Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo XII)

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Author: Hipólito Hemmer · Translator: Máximo Agustín, C.M.. .
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Capítulo XII: Al servicio de la caridad

(Damos aquí in-extenso el artículo que el Padre Dieux, del Oratorio dedicó a la memoria del Sr. Portal. No hemos querido abreviar las largas citas, juzgando que nada podía revelar mejor lo íntimo de su corazón sacerdotal que la exhortaciones y consejos que legó a sus hijas espirituales, las Damas de la Unión)

Se equivocaría mucho el lector con demasiadas prisas que cerrara este libro después de leer las páginas precedentes, y se creyera lo bastante  instruido para emitir un juicio definitivo. Se conoce a u  hombre por haberle viste en el forum sin entrar en la intimidad de su hogar?

Detenerse aquí sería desconocer y empequeñecer el alma del Sr. Portal. Para juzgarle bien es preciso verle en su casa, quiero decir en medio de los pobres y de las cristianas a quienes dirigió por los caminos de la caridad.

No hay duda de que, si bien su celo se empleó entre los «intelectuales» o entre los «normalistas» y su alma abarcaba el gran trabajo de la Unión de las iglesias, era ya muy fácil de adivinar que este apóstol era ente todo un padre  o un amigo para aquellos que dirigía y que nunca supo separar la ciencia y la amistad, ya que Dios había unido en nosotros el corazón y la razón. Mas para conocer verdaderamente su sensibilidad, su sencillez, su bondad activa, para ver hasta qué punto fue en todas partes  y en todo momento el discípulo fiel de san Vicente de Paúl, es menester seguirlo hasta una obra más humilde y más oculta, y que fue sencillamente una obra de caridad.

1.–El discípulo de san Vicente de Paúl

Evangelizar a los pobres, decía un día, es la misión de Jesucristo; es particularmente la de los discípulos de san Vicente; y si el Maestro me quiere para una obra semejante, nunca se lo agradeceré lo suficiente.

Hacer la caridad era para él una necesidad de la naturaleza así como una virtud del alma. Ante una miseria su primer movimiento era conmoverse y dar. Había meditado con tiempo la vida de Cristo a quien amaba, y se complacía en destacar que Nuestro Señor, al prescribir a los apóstoles predicar la Verdad, añadía siempre  (el mandato) de curar a los enfermos a hacer la caridad. No quería separar estas dos sosas que el Maestro había reunido: Facere et docere.

Que se mediten, para convencerse, estos consejos que dará  más tarde a algunas mujeres caritativas que había reunido, consejos que son como la expansión de su alma o la conclusión de su oración.

Por amor, Nuestro señor se encarnó; pero además se hizo pobre, se hizo pueblo. No sólo hizo bien al pueblo, se incorporó a él. Debéis incorporaros al pueblo, ser del pueblo, compartir sus penas, sus intereses, servirle, Servirle!

Nuestro Señor expió y reparó por nosotros. Si amamos verdaderamente a los pobres y a los niños, tomaremos sobe nosotros sus pecados y haremos penitencia por ellos. El buen pastor da su vida por sus ovejas.

Nuestro Señor se anonadó. Desde la Cuna hasta el Calvario, hasta la Eucaristía, son infinitas las humillaciones para llegar hasta nosotros y poner en nuestra alma la vida divina. Es el camino que debéis seguir para llegar al alma del pobre.

A vuestros ojos, si creéis en la palabra de nuestro Maestro, el pobre representa a Jesús mismo. Con qué respecto y con qué humildad debéis tratarlo!

No hay pues  por qué extrañarse de que Frenando Portal, joven aún, se haya sentido atraído por la bondad activa de san Vicente de Paúl y haya entrado en los Lazaristas con la firme voluntad de imitar a Jesucristo, bajo la dirección de este gran amigo de los pobres y este apóstol de la caridad. Toda su vida estudiará sus escritos, seguirá sus ejemplos, se inspirará en su espíritu. Un día, también él, reunirá a algunas damas para pedirles que se entreguen a las obras de beneficencia; y este es la charla que les dirigirá:

Nos quedaréis admiradas si, para caracterizar el espíritu de nuestra obra  y para deciroslo en una apalabra, os pido que trabajemos siguiendo el espíritu de san Vicente de Paúl. Y no es por la razón que quizás se os ocurra en primer lugar. Yo pertenezco, es verdad, a su familia espiritual y me he formado en la vida religiosa dentro de su comunidad. Sería pues muy natural que por esta razón me esfuerce en modelaros a su imagen  y que enseñe alrededor de mí las máximas de mi maestro. La elección del espíritu que debe animar esta obra no procede de mí. Con toda justicia debo decir que desde su nacimiento nos propusimos realizarla en este espíritu antes incluso de conocerla. La orientación era sin duda vaga, pero ya estaba dada, y mi concurso sólo vino a precisarla y consolidarla. Si ha servido de algo fue para eso.

La elección de este espíritu me pareció perfectamente apropiada a la naturaleza de nuestra obra por dos motivos. El primero es que san Vicente de Paúl ha sido proclamado patrón de todas las obras caritativas, como santo Tomás de Aquino patrón de todas las escuelas. Hay un genio de la caridad como hay un genio de la inteligencia. No basta con bondad, entrega, riquezas, se necesita también inteligencia del pobre, de sus necesidades, de sus miserias, de sus virtudes y de sus vicios, de la grandeza cristiana que representa, y de la hez en que a veces se ve convertido. Hay que ponerlo en pie sin producir la revolución. Y par que la acción sea continua, hay que organizarla. Conocéis lo suficiente la vida de san Vicente de Paúl para saber que en todo ello es el maestro  incomparable. Tendremos muchas ocasiones de constatarlo. Me basta por ahora recordar estas nociones generales que todo el mundo conoce y que justifican el título que le ha otorgado la Iglesia de patrón de las obras de caridad. Y nuestra obra bien merece ser incluida en el número… En realidad se puede decir que san Vicente de Paúl se encontraría como en su casa en este pobre barrio que es como nuestra casa.

Pero existe aún otro motivo, y éste fundamental. San Vicente de Paúl fue uno de los más activos entre los hombres de acción. Cuando se estudia su obra de cerca no se puede llegar a comprender cómo la vida de un solo hombre ha podido ser suficiente. Y no sólo actuó, sino que (y esto es, a mi parecer, la característica del hombre de acción), suscitó energías, hombres y mujeres de acción a su lado. Cómo   y dónde encontró a todas esta almas? Por el lado religioso. No llegó a ejercer una acción fecunda más que cuando se entregó todo a Dios. Era sacerdote, y buen sacerdote, piadoso y celoso de manera especial, pero tenía ambiciones y un deseo de honorable retiro hasta los treinta y cinco años;  y entonces fue cuando, habiendo renunciado a todo y hecho de su vida religiosa el primer negocio, su acción se hizo fecunda…

Todo el espíritu religioso, activo, positivo, de san Vicente de Paúl se encontrabas en la caridad.

Hacer actos de caridad, pensaba, es ya participar del ministerio de la Iglesia, ejercer una misión del ministerio sacerdotal,  –quería ser cartujo dentro y apóstol fuera.

Así era también Fernando Portal. Su plan era muy parecido: amar a Dios con todo su corazón, y al prójimo por Dios; amar la Verdad porque es la Sabiduría de Dios, y amar a los hombres para conducirlos a la Verdad.

Si el Sr. Portal se hubiera contentado con enseñar la teología a los alumnos de un seminario, escribir artículos de revistas, animar a estudiantes y escritores, si no se hubiera ejercitado en socorrer a los desdichados, no compadecido de las almas y los cuerpos, tengamos por seguro que habría dudado de su sinceridad. La cedida le parecía como el control necesario de la verdadera piedad. Su «gracia», su vocación, su misión, es la caridad. No quería que se dijera que era hombre de estudio, sino hombre de acción y de bondad.

Así se lo confiesa en una alocución a sus hijas:

Debemos amar a Dios y al prójimo. Pero quién es nuestro prójimo? Sobre esto no caigamos en el error de los judíos. Vuestro prójimo no son sola vuestras compañeras, vuestras maestras, vuestros padres, gente de vuestro pueblo o de vuestra ciudad, de vuestro departamento de Saboya; no son sólo los franceses, son todos los hombres. Ya no hay, como decía san Pablo, no judíos ni bárbaros; no hay más hijos del padre que está en los cielos. Lo decimos cada día en nuestra oración. Ya sólo hay almas rescatadas por el mismo Jesús, nuestro salvador, muerto en la cruz por todos. Aunque algunos no nos amen, nosotros debemos amarlos. Amad a vuestros enemigos, dice el Señor. Lo quieran o no, ellos son nuestros hermanos; no pueden destruir los lazos que nos unen. Este es la ley bien clara de Cristo, nuestro Maestro, la que entregó como distintivo de sus discípulos. Os reconocerán por esta señal que os amáis unos a otros.

Por esta misma señal reconoceremos también a través de la vida de Fernando Portal a un verdadero discípulo de Jesucristo, como un hijo fiel de san Vicente.

Así cuando, en octubre de 1915, dé cuentas a su venerado superior de la obra de la que vamos a hablar, esto será lo que más le agrade resaltar.

Mi papel en todo ello ha sido sostener y dirigir a algunas damas caritativas, y sobre todo inspirar en ellas la vida religiosa. Voy tres o cuatro veces por semana a decir la misa en la casa, Confieso a las personas en el interior. Dos veces a la semana, doy breves charlas a las damas y me esfuerzo en infundirles el espíritu de san Vicente. En eso no sólo sigo mi inclinación, sino que respondo a su más vivo deseo, que ha sido de trabajar siempre según las máximas de nuestro fundador y de poner sus obras bajo su protección.

2. –La obra de Javel

Al igual que san Vicente, cuando el Sr. Portal alimentaba en su corazón que creía bendecido por Dios, espiaba ña vida, interrogaba los acontecimientos hasta hallar en los hechos una confirmación providencial de su pensamiento.

Este dedo de Dios, en la cuestión de la Unión. Lo había reconocido ya en el encuentro inesperado de lord Halifax en tierras extranjeras adonde le había llevado la enfermedad. Lo volvió a ver, en cuanto a lo que nos ocupa, en una visita inopinada que un día hizo una señora del mundo al humilde lazarista.

Era el 19 de abril de 1907, en la calle du Cherche-Midi. Esta señora contó al Sr. Portal el gran dolor que acababa de sobrevenirle, la peregrinación, que en medio del dolor, había hecho al sagrado Corazón de Montmartre en junio de 1906 y la resolución que había tomado de buscar el verdadero consuelo en una vida de penitencia y de caridad.

Ella había escogido entonces un barrio pobre, el de Javel, donde el sacerdote y la religiosa lograban entrar con dificultad; y allí, sin ruido, sin hábito religioso, sin buscar la propaganda, para llegar hasta los más miserables y a los más rebeldes, ella hacía sencillamente la caridad

Se necesita haber conocido el barrio de Javel en 1906 para comprender toda la audacia y el mérito de esa empresa. Un suburbio desdichado y peligroso donde se hallaban los peores tugurios junto a las miserias  más dignas de compasión. Calles sombrías y apartadas raramente visadas por los agentes y en las que bastante a menudo se escuchaban disparos de revólver pro la noche. Niños en la miseria, vagando por las aceras y los patios, chapoteando en los riachuelos, entre andrajos y desperdicios. Muchos de ellos no habían puesto nunca los pies en una escuela o en una Iglesia, ni oído nunca pronunciar el nombre de Dios.

Se había alquilado la casa de un zapatero con un jardincito y una tienda adosada. Ahí estuvo la primera guardería. Pero la casa se llenó pronto y hubo que rechazar niños. Se iban a parar allí? Se podía decir «no» a la pobreza que tiende los brazos? No convenía ensanchar a la vez el corazón y su casa? Y nuestra hermana de caridad improvisada, titubeaste, venía a la calle du Cherche-Midi a donde el Sr. Portal, a buscar consejo y protección.

Al Punto, el hijo de san Vicente reconoce a la Providencia que responde con claridad a sus deseos. Aprueba, bendice, entusiasma,. Poco después acude volando él mismo a la calle Alphonse a ver esta tienda-guardería que le atrae. Queda seducido por la espontaneidad, la confianza afectuosa y respetuosa de las pequeñas que le rodean. Su corazón se emociona, su bondad habla, su optimismo se afirma. Si, continuemos, agrandemos; no se niega nada a Dios no a los desdichados.

El 6 de enero de 1908, se alquila un local más amplio, donde recibir, no ya a treinta, sino a ciento treinta niños. Al día siguiente, una vez más, las salas eran demasiado pequeñas! Mejor, nos ensancharemos,  cuando podamos!

Entre tanto hay que organizarse. Predica una humilde cruzada por París sin ruido ni manifiestos y se lleva consigo a un grupo de mujeres generosas y competentes. Se funde una escuela doméstica, en la que se enseña la cocina, el corte, los cuidados de los enfermos,  y hasta el canto y la literatura. Una «Unión» reúne a las ancianas de la guardería; y algo más tarde se añade el patronato de las jóvenes, el jueves y el domingo.

No es eso todo. Bajo su dirección, se forman colonias de niñas y de jóvenes para llevarlas felices a Normandía, luego a Saint-Germain,   y más tarde a Saboya, a disfrutar del aire libre y una sana libertad.

El Sr. Portal está radiante. Por fin se entrega, se dedica, se ocupo de los niños, los quiere como un padre, les habla con gran bondad y extrema sencillez; y con frecuencia siente el gozo de llevar a Dios algunas ovejas extraviadas.

Durante este tiempo, en el barrio de Javel, la obra se encontró con la envidia y la persecución.

Mejor, exclama, esto es señal de bendición!… Lo dudáis? Pues ved el agradecimiento de los pobres y de los obreros! No hay que dudar, la obra debe seguir su camino y crecer.

Pero la pocas señoras que están allí no son suficientes ya. Se ven obligadas a venir de muy lejos y todo resulta difícil. Se necesitarían mujeres que consintieran en quedarse en el lugar, vivir en el campo de batalla,, en el campo mis de la caridad. Entonces el Sr. Portal recuerda a san Vicente y a sus sirvientas de los pobres. Se sabe lo que el santo había querido. «No se trataba de instituir una orden religiosa, con clausura y votos, sino orea cosa distinta, san Vicente quería jóvenes buenas, recorriendo las calles, entrando en todas partes, sirviendo a los enfermos y a los pobres, curándolos y ayudándoles en casa, yendo a buscarlos en sus tugurios. Algo que nunca antes de él ni se había sospechado pedir a unas religiosas. Estas se encerraban en sus conventos, se barricaban en ellos. Cuanto más se elevaban en santidad, más se acurrucaban contra el tabernáculo. Vicente quería que sus hijas fueran también santas, paro al servicio del mundo. Era, para el tiempo, de u  atrevimiento sin igual. Las Hijas de la Caridad, dijo un día, tendrán por monasterio la casa de los enfermos; por celda una habitación de alquiler; por capilla la iglesia parroquial; por claustro las calles de la ciudad; por clausura la obediencia; por reja el temor de Dios, y por velo la modestia» El Sr. Portal piensa en todo ello. Él también piensa en algo nuevo, en algo mejor adaptado a las necesidades del tiempo. Pero luego, para alojar al lado de las obras sociales comenzadas, al lado de la guardería de la tarde que deberá recibir a cuatrocientos cincuenta niños, al pequeño núcleo de mujeres voluntarias, se necesita una casa más amplia todavía. Confiando en la protección de Dios, el Sr. Portal no duda. Se trazan los planos del nº 112 de la calle Lournel, y las obras comenzarán durante el invierno.

Pero aquí la regla es ésta: cada avance va acompañado de una prueba. La fundadora de la obra, en quien confiaba plenamente el Sr. Portal y entregaba toda su persona y fortuna, cae gravemente enferma. Los médicos declaran que si no se marcha inmediatamente de Javel, es la muerta en tres meses. Inquietudes! Dudas! Y ahí es donde aparece Fernando Portal, el fiel discípulo de san Vicente. Como su Maestro nunca quiso «adelantarse a la Providencia»; pero cuando Dios ha hablado y ha manifestado su voluntad, nuestro apóstol no sabe ya detenerse.

Si hubiéramos conocido esta enfermedad hace quince días, dice, me parece que no se habría comenzado; pero una vez tomada la decisión,    y los trabajos en marcha, sería dudar de Dios no continuar…

Es preciso, decía también, que las obras de Dios comiencen en la pobreza. Aquí, tenemos la extrema pobreza de salud, la pobreza de individuos. Estas pobrezas no son más duras, más espantosas que las del dinero?

Y todo fue bien, gracias a la fe tenaz del Sr. Portal. Sin hacer mucho ruido, se trabaja en humildad; pero el optimismo infatigable del hijo de san Vicente parece tener la razón de todo.

Y ahora estalla la guerra; de nuevo la inquietud. El buen Padre anima a todo el mundo:

Qué queréis, escribe el 18 de diciembre de 1914, no puedo creerme que nuestra querida obra vaya a sucumbir; se lo hemos dado todo al buen Dios. Pues no tiene la costumbre de rechazar, sino más bien de atraer siempre más. «Todo lo atraeré hacia mí». Dejemos actuar a este imán dulce y fuerte cuyo poder vencerá a todas las fuerzas contrarias. Confianza y ánimo!

Y para predicar con el ejemplo, él se adelanta. Se transforma una parte de la casa de la calle de Lourmel para recibir a refugiados. Luego llegó la idea de fundar un «orfanato de guerra». Él mismo se va a provincias en busca de una casa. El instituto del apóstol lo conduce a Saboya; y por fin a unos kilómetros de Aix-les Bains, en las laderas del Revard, sobre el lago del Bourget, en un magnífico y tranquilo escenario, descubre la propiedad de los Corbières. Se compra, y el 17 de febrero de 1917 llegan las primeras huérfanas, felices y encantadas, a la casa de San José.

Allí se refugia el Sr. Portal de buena gana a descansar de la vida agotadora de París. Disfruta contemplando las montañas y los altos horizontes; la hermosa naturaleza eleva su alma sensible, hermosa como la naturaleza misma. Además, en esta propiedad, entre los niños, se encuentra a gusta. Cuando llega es como una fiesta para este mundillo: se coloca a su alcance, las mima, juega con ellas,  y les cuenta historias; las reúne también en la capilla y allí, con instrucciones muy sencillas, se esfuerza en elevar sus almas hacia Dios.

Pero al Sr. Portal no le guata el estancamiento, la programación ni el aburguesamiento. El barrio de Javel, desde 1905 a 1925, ha cambiado lo suyo; la masa obrera retrocede, el comercio avanza, la mentalidad se trasforma. Ahora sacerdotes  y religiosas pueden entrar  fácilmente. Entonces, que no se echen en olvido su gracia y su misión. Hay que acercarse a los más desheredados, allá donde otros no pueden aventurarse es donde hay que establecerse y  progresar. Se recorre el arrabal en busca del rincón lamentable. Se hace un alto en el escenario del Kremlin-Bicêtre y sin tardar, se decide la construcción de un dispensario de niños.

La apertura tuvo lugar el viernes 18 de junio de 1926, víspera de la muerte del Sr. Portal. Fue su último júbilo, y no era completo: su último afán era ver a las Damas de Javel en suficiente número para que algunas pudieran ir a instalarse en medio de los obreros y traperos. Era su intención que las Damas de caridad llegaran a ser un día, si era la voluntad de Dios, las «Damas de la Unión». Hacía algún tiempo, al sentir cercana su muerte, tenía prisas en ver realizarse una idea que le perseguía: unir más íntimamente a estas mujeres piadosa y caritativas a la gran obra de su vida, la unidad del mundo cristiano.

Ya en agosto de 1907 escribía:

Creo que la obra de nuestro grupo intelectual deberá ser completada por una acción más práctica, realizada sobre todo por las mujeres. No será de verdad viva, no llegará a todos los medios de la Iglesia, hasta que las mujeres la hayan comprendido, se hayan consagrado a ella y la difundan mediante las obras sociales o, en una palabra, por la caridad entendida como la entienden y la quieren los tiempos modernos.. Como siempre a obras nuevas instrumentos nuevos.

Esto lo tenía bien pensado, espiando el signo de la Providencia para tomar una decisión definitiva.

Nuestra obra espera, reclama obreras, escribe. Me parece verlas aquí y allá. Lo que falta es el punto de concentración, el modo de agruparlas y luego formarlas para entregárselas a la Iglesia que las envía a todas partes a hablar de paz y amor de Nuestro Señor, en Moscú como en Roma, entre católicos como entre protestantes.  –Sí, añadía en otra ocasión, poco a poco he visto armonizarse nuestra obra con la que yo persigo, he visto la posibilidad de amarlas con un mismo espíritu, de señalarle un mismo fin.

Después de las conversaciones de Malinas y en el movimiento suscitado por ellas, insiste aún más. Desde comienzos de 1926 habla ante las Damas de caridad sobre el deber de añadir un nuevo apostolado a todos los que ellas han aceptado hasta ahora. Siguiendo los deseos repetidamente expresados por los Soberanos Pontífices, decía, debemos trabajar con todas nuestras fuerzas ir la Unidad del mundo cristiano. Sólo bastaría con atraer almas que comprendiesen la grandeza y la belleza de este apostolado, que se entregasen con un gran espíritu de caridad, con respeto absoluto de la Verdad, con rectitud, sin espíritu crítico, y sobre todo con la práctica de una completa abnegación, ya que «hay que conformarse con no ver más que escasos resultados tangibles; y con todo, cuántos servicios reales podrían hacer a la Iglesia!»

Este pensamiento le persigue. Desde 1910 cada jueves en la capilla de la calle de Lourmel, se recitan oraciones en común por la unidad del mundo cristiano. El 29 de marzo de 1926 obtenía de S. G. Mons. Castellan, arzobispo de Chambéry, la aprobación de una oración especial que deberían recitar las Damas de Javel, con indulgencias concedidas. Su Emca. el Cardenal Dubois, arzobispo de París, bendecía la obra, a su vez, y otorgó más tarde a las Damas, para favorecer sus oraciones, el dulce favor de poder exponer el Santísimo una vez al mes en su capilla.

Pero la oración no basta; es preciso actuar, y para hacerlo con eficacia hay que preparar la acción. El Sr. Portal resolvió iniciar a las Damas en las cuestiones unionistas. En la capilla de la calle Lourmel se dieron conferencias religiosas por él mismo y algunos amigos de conocida competencia: el canónigo Hemmer, el R.P. Maniglier, Mons. Beaupin, el R.P. Bourgeois… Un círculo de estudios reunió durante algún tiempo a las personas que se interesaban en el grave problema. Por eso, cuando las Damas a quienes había preparado durante tanto tiempo  y tan piadosamente leyeron con él las últimas palabras de la conferencia que Su Illma. Mons. d´Herbigny dio a su regreso de un viaje de estudio a Oriente, un estremecimiento de alegría y esperanza pasó por sus almas.

«De mi largo y rápido recorrido por el Mediterráneo oriental, del recibimiento del que fue objeto en todos estos patriarcados unidos y disidentes, una impresión dominante me queda: las cosechas maduran,     y más que nunca es oportuna la llamada divina, «prepara obreros». Es hacia este Oriente, no inerte pro más tiempo, sino activo, vivo, calladamente soliviantado pro el fermento bolchevique amenazador,  por un lado, paro también lleno de promesas, al que se dirige como una inspiración divina la predilección de Nuestro Santo Padre Pío XI. Tempus enim prope est.

Tristezas y alegrías van siempre mezcladas en este mundo. Para el Sr. Portal era también llegado el tiempo de su recompensa. Sintiendo cercano el fin, deseando asegurar la continuidad de su obra, de acuerdo con el venerado superior general de los Lazaristas, de quien era amigo, pide al R.P. Courcoux, superior general del Oratorio que tenga a bien encargarse de aquellas a quienes un día él mismo había entregado como divisa la palabra de Bossuet sobre el oratorio: «Allí, una santa libertad constituye un santo compromiso, se obedece sin depender, se gobierna sin mandar!»

Y silenciosamente, cumplida la obra, el servidor de Dios se preparó a morir.

3. – El alma del director

Era ya mucho haber visto el rostro bueno y dulce del Sr. Portal, su mirada benévola y sonriente; pero era preciso escucharle  para saber todo lo que su alma encerraba de delicadeza y de caridad. Al mismo tiempo sabiendo ahora  pro sus obras hasta dónde llegaban su corazón y su pensamiento, llegaremos a saber  más todavía al escucharle e él mismo. Tendremos que penetrar en su espíritu, manifestar lo que irradiaba su personalidad   y cuanto trasmitía a diario a las Damas de Javel. Estas son algunas de las directivas que les da para la vida religiosa en general, para la vida de comunidad, para el apostolado ente los pobres, y por fin para la gran obra de la Unión entre todos los hijos de Jesucristo.

I. Vida religiosa.  –Tenemos una  vida religiosa así como tenemos una vida corporal   y una vida intelectual. Todos los hombres tienen una cierta vida religiosa, con formas diversas según los medios, los momentos y los individuos; pero existe a veces a pesar de las apariencias contrarias. Se trata de lo más profundo que hay en nuestra naturaleza y de lo más comprensivo. Se debe respeto al sentimiento religioso, bajo cualquier forma que se traduzca.  –Nuestra vida religiosa depende de Jesucristo. Creemos que es el hijo de Dios, el camino, la Verdad y la Vida. Toda la vida religiosa une a Dios, hace vivir de la vida de Dios y lleva a Dios. Creemos que Jesús es el Mediador, que es por él por quien nos relacionamos con Dios. Su doctrina es la Verdad; sus preceptos nos hacen conformes a la voluntad de Dios. Él se comunica a nosotros para darnos la vida divina. Somos cristianos? Ser cristiano no es tan fácil como parece.

Creer, es decir dar la adhesión perfecta ala doctrina de Cristo, y conducirse según sus enseñanzas, requiere un esfuerzo continuo. Cristo nos mostró con su enseñanza un ideal que no alcanzaremos nunca pro completo, pero hacia el que debemos tender sin descanso.

De una doctrina o de una enseñanza práctica resulta necesariamente un espíritu, que caracteriza un medio y que le anima. Lo esencial es poseer el espíritu. «La letra mata, pero el espíritu vivifica». De la doctrina y de los preceptos de Jesús sale el espíritu cristiano.

Fieles al espíritu de Jesús debemos buscar ante todo el reino de Dios y su justicia, y para ello hacer en todo la voluntad de Dios, que se manifiesta en los mandamientos, en las máximas de Nuestro Señor, en los impulsos de la gracia, en la renuncia a nuestra naturaleza.

«Yo hago siempre lo que es agradable al Padre.»

Caridad, es el precepto de Nuestro Señor.

Sed sencillos como palomas,  y prudentes como serpientes.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.

Si viví según la carne, moriréis; si vivís del espíritu mortificando vuestra carne, viviréis. «La carne designa al hombre natural. Mortificación de los sentidos del corazón, de la razón misma.

En particular, las personas de la obra se dedicarán a practicar la caridad, la penitencia en espíritu de expiación y de reparación, la humildad y la sencillez.

El espíritu del mundo se manifiesta: 1º por una prudencia humana; 2º por un deseo de aparecer; 3º por una búsqueda personal de su propia satisfacción; 4º por la insensibilidad hacia los intereses de Dios y de las almas.

Nuestro Señor lo condenó. «Ay del mundo! Vosotros no sois de este mundo. El mundo os odia».

Hay modos de vivir que favorecen de manera  particular la práctica de las virtudes cristianas. La doctrina de Cristo se puede resumir en estas palabras: «El desprendimiento de todo se puede traducir por la pobreza, que nos desprende de los bienes de este mundo,  –por la castidad, que nos desprende de nuestro cuerpo,  –por la obediencia, que nos desprende de nuestra voluntad, en una palabra «que el que me quiera seguir renuncie a sí mismo».

Esa es nuestra vida religiosa, la nuestra.

Evitar la ilusión que nos llevaría a pensar que podríamos llevar la vida perfecta sin la vida cristiana, sin caridad, por ejemplo, y la vida cristiana sin vida religiosa, limitándonos a prácticas exteriores. Decimos bien: vida religiosa, vida cristiana, vida cristiana perfecta, es decir algo que nos llene del todo, que anime todos nuestros actos, todos nuestros pensamientos, como la savia alimenta toda la planta. Y sin tacañerías, con toda la plenitud posible.

II. Vida común.  –Una asociación es necesaria para realizar una empresa fecunda y duradera. Esto es verdad en religión, como en la industria y el comercio.

Toda asociación está sometida a las leyes generales de la acción en común, y a leyes particulares que deben derivarse del fin que persigue, y de los medios que quiere adoptar para alcanzarlo. Sin unidad, sin subordinación, sin esfuerzo personal, no hay acción en común. Ni tampoco se puede actuar sin todo ello para un fin religioso, ni industrial ni comercial. Es de importancia soberana recordar esto principios.

En el mundo religioso como en otro cualquiera existen asociaciones especiales con una finalidad particular, según las necesidades de la Iglesia, épocas y temperamentos. De ahí resulta esa gran diversidad de comunidades, de órdenes, de congregaciones, sociedades. Pero en todas estas agrupaciones, el fondo lo forma la vida religiosa. El fin es religioso; los que le persiguen están animados de sentimientos religiosos,  y deben servirse de medios religiosos.

Es preciso tener buen cuidado de que ciertas palabras no engendren errores. Si hablamos de vida activa y de vida contemplativa, no se deduce que las personas dedicadas a la vida activa puedan contentarse con una vida puramente material, ni porque en nuestro grupo no se hagan votos, podáis concluir que estáis dispensadas de tender a la perfección cristiana.

San Vicente de Paúl decía a sus hijas: «No sois religiosas, pro debéis ser más perfectas que las religiosas… Y, en realidad la perfección no consiste en los votos, sino en las virtudes que son su objeto, y que debéis practicar igual que las religiosas y de una manera más perfecta.»

Las palabras de Nuestro Señor: «Allá donde haya dos o tres reunidos en mi nombre», han creado siempre en la iglesia un espíritu favorable a la agrupación de los cristianos y a la vida común. No formamos más que un solo rebaña cuyo pastor es Cristo. Y ha existido siempre entre los cristianos la tendencia a realizar de una manera más perfecta esta unidad que existe místicamente entre nosotros, y de una manera real y visible entre los fieles, los obispos y el Papa.

Esta vida común afianza los lazos de caridad   y realiza más perfectamente la unión que Cristo predicó. Los que la practican con santa disposición se acercan por el hecho mismo del ideal cristiano.

La disposición esencial es claramente la caridad, caridad profundamente humana, que se manifieste  por una verdadera ternura, una gran amabilidad  y un deseo vivo de contribuir a hacer feliz a la gente con quienes vivimos. Caridad sobrenatural por su origen y los motivos que la inspiran, que nos lleve a amar a las almas por encima de todo, su santificación y todo lo demás en Dios.

La vida común presenta grandes ventajas. Pone en común las ideas y experiencias, multiplica las fuerzas y elimina  debido al mayor número los cuidados por la vida material que absorben tanto tiempo en las vidas particulares, Asegura la duración del esfuerzo. La puesta en común de la vida religiosa, a la que se aplican sobre todo las palabras de Nuestro Señor, es para nosotros una fuente de edificación, un apoyo, porque nos proporciona una riqueza de experiencias espirituales inapreciable.

Es de temer que la diferencia de temperamentos ocasione choques, nazcan antipatías o simpatías demasiado marcadas. Unas y otras engendran divisiones y pueden arruinar una obra y hacer perder la vocación. La envidia es también de temer por sus tristes efectos. El egoísmo mucho más frecuente de lo que se cree en comunidad y el individualismo son los enemigos natos de toda acción común, de toda vida en común. La caridad y la humildad con sus celestiales guardianes.

Toda vida común impone la observancia de un reglamento, que tenga por fin ordenar los actos de cada uno de los miembros de la comunidad para hacerlos coincidir y constituir así una vida en común.

El reglamento prescribe las horas de los ejercicios de piedad, del trabajo y del descanso, del recreo y del silencio, las horas de las comidas.

Establece también ciertos detalles de la conducta personal que importan a la vida común, aunque no se realicen en común, por ejemplo las visitas activas o pasivas, la correspondencia, los gastos, etc….

La regla no obliga bajo pena de pecado, pero sería deslealtad no observarla habitualmente y deliberadamente. Nos sentimos obligados a ella por una especie de contacto que existe entre la obra y las personas que forman parte de ella. Sería además asumir una gran responsabilidad, pues se trabajaría en la destrucción o en el deterioro de una obra que hace el bien, y no puede subsistir sin orden ni sin regla.

La vida común impone un modo uniforme de ver y obrar en muchas cosas.

Se debe evitar la singularidad en el vestir, en el beber y comer, hasta en los ejercicios de piedad. Vivir la vida como los demás debe ser la máxima de toda persona de comunidad, No podrá haber ni orden ni paz sin esto.

Bajo esta vida común, como bajo un velo, cada una tendrá su vida intelectual, que se esforzará en hacer lo más intensa posible. Si fuera de otro modo la vida en común acabaría nivelando las almas en la mediocridad.

III. Caridad.  –Los caracteres de la obra se han de fijar según el fin que persigue.

De hecho, el fin quedó perfectamente claro desde un principio. Nos ocupamos únicamente de los pobres y de los niños del pueblo. Posee pues de una manera general como característica la misión de Nuestro Señor: «Los pobres son evangelizados». Sois enviadas a evangelizar a los pobres, es decir al pueblo. Es una misión religiosa y, para llevarle a cabo, debéis poseer una vida religiosa profunda, que irradie en todos vuestros actos, aun cuando no se trate de actos específicamente religiosos.

Los diversos momentos van a marcar una vez más de una manera más precisa vuestra obra y su acción. Varias comunidades tienen el mismo fin, y a pesar de ello, sentís que no tenéis el mismo espíritu. La obra nació en Montmartre, en el Sacré-Coeur. Vuestra vida religiosa pues debe estar hecha de amor y de penitencia, de caridad y de reparación. Y en ello estáis viendo a qué perfección estáis llamadas. El amor y la inmolación reparadora, eso es todo el cristianismo.

Vuestra acción sobre el pueblo será caritativa y pacificadora, desplegando la caridad y pacificando los espíritus en lugar de provocar el odio. Trabajaréis en mejorar su vida material sin esperar recompensa, porque Dios le ama y vosotras le amáis, dando gracias a Dios si de ello resulta un bien espiritual, lo mismo que si él os limita a distribuir sus favores temporales. Siempre será una cooperación divina. Trabajaréis en mejorar su vida moral; y si caen todos los prejuicios,    y si la fe existe o revive, habréis contribuido al desarrollo de la vida religiosa. En todo actuaréis con gran respeto por la dignidad de las personas, por la voluntad de los padres sobre los hijos, de manera que vuestra lealtad no pueda ser cuestionada nunca. Ved la admirable y prudente dirección del Maestro. Dispone a las almas a creer con sus milagros, con la multiplicación de los panes, con el milagro de su paseo por las aguas; y con todo deja libertad de creer o no creer, de seguirle o de dejarlo. No comenzó diciendo: Daré de comer a los que crean en mí, no multiplicaré los panes más que para ellos. No. Él multiplica para todos; da de comer a todos, todo lo que querían y todos quedaron saciados. Ese ha de ser vuestro modo de actuar. Llamadas al lado de un necesitado, aliviad primero su miseria, sin preguntar si cree o no cree, si es protestante, judío o católico. Socorred sus necesidades en primer lugar. Y después dejad que vuestros gestos de caridad,  y de entrega germinen y produzcan sus frutos. Dejad a las almas obrar en libertad, y no impongáis prácticas religiosas a cambio de cualquier socorro. Eso sería no haber comprendido la acción de Dios y de Cristo.

Vuestros actos de caridad, vuestra entrega, os atraerán quizás una estima exagerada de parte de aquellos a quienes socorráis. Querrán testimoniaros su afecto, su agradecimiento, y tal vez se sobrepasen. No caigáis en la trampa. Vuestro reino no es de este mundo, no más que el de Cristo, vuestro Maestro. Así que, no os mezcléis en las cosas temporales, no tratéis de dirigirlas. Se ha reprochado a menudo a la iglesia, o a la gente de la Iglesia, de querer gobernar, de llevar el espíritu de dominio hasta las familias y hasta el Estado. Esto es ser infiel al espíritu de Nuestro Señor, quien emprendió la huida cuando quisieron proclamarlo rey. Id a los pobres, al pueblo con la única voluntad de servirle. Respetad su libertad   y su independencia en su persona y en sus hijos. Honrad su dignidad: os quedará profundamente agradecido. Imitad el ejemplo de Nuestro Señor. No busquéis dominar, mandar. No habéis venido par ser servidas sino para servir.

Sois obreras, palabra que indica el lado sufrido que puede haber en vuestro oficio. El obrero debe hacer esfuerzos para trabajar, y los hace para ganarse la vida. Si comparáis la vida de comunidad con la del mundo, veréis que la vuestra es privilegiada. Habéis hecho algunos sacrificios al entregaros a Dios; pero bajo el punto de vista de la vida para muchas es más dulce. Comparadla con la que está llena de preocupaciones y disgustos de una mujer que tiene una familia que cuidar, como la inquietud por el mañana. Aun dentro de la práctica de la pobreza, no os faltará de nada,   y en cuántas familias burguesas, sobre todo en el momento actual, no falta a menudo algo. A pesar de todo, la misión de obrera de Nuestro Señor llevará consigo un verdadero trabajo. Hoy en día, las obreras apenas sienten el amor propio de su trabajo, consecuencia del trabajo en la fábrica o gran taller, Antes, manifestaban cierto espíritu de iniciativa, cada una ponía buena intención material e intelectualmente. A eso es a lo que debéis aspirar. No os basta realizar el trabajo; hace falta la buena intención, el alma, la actividad. Si todo el mundo fuera pasivo, los resultados serían bien pobres.

Tened cuidado de que vuestra vida de comunidad no se convierta en una vida tranquila en el cumplimiento del deber. Vais a la conquista de las almas, y eso no se logra sin poner mucha actividad. Se ha tachado al clero de estar a la espera de que lleguen las almas. San Pablo y san Pedro eran enviados de Cristo; iban al encuentro de las almas; en las sinagogas, practicaban y anunciaban a Cristo. Igualmente, vosotras no tenéis que esperar a que las almas vengan a vosotras; hay que ir a conquistarlas.

Debemos trabajar por Nuestro Señor; concedido. Pero hay que hacerlo con un espíritu muy amplio, y tratar de imitar la generosidad de Dios (su tolerancia, si no es atrevimiento expresarme así) y la de Nuestra Señor mismo. Todo está subordinado al orden sobrenatural; a él debemos tender y llevar a nuestros hermanos. Pero en cuanto a éstos, recordemos que deben venir libremente y que debemos respetar esta libertad con delicadezas infinitas.

Si dijéramos a mucha gente que compraran un acto religioso por un bono de pan o una moneda, se sublevarían, y sin embargo, no es más que la pura verdad. Qué valen estos actos religiosos? Nada, o no gran cosa, y a veces sólo son actos de hipocresía.

En un signo cristiano, un acto de caridad, o las palabras que lo acompañaban, no eran más que un estimulante para el pobre, que creía y que, por nada del mundo, habría querido cometer un sacrilegio. Pero en un pueblo que ya no tiene fe, exhortaciones y prácticas religiosas no tienen ningún sentido.

Esto es verdad, vosotras lo sabéis mejor que yo. «Pero entonces, qué hacer? No podemos animar a prácticas religiosas, ni hablar de Nuestro Señor! Para qué sirve nuestra vida, entonces?» Me parece que nos olvidamos demasiado del valor intrínseco de un acto de bondad, de un acto de caridad, de un trozo de pan, de un vaso de agua.

El Creador lo ordenó todo hacia un fin sobrenatural, hacia la vida sobrenatural. Es verdad. Pero cuántos bienes naturales! Cuántos esplendores en el Universo! Cuántas riquezas en el cielo y en la tierra, de las que el hombre disfruta con todos sus sentidos! Sean buenos o malos, justos o injustos, gozan de ellas, y libremente; se eleven más alto o se queden en esta materia, que no debería servirles más que de escabel.

Y lo mismo que Nuestro señor derrama los milagros sin medida, como ahora, él nos concede sus gracias sin cuento.

La ley es siempre la misma. Dios quiere a quien se entrega con alegría, naturalmente en la plenitud de su libertad.

Hallaremos, me parece, en la historia de la Iglesia, ejemplos que ilustrarían la verdadera doctrina cristiana, y nos justificarían, si no admitimos el modo de actuar de cierto número de personas.

Sabéis que las almas religiosas han sabido encontrar el medio, trabajando por el cielo, de prestar bastante buenos servicios a la sociedad. Existieron órdenes religiosas guerreras, caritativas, etc… Pues me imagino que los que, por ejemplo, se instalaban junto a los torrentes para pasar a los viajeros, no les pedían antes que se confesaran.

Ahora bien, me parece que hoy los que quieren trabajar con los obreros deben comportarse de la misma manera. Debemos ser los mejores cristianos que podemos, y a la vista de todos, sin miedo, sin ostentación; pero debemos prestar servicio al obrero, al pobre, pro el propio servicio. Hacemos el acto bueno haciéndolo: Trabajamos por nuestra salvación, y depositamos en el prójimo una semilla. Del que la reciba depende que germine o no. No se nos permite presión exterior alguna.

Y este modo de obrar debe ser absolutamente leal y sincero. No debe ser adoptado por habilidad, sino con la convicción de que es el único bueno. Lento en resultados, y nosotros siempre con prisas. Dios no tiene ninguna; basta con que recordemos su conducta con nosotros.

No vayamos a caer en una vaga filantropía, fácil de evitar, me parece, si somos algo diferente, cristianos convencidos. La convicción pasa por las palabras respetuosas de la libertad.

Si queremos hacer el bien hoy a estos pobres a quienes tanto les cuesta vivir, primero habrá que ayudarlos, ser buenos primero, reparar las injusticias del destino o de los hombres, hacerles vencer las dificultades. Se confesarán si quieren, antes o después. Sabrán que el acto  bueno quedó depositado en ellos por los fieles de Cristo. Eso será ya una predicación. La gracia y su voluntad harán lo demás…

IV. La unión de las Iglesias.  –Un día había leído el Sr. Portal en un diario la llamada de un misionero que reclamaba la colaboración y la dedicación de la mujeres. Había encontrado tal semejanza con el proyecto que meditaba hacía tanto tiempo, que quiso comunicárselo y comentárselo a las Damas de Javel. «Estas nuevas apóstoles, se leía allí, deberán conquistar por la caridad el alma musulmana o pagana. No tendrán la ambición de predicar ni de bautizar. Se resignarán de antemano al apostolado indirecto, estéril en apariencia. Se contentarán con entrar en contacto, con dejarse querer, inspirar estima, confianza y amistad. Misioneras laicas, irán a preparar con el ejemplo, con las atenciones prestadas a los enfermos y a los pobres, la evangelización de estos pueblos con frecuencia desafiantes y encerrados. Se entregarán a la liberación de la mujer. Irán a las casas o a las chozas a ofrecer sus cuidados y sus servicios a las madres desamparadas cuyos pequeños mueren por falta de higiene. Les hará falta una entrega absoluta, los más variados conocimientos, y sobre todo las mayores virtudes de paciencia y mansedumbre, y esa primera condición que da a entender más de lo que dice: la voluntad de pasar en un país extranjero un tiempo bastante largo para saber la lengua y ser conocidas. Pues que, insistía el Sr. Portal, no se llega a hacer el bien hasta que no se conoce y se es  conocido. Esta primera condición es esencial. Hay que querer entregarse por completo, consentir en muy largos periodos para ganarse las almas u los corazones. Todo el resto viene por sí solo…

Pero sea cual sea su cometido, todas deberán esforzarse para sostener su entusiasmo en adquirir una formación cristiana profunda. Sentir que humanamente la tarea las sobrepasa, y buscar ante Dios por la oración la vida espiritual más elevada la fuerza que necesitan. No serán ‘religiosas’, sino católicas todo lo piadosas y prudentes como para apoyarse siempre en la autoridad eclesiástica, y armarse con los auxilios religiosos que exigen sus almas.»

Eran los mismos consejos y las mismas directivas que el Sr. Portal daba a las Damas de Javel cuando les hablaba, no ya del mundo musulmán, sino de los no católicos al lado de quienes las debía conducir la caridad. «Vuestro apostolado deber á consistir en llevar una vida cristiana lo más perfecta posible, no mezclaros en controversias, sino hacer de continuo actos de caridad con todos sin distinción de religión, ni raza. Ser testigos de Cristo, Buscar lo que una y no lo que divide será vuestra consigna».

En esto, le gustaba instruirlas sobre las relaciones de la Caridad y de la Verdad, insistiendo siempre en este punto primordial, que la caridad no debía hacerse nunca a expensas de la verdad. Pero, quedando esto bien clara, les pedía que fueran caritativas en todo l o posible porque la caridad hace caer los odios y  los perjuicios, y prepara la vía para que pase la verdad.

Recordad las palabras de Nuestro Señor: vencer al mal con el bien, vencer con el afecto lo que es malo. Seguid est conducta  porque creo que es el buen modo de llegar a hacer comprender que la religión no es una fórmula, unas oraciones recitadas, sino toda la vida. Debéis comprenderlo para llegar a practicarlo con afecto y religiosidad profundos. No existe tabique entre vuestras prácticas religiosas y la manera de ser; vivís en Dios y unís toda acción a Dios…

Si, vuestra acción se ejercitará en un entorna de caridad; hay que difundir la vida religiosa en todo vuestra vida. Hay en el mundo tanta ignorancia del fin que persiguen los católicos, los sacerdotes, las religiosas! En lo que esté de vuestra parte, haced desaparecer los prejuicios; y eso ya es luz. No es sol radiante, quedan nubes, paro ya es algo. Cómo se puede vivir en el mundo tan juntos e ignorarse tanto? Cuántos prejuicios ente católicos y protestantes, herejes o cismáticos! Una señora protestante decía al obispo de Niza, Mons. Chapon: «Es una pena que los católicos adoren a la santísima Virgen!» Era una mujer del mundo, instruida además. Reflexiones así son muy frecuentes.

San Vicente dice que cuando mandaba a sus hermanos en misión de rescate de cautivos, se sentían tentados de convertir a lo Turcos; y y esto es natural en un sacerdote. Pero san Vicente se lo prohibe. Escribe a uno de sus misioneros desanimado porque los esclavos apostataban y no encontraba su misión suficiente. «Aunque sólo fuerais entre infieles par mostrar lo que puede la fe en Jesucristo, que lleva a un hombre a dejarlo todo, su familia, su patria, eso bastaría».  Es hacer caer un prejuicio. Una institutriz francesa pregunta a un sacerdote en Rusia: «Qué hacéis aquí?  –Poca cosa; aunque no hiciera más que demostrar lo que es un sacerdote, mi misión sería suficiente.»

Sino lográis resultados inmediatos, al menos mostráis lo que es una alma cristiana, lo que da a Dios. Con eso sólo bastaría para explicar toda vuestra vida.

– Una esperanza en una tumba

Ya en 1907, el Sr. Portal había escrito:

Yo querría morir en Javel, cerca de la pobreza y de la caridad.

Y añadía:

Que Dios nos conceda, con la inteligencia del pobre y de las necesidades de la Iglesia, la energía de servirlos hasta el final y la gracia de morir con las armas en la mano!

Veinte años más tarde su oración era escuchada. Y allí, a la calle de Lourmel, cuando aún estaba preocupado por las conversaciones de Malinas y los proyectos del futuro, se hizo llevar cuando sintió los primeros ataques del mal que debía llevárselo. Y fueron las Damas de Javel sus enfermeras, quienes le velaron, quienes,  piadosa y tristemente, le cerraron los ojos, mientras que abajo los niños rezaban por el Padre moribundo. El 19 de junio de 1926, murió Fernando Portal y su alma voló cielo a gozar por fin de esta Unión que él tanto había animado.

Un año después su cuerpo era transportado a las Corbières para ser depositado en la cripta de Cristo Redentor. Allí es donde espera la resurrección.

Cuánto amaba él la montaña, el aire puro que corre por las alturas!

Nuestra querida montaña, decía,, es incomparable para vivir cerca de Dios y pensar en las grandes verdades. Buena razón tenían los antiguos monjes para buscar la grande y bella naturaleza.

Sin duda, en este paraje y más de una vez había debido meditar sobre su fin próximo; y en diversas ocasiones, había expresado el deseo de descansar allá, después de su muerte, al lado de una capilla donde vendrían a orar por la unidad del mundo cristiano.

He pedido a nuestro Señor, escribía el 18 de octubre de 1919, que acepte nuestro sacrificio y nos permita trabajar por hacerle amar, que bendiga nuestro proyecto, a fin de que haya en nuestra montaña un santuario que sea una fuente del amor de Dios y de la pobre humanidad…, Pequeña fuente sin ninguna duda, pero qué bonitos son nuestros arroyuelos que van al lago su Bourget, y tan preciosos!…Qué feliz sería, dice también el 16 de abril de 1921, si viera nuestra capillita construida y abierta al culto, antes de marcharme al otro mundo!… Crear un lugar de oraciones junto a un lugar de oraciones es realizar el ideal cristiano. La contemplación y la acción. Sería una fuente de vida espiritual par los miembros de la obra y para los demás. Algunos vendrían a orar y expiar  junto a vosotras, en vuestra ermita, por turnos. Llegarían a hacer una cura de aire espiritual.

Según este voto, también esta súplica se encuentra ahora realizada. Allí, sobre las pendientes del monte Revard, que domina el hermoso lago tan visitado por Lamartine, entre el verdor de los bosques y los prados, se destaca la blanca cúpula de una capilla romano-bizantina.

Está dedicada a Cristo Redentor. Se entra por un pórtico, cuyo motivo tomado de Chartres, Jesús entre los símbolos de los evangelistas, transporta a las almas y las lleva en alas junto al Salvador único, mientras que una suave luz, llegada de los vitrales, prepara al recogimiento y la oración. En el coro, un gran ventanal representa a Nuestro Señor rodeado de los Once y pronunciando, al salir del Cenáculo, en un paisaje de viñas y trigos, su hermosa y suprema oración por la Unidad. «Que sean uno como nosotros somos uno!» A la izquierda, la Epifanía simboliza las diversas partes de la gentilidad cristianizada que se unen para rendir homenaje a la realeza universal de Jesucristo. A la derecha, la Virgen, que se eleva gloriosa por encima de su tumba, recuerda el culto querido en oriente como en occidente, y hace esperar que nuestra Madre común pida por la reconciliación de sus hijos separados.

Allí descansa el cuerpo de Fernando Portal, servidor de Cristo y apóstol de la unidad, en la cripta de esta capilla, cuyo emplazamiento él mismo había elegido y cuya blancura de lejos atrae la atención del peregrino. Allí llegarán después hombres, no tanto para disfrutar del bello y gran espectáculo de las montañas y por ellas elevarse hasta Dios, como para recogerse y orar ente los restos de esta humilde cuya alma hermosa y grande levanta el pensamiento más alto que las montañas. Allí llegarán los amables soldados de Cristo a buscar confianza en las horas difíciles y las luchas sin fin.

Tened confianza, dijo en una nota del 8 de julio de 1921: Dios no ha dicho su última palabra… Al igual que vosotros, yo creo que nuestra pequeña obra está en sus comienzos y que se desarrollará con la erección de nuestra capillita, símbolo de todo cuanto hemos hecho, o de lo que hubiéramos querido hacer.

Allí llegarán los amigos que dejó, y los que él no podía conocer. Allí llegarán, como le gustaba repetir, a buscar la recompensa del éxito en el recuerdo de sus tristezas y de sus sacrificios.

De todas las montañas que circundan el lago du Bourget descienden torrentes y pequeños riachuelos. Allí llegan del Norte y del Mediodía, del Oriente y del occidente, de todas partes. Y todas esta aguas se reúnen y se funden para formar una capa en movimiento en la que se refleja el azul del cielo. Un día también, de todos los puntos del mundo cristiano llegarán almas magníficas como la que, invisible pero presente, continúa rogando y espetando en esto lugares. Ellas serán las que formen, al reaunirse, la gran Iglesia Una, donde los hombres podrán contemplar mejor la imagen del Dios espléndido que reveló Jesucristo.

MARIE-ANDRÉ DIEUX,

Sacerdote del Oratorio.

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