Formación musical de Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jesús María Muneta, C.M. · Año publicación original: 1974 · Fuente: Libro "Vicente de Paúl, animador del culto".
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En la vida de Vicente encontramos hechos que ponen de manifiesto su formación en el canto litúrgico: canta tan de­votamente que suscita la conversión, y enseña el canto para que la asamblea participe en los Oficios litúrgicos. He aquí el primer relato del mismo Vicente en la versión castellana que presenta el P. Iñigo:

«Existe en la vida de Vicente un episodio con aire de aven­tura. Es la cautividad del Santo en Berbería. Vicente, cautivo de los turcos, es llevado a Berbería y vendido a un pescador para después pasar a manos de un viejo «médico espagírico, soberano quintaesencista que había trabajado cincuenta años buscando la piedra filosofal». Un sobrino suyo lo vendió últi­mamente a un renegado de Niza. Tenía este renegado tres mu­jeres y una de ellas fue el instrumento de que Dios se valió para volver al renegado al buen camino y darle a él la libertad. Así lo cuenta el Santo: «Tenía esta mujer curiosidad por cono­cer nuestra manera de vivir y venía a verme todos los días a los campos donde yo trabajaba haciendo zanjas y me rogó por último que cantara las alabanzas de Dios. El recuerdo del ‘Quomodo cantabimus in terra aliena’, de los hijos de Israel, cautivos en Babilonia, me obligó a entonar con lágrimas en los ojos el salmo ‘Super flúmina Babylonis’ y después la ‘Salve Regina’ y muchas otras cosas más».1

En el curato de Clichy Vicente celebraba los Oficios litúr­gicos con gran solemnidad y numerosa asistencia de fieles. En su vejez recordaba emocionado lo bien que salmodiaban las «vísperas» sus feligreses: «Cuando yo me vi en mi parroquia, no sabía cómo arreglármelas para cantar, mientras que con admiración oía cómo aquellos campesinos entonaban los sal­mos sin fallar una nota. Y yo me decía: tú que eres su padre espiritual no sabes hacerlo y me afligía».2 Vicente, pese a este acto de humildad, supo mantener el esplendor del culto y del canto. La entrega apostólica en Clichy le fue provechosa: al mérito de saber continuar la línea de sus predecesores, se en­riqueció con el magisterio de su dócil feligresía, que le des­cubrió la fuerza del canto como oración y como apostolado.

Sería pretencioso por estos sencillos datos querer afirmar las dotes de Vicente para el canto como singulares. Sólo indi­can un buen natural y si se quiere una vivencia, que presupone un aprendizaje ya asimilado del canto litúrgico, y quizás unas buenas aptitudes como pedagogo.

Sus escritos probarán en el capítulo décimo sus dotes de un gran ANIMADOR del canto litúrgico, sea en la comunidad, sea en la enseñanza en los seminarios, retiros a Ordenandos… Por otra parte tenemos el testimonio de sus misioneros que afirman el bien salmodiar y cantar de Vicente en los Oficios y en la Misa cantada, a quienes dejaba admirados.3

¿Dónde aprendió Vicente el canto litúrgico, el llamado Gregoriano?

Desde luego la falta de datos precisos nos obliga a suponer los momentos y los lugares o ambientes donde pudo aprender y gustar el canto. Los biógrafos colorean los primeros años de la vida de Vicente con canciones dirigidas a Nuestra Señora de la Buglosa. Se supone que de labios de su madre, Beltrana de Moras, aprendería las primeras oraciones y las primeras notas de la «Salve». Estas afirmaciones pueden señalar las iniciales aptitudes hacia el canto, nada más. En los internados, máxime bajo la tutela de los PP. Franciscanos, se instruía a los cole­giales en esta disciplina. Es posible que durante la estancia con los PP. Franciscanos llegara a saborear no sólo las sencillas melodías del Kyrial y las antífonas marianas, sino también la salmodia de las Vísperas. Sobre qué materias estudiaba Vi­cente en su estancia en Dax no nos dan noticias los biógrafos, ni siquiera Coste, que es el más documentado. El P. Herrera habla del Trivium y el Quadrivium, que incluía el aprendi­zaje de la música. De los años pasados en la Universidad nada nos puede orientar en orden a una formación especial sobre esta disciplina. En casi todas las universidades se enseñaba música, ¿pero en qué facultad?: en Artes.4

El primer contacto serio con el canto litúrgico y las gran­des celebraciones lo tiene en el ambiente del Oratorio. En este ambiente hay que situar, no tanto el aprendizaje, cuanto el gusto y el entusiasmo por la entera liturgia bien realizada. La marcha a Clichy se realiza después de haber gustado el retiro con Pedro Bérulle. Desde 1608 en que Vicente se acerca a París, frecuenta el grupo que dirige Bérulle, al principio como miembro asiduo, luego se irá alejando por las exigencias de la propia misión, pero nunca abandona la amistad y el inter­cambio pastoral y espiritual entre los miembros de las futuras congregaciones.5

En el Oratorio surgió un coro, amaestrado por un canónigo de Péronne, antiguo primer maestro de música del rey. A éste se le agregó muy pronto el P. Bourgoing, homónimo de aquel a quien sustituyó Vicente en Clichy y que sería tercer superior general del Oratorio. A sugerimiento de Bérulle el canónigo pu­so música a diversas partes del Oficio: vísperas, completas, así como a las letanías del Señor y de la Virgen y a textos para-litúrgicos. Se quería copiar el ambiente del Oratorio romano de Felipe Neri. El coro creado por el canónigo de Péronne lo formaban voces masculinas, hombres y niños, más una pe­queña orquesta de bajos y violas. La «cantoría ya en simple gregoriano, ya alternando éste con la polifonía, se unían a la asamblea, formada ésta a su vez por los miembros del Orato­rio y la feligresía. La capilla real y la del duque de Nevers, con­sideradas las mejores de París y del Reino, acudían a la Igle­sia del Oratorio e intervenían en los Oficios y celebraciones litúrgicas. Se hizo popular en París el llamar a los discípulos de Pedro Bérulle «los padres del buen canto».6

¿Qué canto litúrgico se interpretaba en el Oratorio? El his­toriador J. Combarieu señala que en el siglo xvII el cardenal Bérulle y en general los Oratorianos favorecieron el canto-llano, suprimiendo «la superficialidad de los largos melismas y abandonando el principio de la igualdad de las notas».7 En la mutilación de los melismas no hacían otra cosa que conti­nuar el camino señalado por la desdichada edición «Medicea».

Se sabe que el P. Bourgoing estampó en París, en 1634, su Brevis psalmodiae ratio ad usum presbyterorum congregatio­nis Oratorii. Presenta melodías mutiladas y libres de todo me­lisma superficial. El P. Ernetti dice que tales melodías fueron reducidas hasta tal punto de no reconocerse si se las confronta con los originales.8 No creamos, por otra parte, que tal prác­tica era privativa del Oratorio: toda la Iglesia adolecía de este grave mal. Baste citar el decreto de la Congregación de Ritos en tiempos del Papa Urbano VIII, o la constitución Piae solli­citudinis studio de Alejandro VII.9

Vicente acepta el canto litúrgico tal como lo encuentra en el ambiente en el que vive: con aquel carácter popular que la polifonía le había dado. Entre el canto litúrgico que presentaba la edición «Medicea» y el que se cantaba en el Oratorio habría poca diferencia: ambos llevaban las huellas de la decadencia y la mutilación. ¿Qué norma adoptaría Vicente al enseñar el canto en su curato de Clichy, en las misiones, en los semina­rios…? Sin duda es deudor a la enseñanza de los primeros estudios, pero principalmente a la irradiada por el Oratorio y, en particular, a la práctica seguida por el P. Bourgoing, a quien sin duda Vicente conocía.

El P. Bourgoing, en el prólogo a su Cantoral arriba cita­do, daba las normas para una cantilación devota y correcta, al mismo tiempo señalaba la práctica de mutilación y saqueo que él mismo había realizado, siguiendo la costumbre de la época. No es finalidad de este trabajo juzgar ni la pureza del canto litúrgico utilizado ni su forma de interpretación: problemas aún no resueltos.

Así nos cuenta el P. Bourgoing, en la presentación de su Cantoral, la práctica seguida por él cuando estaba al frente del coro del Oratorio: «Seguimos en el canto una manera particular de cantar, sencilla, exacta y breve, omitiendo los largos melismas. No es el canto, en otro tiempo estimado por nosotros, que se ha adueñado de las catedrales y parroquias.

Por amor a la brevedad lo hemos sometido a medida en cuanto era posible, acomodando el texto según los acentos, y lo hemos hecho para que la mente de los que oyen y cantan tributen un verdadero culto a Dios».10

El texto es muy interesante para la historia del gregoriano: cómo se lo mutilaba en el deseo de abreviarlo, se lo sometía a la «medida» —compás—, se adaptaba al texto por exigencias del acento de las sílabas. Se hace la distinción entre el canto de las catedrales, donde se alternaba el simple gregoriano con la polifonía, y el sencillo que adopta en el «cantoral». El eco del Concilio resuena en las últimas palabras: «que el canto sus­cite en los que lo escuchan o lo interpretan el culto a Dios».

Es de suponer que Vicente adoptaría el «cantoral» para los seminarios. La suposición se puede fundamentar en este hecho: que la edición aparece cuando se pone en marcha la obra de los seminarios, y no había otra cosa más a mano. Como dice el mismo prólogo del «cantoral» ahora se prefiere el canto sen­cillo, buscando la brevedad, pero que al mismo tiempo mueva al que lo escucha y lo canta a un verdadero culto a Dios. Es de notar cómo este pensamiento es familiar a Vicente: en una época en la que no se sentía, como esencial, la participación ex­terna de la asamblea por la respuesta o por el canto, convenía que el rito se hiciera con tal uniformidad, y solemnidad que despertara el sentido de lo divino. Vicente era consciente del silencio de la asamblea, y por esto exigirá la gravedad del cul­to a través de la uniformidad de las ceremonias y de la prepa­ración del canto.

Vicente cuando habla del canto litúrgico se refiere al grego­riano y así lo cita en la Reglas (c. X, art. 5). En aquella época al gregoriano se lo llamaba «canto-llano», sometido al sistema mensuralista, que no era otro que aquel que se cantaba en las parroquias rurales y pequeñas abadías y monasterios, libera­dos, más por necesidad que por deseo, de la polifonía. Vicente conocía el canto de estos centros: en 1610 obtuvo el beneficio de Abad comendador de S. Leonardo, en la diócesis de Saintes; al tomar posesión del priorato de San Lázaro acudía a coro con los canónigos.11

De la conferencia del 26 de septiembre de 1659 se puede concretar que Vicente recibió un impacto al escuchar la sal­modio de sus feligreses de Clichy. ¿Quién los amaestró? Dirá que la «gracia y desenvoltura de aquellos feligreses en saber cantar tan bien se debió a que tuvieron buenos maestros» (XII, 339).

  1. COSTE, I, 1-17. IÑIGO, S. Vicente de Paúl y la Música Sagrada, en Tesoro Sacro Musical, julio-agosto 1962, 69.
  2. COSTE, XII, 332.
  3. Ibid., 326-27.
  4. Cf. HERRERA, op. cit., cap. II.
  5. HOUSSAYE, Pierre de Bérulle, II, 21 ss.
  6. Idem., op. cit., 133-34.
  7. COMBARIEU, Histoire de la musique, des origines au début du XX siécle, I, 538.
  8. ERNETTI, Il Canto Gregoriano, 211.
  9. ROMITA, op. cit., 77 ss.
  10. ERNETTI, op. cit., 211, en nota: «In cantu morem nostrum can­tandi simplicem exactum et brevem secuti sumus, omissa illa notarum multiplicitate; non cantus in ecclesiis, tum cathedralibus tum parochiali­bus usurpari soliti fastidiosi contemptores effecti (illum quippe imprimis veneramur) sed brevitatis amatores ab omnibus desiderari audimus, commensurabimus quantum fieri potest textum cantui, syllabasque notis quantitate adaequavimus, ut unum alteri sufragetur et utrumque cons­pirent ad colligendos in Dei cultura tum auditorum tum cantantium ani­mos».
  11. Cf. HERRERA, op. cit., 72 y 161-68.

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