Formación humana y cristiana de Luisa de Marillac (VIII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA ORIENTACIÓN QUE RECIBIÓ DE QUIENES EL SEÑOR PUSO EN SU CAMINO

Para la formación humana y cristiana de santa Luisa ha sido decisiva la orientación que ha ido recibiendo de quienes le han acompañado espiritualmente.

Los escritos de Luisa de Marillac expresan en repetidas oca­siones su decisión de ser de Dios, totalmente de Dios. Para lograrlo, buscará orientación en la dirección espiritual; firme­mente convencida de que la Voluntad de Dios se le da a conocer por medio de quienes el Señor ha puesto en su camino para guiarla: «Las disposiciones de Dios como de ordinario me serán manifestadas por la santa obediencia».

  1. LA ORIENTACIÓN DE LOS CAPUCHINOS DEL BARRIO DE SAN HONORATO

El inicio consciente y decidido de la vida espiritual de santa Luisa tiene lugar en los años de pensión en casa de la señorita pobre (devota). Y la primera orientación proviene de la comuni­dad de los capuchinos del barrio de San Honorato, cuya iglesia frecuenta.

Este convento está viviendo en todo su apogeo lo que los his­toriadores de la espiritualidad han dado en llamar la «escuela abstracta de espiritualidad». La decisiva influencia de Benito de Canfield y su «Regla de Perfección» ha suscitado el entusiasmo de la comunidad para con esta forma de entender la vida cristiana y hacia ella orientan a cuantos de les acercan.

La vida espiritual busca la unión y el encuentro con Dios, la mística. Puesto que en Dios no hay potencias, sino sólo esencia, también en el hombre es la esencia la que quiere, ama y entien­de, sin necesidad de potencias. De ahí que el objetivo de la vida cristiana consistirá en ir a la esencia divina, incluso sin pasar por Cristo. Para lograrlo, sólo hay un camino, el anonadamiento: aniquilado todo lo que no sea la esencia del hombre, el alma dejará hacer a Dios en ella. «La realidad última de la vida inte­rior es una unión con la esencia divina que supera todas la mediaciones creadas, incluida la humanidad de Cristo».

Una concepción más bien negativa de la persona humana y de sus posibilidades, la insistencia en ayunos, vigilias y disciplinas, el verdadero reconocimiento de la incapacidad humana para lle­gar a Dios, marcan un estilo de vida cristiana que teme a Dios y su justicia y que adora sus designios.

Esta orientación, que secundarán su tío Miguel de Marillac y en parte también Juan Pedro Camus (como veremos enseguida), ha marcado no sólo los años previos al matrimonio de santa Luisa, sino también la mayor parte del tiempo de su matrimonio. Resonancias de los temas propios de esta orientación se harán presentes incluso en algunos escritos de otros momentos de su vida.

La orientación de los capuchinos del barrio de San Honorato fue decisiva para la elección de estado de Luisa. Fue el provin­cial, P. Honorato de Champigny, quien le aseguró: «Dios tiene otros planes para usted», cuando Luisa había manifestado sus deseos de hacerse religiosa.

El matrimonio de Luisa de Marillac en 1613 y el consiguien­te traslado de domicilio para establecerse como familia Le Gras en el barrio del Marais, parroquia de Saint Merry, significaría también el progresivo alejamiento de la dirección de los capuchinos del barrio de Saint-Honoré.

  1. LA ORIENTACIÓN DE JUAN PEDRO CAMUS

El cambio de estado, de domicilio y de relaciones resultó, sin duda, decisivo para que Luisa de Marillac encontrara en Juan Pedro Camus (1583-1652) la persona que el Señor ponía en su camino para guiarla.

Juan Pedro Camus será el director espiritual de Luisa de Marillac desde 1614 ó 1615 hasta 1625. Los encuentros entre el Obispo de Belley y Luisa se producen con ocasión de la reite­rada presencia de Juan Pedro Camus en París, como predicador extraordinario desde 1613 a 1623 y como diputado del clero en los Estados Generales de 1614.

Juan Pedro Camus vivió una gran intimidad con san Francis­co de Sales, a quien admira y del que se considera intérprete y continuador. Poseía una vasta cultura espiritual: conocía a los renano-flamencos Ruysbroeck, Taulero y Harphius. Más tarde se iniciaría en Juan de la Cruz. La primera etapa de su pensamiento tiene como ejemplo característico la «Dirección a la oración men­tal» (1617), que pretende completar de alguna manera la segunda Darte de la «Introducción a la vida devota». Entre sus fuentes ins­piradoras hay que citar a: Luis de Granada y Pedro de Alcántara; Matías Bellintani; san Ignacio; san Francisco de Sales; Benito de Canfield (aunque él no lo cita). Admite la distinción clásica de las tres vías: purgativa, iluminativa y unitiva. Pero su originalidad está en hablar de la oración mental activa y pasiva:

  • Activa: nos elevamos hasta Dios según las fuerzas y facul­tades de nuestra alma, sirviéndonos de todas sus potencias imaginativas, apetitiva, intelectual.
  • Pasiva: Dios, por pura gracia y libre disposición, visita el alma y actuando en ella, la purifica de una manera sutil, delicada, finísima.

La oración abarca la meditación y la contemplación. Así que hay meditación activa y pasiva y contemplación activa y pasiva.

Encontramos, pues, en esta primera etapa, una incontestable simpatía por la escuela abstracta.

La orientación de Juan Pedro Camus coincide con un tiempo decisivo del caminar espiritual de Luisa de Marillac: los años de la Luz, que brota en medio de la oscuridad.

Sin separarse de la perspectiva que venimos llamando «abs­tracta», Juan Pedro Camus incorpora en su orientación elemen­tos que invitan a la moderación, a la mirada positiva hacia las criaturas, a la alegría en la paz, temas todos muy queridos en la escuela de san Francisco de Sales. «Me alegra saber que las prácticas de recogimiento y los retiros espirituales le resultan tan útiles y sabrosos. Pero tiene usted que usar de ellos como se hace con la miel, es decir, poco a menudo y con sobriedad, por­que tiene usted cierta avidez espiritual que necesita ser retenida»… «Espero siempre, querida hija, que recobre la serenidad después de esos nubarrones que le impiden a usted ver la hermo­sa claridad de la alegría que se encuentra en el servicio de Dios. No ponga tantas dificultades en las cosas indiferentes, aparte un poco su vista de usted misma y fíjela en Jesucristo. Según mi entender, ahí tiene usted su perfección».

En los años más difíciles de la enfermedad de su marido, Juan Pedro Camus escribe a Luisa expresándole su cercanía y delica­do afecto al fin de octubre de 1623: «Ese marido tan amado ha pensado en morir, y este pobre Padre que le escribe no va a ir este invierno a París. No suspire por usted, mi querida hija, sino por mí que, separado de mi tierra y de los míos estoy relegado en un destierro, que no tiene nada de amable, a no ser la ama­ble voluntad de Aquel que lo hace toda amable… Así pues, dejo París y las dos primeras cátedras de París; para decirle la ver­dad, yo no merecía aparentar hacerme ver, y esto porque así le agrada a Aquel cuya voluntad es nuestra vida. ¡Oh Jesús! Amigo (le nuestras almas, conservadme a mi querida hija, bendecidla, con vuestra dulce mano, a ella, a su marido, a su hijo y su casa. Derramad vuestros consuelos en esta querida alma, a la que ya sabéis en qué consideración tengo, oh Salvador!, puesto que en Vos soy de ella muy humilde y afectísimo servidor».

Pero, sólo unos meses después, el 30 de enero de 1624, Juan Pedro Camus adopta un estilo completamente diverso, casi de distancia y firmeza: «La compadezco en la suspensión de espíri­tu en que se encuentra acerca de la enfermedad de su amada parte. Ahora bien, esa es su cruz, y ¿por qué me habría yo de disgustar de verla sobre el hombro de una hija de la Cruz? Para llevarla bien, no le falta a usted ni habilidad, ni consejo, ni libros, ni inteligencia. Dios quiera que tampoco le falte el valor. Siga usted siempre con la idea de las confesiones generales al acercarse el jubileo. Cuántas veces le he dicho: haga gracia a su corazón de las confesiones generales. ¡Ah no!, el Jubileo no viene para eso, por lo que a usted se refiere; sino para regocijar­la en Dios su salvación y hacerla decir: Jubilemus Deo salutari nostro. ¡Oh! Que Dios bendiga el corazón paternal del Señor de San Salvador. Salúdele de mi parte, querida hermana, como también a su amado marido y al querido hijito…».

Esta sensación de querer marcar distancias aparece todavía más abiertamente en la carta que Juan Pedro Camus escribe en julio de 1625: «Perdóneme, mi querida hermana, si le digo que se apega usted un tanto demasiado a los que la guían y se apoya demasiado en ellos. El señor Vicente de Paúl está ausente, y héte aquí a la señorita Le Gras fuera de sí y desconcertada… Hay que mirar a Dios en los que nos aconsejan y dirigen y mirarlos a ellos en Dios, pero a veces hay que mirar a Dios solo, quien, sin hombre y sin piscina, puede curarnos de nuestras parálisis. En cuanto a sus ejercicios espirituales, guíese por el parecer de algún buen padre espiritual, como el Padre Ménard, del Orato­rio, o bien de la Reverenda Madre Magdalena o de la Madre Superiora de la Visitación, y una vez resuelta, vaya con confian­za… No es, querida mía, que me disguste guiarla o aconsejarla. ¡Ay!, no, al contrario, porque espero, mediante esta dirección, que sea usted la que me conduzca al cielo, a lo que su ejemplo me invita, más de lo que mis consejos pueden servirla a usted y encaminarla; pero es que en el espíritu de la señorita Le Gras al que tanto estimo y que me parece tan claro y fuerte, no me gusta ver esas pequeñas debilidades y nubecillas… El padre, la madre y el hijo recibirán de mí, muy indigno, la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. ¡Bendito sea Dios!»

La delicadeza y el consuelo, la cercanía, la suavidad en los caminos de la vida espiritual, vuelven a aparecer en las cartas escritas por Juan Pedro Camus a Luisa de Marillac tras la muer­te de su querido esposo: «Por fin, mi querida hermana, el Sal­vador de nuestras almas, después de haber recibido a su esposo en su seno, se ha colocado Él mismo en el vuestro. ¡Oh Celestial Esposo!, sedlo siempre de mi hermana, que os escogió por tal cuando aún estaba dividida; pero permaneced en su seno, Señor, como un ramillete de mirra, suave en su perfume y amarga en el gusto. Proporcionadle algún dulce consuelo en las amarguras inseparables de su viudez. ¡Dios mío!, querida alma, en esta hora es cuando hay que unirse a la cruz y estrecharla, puesto que no tenéis ya en la tierra más apoyo que ella. Ahora es cuan­do tenéis que decir a Dios que se acuerde de su palabra, y ¿qué palabra es ésta, mi querida hija? Es que Él será el Padre del huérfano, y el juez de la viuda, mi amada hermana, para tomar en las manos su causa y juzgar a sus adversarios. En esta hora será cuando veamos si habéis amado a Dios como es debido, puesto que os ha quitado lo que tanto amabais. ¡Paz eterna y descanso a esa querida alma por la que oramos, y consuelo a la vuestra por el Padre de todo consuelo y Dios de las misericor­dias! Amén».

Juan Pedro Camus, que había acompañado espiritualmente a Luisa de Marillac durante diez años, es quien la puso en relación con Vicente de Paúl. Pero, antes de tratar de la orientación de Vicente de Paúl, es necesario que nos refiramos a las intervencio­nes de Miguel de Marillac y de san Francisco de Sales en el caminar espiritual de santa Luisa.

Juan Corpus Delgado

CEME, 2010

 

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