Capítulo X: El piso de la calle de Grenelle
Los amigos del Sr. Portal aprendieron pronto el camino al 14 de la calle de Grenelle. Era ya mucho, después de todo, que el centro de la obra quedara a salvo. El nuevo piso tenia algo más grato que el de la calle del Cherche-Midi y, salvo la antecámara oscura, formada por el sitio del centro, era bastante luminoso y alegre, y muy afortunadamente situado en el centro mismo de Paría. A él le agradaba y a los amigos que le van a visitar en este recinto.
Qué cálido recibimiento estábamos siempre seguros de hallar en la alto de aquellas dos escaleras que subíamos con tanta presteza! Al sonar la campanilla, la criada, la señorito Cecilia, acude a abrir. A veces es el Sr. Superior en persona. «este es el que otra vez llega sin avisar! Come con nosotros? Avisemos enseguida a la cocina». Consultada la Srta. Cecilia, declara que está en condiciones de hacer frente a la situación: todo saldrá bien! Que llegan por la tarde: «Ya tomará una taza de té» y se apresta la bandeja con la tetera,, el agua caliente u la mantequilla. Él se da maña de preparar un té ligero y exquisito al que se acude sin falta un o dos veces. Además, tiene su propio thé que le llega directamente de China, en unos bonitos botes pintados con vivos colores, «Y es que no hay cosa, declara, como el thé que se puede recibir por vía terrestre por intermedio de Rusia».
Y la conversación empieza por las tazas humeantes. «Qué es de su vida? Dónde se encuentra? Qué hace esta noche? Mañana?» Inmediatamente se arregla el empleo del tiempo. «Hay que hacer esta visita, no faltéis. Quizás sirva de poco, pero hay que mantener el contacto… O hay que ver a tal personaje: id a verlo de mi parte!» –A veces el acuerdo se hacía de otra forma. En su casa, en la canoa, en la comida. Por la noche se encontraba la gente. «No aceptéis otra invitación; tengo al Sr. Fulano; será interesante conocerlo». Ser invitado en su casa era una ventaja preciada, y a la que se respondía prontamente.
Otras veces él nos llevaba donde sus amigos, incluso para comer o cenar; y era una manera, más de extender el círculo de los amigos y conocidos. Si el paso por París coincidía con la reunión de los Normalistas, no dejábamos de asistir; había que presentarse con algo que decir, interesarlos hablándoles de su especialidad. No admitía parangón en el arte del acercamiento y de los contactos. Sabía qué difícil era hallar relaciones, y con qué satisfacción ahorraba este enojoso trabajo a sus amigos. En dos días pasados en París con él se veía a más gente y se conocían más cosas que en semanas en otra parte.
No se cansaba uno de charlar con él en aquel pequeño despacho de la calle de Grenelle, tal acogedor en su sencillez casi monacal. A la izquierda, al entrar, la gran biblioteca con obras interesantes, en particular sobre las cosas de Inglaterra. A la derecha, la chimenea, rematada por el gran espejeo que ponía un rayo de luz viva en la atmósfera de la pieza. Al fondo, cerco de la ventana, una modesta mesa con algunas sillas formaba todo el mobiliario; un crucifijo entre dos iconos rusos, recuerdo de Morel, cuyo retrato de amplia frente pensante constituía, con alguna imagen, todo el adorno de la chimenea. Frente a la mesa, una puerta daba al dormitorio, más simple todavía y más austera.
Esta era la decoración que presidía estas conversaciones espontáneas tan de su agrado. Se pasaba de una idea a otra, de Inglaterra a Rusia, de París a Roma. Acudían los recuerdos del pasado. Se perfilaban proyectos de futuro. Y si a mal no venía, le llegaba también el turno a la política; y este sacerdote, que no hacía política, no era por ello uno de los menos informados de París. Dónde no contaba con amigos? En la Revue de Deux Mondes, los Srs. Jorge Goyau y Pinon le merecían tanta estima como afecto. En el Correspondant tenía las puertas abiertas. En la Academia era muy apreciado por hombres como Esteban Lamy y Federico Masson. En el Instituto estaba en estrecha relación con el Sr. Senart, uno de los primeros sabios de nuestra época en el estudio de las lenguas y las literaturas de la India, en quien la delicadeza de los modos y la bondad iban de la mano con la hondura del saber. Era uno de los amigos con quienes él se confiaba con mayor espontaneidad. Lo visitaba a menudo y era su invitado contante. Junto a los laicos, estaban los eclesiásticos. Párrocos, profesores, religiosos, prelados y obispos frecuentaban el 14 de la calle de Grenelle. Estaba el grupo de los romanos: Mons. Glorieux, Mons. Tiberghien, Mons. Boudinhon, Mons. Duchesne. Estos dos últimos habían estado en la campaña anglo-romana, y no pasaban por París sin hacerle una visita.
Tras los amigos venían los que buscaban un consejo, una información, según los casos alguna influencia o ayuda: Franceses, extranjeros, públicos y políticos, ricos y pobres, hombres y mujeres, se codeaban en un ir-y-venir ininterrumpido.
Raro era el caso en que se acabara una visita sin anunciar la siguiente. Cuando quería estar tranquilo, llevaba a su interlocutor a hacer un recorrido o a un simple paseo por los bulevares vecinos. Le gustaban estos paseos, sobre todo con el buen tiempo, después de la comida de mediodía o de la tarde. En nada le molestaban los ruidos y el movimiento de la calle. De tal forma se hallaba como en su casa en parís! Más aún era como un medio de despertar las ideas.
Sin embargo algo le faltaba en medio de esta actividad. Si había organizado una pensión de familia, no era, como decía él, pro el placer de ser intendente de comedor público. Feliz de acoger bajo su techo, y en su mesa a profesores del Instituto Católico, entre los que tuvo la satisfacción de hallar verdaderos y fieles amigos. Quién no recuerda al «Buen Mangenot», el docto profesor de exégesis siempre benévolo, siempre sonriente bajo su solideo de terciopelo negro? –Junto a los profesores, estaban los estudiantes, a veces extranjeros. Había gente que preparaba la tesis. Todos encontraban en el Sr. Portal la estancia más agradable con la que unos intelectuales puedan soñar para trabajar en París. Todos se sentían a gusto: Algunos le testimoniaron un afecto que no decayó.
Y con todo ninguno se entregaba a su obra. Lo cual fue decepcionante. Si había organizado esta casa con las pesadas cargas que llevaba consigo, era con la esperanza de agrupar a hombres animados de su espíritu, quizá con sus preocupaciones personales, pero al mismo tiempo deseoso de servir la gran causa de la Unión. Con los franceses se habrían podido mezclar extranjeros, lo que habría sido una realización viva de la obra de la iglesia. El Sr. Portal no tuvo esta alegría. Se siguió viviendo codo con codo, los profesores preparando sus lecciones, los estudiantes sus licencias, los graduandos sus tesis; y en esta vida de compartimentos, encerrándose cada uno en su especialidad, se continuó durante años alimentando las conversaciones de la comidas con las noticias rutinarias, u otros temas de importancia análoga, para gran desesperación del superior.
No fue ésta la única prueba. Nadie sufrió tanto como él por el movimiento de reacción antimodernista. Toda acción directa le estabas prohibida; toda publicación imposible. A falta de la revista, que habría sido el mejor instrumento, se preguntaba si no sería posible editar algún libro, algún folleto, lanzar, a falta de un verdadero periódico, alguna serie de estudios de aparición más o menos regular. El largo silencio le pasaba; y apenas se encontraba uno con él sin que este tema entrara en la conversación. Así animaba a sus amigos a escribir en los diarios y revistas que tenían a bien abrirles sus columnas. Les buscaba salidas, y los empujaba cuando su ardor decaía.
Sufría también por los otros, en particular cuando veía a los suyos, sospechosos, contrarrestados, detenidos, expuestos a medidas que paralizaban sus deseos o aniquilaban sus talentos. No por ello salió nunca de su boda otro consejo, ni siquiera par los más probados, que la sumisión y la paciencia, repitiéndoles que «Dios escribe recto con líneas torcidas». Él tenía autoridad para eso.
Su ideal era demasiado grande y demasiado amplio para no sufrir decepciones personales, suyas y de los suyos. Preocupado ante todo por los intereses generales de la Iglesia, se dolía al ver que los espíritus, en lugar de abrirse, tendían por el contrario a cerrarse, y que una política de desconfianza y de lucha reemplazaba al generoso empuje inspirado por el amor. En 1905 habrían tenido lugar tentativas de acomodación, no por pusilanimidad, sino porque creía profundamente en la reconciliación de la iglesia y de la sociedad moderna; y sufría al ver abrirse el abismo de nuevo. Le fue doloroso ver rechazar todo ensayo con vistas a dar a la iglesia de Francia una situación legal. Más doloroso todavía ver quitarle a esta Iglesia toda iniciativa en la dirección y organización de su vida nueva. Pero su sumisión siguió inalterable, igual que su confianza y su actividad infatigable.
La obra seguía allí: había que mantener a sus obreros, y preparar a nuevos par el futuro. No era algo fácil: gusta, sobre todo cuando se es joven, planear un resultado preciso, a corto plazo. El horizonte eslavo, en particular, parece más bien rechazar a los espíritus por su inmensidad e imprecisión que atraerlos por su misterio. Parece más fácil hacer una tesis sobre un autor griego, latino o francés, de tercer o cuarto orden que perderse en este infinito todavía mal explorado. Y no obstante, bajo todos los puntos de vista: político, moral, y religioso, existe ahí un mundo interesante cuyo estudio es indispensable; y hemos sufrido cruelmente por no conocer mejor Rusia. El Sr. Portal lo sentía y no cesaba de dirigir la atención de sus amigos hacia este punto; sin grandes resultados por otra parte. Ni entre los eclesiásticos, no entre los laicos, se veían apenas asomar vocaciones orientales. Pero él no se cansaba. Un esfuerzo fracasado no le impedía emprender otro; y nunca lamentaba una tentativa inútil. «Era preciso intentarlo», decía. Sabía que es necesario llamar a varias puestas, para dar por fin con la buena. Nunca se le oyó lamentarse por los esfuerzos ni sacrificios estériles en apariencia. Estaba convencido de que no lo eran y de que, en el plan general, todo tenía, a su hora, su utilidad.
No era a pesar de todo insensible; y cuando se veía, como sucede a veces, abandonado, o al menos incomprendido de sus amigos, sufría por ello. No comprendía que se les pidiera renunciar a todo éxito personal; pero le dolía ver que las preocupaciones egoístas eran lo primero; doloroso le era también sentir que, en cuestiones fundamentales, hombres largamente formados en su escuela adoptaban una posición diametralmente opuesta a la suya. Uno de sus antiguos colaboradores le daba a entender un día que había llegado el tiempo de que desapareciera. «A quién se lo decís? Dijo; pero quizás no os correspondía a vos recordármelo».
Pero también, al lado de las decepciones estaban los consuelos, Sus queridos Normalistas le seguían siendo inquebrantablemente fieles; su ideal de apostolado florecía en Javel; su influencia se mantenía y se extendía a los medios más diversos; y había que ver con qué simpatía sabios como el Sr. Paul Boyer, por ejemplo, el distinguido director de la Escuela de las lenguas orientales vivas, hablaban del Sr. Portal. Los sentimientos, cierto es, eran recíprocos, y no cesaba de encaminar a nuevos reclutas a las clases de ruso del Sr. Boyer. Vaya, que todo no se saldaba con fracasos. Planeaba intentos serios de realización; apuntaban vocaciones, crecían, se afirmaban, bien a pesar de las pruebas; y el buen obrero tomaba conciencia del trabajo que se hacía, y que se encaraba el provenir con eficacia en un momento en que «haber vivido» no era poco.







