Formación humana y cristiana de Luisa de Marillac (XII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA INTRODUCCIÓN A LA VIDA DEVOTA Y EL TRATADO DEL AMOR DE DIOS DE SAN FRANCISCO DE SALES

Nos hemos referido antes a san Francisco de Sales como per­sona a la que Dios puso en el camino para guiar a Luisa de Marillac. Además de los encuentros personales, los escritos de san Francisco de Sales han sostenido a Luisa en su caminar espiritual.

Escribiendo al Abad de Vaux sobre el modo de practicar los ejercicios espirituales las primeras Hermanas, escribe Luisa de Marillac: «Hacen dos medias horas de oración por la mañana en dos momentos diferentes, y otra media hora a eso de las 5 de la tarde. Los temas son los del libro de nuestro Bienaventurado Padre, y, después de que se han confesado, se les proponen las meditacio­nes sobre la vida y muerte de Nuestro Señor». Es lo mismo que había recomendado san Vicente de Paúl a la propia Luisa.

Su primer biógrafo asegura: «Leía frecuentemente libros de piedad y tenía un cariño especial por la imitación de Jesús, por el Combate espiritual, y por las obras de san Francisco de Sales y de Luis de Granada». El Acto de protestación escrito por Luisa reproduce, casi literalmente, la propuesta que hace La Introducción a la vida devota.

Introducción a la vida devota. Agrupa diversos consejos escritos para la dirección espiritual. La primera edición apareció en Lyon en diciembre de 1608. Después de definir el concepto de devoción (pri­mera parte), se esfuerza por convencer a Filotea de la necesidad de la oración (segunda parte). Insiste en la tercera parte en las virtudes, sobre todo en la dulzura y en la humildad y en cómo han de vivir las personas que están en el mundo la obediencia, la pobreza y la casti­dad. Las tentaciones ocupan la cuarta parte; y la quinta propone los medios para renovar el alma y confirmarla en la devoción.

Tratado del Amor de Dios. Publicada en 1616. Los cuatro prime­ros libros, de carácter más teórico, describen las características del amor y las formas de hacerlo nacer, acrecentar y morir. El quinto aborda los dos ejercicios principales del amor: complacencia y benevolencia. Los libros sexto y séptimo constituyen un pequeño tratado sobre la oración, donde se percibe la influencia de santa Teresa de Jesús. El octavo se centra en cómo agradar a Dios unien­do la voluntad propia a la de Dios. A la voluntad de beneplácito, que consiste en la santísima indiferencia, está dedicado el noveno libro. Los tres últimos libros tratan de completar el tema: amar a Dios sobre todas las cosas (libro décimo); la caridad comprende todas las virtudes y los dones del Espíritu Santo y la tristeza es contraria al santo amor (libro undécimo); indicaciones para progresar hacia el santo amor (libro duodécimo).

  1. EL COMBATE ESPIRITUAL

Como acabamos de recordar, su primer biógrafo enumera entre los libros de lectura de Luisa de Marillac «el Combate espiritual».

El combate espiritual, escrito por el teatino Don Lorenzo Scupoli (1530-1610) a fines del siglo XVI, es uno de los más famosos tratados de vida espiritual. San Francisco de Sales llevó este libro en su bolso durante 18 años; lo leía diariamente y lo recomendaba a las personas que dirigía. No ha de extrañarnos, pues, que haya sido también una de las lecturas de santa Luisa.

La vida espiritual consiste en conocer la infinita grandeza y bondad de Dios, junto a un grande sentido de nuestra propia debilidad y ten­dencia para el mal; en amar a Dios y detestarnos a nosotros mismos; en humillamos no solamente delante de Él sino, por Su causa, tam­bién delante de los hombres; en renunciar enteramente a nuestra propia voluntad para hacer la Suya. Consiste, finalmente, en hacer todo solamente por la gloria de su santo Nombre, con un único pro­pósito —agradarle—, por un sólo motivo: que Él sea amado y servido por todas sus criaturas…

Por eso, es necesario luchar constantemente contra uno mismo y emplear toda la fuerza para arrancar cada inclinación viciosa, inclu­so las triviales. Consecuentemente, para prepararse al combate la persona debe reunir toda su resolución y coraje. Nadie será premia­do con la corona si no hubiere combatido con coraje…

Lo que Dios espera de nosotros, sobre todo, es una seria aplicación en conquistar nuestras pasiones; y eso es más propiamente el cum­plimiento de nuestro deber que si, con apetito incontrolado, nosotros le hiciésemos un gran servicio…

Para obtener eso, se debe estar resuelto a una perpetua guerra con­tra sí mismo, comenzando por armarse de las cuatro armas sin las cuales es imposible obtener la victoria en ese combate espiritual. Esas cuatro armas son: desconfianza de sí mismo, confianza en Dios, apropiado uso de las facultades del cuerpo y del alma, y el deber de la oración.

  1. LAS OBRAS DE GRANADA

En la ya citada carta de Luisa de Marillac al Abad de Vaux, explicándole el modo de practicar los ejercicios espirituales en la casa principal de las Hijas de la Caridad en París, podemos seguir leyendo: «La meditación que hacen antes de la confesión, es una larga oración de Granada para obtener de Dios una verdadera contrición». Las obras de Luis de Granada son citadas igualmente como lectura de Luisa por su primer biógrafo.

Fray Luis de Granada (1504-1588), escritor dominico español. Cuando siendo muy niño muere su padre, tuvo que recurrir con su madre a la mendicidad para sobrevivir; a estas experiencias de pobreza, humildad y desamparo deberá dos rasgos de su personali­dad: su firme opción por los pobres y su delicada devoción al Niño Jesús. Tomado bajo la protección de los Mendoza, porque le han escuchado declamar de memoria los sermones pronunciados en la Iglesia, el conde lo hace paje de su hijo, Diego Hurtado de Mendo­za. Así puede estudiar humanidades.

Solicita a los diecinueve años ser recibido en el convento dominico de Santa Cruz la Real, de Granada. Profesa en 1525. Predicador destacado, es enviado a profundizar sus estudios de teología en Valladolid, donde frecuenta la amistad del arzobispo Carranza.

En 1535 es enviado al convento de Scala Coeli, en Córdoba, donde se fragua su profunda amistad con san Juan de Ávila, del que en rei­teradas ocasiones se declara discípulo y amigo. Es en ese santuario donde escribe su Libro de la oración y meditación, revisado final­mente en Evora (Portugal), donde habitará desde 1551. Se imprime en Salamanca en 1554, pero esto le supone el principio de sus tro­piezos con la Inquisición que le acusa de pretender «hacer contem­plativos e perfectos a todos, e enseñar al pueblo en castellano», así como «en haber prometido camino de perfección común e general a todos los estados, sin voto de castidad, pobreza e obediencia». El tratado es puesto en el Índice español de 1559, aunque se sigue edi­tando en el extranjero, pero esta obra y la Guía de Pecadores (1556), también incluida en el Índice español, son revisadas y apro­badas por el Concilio de Trento y el Papa Pío IV, seguramente a instancias de san Carlos Borromeo (1538-1584), gran entusiasta de sus obras.

En Évora, Portugal, invitado por el Arzobispo de esa ciudad en 1551, llegó a ser confesor de los reyes y Provincial de los Domini­cos de Portugal. Como predicador de reconocido prestigio, pasó el resto de su vida sobre todo entre Évora y Lisboa, donde murió en 1588.

  1. ¿OTRAS LECTURAS?

No es difícil imaginar que, además de los libros de lectura de los que tenemos constancia documental y que acabamos de pre­sentar, Luisa de Marillac habría leído también algunas obras de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz, así como el Breve Discurso de Bérulle. Las obras de estos escritores gozaban de gran acogida en aquel entonces en Francia. El hecho de que su tío Miguel de Marillac participara tan activamente en la intro­ducción del Carmelo renovado en su patria y la reconocida importancia de Pedro de Bérulle en este mismo hecho y en los círculos espirituales de la época en París así parecen sugerirlo.

Santa Teresa de Ávila (1515-1582), nace en Ávila, hija de don Alonso Álvarez de Cepeda y doña Beatriz de Ahumada. Viste el hábito del Carmen en 1536 y, poco después de hacer la profesión en 1537, sale enferma. Se siente curada por intercesión de san José (1542) y vive su Desposorio Místico (1556).

En 1562 concluye el Libro de la Vida y visten el hábito las cuatro pri­meras descalzas. El papa Pío IV aprueba las Constituciones (1565) y el Padre general aprueba lo que Teresa ha hecho por la Reforma (1567), permitiéndole fundar también conventos de frailes.

Escribe el Desafío espiritual (1572), el Camino de Perfección (1573), las Fundaciones (1573), Castillo interior, las Moradas (1577). Muere el 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes (Salamanca). Mujer, Reformadora, Escritora, Doctora y Santa, Teresa de Ávila ha sido reconocida como: Cantora de Jesucristo; Mariana y Josefina; Hija de la Iglesia; Maestra de Oración; Huerto donde florecieron todas las virtudes.

En la imagen de santa Teresa de Ávila que se encuentra en la Basí­lica de San Pedro del Vaticano figura el título «Madre espiritual». Y es considerada, con san Juan de la Cruz, inspiradora y Maestra de la espiritualidad carmelitana y guía para todas las personas que bus­can la vida interior.

Muy centrada en Jesucristo, recomienda a quien se dedica a la ora­ción el encuentro con quien (el único) nos conduce al Padre. Sus orientaciones diseminadas por sus obras son una invitación a: dejar actuar a Dios en nuestro corazón; crecer en amistad con Dios por la oración; luchar contra cuanto nos aleja del Señor; procurar alcanzar la santidad cueste lo que cueste.

San Juan de la Cruz (1542-1591). Hijo de Gonzalo de Yepes y de Catalina Álvarez, nació en Fontiveros, provincia de Ávila (España). A los veintiún años, tomó el hábito en el convento de los carmelitas de Medina del Campo. Después de hacer la profesión, pidió y obtu­vo permiso para observar la regla original del Carmelo. Sus supe­riores no le permitieron ser lego, como era su deseo; fue ordenado sacerdote en 1567. Tras su ordenación, deseoso de mayor retiro, llegó a pensar en ingresar en la Cartuja.

Mientras santa Teresa fundaba los conventos reformados, oyó hablar del hermano Juan, en Medina del Campo, y se entrevistó con él, quedando admirada de su espíritu; le dijo que Dios le llamaba a santificarse en la orden de Nuestra Señora del Carmen. Juan entró en el primer convento de carmelitas descalzos en una casa ruinosa de Duruelo tomando el nombre de Juan de la Cruz. Ejemplo de soledad, humildad y mortificación, atravesó grandes pruebas que describe en La Noche oscura del alma.

Cuando en 1571, santa Teresa asume por obediencia el oficio de superiora en el convento no reformado de la Encarnación de Ávila, llamó a su lado a san Juan de la Cruz para que fuese su director espiritual y su confesor.

A raíz de las graves dificultades surgidas entre los carmelitas des­calzos y los mitigados, el provincial de Castilla pidió a Juan de la Cruz que regresase al convento de Medina del Campo. Ante su negativa, alegando que había sido destinado a Ávila por el nuncio del Papa, el provincial envió un grupo de hombres armados, le tras­ladaron a Toledo y le encerraron en una estrecha y oscura celda, maltratándole duramente: «No os extrañe que ame yo mucho el sufrimiento. Dios me dio una idea de su gran valor cuando estuve preso en Toledo». Sus primeros poemas reflejan su estado de ánimo: «¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido».

Huido de aquella prisión y maltratos después de nueve meses, se dirigió al convento reformado de Beas de Segura. Nombrado supe­rior del colegio de Baeza en 1579, fue elegido superior de Los Már­tires (Granada) en 1581. Las interminables disputas entre reforma­dos y mitigados volverían a ser motivo de nuevos sufrimientos para san Juan de la Cruz, pasando de ser vicario provincial de la nueva provincia reformada a desterrado al convento de Baeza.

En medio de tantos sufrimientos, se dedicaba a la oración y a redac­tar las obras: Subida al Monte Carmelo, La Noche oscura del Alma (ya citada), Llama viva de Amor; Cántico espiritual.

Para san Juan de la Cruz el fin del hombre en la tierra es alcanzar «perfección de la caridad y elevarse a la dignidad de hijo de Dios por el amor»; la contemplación no es por sí misma un fin, sino que debe conducir al amor y a la unión con Dios por el amor y, en últi­mo término, debe llevar a la experiencia de esa unión a la que todo está ordenado. «No hay trabajo mejor ni más necesario que el amor»… «Hemos sido hechos para el amor». «El único instrumen­to del que Dios se sirve es el amor». «Así como el Padre y el Hijo están unidos por el amor; así el amor es el lazo de unión del alma con Dios».

Pedro de Bérulle (1575-1629), aunque formado en la escuela abs­tracta, dará una interpretación nueva a los temas del movimiento devoto, al presentar un nuevo centro de toda la vida espiritual: la humanidad de Cristo, la encarnación del Verbo.

La influencia de Bérulle es enorme en toda la espiritualidad france­sa. Directamente, en sus innumerables discípulos, entre los que se encuentran Burgoing, Condren, Olier, Saint-Cyran… y en todos los fundadores y maestros que le han escuchado en París, como Vicen­te de Paúl. Indirectamente, a través del Oratorio y de los seminarios y colegios dependientes del Oratorio; a través también del Carmelo y de otras familias religiosas en cuya reforma participó; sin olvidar su labor en la reforma de la formación sacerdotal, buscando hacer efectivas las prescripciones del Concilio de Trento.

El Breve Discurso sobre la abnegación interior; publicado cuando Bérulle contaba 18 años de edad, sus sermones, su Discurso sobre el estado y las grandezas de Jesús y su última obra La vida de Jesús plantean la vida espiritual centrada en Jesucristo y en el misterio de su Encarnación: … Adherirse a Jesús es la exigencia de la oración, de la contemplación, del apostolado. La gloria de Dios puede con­centrarse en honrar a Jesús. El amor a Jesús debe llevar a imitarle… No sólo hay que fijarse en los misterios de la Trinidad, la encarna­ción, la redención… sino que todos los momentos de la vida de .lesús deben ser considerados: infancia, visitación… Cada orden o congregación dentro de la Iglesia tratará de imitar alguno de estos misterios.

Juan Corpus Delgado

CEME, 2010

 

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