancia y empeño. Esta reforma exigía elevar la formación intelectual y el nivel moral en el clero, en los religiosos, en los monasterios. Al mismo tiempo los reyes debían convencerse, dada la misión espiri­tual de la iglesia, de evitar acumular en las mismas manos varios beneficios y de conceder los obispados, los cargos eclesiásticos, abaciales o monacales, a clérigos y religiosos competentes y virtuo­sos, y no a favoritos, ajenos al estado eclesiástico y religioso, ni a súbditos fieles. «Es necesario evitar conceder un obispado… a los que se ven obligados a hacer la corte para obtener, por medio de su importunidad, lo que no pueden esperar por su propio mé­rito». Excelente idea, buen pensamiento, pero nos vemos obli­gados a declarar que, como otros muchos excelentes deseos, han sido desmentidos por los hechos.

La reforma espiritual, comenzada en el reino de Enrique se continúa a través de la regencia de María de Médicis y del rei­nado de Luis xrri. Es cierto que a principios de siglo la mayoría del episcopado son hombres de guerra, diplomáticos, financieros, a quienes apenas preocupan los problemas pastorales. Algunos son totalmente indignos. Incapaces de gobernar sus diócesis e ignoran­tes de la significación de los principales misterios de la fe, del sentido del mensaje evangélico, que deben enseñar a sus diocesa­nos, se ven obligados a demisionar en las manos de clérigos in­competentes las funciones episcopales. No obstante es preciso también señalar la obra de los obispos llamados reformadores, al­gunos de ellos nombrados por Enrique IV, quienes, ocupándose pastoralmente de sus diócesis, tratan de hacer descubrir a los fieles las exigencias de la vida cristiana.

Las parroquias, especialmente las rurales, están dirigidas por un clero, cuya entrada en el sacerdocio está motivada por ambi­ciones económicas y pretensiones excesivamente ‘humanas. Para muchos es «el más fácil de los oficios». La formación intelectual de la mayoría de los sacerdotes es mínima, en muchos casos, nula. Algunos, parece que ni siquiera saben leer ni escribir. Otros igno­ran, inclusa, las palabras de la fórmula de la absolución. Muchos no comprenden el significado de las verdades de la fe, el sentido de los sacramentos, ni el valor de la liturgia. Incluso, son abun­dantes quienes no saben administrar los sacramentos ni celebrar la eucaristía. Su nivel moral se encuentra a la misma altura. En las zonas rurales, sobre todo, la gran mayoría de los sacerdotes, vive en el vicio y apenas se distingue en su género de vida y cos­tumbres de los campesinos. El alcoholismo y la impureza abundan entre ellas. En este contexto es normal que la dignidad sacerdo­tal sea «deshonrada» y que el nombre de «sacerdote» equivalga a «ignorante y vicioso» entre las personas honradas. Los reforma­dores del clero no dudan afirmar que la iglesia encuentra en los sacerdotes a sus «peores enemigos».

Esta abundancia de sacerdotes ignorantes y mediocres no puede, sin embargo, hacer olvidar la existencia, incluso en las parro­quias rurales, de otros pequeños grupos de sacerdotes instruidos y perfectamente capacitados para ejercer dignamente el ministerio. Es menester, pues, formar lentamente un clero, capaz de ejercer con dignidad y competencia las funciones sacerdotales. El objetivo de los reformadores se centra en inspirar un «espíritu nuevo» y en hacer cobrar conciencia del celo apostólico. De esta manera los sacerdotes podrán organizar las parroquias, impulsar a los fieles a la práctica religiosa e impregnarles de la doctrina adaptada a sus necesidades. Sólo así se podrá ejercer en las parroquias una acción más profunda y, en definitiva, más duradera.

No obstante esta situación, el clero de Francia, corporación tradicional, como la nobleza y la burguesía, goza de una gran influencia en la sociedad del siglo XVII. Esta influencia se origina en las riquezas que posee y en los recursos financieros que utiliza. Los bienes constituidos por las propiedades eclesiásticas y religio­sas, a las que hay que añadir las rentas e impuestos por el personal de la iglesia, constituyen un tercio de la riqueza total de la na­ción. Si la economía del reino no se resiente demasiado, se debe a que el sistema de la colación de beneficios, la comanda, pone en circulación la mayoría de esta riqueza. En el grado superior de la jerarquía, los obispos son personajes importantes, cuya influencia se hace sentir en la política del rey y en la sociedad. El párroco es un «señor» y somete a sus parroquianos al «diezmo».

Dejando aparte su función religiosa, el alto clero reúne entre sus miembros a personas de origen noble o burgués. Con el favor del rey y la confirmación del papa, las diversas noblezas y bur­guesías instalan a sus segundones en el episcopado y en los mejores conventos, en los que viven de las rentas señoriales y de la tierra, unidas a sus funciones. A estas rentas se añaden los beneficios pro­pios de la iglesia, como el diezmo universal, aunque con frecuencia es inferior al diez por ciento. La burguesía comerciante y adminis­trativa instala a sus hijos en los numerosos canonicatos urbanos, generalmente muy ricos y muy atentos a sus beneficios temporales. Exceptuado el bajo clero de los vicarios y de los sacerdotes «ha­bituales», es decir, sin beneficio y sin ministerio pastoral preciso, los párrocos urbanos y rurales gozan de una buena situación, en comparación con la mayoría de los campesinos y de los obreros de la ciudad. Las diferencias entre el «bajo» y «alto clero» mani­fiestan que este grupo social se ve sometido, tanto o más que los otros grupos sociales, a la disgregación tradicional del estamento jurídico de la sociedad.

La gran cantidad de sacerdotes, religiosos, religiosas, es otro aspecto de la posición, fuerza e influencia de la iglesia. Una encuesta, realizada con minuciosidad alrededor de 1660, constata 136 arzobispos y obispos, 40.000 párrocos, 40.000 entre vicarios, capellanes, confesores de religiosas, sacerdotes «habituales», 5.000 abades o priores seculares, 16.000 canónigos. Todos ellos suman

101.000 eclesiásticos del clero secular. El número de religiosos es de 82.600, de los cuales 35.600 pertenecen a comunidades, que viven de sus rentas y trabajos, y 47.000 a las órdenes mendicantes antiguas o reformadas, que subsisten y prosperan por la «mendici­dad». Las religiosas alcanzan la cifra de 80.000 y en la encuesta no están incluidas las comunidades fundadas en fecha posterior a la fundación de las ursulinas y salesas.

Desgraciadamente muchos sacerdotes, obispos, abades, priores, titulares de beneficios, religiosos, entran en el estado eclesiástico y religioso sin vocación. El ingreso en el rango eclesial o religioso es una promoción social, especialmente en el «alto clero», que les permite acceder a las más altas dignidades sin ser tratados de in­trusos o allegados por la nobleza. El fenómeno llamado del «be­neficio» establece y crea una ruptura entre la función y el estado, el oficio y el beneficio, la virtud requerida y la santidad del titular. Esto explica por qué a pesar del gran número de sacerdotes y re­ligiosos el pueblo está muy frecuentemente abandonado. «La li­cencia era tan grande en los monasterios de hombres y de muje­res que no se encontraba, en este tiempo, más que escándalos y malos ejemplos en la mayoría de las personas en quienes se debía buscar la edificación».

Para vitalizar la vida religiosa y cristiana y hacer salir a la igle­sia de su situación de vencida y herida, obispos reformadores, es­pirituales, fundadores, descubren al mismo tiempo una doctrina más coherente y una pastoral más multiforme.

Francisco de Sales —dotado de una «dulzura incomparable, absolutamente necesaria para suavizar la acritud de la herejía y para convencer los espíritus, llegando al corazón»– desea «ins­truir a los que viven en las ciudades, en los campos, en la corte». Su intención es comunicar una espiritualidad «intramundana» ca­paz de impulsar a la perfección y de transformar toda existencia humana que vive en el mundo. El califica a este ideal con el nombre de «devoción». El amor a Dios y la vida espiritual deben impregnar todas las condiciones sociales, todas las acciones de la vida humana. Después de Francisco de Sales, Vicente de Paúl animará a los católicos a ser personas de vida interior y a asistir a los pobres y a quienes se encuentran en dificultad. Al mismo tiem­po hará circular de una condición social a otra la caridad verdade­ramente cristiana.

El clero regular entra, aunque con resistencia, en este nuevo espíritu. Gregorio xv confía al cardenal de la Rochefoucauld la reforma. La empresa es sumamente difícil. El objetivo se centra en cambiar un «espíritu feudal y particularista», celoso de sus pri­vilegios, en una actitud de abertura y de adhesión a la iglesia. Al mismo tiempo se requiere evitar las «intrigas» tramadas por las fa­milias nobles y burguesas en el momento de elecciones de abades y priores. A pesar del deseo y del esfuerzo de reforma, las facili­dades y costumbres del pasado impiden que los resultados sean notorios.

Las religiosas acceden más fácilmente a la reforma. La victoria, que se intenta alcanzar, es hacer prevalecer la regla sobre las ex­cepciones, las exigencias del espíritu de la comunidad sobre los usos confortables, la vivencia de la fe sobre la rutina de las cos­tumbres.

Con la reforma de las órdenes antiguas y a través del desarrollo e institución de las nuevas congregaciones, Francia encuentra el espíritu cristiano, enriquecido con las exigencias del concilio de Trento. Las grandes abadías comienzan a ejercer su influencia espi­ritual y reformadora. Los capuchinos oran, mendigan, pero también predican, misionan, orientan las conciencias de personas importan­tes y esclarecen los espíritus con su misticismo. La Compañía de Je­sús es tan alabada como discutida. Sus miembros forman en sus colegios a los hijos de la nobleza y de la burguesía. Los confeso­res del rey son jesuitas y no faltan en la Compañía teólogos, es­critores, humanistas con gran influencia en el mundo de la cultura.

Entre las comunidades religiosas femeninas circulan un movi­miento de impulso renovador, que no es exclusivo de Port-Royal.

Las carmelitas, ayudadas por la señora Acarie, Bérulle, Duval, se establecen en Francia y se propagan rápidamente. En 1660 son 3.000 y tienen 40 conventos. Las ursulinas, dedicadas a la ense­ñanza de las hijas de la nobleza y de la burguesía, crecen a un ritmo rápido. En 1660 suman 9.000 distribuidas en 300 casas. Las salesas, fundadas por Francisco de Sales, reciben en sus con­ventos a jóvenes y señoras provenientes de la burguesía. En 1660 alcanzan la cifra de 7.000.

De 1600 a 1630 se restauran las abadías y se multiplican los monasterios y los conventos en el reino. Solamente en la capital el número se triplica. El decoro material de las capillas monásticas y conventuales y el espíritu religioso-litúrgico que las anima, atraen a los fieles. Las iglesias parroquiales son, en consecuencia, menos frecuentadas.

El clero secular avanza más lentamente en este esfuerzo de renovación. Bérulle, Bourdoise, Vicente de Paúl, Olier, tratan de impulsar este movimiento de reforma. Este trabajo largo y lento lo comienza Bourdoise en 1627. Para impedir el acceso en el rango clerical, a quienes no tienen otra motivación que la consecución de beneficios eclesiásticos, este reformador recuerda que la tonsura es el primer paso hacia el compromiso sacerdotal.

Vicente de Paúl, por su parte, organiza los ejercicios para los ordenandos. La primera experiencia la realiza en Beauvais el mes de septiembre de 1628. El objetivo de dichos ejercicios, de quin­ce días de duración, es hacer cobrar conciencia a los ejercitantes de las exigencias del espíritu sacerdotal y de las responsabilidades del ministerio sacerdotal 5°. En dos semanas no se puede formar a un sacerdote. La eficacia de los ejercicios es apreciable, pero limitada. Para continuar la formación de los sacerdotes, Vicente crea el año 1633 «la conferencia de los martes» para los sacerdotes de París. El fin es «honrar la vida de Nuestro Señor Jesucristo, su sacerdocio eterno… su amor a los pobres». El deseo de esta imitación es «pro­curar la gloria de Dios en el estado eclesiástico, en su familia y en­tre los pobres, incluso los del campo».

Habrá que esperar hacia 1642 para que la formación de los clérigos sea más intensa, sistemática y duradera. Para conseguirlo se establecen en París varios seminarios. El arzobispo de París co­noce su existencia y el cardenal de Richelieu los ayuda económica­mente. El oratorio, Olier, Vicente de Paúl, Bourdoise, son los artífices de la obra. Todos ellos tratan de formar a las clérigos, pero cada una guarda su estilo propio. La unidad de acción no suprime la diversidad de orientación. La variedad de ministerios, la pluralidad de lugares donde se ejerce, la complejidad de los candi­datos al sacerdocio, exigen una formación distinta. Los formadores del clero utilizan, cada uno según su espíritu, los medios más apropiados para conseguir su objetivo.

A pesar de las dificultades, inherentes a la obra de reforma, el movimiento reformador se continúa durante el reinado de Luis XIV. Si no se pueden extender en exceso los resultados de este im­pulso transformador, tampoco se pueden olvidar sus progresos. Si muchas esperanzas no son colmadas, si la vida moral y espiritual de la nación no mejora al ritmo deseado, no se puede negar el alcan­ce y la significación de esta reforma de la iglesia en tiempo de Vi­cente de Paúl. Si este «siglo de las almas», si este «siglo de san­tos», no reúne en la santidad a toda una sociedad, no se puede ig­norar que la perfección cristiana es exigente. Místicos, espirituales, fundadores, descubren, a través de los acontecimientos, los signos de la gracia exigente y conmovedora. Ellos tratan de formar al clero para hacerle más capaz de cumplir su misión pastoral y caritativa y de concientizar a los fieles para invitarles a vivir en profundidad las exigencias del cristianismo.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *