Capítulo V: La fundación del seminario san Vicente
Los dos años que pasó el Sr. Portal en Niza como superior del seminario mayor no le dejaron los mismos recuerdos que su paso por Châlons. Apenas hablaba de ello, y no se veían a su lado a estudiantes que hubiera interesado o formado en su obra.
A distancia, no cesaba de seguir a aquellos cuyo espíritu
Se hubiera abierto una vez bajo su dirección. Los mantenía en contacto, ya con los libros, ya con la gente que pudiese fortalecer o desarrollar su formación. Yo estaba en los Carmelitas mientras él se encontraba en Niza. Él me animaba mucho a subscribirme a la «Revista de historia y de literatura religiosa», que todavía no levantaba ninguna sospecha sobre su ortodoxia, y a la que bajo el punto de vista científico él consideraba como de primer orden. Tenía en gran estima a su director, el abate Lejay; y éste a su vez no ocultaba la que sentía por el Sr. Portal.
Me animaba también a relacionarme con el Sr. Levé, quien tantos servicios le había prestado en la redacción e impresión de la Revue Anglo-Romaine. Este hombre excelente se hallaba incapacitado de las dos manos, lo que no le privaba de una vida intelectual intensa. Espíritu muy abierto a toda clase de cuestiones, dotado de un juicio seguro, era la misma bondad y afabilidad, y su mayor afán era apoyar y guiar los pasos de los principiantes.
Sin embargo, Niza estaba muy lejos de París; y supuso un gran gozo para él cuando lo llamaron para confiarle la dirección del seminario San Vicente de Paúl, en el nº 88 de la calle Cherche-Midi.
Los alumnos eclesiásticos abundaban por entonces en el Instituto Católico, y la vieja casa de los Carmelitas resultaba demasiado pequeña. Se pidió a los La zaristas que fundaran y dirigieran un segundo seminario del Instituto. Ninguna designación más acertada que la del Sr. Portal para esta tarea. Volvía a encontrarse con jóvenes que formar y orientar en una carrera científica cuya necesidad para la Iglesia él sentía mejor que nadie.
La vida del abate Morel escrita, como lo declara el Sr. Calvet mismo, bajo la inspiración del Sr. Portal, muestra bien cómo comprendía su papel. El éxito no era dudoso: lo que no dejaba de suscitar un poco de envidia en la casa de enfrente. Desde allí se seguía con curiosidad no siempre benévola cuanto sucedía en la nueva casa, máxime cuando el abate Morel (viejo amigo de los Carmelitas donde había sacado quién sabe cuántos diplomas) llegó a ser uno de los pilares del seminario San Vicente. El superior de los Carmelitas, Sr. Guibert, era un hombre de valer, trabajador incansable, quien, en el dominio de las ciencias y de la pedagogía, escribía libros de vulgarización seria: no desconocía la necesidad de una sólida formación moderna que preocupaba las mentes de entonces, y rindió un verdadero servicio a la ciencia religiosa fundando la «Revue d´Apologétique pratique». Pro, temperamento bilioso, nervioso, algo inquiero, soñaba con abrir las mentes con métodos autoritarios, principios demostrativos, y razonamientos, silogísticos, de la misma forma que mantenía frente a jóvenes mayores, en su mayor parte sacerdotes, una disciplina que a menudo se parecía demasiado a la del colegio. Este pedantismo era de lo más opuesto al método del Sr. Portal. –No es de extrañar que hubiera divergencias, que causaron harto dolor al superior de la calle de Cherche-Midi; ya que él era la rectitud y lealtad mismas. No presumía en nada de su título ni del rango que le aseguraba en el Instituto; pero habría querido que le pagaran con la misma moneda. Un día habiendo asumido oficialmente el superior de los Carmelitas el título de superior del Instituto Católico, el Sr. Portal presentó reclamaciones. No estaba subordinado a la casa de la calle Vaugirard: había dos seminarios y por consiguiente dos superiores de seminario del Instituto Católico.
Dos medios de acción, que fueron muy queridos hasta el final al Sr. Portal, pudieron realizarse inmediatamente en su mueva situación: la publicación de una reviste y la organización de reuniones destinadas a poner en contacto inmediato y vivo a la gente con intereses intelectuales o morales comunes. Revista y reuniones se debían completar recíprocamente: las ideas propuestas, discutidas, las informaciones recibidas sirven para alimentar la revista y para preparar los artículos e informes. Fiel a su pensamiento de siempre, el Sr. Portal daba una gran importancia a los hechos, a todo cuanto podía constituir una representación exacta de la vida intelectual y religiosa, bien en el catolicismo, bien fuera de él.
También daba a leer, y en su caso analizar, a los jóvenes que seguían su dirección los órganos en los que se podían encontrar informaciones autorizadas sobre la vida de tal país, de tal iglesia, de tal grupo. Les hacía leer por ejemplo el Church Times, o el Guardian, pidiéndoles que extrajeran los detalles típicos e interesantes: eso era sin discusión alguna una excelente formación. Pero en cuanto a los hechos, daba preferencia a los hechos actuales. Asimismo tenía cuidado de reunir en sus grupos a representantes de las creencias y opiniones más diversas: los católicos más convencidos se codeaban allí con anglicanos, protestantes, incrédulos; había teólogos, filósofos, economistas, sabios y literatos, académicos y albañiles: todo el mundo venía de buena gana, seducido por el poder de simpatía que emanaba del Sr. Portal, y por la atmósfera tan amplia, tan luminosa, que irradiaba en su entorno. Siempre había seguridad de llevarse de allí algo interesante; y se encontraba uno con gente digna de conocer. Le gustaba al Sr. Portal esta asociación y este acercamiento: fue una de las obras que mantuvo hasta el final, hasta después de abandonar la dirección del seminario, y por la que se sintió dichoso de poder conservar un «reducto» independiente. Establecía contactos con arte exquisito, y nadie se alegraba más que él por haber entablado las relaciones que podían servir, ya a la obra común, ya a los intereses o satisfacción de sus amigos. Hay pocas habitaciones en París que hayan visto a tanto personajes, oído tantas cosas curiosa como la habitación del Sr. Portal; quizá no las haya donde se hayan intercambiado tantas ideas, y donde se haya hecho tanto bien. «Si estas paredes, decía más tarde de su gabinete de la calle de Grenelle, pudiesen contar lo que han visto y oído!» Solo por la acción de su persona y de su espíritu, ejerció un apostolado de los más fecundos; y pocos han contribuido tanto como él a hacer estimar y amar, en el extranjero como en Francia el verdadero catolicismo.
Sería imposible enumerar a todos los amigos del Sr. Portal. Cada año los traía nuevos, sin disminuir por otra parte el número de los antiguos. En su conferencia de Lovaina, que lleva el título característico: «El papel de la amistad en la Unión de las Iglesias», evoca a los más antiguos, Eugenio Tavernier, redactor del Univers, uno de los colaboradores de la Revue Anglo-Romaine; Anatole Leroy-Beaulieu, autor de Empire des Tsars, por quien tenía una amistad mezcla de veneración; Enrique Lorin, amigo del Cardenal Rampolla, uno de los primeros cristianos sociales en Francia y fundador de las Semanas Sociales. Había dado hospitalidad en su casa de campo de Maule a Wlatidimir Soloviev y en su casa había escrito el filósofo ruso parte de su Rusia y la Iglesia Universal. Enrique Lorin contaba cómo Soloviev, después de trabajar parte de la noche, venía a leerle lo que había compuesto. Lorin lo aprobaba casi siempre, pero a menudo también decía con su brusquedad habitual: «Amigo, no entiendo nada». Soloviev rompía el manuscrito y volvía a empezar. Enrique Lorin tenía su comedor abierto; le gustaba relacionarse con todos los personajes interesantes o curiosos que podía encontrar. De esta manera había recibido entre otros al famoso Mons. Benigni que debía lanzar una campaña de condotiero contra todos aquellos contra quienes se podía, con razón o sin ella, acusar de modernismo. Benigni le había pedido prestado dinero incluso. Al principio del pontificado de Pío X, Lorin le preguntó un día qué iba hacer el nuevo Papa. «Pío X, respondió el Italiano acompañándose de una mímica expresiva…; se meterá en un rincón ‘Couic!’; luego en otro rincón ‘couic!’ y así sucesivamente». Enrique Lorin no tenía quizá la envergadura que se veía en los demás amigos del Sr. Portal. «Es un politécnico», decía de él. Pero lo quería mundo por su carácter u fiel amistad: tenía el cubierto siempre dispuesto en su mesa; acudía allí de buena gana, y de vez en cuando con sus amigos «para ver mundo». Fue Lorin quien le trajo a la calle de Cherche-Midi al gran filósofo ruso, N.–N. Nepluyef .
Entre los más fieles a las reuniones de los domingos estaban los alumnos de la Escuela Normal Superior. El Sr. Portal era el designado para ser capellán de los «talas», del grupo de los Normalistas católicos, papel que había de desempeñar tan bien, sin necesidad de título, durante un cuarto de siglo. La atmósfera de libertad intelectual que se respiraba junto a él llenaba de confianza a las almas; y su piedad sencilla así como segura y profunda, bebida en la escuela de san Vicente (es decir en las mejores fuentes de la tradición francesa) y nutrida también del gran ideal al que había dedicado su vida, el de la iglesia, era precisamente la que convenía más a sus jóvenes amigos. Para formar su inteligencia, les hacía recibir un curso regalar de instrucción religiosa; pero prefería ante todo los retiros que hacía con ellos en Saint-Germain o en Gentilly; estas horas de piedad intensa, vividas en común a la sombra del gran pensamiento que era el alma de todo su apostolado, le dejaban un recuerdo imborrable; y había que oírle contar sus impresiones al día siguiente.
Estos éxitos con la juventud universitaria no dejaban de suscitar alguna envidia; hubo varias tentativas de desviar la obra en otras direcciones. Pero los adictos supieron mantenerla en la vía que habían elegido.
Y ello fue obra en particular de Béra, uno de los más seguros y de los más queridos entre los jóvenes discípulos del Sr. Portal. Su desaparición prematura durante la gran guerra fue uno de los duelos más sentidos por él.
Entre los jóvenes que frecuentaban sus reuniones, el Sr. Portal esperaba encontrar (y de hecho los encontró) colaboradores para sus trabajos y las publicaciones que soñaba. Pensaba que interesándolos en su obra, abriéndoles estos vastos horizontes, poniéndolos en contacto con las realidades en las que él mismo había hallado una vida intelectual y moral tan hermosa, les hacía un eminente servicio. Además, no ponía ninguna condición a los servicios que hacía; y nadie de los que recibieron ayuda suya puede quejarse de que le pusieran trabas ni en su libertad no en las exigencias legítimas de su carrera personal. Al contrario, siempre se hallaba presto a hacer nuevos servicios, aun a aquellos que le habían olvidado o comprendido mal.
Su sueño era, en cuanto a las reuniones de estudios en el seminario San Vicente, mezclar a los jóvenes eclesiásticos con los laicos, a fin de iniciarlos con toda seguridad en los problemas en las aspiraciones, en los métodos de la vida contemporánea, hacer de ellos gente que comprendiera su tiempo y se hicieran entender. Los hechos no respondieron del todo a sus deseos. La preocupación, por otra parte legítima, por preparar los exámenes, y también por los métodos universitarios más orientados hacia una ciencia libresca y un tanto estrecha que hacia la vida: –más preocupados en especializarse que en abrirse horizontes más amplios,…todo ello presentaba dificultades a la llamada del Sr. Portal. Y esa es sin duda la razón por la que cierto número de sus mejores amigos, aun siguiendo con simpatía sus proyectos, se contentaban con prestarles un interés puramente platónico. Una pequeña minoría tan sólo sentía todo o que había de fecundo, de liberador y de creador también, en este método nuevo, siempre inspirado por la vida y tan conforme con el pensamiento de su época. También es eso era el Sr. Portal un precursor.
En el momento en que se abría el segundo seminario de Instituto católico, todo parecía favorable a una amplia dilatación de las mentes y de los corazones. En todos los terrenos el pensamiento católico parecía querer abrirse de par en par a un bello apostolado. Si bien comprendía la urgencia de la acción social, el Sr. Portal no se sentía con misión especial en este aspecto. Tenía suficiente con el problema intelectual y religiosa. Para estudiarle en común, decidieron fundar una sociedad con dos funciones: una que tendría por objeto los temas filosóficos, la otra los religiosos. Este último era el terreno propio del Sr. Portal. Esta organización duró poco. Los problemas suscitados por la filosofía moderna eran de naturaleza muy delicada y sujetos por otra parte a discusión. Sin desconocer el papel de la filosofía, el Sr. Portal no había hecho de ella la base de su vida no de su apostolado. Después de algunos meses de trabajo común reconocieron que era mejor seguir cada uno su camino con plena libertad. La sociedad de filosofía cristiana prosiguió su marcha bajo la dirección del P. Laberthonière, y el Sr. Portal se quedó con la sociedad de estudios religiosos. Al separar su acción de la de los filósofos, no pretendía de ninguna forma romper con sus amigos: tenía cantidad de ellos muy queridos en este dominio como en todos los demás; estimaba en mundo el valor y la probidad de su pensamiento; apreciaba la sinceridad y la profundidad de su vida religiosa, la belleza de su vida familiar y personal; les mantenía y testimoniaba el mismo afecto; y al propio tiempo se guardaba toda la independencia de su pensamiento. «No comprendo», decía frente a ciertas teorías que parecían a veces aventuradas; y, sin condenar a nadie, sin tratar de sondear el fondo del problema, se refugiaba en la sinceridad y sencillez de su fe. No tenía a la Iglesia? No era suficiente con una pregunta tan importante para alimentar ampliamente su vida intelectual?
Se puede decir que tenía el sentido católico en la mejor acepción de la palabra. Tuvo mucho que sufrir en sus ideas y en sus obras. Jamás sintió la menos veleidad de rebelarse, jamás se cuestionó la sumisión completa a las directrices de la iglesia en materia de fe no en materia de conducta; y jamás dio consejos a los demás que no estuvieran inspirados en este mismo espíritu.
Había sido una de los primeros en rendir homenaje al gran talento del abate Loisy; le había pedido artículos para la Revue Anglo-Romaine; y jamás dejó de reconocer en él a uno de los primeros exégetas de nuestro tiempo; pero separaba al filósofo del exégeta, y siempre dijo que era el filósofo quien había perdido la fe, y no el sabio. Es difícil en efecto, con la metafísica panteísta que se afirmó cada vez más en los escritos de Loisy, conservar la fe en una religión sobrenatural.
El Sr. Portal consideraba el ministerio y el contacto con las almas como el mejor medio de defenderse contra el peligro de una vida demasiado absorbida por las abstracciones filosóficas o científicas. «Conservad siempre un poco de ministerio», aconsejaba a los que se daban al estudio. Y, predicando con el ejemplo fue siempre fiel a la casa de las Hermanas de Reully, adonde iba cada semana. No lo era menos a su confesionario en el 95 de la calle de Sèvres, en los Lazaristas; y bien sabido es con qué dedicación se consagró a la obra de Javel.
Con todo lo interesantes y vivas que fueran las reuniones de estudios, no ocupaban todo la actividad del Sr. Portal. Sabía muy bien qué medio tan poderoso al servicio de una idea representa una revista, y había conservado un recuerdo demasiado bueno de la Revue Anglo-Romaine para no desear hacerla, bajo la forma que fuese, renacer lo antes posible. De esta forma nacieron los Petites Annales de saint Vincent de Paul, de una concepción tan interesante con sus dos partes: la primera destinada a las almas piadosas, en especial a las Hijas de la Caridad; la segunda dirigida a continuar, en interés del pensamiento católico, la obra de formación y de iniciación emprendida en la primera revista. Los medios eran más modestos, el cuadro infinitamente más estrecho, pero el espíritu era el mismo. Se puede incluso decir que era todavía mejor, puesto que en adelante todas las publicaciones dirigidas por el Sr. Portal no llevarán como único objeto Inglaterra, sino todos los intereses de la vida religiosa universal, y toda la vida de la Iglesia católica se verán representados en ella por igual.
Además, no solamente es digna de atención la parte científica de los pequeños Anales, sino también la parte piadosa. La piedad del Sr. Portal está totalmente inspirada en la doctrina y en el espíritu de san Vicente. Sentía por el fundador de su congregación un afecto verdaderamente filial y una particular simpatía; le gustaba estudiar no sólo su persona, sino su papel histórico. Más lejos que nadie en contemplar a los santos de una manera beata, los quería del todo vivos, hombres de verdadera y profunda acción, siempre atentos a las circunstancias, poniendo al servicio de Dios y de las almas todos los recursos naturales y sobrenaturales en su mano. No presumía de ciertos cálculos, de ciertos pasos, de ciertos rasgos menos perfectos quizá, pero que dan relieve a una fisionomía. Gustaba conforme al carácter de san Vicente de esa mesura, mezcla de finura, de claridad y de razón, que le parecía el patrimonio de la piedad francesa, de ese buen sentido que no se decidía a formular reglas más que después de haberlas realizado primero y experimentado en la vida. Admiraba también en él al gran reformador, uno de los que más habían contribuido a dar al clero de Francia su educación y su prestigio. Y por eso su culto por san Vicente se relacionaba con el gran pensamiento de su vida. La Unión, siguiendo una idea sobre la que le gustaba insistir, debía ser el fruto de la Reforma. Cuanto más se empeñaran la Iglesia en acercarse a Cristo, más se acercarían también entre ellas. La vida cristiana llevada a su perfección debía necesariamente llegar a la unión. Razón por la cual le gustaba, llegada la ocasión, dar a conocer a las Iglesias separadas el gran movimiento de renacimiento católico del siglo XVII.
Los Petites Annales debían dar a conocer la obra de san Vicente no sólo en el pasado, sino también en el presente; u a la par que edificando, pretendían instruir bien, ayudar a ampliar ciertos métodos, sugerir, y hasta indicar, a su tiempo, felices indicaciones propias para hacer más actual, y por ello, más fecundo el ministerio de la Caridad.
El estudio de san Vicente y de su obra fue siempre uno de los pensamientos favoritos del Sr. Portal. Hablaba espontáneamente de ello con sus amigos, en particular con aquellos a quienes las ocupaciones literarias y científicas ponían en contacto con ese periodo de nuestra historia, y una de las raras veces que tomó la pluma fue para tratar de la iconografía de san Vicente. En este corto estudio no deja de señalar un retrato que le había impresionado particularmente: el del seminario mayor de Nancy. Le gustaba su expresión, joven y enérgica, a pesar de la actitud melancólica. Le hizo reproducir en grandes y pequeños heliograbados, y es el que solía repartir. Unas líneas que concluyen su artículo merecen ser citadas, porque se refiere al fondo mismo de su pensamiento.
Todos los que conocen la historia del siglo XVII, y en particular el movimiento francés de reforma católica, saben que para él era la obra necesaria. Escribía a uno de sus sacerdotes: «La gran necesidad de la Iglesia es la presencia de hombres evangélicos que trabajen en purgarla, en iluminarla, y en unirla a su divino esposo». Esta obra capital que ha renovado nuestra Francia religiosa, y cuya influencia se ha extendido por el mundo cristiano, ha sido en gran parte la obra de san Vicente de Paúl.
A pesar del interés de los Petites Annales, estos sólo eran una posición de espera. El sueño del Sr. Portal se vio realizado cuando, en 1904, apareció el primer número de la Revue des Églises. Esta vez daba con su fórmula verdadera y completa: allí estaba representada Inglaterra ampliamente, como justo era; pero la Iglesia Oriental y las Iglesias protestantes también tenían su parte, siendo posible seguir toda la vida del catolicismo, en particular en Francia. La antigüedad se codeaba con la actualidad. Todo se presentaba en ella lo más objetivo posible, y con aquel espíritu de verdadera caridad tan señalado en él.
La revista debía durar cinco años. Fueron años de gozosa actividad; y cuando fue preciso interrumpir su publicación, incompatible con el movimiento de reacción que se dibujaba por todas partes, fue un momento angustioso par su director y sus amigos. «De todas formas hemos realizado un buen trabajo»» decía una y otra vez acariciando, no sin orgullo, los cinco volúmenes que ocupaban su lugar al lado de los tres gruesos tomos, de la Revue Anglo-Romaine. La desaparición de la querida revista dejó un vacío, que fue sentido, no sólo en Francia, sino en el extranjero, donde quizá se la apreciaba más. Gracias a ella, el círculo de la calle de Cherche-Midi prolongaba su acción a lo lejos, y hasta el fondo de Rusia. Ella era su eco con toda la fuerza del término; y a estas reuniones hay que referir, directa o indirectamente, el origen de la mayor parte de los artículos.
Círculo y revista iban a ser golpeados por la misma tormenta. El Sr. Portal supo desaparecer sencillamente, dignamente. Hubiera deseado sentir más apoyo. Dejó al seminario san Vicente de Paúl sin recriminaciones, sin quejas, repitiéndose el viejo proverbio portugués que gustaba recordar, y que resumía su filosofía de la prueba:
Dios escribe recto con líneas torcidas.







