Formación humana y cristiana de Luisa de Marillac (IX)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:
  1. LA ORIENTACIÓN DE MIGUEL DE MARILLAC

Conservamos algunas cartas de los años 1619 a 1623 dirigidas por Miguel de Marillac a santa Luisa. Apreciamos en ellas que se trata de una verdadera orientación en la vida espiritual. Desco­nocemos también si esta orientación fue ocasional o continuada durante algunos años. Desafortunadamente, no se han conserva­do las cartas de Luisa a las que corresponden éstas de su tío Miguel. En un tono que nos parece distante y frío, Miguel de Marillac sigue insistiendo en la misma orientación «abstracta».

Los textos de las cartas de 1619 insisten en la humildad, o más bien humillación, ante Dios y en el reconocimiento de las faltas, que son lo único propiamente nuestro. «Tenga siempre buen ánimo para buscar a Dios, conformarse con lo que le agra­da y caminar con humildad y confianza en Él, a quien ruego dé a usted en su gracia feliz y larga vida…». «Tenga usted pacien­cia y humíllese ante Dios por las faltas que pueda usted cometer contra la sumisión apacible de su alma ante Dios, esperando de Él las gracias de que pueda tener necesidad y sin intentar forzar a Dios para que le otorgue más gracias que las que Él quiere. Permanezca tranquila y humilde a la vista de sus faltas, porque las faltas es lo nuestro y nada hay que esperar de nosotros fuera de ellas…».

En 1620 Miguel de Marillac invita a Luisa a permanecer pasi­vamente ante Dios, sabiéndose pobre: «…bueno será vivir la experiencia de que Dios no está pendiente de nuestros designios V proposiciones; que los que le encuentran son los que le buscan de la manera que Él quiere comunicarse y no de la forma que ellos imaginan ser la más útil y provechosa para ellos. Porque, con frecuencia, esa utilidad que nos forjamos en nuestro espíri­tu es el contento que buscamos dar a nuestros sentimientos. Pero el alma pobre que se conoce a sí misma y que acepta ese cono­cimiento en paz, espera de Dios lo que Él quiera, sin apegarse a una manera o a otra, contentándose con someterse a Dios, sin querer ser ella quien le prescriba la manera en que debe condu­cirla. Recibe lo que le viene, acepta todo con humildad, gratitud v aprovechamiento, permaneciendo siempre pobre en sí misma, contenta con hacer lo que puede, sin apenarse por lo que le falta v que no está en su poder Y para juzgar de lo que podemos o no, hay que fiarse de la experiencia de varias veces y no de lo que nos dicen nuestros pensamientos. Ruego a Dios que le conceda la gracia de aprovecharse y de saber adelantar todos los días en su temor y amor».

Esta misma invitación a permanecer en humildad y pasiva­mente se repite en 1621: «Es, pues, útil al alma reconocerse pobre, privada de la facultad de conocerse y de estimarse en lo que se es y no apenarse por ello; más bien reconociendo esa carencia, pedírsela a Dios, sirviéndonos fielmente y con prove­cho de los medios que Dios nos da; como cuando cometemos alguna falta, saber sacar provecho de las disposiciones de alma que la han producido o cuando veo el bien en alguien, recono­cernos inferiores. Por último, el alma fiel a Dios tiene en todo momento las instrucciones necesarias para humillarse cuando se halla verdaderamente en ese estado sencillo y pobre, en el que reconoce que no posee nada, ni siquiera el conocimiento de su propia pobreza, y así permanece como pobre mendigo ante Dios, que sólo Él le es todo. Él la advierte y despierta su conciencia a todo el bien y el mal que ha de hacer o rehuir, y cuando más se despoje de sus solicitudes y actividades, tanto más claro verá lo que tiene que hacer y lo que tiene que dejar. Su ejercicio está en Dios a quien busca, en Jesucristo a quien ama, a quien se une, cuya vida honra, así como sus trabajos y sufrimientos y por todo lo demás su única fidelidad es la del alma que se adhiere a Dios, a la que nada le falta y que en toda ocasión se ve advertida o reprendida sobre lo que ha de hacer o dejar de hacer».

En los meses en que Luisa de Marillac está viviendo sus gran­des dudas, de las que se verá liberada en la Luz de Pentecostés, Miguel de Marillac abunda en la humildad, en las disposiciones pasivas y le asegura que la única seguridad con la que podemos contar es no estar seguros de nosotros mismos: «No puedo decir­le en pocas palabras lo que me parecería conveniente con rela­ción a lo que usted me ha escrito. La pena que el alma siente al no encontrar en sí, en su sentimiento, nada más que incertidum­bre acerca de Dios, no tiene remedio, porque el remedio es peor que el propio mal. Es un estado peligroso el querer tener en su sentimiento una certeza de Dios, una disposición a hacerse ilu­siones y una falta de humildad, lo que es un gran impedimento, de suerte que hay más seguridad y provecho en el estado humil­de que sobrelleva con paz la incertidumbre, no queriendo adqui­rir ese entendimiento y estando contento en último término de no tener esa seguridad que podría ser un mal. Esto debe bastar. En cuanto a la dirección, es también peligroso resolverse a no quererla tener y contentarse sólo con la práctica, porque todos los momentos necesitan de consejo, no para estar flotando en una incertidumbre continua, sino para no estar seguro de uno mismo, y más bien presto a recibir consejo y dócil a Dios en todas las cosas. Para ello, hay que deshacerse de esas máximas y estar siempre abierta a Dios, sin justificarse ni asegurarse, sino encontrando su estabilidad en la paz que da el saberse en la incertidumbre, sin querer tener otra seguridad que la de la misericordia de Dios, fuera de cuya confianza no sé qué seguri­dad puede encontrarse en el inundo; y quien pretende encontrar­la fuera de ahí, a mi parecer es muy digno de compasión».

Por tratarse de cartas que responden a otras escritas por Luisa de las que no disponemos, no resulta fácil trazar el cuadro com­pleto de la orientación ofrecida por Miguel de Marillac a su sobrina. Podemos, en todo caso, pensar que, al menos durante algún tiempo y probablemente de forma ocasional, Luisa acu­dió a Miguel de Marillac, reconocido hombre de Dios y miem­bro de la familia, en busca de orientación en su camino espiri­tual. Y, a partir de los textos disponibles, podemos afirmar que la orientación de Miguel de Marillac sigue incidiendo en los plan­teamientos propios de la conocida como «escuela abstracta» de espiritualidad, planteamientos ampliamente extendidos en los medios espirituales de París.

Juan Corpus Delgado

CEME, 2010

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.