Formación humana y cristiana de Luisa de Marillac (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA FORMACIÓN EN EL MATRIMONIO Y EN LA MATERNIDAD

El matrimonio con Antonio Le Gras el 6 de febrero de 1613 y el nacimiento de su hijo Miguel Antonio no interrumpen el camino de formación humana y cristiana de Luisa de Marillac. Así nos lo dan a entender la correspondencia conservada de estos años y los testimonios de quienes la conocieron.

Sus relaciones sociales le permiten desarrollar las cualidades humanas de la tolerancia, el respeto, la benevolencia, la condes­cendencia, y hasta la sencilla elegancia.

La administración de la casa, la organización del servicio, el cuidado de los bienes y la atención al hijo en su crecimiento y posteriormente el cuidado de su esposo enfermo completan el cuadro de una formación humana de calidad.

En la familia Le Gras son cristianos fervientes: tienen auto­rización para leer la Biblia en lengua vulgar y prestan atención a las necesidades de los pobres. Luisa pertenece a varias Cofra­días piadosas.

El Hermano Ducourneau nos ha dejado una nota que escribió una criada de la señorita en la que refleja el estilo de vida de santa Luisa en estos años: «En su juventud tenía una gran pie­dad y devoción en servir a los pobres: les llevaba dulces, confi­turas, galletas y otras cosas por el estilo; los peinaba y limpia­ba la tiña y los parásitos; los amortajaba. Cuando estaba a la mesa, con mucha frecuencia, fingía como si comiera, pero no comía. Por la noche, se levantaba para encerrarse en su gabine­te, tan pronto como el señor se quedaba dormido. Tenía cilicios y disciplinas. Dejaba a la persona que estuviera con ella para subir a una montaña y atender a un pobre que tiritaba de frío, y (eso) aun cuando estuviese lloviendo o granizando».

  1. Gobillon, con tono más grandilocuente, quiere ver en estas obras piadosas un anticipo de la organización de la Caridad a la elite se dedicará más adelante con san Vicente de Paúl.

Es en estos años del matrimonio cuando Luisa va a experi­mentar la oscuridad, pero sobre todo la Luz. Ni la oscuridad ni mucho menos la Luz pueden comprenderse al margen del proce­so de formación humana y cristiana de santa Luisa. Sabemos que ha acudido reiteradamente a la oración, a las prácticas de devo­ción sugeridas por sus acompañantes espirituales, a los sermones para los que llegaban a París renombrados predicadores, a los centros de diálogo y encuentro espiritual del tiempo: los llama­dos «medios devotos».

Recordaremos más tarde la orientación recibida de su tío Miguel de Marillac y de Juan Pedro Camus durante estos años, así como las lecturas en las que ha ido bebiendo. Por la carta diri­gida a Luisa de Marillac por Juan Pedro Camus, ya obispo de Belley, el 26 de julio de 1626, podemos deducir que, en su deseo de formación cristiana, ha frecuentado también los monaste­rios próximos a su lugar de residencia: «En cuanto a sus ejerci­cios espirituales, guíese por el parecer de algún buen padre espiritual, como el Padre Ménard, del Oratorio, o bien de la Reverenda Madre Magdalena, o de la Madre Superiora de la Visitación…». La carta de la Madre Catalina de Beaumont, superiora del monasterio de la Visitación de París, escrita en 1625, nos hace pensar en los encuentros mantenidos en el monasterio: «Tomo gran parte en su dolor, querida hija, pero no obstante, no temo, antes bien espero que la mano que la hiere, curará la herida. ¡Dios mío! Llénese de dulzura y valor para soportar con paciencia lo que con tanto amor se le da. ¿Piensa usted que Dios la hace sufrir por otro motivo que el de hacerla merecer? Es necesario dejar de lado el por qué, ya que no nos per­tenece el saberlo, y sí, en cambio, el estar plenamente sometida a su divino querer. Estélo, pues, querida hija, y no mire tanto lo que siente y sufre, sino una su voluntad a la del Padre celestial para hacer y sufrir todo lo que le plazca. Y después, haga todo lo que pueda por la salud de su amado marido, dejando lo que pueda ocurrir al divino agrado de Dios… No, no tengo en abso­luto noticias del señor Vicente. Ruego a Dios que la fortalezca y la ayude con sus gracias… Adiós, querida hija. ¡Sea Dios la ale­gría y el reposo de su corazón… Nuestra comunidad orará con la mayor atención por usted y por todos.

Esta carta nos recuerda también el proceso formativo vivido por Luisa de Marillac en ocasión de la larga y difícil enfermedad de su esposo y de la aceptación de su pérdida en la Navidad de 1625: la escuela del dolor. También la educación de su hijo Miguel Antonio ha constituido para santa Luisa un largo y labo­rioso aprendizaje, si nos atenemos a las expresiones de san Vicente en sus cartas: «En nombre de Dios, Señorita, no se pre­ocupe por Miguel Antonio. ¿No ve usted el cuidado extraordina­rio que Nuestro Señor ha tenido con él, casi sin usted? Deje obrar a su divina Majestad; Él mostrará a la madre, que cuida de tantos niños, la satisfacción que esto le proporciona tomando cuidado de su hijo, cuidado que no podrá ella nunca superar en bondad.

Juan Corpus Delgado

CEME, 2010

 

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