Capítulo XX: La revolución de 1848
Oh perverso error, hijo de la melancolía, ¿por qué presentas a la mente sana del hombre las cosas que no son?
Shakespeare (Julio César. Act. V; Sec. 3)
Ozanam regresó a París con el corazón henchido de esperanza. Veía en Pío IX el astro naciente ante cuyo resplandor debían palidecer todas las modernas apostasías. Y como transfigurado por la luz de ese astro, se presentó delante de sus discípulos de la Sorbona, el 21 de octubre, para dar comienzo al nuevo curso. La sala rebosaba de alumnos, los cuales tributaron una ovación afectuosa al querido maestro.
1.— Ozanam: en su vida de familia
Los primeros meses de 1848 fueron para Ozanam y los suyos una de esas raras épocas de la vida, llenas de paz y felicidad, épocas que es preciso aprovechar, porque siempre son fugaces.
Poseía Ozanam cualidades que contribuían mucho a crear la felicidad en su alrededor. Además de gozar de un constante buen humor, tenía en su manera de vivir una especie de poesía y de delicadeza que embellecía todo lo que lo rodeaba. Así, él tan sobrio en el comer que a veces ni sabía lo que comía, tenía especial cuidado en procurar que los domingos y días de fiesta hubiese siempre en la mesa algo nuevo y diferente, para festejar el día.
Hasta su muerte supo obsequiar a su esposa con flores y plantas en cada fecha memorable, y había en sus actos siempre algo espiritual como para embellecer la vida. Podemos, pues, decir que en aquel hogar hubo largas temporadas de completa felicidad. Y Ozanam saboreaba esa felicidad y al mismo tiempo dirigía su espíritu hacia el Altísimo, Autor de todo bien: «Bien maluco soy —solía decir a veces— al no mostrar mejor mi agradecimiento a Dios. La juventud se escapa y me doy cuenta de que no avanzo en la virtud. Ya pronto tendré treinta y cinco anos: Nel mezzo del camin di nostra vita. Suponiendo que llegue a andar todo el camino, tendré siempre que llegar al fin y mucho me temo llegar allí con las manos vacías.»
Dijimos que Ozanam saboreaba su dicha. Sin embargo, no estaba lejos la hora en la cual la política lo abrumaría con su peso.
2.— Política pontificia
En esos días, el conde de Montalembert pronunció un soberbio discurso sobre Pío IX y su Italia, que hizo vibrar de entusiasmo el corazón de Ozanam, quien al mismo tiempo se quejaba de la tibia indiferencia con que la Prensa católica acogió ese discurso. No pudiendo contenerse, se quejó a Foisset de que el Correspondant no hubiera publicado un artículo serio a ese respecto. Quejarse era, al mismo tiempo, ofrecerse a hacerlo. Y lo hizo. Primero, bajo la forma de un discurso, y luego de un artículo que completaba el discurso. Todo lo publicó en el Correspondant del 10 de febrero de 1848.
3.— Programa político de Ozanam
Establecía Ozanam en ese artículo la balanza entre los peligros y la esperanza que veía en la obra de Pío IX. Los peligros los encuentra afuera y también adentro. Y los enumera con calma y buen juicio. Al bendecir a Pío IX, no dejó de defender a Gregorio XVI. Rindió también plena justicia a la Compañía de Jesús, reprobando el reciente libelo del abate Gioberti: il Gesuita moderno, cuyas hojas habían sido utilizadas en pasquines incendiarios.
Dejando a un lado los peligros, empezó Ozanam a referirse a las esperanzas y las encontró numerosas. Pero lo que él coloca al fin y al principio de sus esperanzas es la persona misma del Papa. Su entusiasmo por Pío IX nace de la admiración que le inspira porque es bueno y porque quiere el bien. Y también porque es sabio. Ozanam lo encuentra coronado por todas las virtudes: pureza, caridad, fuerza. Su humildad le confunde. Su piedad le conmueve. Su oración le edifica. Ve que cada una de sus resoluciones fue antes fortificada por el fuego de la oración y purificada por las lágrimas vertidas a los pies del Señor. «En fin —repite él—, ese Papa es un santo. Un santo cuyo semejante lo encontraremos únicamente retrocediendo hasta Pío V.»
Ese vibrante artículo debía tener una conclusión aún más ardiente. Ozanam, el historiador de la conversión le los bárbaros, recuerda que, desde el siglo VI hasta el IX, los Papas San Gregorio el Grande y luego Gregorio III, rompieron con Bizancio, que había abandonado la defensa de la Iglesia, dirigieron sus miradas hacia los bárbaros quienes, al convertirse en sus hijos, se convirtieron también en su apoyo y en su defensa. Encontraba Ozanam cierta analogía entre esa antigua evolución de Roma y la que en sus días se efectuaba en favor de las masas populares. «Esas masas populares —decía él—, tiernamente amadas por la Iglesia, porque representan el número, el número infinito de almas que es preciso conquistar y salvar. Porque representan la pobreza que Dios ama y el trabajo que Dios bendice». Luego, con mayor osadía, termina con estas palabras: «Sacrifiquemos nuestras repugnancias, y nuestros resentimientos, y vayamos hacia esa democracia, hacia ese pueblo que no nos conoce. Persigámoslo no sólo con nuestra palabra, sino también con nuestros beneficios. Ayudémosle no sólo con la limosna que ata al hombre, sino también con nuestros esfuerzos para lograr instituciones que, al independizarlos, los hagan mejores. ¡Pasémonos a los bárbaros y sigamos a Pío IX!»
Ozanam no fue comprendido. Su último grito causó espanto. La palabra democracia evocó el fantasma del terror. El nombre de bárbaros lo tradujeron por comunista, por falansteriano. No comprendieron la alusión histórica ni tampoco su intención. Esto causó a Ozanam más dolor que sorpresa. Por sabido tenía él que su artículo suscitaría quejas y amonestaciones. Le llegaron por cantidades. Pero, por otro lado, tampoco faltaron las adhesiones más sinceras de los católicos fervorosos. El venerable P. Desgenettes le escribió dándole su aprobación. El P. Lacordaire le manifestó que compartía sus opiniones, asombrándole únicamente que lo encontrasen exagerado. Foisset le hizo algunas amonestaciones, pero tan amigables, que Ozanam juzgó que nunca fue ni tan cordial ni tan benévolo.
Ya lo hemos dicho: Ozanam sabía que su sinceridad no había de ser del agrado de muchos. Pero, aunque no le gustaba provocar discordias, desafió la opinión pública, sabedor de lo que le aguardaba, pero convencido del deber imperativo que debía cumplir.
4.— Lucha de clases
«Pasar de Bizancio a los bárbaros —explica él—, es pasar del campo de los hombres de Estado y de los reyes sojuzgados por sus intereses egoístas y dinásticos, a los intereses nacionales y populares. Ir al pueblo, es seguir el ejemplo de Pío IX. Es ocuparse de ese pueblo, que tiene tantas necesidades y tan pocos derechos; de ese pueblo que reclama una parte razonable en la administración pública, que reclama garantías para su trabajo y seguridades contra la miseria. Ese pueblo que sin duda corre tras los jefes malos, pero es porque no encuentra en ninguna parte a los buenos. Así es como pasarse al pueblo es pasarse a los bárbaros, pero para trancarlos de su barbarie., para transformarlos en ciudadanos, convirtiéndolos primero en cristianos y para hacerlos subir hasta la verdad y la moralidad, haciéndoles dignos y capaces de la libertad de los hijos de Dios.»
5.— La Revolución de febrero
El 24 de febrero de ese año estalló la revolución que arrebató el trono a Luis Felipe y proclamó la República.
Muchos años antes; en 1834, contando Ozanam tan sólo veintiún años, formulaba su programa político en estos términos: «Ni niego ni rechazo ninguna combinación gubernamental. Pero las considero únicamente como instrumentos para procurar la felicidad a los hombres y hacerlos mejores. Juzgo que la autoridad es un medio. La libertad es un medio. La caridad es un fin.
«Existen dos clases de gobierno que obedecen a principios diametralmente opuestos: O la explotación de todos para provecho de uno sólo y es la monarquía de Nerón, ¡monarquía abominable!; o el sacrificio de uno sólo al provecho de todos y es la monarquía de San Luis, monarquía que merece reverencia y amor; o es también la explotación de todos al provecho de un Partido y es la república del terror, ¡república maldita! Por fin, es el sacrificio de cada uno en provecho de todos, y es la república cristiana de la Iglesia primitiva de Jerusalén. Será, tal vez, la del fin de los tiempos.»
En esos momentos, por encima del asunto gobierno, existía otro problema ligado más estrechamente aún a la cuestión religiosa. Veamos lo que escribía Ozanam a sus amigos: «Lo que agita al mundo en estos momentos, no es ni la cuestión de personajes, ni la cuestión de formas políticas. Es únicamente la cuestión social. Es la lucha de los que no tienen nada contra los que tienen demasiado. Es el choque violento entre la opulencia y la pobreza que hace temblar el suelo donde se posan nuestras plantas. Es deber nuestro, de los cristianos, el interponernos entre esos dos campos a fin de lograr, por medio de la caridad, lo que la justicia sola no ha sabido realizar.»
Eso era lo que él siempre había deseado y lo que deseaba más que nunca en los días que siguieron a la insurrección de 1848.
6.— Ozanam por el pueblo
Siempre preocupado por las clases menesterosas, lo vemos en esos mismos días redactando una hoja sobre el trabajo dominical, hoja que hizo, distribuir y que hizo exhibir, esperando animar con eso a los obreros a presentar una petición con tal objeto. Por otro lado, provoca una reunión de profesores, donde se ocuparán de la fundación de cursos públicos y de la creación de una especie de escuela nocturna para esa pobre gente. Todo esto se lo comunica a su hermano sacerdote en una carta fechada el 16 de mayo: «Bien sabes —le dice–, que siempre he aprobado y siempre he compartido con entusiasmo tu inclinación hacia esos hombres laboriosos, pobres y extraños a las delicadezas y finuras de la vida. Si fuese mayor el número de cristianos y, sobre todo de eclesiásticos, que se hubiesen ocupado de los obreros desde hace diez años, estaríamos hoy más seguros del porvenir. En la hora actual nuestra esperanza descansa únicamente en el poco bien que se ha hecho hasta ahora aquí, en París.»
A ese mismo hermano, ausente en Lille, donde fuera a predicar una misión, le recomienda Ozanam el ocuparse tanto de los criados como de los señores, de los obreros tanto como de los ricos. Y termina encontrando en esa conducta la única puerta de salvación posible para la Iglesia: «Precisa, dice, que los párrocos renuncien a sus pequeñas parroquias burguesas, rebaño selecto en medio de una inmensa población para ellos desconocida. Precisa, además, que se ocupen no sólo de los indigentes, sino también de toda esa clase pobre que no pide limosna, pero que sufre en silencio infinidad de privaciones y hasta de desprecios. Esa gente podría ser atraída por medio de predicaciones especiales y valiéndose de asociaciones piadosas de caridad. Se les podría atraer, sobre todo, por medio del afecto que se les demuestre, afecto que esa gente sabe agradecer mejor de lo que se cree.»
En otra carta de esos mismos días, le dice al mismo hermano: «En vez de buscar la alianza de la burguesía vencida, apoyémonos en el pueblo, que es el verdadero aliado de la Iglesia. Pobre como ella, abnegado como ella y, como ella, bendecido con todas las bendiciones del divino Salvador.»







