Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo IX)

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Autor: Hipólito Hemmer · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. .
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Capítulo IX: El sr. Portal y la guerra

En 1924 llegó la guerra a cubrir todas las otras preocupaciones. Nadie la siguió con un interés más vivo que el Sr. Portal. Vivió como verdadero parisino las horas trágicas de 1914. Huir ante los días de angustia le habría parecido indigno; y le gustaba recordar la actitud espléndida de París mientras que su suerte se jugaba en la batalla del Marne. Tampoco pareció más intimidado en el momento crítico de 1918, cuando se oyeron, ya entrada la primavera, estallar los obuses alemanes.

Seguía con atención a sus amigos que estaban en el frente. Y cuando los volvía a ver durante unas horas, en el curso de un permiso, escuchaba con emoción lo que le contaban del impulso maravilloso del alma francesa, de su espíritu de sacrificio, del profundo movimiento moral y religioso que levantaba los corazones. Me encontraba yo una vez con él el día de su vista a las Hermanas de Reully. Me llevó con él para decir unas palabras a los niños. Les hablé naturalmente del espíritu de sacrificio de nuestros soldados, de la vida religiosa en el frente; y todo el mundo estaba emocionado, el conferenciante improvisado lo mismo que sus oyentes.

Seguía también la política general. Algún amigo de Roma le traía noticias de Italia. Los de París no se habían olvidado del camino a la calle de Grenelle. Y sucedía que este modesto sacerdote era, en la guerra como en la paz, uno de los hombres mejor informados de París.

Estaba entonces en tratos con el Sr. R. De Caix, eminente especialista en cuestiones coloniales, y muy al corriente también de la política extranjera. El Sr. De Caix se preocupaba naturalmente de la propaganda francesa, y de la Casa de la Prensa, que era su centro. El Sr. Portal, con ojo avizor, vio inmediatamente la ocasión de una de esas conexiones cuyo secreto él conocía.  –Era hacia finales de 1916 y se comenzaba a tener serias preocupaciones por Rusia y las influencias que podían, en torno al zar Nicolás II, amenazar más o menos la alianza. «Creyente» como era el zar, ¿no era oportuno que, entre los obreros de la propaganda francesa, hubiese allí representantes de la idea religiosa? Eran designados capellanes militares para dar testimonio de la renovación de la Francia cristiana, notablemente en el frente. El Sr. Portal tenía en sus manos lo que hacía falta: los amigos a quienes hacía tiempo había orientado hacia Rusia, y que se habían entregado por entero al estudio de ese gran país

Fue entonces cuando dejé la 40ª D.I. en la que estaba como capellán desde el principio de la guerra, para ser destacado al servicio de los Asuntos extranjeros y de la propaganda francesa en Rusia. La revolución que derribó el trono imperial estuvo a punto de paralizarlo todo. No obstante, como la misión estaba decidida, partí para asistir a  los impotentes esfuerzos de los que esperaban contener la revolución y dirigirla por medio de una ideología vana y palabras tan vacías como sonoras. Dos cosas me impresionaron de pronto: en primer lugar la necesidad de llegar al alma popular. Desde un principio los bolcheviques se había empeñado en ello: en los interminables mítines que paralizaban día y noche las calles de Petrogrado como los acantonamientos y las trincheras del frente, sus oradores esgrimían continuamente los motivos que podían mover al pueblo. Al mismo tiempo sus diarios penetraban en todas partes, mientras que la prensa liberal apenas llegaba a algunos intelectuales de la retaguardia. Además los temas de estos últimos diarios, realizaciones materiales, combinaciones diplomáticas, ventajas territoriales, no decían nada al pueblo. Quizás hubiese vibrado aún ante el pensamiento de plantar la Cruz en Santa Sofía; pero la conquista de los Dardanelos le dejaba por completo indiferente. Nunca se sintió más dolorosamente que en esta época todo el abismo que separaba al pueblo de «la inteligentsia». Los cabecillas revolucionarios sabían desenvolverse mejor. No habían confiscado a su favor una de esas palabras a las que el alma rusa no ha quedado nunca indiferente: la «Pravda», la verdad, la justicia? Y a esta etiqueta se había acogido su prensa como también sus discursos.

Tampoco le impresionaba a uno menos, por otro lado, la espantosa atonía de voluntad que reinaba en las clases cultivadas de la sociedad. En medio del barullo universal, se encontraba gente valiente dedicada en  sus tardes y noches a elaborar, con gran refuerzo de discursos, los estatutos de una sociedad destinada a acercar las Iglesia separadas. No veían ninguna dificultad en edificar la paz del mundo, mientras que su propia casa se quemaba. No era el momento de acordarse de la leyenda que se encuentra inscrita en la primera página de la historia rusa? Incapaces de remediar el desorden que reina en todas partes, los Rusos entonces  no dudan en dirigirse al extranjero. «Venid, decían a los Varegos, a reinar sobre nosotros y poner orden en nuestro lugar». Frente a tales caracteres,   una intervención más enérgica del exterior no habría  producido felices resultados? Era el parecer de patriotas clarividentes  y enérgicos que deploraban la fórmula diplomática: «No intervenimos en los asuntos nuestros aliados». Y de hecho, no eran solamente los asuntos de Rusia los que estaban en juego, sino los de todos los aliados. Las incertidumbres diplomáticas y las medidas a medias políticas o militares eran allí más deplorables que en todos los demás lugares. Pero en Francia, quién conocía Rusia?

Una última esperanza de salvación podía venir de la Iglesia, y el Sr. Portal la sabía. Al mismo tiempo que documentos del renacimiento religioso en Francia, él había querido que yo me llevara también la historia de san Vicente de Paúl. En el momento en que la Iglesia rusa, liberada de la tutela imperial, iba a afrontar  la empresa terrible de su organización y suscitar una vez más la cuestión de su reforma, era útil, creía él, darle a conocer la gran obra de reforma católica realizada en Francia por san Vicente.

La Iglesia rusa no parecía en el exterior, tan sacudida como se hubiera creído. Reunió en el mes de agosto un concilio de todas las Rusias, en el que se habló, se votó, se tuvo incluso tiempo de crear un patriarca. Pero esta asamblea, que se convirtió más de una vez en «mitin parlamentario», era incapaz de oponerse a la ola que invadía irresistiblemente toda la vieja Rusia.

Cuando regresé a París, intercambié mis impresiones con el Sr. Portal. Tuve también ocasión de comunicárselas al Sr. Alber Thomas, quien me había dado una muy amable acogida en Petrogrado; no se mostró menos amable en París. En una visita que le hizo el Sr. Portal, le hizo objeto de la mayor confianza, le dijo, entre otras cosas, que había sido preciso apoyarse en Kerenski, porque era por entonces «la única carta que jugar». Y le aconsejó, al despedirse, que fuera a ver a Clemenceau.

La entrevista con Clemenceau fue concertada por mediación del Sr. Francisco Marsal, que estaba entonces, como comandante de infantería, agregado al gabinete militar del ministro. El Sr. Francisco Marsal y sus amigos, en especial el Sr. Enrique Lorin estaban muy interesados por la impresión que teníamos de los asuntos de Rusia. Clemenceau tributó al Sr. Portal la mejor acogida y, ante su recomendación, resolvió ver a los dos  abates  a  quienes  en  otro tiempo había orientado hacia Rusia y podían según él ser útiles a la acción francesa en ese  país.

Con  eso,  fui  llamado  del  frente,  a  donde había  vuelto con la  52 ª  D . para presentarme a  Clemenceau.

Corrían  los  primeros días de  febrero de 1918. Clemenceau me recibió solo, en su gabinete, despierto como siempre, la vista viva y joven bajo unas cejas enmarañadas; el talle coro y algo cargado, sin parecer aplastado por el peso de la edad. En su conversación se mostraba como gran hombre de bien, preciso, inteligente que captaba rápidamente las cuestiones y sus matices, en quien se despertaba inmediatamente el interés por las ideas filosóficas y sicológicas, Se hablaba con él sin sentir embarazo alguno.

Le hablé algo sobre mis estudios rusos, mi viaje, mi misión, de lo insuficiente que resultaba nuestra acción en Rusia. Me respondió que había decidido actuar, que iba a enviar una misión de bastante importancia, y que quería poner al lado del jefe de la misión a hombres capaces de orientarle por el buen camino, Me permití entonces hacerle observar que otros llevarían a cabo mejor que yo el trabajo exterior, que mi actividad era ante todo de orden literario  y filosófico. Le expuse lo que había que hacer en Francia, y le entregué una nota a propósito. «Se trata le decía, del momento de dar a conocer al alma y el pensamiento de Rusia. Nuestra ignorancia del mundo ruso ha sido en gran  parte causa de nuestros sinsabores; y quizás se hubieran evitado catástrofes, si el cuerpo selecto intelectual francés hubiera estado mejor informado. No ha llegado la hora de dar a conocer el temperamento ruso de una manea justa y hasta simpática? Una vez realizado este trabajo en Francia puede tener una recuperación de las más felices en Rusia.

«Hay que anticipar el momento en que la conciencia nacional se recobre. Pasada la fiebre de anarquía, se hará un llamamiento a las fuerzas intelectuales del país, para reconstruir y organizar. Importa pues ante todo mantenerlas y ayudarlas a recobrar confianza en sí mismas. Es lo  que allí se echa de menos en «la inteligentsia», profundamente separada, hace ya dos siglos, de la vida y del ideal nacional. Lo Rusos, demasiado proclives a denigrarse a sí mismos, a negarse toda posibilidad de esfuerzo útil y de trabajo fecundo, quedarán seguramente impresionados al  ver a Francia estudiar con interés y simpatía su pensamiento y su ideal. Creerán en Rusia al constatar que nosotros mismos creemos en ella. Conferencias, folletos, artículos consagrados a este objeto no serían menos eficaces en Rusia en Francia, y tal vez sea en París donde se salve  Petrogrado.

«Este trabajo se impone, y por largo tiempo, ya que a ningún precio debemos permitir que Alemania establezca un dominio incontestado en Rusia, y todavía menos en el terreno intelectual que en el material».

Hablamos luego con Clemenceau del alma rusa,, de la mentalidad rusa. Escuchaba con interés. Le dije que los rusos no tenían las mismas concepciones que nosotros. Así en la novela de los Poseídos, Dostievski hace decir a uno de sus personajes que el Ruso no tiene sentimiento del honor. Mientras que nosotros, los Franceses, ciframos toda nuestra vida moral en el honor, la dignidad, el orgullo, el Ruso insiste sobre la humildad; hasta diríamos que busca la humillación, el sufrimiento expiatorio. «Pero, intervino entonces Clemenceau, es un sentimiento del todo cristiano!  –También es verdad, respondí, que los Rusos son quizás, por sus aspiraciones, el pueblo  más cristiano que haya en el mundo». Hablamos asimismo del profetismo, del mesianismo ruso, de ese sentimiento por el que este pueblo se siente destinado a descubrir al mundo y a darle, a precio incluso de su existencia y de su honor, una vida mueva y no sé qué felicidad de Tierra Prometida. Clemenceau señaló entonces, muy gentilmente en verdad, que el mesianismo era más útil para la vida futura que para la práctica de la vida presente. «Pero Sr. Presidente respondí, las dos actitudes no son quizás irreconciliables». Y añadí que Francia era tan grande precisamente porque había unido en ella este doble ideal: había mantenido bien alta la bandera del honor, es cierto; y al mismo tiempo, no se hacía mostrado admirable por la humilde paciencia, y la aceptación heroica del sacrificio redentor? Escuchaba con atención  conmovida,  y parecía contento. Me dijo que me mandaría volver pronto a París  para ver a la gente de la misión.

La charla había durado unos diez minutos. Me levanté  para despedirme. Él se levantó y me condujo hasta la puerta. «Señor abate, me dijo estrechándome la mano calurosamente, no profesamos quizás del todo las mismas creencias, pero tenemos el mismo ideal. Tendréis muy pronto noticias mías».

Al día siguiente o al otro, el comandante Francisco Marsal me escribía: «El presidente me dijo qué satisfecho había quedado de la charle que mantuvo con vos». Yo había salido para el frente; el Sr. Portal, al remitirme la carta, juntaba estas líneas: «No necesito añadir que me siento dichoso al enterarme de la satisfacción del presidente pro vuestra visita. Lo estamos consiguiendo, creo yo».

A propósito de la misión que se trataba de organizar, Clemenceau había pronunciado el nombre del Sr. Lutaud, quien acababa de verse libre de sus funciones como gobernador de Argelia.

Casi al salir de la visita, el Sr. Portal me llevó como lo hacía a veces a ver al Sr. Senart, quien escuchó el relato de la audiencia con vivo interés. Cuando pronunció el nombre de Lutaud. «Lutaud! Exclamó con una apreciación más bien enérgica, después de todo, es quizás por eso por lo único que hará algo!»

A primeros de marzo se nos convocaba otra vez: al Sr. Portal, al abate Quénet (también capellán militar y especialista en cuestiones rusas), y a mí, al Ministerio de la guerra. Bien derechos subíamos los tres la gran escalera que conducía al gabinete del ministro. Fue una sesión memorable. Clemenceau había convocado por otra parte al Sr. S. Pichon, ministro de Asuntos exteriores, al Sr. Loucheur, ministro de Obras  públicas, y al Sr. Lutaud, definitivamente destinado a formar u dirigir la nueva misión rusa. Los dos ministros debían dar su parecer, el Sr. Pichon, bajo el punto de vista diplomático, el Sr. Loucheur, bajo el punto de vista de la organización material. Clemenceau tomó la palabra y expuso la cuestión con rapidez. La misión estaba admitida de principio. Al Sr. Lutaud no le cabía desempeñar allí más que un buen trabajo, asistido de los capellanes cuya competencia rusa era indiscutible. Los ministros consultados hicieron apenas alguna pregunta de carácter formal. Nadie se negó. Y la sesión, que fue breve, se cerró con el encargo oficial entregado al Sr. Loucheur de ponerse inmediatamente a la realización del proyecto. Nos fuimos una vez más a ver al bueno del Sr. Senart, quien, de nuevo, no pudo reprimir una exclamación: «Lutaud escoltado de  dos vicarios generales!», repetía con suave regocijo, representándose ese cuadro.

Otros, sin duda, fueron de este parecer, comenzando por Lutaud mismo, quien, desde el principio mismo, no había dado señales de mostrar gran entusiasmo por esta deportación a Siberia (ya que la misión debía llegar a Rusia por el Extremo Oriente, una vez dada la vuelta al mundo?

Sin embargo, se echaron las bases de una organización, se constituyó una oficina; de la que el abate Quénet fue nombrado secretario, sin que se supiera con certeza en qué consistían sus poderes de «vicario general» para Siberia. Y de pronto, mientras se andaba a tientas alrededor de esta empresa tan laboriosa, estalló en el frente la terrible sorpresa de marzo de 1918. Otra preocupación que Rusia y Siberia vinieron a absorber la atención de Clemenceau. Hacia finales de marzo, los dos capellanes volvieron a sus puestos, y la misión Lutaud terminó antes de recibir el último toque.

Se juzgó de diferente manera la acción de los Aliados en Extremo Oriente, unos meses después, tras los grandes éxitos conseguidos a la largo del Transiberiano por las legiones Checo-eslovacas.  –Atrevidos y fuertes, estos 40.000 hombres se hicieron en un instante dueños de toda la Rusia Oriental, desde Penza hasta Vladivostock, haciendo temblar más de una vez a los amos del Kremlin.

Una política de acción vigorosa, una iniciativa osada y enérgica, bajo el punto de vista militar y diplomático, un Mangin sostenido por un Clemenceau, habrían conseguido resultados decisivos? En todo caso, las tergiversaciones, las moratorias, las medidas cortas no podían conducir a ninguna parte. Los checos se cansaron, los rusos no supieron organizarse; el frente se desmoronó; y los bolcheviques, los únicos que mostraron decisión, se hicieron fuertes ante los vanos esfuerzos y las estériles tentativas dirigidas contra ellos. Ya no se trataba de exportar al Sr. Lutaud. Pero los dos capellanes franceses se incorporaron a la misión francesa de Siberia, adonde llegaron con su colega, para asistir a las últimas convulsiones de los partidos, y a la descomposición progresiva  de las últimas fuerzas de la resistencia rusa.

El Sr. Portal los había visto esta vez sin entusiasmo. El momento se había escapado: él lo sentía. Su iniciativa de curioso y atrevido no deja de ser por ello menos un testimonio bien interesante de su intuición, de su estilo, y también de la prodigiosa influencia que sabía adquirir en todos los medios.

Entretanto la salud del Sr. Portal preocupaba cada vez más a sus amigos. Podría seguir  por largo tiempo todavía con la dirección de este Seminario San Vicente fundado por él y que había resultado una próspero?

Sus superiores no se lo pensaron dos veces y le pidieron que lo dejara. Pero con el fin de no poner obstáculos a su celo apostólico, le autorizaron a instalarse solo, a su gusto, donde tuviera a bien. Se estableció pues en la calle de Grenelle en agosto de 1908. Desde allí partirá su acción  en adelante.

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