Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo VIII)

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Autor: Hipólito Hemmer · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. .
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Capítulo VIII: El padre de los normalistas

Cómo llegó a formarse en torno al Sr. Portal el grupo de los Normalistas y hasta dónde llegó bajo su paternal dirección, nos lo cuenta en las páginas siguientes una de los más antiguos del grupo, el Sr. Prat.

En todo tiempo ha habido católicos en la Escuela, «talas»; y desde 1902 dos de ellos se habían presentado al Sr. Portal y colaboraban en la Revue catholique des Eglises. Algunos años después una vez abandonada la Escuela, formaban parte, los domingos por la mañana, en casa del Sr. Portal, en reuniones de estudios sobre la cuestión de la Unión. Trajeron a otros Normalistas,  y desde esta fecha nació la tradición de la Normal: no tomó cuerpo hasta años más tarde, pero el impulso primitivo data de entonces.

El «grupo» como tal no existía aún. En 1906 los avanzados de la Escuela se habían reunido para una acción de conjunto. Pocos en número,  pero ardorosos, desempeñaron pronto un papel considerable en el interior mismo de la Escuela  y en el Barrio Latino. Pero hasta 1911 no se decidieron un cierto número de «conscriptos», entre los que se contaban Bouzol, Béra, Borrell, con algunos antiguos como Verrkamp y sin duda bajo la dirección de Poyet, a dejar a un lado toda preocupación política    y a estudiar en común la doctrina católica. Se reunían con regularidad en un «cuartucho», donde por turno se encargaban de una exposición qu3 se discutía más tarde. Método peligroso,   pues de teología lo ignoraban todo; y las dificultades eran confusas, cuando no tormentosas. Se percataron de la necesidad de no abordar una ciencia sin ser conducidos  por ella por alguien competente. Pidieron primeramente a diferentes conferenciantes que vinieran a hablarles,  pero se dieron cuenta de que era preferible una dirección continua. Entonces fue cuando el Sr. Portal, quien no había cesado de estar en relación con Normalistas, le ofreció su casa dejándoles la libertad de organizar en ella sus reuniones a su gusto. A petición suya  rogó a un teólogo que les diera un curso seguido (noviembre de 1912). El grupo esta vez estaba en marcha. Las reuniones no se interrumpieron hasta el inicio  de la guerra. A partir de 1916 las reanudaron los católicos presentes en la Escuela, a la espera del regreso de los desmovilizados en 1919. Desde ese momento la vida del grupo no ha dejado de desarrollarse.

Recordando al inicio de cada años estos orígenes, el Sr. Portal tenía la costumbre de indicar en pocas palabras el objeto del grupo: «Os reunís para desarrollar vuestros conocimientos religiosos y vuestra vida religiosa; vuestro grupo es un grupo de estudio y de piedad». Los Normalistas que habían venido a encontrarse con él en 1911 le habían pedido que les condujera en el estudio de la doctrina, deseo que acogió con satisfacción. Sabía, como todo el mundo, que los jóvenes de nuestro tiempo se  sienten más ávidos de acción que de discursos, preocupados más por vivir su fe que por pensarle, que lo que esperan del sacerdote es que les enseñe a rezar. Poseía suficiente sentido de las realidades,   una caridad atenta también para no creer que la primera regla, en materia de apostolado es tomar en consideración las necesidades actuales de las almas; apreciaba mejor que nadie el interés de estas tendencias; y sin embargo le inquietaba loa indiferencia intelectual de muchos.

Los jóvenes son admirables, decía a uno de nuestros antiguos. Pero vuestra generación se interesaba más que la generación presente en los grandes   problemas. Les he propuesto una conferencia sobre los orígenes del hombre: no han dado señales de mostrar interés.

Tal vez adivinaba cierta timidez detrás de esta indiferencia, una confianza insuficiente en nuestra fe; en todo caso veía en ello un peligro.

Aun cuando en este momento estuvieseis seguros de vuestra fe, un día u oro llegará la tentación bajo la forma intelectual y os encontraréis desarmados si no habéis tenido la precaución de estudiar la doctrina. La fe del carbonero no es posible entre vosotros. Existe un desequilibrio entre vuestra cultura profana y vuestros conocimientos religiosos que tarde o temprano pondrá en peligro vuestra fe.

Se esforzaba en reaccionar, no dudando de vez en cuando en presentarnos las cuestiones más comprometedoras. Pensaba que era preferible estimularnos, inquietarnos de  vez en cuando mientras teníamos un guía, a dejarnos con los ojos cerrados y exponernos a descubrir demasiado tarde y entregados a nuestras solas fuerzas dificultades capaces de desconcertar nuestra fe.

Nos daba por lo demás otras razones para estudiar bien la doctrina. En la escuela y después de la escuela nos encontramos en contacto continuo con intelectuales no creyentes. Nos recomendaba conocerlos, quererlos   y, si bien no le gustaba la discusión, estar dispuestos a acogerla. Pero cómo sostenerla sin un conocimiento preciso de lo que se cree? ¿Cómo evitar el riesgo de abandonar posiciones esenciales o el más grave todavía de apartar a almas de buena voluntad sosteniendo por ignorancia como proposiciones de fe las de una escuela particular, a veces hasta opiniones sin autoridad? De todas maneras ponía mucho énfasis en que nuestra defensa del catolicismo fuera perfectamente legal. «En vuestros trabajos, en vuestras relaciones, decía a los primeros ejercitantes del grupo, sed sinceros. Dios no necesita de nuestras mentiras. A los ojos de los no creyentes representamos a la Iglesia. ¿Cómo nos atreveríamos a hablar en nombre de la verdad y no ser sinceros?» Pero ¿cómo ser sincero si uno no se ha molestado primero en informarse?

Así fue como esta reunión semanal del lunes se convirtió en la institución esencial del grupo, en la que ¡m después de la cena, en el comedor de la calle Grenelle, sentados alrededor de la larga mesa de tapiz verde, escuchábamos las lecciones de un sacerdote escogido por él: auditorio difícil, muy exigente y muy ignorante, al que había que exponer elementos baja  una forma que no fuera rudimentaria. También en Sr. Portal nos consultaba sobre los asuntos para tratar, esforzándose por saber si estábamos satisfechos, si las lecciones estaban a nuestro alcance, y tomaba en consideración nuestras advertencias, solo exigía una cosa: quería que la exposición fuera positiva, no una discusión de objeciones o de doctrinas. Él se explicó un día a propósito de una lección sobre la actitud de la Iglesia de Francia en el siglo XVIII frente a la Enciclopedia. Nos mostró que la debilidad de la respuesta de haber seguido siempre al adversario en su terreno; que, sin hablar de la dificultad de llevar una discusión con caridad y humildad, conduce a hacer desviar las cuestiones, a recurrir a hábitos dialécticos para triunfar al menos en apariencia, que, aunque se practique con entera lealtad, condena a no hacer nunca más que algo provisional:  desechada una objeción, surgen otras hasta el infinito; que importa convencerse, por el contrario, que entre la verdad revelada y la verdad científica no puede existir contracción, y que, por consiguiente, hay que resignarse a las dificultades momentáneas sobre tal o cual punto particular: por ello es el conjunto de la doctrina lo que es preciso considerar.

El curso semanal, muy importante a sus ojos, no le parecía sin embargo suficiente. Nos animaba en nuestros estudios personales a hacer un hueco a los estudios religiosos a dedicarnos por ejemplo a la vida de un santo, insistiendo en ello de vez en cuando; y nos echaba en cara nuestra ignorancia de nuestros grandes hombres.

Os avergonzaríais de ignorar los detalles de la vida de tal o cual escritor profano, de tan o cual personaje histórico, –y no sabéis nada de los mayores santos.

Le habría gustado ver a un mayor número de entre nosotros dedicar deliberadamente sus estudios profesionales a las cuestiones religiosas. Comprendía el interés y la grandeza de todas las formas de la investigación de la verdad; pero echaba de menos que en literatura, y más todavía en filosofía y en historia, dejábamos en manos de los no creyentes dominios que nosotros podíamos explorar con métodos tan rigurosos, haciendo únicamente obras de sabios, pero con la superioridad de nuestra experiencia religiosa.

Pensaba que de esta forma el estudio podía llega directamente a la acción, constituirse en una de sus formas, unir íntimamente el servicio de la Iglesia y el cumplimiento del deber de estado. Pues bien, por muy preocupado que se mostrara por vernos «servir», el Sr. Portal nos recordaba con frecuencia la importancia primordial del deber de estado, la necesidad de santificar el ejercicio de nuestra profesión practicando concienzudamente , aceptando las condiciones donde Dios nos ha colocado.

Sois alumnos de la Escuela: vuestro primer deber es vuestro trabajo y la preparación de los exámenes. Sed sabios, y llevad una vida religiosa, y esto será una vida de apostolado. Alrededor de vosotros, habrá quien saque la conclusión. Jesucristo es el hombre perfecto. Tended a la perfección en la línea de vuestra vocación. Sed sabios en la medida de lo posible, es vuestro primer deber; las otras formas de acción deben llegar después.

Cuando el propio ejercicio de la profesión puede contribuir directamente a servir a la Iglesia se comprende que con mayor razón él nos haya animado a aprovecharlo.

Aparte de nuestros estudios y salvaguardando el deber de estado, pensaba que nuestra acción podía ejercitarse también en el orden intelectual, en particular bajo una forma que él proponía en especial a los lingüistas, a los historiadores, a los que conocían algo el extranjero. Se sentía feliz al verlo interesarse por la situación religiosa fuera de Francia. Había en la calle Grenelle reuniones especiales (continuación de aquellas en las que se había establecido el contacto entre el Sr. Portal y la Escuela), donde estos «especialistas en cuestiones extranjeras» se reunían apara poner en común sus informaciones. Se examinaban periódicos extranjeros. El Sr. Portal conocía admirablemente Inglaterra y sostenía numerosas relaciones en casi todas partes; ponía en contacto a los Normalistas con extranjeros de paso por París. A aquellos de nosotros que estaban en el exterior les pedía sus impresiones y observaciones. Atribuía mucha importancia a esta forma de acción. Al relacionarse con católicos extranjeros, se despoja uno de cantidad de prejuicios, pensaba, deja uno de lado la idea de que el catolicismo va unido a ciertas formas de pensamiento o de civilización, se adquiere el sentido de la catolicidad. Al conocer a los disidentes, se ve la ventaja de precisar los puntos sobre los que se basan los conflictos, caen las suspicacias mutuas; tenemos a veces incluso ocasión de volver útilmente sobre nosotros mismos, de constatar que deberíamos ser más cristianos de los que somos, y que nos corresponde parte de responsabilidad en la división del mundo cristiano. De esta forma asociaba más estrechamente este grupo a lo que era el gran pensamiento de su vida. En un plano más general aún, y sin ser «nacionalista» por nada de este mundo (su patriotismo era ardiente, y no le gustaba que se hablase a ligera del clero francés), tenía demasiado sentido y amor de la unidad para no aprovechar todas las ocasiones de «hacer caer las barreras».

Bien se cuidaba sin embargo de restringir nuestra acción religiosa al dominio de nuestros estudios. Patronatos, círculos, de estudios, obras sociales diversas ocupaban a varios de nuestros camaradas, y podemos recordar aquí que fue el Sr. Portal quien puso a algunos de los miembros del grupo en relación con aquel patronato de Reuilly donde nacieron los Equipos Sociales, En este terreno de la acción social nos dejaba una gran libertad,  interesándose por todo, pero sin dirigir nada. Se contentaba con recordarnos las enseñanzas de León XIII y nos recomendaba no dar a las preocupaciones puramente sociales la preponderancia sobre el estudio y la vida religiosa. Sobre un solo punto era categórico: la necesidad absoluta de la ayuda a directa a los pobres. Incluso antes de la existencia del grupo era tradición en la Escuela que los católicos formaran parte de una conferencia de San Vicente de Paúl de la parroquia de San Menardo. El Sr. Portal deseaba vernos a todos pertenecer a ella. Insistía a menudo sobre el deber de todo cristiano de acercarse a Cristo bajo la forma del pobre; nos hablaba con fuerza del carácter santificador de este contacto. No sabíamos todos que parte de su actividad consagraba él mismo a este género de obras; apenas aludía de paso y con una especie de timidez a «un orfanato del que me ocupo». Pero no intervenía en la marcha de nuestra conferencia, sino de vez en cuando para preguntarnos dónde nos encontrábamos. Por lo demás no dejó de funcionar con toda regularidad y fue para muchos un hogar admirable de perfeccionamiento.

En cuanto a la acción política no se puede decir que el Sr. Portal nos apartara de ella; apenas nos animaba, No creía que estudiantes de nuestra edad tuvieran una experiencia suficiente para tener derecho para emitir juicios definitivos sobre los acontecimientos; y le molestaba un poco la seguridad de algunos en estas materias, Sabía bien nuestros defectos, y esta presunción que desarrolla en nosotros la costumbre, desde la más tierna edad, de juzgar desde arriba a los grandes escritores y a los hombres del pasado! En todo caso nos recordaba a menudo que el grupo no hacía política, que sus miembros eran libres en sus opiniones, pero debían abstraerse en sus relaciones. Habría sentido en el alma que cualquier tendencia hubiese prevalecido, que se formasen corrillos en el grupo; y a propósito de una torpeza cometida por uno de nosotros, él tan poco dado a juzgar ni a dirigir manifestó enérgicamente su desaprobación. Así como no juzgaba suficiente el estudio, no pensaba que uno se pudiera  contener con una actividad exterior. Nos repetía que no hay acción eficaz sin el alimento de una vida interior, Se quejaba de que se desfiguraba a san Vicente de Paúl representándole únicamente ocupado en recoger a niños abandonados. Antes de ser eso, antes incluso de ser el reformador del clero francés, san Vicente de Paúl fue un hombre de oración. El Sr. Portal mantuvo pues y desarrolló lo que desde el origen y bajo la influencia de Poyet el grupo había asignado a la vida religiosa. De ese modo ha persistido la misa oída en común cada jueves. Los días en que se mezclan el estudio y la oración, conferencias espirituales. Hubo también cada año dos retiros de algunos días, de los que uno inmediatamente antes del comienzo de curso. Otorgaba a estos retiros un triple objeto: en primer lugar el que se pretende en todo retiro, a saber, el progreso de la vida espiritual; pero además, la formación entre los ejercitantes de amistades profundamente cristianas; por fin, el establecimiento de relaciones del grupo con sacerdotes que se dedicarían plenamente a él; y anotaba en su cuaderno particular: «Me parece que se ha conseguido esta triple finalidad». Y para permitirles conocerse mejor y unirse más estrechamente no hizo del silencio una obligación.

Confiaba a un sacerdote la lección de las conferencias; pero era él personalmente quien celebraba la misa cada mañana, elegía el texto de las lecturas, sobre todo con ocasión del círculo habitual (así hizo leer en el refectorio la vida de Bouzol por Audial), y los temas de meditación. En el intervalo de los ejercicios, recibía a cada ejercitante, ayudándole a hacer un balance por sí mismo. En estas conversaciones confortó a muchas almas inseguras y oyó muchas confidencias. Por fin, cada noche los reunía para una charla espiritual, en la que se pedía el esfuerzo de poner en común las reflexiones tenidas durante el día: trabajo ímprobo, ya que la inexperiencia, la timidez nos paralizaban terriblemente. Creo que nunca el Sr. Portal volvió a ver lo que le había emocionado tanto una vez antes de la guerra: a cada uno de los asistentes, al ser preguntado, decir con perfecta sencillez, en qué punto se encontraba su vida espiritual. «El abate Bottinelli y yo. Decía teníamos lágrimas en los ojos». A veces pareció dudar de la utilidad del ejercicio, y sin embargo, ninguno de los que se sentían incómodos en estas charlas habría querido suprimirlas». Y a pesar de nuestra insuficiencia o nuestra cobardía, nada nos ha proporcionado quizás más el gusto de la vida interior. Nuestro apuro mismo nos hacía valorar mejor el precio de las palabras con las que, después de los balbuceos de algunos que se lanzaban, el Sr. Portal resumía las enseñanzas del día, atraía la atención sobre un punto y le fijaba en nuestra memoria. Era durante estas conversaciones de las noches de retiro, en la sala desnuda, iluminada apenas,  donde en bancos de madera, recogidos, le escuchábamos, cuando el Sr. Portal parecía entregarse con el mayor abandono; en esta especie de meditación en voz alta, en la que el esfuerzo mismo de la expresión revelaba la profundidad de la convicción, cuando el acento de su palabra nos llegaba más conmovedor.

Fuera de los retiros, una vez al mes, la lección ordinaria era sustituida por una conferencia sobre un tema de espiritualidad. Además, como una vez al mes los miembros del grupo consagraban juntos un domingo al estudio y a la oración. Estas «jornadas», como los retiros, tenían lugar antes de la guerra en una propiedad de Saint Germain. Desde la guerra los Normalistas fueron acogidos, con una caridad atenta y discreta, en la casa de los Lazaristas de Gentilly. El parque, las salas de estudio, la capilla de esta casa están estrechamente unidas para muchos de nosotros a algunos de los recuerdos más queridos de su época de Escuela. La fórmula de las jornadas, después de algunos intentos, se fijó de forma definitiva. Sacerdotes y laicos venían a tratar con nosotros de temas muy variados.  El Sr. Portal se sentía particularmente satisfecho cuando podía acudir a Normalistas de las generaciones anteriores. Otras veces se dirigía también a católicos extranjeros. Y durante las negociaciones del Tratado de Versalles tuvo la suerte de encontrarlos bien pintorescos. Se la arreglaba admirablemente, una vez acabada la exposición, para subrayar un detalle, hacer preguntas al conferenciante que le llevaban a completar lo que había dicho, a abordar incluso puntos que no contaba en el programa. Otra exposición tenía lugar generalmente por la mañana; se la confiaba de ordinario a uno de nosotros que nos hablaba de una vida de santo, o de alguna obra interesante de la literatura religiosa. Pero a lo que más importancia daba en estas jornadas era la misa oída en común, en la que la mayor parte recibían la comunión.

Nada como la oración en común, solía repetir. Vuestra vida interior se acrecentará cuanto más unidos estéis en la oración. El provecho que saquéis del grupo será si habéis rezado en común y os habéis dado cuenta cómo santifica esta oración

El día concluía con la oración por los difuntos del grupo, que casi todos eran los fundadores. A los ojos del Sr. Portal, en efecto, el grupo debía establecer un lazo, no sólo entre los alumnos de la misma edad, sino entre las generaciones sucesivas, y de los vivos con los muertos. Nos recordaba a menudo los nombres de nuestros difuntos; y cuando el grupo formó una biblioteca, quiso que el sello llevara el nombre del primero de ellos muerto antes de la guerra.

Había consentido con gusto en la idea de un boletín del grupo «Tala», que permitiría mantener contacto con  los antiguos del grupo. Se fundó el boletín que por desgracia, debido a los tiempos difíciles, no encontró entre los Normalistas de las generaciones antiguas la acogida que se había esperado,  y hubo que renunciar a ello, bien a pesar del Sr. Portal.

Ahí estaba sin duda lo esencial de su obra entre nosotros. No nos aportó sistemas nuevos o doctrinas personales, ni aplicó a la dirección de las almas métodos muy diferentes de los habituales. Pero, en el interior de esta pequeña fracción de la Iglesia que es nuestro grupo, él nos enseñó a tomar conciencia de la realidad profunda de la comunión de los santos. Por la puesta en común de nuestras oraciones, de nuestros esfuerzos, de nuestras reflexiones, no ejercitó en desarrollar entre nosotros esa vida de caridad que une con su cabeza a los miembros del cuerpo místico. Nos habló elocuentemente del papel de la amistad en la unión de las iglesias, porque tenía de la amistad cristiana una noción muy humana y al mismo tiempo muy sobrenatural. Conocía esa simpatía espontánea que nos acerca a algunos de los que nos rodean, el placer de volverse a ver después de una separación, de corresponder, esa delicadeza de alma que nos hace adivinar en los demás los sufrimientos, la inquietud, y encontrar la palabra, el gesto, la mirada afectuosa que, en ciertos momentos críticos, puede retener a un alma enloquecida. «Que se acerquen a vosotros, decía, para escuchar una palabra de consuelo».

Este afecto humano, esta bondad enriquecida, transfigurada en caridad sobrenatural, este lazo hecho realidad y eficacia por Cristo incorporado a cada una de nuestras amistades, a cada uno de nuestros movimientos de simpatía, ese era el ideal que él nos sugería, lo que quería que sacáramos de la vida del grupo. Llegaba hasta creer que uno de los beneficios más importantes del grupo son las amistades que se pueden hacer para toda la ida. Creía muy profundamente en la acción bienhechora del grupo como tal en dada uno de sus miembros, y estaba convencido del todo de la verdad de las palabras: «Donde hay dos o tres  reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Mantener la unión en el grupo, suscitar entre sus miembros un afecto muy cordial y sobrenatural era a sus ojos formar un hogar de caridad; era también trabajar por avivar este fuego cuyo enfriamiento ha roto el mundo cristiano,  por restaurar ese lazo cuya ruptura es un pecado contra la caridad. Nos comentaba un día la oración del IV domingo de Pascua: «Deus qui fidelium mentes unius efficis voluntatis..». Fue la última vez que le oí hablar, y me gusta que sea sobre este texto, a él que no quería ver, «inter mundanas varietates», más que una sola voluntad de amarnos todos, y no sólo a nuestro pequeño grupo, sino a todos los cristianos.

Así nos sensibilizaba de alguna manera hacia la unidad de la Iglesia. Y si acababa siempre allí, no era como algunos se han imaginado en fuerza de alguna manía o idea fija; ni tampoco por la sutil dialéctica de un espíritu sistemático habituado a ver todas las cosas bajo su propio punto de vista. Era el talante natural de un alma que ha nutrido su pensamiento religioso con la doctrina de la Iglesia, su piedad con la devoción de la Iglesia, y se coloca sí verdaderamente en el corazón del cristianismo, si es verdad que, según la palabra de Bossuet: «La Iglesia es Jesucristo difundido y comunicado, es Jesucristo entero, es Jesucristo hombre perfecto, Jesucristo en su plenitud». Nos inspiraba el deseo de trabajar por la Iglesia u de sufrir por ella. Incidía a menudo sobre la importancia del papel de los laicos en la iglesia; y no era sólo porque  hay lugares y circunstancias en los que un laico se hace escuchar mejor que un sacerdote, sino porque quería persuadirnos de que todos los cristianos tienen en la iglesia su responsabilidad. Nos prevenía contra un abuso de los términos «Iglesia enseñante e Iglesia enseñada» que tendería dejar creer a los laicos que no tienen el deber estricto de cooperar en la obra común, así como por su parte y en su lugar cooperan en la oblación dl sacrificio, comulga de la misma víctima y participan de la misma vida sobrenatural. «Si al cabo de diecinueve siglos, nos decía, el mundo no es todavía cristiano, si el número de los infieles es enorme, si los cristianos están divididos, todos nosotros somos responsables de ello; y como nosotros mismos no somos bastante cristianos el mundo no lo es tampoco…»

El mismo sentido profundo de la unidad iluminaba el concepto que nos transmitía de la obediencia a la Iglesia, no como la sumisión de quien se somete porque, en interés de todos, alguien tiene que mandar, sino como el acto de amor de quien se niega a desgarrar a Jesucristo. Nos mostraba la vanidad de toda revolución,  y el ejemplo de Lamennais, echando a perder una fuerza  incomparable y condenando a la esterilidad todo aquello que sus ideas contenían de justo y eficaz. Insistía (¡y con qué fuerza!). Él que había sabido, cuando fue necesario, detener la obra emprendida, sin por ello perder nunca la esperanza, en la serenidad y en la resignación) en que hay que llevar a servicio de la Iglesia una abnegación sin reserva; que hay que estar preparados a encontrar por parte de los católicos contradicciones, incomprensiones, hasta mala fe; que sucede que después de trabajar con toda el alma se vea uno desautorizado por los que tienen autoridad  para juzgar; que su la Iglesia es divina, sus ministros son hombres y actúan a veces como hombres; pero que, aun cuando no se entendieran bien las razones de una condena   y se viera que hay miramientos humanos en ello, no existe motivo que justifique una revolución; y que, por lo demás, el sacrificio hecho a la unidad de la Iglesia de la propia voluntad es mil veces más eficaz que todos los esfuerzos humanos.

Duro el sentirse capaz de hacer algo y no poder hacer nada. Pero nada consistente se hace sin sufrimiento; y si Dios tiene a bien servirse de nosotros, conviene recordar que no tiene necesidad de nosotros.

¡Saber perder su vida! ¡qué sentido tenía en los labios del Sr. portal la expresión evangélica! Y con qué claridad han demostrado los últimos años de su vida que su sacrificio no había servido tan sólo para su perfección personal.

Podéis mucho para la vida del grupo, escribía un día. El gran medio es siempre la santificación personal.

El Sr. Portal no se descuidaba en dejar un amplio espacia a la devoción individual: no hay vida de caridad sin la intimidad con Dios, buscada en la oración y en la práctica de los sacramentos; no hay unión entre los cristianos sin la unión del cristiano con Cristo. Nos recomendaba la asistencia a misa durante la semana, y se esforzaba  por ganarnos a la práctica diaria de la oración.

Reservaos en el día aunque no sea más que un cuarto de hora, o diez minutos tan sólo, pero todos los días. Imponeos un hábito, aunque os parezca que no conseguía nada. No os perdáis en largos exámenes de conciencia; el medio de gozar de buena salud no es estar auscultándose a cada paso. Si no podéis meditar, no os atormentéis. Dos cosas son esenciales: poneros en presencia de Dios y hacer una resolución precisa, como hacer hoy tal acto de caridad, imponerse tal mortificación.

No cesaba de insistir: no hay vida espiritual que no deba conducir a la práctica de las virtudes. En un número del boletín Tala había reunida dos textos que citaba con frecuencia. Uno es de santa Teresa: «El Señor quiere obras. Quiere por ejemplo que si veis a una enferma que podáis aliviar dejéis al punto vuestra devoción para asistirle, que le deis  muestras de compasión, que sus sufrimiento sea el vuestro, y que, si es preciso, ayunéis para que ella tenga qué comer».  El otro es de san Vicente de Paúl: «Aunque la oración sea muy necesaria a una Hija de la Caridad, os diría con todo que vuestra  principal función es el servicio al prójimo, y que estáis obligadas a salir de la oración cuando se trata de servirle. En el caso de que fuera a sufrir más si tardáis en acudir…»

En cuanto a la orientación general de la piedad, se declaraba impresionado por un cambio en la de las últimas generaciones.

La espiritualidad francesa, nos decía, desde el siglo XVII ponía sobre todo el énfasis en la grandeza de Dios, su soberanía, su justicia, la pequeñez del hombre. Hoy la tendencia es al optimismo: se ve al Padre infinitamente amante; de ahí una actitud más confiada, que hay que tener presente si exageración.

Y nos recordaba que un cristiano no podía de ninguna manera descuidar la necesidad absoluta de la mortificación. Os pido, escribía, que conservéis este optimismo en el que me he esforzado por haceros vivir. Todo hombre de acción debe ser optimista,  pero con mayor razón un cristiano. Si debe reconocer sus debilidades, debe contar con la gracia que le es suficiente,    y apoyarse en Dios, que quiere el bien infinitamente más que nosotros. Por lo tanto, confianza y alegría. Dejaos con toda suavidad llevar  por Dios hacia el fin que Él ha señalado a vuestra vida; dejaos trabajar, modelar por dios. Ya sabrá fabricar el instrumento del que se quiere servir.

Y en otra carta:

Lo que Dios os pide es el esfuerzo renovado sin cesar que se impone a nuestra naturaleza     y que debemos llevar a cabo con esa confianza del apóstol que se gloriaba de su debilidad. Nuestro destino está en «llegar» a estar unido por nuestra voluntad y por la gracia. No os quejéis pues de sentir la necesidad del esfuerzo: es el trabajo perpetuo de nuestra santificación. Para responder a la llamada de Dios, para no ser, como él decía, un obstáculo al bien que Dios quiere hacer por nosotros, nos recomendaba poner muy alto nuestro ideal. Nuestra debilidad es aceptar un ideal mediocre, ser cristianos mal que bien. El bautismo nos llama a ser santos.

El estudio asiduo que él nos aconsejaba de la vida de los santos debía tener como último fin mostrarnos en ellos ejemplos concretos de una vida plenamente cristiana.

Para explicar la fuerza de la acción ejercida por el Sr. Portal, habría que poder evocar con detenimiento y al detalle sus relaciones con nosotros. Este sacerdote que había jugado, y que estaba todavía llamado a juzgar un papel de primer plano, se  portaba con nosotros con extraordinaria sencillez. «Le veo en este momento, de pie, con los brazos un poco hacia atrás, las manos jugando con el cinturón, en su antecámara de la calle Grenelle, charlando con un grupo de recién llegados, los ojos vivos, la cabeza alzada   y la sonrisa que barraba en las comisuras de los labios el pliego un tanto amargo que se dibujaba a veces en ellos. Se dirigía familiarmente a uno, a otro, tomando el pelo a éste o aquel, participando de nuestras guasas y en nuestros apuros de admisión, como uno más de nosotros». Pronto nos tranquilizaba, y algunos que habían dudado en venir al grupo, que temían el alistamiento, eran pronto conquistados. La franqueza de su acogida no era menos tranquilizadora. Respiraba la lealtad. El modo de responder a las preguntas, a las objeciones, sin anegarlas en la retórica, confesando cuando era preciso las dificultades era más eficaz que todos los recursos dialécticos y hacía contagiosa la serenidad de su fe. Más aún, la lealtad irradiaba en todas las relaciones con nosotros, si hacer ningún esfuerzo por seducir. Sin ser en absoluto un «ñoño», no tenía tampoco nada de profano. Nunca se le veía excusarse  por hablar de su fe, querer hacer olvidar que era sacerdote. Nunca daba la impresión de que hacía concesiones por diplomacia ni  de que, por acomodarse a nosotros, consintiera en dejar de ser él mismo.

Al conocerle mejor, nos dábamos cuenta del afecto que profesaba al grupo y a cada uno de sus miembros. La amistad que nos recomendaba entre nosotros, la practicaba hacia nosotros; y nada tendría de exagerado el decir que él fue verdaderamente nuestro lazo de unión, que hemos seguido amándonos en él. No le cegaban nuestros defectos, y me imagino que no tanto como nuestra presunción pero no le debían caer muy bien esa «Broma», esa ironía perpétua a la que recurríamos pesadamente. En alguna ocasión le producíamos daños al dispensarnos, por ejemplo de asistir a una reunión mostrando indiferencia por el grupo; pero él se olvidaba generosamente y no se quejaba nunca. Él no se nos adelantaba, pero nada más llegar donde él nos veíamos sorprendidos de encontrar tanto afecto. Su acogida era espontánea, reservándonos la tarde del viernes, «Cuando salí de la Escuela  para desempeñar un puesto próximo a París, al enterarse de que no podría hallarme en París más que un día a la semana, me mandó a decir espontáneamente que estaría a mi disposición ese día. Y su bondad llegó hasta avisarme una vez, desde Malinas, que nos estaría en casa el lunes siguiente». Nunca tenías la impresión de que se le molestaba. Invitaba con agrado a comer a aquellos antiguos que se hallaban de paso por París. En ocasiones daba consejos sobre la instalación de un piso. Amenazaba seriamente a la cocinera de un matrimonio joven si no preparaba a sus señores buenos alimentos. Pero ante todo sabía consolar a los que sufrían. A un compañero nuestro que atravesaba una crisis dolorosa le escribía reprochándole su silencio:

Vuestro silencio, no puedo ocultarlo, me ha producido mucho dolor. Debisteis escribirme, aunque no fuera más que por amistad…, estoy convencido de que sintiendo por vos un verdadero afecto os habría producido mucho bien… La amistad es buena por sí misma y creo en sus felices efectos, aunque no se dirige a algunos directamente.

¡Cuántos, que apenas le conocían todavía o que no le habían hablado más que de sus estudios o de pequeños sucesos de sus vida (porque lo escuchaba todo), descubrieron  un día, con ocasión de un fracaso, de un duelo, la bondad que se disimulaba bajo tanta reserva!

Y es que su cualidad más destacada quizás era la discreción. Se tratara del grupo o de dirección espiritual,  parecía siempre temer imponerse. En la dirección del grupo se mantenía apartado casi en exceso, nos parecía a nosotros; nos consultaba  y nos dejaba decidir. «Prefería dejarnos querer lo que él quería y esperar a que sus ideas germinasen en nuestros espíritus… Su acción humana consistía en proteger al grupo más que en dirigirle. Cuando reprochaba uno de nuestros proyectos, no decía nada, o todo lo más: «sed prudentes, reflexionad…; no os aconsejo… Obrad como veáis». Y seguíamos su parecer, no por vanidad de chicos mayores satisfechos por haber sido tratados como hombres, sino porque teníamos una confianza absoluta en él.

En sus relaciones con la Escuela mostró la misma reserva. Quería que fuéramos buenos normalistas y que no se pudiera acusar al grupo de perjudicar nuestro trabajo. Nos aconsejaba respetar el reglamento, y así fue que, cuando se decidió que la puerta se cerrase  por la noche a las diez, a pesar de algunos que soñaban con enfrentarse a la autoridad, quiso que nuestra reunión del lunes por la noche fuera breve  y comenzara antes. Tenía a gala no haber penetrado nunca en la casa de la calle Ulm. Sin embargo su papel en ella era conocido y apreciado. Con ocasión de su muerte, el director quiso expresar afectuosamente a los miembros de grupo su solidaridad con ellos.

Por la demás el Sr. Portal hacía extensiva esta discreción a toda la vida del grupo. No le gustaba que se hablara de nosotros, pensando con santa Teresa que los verdaderos espirituales son gente de «poco ruido». Cuando Su Eminencia el cardenal arzobispo de París expresó espontáneamente el deseo de asistir a una de nuestras reuniones, no sé si el el primer sentimiento suyo no fue una especie de espanto. A pesar de ello no se  arrepintió de nada después. El cardenal se mostró con nosotros tan cordialmente paternal,   prolongó la conversación con una complacencia tan manifiesta, que su presencia no privó en nada a la reunión de intimidad, el Sr. Portal no disimuló su satisfacción.

En la dirección individual sobre todo daba pruebas de una discreción extraordinaria. No trataba de  provocar las confidencias, esperaba a que se abrieran espontáneamente. Cuando sentía una resistencia a sus consejos, no insistía por el momento, y se tomaba su tiempo antes de volver sobre el asunto. Esta discreción era maravillosamente eficaz con los jóvenes fácilmente recelosos. A veces hasta nos desconcertaba. . Su reserva e indecisión buscada eran para nosotros un comienzo de dificultad, hasta el punto de que la confianza que testimoniaba a nuestras inspiraciones  y la audacia que nos permitía así tener al seguirlas, eran algunas veces para nosotros motivo de asombro… Nos liberaba, rompiendo los lazos que forjaban nuestras aprensiones y nuestros prejuicios, con un optimismo que no era sabiduría humana. Y todo sin brusquedad, con esa paciencia y algo de esa suavidad en la acción de Dios en nosotros, que saca bien del mal, sirviéndose incluso de nuestras debilidades.

Estaba dotado sin duda de un tacto natural y, si se quiere, de cultura de hombre del mundo. Pero en ello se dejaba sentir ante todo algo mucho más profundo. Su discreción, como su bondad, como su sencillez, eran tan naturales solamente porque ponían de manifiesto una vida interior alimentada de humildad y caridad. Temía sustituir la acción de Dios por la suya, perseguir más que la gloria de Dios la satisfacción de su voluntad  propia, amor su obra más que a Dios y a las almas. De esa manera su ejemplo ilustraba los consejos que daba a nuestro apostolado. No se convierte a los otros por medio de discusiones, sino demostrándoles su no9 se los desprecia, que se los quiere, poniéndose a su servicio como al propio servicio de Dios.

Cuando nos hablaba (¡cosa extraña!), el silencio era religioso. «La primera vez, cuenta uno de los nuestros, que le oí hablar de la oración, sus palabras no sólo me trasmitieron estima y deseo, sino que fueron como una primera experiencia».  –Si daba consejos prácticos, si evocaba recuerdos de su campaña por la Unión, si trataba un tema de espiritualidad, le sentíamos sin rebuscamiento y sin elegancia, la elocución lenta y cortada por silencios; pero aquella palabra expresaba un alma, estaba cargada de experiencia, de sinceridad, de caridad. «La fuerza del cardenal Mercier está en la caridad, nos decía». Si a muchos de nosotros, incluso a aquellos que tenían ya hábitos religiosos, reveló el Sr. Portal la vida espiritual, si nos mostró en el misterio de la iglesia «¡Sint unum!» «Mandatum novum… ut diligatis», el corazón mismo del cristianismo, más todavía que a sus enseñanzas se lo debimos a la irradiación de su alma ardiente de caridad.

15 de octubre de 1928, en la fiesta de santa Teresa PRAT.

Aquí se inserta naturalmente el testimonio curioso que Santiago Chevalier nos aporta sobre la acción del grupo católico en el seno de la Escuela Normal. Había sido uno de los más asiduos y de los más celosos de los primeros estudiantes que se unieron al Sr. Portal, le ayudaron a constituir su grupo, pero que debieron abandonar pronto, cuando sus funciones respectivas los enclavaron lejos de París. Entre los amigos de los comienzos se encontraban M . Legendre, P. Hazard, J. Wilbois, J. Zeiller, J. Calvet…trabajadores ardorosos, todos los cuales se labraron un nombre en las letras y en el pensamiento.

Esto es lo que refiere Santiago Chevalier.

La vitalidad, la cohesión y la acción del grupo católico en la Escuela Normal no pasaban desapercibidas. Algunos se inquietaban por la fuerza creciente de este movimiento y por los éxitos que le acompañaban. Existe un curioso eco de esta inquietud en un artículo aparecido en 1913 en la Guerre Sociale, que dirigía por entonces Gustavo Hervé. Este llevaba a cabo una encuesta sobre el espíritu de reacción en los diversos medios. Un camarada socialista proporcionó al redactor la información necesaria a un artículo sobre «La reacción en la Escuela Normal Superior». Casi toda ella era exacta.

«El Tala, escribía Juan Texier, es en la Escuela Normal el  partido de los católicos practicantes.

«No es precisamente un reaccionario, a menudo incluso se declara republicano demócrata   y dispuesto a aceptar reformas sociales. Pero el tala conservador, ¡Dios sea alabado! Existe y   prospera. Todas la gama de reaccionarios existe en la calle de Ulm, ya que allí llega uno a encontrarse con algunos monárquicos y un bonapartista, por extraño que parezca.

«Los talas (y ahí está el origen de este sobrenombre) van a misa todos los domingos, algunos hasta todos los días. Los que están afiliados a la conferencia San Vicente de Paúl se reúnen con regularidad, organizan discusiones, interesantes por lo demás (pues después de todo no son unos imbéciles) y tratan de coordinar su acción y propaganda. De convecciones profundas, manifiestan de modos diferentes su entrega a la causa del Señor. «la propaganda de los talas dentro de la Escuela es discreta pero hábil. No es nada raro encontrar por los pasillos a grupos de tres jóvenes recorriéndolos a grandes trancos mientras discuten con una seriedad imperturbable. A veces se trata de dos talas que rodean a un recluta a quien se han comprometido a convertir. Lo escogen por  lo general de entre la masa de los amorfos. Que se trae, en lo posible, de un joven, y (algo interesante) inteligente, porque el partido católico necesita hombres… Esa gente es verdaderamente muy fuerte».

Este artículo traduce bien los sentimientos del Normalista católico hacia el grupo: verdadera admiración, en apariencia una condescendencia algo desdeñosa, en el fondo una admiración callada y, a grandes rasgos, una interpretación errónea de actuaciones que nada temían de maquiavélico.

El informador de Juan Texier se equivocaba si pensaba en no sé qué plan descabellado de propaganda. Hombres como Luis Bouzol y Veerkamp no eran sargentos de reclutas, con afán de alistar almas. Lo que los socialistas de la Escuela no habían percibido (¿acaso podían ni pensarlo?, era la fraternidad y la caridad que unían a los miembros del grupo católico, ni tampoco el desinterés absoluto por las cosas terrestres. Tenían un maravilloso ideal que aspiraban a difundir en torno a ellos.

El Sr. Portal trataba de hacer de estos jóvenes verdaderos cristianos. Con frecuencia escogía como temas de conferencias que versaran sobre los fenómenos de la vida mística, o sobre los héroes de la vida interior. Así es como Legendre da una conferencia sobre «las características de la devoción y de la santidad española». En la reunión del 26 de enero de 1914, Mons. Baudrillart habla sobre «la vida interior de Mons. Hulst». El 2 de marzo, el abate Guillaume sobre «la teología y la vida interior». En el retiro de Quasimodo de ese mismo año, el propósito fue «renovar la vida espiritual», establecer entre los ejercitantes una amistad religiosa, con el fin de entablar relaciones estrechas con algunos sacerdotes, elegidos, afectos particularmente al grupo.  –el 7 de junio de 1914, en la «Jornada de San Germán», el Sr. Baruzi toma la palabra sobre «santa Teresa y los estados de oración». En la reunión del 12 de junio, en la calle de Grenelle, casi todos los ejercitantes fueron interrogados sobre su devoción personal. «Constaté en todos, dice el Sr. Portal, una sencillez perfecta».

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