Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo XIII y último)

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CRÉDITOS
Autor: Hipólito Hemmer · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. .
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Capítulo XIII: Los últimos días

El Sr. Portal se acercaba a los setenta años. Su salud, que había sido siempre precaria, le mantenía en alerta constante. El pensamiento de la muerte le era familiar. Esperaba sin angustias a que sonara para él la hora del gran descanso. Pero habría sido su deseo que su partida no fuera para nadie motivo de tristeza.

El primer día de abril de 1924, escribía a una de sus Damas de la Unión esta carta conmovedora:

Acabo de abrir las “Florecillas” de san Francisco de Asís, he dado con un pasaje de la cuarta consideración, que me ha transportado en espíritu a las Corbières. San Francisco, al morir, se hizo trasladar a Santa María de los Ángeles. Manda llamar a un compañero u le dice: Tú sabes que doña Jacqueline de Settesoli, esta querida devota de nuestra orden, si se enterara de mi muerte sin poder asistir, le produciría demasiado dolor!  –El hermano escribió al dictado del santo una carta para doña Jacqueline, pidiéndole viniera a Santa María, si quería verle todavía con vida. El buen santo le pedía que trajera todo lo necesario para su sepultura… y añadía: “Y quiero también esas de comer, que solías darme cuando me encontraba enfermo en Roma.”

Nada de fariseo todo esto!…

Este y todo el pasaje me ha llevado a las Corbières. Desde los primeros días de mi vocación, sentí horror a nuestro Montparnasse (panteón de los Lazaristas). Doña Jacqueline hará lo que quiera; pero yo quisiera descansar sobre esta montaña de mis sueños, cerca de mis hijos que pedirían por mí.

Os diré que san Francisco no estaba triste, que cantaba todo el tiempo en sus últimas días. Yo no canto, pero no estoy triste al pensar en ello. Sabéis muy bien que estos pensamientos no son de hoy…

El deseo del Sr. Portal iba a ser escuchado: morirá rodeado de sus hijas espirituales y será enterrado en su querida capilla de las Corbières.

Son las Damas de la Unión quienes nos van a resumir sus últimos momentos. Las exequias del cardenal Mercier habían candado mucho al Sr. Portal, quien, a su regreso, fue a descansar a las Corbières. Todos sabían que no tardaría en reunirse en el cielo con su amigo venerado.  –Este es el diario de aquella de sus hijas que le asistieron:

de abril de 1925. Día de Pascua. Por la mañana conversación con mi Padre sobre la acción de la obra de las Damas de la Unión en la Unión de las iglesias.

de abril. Regreso a París en el tren de la 1 h. de la Señora G. y de mi Padre.

de abril. Por la tarde conversación mi Padre, dom Beaudouin y la Señora G.

de abril. La Señora G. va a casa del Sr. Portal y lo encuentra muy enfermo.

Grandes preocupaciones; pero a las 2 h. de la mañana, esperanzas. El domingo y lunes. Lo mejor se acentúa. Nuestro Padre sigue enfermo unas semanas en la calle Grenelle.

de mayo. Día de Pentecostés. Mi Padre dice la misa.

de mayo. Le felicitamos su fiesta. Mi Padre parece reponerse, encontrándose mejor un día y menos bien al siguiente. La última semana estaba mejor.

de junio. Recibe a la Srta. X. de Bélgica, quien le dice, delante de la Señora G.,  el entusiasmo que suscitó el año anterior en Bruxelas, durante la semana por la Unión de las Iglesia. Esta joven produce la mejor impresión en mi Padre, y él siente que ella dé a entender que haya decidido su vocación hacia el claustro, y no hacia una obra de apostolado directo y activo por nuestros hermanos separados.

Durante el recreo, él decide, con todo detalle, el emblema que las Damas deben llevar en su hábito de enfermeras (cruz blanca sobre escudo azul).

A las 2 h. va con la Señora. B. y la Srta. D. a visitar el dispensario d´Arcueil.      Examina los menores detalles. Vuelve con la Señora G. a tomar el té en la calle Lourmel, conversa con ella una vez más sobre la obra y, hacia las 6 h., vuelve a la calle Grenelle.

Ya en casa, y no sintiéndose bien, lamenta no haberse quedado en la calle Lourmel. Pasa una mala noche, y al día siguiente por la mañana, el doctor decide con él el traslado a la calle de Lourmel para recibir los cuidados.

de junio. El doctor que llega a las 5 h., asegura que la crisis mucho menor que la otra no es inquietante.

de junio viernes. Por la mañana, el doctor repite el buen pronóstico y dice a la Señora G. que puede ir a abrir el dispensario d´Arcueil. –La Señora G. sale después de comer, vuelve a las 4 h., cuenta a su venerado Padre que todo va bien, lo que le produce una gran alegría. Por la noche le encuentra muy cansado, pero el médico la tranquiliza otra vez. Descansa bien hasta medianoche; pero a partir de entonces, su agitación es mayor.

de junio. Sábado. Aunque el médico no se alarma todavía, la Señora G. insiste para que celebre una consulta con el cirujano, el doctor Mayet.

A las 5 h. ¼, los dos doctores reunidos deciden que con toda probabilidad se necesitará una operación a la mañana siguiente, a menos que se produzca una evolución favorable. Quieren trasladar a mi Padre a una clínica, pero no hay plazas, y deciden que la operación tendría lugar a la mañana siguiente en la calle Lourmel, a las 8 h.

Nuestro Padre acepta esta prueba con la resignación más completa y admirable. Ni una sola queja de sus sufrimientos; sólo llama a su confesor de San Lázaro antes de la operación.

El Doctor Ferrand vuelve a las 9 h. De la noche para dar algunas instrucciones,

A las 10 h. ½, habiendo pedido que se le dejara unos instantes solo, ya habiendo hecho un movimiento, la Srta. D. Se precipita hacia él y llama inmediatamente a Juana y a la Señora G. quienes acuden y lo encuentran casi sin conocimiento. Avisan enseguida a la parroquia. Llaga el señor cura y le administra los últimos sacramentos.

Acaba de morir y su cara se reviste de una expresión de calma verdaderamente celestial, y su muerte da la impresión de la muerte de un santo.

El Sr. Portal había respondido a la última llamada del divino Maestro:

Euge, serve bone et fidelis…, intra in gaudium Domini tui.

(Traducido por Máx. Agustín C. M.)

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