Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo I)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Hipólito Hemmer · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. .
Tiempo de lectura estimado:

Advertencia

A la muerte del Sr. Portal, sus amigos se pusieron de acuerdo para escribir su vida. Pero había sido tan rica en obras variadas e independientes, que ninguno de ellos podía decir que la había conocido completa. Acordaron pues que cada uno prestaría su testimonio sobre aquella de estas obras a la que había contribuido personalmente. La documentación afluyó.

No se halló a nadie más apto para recogerla y coordinarla que al pío y sabio sacerdote a quien el Sr. Portal había asociado hacía largo tiempo a su Grupo de los Normalistas, y muy recientemente a las memorables Conversaciones de Malinas: el canónigo Hipólito Hemmer. Este, a pesar de su avanzada edad y multitud de cargos pastorales, emprendió la primera vista y clasificación de un número considerables de piezas de toda procedencia. Pudo redactar por sí mismo una parte importante de esta biografía, que le apasionaba de manera especial. Pero la parálisis llegó poco a poco a detener su mano y a frenar su memoria. ¿Podría terminar su obra?  «Cuando se edite mi libro, decía a un confidente, llevaré un ejemplar al Santo Padre, otro al cardenal Van Roey, y un tercero, si puedo, a Lord Halifax. ¿Pero ya podré? En todo caso, si me muero antes, sé que se hallará a alguien bastante seguro y con bastantes ánimos para acabar mi boceto y publicarlo.»

Algunos días después sucumbía bajo un segundo ataque sin haber recobrado el habla.

Lo que aparece hoy es el conjunto de su trabajo. Se ha respetado con cuidado el texto, como los de los demás informadores: Srs. Prat y Santiago Chevalier, el abate Gratieux, el abate Th. Giaume, el Padre M.-A. Dieux, la Sra. Gallice…

Esta vida del Sr. Portal por contener variadas lecciones de una actualidad muy particular, hemos considerado un deber que no se retrase más en ser publicada.

O. Lemarié

Capítulo I: Preludio

Fernando Esteban Portal nació en Laroque, pueblo del Hérault, en las estribaciones de los Cévennes, el 14 de agosto de 1855. Era hijo de Pedro Portal y de Luisa Lafabrier. Fue bautizado en la iglesia del pueblo el 16 de agosto.

Apenas se ve familia cristiana en la que la llegada de un hijo, sobre todo si es niño, no ponga en los labios de los padres la pregunta que se hacían los que rodeaban a Zacarías a propósito del pequeño Juan, el futuro Juan Bautista. «¿Qué pensáis que llegará a ser este niño?» Pero no se observó ningún signo de presagio en el niño que acababa de nacer. Y sólo fue hacia la edad de tres años cuando un incidente pareció dar señal de una atención especial de la Providencia en él. El Sr. Portal lo ha referido con toda sencillez.

Hacia los tres años una enfermedad me llevó a las puertas de la muerte.

Una tarde, el médico llegó a creer que no pasaría la noche, y se lo dijo a mi madre, previniéndole que no volvería a hacer otra visita. Cuando volvió a entrar mi padre, encontró a mi madre y a mi abuela llorando cerca del enfermito cuyo último suspiro esperaban. Lo primero, tuvo un movimiento de cólera contra este médico brutal, que se había atrevido a hablar de tal manera a mi madre; luego, pasado un tiempo de reflexión, salió sin decir a donde iba.

En nuestros Cévennes existe un viejo santuario donde desde hace siglos los católicos van e peregrinación. Las parroquias vecinas se dirigen allí cada año. Tiempos atrás, los fieles cubrían a menudo la ruta en procesión, recitando oraciones o cantando salmos.

Llevaba sus buenas tres horas de camino para ir a pie hasta Nuestra Señora del Suc, pobre iglesia vetusta, reconstruida desde entonces y consagrada en honor de la Virgen Santa.

Allí es, continúa el Sr. Portal, a donde se dirigió mi padre a pedir un milagro. Llegó cerca de la capilla hacia medianoche, Sin molestar al ermitaño que la cuidaba, oró un buen rato en el dintel de la puerta; prometió a la santa Virgen que si ella obtenía mi curación yo le quedaría consagrado, que durante tres años yo llevaría sus colores y que los tres años sigu8ientes me llevarían a la Capilla,  y que, si más tarde quería entregarme a Dios, él no se opondría a ello. Y se volvió.  –Eran las dos de la mañana cuando entró en la casa. Para calmar las inquietudes que su larga ausencia había causado, relató junto a la cuna lo que acababa de hacer. El enfermo continuaba en el mismo estado; por fin al cabo de unos días mi curación era segura.

No me parece que los padres tuvieran nunca formado el plan de dar a su hijo a la Iglesia; sin embargo cuando estuvo en edad de empezar sus estudios, se lo confiaron a un sacerdote, que era pariente, y que  ejercía el ministerio en una parroquia de la diócesis de Nîmes. La influencia de este buen sacerdote no anduvo tal vez muy lejos del proyecto que más tarde concibió el niño de abrazar el estado eclesiástico. Un cambio de residencia en 1867 obligó al Sr. Abate Portal a devolver a sus padres el niño, que expresó el vivo deseo de continuar sus estudios, y logró entrar en el seminario menor de Beaucaire (1868).

Un año después, es colocado en el seminario menor de Montpellier, donde acabó sus estudios secundarios (1869-1874). La carrera militar tenía para él sus atractivos, y puso en jaque a la vocación eclesiástica. Al cabo de muchas dudas se decidió por el sacerdocio. Su ambición era entonces hacerse misionero entre infieles; con esto en la cabeza se hará lazarista. A sus padres, que le apremian para que tome partido, les notifica su elección mediante una carta tan notable por la firmeza del tono como por una afectuosa deferencia.

Mis muy queridos padres,

Al fin van a cesar vuestras incertidumbres y, para ponerles un término antes que nada, os diré que tengo la esperanza de ser un día un buen misionero. Van a cumplirse ya cinco años cuando dos carreras se abrían ante mis ojos: la carrera militar y la carrera sacerdotal.

Después de luchar mucho, ayudado por el auxilio del cielo y sabios consejos, he podido por fin superar la dificultad. Como ya os he dicho, creo firmemente que Dios me llama a ser uno de sus ministros. Sí, mis queridos padres, yo seré sacerdote, pero, os lo confesaré, no querría quedarme en la diócesis… Mis gustos, mi carácter, todo me inclina hacia una congregación religiosa; ahora sólo deseo una cosa, y es ser un hijo de san Vicente de Paúl, un buen lazarista. Ya estaréis pensando en la cruel separación  que pronto tendrá lugar; mas pensad que a los tres años me entregasteis a la santa Virgen. ¡Ah! Si mi padre, cuando se hallaba en la iglesia de nuestra Señora del Suc, mientras que yo me moría en mi cuna, ¡ha! Si entonces hubiera tenido que elegir entre ver morir a su hijo y hacer de él un misionero, no habría dudado. Me dedicasteis a María. Que el sacrificio sea completo. Esta buena madre nos obtendrá el ánimo que tan necesario nos es a todos.

Espera con la mayor impaciencia vuestra respuesta, que me enviaréis a vuelta de correo. No os dejéis llevar más que de vuestra piedad y corazón, y estoy seguro de que, aun con llanto, me diréis: Vete adonde el buen Dios te llama.

Para concluir, os abrazo con todo mi corazón. Fernando, aunque misionero, será siempre para vosotros un hijo fiel y respetuoso. Su amor aumentaría, si fuera posible, hacia unos padres tan buenos y valientes, de los que soy con orgullo

El hijo más agradecido y sumiso, Portal.

La oposición a sus planes no fue larga. Fue el padre quien presentó algunas objeciones; el sacerdocio le costaba mucho. Pero era hombre de honor: había prometido a la sant6a Virgen; concluyó con tristeza y firmeza: «La santa Virgen te recupera: es la única razón de que yo te deje partir…»

El 14 de agosto de 1874, diecinueve aniversario de su nacimiento, Fernando Portal era recibido en la congregación de la Misión. Dos años después; 15 de agosto de 1876,  pronunciaba en ella sus votos.

Ninguna correspondencia, ningún diario nos ha conservado detalle alguno particular sobre el noviciado, no sobre los estudios teológicos del joven lazarista. El reglamento general de San Lázaro imponía ya en el segundo año de noviciado ciertos estudios de filosofía complementarios de los que se suponía que se habían hecho antes de la admisión. Tres años que consagraban al estudio de la teología. Los libros en uso entonces en los seminarios de Francia eran simples manuales (Bouvier, Vincent, Bonal, Schouppe, etc…). Pero en San Lázaro, como en san Sulpicio, sucedía que la enseñanza oral de profesores de vocación completaba por suerte la del libro. Los Institutos católicos acababan de nacer (en 1785) y todavía no habían producido en el clero francés el renacimiento intelectual y teológico que se manifestó  más tarde con esplendor, y al que el Sr. Portal debía llevar una colaboración llena de inteligente simpatía

La inclinación que había conducido al Sr. Portal a la congregación de la Misión no se contradijo en ningún momento de su vida. Desde los primeros días se encontró en su elemento, en casa de los hijos de san Vicente de Paúl; y hasta el fin de sus días confesará que su vocación de sacerdote de la Misión ha sido por parte de la Providencia una gracia de elección. Entre sus cohermanos respira una atmósfera de piedad sencilla, de cordialidad, de caridad donde se dilatan los dones de su natural afectuoso.

En San Lázaro las tradiciones heredadas de San Vicenta de Paúl tenían una parte preponderante en la formación espiritual y mística de los jóvenes religiosos. Si bien las Obras del santo fundador no se habían publicado aún, y vulgarizado como lo fueron en la gran edición del Sr. Coste, no obstante lo esencial de la correspondencia y de las «Conferencias» componía un precioso tesoro del que se alimentaban el espíritu general de la congregación, y toda la espiritualidad. El Sr. Portal quedó impregnado de él profundamente. Lleno de ese espíritu reconocía el inmenso beneficio del que se sentía deudor a sus mayores, a sus Padres espirituales.

Los cinco años de formación en el «seminario interno» (1976- 1880) estuvieron como jalonados por ordenaciones sucesivas; la tonsura y las órdenes menores en 1878; el subdiaconado en 1878 (21 de diciembre); el diaconado en 1879 (7 de junio); sacerdocio en 1880 (22 de mayo).

La existencia tan unida de los jóvenes estudiantes religiosos tuvo que atravesar, para Fernando Portal, por una prueba de salud, que le sirvió para ser destinado durante un año, como profesor, en el seminario menor de Tours en 1878. El aviso fue tomado en consideración por los Superiores cuando se trató de escoger el destino para este joven religioso, y determinar el empleo de su vida. «Mi salud no fue brillante durante mi estancia en la casa madre de los Lazaristas». Así lo anotaba el Sr. Portal en un cuaderno confidencial. Toda su vida se resintió de las amenazas graves que habían puesto a prueba sus primeros años en París. Lejos de lamentarse, vio en ello una atención de la Providencia, que se manifestaba en la conducta de su vida.

Hay unas palabras de santa Teresa, escribe, que he citado muy a menudo: gracias a Dios, ella decía, he estado siempre enferma. Y me complazco en citarla, no sólo por lo que contiene de admirable, sino también porque, si se me perdona la osadía de la comparación, nunca podré mostrar el suficiente agradecimiento al buen Dios por haber estado enfermo. Todo sirve para conducirnos adonde la Providencia nos quiere, los buenos sucesos como los malos, la salud como la enfermedad, y muchas veces el fracaso  y la enfermedad con más seguridad que el éxito y la salud. Y esto me ha ocurrido a mí.

Pero las miras de la Providencia se van dejando ver con el tiempo.- Y constituyó una decepción para el joven religioso ver alijarse el proyecto de las misiones en el extranjero, que habían seducido su juventud y tal vez inspirado su vocación. Una vez ordenado, había pedido al superior general ser enviado a  China. «Se burlaron amablemente  de sus pretensiones»; y fue destinado, como profesor de filosofía, al seminario  mayor de Orán. Ni siquiera  acabó el año escolar: a fines de abril se produjeron largas hemotisis.

El primer mes, nos refiere, tuve cuatro el mismo día. Me confesé haciendo el sacrificio de mi vida, por prudencia cristiana más que por convicción, porque en ningún momento sentí desesperación.

Se puso en pie, en efecto, pero siguió sometido a alertas que le mantuvieron «en una constante incertidumbre por el día siguiente durante más de veinte años». Esta enfermedad parecía que iba a paralizarlo. Sin embargo ella iba a ser el origen de los acontecimientos que dirigieron definitivamente el empleo de toda su existencia.

Pero antes, su vida fue traída y llevada con dureza durante años. Trasladado de Orán a Lisboa, luego al seminario mayor de Niza, para asentarse en el ce Cahors, en 1882 donde pasó cuatro años como profesor de dogma. Pero un nuevo vómito de sangre (1886) le hizo suspender la enseñanza, y partió para Lisboa, a un clima más dulce (noviembre de 1887), después de cumplir algunas misiones en España. No fueron inútiles estos años de prueba para su cultura intelectual ni para su progreso espiritual. En Portugal como en España, aprendía las lenguas. En todos los lugares estudiaba la historia y a los hombres, observaba las instrucciones y las costumbres. Lecturas selectas ampliaban su horizonte, al propio tiempo que la amenaza de la enfermedad le habituaban a vivir con el pensamiento en Dios y, por decirlo así, bajo la mano de la Providencia.

Un publicista francés de gran mérito, el Sr. Eugenio Tavernier, que conoció al Sr. Portal años más tarde (hacia 1894), y que consiguió entrar en su intimidad, ha trazado de él un retrato fiel, en lo moral como en lo físico.

«Muy cerca por entonces de los treinta y nueve años, de aspecto tal vez juvenil para su edad, de buena estatura, con el pelo negro, frente levantada y noble, fisonomía definida y fina, algo coloreado, ojos plenos de inteligencia que le iluminaban, dulces, espirituales y buenos, a los que atravesaban a menudo vivas luces; la boca y barbilla acentuadas como pasa con la gente de energía concentrada  y tenaz;  – a lo que se puede añadir una especie de jovialidad hecha de cordialidad, de modestia y de distinción…; tal es mi recuerdo más lejano, muy preciso, por otra parte muchas veces reavivado durante treinta años de relaciones amistosas. Siempre hallé en el Sr. Portal al hombre que, por el espíritu y el corazón, llama la confianza, y que es profundamente dichoso al dar la suya. Este sacerdote, tan animado de fe y de celo, este lazarista tan afecto a su ilustre compañía, representaba a una de los tipos más completos del amigo excelente, entregado, no sólo con afecto, sino con solicitud… una solicitud sostenida, previsora, ingeniosa y positiva.

«El espíritu de sencillez era en él un carácter dominante, que se expansionaba en la encantadora naturaleza del abate Portal; pero procedía de más lejos y de más alto. Con toda conciencia, y como una inclinación que se afirma con alegría, se unía a uno de los rasgos esenciales de san Vicente de Paúl. En todas las categorías del ministerio apostólico: propaganda, retiros, enseñanzas, administración, trabajos literarios, obras de beneficencia…, el abate Portal mostraba una inquietud constante y firme por seguir la vía de la sencillez que el fundador preconizó de palabra y consejo».

A una naturaleza de tal manera dispuesta, sólo le faltaba la ocasión para hacer florecer una de esas amistades que se adueñan de una vida para ponerla al servicio de una gran causa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.