Fidelidad y renovación

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de CaridadesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1987.
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He acudido a este documento de trabajo de la Asociación, el Documento de Base que tenéis hace ya unos años, para ver có­mo podía inspirarme en lo que intentaba deciros. Hace ya un par de años que conocía y había leído este documento de trabajo de la Asociación Internacional de Caridad. Lo que voy a decir lo he sa­cado de este documento de trabajo. Naturalmente que por el co­nocimiento que pueda tener de san Vicente y de su influencia en la fundación de la Asociación añadiré tal vez cosas y observaciones que no aparecen aquí. Pero básicamente la charla se va a basar en ello.

Voy primero a tratar de analizar un poco cuáles deben ser los pilares de la Asociación, que yo veo son cuatro principalmente. Los enumero y luego los comento. El primer pilar es el Evangelio; el segundo, la interpelación de la Iglesia de nuestro tiempo; el ter­cero, la fidelidad a san Vicente; el cuarto, la obligación de respon­der a las necesidades de los pobres de hoy. Estos cuatro pilares son necesarios para responder a los dos aspectos básicos: se trata de ser fieles al carisma y además renovarlo. La necesidad de reno­vación brota de un motivo muy sencillo: ninguno de los que esta­mos aquí presentes vivimos en el siglo XVII, sino .en el xx, y en­tonces se trata de renovar una experiencia que se vivió en el si­glo xvii originariamente. Renovarla para responder a lo que es el mundo de hoy.

El Evangelio

Y paso a comentar un poco lo que es el primer pilar, que es el Evangelio. Lo que no podéis olvidar nunca, y no creo que lo olvi­déis, es que sois cristianas, o sea, todas las que pertenecéis a la Asociación lo hacéis primero desde un bautismo que recibisteis, desde vuestra fe cristiana, y para responder a las exigencias de esa fe cristiana, a las exigencias del Evangelio. Y a poco que la conoz­cáis encontraréis que vuestra vocación de Voluntarias de la Cari­dad responde muy bien a las exigencias fundamentales que apare­s cen en el Evangelio tal como lo practicó y tal como lo predicó Nuestro Señor Jesucristo. Esto quiere decir que se necesita una , formación cristiana, y sin esto no hay verdadera caridad. Puede ser labor social, puede ser acción política, pero no acción cristiana. Una acción cristiana sólo puede brotar de un alma cristiana. Sólo en la medida en que uno es cristiano puede practicar una auténtica caridad. O sea, no se puede ser poco cristiana y muy caritativa. Pero tampoco al revés: no se puede ser poco caritativa y muy cris­tiana. Si os fijáis en el primer reglamento que escribió san Vicente para la cofradía de la Caridad de Chatillon, buena parte de ese reglamento trata de decir a las asociadas, a esa primera cofradía que él fundó, cómo deben vivir en cuanto cristianas. Quiero decir: él podía haber hecho un. reglamento de asistencia a los enfermos: se les asiste así y así, y se acabó. Pero no. Dice a las asociadas, a la Cofradía, cómo debían ser cristianas, como diciéndoles: ahora que os habéis apuntado a esta cofradía tenéis que crecer en la práctica de la caridad y también en vuestro ser de cristianas.

Lo que valía para aquel reglamento, lo que valía para la visión de san Vicente en el siglo XVII, vale para hoy. Hay que repetirlo una vez más: en la medida en que se es cristiano se puede practicar la caridad, y al revés: en la medida en que se practica la caridad se es cristiano. Esto exige, como le exigió a él mismo, una especie de conversión. Porque por la educación que recibimos la mayor parte desde niños, como cristianos, no queda tan claro, por ejemplo, que los pobres son nuestros amos y señores, una idea que conocéis de san Vicente de Paúl y que para él era fundamental. El era cristiano desde que nació. Era cristiano cuando se ordenó de sacerdote. Pero le costó bastantes años descubrir esto que acabo de citar y que él convirtió, a partir de los treinta y siete años más o menos, en la norma de su vida. O sea, mi amo y señor no es el rey. Mi amo y señor no es ni siquiera (perdonadme la expresión) el Papa.

Y aun diría, para las que estáis casadas, mi amo y señor no es mi marido. Mi amo y señor es Jesucristo y los pobres que lo repre­sentan. Y entonces se puede decir: los pobres son nuestros amos y señores. Eso quiere decir que tú eres su sirvienta. La idea, no la expresión aún, aparece con absoluta claridad en el reglamento de la primera Cofradía que fundó san Vicente.

La interpretación de la Iglesia

El segundo pilar sería lo que la Iglesia nos dice hoy. La inter­pelación de la Iglesia, del Concilio, como queráis decirlo, que se ha declarado oficialmente Iglesia de los pobres, como sabéis. ¿Quiere decir esto que hasta que el Concilio lo dijo oficialmente la Iglesia no era la Iglesia de los pobres? No nos vamos a meter en la histo­ria pasada. ¿Quiere decir esto que desde que lo declaró oficialmen­te es ya la Iglesia de los pobres? Pues a mí me parece, para contestar a esta segunda pregunta, que al menos la Iglesia se declara oficialmente la Iglesia de los pobres. La Iglesia somos 800 millones, más o menos, esparcidos por el mundo. Y la Iglesia, por su jerarquía, nos está diciendo: esta Iglesia, este conjunto de creyentes en Jesucristo, tiene que darse cuenta, tiene que cobrar conciencia de que somos para la evangelización de los pobres. Con esto la je­rarquía está hablando a todos los fieles. Bien, pues a vosotras, y a mí también, nos cae de lleno.

Pero no creáis que esto es una idea nueva. Os voy a leer un trocito de un famoso sermón de Bossuet. Bossuet fue un gran obispo de Francia del tiempo de san Vicente. Fue un discípulo de san Vicente, formado por él, y los que conocen la historia dicen que este sermón, que hizo mucho ruido cuando lo predicó a la aristocracia francesa, está sin duda inspirado por él. Estoy hablan­do del siglo XVII, no del xx. Os recuerdo que Bossuet era el predi­cador de la aristocracia y de la monarquía de su tiempo. Dice así: «La Iglesia no ha sido edificada sino para los pobres, y ellos son los verdaderos ciudadanos de esta ciudad. La Iglesia de Jesucristo es verdaderamente la ciudad de los pobres. Los ricos no son per­mitidos en ella sino por tolerancia, y sólo a los pobres es a los que pertenece propiamente la entrada en esta santa ciudad. En efecto, ¿no ha sido enviado para ellos el Salvador? «El Señor me ha en­viado para evangelizar a los pobres» (Lc 4,18).» Hasta aquí Bos­suet.

Vicente de Paúl, que no era tan elocuente, resume todo esto que ha dicho su discípulo Bossuet en una frase que escribe en una carta, que «Jesucristo ha venido a evangelizar a los pobres, y que si evangelizaba a los ricos, dice Vicente de Paúl, no lo hacía más que como de paso». Entonces, si esta idea, que ahora es oficial para la Iglesia, «la Iglesia de los pobres», la encontramos ya clarí­simamente expresada en el origen de la tradición vicenciana, resul­ta que una mujer, una de vosotras, que dentro de este espíritu de san Vicente se quiere dedicar en serio al ejercicio de la caridad para con los pobres, no tiene que hacer ningún esfuerzo de adap­tación de su antiguo espíritu inspirado por san Vicente a lo que hoy exige la Iglesia. El paso es tan fácil que no hay que darlo. Estáis en la misma línea. Y así sabéis que sois también una asocia­ción de la Iglesia católica. No otra cosa. No un grupo de acción social, un grupo político… Nada de eso. Sois una asociación de acción caritativa de la Iglesia, porque sois Iglesia. Y dentro de ella os reunís, e inspiradas por ella. Pero laica, seglar, totalmente se­glar.

No quiero aturdiros con aspectos de la visión de san Vicente de lo que debe ser la Iglesia y la sociedad dentro de esa Iglesia y las asociaciones dentro de esa Iglesia. Pero sí se puede afirmar brevemente que san Vicente tendía a tener una visión muy laica de la vida cristiana. Una visión muy laica de la fe cristiana en el sen­tido de que la santidad cristiana es para todo el mundo, no sólo para los que hacen votos, no sólo para los religiosos. Jesuaisto llama a la santidad también al último seglar. Vosotras sois una asociación de caridad, y por tanto de santidad, laica. No necesitáis ni votos, ni estructura jerárquica, ni cosas de esas. Vivís con vues­tra familia, o solas, o como sea. Y totalmente en el mundo. Sois una asociación laica y femenina. Esto es importante subrayarlo, porque sabéis muy bien que cuando se habla de grandes misione­ros o grandes evangelizadores en seguida se habla de hombres: san Pablo, el gran apóstol, san Francisco Javier… ¿Habéis oído decir jamás de una mujer que fue una gran evangelizadora? Nunca. La imagen que tenemos, que teníamos y seguimos teniéndola, es que en la Iglesia sólo evangelizan los hombres. Esa es la imagen que tenemos. Pero ésa no era la imagen que tenía san Vicente. Por ejemplo, a las Hijas de la Caridad les dice claramente: «Hace ochocientos años más o menos que las mujeres no tienen empleo público en la Iglesia.» Dice él. Pero al principio no era así. Había diaconisas, había mujeres que participaban en la marcha de la Iglesia. Las mujeres eran consideradas como parte activa de la Iglesia, pero hace ya ochocientos años que eso no es así. Y les dice a las Hermanas: con vosotras se vuelve a los comienzos. Lo que decía a las Hermanas podría haberlo dicho perfectamente a los miembros de las cofradías de Caridad. O sea, la mujer como una parte activa, como un elemento activo en la obra de evangeliza­ción y de caridad en la Iglesia. Así pues, sois una asociación de la Iglesia, laica y femenina.

Fidelidad a san Vicente

El tercer pilar sería la fidelidad a san Vicente. Bien, creo que no necesito decir nada especial sobre este punto. Lo único que diría es que para ser fiel a san Vicente hay que conocer a san Vicente, claro está. Es una obligación que tenemos nosotros, que tienen las Hermanas y que tenéis vosotras. ¿Cómo se puede ser fiel a aquello que no se conoce? Es imposible. Por fortuna o por providencia, tenemos muchísimos medios para conocer a san Vicente. Y no son complicados, y no son caros, y no son difíciles. Hay cantidad de libros de fácil lectura, y bien hechos, que hablan de todo esto. Hay otras muchas maneras de conocer a san Vicente, pero ésta es una al alcance de cualquiera.

Hoy y aquí

El cuarto pilar sería la necesidad de adaptación y de respuesta a los nuevos contextos sociales. Efectivamente, si la Cofradía de la Caridad, fundada por san Vicente de Paúl, quería responder a las necesidades espirituales y corporales de los pobres enfermos de su tiempo (y así empezó), entonces-si.Ista Cofradía hoy, sea cual sea el nombre que tiene, quiere responder a las necesidades de los po­bres de su propio tiempo tiene que adaptar su manera de ser, su manera de rezar e incluso su manera de reunirse, su manera de trabajar a las necesidades de los pobres de este tiempo, según aquella frase famosa de san Vicente de que los pobres mandan. Como si dijera: según sean las exigencias de los pobres, así tene­mos que responder, lo mismo la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, que la Asociación de las Voluntarias de la Caridad. Ellos son los que mandan. Sus necesidades son las que nos obligan a adaptar nuestra manera de pensar, nuestra manera de actuar en relación a ellos.

Esto es fundamental. A veces por ser fieles a los orígenes se cierran los ojos a las necesidades del tiempo presente. A veces pasa al revés: por responder a las necesidades del tiempo presente se traiciona la fidelidad al origen. Ninguna de las dos posturas vale. Fidelidad dentro de la renovación. Renovación dentro de la fidelidad. Sin renovación, la fidelidad a san Vicente se convierte en una momia. Sin fidelidad a san Vicente, la renovación desintegra a la Asociación, desaparece, se convierte en otra cosa. Ya no tiene na­da que ver con quien la inspiró hace más de trescientos años. Os diría que en este cuarto pilar del que estoy hablando estáis más adaptadas que nosotros y que las Hijas de la Caridad incluso. Es­táis más adaptadas para percibir mejor las necesidades de los po­bres. Porque podéis estar más cerca de ellos. Y lo repito por si no ha quedado claro: eso se debe a la naturaleza de vuestra vida secu­lar (digo secular, no mundana). El estar viviendo en un portal en que también viven otras muchas personas, o el trabajar, el codea-ros con otras personas de todo tipo, en la tienda, en la calle, en el autobús, facilita el conocimiento del mundo actual.

Tenéis más facilidad de conocer realmente el mundo de los pobres que nosotros mismos o que las Hermanas. Digo que tenéis la posibilidad. No sé si tenéis la realidad. Digo esto porque es muy fácil, aun en el mundo, aislarse en su torre de marfil y desenten­derse de lo que sufren los demás a tu lado. Es muy fácil. Si uno quiere, lo consigue. Pero dada vuestra situación de vida en el mundo, con otros matrimonios, con otras personas que trabajan contigo, compran contigo, hablan contigo, tenéis más fácil acceso a la realidad de los pobres que nosotros mismos o que las Hijas de la Caridad. Y eso sería una ventaja de vuestra secularidad, de vuestro ser secular o seglar, de vuestro ser laicas totalmente. Inclu­so diría más: si fuéramos capaces de mirar a todos aquellos inspi­rados por san Vicente como una única familia vicenciana, perte­nezca a la Congregación de la Misión o pertenezca a las Conferen­cias de san Vicente; si fuéramos capaces de eso, lo normal sería que vosotras tirarais de nosotros en el vivir el espíritu vicenciano en el mundo de hoy, por lo que estoy diciendo que vuestra encar­nación en el mundo es mayor que la nuestra. Os voy a decir una cosa que no sé si me admitirán fácilmente los Padres y las Hermanas que están aquí, y es la siguiente: vuestro Documento de Base me parece a mí que ha sido más valiente, más vicenciano y más moderno en sus ganas de actualizar el antiguo espíritu vicenciano que nuestras Constituciones y las de las Hijas de la Caridad. Co­nozco las tres cosas.

Me ha tocado estudiar las tres por mil razones y pienso que, en cuanto a lo que pide una auténtica acción vicenciana en el mundo de hoy día, este Documento vuestro es más sugerente que los que tenemos nosotros mismos. Otra cosa es que lo viváis o no lo viváis, lo aceptéis o no lo aceptéis, etc. Y con esto estoy dicien­do que por lo menos, y respondiendo tal vez a eso que os he di­cho, que por la naturaleza secular de vuestra vida estáis más cerca y más metidas en el mundo, tal vez por esa razón habéis sido ca­paces de ponerlo mejor, al menos por escrito, no sé si de vivirlo mejor. Este seria el cuarto pilar de vuestra Asociación.

Hacia las causas de la pobreza

Ahora se trata de ver quiénes son los pobres. Porque se trata, en vuestro caso, de vuestra vocación particular de cristianas de ha­cer un servicio de caridad hacia los pobres. No voy a hablar de las clases de pobres que hay en España o en el mundo, porque sería el cuento de nunca acabar. Según los criterios que se adopten de antemano, así se define al pobre, de una manera u otra, y a lo mejor resulta que con unos criterios pobres son unos poquitos y a lo mejor ni los hay siquiera. Y si usamos otros criterios entra todo el mundo y a todo el mundo lo llamamos pobre en un aspecto u otro. No voy a hablar, pues, de este tema, sino de estos otros. Hay que conocer a los pobres, hay que saber cómo son, y para conocer­los hay que saber por qué son pobres, las causas de la pobreza. No basta a nadie que tenga una vocación de evangelizador de los po­bres, de acción de caridad hacia los pobres, no le basta saber que aquí hay un pobre y allí hay otro pobre. Te encuentras con medio millón de pobres. En seguida debe surgir la pregunta: ¿por qué lo son? Puede ser que gastes toda tu vida en asistirlos sin darte nunca cuenta de por qué son pobres. Y a lo mejor la causa es muy senci­lla, de manera que remediando la causa se remediaba el problema. Mientras que si no sabes por qué lo son estás toda tu vida trabajando con muy buena voluntad y no das un paso en la mejora de su situación, ni ellos mejoran. Una auténtica caridad cristiana tiene que ser una caridad con los ojos abiertos, que no se contenta con saber que aquí hay pobres. No es poco saber dónde están los po­bres en la sociedad moderna. Pero no te contentas con saber que hay pobres, sino que intentas saber por qué son pobres. La cari­dad de Cristo te debería empujar a conocer las causas de la pobre­za. A lo mejor resulta que remediando una pequeña causa se remedia una gran pobreza.

Conocer las causas de la pobreza (es una idea que he recogido de vuestro Documento, como todas las que estoy diciendo) y ac­tuar sobre las causas de la pobreza. Mirad: tampoco me voy a po­ner aquí a exponer en detalle cómo Vicente de Paúl no se contentó con conocer y saber que había pobres. También a él le costó descu­brirlos. Hasta los treinta y cinco o treinta y seis años ni se enteró de que había pobres en Francia. Digo que no se contentó con sa­ber de la existencia de los pobres, sino que se preocupó por saber por qué eran pobres y, en la medida de sus fuerzas y de su visión, trató de atacar las causas de la pobreza.

Una asociación abierta

Sabemos muy bien que hay muchas clases de pobreza. «Contra las pobrezas (dice el lema de esta Asamblea), actuar juntos». En principio, esta Cofradía fundada por Vicente de Paúl no excluye de su acción ninguna clase de pobreza. Aunque la primera Cofra­día de Caridad, la de Chatillon, se fundó exclusivamente para atender a domicilio a los enfermos del pueblo de Chatillon, no para otra cosa, las Cofradías que se fueron fundando posterior­mente fueron ensanchando su campo de acción. De manera que da la impresión de que aunque podían haber sido sólo cofradías de asistencia a los enfermos a domicilio, no se quedaron en eso. Según iba descubriendo Vicente de Paúl, en la experiencia de su vida, los diversos tipos de pobreza, por ejemplo, los niños aban­donados, problema del que se enteró bastante tarde, según iba él descubriendo la existencia de otras formas de pobreza, pensó: las cofradías tendrán esas nuevas formas de pobreza como objeto de su acción caritativa, y las lanzó a ellas.

Pasando a los tiempos modernos, diría que hoy también nos vamos a encontrar con muchas formas de pobreza que él ni si­quiera soñó y que los que se dicen inspirados por el espíritu de Vicente de Paúl tendrían también que responder a esas formas de pobreza. No decir: bueno, a nosotros no nos toca esto; nosotros aquí, en España, o donde sea, hemos trabajado durante cien años y siempre hemos hecho esto otro. Otras formas de pobreza no nos tocan. Yo diría: no, una asociación fundada por san Vicente de Paúl no se puede cerrar a ningún tipo de pobreza. Si estáis inspi­radas por él tenéis que estar despiertas como él, y él estaba des­pierto y atento a ver por dónde la providencia de Dios le señalaba una nueva forma de pobreza. Nunca dijo, ni a los Padres ni a las Hermanas: eso ya no nos toca. Son pobres, pero no nos tocan, porque nosotros fuimos fundados para otra cosa. Nunca jamás di­gas tal cosa. ¿Esclavos? Esclavos. ¿Gente que había sufrido los efectos de la guerra? ¿Emigrados?… Lo que fuera.

Hoy, como bien sabéis, hay muchas formas de pobreza que él no conoció. En seguida se piensa en los drogadictos. Pero hay mu­cha gente que sufre pobreza auténtica en todos los aspectos; por ejemplo, las muchas formas de carencia en lo que hoy llamamos derechos humanos. Los derechos humanos son múltiples, reconoci­dos lo mismo por la ONU que por la Iglesia, sobre todo por Juan XXIII en la Mater et Magistra. Ahí tenéis una colección im­presionante de derechos humanos como cosa a la que tiene que acudir la Iglesia cuando son violados, cuando no son guardados, etcétera. Son formas de pobreza que, muchas de ellas, Vicente de Paúl conoció, pero en aquel tiempo ni se pensaba que fuera un derecho de todo hombre, que fuera una carencia. Por ejemplo, él, como bien sabéis, fundó escuelas para la población rural, para los niños de los pueblos. Pero nunca se pensó, ni él tampoco pensó, que a la educación había un derecho por parte de todos los seres humanos. Que yo sepa, no lo pensó él tampoco. Tal vez sí, pero no lo dijo. Hoy sí, hoy se piensa que es un derecho humano uni­versal y que su carencia es una pobreza seria.

Resumiendo lo que estoy comentando: hay muchas formas de pobreza. Y la Asociación de Voluntarias, inspiradas por Vicente de Paúl, no pueden decir: esa forma no nos toca a nosotras. No se puede decir eso. La Asociación es una Asociación abierta. No fue fundada para una actividad concreta y sólo para eso, sino para asistir a una clase de gente: los pobres, sean pobres como sean.

Un servicio «integral»

Ahora pasaría a ver cómo se sirve a los pobres en el espíritu vicenciano. No se puede evitar esa expresión que ya conocéis de que cuando se sirve a los pobres en el espíritu de san Vicente hay que hacerlo corporal y espiritualmente. Las palabras pueden variar hoy, pero la idea es clara. Espiritualmente quiere decir que hay que hacer que los pobres lleguen a Dios. O sea, que tú, Voluntaria de la Caridad, inspirada por Vicente de Paúl, que crees haber oído esa llamada, tienes que saber que con tu acción caritativa tienes que llevar al pobre a Dios. No quiere decir esto que le tienes que echar sermones. Puede ser que no puedas decirle nada. Se te pide que sepas tú, y actúes en consecuencia, que tu acción caritativa no es una mera asistencia a las necesidades materiales del pobre. Es un acto de evangelización, un anuncio de la bondad de Dios, y tu acción caritativa le tiene que orientar hacia Dios. El a lo mejor no llega a Dios, pero eso es lo que entiende Vicente de Paúl por servir al pobre espiritualmente.

Luego está el otro, el servicio material y corporal. Corporal porque efectivamente las primeras cofradías se fundaron, como queda dicho, para la asistencia al cuerpo del enfermo. El concepto de corporal y material incluye todos aquellos aspectos que no son directamente de dirección hacia Dios. Por ejemplo, aprender a leer y escribir. Mucha gente en la historia del mundo ha llegado a Dios sin saber leer ni escribir. Sin embargo, es una acción cristiana y caritativa dentro de la cual tú tienes que arreglártelas para no ol­vidarte de la dimensión espiritual.

Así que no pienses que a las personas hay que atenderlas, por un lado, espiritualmente, pero que eso no te toca a ti, le toca al cura, y, por otro lado, corporal­mente, y eso sí que te toca a ti. Tienes que asistir a la persona del pobre en todas sus dimensiones: la dimensión espiritual de llevarlo a Dios, y todas sus necesidades corporales, culturales, económicas, de todo tipo, y eso en nombre de Jesucristo y como Jesucristo. Al paralítico: «Mira, no peques más», lo cura y trata de orientarlo hacia Dios; a la adúltera, la misma historia. Jesucristo ve su ac­ción curativa, su acción en favor de las necesidades materiales de aquellos que vienen a tener relación con él, ve como una manera de llegar a Dios Padre. Tú también. Vicente de Paúl así lo veía.

Este servicio espiritual y este servicio corporal yo diría que tie­ne como tres niveles, tres maneras de manifestarse. El primero seria el de la asistencia al necesitado. Tú te encuentras una persona o una familia en una necesidad extrema. En su vida no tienen ni para comer y le das algo con lo que puedan comer. Eso es asistir­les en una necesidad. Este tipo de caridad san Vicente lo practicó en gran escala, como bien sabéis. Y sus fundaciones también, dando de comer a los hambrientos, por ejemplo. Hoy hay muchos cristianos inteligentes que dicen que este tipo de caridad está pasa­do de moda, ya que lo que hay que hacer es cambiar las estructu­ras sociales, las políticas, porque total dar limosnas, ayudar al que está en necesidad…;se gastan energías en eso, se gasta dinero y la sociedad sigue igual, no se cambia nada y al año siguiente hay que repetir las mismas cosas y con las mismas personas e incluso con más. Se hacen esfuerzos tremendos de caridad, pero no mejora nada la situación. Y repito que hay cristianos, y no tontos, que dicen que esto no tiene sentido en el mundo de hoyjAite los que dicen esto hay que decir con toda claridad que por lo menos en la experiencia de san Vicente, y en la tuya, que se dice inspirada por la de san Vicente, la asistencia al necesitado no pasará de moda jamás, nunca. Que siempre será señal de un verdadero espíritu cristiano. Y en nuestro caso, que es de lo que estamos habland la señal de un verdadero espíritu vicenciano. Yo no entiendo có se puede ser vicenciano hoy y decir, y lo digo porque dentro de propia familia, en mi propia casa, he oído alguna vez o que o estoy comentando: eso de dar limosnas…, eso de remediar a unos pocos, eso ya no vale para nada. Repito que no sé cómo se puede decir eso, incluso hoy, si se quiere ser auténticamente vicenciano.

Luego estaría lo que llamamos promoción de las personas. En este caso no se trata simplemente de asistir a un necesitado, o a muchos; se trata de promover, dentro de lo que es una sociedad, a unas personas que, si no las promueves, se van a quedar siempre en el nivel inferior de esa sociedad, sin posibilidad de salir de él. Hay muchos ejemplos de promoción, pero el más claro es el de la educación: la instrucción escolar, la formación profesional, para que un pobre muchacho, una pobre muchacha que no tiene me­dios de vida, a través del aprendizaje de un oficio o de unos estudios tenga la posibilidad de promocionarse dentro de la sociedad en que vive. Eso es bastante diferente a dar un pedazo de pan al que está muriéndose de hambre, es otra cosa. Al hacer eso no se está pensando en asistir a una persona necesitada. Se piensa en promoverla, a una persona, una clase, un grupo… De la acción de san Vicente de Paúl en este terreno hay bastantes ejemplos, y el más obvio es el que he mencionado antes, el de las escuelas rura­les.

Fijaos bien que en las escuelas que tenían las Hijas de la Cari­dad en tiempos de san Vicente de Paúl daban instrucción a los ni­ños y a las niñas de los campesinos, cuando el noventa por ciento de las mujeres francesas no sabían leer, incluyendo muchas muje­res de la aristocracia. Bien, cuando la situación es así, Vicente de Paúl piensa que las niñas de las familias campesinas tienen dere­cho a saber leer y les proporciona los medios. Ahora afirmo (no conozco vuestras obras más que muy someramente y muy indirec­tamente) que una Asociación inspirada por el espíritu de san Vi­cente tiene que tener en cuenta (ya sé que lo tenéis) que su acción puede ser muchas veces no de asistencia a una necesidad urgente, sino de promoción, lo cual suele ser pesado, y largo, y caro, pero es una acción caritativa auténticamente vicenciana.

Y luego habría una tercera manera de practicar la caridad cris­tiana en el mundo moderno, también en el mundo de san Vicente, que no sería, por un lado, una mera asistencia a quien necesita algo ni, por otro, mera promoción de quien necesita ser promo­cionado. Seria una acción caritativa que trabaja en otro aspecto, que, por ejemplo, se dirige a una situación social, a una estructura, como se dice ahora, a una situación que produce injusticia, que produce enfermedad, que produce pobreza. La Voluntaria inspira­da por san Vicente se tiene que preguntar: ¿Esto me toca a mí porque soy una cristiana seguidora de san Vicente? ¿Me toca a mí o no me toca? ¿O esto les toca sólo a los políticos?

Vicente de Paúl pensaba que un corazón urgido por el amor de Cristo tiene también que preocuparse por este tercer aspecto de la acción caritativa. Vamos a poner un ejemplo. Te encuentras que en tu parroquia, o en tu barrio, o en tu pueblo hay una situación, un bando del ayuntamiento o unas normas que se han dado, o un tipo de organización de asistencia social, o de falta de asistencia, del ayuntamiento o de quien sea, que no sólo es injusto, no sólo no ayuda a los que debe ayudar, sino que está mal montado, causa males en vez de remediarlos o favorece a los privilegiados en perjuicio de los necesitados. Entonces una de vosotras se dice, bueno, pues muy bien, eso que lo arreglen los políticos. Yo no soy política, yo soy una seguidora de Jesucristo y de san Vicente y a mí no me toca eso. Pues bien, lo que tiene que decirse es: a mí sí me toca eso. Y entonces tú, la Asociación, va al alcalde o a quien sea y le dice: mire usted, nosotras estamos preocupadas por esta situación, que nos parece está causada por la organización del ayuntamiento en este aspecto.

¿Cómo le llamaríamos a eso? Pues trabajo en favor de la justi­cia, interés por cambiar las estructuras sociales que producen po­breza o injusticia. Llamadlo como queráis. Lo que quiero decir aquí es que es clarísimo que en la visión de san Vicente, en su enseñanza a todos los que le querían seguir, tuvo esto en cuenta y lo hizo siempre que pudo. Os añadiría una cosa más, y con esto os recuerdo el segundo pilar, eso de ser cristianas: la Iglesia lo dice hoy también, y muchísimas veces, sobre todo en varios documen­tos del Concilio. Pero no sólo en el Concilio. Porque Pablo VI lo volvió a repetir en una encíclica. Juan. Pablo II lo ha dicho muchí­simas veces, en muchos discursos y en dos encíclicas. La idea es clara, lo que pasa es que muchas veces nos da miedo. Y pensamos también que se va a interpretar como acción política, y yo no soy político… y tú, ciertamente, no eres política. Puedes pertenecer a un partido si te da la gana. Pero cuando actúas así no actúas co­mo miembro de un partido, sino como seguidora de san Vicente y de Jesucristo.

Lo que quisiera que quedara bien claro es que además de asis­tir al necesitado y de promover al que necesita promoción a veces os encontraréis con la estricta necesidad, si os mueve el espíritu de san Vicente y de Cristo, de tener que ir a los que son responsables de situaciones de injusticia para protestar o para colaborar con ellos para que se cambien esas situaciones. No se trata de reñir, no se trata de insultar. De eso nada. Pero hay que tener bien claro que este tercer aspecto también es una muestra o manifestación de la caridad de Jesucristo según lo vivió san Vicente de Paúl.

Rasgos de la voluntaria vicenciana

Pasamos a ver una serie de cualidades que necesita todo aquel o aquella que quiere trabajar, que quiere tener una actividad cari­tativa en el espíritu de san Vicente. La primera, diría yo, es una conciencia aguda de la pobreza. La conciencia de que hay pobreza mucha y de que ha mucha pobreza. Ya he mencionado antes que es muy posible no en rarse de que hay pobres. Y también he mencionado el caso de san Vicente, que así lo hizo en los primeros años de sacerdote. Y eso que él venía de una familia pobre y venía de una región pobre. Pero desde niño parece que él estaba deseando esca­parse de ese mundito pequeño de su pueblo y de su familia para promocionarse a sí mismo. No tenemos muchas cartas de san Vi­cente hasta la edad de treinta y cinco o treinta y siete años, pero las pocas que tenemos muestran con claridad que Vicente de Paúl, antes de ser san Vicente de Paúl, había conseguido perder total­mente de vista a los pobres de su tiempo, que eran millones, y no se preocupaba por ellos. Cuando se dejó llevar de Dios por otro camino entonces empezó a descubrir pobres por todas partes, como dice un personaje de su película.

Bien, pues lo que era posible en su tiempo aún es más posible hoy, porque con frecuencia nos engañamos diciendo: si hoy ya no hay pobres, ya todo el mundo es clase media, todo el mundo tiene coche. Así pues, lo primero es tener una conciencia aguda de que los hay. De que los hay y de que son muchos. Aun usando el cri­terio más simple de la pobreza, el de pasar hambre. Hoy sigue siendo posible aislarse de ese mundo de los pobres, aunque uno lee los periódicos, ve la televisión. Y aunque ni los periódicos ni la televisión están hechos para reflejar las necesidades de los pobres, no pueden evitar el que los pobres también hoy aparezcan por to­das partes, porque los hay por todas partes.

La segunda cualidad sería un respeto y una preferencia por los pobres. Los pobres merecen respeto, y no creáis que esto es fácil. Yo me imagino que las que tenéis mucha relación con ellos a veces dudáis si merecen respeto. Cuando lo oímos o lo pensamos esta idea nos parece obvia y recordamos lo que dice el Señor: «Lo que hicisteis al último de mis hermanos, al más pequeño, al más mise­rable, me lo habéis hecho a mí», y entonces decimos que claro, que el pobre es imagen de Cristo. Pero ahora imagínate que hay un borracho en tu vecindario que aparece casi todas las noches tumbado allí, en una acera, con un periódico encima para pasar menos frío y fíjate primero si le miras tú con respeto y mira a ver cuántos de los que pasean por allí hablan de él con respeto. O sea, que las ideas son hermosas, pero la realidad es muy cruda y hace muy dificil el que se dé a los pobres el respeto que se merecen, no por su comportamiento, fijaos bien, porque a la gente no hay que respetarla por su comportamiento: si son buenos se les respeta, si son malos, no. El respeto se lo merecen porque son imágenes su­frientes de Cristo y tan hijos de Dios como tú, o tal vez más. Por eso se merecen el respeto.

Vicente de Paúl escribió muchas cartas, unas 30.000, aunque no las tenemos todas, y habló mucho. Os aseguro que no encontraréis en tantas cartas y en tantas conferencias ni una sola frase, siempre hablando de los pobres, ni una sola frase de desprecio ha­cia los pobres, como quien dice, por ejemplo: son pobres porque son vagos, o son pobres porque son viciosos… Lo cual es verdad a veces, porque hay pobres porque son vagos o porque son viciosos. Eso era cierto en su tiempo y es cierto en el actual. Él lo sabía muy bien, pero jamás encontraréis una frase de reproche de ese estilo. Eso es sólo posible cuando este hombre siente, como sentía, un tremendo respeto por los pobres y los ve no como vagos, no como viciosos, no como pertenecientes al último escalón de la so­ciedad, sino como los hijos preferidos de Dios.

Preferencia por los pobres: volvemos a mencionar la frase de «nuestros amos y señores». Volvemos a mencionar el sermón de Bossuet y volvemos a mencionar la idea de san Vicente de Paúl de que el Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres. El Hijo de Dios mostró preferencia por los pobres. Entonces tú, que eres una cristiana (cristiana quiere decir seguidora de Cristo), cristiana vi­cenciana (vicenciana quiere decir inspirada por el espíritu de san Vicente), tienes que mostrar una preferencia por los pobres. Son actitudes que si no existen, la práctica de la caridad no va a ser auténtica caridad, sino de ayuda de quien se siente por encima de ellos, superior a ellos, y les da una manita por compasión, pero no por auténtica caridad.

Otras cualidades personales, las habéis oído muchas veces, es­tán escritas en este Documento de Base, las conocéis bien, son cu­riosamente las mismas cualidades que Vicente de Paúl enseñó a las Hijas de la Caridad para servir a los pobres: la sencillez, la humildad, la caridad. Si os fijáis bien veréis que las tres están pensadas para acercarte al pobre, para hacer posible tu acceso al pobre. Como bien sabéis las que tengáis mucho contacto con ellos, a los pobres les asusta la gente que parece que viene de arriba, de otro sitio, de otra clase social. Les asusta a buena parte de los pobres. Otros, al revés, son insolentes. Precisamente si ven a una persona que parece un poco aristocrática entonces es cuando se lanzan, pero la mayor parte de los pobres tienen algo así como miedo, pa­rece que es un miedo heredado de nacimiento ante otras personas de otra clase social que no es la suya, aunque vengan en plan de protección, en plan de ayuda desinteresada. Eso exige de ti una actitud muy radical de sencillez. Ponerte a su mismo nivel no lo podrás hacer nunca, por mucho que lo intentes. Tú tienes otra cul­tura muy diferente, otra manera de vestir, otra manera de andar, de hablar, incluso otra manera de comer. Ponerse a su nivel to­talmente lo hace algún héroe que otro, alguna heroína que otra. Pero tener una actitud de sencillez profunda, un convencimiento de su dignidad, de que no es menos digno que tú, eso sí que lo puedes. A lo mejor es menos digno que tú ante los políticos, es menos digno que tú ante el Ministerio de Hacienda porque paga menos. Pero ante Jesucristo no es menos digno que tú. Entonces tú usas los criterios de Jesucristo, no los del Ministerio de Hacien­da o los de los políticos, y te pones a su nivel, convencida de que no estás por encima de él. Eso es la sencillez y la humildad; si queréis, las dos cosas.

En cuanto a la caridad, cuando Vicente de Paúl dice que ésta es una de las virtudes características de la acción caritativa, no se puede referir a la caridad como virtud teológica general. Porque, como solían decir los teólogos antiguos, la caridad es el alma de todas las virtudes, y además la caridad es el mandamiento máxi­mo. Vicente de Paúl está hablando de la caridad como una cuali­dad de la persona que se acerca al pobre, y lo que quiere decir propiamente es algo así como cordialidad o ternura. O sea, una ca­ridad que, porque eres sencilla, porque intentas acercarte a su ni­vel, te hace ser cordial con él. Una caridad que te hace sentirte hermana de él. Mirad, en la imagen que se nos ha dado de san Vicente no hoy, sino hace treinta o cuarenta años, aparecía como un hombre bastante seco de carácter, un poco de mal genio, do­minantón… Luego uno empieza a leer, a estudiar y descubre que esa imagen es falsa. Uno de sus mejores biógrafos, Calvet, tiene una vida de san Vicente que muchas de vosotras habréis leído y dice en ella que san Vicente de Paúl se caracteriza entre los hombres de su tiempo por haber tenido una ternura maternal. Uno dice: ¡caramba!, ¡qué sorpresa!; ahora resulta que este hombre, que parecía un palo seco, tiene una sensibilidad de madre. Esto es lo que creo• quiere decir san Vicente cuando dice que hay que acercarse a los pobres con caridad, una ternura, una sensibilidad tierna, que a veces es muy dificil, porque el pobre resulta desagra­dable, es desagradecido, es, incluso, insolente. Y san Vicente te está diciendo: pues mira, tú tienes que acercarte a él sencillamente, humildemente y caritativamente, con ternura.

Otra cualidad personal que haría falta sería la competencia. Aquí me estoy refiriendo a la formación necesaria para acercarse al pobre. Cuanta mejor formación lleves, y me estoy refiriendo a la formación en cualquiera de los aspectos, a la formación académi­ca, de estudios, también a cualquier tipo de formación profesional, cuanta mejor formación lleves, más fácil y más efectivo será tu servicio a los pobres. Digo esto para las que no tengáis mucha formación o creáis que no tenéis mucha formación y sintáis com­plejo. No lo sintáis. Seguir a Jesucristo y seguir a san Vicente no es cuestión de saber mucho, sino de tener un gran corazón. Y aquí estamos hablando de seguir a Jesucristo y de seguir a san Vicente. Lo que os quiero decir es que si además de un gran corazón tienes una cabeza bien formada, mejor que mejor. Aparte de eso habría que decir que las formas de pobreza a veces son tan complicadas, y además existen en una sociedad tan complicada, que exigen tan­tas cosas, empezando por los pobres mismos, que si falta una formación seria, el servicio a veces se hace muy dificil.

Porque el servicio de los pobres es hoy más exigente que antes. Y la sociedad, a aquellos que quieren dedicarse a los pobres, les exige más que antes.

Otro aspecto que hay que tener siempre en cuenta es que tu trabajo por los pobres es un trabajo que se hace en unión con otras, en asociación. Ninguna puede pensar: soy la única mujer en el mundo a quien Dios ha llamado a servir a los pobres en el esti­lo de san Vicente. sabes muy bien que no es así, que hay otras muchas mujeres en el mundo. Sólo en España unas 11.000. Ade­más, probablemente, todas las que estáis aquí habéis sentido la llamada a través de otras que ya lo hacían, de asociaciones que ya existían en vuestra parroquia, en vuestro entorno. Estoy diciendo que la labor vicenciana de caridad es una labor de unión con otros. Eres un miembro de una Asociación que tiene los mismos fines que tú quieres vivir, y vives y pones en marcha tu actividad caritativa en asociación con otras. Esto ha sido esencial desde el comienzo mismo de la existencia de vuestra Asociación. Nació como asociación, como unión.

Vicente de Paúl, sabéis muy bien la historia, predicó desde el púlpito. Se le acercaron varias mujeres y podría haberles dicho: tú atiendes a esos pobres, tú a los otros… No hizo tal cosa. Dijo, tal día nos vamos a reunir y entre todos vamos a ir definiendo cómo vamos a trabajar. Y desde entonces aquellas mujeres, desde la primerísima experiencia, saben que trabajan con otras, que ella ayuda ala otra a trabajar y la otra le ayuda a ella con sus oracio­nes, con su ejemplo, con su aliento, cuando está desanimada, con su manera de trabajar. Tú aprendes de otras, trabajas con otras, rezas con otras, en asociación.

Vicente de Paúl se pasó la vida fundando asociaciones. La vuestra fue la primera, pero fundó otras muchas más. Parece que tenía obsesión por fundar asociaciones. El tenía un gran corazón y podría haber dicho: bueno, yo trabajo por los pobres hasta que me muera, y se acabó. Y si ahora otra persona, movida por mi ejemplo, quiere hacer lo mismo, le digo que trabaje por los pobres toda su vida y con eso cumplo de sobra. Pero no hizo eso, no se contentó con eso, sino que siempre fundó organizaciones o asocia­ciones porque se dio cuenta de una cosa que es muy clara: que cuando una persona se entusiasma por una idea trabaja por esa idea, pero que si está sola trabajando por esa idea le va a durar el entusiasmo muy poquito. Tú eres miembro de una asociación y al principio estás muy entusiasmada. Luego pasan dos o tres años y dices: si aquí no hacemos nada, esto es una tontería…, yo no pue­do… Y vienen otras y te animan y te dicen: ¡adelante! Y la asocia­ción te ayuda a ser fiel a lo que tú crees que Dios te ha llamado a hacer. ¿Te desanimas? Te animan. ¿Te desanimas? Espera a que se te pase el desaliento. La Asociación sigue actuando. Si las necesi dades de los pobres se resolvieran con entusiasmo, pues entonces vamos aEatusiasmarnos, vamos a resolverlas. Pero no se resuelven con entusiasmo, sino con una asistencia continua de largos años que sólo puede asegurar una asociación de personas. Si falla una, falla una, pero la Asociación sigue trabajando. El servicio de los pobres no se resuelve jamás sólo con entusiasmo. Hay que poner en él mucho entusiasmo, pero hay que poner una continuidad, y eso sólo se consigue cuando existe una asociación comprometida.

Una colaboración lúcida

No penséis nunca que sois una asociación que tenéis un espíri­tu tan característico, tan especial, que lo vuestro es sólo vuestro. Que Cáritas haga lo suyo, que nosotras haremos lo nuestro. Sois una fuerza de la Iglesia compuesta por miembros de la Iglesia e inspiradas por Jesucristo. No es posible que vuestra asociación sea tan diferente que no tenga que ver con otras. Otras tendrán otro estilo, otra manera de trabajar. Pero en la raíz tendrán el mismo espíritu que vosotras, el de Jesucristo. Y así tendréis muchísimos casos que motiven una colaboración con otras fuerzas organizadas de la Iglesia. También con otras fuerzas no eclesiales.

El que uno sea católico hoy, el que uno pertenezca a una aso­ciación católica no quiere decir que no pueda o que no deba co­laborar con otros que no sean católicos. No quiere decir tal cosa. En los documentos del Concilio, y aun antes, a través de la ense­ñanza de Juan XXIII, hemos ido viendo con claridad que si hay una institución en el mundo que trabaje por el bien de los pobres, aunque no sea católica, qué mejor que darle una mano o que ella te dé una mano. Aunque no sea eclesial, aunque no sea católica. Vicente de Paúl, ¿lo hizo? Ya lo creo. Tampoco me voy a meter ahora a detallar las cosas. Lo digo rápidamente. El era muy ene­migo de las ideas jansenistas y consiguió que fueran condenadas por Roma las ideas sobre la Eucaristía, sobre varias otras cosas. Hizo el que más en Francia para que se condenaran esas ideas, pero él colabora con los jansenistas en obras de caridad. Ahí te­néis un caso.

Entonces un vicenciano dice: muy bien, a mí me mueve el espí­ritu de Cristo, a mí me mueve el espíritu de san Vicente. Aquí es­tán estas personas que trabajan sinceramente por los pobres, ¿por qué no colaborar con ellos? Ah, es que no son católicos. Pero ¿no se trata de que tú tienes que servir a los pobres lo mejor posible? Pues una ayuda y una colaboración siempre potencia el servicio. Esto incluye también a las autoridades, que puede que sean católi­cas, puede que no sean católicas, puede que sean anticatólicas. Si tú descubres que en el sitio donde estás, o en la nación en su con­junto, hay un programa del gobierno que es sincero en su deseo de promoción de los pobres o de asistencia, ¿por qué no vas a colabo­rar? Ahora bien, tú colaboras con quien sea, pero no vendes tu alma a nadie. Podemos y debemos aprender cosas, vengan de donde vengan, si son buenas; por ejemplo, cómo asistir a los mi­nusválidos. Tú aprendes de quien sea la manera de hacerlo, pero no por eso vendes tu alma a los señores que han inventado la manera. Tu alma pertenece a otro Señor. or no distinguir las dos cosas a veces nos da miedo colaborar. Y a veces pasa al revés: por el entusiasmo de colaborar acabamos pensando como ellos. Ni una cosa ni otra. Hay el peligro de que si, por ejemplo, un gobier­no o un partido político o un movimiento se presenta como anti­clerical, antieclesial, etc., hay el peligro de que los cristianos diga­mos: ellos por su camino y nosotros por el nuestro. Y resulta que quizá en algunos casos estamos trabajando por lo mismo. Ellos ciertamente por un motivo, tú por otro. ¿Por qué no colaborar? Sólo que tú mantienes tus motivos, no necesitas otros. Déjales a ellos que sigan sus motivos, pero tampoco seas cándida y te dejes engañar, pues a veces te querrán usar para sus fines. No te dejes engañar, porque una cristiana no tiene por qué ser tonta.

Siempre en colaboración, dándonos cuenta de que somos en el mundo una fuerza muy grande y que vosotras en concreto sois una Asociación internacional. Existís prácticamente en todas las partes del mundo. El mundo es uno y la humanidad es una. Y entonces ninguna Asociación nacional o provincial puede decir: nuestro mundito es nuestro mundo. Puede ser que se apele a ti para campañas internacionales o nacionales, que a ti te parece, a primera vista, que te tocan de muy lejos. Tú no puedes decir: eso no; lo nuestro es sólo trabajar en este barrio, en esta parroquia… Tienes que tener el alma abierta a las necesidades de la Iglesia en el mundo, del mundo en general y del trabajo que hacen otras or­ganizaciones. Ya sé que lo estáis intentando. Y así lo hacía tam­bién san vicente de Paúl.

Puntos pata el trabajo por grupos

Se trata de ser fieles al carisma de san Vicente de Paúl y además renovarlo.

Fidelidad dentro de la renovación.

Renovación dentro de la fidelidad.

Esta conferencia está inspirada, en gran parte, en el Do­cumento de Base.

1.° Pilares en los que se fundamenta la fidelidad y la renovación:

a) El Evangelio: en la medida en que se vive la vida cris­tiana se puede practicar la caridad, y, a la inversa, en la medida en que se practica la caridad se es cristiano. Esto exige una actitud de conversión permanente.

b) La interpelación de la Iglesia: el Concilio Vaticano II y los Papas nos recuerdan que la Iglesia debe tomar conciencia de que su misión es evangelizar a los po­bres preferentemente, no exclusivamente, porque lo necesitan más.

c) Fidelidad a san Vicente: la fidelidad es una virtud di­námica no estática. Exige, por tanto, saber captar bien el espíritu de san Vicente de Paúl y actualizarlo. Para ser fieles es preciso conocer mejor la vida y obra del santo fundador. Hoy hay una buena bibliografía vicen­ciana.

d) Respuesta a las necesidades de los pobres de hoy: «Los pobres mandan». «Ellos son nuestros amos y maestros».

2.° Exigencias del ejercicio de la caridad:

a) Conocer la realidad: saber que hay pobres, «descubrir­los». San Vicente no se enteró de que había pobres en Francia hasta los treinta y cinco o tresinta y seis años.

b) Descubrir las causas de la pobreza y las nuevas for­mas de pobreza.

c) Servir al pobre material y espiritualmente: pan y cate­cismo ha sido la norma de los grandes pedagogos y catequistas cristianos.

3.° Espíritu con que se ha de realizar la acción caritativa:

a) Con respeto al pobre, porque es «Sacramento de Cris­to» e hijo de Dios.

b) Con sencillez, humildad y caridad, sin paternalismo y sin esperar recompensa aquí en la tierra.

c) Con la debida formación. Es imprescindible tener un gran corazón, pero si además se posee una buena formación, mejor aún.

Preguntas para la reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Cuáles son los pilares sobre los que se debe fundamentar la fidelidad y renovación de nuestra Asociación?
  2. ¿Qué significa «descubrir a los pobres» al estilo de Vicente de Paúl?
  3. ¿Con qué espíritu se ha de ejercer la acción cari­tativa?
  4. ¿Tiene sentido cristiano, vicenciano y humano la pertenencia a una Asociación de Caridad?

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