Federico Ozanam según su correspondencia (18)

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Author: Pativilca · Year of first publication: 1957.
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Capítulo XVIII: Ozanam y el peculado

«Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión pública.» Simón Bolívar

1.— Ozanam enfermo

Ozanam enfermó. Consecuencia natural de aquella vida de fatigas. Una fiebre perniciosa se apoderó de él. Los excelentes cuidados del Dr. Gouraud y la ternura inteligente y constante de su esposa, lograron sostenerlo en aquella prueba. Dura prueba, sin duda, para aquella naturaleza activa al ver que, después de vencida la enfermedad, no recuperaba las fuerzas que le permitiesen continuar la vida normal. De los bosques de Melun, lo hicieron pasar al clima más alto de Bellevue. El estado de postración continuó, sin embargo, hasta tal punto que ni siquiera podía salir a visitar a los pobres. Para desquitarse, compraba diariamente una gran cantidad de pan que distribuía entre los que venían a implorar a su puerta. A éstos, al darles la limosna, les suplicaba que rogasen por él.

2-3.— Reposo prescrito por el médico. Frase lapidaria del Libertador

Prescribieron los médicos un año de reposo. El reposo para él, en medio de la inmovilidad y la inacción, hubiera sido la muerte. El ministro de Instrucción Pública, de Salvandy, se propuso ayudarlo procurándole un viaje agradable y útil. Con ese fin, le confió una misión de estudios históricos en Italia. En la mente bondadosa del Ministro, era ese cargo tan sólo un pretexto para facilitarle un viaje de salud. Pero, ¿podría Ozanam aceptar semejante arreglo y recibir los honorarios por una misión que no habría de cumplir? Era Ozanam la antítesis de aquellos que sepultara en su sitio con su frase lapidaria el genio de nuestra América: «El talento sin honradez es un azote» (Simón Bolívar).

4.— Ozanam y el peculado

Con su conciencia delicada, sabe Ozanam medir el peculado como el más siniestro de los robos. Y lo es porque no es tan sólo al poderoso a quien despoja el peculado de los bienes que posee, sino que es un crimen que corroe a la sociedad entera. Y como la sociedad está compuesta, en su mayoría, de pobres y miserables, son los pobres y los miserables los mayormente defraudados con el robo público. A ellos despoja el peculado del orfelinato que su desgracia exige. Son ellos los que se ven privados de la escuela que con urgencia necesitan. Son ellos los que habrán de padecer la enfermedad sin que exista en el hospital la cama que, por derecho, les toca…, y tanto infortunio, tanta desgracia por esos infelices padecida, para que logren gozar de mayores comodidades, a las que no tienen ningún derecho, unos pocos a quienes la pluma se niega a llamar afortunados. Ditior est virus qui ea aequo animo carere potuit, quam qui obtulit (Plutarco. Phoc.—Aelian. I, 25).

Por lo tanto, no podía Ozanam –alma recta, noble y justa— presentarnos la triste caricatura del que pretende socorrer al prójimo con aquello que en realidad le arrebata, del que pretende practicar la caridad cuando no sabe respetar la justicia. Aceptó, por lo tanto, el cargo que por tantos motivos le convenía, pero desempeñó como debía su misión.

Ese medio año pasado en Italia fue el más feliz de su vida y dejó en su alma una huella indeleble y deliciosa a la vez.

Hay que convenir en que realizó ese viaje en unas condiciones y bajo unas circunstancias excepcionalmente felices. Se sentía renacer a la vida, después de una grave enfermedad. Iba acompañado por los dos seres que más amaba en la tierra. A cada paso sentía que su nombre era conocido, que su título era apreciado. Llevaba además el encargo de una misión que había de abrir ante él todos los santuarios de la ciencia y de las artes.

A todo esto se agregaba que era aquella una hora solemne para toda Europa y en particular para Italia. El peregrino de la Historia iba a presenciar uno de esos cambios en la vida de las naciones, cuyos nuevos y brillantes horizontes deslumbran las miradas y embargan el ánimo de entusiasmo y de esperanza. El alma ardiente y generosa de Ozanam debía vibrar de emoción ante semejante espectáculo.

Efectivamente, aquel memorable viaje, como dice Ampère, fue una sucesión constante y renovada de felicidad. Ozanam contribuía a aumentar esa felicidad con su invariable buen humor y con aquella franca alegría que era uno de los grandes encantos de que se gozaba en su compañía. Su espíritu curioso y entusiasta no se cansaba de aprender y de admirar tanto las obras de la Naturaleza como las creaciones del arte. Tomaba nota de todo. Estudiaba las inscripciones. Se recreaba con deleite en los lugares de recuerdos célebres, los cuales presentaba revividos ante la vista de su compañera, entusiasmada.

Llegaron a Florencia en enero de 1847, admirando allí el derroche de arte que esa ciudad encierra. Dada la disposición de su espíritu, tal vez lo que le causó mayor emoción en aquel lugar incomparable, fue la altiva inscripción que leyó sobre la torre del viejo palacio: «J. C. Rex Flor. elect. S. P. Q.»

«Jesucristo, Rey de Florencia, elegido por el Senado y por el pueblo.»

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