Félix Azcárate (1918-2011)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: P. César Chávez Alva, C.M. · Year of first publication: 2011 · Source: Boletín Provincial de Zaragoza.
Estimated Reading Time:

Nació el P. Félix en la ciudad de Olite (Navarra) el día 12 de julio de 1918, en el seno de una familia cristiana y numerosa, formada por sus padres, Gonzalo y Victorina, y ocho hermanos. Ingresó en 1931 en la apostólica de Pamplona, donde estudió Humanidades-Bachillerato. En 1935 fue admitido en la Congregación al comenzar el Seminario Interno en Tardajos. En 1937 estudia Filosofía en Villafranca del Bierzo (León) y, de 1940 a 1944, Teología en Cuenca. En esta ciudad recibió la Orden del Presbiterado el día 13 de febrero de 1944, año en el que comienza su periplo misionero por América Latina: comienza su ministerio sacerdotal en el seminario de Sucre (Bolivia); en 1947 ejerce de profesor y párroco en Anca (Chile) y de nuevo, en 1952, vuelve a Bolivia, a ejercer su ministerio en La Paz. En 1953 inicia su andadura misionera más larga, porque durante cincuenta años «los pies del mensajero que anuncia la paz» anduvieron por los caminos de Perú, especialmente en su capital, Lima. En esos cincuenta años fue profesor en Chiclayo, párroco en La Milagrosa de Lima, donde estuvo en cuatro ocasiones, unas veces de párroco y otras de vicario y ecónomo; fue vicario en la parroquia de Santa Rosa de Quives y en dos ocasiones párroco de la parroquia Ntra. Sra. de Belén, también en Lima; y, finalmente, en el curso 2002­2003 fue vicario de la parroquia de La Asunción (Lima), de donde en 2003 regresaba a Pamplona, al lugar donde había comenzado su camino vocacional y desde donde ha partido, el día 19 de enero de 2011, al encuentro con el Padre, con el «misionero de Dios», Jesucristo, con el Espíritu que le acompañó en su ministerio y con la Iglesia celeste que canta: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, la salvación».

———————

Conocí al P. Félix en el año 1983, en un festival de coros parroquiales. Me llamó la atención ver a un padre mayor, con sotana, en medio de tanta juventud, dirigiendo con mucho entusiasmo al coro de su parroquia, y se le veía feliz, orgulloso, y los jóvenes también disfrutaban mucho de su presencia. Años más tarde nos volvimos a encontrar en la parroquia de la Asunción, yo como seminarista y él como párroco de Ntra. Sra. de Belén. Lo veíamos en las horas de las comidas, siempre puntual, con su sotana bien puesta, alegre; los padres contaban que un tiempo atrás tenía un pequeño coche pero que era tan viejo, que muchas veces él terminaba empujándolo hasta que decidió dejarlo para ir a pie. Los seminaristas le teníamos especial cariño, a pesar de que no vivía con nosotros, porque siempre tenía una palabra amable, un gesto cordial, y transmitía ser un sacerdote feliz. Recuerdo que en una oportunidad fuimos a conocer su parroquia, bastante sencilla, con muchos ambientes de madera, pero tenía de todo: diversos servicios para los pobres, una imprenta muy completa, computadora, impresora láser… lo último en tecnología porque P. Félix estaba convencido que había que evangelizar empleando los medios modernos de comunicación. Fue la primera vez que vi un proyector multimedia (hablo de más de 20 años), él le llamaba «cañón» porque en verdad parecía eso… un cañón grande, con el que proyectaba las letras de las canciones en la misa. Su parroquia era la única en Lima que empleaba instrumentos musicales electrónicos, y los jóvenes disfrutaban, y él mucho más, ensayándoles, enseñándoles cantos litúrgicos, ayudándoles a disfrutar de la música. Y eso nos impresionaba, su sencillez y al mismo tiempo su fortaleza y convicción. Nuestro «padrecito de la sotana», no era un anticuado, sino que veía al mundo avanzar y él no se quedaba a atrás, veía con profundidad lo positivo de los tiempos nuevos, sin satanizar, y él intentaba responder con la novedad del Evangelio y con una clara identidad sacerdotal.

En el año 1993 se estrenaba el nuevo seminario, para los teólogos, en el terreno aledaño a la parroquia de Belén. Sabemos que el P. Félix celebró que el seminario se construyera en su parroquia. Tal vez recordaría los años que estuvo en el Seminario de Sucre (Bolivia) en sus primeros años de misionero en América. Cómo disfrutaba contándonos sus anécdotas misioneras, a lomo de mula, durmiendo donde le cogía la noche, cubriéndose con un manto, llevando a cuestas el altar portátil para celebrar la eucaristía en aquellos pueblos a donde la Providencia le conducía. Cuando el P. Félix hablaba de mortificación, de sacrificio, lo hacía con toda la autoridad de aquel que ha sabido tomar su cruz para seguir a Cristo. Descansaba lo necesario, trabajaba como ninguno, en un momento lo veías barriendo la entrada de la Iglesia, regando los jardines, y en otro, preparando algún tema, visitando algún enfermo… Su vida estuvo marcada por la sencillez vicenciana; como Vicente, para él también fue su «evangelio».

En el año 1996 fui destinado al Seminario para prepararme a las órdenes mientras apoyaba en la formación de los propedéuticos y filósofos. P. Félix era el superior de la comunidad y el «padre de experiencia» para los jóvenes que iniciaban su caminar vocacional. Era el director espiritual, el maestro de canto, el profesor de latín, pero sobretodo el sacerdote amigo y cercano. Impresionaba a los seminaristas por su simpatía, por su amor a la Congregación, por su manera sencilla de vivir y de contemplar la vida. A pesar de sus años, derrochaba energía, animaba a los jóvenes a querer la comunidad, a descubrir sus valores y a ser muy agradecido con Dios. Disfrutaba con la música, y con mucho empeño y generosidad formó el talento musical de muchos.

Siempre me impresionó su sentido de la obediencia: «nada pedir, nada rehusar» era su lema. Por eso todo lo tomaba como venido de Dios, con serenidad, con naturalidad. Cuando le preguntábamos cómo podía haber estado tanto tiempo sin ver a su familia, sin volver a España, se reía y señalaba que toda su vida era para Dios y su amada Congregación. Creía firmemente en la Providencia, por eso nada lo inquietaba y confiaba en que Dios actuaría en el momento y de la manera oportuna. La única vez que lo vimos enfermo y en cama fue a raíz de una dolencia cardíaca que hizo que estuviera varios días internado en una clínica. Me tocó reemplazarlo en la parroquia, y la verdad que fue muy difícil ocupar su lugar y hacer todo lo que él hacía solo y durante muchos años. La gente lo extrañaba mucho y sintieron su ausencia. Recuerdo que llegaba el fin de semana y tenía que pagar a los trabajadores que estaban haciendo un salón en la parroquia. Fui a verlo a la clínica y entre bromas le pregunté dónde guardaba la «Providencia» porque no quería verme en apuros. Me dijo «confía» y así fue… llegó el fin de semana y pude cumplir con todas las obligaciones de pagos.

Le pedí que fuera mi padrino de ordenación, y desde el diaconado se tomó muy en serio su papel. Me aconsejaba mucho, con realismo y esperanza, conversábamos de todo, en ocasiones discutíamos, pero en todo momento me remarcaba la exigencia de ser un sacerdote santo, no un simple sacerdote, sino SANTO. Aún conservo un cuadrito que él mismo preparó con delicadeza para mi ordenación, con 12 consejos de «un padrino sacerdote para su ahijado futuro sacerdote». Cito el último consejo: «Considérate al servicio y a disposición de todos. Que puedas repetir con Jesucristo: No he venido a ser servido sino a servir. Y que el Divino Redentor te recuerde las maravillosas palabras que dijo a sus Apóstoles: SERÁS FELIZ SI ESTO HACES (Jn 13,17)». Esto fue lo que P. Félix vivió con fidelidad durante su vida sacerdotal, por eso con razón en el seminario le llamaban «P. FELIZ» y ese es el recuerdo imborrable que ha dejado en todos los que le hemos conocido.

Me pidieron que escribiera algo sobre el P. Félix con poesía, lamentablemente no tengo ese don, pero no hace falta, porque la vida de nuestro querido Félix fue precisamente eso: poesía y música, que seguirá resonando en nuestros corazones.

 

Reseña aparecida en Anales, Marzo-Abril de 2011:

El P. Félix Azcárate Leoz falleció el día 19 de enero de 2011, a las 4.05 de la madrugada, en la casa de Pamplona (España),  a los 92 años de edad.

Nació en la ciudad de Olite (Navarra) el día 12 de julio de 1918, en el seno de una familia cristiana y numerosa, de ocho hermanos. Ingresó en 1931 en la apostólica de Pamplona, donde estudió Humanidades-Bachillerato. El día 18 de septiembre de 1935 fue admitido en la Congregación al comenzar el Seminario Interno en Tardajos. En 1937 estudia Filosofía en Villafranca del Bierzo (León) y, de 1940 a 1944, Teología en Cuenca. En esta ciudad recibió la Orden del Presbiterado el día 13 de febrero de 1944, año en el que comienza su  periplo misionero por América Latina.

Comienza en el Seminario Conciliar de Sucre (Bolivia), continúa su ministerio en Arica (Chile); en 1952 vuelve a Bolivia, esta vez a La Paz. En 1953 inicia su andadura misionera más larga, porque durante cincuenta años «los pies del mensajero que anuncia la paz» anduvieron por los caminos de Perú, especialmente en su capital, Lima. En esos cincuenta años fue profesor en Chiclayo, párroco en La Milagrosa de Lima, donde estuvo en cuatro ocasiones, unas veces de párroco y otras de vicario y ecónomo; fue vicario en la parroquia de Santa Rosa de Quives y en dos ocasiones párroco de la parroquia Ntra. Sra. de Belén, también en Lima.

En una carta del 02 de octubre del 2003, escribía desde Pamplona al entonces Visitador, P. Alfonso Berrade: «Yo he sido muy feliz en todos los destinos: Sucre, Arica, La Paz, Medalla Milagrosa, Chiclayo y la Asunción, después de mi larga permanencia en Belén. Ud. Me dijo un día, que llevaba muchos años en Belén y convendría cambiarme a otra comunidad, y me tocó nuevamente la Medalla Milagrosa. Viví muy feliz en esa parroquia con los ministerios parroquiales, atención a las Hermanas en diversas comunidades, seminarios, hospitales, puericultorio, atención de nuestro consultorio con mi gran cooperador el P. José Antonio Ubillús y compañeros seminaristas».

El P. Félix fue uno de los Padres fundadores de la Provincia Peruana. Su juventud sacerdotal y vida ministerial la dedicó en nuestra patria. A los 85 años retornó a España escogiendo la casa residencia de Pamplona.

El 3 de noviembre del 2003, escribía al P. Alfonso Berrade: «Padre, tengo 85 años cumplidos que ya me empiezan a fastidiar. Todos los familiares se deshacen en cariño y atenciones… me insistieron pedir quedarme en España como destinado aquí, al fin me encuentro dentro de la Congregación, a la que amaré siempre como siempre lo he hecho y tengo que decir que yo nunca hubiera pensado abandonar mi querido Perú. Aquí me encuentro en mi Congregación y así será hasta mi muerte». Y así fue.

La persona del P. Félix queda en nuestro corazón, lleno de gratitud. Todos los que le conocimos podemos dar testimonio de su vida íntegra como sacerdote, y misionero vicentino. Usaba sotana, y decía que estaba siempre a la moda, «cada quien se viste como quiere», y disfrutaba de su sacerdocio, su entrega pastoral, su dedicación a la juventud, particularmente a través del arte musical. Cómo no resaltar aquellas misas, donde, desde el altar, marcaba el compás y daba el tono musical a los jóvenes que con sus guitarras, platillos y bombo, hacían resonar las alabanzas a Dios.  Cómo no recordar su paso entre las Hijas de la Caridad, y su dedicación a los seminaristas, promoviendo el arte musical, el uso del latín, y haciendo que cada año sea nuevo, al evocar «llegó la primavera, tiene su encanto…» Estar al lado del él era sentirse contagiado para lo nuevo, para el servicio pastoral. Siempre tenía una palabra edificante que era refrendada por una sentencia latina. Y si había que hacer una obra, él era el primero en ponerse a trabajar, y luego la Providencia actuaba, estaba persuadido de que «a gotitas se hace el mar».

Agradezcamos a Dios, la vida y testimonio de nuestro querido y recordado P. Félix, y elevemos nuestras oraciones a Dios nuestro Señor, para que le conceda los premios merecidos por el bien que hizo en este mundo, con su entrega y fidelidad sacerdotal hasta la muerte.

Durante el curso 2002-2003 estuvo de vicario de la parroquia de La Asunción (Lima), de donde, en 2003, regresaba a Pamplona, al lugar donde había comenzado su camino vocacional y desde donde ha partido, el día 19 de enero de 2011, al encuentro con el Padre, con el «misionero de Dios»,  Jesucristo, con el Espíritu que le acompañó en su ministerio y con la Iglesia celeste que canta: «¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, la salvación».

P. Rubén Pedro Borda, C.M. (Visitador)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *