Capítulo VI: Teología del sr. Portal
Pertenece al Sr. Abate Gratieux, que fue uno de sus amigos del seminario san-Vicete, darnos a conocer al Sr. Portal teólogo. Esto es lo que nos dice.
Si se necesita un aparato libresco y más o menos pedante para merecer el nombre de sabio, es un título que nunca se podrá adjudicar al Sr. Portal. Sabía escribir, sin duda; y los pocos ensayos que nos quedan de él lo demuestran. Enemigo nato de la pompa, del énfasis, del estilo oratorio y soberanamente aburrido que caracteriza tan a menudo la literatura eclesiástica, se declaraba ante todo a favor de una exposición clara, precisa,, basada en los hechos. Era, claro está, de la escuela de san Vicente, y por él se vinculaba con las mejores tradiciones del siglo; y de la misma manera se emparentaba con la ciencia moderna, que, en su trabajos, quiere lo positivo, una presentación lo más clara posible de la realidad. Fuera los a priori, fuera las sutiles argumentaciones y la vana retórica. Estimaba en mucho esta ciencia y a sus verdaderos representantes. Señalaba también que los sabios de los siglos XIX y XX habían tenido ilustres antecesores, sobre todo en Francia en el siglo XVII: sabían apreciar a los Antiguos y a los Modernos. Escribe personalmente, bajo el seudónimo de Frenand Dalbus, un interesante ensayo sobre Las ordenaciones anglicanas. Se lee siempre con interés y con provecho. Y en él se halla la seguridad de la doctrina unida a la amplitud de la información, a la justeza y a la moderación de los juicios. En él se puede ver hasta donde habría llegado el Sr. Portal en este terreno.
Pero no era su vocación. Estaba hecho para la acción, para ser, según se ha dicho, un «animador incomparable», para suscitar teólogos, más bien que para serlo él mismo. Sabía señalar a los demás los temas que tratar, descubrirles direcciones y puntos de vista, darles consejos útiles, que nunca nadie se ha arrepentido de haber seguido. Era el hombre apto, como se ha visto, para dirigir una revista importante, abordando toda suerte de temas, algunos muy delicados. Fue cuidadosamente observado y seguido de cerca en este trabajo. Tuvo adversarios decididos de su tendencia. Y sin embargo nunca se pudo incriminar ni sospechar de su ortodoxia. Para eso había que se teólogo, no por cierto sin saberlo, sino sin proclamarlo, algo así como el hombre honrado de Pascal, en quien «la filosofía se burla de la filosofía».
El gran problema al que se sentía unido, el fin al que había consagrado su vida le llevaron naturalmente a enfocar de más cerca ciertas cuestiones, y en primer lugar la de las ordenaciones. Cuál, era, se preguntaba, el poder de la Iglesia para modificar, no ya el sacramento, sino las ceremonias aún fundamentales del sacramento? Recordaba que la teoría de la materia y de la forma no era sino una aplicación hecha por la Edad Media de la gran hipótesis por la que era por entonces la mida de representarse la jerarquía de los seres. Le gustaba citar el ejemplo de Durand de Mende, quien introdujo en su ritual la presentación de los instrumentos (en cuyo caso veía al mismo tiempo qué amplitud poseía todavía en esta época la autoridad episcopal). Al sacramento del orden unía el de la confirmación, que manifiestamente ha sufrido una importante modificación en cuanto a la materia.
A propósito de la Eucaristía, se interesaba sobre todo en la cuestión de la epíclesis, o invocación del Espíritu Santo en el momento de la consagración. Se trata, como se sabe, de la materia de una importante controversia entre Griegos y Latinos. Además, con su buen sentido ordinario, hacía notar que la validez de la misa griega, como la de la latina, no era discutible, ni seriamente contestada. Solía enfocar así las cosas en su integridad viva, y no en los análisis sutiles donde se complace a veces la escolástica occidental.
En materia sacramental concedía una importancia muy grande a la «Intención de la Iglesia». Ahí también pensaba que se imponían estudios profundos para dilucidar ciertos puntos de historia y teología. Apoyándose en la «intención de la Iglesia», es como los defensores de las órdenes anglicanas llegaban a la conclusión de su validez. El Sr. Portal, por su parte, había concluido en la duda todo lo más.
Desde los primeros actos de campaña anglo-romana, se tuvo que enfocar, al mismo tiempo que los sacramentos, la cuestión del poder de la Iglesia. Cuáles eran, por derecho divino, los depositarios? El Sr. Portal había llegado naturalmente a estudiar el papel de los obispos, verdaderos sucesores de los apóstoles establecidos por el Espíritu Santo, no simplemente lugartenientes del Papa, ni simples administradores apostólicos. Señalaba en la historia ejemplos de los que se podía ver una autonomía bastante amplia en el ejercicio de la autoridad episcopal, y también, en los simples obispos, un sentimiento de responsabilidad, o sólo para con su propia diócesis, sino ante todo el episcopado, y ante la Iglesia entera. La historia de los cismas, estudiada más de cerca, debía mostrar, creía él, que con la ruptura y hasta la excomunión no se perdía totalmente el sentimiento de pertenecer a la iglesia.
Si existían muchos problemas que estudiar en el poder episcopal, no los había menos en el poder papal. La fe del Sr. Portal en las definiciones de la Iglesia era perfecta y sin reticencias; pero no era de los que habrían deseado, como Ward, «encontrarse cada mañana en el desayuno el anuncio de una nueva definición dogmática». Tampoco estaba a favor de una interpretación puramente dialéctica y silogística de los grandes privilegios otorgados al Soberano Pontífice. No quería que se separara la cabeza del cuerpo, al Papa de la Iglesia. Fue uno de los puntos que, desde un principio, puso todo el énfasis en dejar claros ante sus amigos anglicanos: las prerrogativas del papa son por la Iglesia, en función de la Iglesia. Su infalibilidad no es otra cosa que la de la iglesia:. Y esta es la línea que dio pie a obtener de estas almas, tan doctas como leales, la consoladora declaración de que quizá hubiera en medio de todo medio de entenderse.
Como para el episcopado, había lugar a distinguir a propósito del Papado el principio divino y el desarrollo histórico. A los dos grados de derecho divino se habían añadido las instituciones eclesiásticas de las metrópolis y de los patriarcados. Es así como el Papa, obispo de Roma y cabeza suprema de la Iglesia, había llegado a ser patriarca de Occidente. Las atribuciones que debe a este título se han de distinguir cuidadosamente de los privilegios de su Papado. La evolución social de la cristiandad en la Edad Media había otorgado de igual forma al Papa una situación política, que debe ser estudiada también con independencia de su autoridad espiritual, sea como príncipe soberana del Estado pontificio, sea como árbitro supremo de los monarcas cristianos. Este papel temporal, impuesto por las circunstancias, tuvo su utilidad incontestable; pero el Sr. Portal, con los mejores historiadores, no negaba que había dado lugar a muchos reproches, incurriendo en la práctica en lamentables errores y serios inconvenientes.
Un organismo como el de la Iglesia no puede desarrollarse y vivir sin cierta evolución. El Sr. Portal no rechazaba esta idea, muy en boga en la apologética del tiempo; pero la corregía con una reflexión interesante. La comparación clásica del germen que, sin cambiar, se hace un árbol tan diferente en apariencia de la semilla primitiva, le parecía inexacta, o por lo menos incompleta. Observaba que en la vida, sobre todo en la de las ideas, si hay progresión, puede también haber regresión. Un dogma, después de desarrollarse, no puede re-cogerse, por decirlo así, y llegar a ser percibido mucho menos claramente de cómo lo fue en tal momento de su historia? Así el Primado del Papa había sido, pensaba él, mucho más claro en la conciencia de la Iglesia en los primeros siglos de lo que lo fue a finales de la Edad Media, cuando los famosos concilios de Bâle y de Constanza.
Una de las cosas que deseaba con más ardor era una sólida teología de la Iglesia; en ello insistía con frecuencia. «Lo que nos haría falta, decía, sería un buen `Tratado de la Iglesia'».
Nadie se sentía más contento que él cuando podía encontrar en este género alguna tentativa interesante. La que más le impresionó fue el informe presentado en el primer congreso de Velerhad en 1908 por el R.P. Urbain, S.J., bajo el título: De eis quae theologi catholici proestare, possint, ac debeant erga eccesiam russicam. Dicho informe escuchado con asentimiento general, y saludado con calurosos aplausos criticaba la opinión «que todos los cismáticos, lo mismo que los herejes, no pertenecen al cuerpo de la verdadera Iglesia de Cristo».
Sin abandonar la noción de cuerpo místico de Cristo, los teólogos han insistido, desde el siglo XVI, sobre los «lazos jerárquicos», como «fórmula constituyente del cuerpo de la Iglesia», y por esta razón «excluyen de los miembros de la Iglesia no sólo a los herejes, sino también a los cismáticos y a los simples excomulgados». Pero el cardenal Franzelin, acordándose de la opinión de una vieja escuela de teólogos como Cano y Turrecremata quienes, en los elementos por los cuales la iglesia está unida, colocaban también el carácter bautismal, concede a todos los que están válidamente bautizados, incluso fuera de la Comunión romana, su incorporación a Nuestra Santa Madre la Iglesia, y son sus «miembros», no en el foro externo, sino en el foro interno y ante Dios, mientras permanezcan en la buena fe. Es preciso ir más lejos todavía, piensa el P. Urbain, y admitir que «la función propia de los caracteres sacramentales es reducir a los hombres marcados con estos lazos invisibles a la unidad orgánica del cuerpo místico de Cristo… El carácter del bautismo es la forma primera y fundamental por la que el cuerpo de la Iglesia está constituido y persiste en su der.. De aquí se sigue que ningún hombre bautizado válidamente puede, mientras vive aquí abajo, ser privado totalmente de la dignidad de miembro del cuerpo de la iglesia … los actos y los hábitos de las virtudes, sin exceptuar siquiera la fe, no constituyen tanto la estructura anatómica del cuerpo mística cuanto que dimanan de ella. Se deber relacionar con la vida y las funciones sicológicas del mismo organismo, Y por otra parte su falta, o hasta la falta de los acto y hábitos contrarios a estas virtudes, no lleva consigo la amputación inmediato del miembro, sino más bien produce una enfermedad mortal, una especie de parálisis… No obstante, este lazo sacramental no impide los «lazos sociales de una sumisión jurídica hacia los legítimos pastores, sobre todo hacia el jefe supremo visible». Podemos pues mirar incluso a los protestantes como miembros del cuerpo místico de Cristo. En cuanto a los Orientales, «en virtud del carácter episcopal y sacerdotal que persiste en sus comunidades, entran en el cuerpo de Cristo, no como células separadas, sino como miembros ya organizados, aunque no estén ligados al centro del organismo por todos los nervios».
«Esta manera de ver, concluye el P. Urbain, lleve consigo la necesidad de modificar hasta cierto punto el capítulo de las notas de la verdadera Iglesia, sobre todo en su aplicación a la Iglesia oriental. No se podría contestarle en bloque toda apostolicidad, toda santidad, toda unidad. Tampoco es necesario demostrar que no posee ninguna de las propiedades de la verdadera Iglesia. Ante todo es preciso insistir sobre el hecho de que la Iglesia oriental, en su estado actual, no tiene todos los elementos defecto que puede y debe suplirse únicamente por la unión con el Romano Pontífice. Y para persuadir a los que buscan. La teoría de las cuatro notas, tal y como se expone de ordinario, parece superflua; ya que existen otros argumentos, y éstos directo, que sin embargo no son tan aparentes que su luz alcance a impresionar los ojos de todos». Lo que queda de los elementos de la verdadera Iglesia en las sociedades separadas de Roma, en particular entre los Orientales, puede dotarles del mínimum indispensable a la salvación. De manera que se ven, no sólo a gente sin instrucción, sino a sabios y a teólogos, permanecer unidos a su Iglesia, sin dudar jamás de su legitimidad. En cuanto a los que Dios quiere llevar al conocimiento del primado romano, él les dota de los motivos suficientes, que por otra parte varían con el carácter de las persones, la educación, etc…, y no se permiten llevar a categorías determinadas, «Los medios objetivos para discernir qué sociedad eclesiástica abraza todos los elementos esenciales de la Iglesia de Cristo» se reducen en definitiva al estudio histórico de la constitución de la Iglesia.
El trabajo del P. Urbain había intrigado profundamente al Sr. Portal. No era acaso algo así como el esbozo de ese tratado de la iglesia que él soñaba? Se hizo un análisis en el último año de la Revista católica de las Iglesias, y el P. Delehaye, de los Bollandistas de Bruxelas, uno de los sabios que honraron al Sr. Portal con su sólida amistad, le escribió en esta ocasión una carta de felicitación, en la que apuntaba una finura maliciosa: «Qué pena que todos nuestros Padres no hablen checo!»
Podemos decir que la Iglesia fue el alma de toda la vida del Sr. Portal, la idea en torna a la que irradiaban su pensamiento y su acción. Era también el centro de su piedad y de la doctrina que daba a las almas. Escogió para sus colaboradoras que la Providencia le había dado para sus obras el título de «Damas de la Unión». En el sitio magnífico des Corbières, dominando el lago du Bourget, hizo erigir una capilla de Cristo redentor, santuario de oraciones por la unión de las Iglesias. «Pedí a Nuestro Señor, escribía, que haya en nuestro monte un santuario que sea una fuente de amor de Dios y de la pobre humanidad, –fuente pequeñita, sin ninguna duda; pero son tan bonitas nuestras pequeñas fuentes que van al lago du Bourget, y tan preciosas!» Y no otro lugar: «Crear un lugar de oraciones junto a un lugar de caridad es realizar el ideal cristiano: la contemplación y la acción». Allí, en la cripta del santuario de la Unión es donde descansa el apóstol de la Iglesia.
De la misma forma, el recuerdo del Sr. Portal va a ser ya inseparable de la idea mismo de la Unión de las iglesias y de todo la acción que se ejercerá en este sentido. Sin duda que no ha dejado libros sobre este tema, tampoco sabios trabajos que consultar; pero esta teología que él soñaba, ha hecho algo mejor que escribirla, la ha vivido. Inspirado por su fe y caridad, sintió que la más hermosa característica de la Iglesia era su expansión triunfante por el espíritu de amor y de unión, que todas las organizaciones e instituciones indispensables a su vida terrestre no tenían sentido ni eficacia sino a la vista de este supremo ideal. Por eso formaba una ecuación con los términos de unión y de reforma, por decirlo así. Todo movimiento de renacimiento y de desarrollo espiritual debe provocar u deseo más ardiente de hacer las divisiones que desgarran el cuerpo místico de Cristo; y, además, una obra de verdadera unión sólo puede llegar por una renovación interior, por un «revival», como dicen los ingleses. Es preciso que los cristianos se acerquen a Cristo para acercarse entre sí. Y qué fuerza sería para la Iglesia este triunfo de la Unidad!
Para ayudar a la realización de estas ambiciones, el Sr. Portal ha empleado un método de apologética bastante diferente de los que están en uso comúnmente: en lugar de partir de lo que divide, partía de lo que une. Convencer al adversario de que está equivocado es cosa fácil en los libros; pero en la vida la polémica ha abierto más zanjas de las que ha llenado. Dirigirse lealmente no a los adversarios sino a los hermanos separados, con la mano extendida, felices de hallar en ellos tesoros espirituales, que no sólo sostienen su vida religiosa, sino que pueden además, en su momento, enriquecer la nuestra, no es de verdad preparar la unión, porque es vivirla ya? Qué hombre de buena voluntad respondería a una actitud parecida con odio o con desprecio? Claro está que no basta con esto: existen cuestiones lógicas que aclarar, problemas jurídicos y Prácticos que r3slover; la base está echada, fecunda porque no procede de un razonamiento abstracto, sino de la vida, es decir del amor, para llegar a la vida, es decir a la Unión.
Este método puede aplicarse no sólo a las relaciones de la iglesia católica con las demás sociedades religiosas, sino también con la sociedad y la ciencia moderna. Ahí también existen numerosos elementos positivos, que es preciso saber apreciar y amar, ya para establecer el contacto entre los espíritus que no comparten nuestra fe, ya para enriquecen nuestra vida intelectual o para facilitar a la Iglesia el cumplimiento de su misión, no sólo con los individuos sino con la sociedad. Una apologética semejante tiene el mérito de hallarse en relación con el movimiento filosófico moderno, que tiende incontestablemente a despertar en los espíritus el sentido de la vida, de la acción, y en particular de la acción social. No se ha esperado hasta nuestra época para darse cuenta que el amor u la vida juega un papel eminente en la conquista de las almas; pero el campo que el Sr. Portal ha dado a la aplicación de este principio, su adaptación, no sólo a los individuos, sino también a las sociedades, a los grupos religiosos o sociales, no constituye un proceder nuevo, nos atreveríamos a decir un método nuevo en apologética? Querer conquistar a individuos es cosa buena; pero reunir en la unidad de fe y de amor a familias humanes enteras es una ambición mayor y más noble todavía. Y el cardenal Mercier no dudó en concederle su alta aprobación.
Por lo demás ahí están los hechos. Existen pocos hombres que hayan hecho tanto para hacer apreciar el catolicismo como el Sr. Portal. Cristianos separados de Roma, laicos más o menos alejados de la religión, todos los que han entrado en contacto con él han experimentado un sentimiento de aproximación del que la Iglesia no ha sido la menos favorecida. Él no lo ignoraba, y esto fue, en medio de tantas pruebas, el gran gozo de su vida. Nicolás-Nicolaïevitch Nepluyef, en la víspera de su muerte, se tenía por más feliz que Moisés, quien no había entrado en la Tierra Prometida: él sí había vivido en la fraternidad. El Sr. Portal habría deseado, en le atardecer de su vida, emplear un lenguaje análogo. Si no había vivido en la unidad perfecta, había gozado de muchas primicias, y había sentido toda la dulzura de la amistad al servicio de la Unión de las Iglesias.







