Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo VII)

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Autor: Hipólito Hemmer · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. .
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Capítulo VII: El sr. Portal y Rusia

Desde muy temprano Rusia había atraído la atención del Sr. Portal, y esto por diferentes partes. Sus amigos de Inglaterra, lo mismo que los de Francia, estaban en relación con ese país. El Sr. W.–. Birckbeck, quien había sido junto con lord Halifax un de los más fervientes celadores de la Unión, había trabajado por ella, no sólo en Inglaterra, sino también en Roma, donde tenía entrada libre con el cardenal Rampolla, era también uno de los hombres que mejor conocía Rusia.

Dueño de una gran fortuna, había podido visitar Rusia en todos sentidos. Pero no viajaba como turista aficionado. El interés de su vida se había concentrado en las cuestiones religiosas, y toda su ambición era trabajar por la unión de los cristianos. Sucesor de esos Ingleses de quienes escribía en 1848 A.-S. Khomiakoff: “he hallado en Inglaterra una  simpatía profunda y fuerte por nuestra iglesia. Es difícil creer con qué frecuencia y qué ardor se expresa entre ellos el amor, o por mejor decir la sed, de la unidad eclesiástica”. La familia imperial la honraba con su amistad, y con ocasión del matrimonio de Nicolás II con la princesa Alicia de Hesse, nieta de la reina Victoria, había contribuido a esclarecer ciertas dificultades dogmáticas, cuando la joven gran duquesa había pasado a la ortodoxia. También quiso el zar que tuviese un lugar seleccionado en la catedral de la Asunción en las ceremonias de su coronación. Más tarde, en 1912, fue también el invitado especial del emperador a las fiestas de aniversario de Borodino; Y recordaba, no sin orgullo, que había asistido con su librea de camarero, cuando los propios embajadores extranjeros no eran invitados. Es cierto que le gustaban estas solemnidades, y también todos los detalles de la piedad ortodoxa: los oficios de las Iglesias, la vida de los conventos, los bellos iconos, los cantos eslavos que adaptaba llegado el caso para mandarlos ejecutar en las Iglesias inglesas. Cuando murió Alejandro III, había traducido así, para la capilla de Windsor, una antífona de los muertos. Y esta oración de la Iglesia de Inglaterra por el alma del difunto emperador había producido muy buen efecto en Rusia: Liturgista benemérito, Birckbeck no tenía otro placer mayor que acompañar en persona, en la capilla de Stratton-Strawless, los cantos del oficio, ejecutados a coro por todo la casa. Era, según la palabra de uno de sus amigos de Rusia, un verdadero churchman. Era también el mejor de los hombres y cuantos le conocían le llamaban con espontaneidad “el buen Birckbeck”.

Cuando Tavernier y Lorin daban a conocer al Sr. Portal la importancia de Soloviev, Birckbeck le revelaba otro pensador ruso, de medio siglo antes, quien fue el alma del gran movimiento de pensamiento conocido bajo el nombre de eslavofilismo; Khomiakoff . Había publicado su correspondencia en inglés con un diácono de la Iglesia anglicana, W. Palmer, que pensó largo tiempo en entrar en la iglesia ortodoxa, pero que, rechazado  por la estrechez intolerante de los prelados orientales, pasó finalmente a la iglesia romana.

Birckbeck no fue sin duda ajeno a la elección que hizo el abate Morel de las obras de Khomiakoff como sus primeros estudios de la teología rusa. Le había dado en todo caso recomendaciones que le abrieron las puertas más interesantes de la sociedad de san Petersburgo. Enrique Lorin, por su parte, le había recomendado a no sé qué gran personaje de la policía; y fue por él por quien llegó hasta procurador del Santo Sínodo, Sabler.

Morel había entrado, por mediación de Birckbeck, en relación con la familia Khomiakoff; y fue en la propiedad de su hijo, Dimitri Alexievitch, en Boguotcharovo, cerca de Tula, donde encontró la muerte bañándose en una laguna. Dejaba apenas, aparte de sus notas de viaje, unos esbozos teológicos y la muy notable carta al general Kireiev, donde define admirablemente la posición de las dos Iglesia: oriental y occidental,  y el método positivo que conviene emplear para acercarlas. Cuál hubiera sido la última palabra del abate Morel? Algunos días antes de su muerte escribía: “Mi estancia en Petersburgo… no ha producido los resultados que soñamos; no he acertado con el hombre que nos haría falta, y me pregunto si el estado de ánimo que buscamos se halla en alguna parte de Rusia”. Sus amigos de Moscú habían advertido en él, al mismo tiempo, una especie de desánimo, un pensamiento de dejar a un lado la obra rusa, que procedía sin duda del estado de cansancio y de depresión.

De todas maneras, su muerte era una verdadera catástrofe. Había que ser el Sr. Portal para no desmoronarse del todo. Un año después, enviaba de nuevo a alguien. Esta vez era un laico, que tenía que ver con Rusia por la familia de su madre, que supo, en el mundo ruso y en el mundo francés de allí, encontrar los enlaces de Morel; observar, escuchar, interrogar y quien, el invierno siguiente, dio a la Revue catholique des Églises una serie de artículos notables sobre el alma rusa.

Mientras tanto, un colaborador distinguido, muy buen conocedor de la lengua y de los asuntos rusos, se había presentado al Sr. Portal. Siempre pronto a acoger  y animar las buenas voluntades, éste quería sin embargo  que la confianza recíproca reinase en el trabajo común y pidió al recién llegado que le avisara si un día no se sentía con plena libertad para su colaboración. La promesa fue hecha y cumplida. Algunos meses después, el Sr. X. avisaba con toda lealtad al Sr. Portal que no continuaría trabajando para la revista.

Si embrago, durante el verano de 1906 me decidí a intentar el estudio del ruso. Hasta entonces, no sentí en es e particular más que un mediocre atractivo. Pero la idea del Sr. Morel me obligaba a hacer al menos u intento. Íbamos a dejar el surco a un obrero semejante sin intentar su relevo? El resultado fue favorable: la nueva lengua no me pareció tan terrible como creía; y el pensamiento ruso, por lo que logré entrever por mis primeras lecturas, me reveló una concepción del mundo importante en extremo para el estudio de la Iglesia y para el acercamiento del Oriente y del Occidente.

Al llegar las vacaciones de 1907, el Sr. Portal me sondeó para ver si yo aceptaba pasarlas en Rusia. Al conocer mi respuesta afirmativa, me llamó unos días después y me puso en contacto con el Sr. Nepluyef, fundador y primer presidente de una obra de comunismo, organizada  por él en sus dominios, en el gobierno de Tchernigor. Era un tipo bien curioso este gran señor, de un corte tan aristocrático, de una cultura tan extensa, que hablaba el francés a la perfección, que podía figurar en los salones de cualquier embajada o corte de Europa y que contaba, con la convicción y el acento de un profeta, cómo inspiraciones misteriosas le habían rogado que se dedicara a la educación del pueblo ruso,  –cómo unos sueños le habían revelado su vocación, tanto como estudiante en Petersburgo, como de agregado en la embajada de Munich,  –cómo, desde hacía veinte años y más, trabajaba en las escuelas y en la confraternidad fundada por él en organizar la vida sobre las bases de la caridad cristiana, o como le gustaba decir, del amor vivo,  –cómo su madre y sus dos hermanas se habían unido a él en esta misión,  –y cómo toda su fortuna y sus propiedades, que eran inmensas, debían formar el patrimonio de esta obra magnífica. Y, no contento con su Confraternidad Obrera de la Exaltación de la Santa Cruz, soñaba todavía con una Confraternidad de todas las Rusias, destinadas a propagar el mismo ideal. Trataba también de encontrar en el extranjero, y en su falta, de suscitar el mismo espíritu. Y no se trataba de puros sueños: la gran comunidad de Vogdvijensk estaba seria y sólidamente construida, en los cuadros de la Iglesia ortodoxa; y, en vísperas de la guerra, comprendía unas doscientas personas de toda edad mostraba lo que una buena formación podía obtener del pueblo ruso.

Las comunicaciones que el Sr. Nepluyef hizo sobre su Confraternidad en el 82 de la calle du Cherche-Midi causaron gran impresión. “Estábamos atónitos”, según la expresión que Sr. Portal gustaba emplear. Nepluyef, por su  parte, estaba encantado por la acogida que se le tributó;  y desde entonces el nombre del Sr. Portal se hizo popular en Vodzvijensk; y su obra quedó clasificada como uno de los lugares donde se trabajaba verdaderamente por el triunfo de la caridad y la unión.

La Cofradía Obrera gozaba de un ambiente extremadamente simpático. Distaba  mucho de representar a toda Rusia, pero se podía en este aspecto sentirse unido profundamente con este país y encontrar un verdadero eco a los ideales unionistas. Tal vez resultara difícil elaborar en ella una teología de la unión; se la tenía allí pro algo que pudiera parecer defectuoso no sólo a los católicos sino también a los ortodoxos. Se llegaría a admitir un intercomunión poco compatible con la verdadera noción de Iglesia

Un día quise, por tranquilidad de conciencia, y sin ninguna intención de polémica, no apologética, abordar con el Sr. Nepluyef el problema de la Iglesia.

“No habría modo, le decía yo, para llegar a entenderse de partir de los primeros siglos, cuando la Iglesia todavía estaba unida, y de estudiar unidos los documentos históricos de la antigüedad?  –Me temo mucho, dijo entonces mi interlocutor, que vayáis por mal camino que os impida hacer el bien que podríais hacer. La Historia no prueba nada; sólo el amor vivo cuenta”.

Me di por aludido y me guardé mis razonamientos. Además que eso era  mejor que su teología; y estaba sinceramente unido a la Iglesia; y eso era sin duda lo que preocupaba en las altas esferas, y sobre todo al Alto Procurador del Santo Sínodo, Pobedonostser. Éste había llegado a encontrar una solución elegante para ponerlo todo en orden: era hacer a Nepluyef obispo de Tchernigov, de esta forma habría sido el jefe espiritual legal de su propia Cofradía. Pero Nepluyef no sentía ganas de dejarse, como decía él, “meter en el bolsillo” por el Alto Procurador. Además su vocación era trabajar como laico y dar ejemplo a los demás; y para ello había recibido la bendición de un staretz conocido por su santidad. El afecto de la Cofradía Obrera hacia el Sr. Portal y su obra no se enfrió nunca, y sus amigos fueron siempre acogidos en Vodzvijensk con una cordialidad fraterna. Una excelente persona, la señorita Chipovsky, gran amiga de la familia Nepluyef, se complacía con su papel de agente de enlace. Venía encantada a la calle de Grenelle, y su mayor contento era tener al Sr. Portal en los tés que ofrecía en el hotel de Léna.

Por el Sr. Nepluyef fue por quien entré en relación con el propio hijo de Khomiakoff, Dimitri Alexievitch, en cuya casa había muerto Morel. Habíamos hablado varias veces juntos del poeta y teólogo eslavófilo, que era tenido en gran consideración en Vodzvijensk, más todavía como poeta que como teólogo. Por otra parte, el Sr. Nepluyef había conocido en París a un rusófilo, el abate Oger, quien había manifestado el mayor entusiasmo por la cofradía, y anunciado la idea de traducir a todo Khomiakoff al francés entregando las ganancias de la edición a la obra de Vodzvijensk. Cuando Nepluyef encontró a Khomiakoff, en Petersburgo, confundió sin duda sus recuerdos y le pidió para mí algo en lo que yo no había pensado: la autorización de traducir las obras de su padre. Esta circunstancia decidió mi vocación eslavófila   y nos puso en relación con un círculo muy restringido, pero interesante, el de los eslavófilos de Moscú, Dimitri Khomiakoff y Teodoro Samarine, el sobrino de Jorge Samarine, También unido al recuerdo y a las tradiciones de su tío, como Dimitri Khomiakoff a los de su padre.

Los eslavófilos eran nacionalistas, pero más idealistas que nacionalistas: su sueño era el triunfo universal del verdadero espíritu cristiano, que era, según decían la vocación de Rusia. “Mi padre, repetía Dimitri Alexievitch, decía que la división de las Iglesia era el peor de los males que habían caído sobre la humanidad”.

Por otro lado, al estudiar afondo los principios de las civilizaciio9nes oriental y occidental, las causas de su divergencia, su presente y su porvenir, los pensadores moscovitas indicaban el camino que seguir para preparar entre dos mundos una unión sólida. Hombres como D. Khomiakoff y T. Samarine no estaban aún dispuestos a reconocer con lord Halifax que Roma debía ser real y efectivamente la capital del mundo cristiano; pro con tales espíritus se podían abordar con valentía los grandes problemas, se podían intercambiar deseos sinceros de unión y alimentar la esperanza de que un día lleguemos a entendernos. Había pues por esta parte como por la de Inglaterra algo que hacer. Y fue una gran satisfacción para el Sr. Portal ver que verdaderamente se establecían contactos con Rusia.

Una vez puesto en comunicación con Khomiakoff, continué la correspondencia y me puse a estudiar los ocho gruesos volúmenes, en prosa y en verso, que representa la obra literaria de Alexis Stepanovitch. La lectura de su correspondencia me descubrió el fondo de su pensamiento, que no me había sido dado por sus obritas teológicas francesas. Todo en su obra se desarrolla en función de la vida y de la más alta expresión de la vida, la vida moral realizada por el amor fraterno. Era es. Según él, la idea, la esencia mismo de la Iglesia. Poner el acento en la organización exterior es caminar hacia el formalismo y el utilitarismo, características (a su parecer) de la tendencia occidental. A la tesis eslavófila no le faltan, naturalmente ni exageraciones ni prejuicios. Pero se trata de un punto de vista que merece un estudio serio; y decidí consagrar una tesis al pensador ruso. Entretanto me suministró, al mismo tiempo que la obra social de Nepluyef, el tema para algunos artículos en la Revue catholique des Eglises. El elemento oriental se acusaba en ella cada vez más. Para finales del año abría sus páginas a excelentes artículos del P. Palmieri, uno de los católicos más puestos al día en asuntos de Rusia. Un sacerdote polaco se propuso responder al P. Palmieri, y el Sr. Portal estaba encantado, pues era del parecer de que una controversia bien llevada es el mejor medio de mover las ideas.  –por entonces seguía con atención el movimiento que se respiraba en el congreso de Velerhad, en Moravia, donde antiguamente radicó la cátedra arzobispo, y la tumba (sin recuperar aún) de san Metodio, hermano de san Cirilo, y con él apóstol de los eslavos. Se había decidido celebra allí periódicamente reuniones de sabios que se interesaban en las cuestiones de la Iglesia. Del eslavismo, del Oriente. También se presentaron trabajos notables, estudios teológicos, que no dejaron de llamar la atención de la mirada despierta del Sr. Portal. Los primeros años se hallaban allí incluso, en medio de los teólogos católicos, ortodoxos distinguidos, como el P. Maltsev, encargado de la parroquia rusa de Berlín, quien leyó un destacado informe sobre la epíclesis. Las actas del primer congreso de Velerhad fueron objeto de un interesante artículo de la Revue des Eglises.

Mientras daba estos pasos de acercamiento, no se le ocultaban al Sr. Portal las dificultades, de entre las que la principal es la mezcla de la religión con la política. Basta citar a los rusos, Polacos, Ucranianos, para sugerir viejas rencilla, las rivalidades, las ambiciones, los sueños, las animosidades que no dejan de aparecer, aun entre católicos: Cuesta trabajo, además, persuadir a los Rusos que estas reuniones son ajenas a la política: “Siempre es útil aprender a conocerse mutuamente, escribía uno de ellos; esto supuesto, sin embargo no creo que puede salir bien alguno práctico de algo que no se basa en el amor puro y sencillo, en el terreno de la fe: no quiero decir que aquellos que van a reunirse en Velerhad no se sientan movidos por la benevolencia mutua (que es antesala de la caridad); pero os dais perfecta cuenta de que lo que domina es un arreglo, un convenio, y no sencillamente un movimiento espontáneo, la sola base con validez para un convino serio, verdadero”. La palabra misma Unión sigue siendo hasta el momento eminentemente sospechosa para los rusos. “Si se ha hablado tan sólo del modo de efectuar una unión entre las partes desunidas, dudo de que se llegue a resolver esta cuestión: sólo se conseguirá llegar a plantear una propaganda más eficaz. Pero es acaso la propaganda un camino hacia la unidad de fondo?  o se dirige sólo hacia la victoria de unos sobre los otros? Hasta hoy Occidente, tanto religioso como político, no ha considerado al Oriente más que como objeto de anexión; y si esta idea hubiera cambiado, también habría cambiado al modo de actuar hacia nosotros”.

El autor de estas líneas, D. Khomiakoff, no englobaba al Sr. Portal y su obra entre los  occidentales de los que recelaba. A raíz de una visita de Birckbeck, escribía: “Birckbeck me ha dado ha hecho conocer un poco lo que es el abate Portal. Será sin duda muy interesante conocerlo personalmente. Por qué no se acercará un día hasta… Escitia?” Algo más tarde llega a conocerle algo mejor gracias al libro de lord Halifax sobre las órdenes anglicanas. Por lo que me habíais contado de él, me había formado ya una idea simpática del Sr. Portal; pero gracias a Halifax me parece haber conocido en persona al digno abate”. El ideal de Khomiakoff era “alzarse a un grado de comprensión, desde el que oriente y Occidente no constituyen sino una sola cosa, sin perder sus respectivos rasgos particulares y características”.

El contacto profundo habido con ciertos puntos de la vida y pensamiento rusos habrían podido perfectamente tener eco en la redacción de la revista. Pero había llegado el momento en que debía desaparecer! Pero el Sr. Portal no se desanima; se siente más acuciado que nunca en suscitar vocaciones rusas. Abre de par en par las puertas de su casa a los jóvenes  a quienes no intimida el estudio un poco difícil del ruso; les facilita la estancia en París, el viaje y hasta la estancia en el extranjero, valiéndose para ello de las nuevas relaciones que se presentan sin cesar. Así fue como encontró verdaderos amigos entre los Padres Asuncionistas, que han hecho y siguen haciendo tan buen trabajo en Rusia, en Kiev, en Odessa, en Vilna, en la cuenca del Don, y ahora todavía en Moscú, viéndose incluso intentos de sobrepasar Rusia.

Un joven monje serbio, que llegaría a ser obispo, proseguía sus estudios en París. También él dio con el camino hacia la calle de Grenelle, seducido como los demás por el espíritu que reinaba en ella. Después de marcharse continuó escribiéndose con “sus buenos amigos de París”. “No querría, escribía desde Ginebra, que nuestra amistad se acabe el alejarme de Francia”. Y sus cartas terminaban siempre con un buen recuerdo para el Sr. Portal. Daba a conocer entre sus amigos, en el extranjero, nuestra obra y los folletos que difundían su espíritu. “Nuestra querida obra común, escribía en otra ocasión, la que nos ha sido legada por Cristo Nuestro Salvador, la Unión de todos los que creen en su obra de salvación se encuentra en estos   por decirlo así detenida. Lo que no nos impide de ninguna forma preparar el terreno para un momento más propicio y más favorable. El Señor no nos dejará de su mano”.

Lo que entristecía a nuestro amigo de Serbia eran los reproches que en el mundo ortodoxo se hacían entonces a la propagando católica en Rusia. “La propaganda de los jesuitas en Moscú, la participación de Vertsinski en esta obra, su propaganda alemana; las disputas de los propios católicos entre ellos, la revelación hecha por ellos mismos de un cúmulo de absurdos y de una actitud malévola haca los ortodoxos; todo acabó por convencer a Maltsev  de que había que desconfiar más de civilizaciones hermanas”, Se hace aquí mención de los congresos de Velerhad, a los que había acudido Maltsev, desoyendo a gran número de amigos.

“Los adversarios de la empresa de Velerhad, continúa la carta, se atribuyeron nuevos triunfos cuando se demostró, con pruebas al canto, que el metropolitanos de Lvov mismo había llegado en secreto a Moscú, en varias ocasiones, que apoyaba a los propagandistas y su acción ilegal: Claro que  Maltsev no puede defender a Cheptitzki; lamentaría haber depositado en él su confianza  y haberle dado la mano en señal de unión fraterna”.

Por estas líneas se deduce cuán delicado es la obra de la unión y cómo se justificaba .a actitud del Sr. Portal, llena de caridad y de lealtad perfecta. Todos ponían en él su confianza. “Conservo de él, continuaba nuestro amigo, el mejor de los recuerdos… En nuestro Glasnik he escrito dos cartas sobre la misión del Sr. Portal … y también un artículo sobre el abate Morel. Ambos han dejado entre nosotros una huella de simpatía”.

A punto estuvo de que se fundara otro en Bulgaria, pero el verdadero centro era París y era en él donde se manifestaba la influencia del Sr. Portal donde él veía una y otra vez a sus jóvenes amigos en las clases del Sr. Boyer donde habría deseado ver inaugurarse la enseñanza del ruso en el Instituto Católico, sin dejar escapar ninguna ocasión como la de una conferencia.

Su pensamiento abarcaba el mismo campo que su acción. Creo poder decir que sentía cierta inclinación por la tendencia eslavófila, sin descuidar en nada las demás, Deseaba que se estudiara de igual modo la tendencia occidental, y a ello animaba a  sus estudiantes. Veía con agrado que uno de sus amigos se ocupara de Tchaadaev quien por los años 30 había proclamado elocuentemente (como se dice en Rusia) en célebres artículos la necesidad de volverse hacia la Europa católica y unirse a ella en la obra de la civilización universal, iniciada por Soloviev, con quien se relacionaba el Sr. Portal por medio de sus amigos de París. Acaso no se había compuesto entre ellos, o al menos concluido “Rusia y la Iglesia universal”?

El amor de Rusia, decía el Sr. Portal en su hermosa conferencia de Lovaina, de la santa Rusia, queda de manifiesto con todo esplendor en esa obra y las prerrogativas del Papado se exponen con una maravillosa inteligencia de la constitución de la Iglesia. Se puede decir con toda razón que es un hermoso fruto de la amistad.

Y el conferenciante hacía notar a su auditorio que:

La unión de las Iglesias era el pensamiento dominante de Soloviev; el que lo llevó hasta Stroosmayer, el gran obispo de Diakovo y apóstol de la Unión entre los Slavos.

El estudio de este pensador se imponía tanto más cuanto que todo el movimiento filosófico ruso a principios del siglo XIX se hacía más o menos bajo el signo de Soloviev. Por doquier se veían sociedades Soloviev. Gozaba de los favores del clero como da los laicos. No sin razón había hecho un hueco a la mística, a la teosofía, a la apocalíptica, temas ignorados, o por lo menos desdeñados por los eslavófilos. También Berdiaiev les reprochaba haber ignorado el profetismo, “el temblor apocalíptico, el estremecimiento escatológico”.

No se podrá dirigir el mismo reproche a Soloviev. Es justo reconocer en el pensamiento ruso, incluso popular, una vena de tradición mística extraña, a veces horrible: Basta con recordar la doctrina de los Raskolnikofs y sus suicidios colectivos. Y se podría también citar por igual más de una página d Dostoievski, con su experiencia del poder del mal. Que tanto abrumaba por momentos a Soloviev.

El Sr. Portal habría querido encontrar a alguien que se dedicara por entero a Soloviev. El trabajo del P. D´Herbigny no acababa de satisfacerle, comenzando ya por el subtítulo: “Newman ruso”.  –Soloviev no recordaba a Newman ni por el punto de partida no por el de llegada. Según el juicio de Tavernier, a la vez que reconocía formalmente el primado de Roma, siempre creyó que la Iglesia rusa pertenecía a la Iglesia universal. Con todo, esta idea no entra en contradicción con el cuadro apocalíptico que pone término a “Les Trois Entretiens”. Explicaría asimismo cómo Soloviev recibió los últimos sacramentos de las manos dl sacerdote ortodoxo d´ouzkoé, a las puertas de Moscú. La señora Bezobranov, hermana de Wladimir Soloviev, de paso por París, visitó al Sr. Portal y le confirmó esa interpretación de los sentimientos  de su hijo. En todo caso, estos detalles y la verdadera posición teológica de Soloviev merecen ser estudiados a fondo.

Fue a través de las tendencias modernas de la literatura como el Sr. Portal pudo establecer algún contacto. Merijkovski conoció también el camino de la calle Grenelle y el Sr. Portal recibió un ejemplar del libro Le Tsar et la Révolution en  “homenaje y simpatía profunda de los autores”. Pero el evangelio predicado por Merijkovski, asistido por Z. Hippius y Dimitri Philosophoff, no podía en manera alguna servir de base a la unión de las Iglesia; y se les dejó a un lado con discreción.

No fueron los únicos rusos que vinieron a llamar a la puerta del Sr. Portal. Se presentaron de todos los rangos. Siempre acogedor y bueno, era demasiado inteligente para dejarse engañar: Llegaron quienes querían pasarse a la Iglesia romana. Pero él nunca creyó que su papel fuera promocionar las conversiones individuales, sin que por ello negara el auxilio espiritual a las almas que se dirigían a él; nadie fue nunca más fiel que él a sus deberes de sacerdote católico.

Los problemas prácticos no ocupaban menos lugar en las preocupaciones de la Iglesia rusa que los teóricos de comienzo del siglo XX. Sobre todo después de la revolución de 1905 sólo se hablaba de reformas por todas partes: reforma de la alta administración eclesiástica, reforma del clero, reforma de los conventos, reforma de los seminarios. Iba a tener lugar un concilio de todas las Rusias? Se iba a nombrar un patriarca? La mirada atenta del Sr. Portal seguía todos estos movimientos. Al no serle posible darlo a conocer en la Revue des Eglises, buscaba para sus amigos otras salidas, otros órganos en los que continuar su trabajo de información. Gracias a él, y por el intermedio de Tavernier, pude escribir en el Univers una serie de artículos sobre “la Iglesia rusa y su situación presente”. Le habría gustado ver a la Iglesia católica, y ante todo a la Iglesia de Francia, acudir en ayuda de Rusia en estas coyunturas difíciles, ponerla al corriente de los métodos y experiencias que tan buenos resultados habían producido, máxime en el dominio de la formación clerical. Aquí se reconoce al hijo de San Vicente de Paúl, y apóstol de la Unión, que esperaba la realización de su sueño de un movimiento general de reforma y perfeccionamiento cristiano. Tal era también el pensamiento de nuestros mejores amigos de Rusia. “Cuando más cerca estemos de Cristo, más cerca estaremos unos de otros”.

Coord. Hipólito Hemmer

Trad. Máximo Agustín

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