Federico Ozanam según su correspondencia (10)

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Author: Pativilca · Year of first publication: 1957.
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Capítulo X: El tribunal

«Los dos tercios de mi vida, se han pasado ya y el tercio que falta lo quiero emplear en cuidar mi alma y mi reputación: porque yo tengo que dar cuenta a Dios y al mundo de mi vida pasada y no quiero morir sin dejar antes mis cuentas corrientes.»
Simón Bolívar. Carta escrita al general Santander en Guayaquil el 27 de agosto de 1822

Ozanam había cumplido la formalidad de inscribirse en el cuadro de abogados de Lyon. Acto solemne que despertó tristezas en su corazón, ya que ese lazo de unión contraído con su profesión era como el adiós definitivo que daba a aquella otra profesión, la de las Ciencias y las Letras, profesión que fue siempre su predilección y en la cual no habría encontrado mayores bienes, ni mayores honores, pero en la que su alma de apóstol vislumbraba un campo más amplio al servicio de. Dios.

1.— El Tribunal

Cada día le parecía menos seductora la carrera del Tribunal, sobre todo desde que algunos de sus colegas le habían mostrado más de cerca las tareas del empleo y las cadenas del oficio.

No disminuyeron, con el tiempo, sus prevenciones. Antes bien, ciertos procederes en las defensas, lo decepcionaron más aún.

2.— Sus abusos

Encontraba Ozanam que no hay causa, por buena que sea, donde no exista algún error y donde no haya que reconocer un punto débil. Pero el abogado no debe encontrar error alguno en su cliente y toda la culpa ha de ser del contrario. De ahí que existiesen arraigadas en los Tribunales costumbres de violencias, de hipérboles y de reticencias de las cuales no estaban exentos ni aún sus miembros más respetables. ¿Tendría que someterse él también a semejante vasallaje?

Por otro lado, le causaba horror esa manera de discutir los asuntos pecunarios. Y le causaba horror, por sus condiciones habituales de engaño y de astucia. Ese pedir doscientos para obtener cincuenta. Esa necesidad de acabar con el adversario y arrojarlo al suelo, desechando todo arreglo equitativo que tal vez podría convenir a ambas partes.

Todo ese cúmulo de circunstancias le mostraban muy claro que no era ése el ambiente en que podría luchar. Así nos explicamos cómo Ozanam, cuando apenas acababa de entrar en los Tribunales, ya buscaba la manera de abandonarlos.

Una nueva perspectiva se le presentó: llegó a su noticia que la Cámara del Comercio de Lyon gestionaba del Gobierno la creación de una cátedra de Derecho Mercantil y que se había pensado en él para regentarla. Con tal motivo se trasladó a París, en la primavera de 1837, para activar la realización del deseo de los comerciantes lioneses, ayudándolo mucho en sus gestiones Juan Jacobo Ampére, hijo del físico insigne, cuya muerte había estrechado más la amistad que había existido siempre entre ambos jóvenes.

En París, no sólo se entrega Ozanam a gestiones, sino que aprovecha el tiempo libre para dedicarlo a los estudios que satisfacían su espíritu y regocijaban su corazón.

Además, allí encontraba a sus antiguas amistades, sobre todo, encontraba sus obras… Mas he aquí que, como un rayo cae y destroza, recibe una tras otra, cartas que le anuncian que su padre está moribundo.

3.— Muerte del padre de Ozanam

El 12 de mayo de 1837, aquel hombre de gran corazón, que se llamó el doctor Ozanam, habiendo acudido a la cabecera de uno de sus enfermos pobres que vivía en una buhardilla, sufrió una caída que le ocasionó la muerte pocas horas después. Broche de oro con que este apóstol de la caridad cerró su vida bienhechora.

Entonces no había comunicación telegráfica entre París y Lyon. No se había inaugurado todavía en Francia el primer ferrocarril. El 15 de mayo, Lallier, triste y silencioso, acompañaba a su amigo a la diligencia, sin atreverse a participarle el fatal desenlace que le había sido comunicado confidencialmente.

Tres o cuatro días necesitó Ozanam para llegar cerca de su madre y hermanos. Sólo ante el espectáculo de sus lágrimas, sólo al caer en sus brazos, pudo convencerse de su inmensa desgracia. Su dolor no tuvo medida. Y no es sólo dolor lo que siente. Siente también el horror del desamparo. El mismo se compara con un niño a quien dejasen solo en una habitación oscura y que, aterrado, llora y grita, destrozado por su debilidad y su soledad. Sólo aquél que haya sentido ese dolor que convierte al hombre en niño que se aterra, podrá pesar lo que es ese dolor.

4.— Duelo y ocupaciones

El pensamiento de su madre lo sostiene. El tendrá que ser su fuerza, ya que entre un hermano misionero, que se debe a su vocación, y su otro hermano Carlos, que tan sólo cuenta doce años, le corresponde a él —a él, que se siente tan débil— sostener a su madre, que es todavía más débil.

5.— Justicia y caridad, practicadas en el hogar de Ozanam

Le tocó también a Ozanam el arreglo de los bienes de la familia. Tuvo que pasar por todas las penas que esa labor encierra. Y las probó todas, excepto los disgustos que, en esos casos, se suscitan entre hermanos. No experimentó ese dolor porque, en aquel hogar cristiano, se respetaba la justicia y se practicaba la caridad.

Rudas fueron estas horas para Ozanam, quien no sólo tenía que llorar al mejor de los padres, sino que también tenía que hacer sus veces en un hogar que quedaba no sólo sin amor, sino también sin apoyo.

Pero entre todas esas angustias, la mayor para Ozanam, la que más hondo le hería en el corazón, era la incertidumbre que le inspiraba la salud de su madre. De su madre, admirable en su vida por su virtud y admirable, en su dolor, por su resignación. Sí, ¡admirable! Pero, ¡hay!, que a medida que la aureola de la santidad se hace más patente sobre su frente, la sombra de la muerte parece también cobijarla más.

Veamos con qué bellas palabras termina, en esos días, Ozanam una carta a su amigo Lallier: «Hagámonos fuertes hasta contra el dolor, ya que la enfermedad de este siglo es la debilidad. Pensemos que ya hemos recorrido más de la tercera parte de nuestra existencia (tenía veinticuatro años). Pensemos que hasta ahora hemos vivido a costa de los demás y que ya es hora de que empecemos nosotros a dar, en vez de recibir. Hagamos, por lo tanto, el bien con todas nuestras fuerzas, tal cual se nos presente y sin retroceder jamás.»

Fuerza para sufrir y fuerza para obrar. Sufrimiento interior y sufrimiento exterior. Caridad por la acción y caridad por la pluma. Caridad que alivia y consuela. Caridad que enseña e ilumina. Caridad que de Lyon pasa a París y que allí no se estanca, sino que sigue su curso potente. Tal fue la vida de Ozanam durante los años de su estancia en Lyon.

Dispuesto siempre a defender la religión, no le faltaron en esos días adversarios con quien batirse. Pero tenemos que reconocer que estaba bien preparado para la lucha. Entre esos adversarios no era raro ver pastores protestantes de Lyon, deseosos de discutir con el joven y sabio campeón de la Iglesia romana.

6.— Ozanam, defensor de la Iglesia

La señora Ozanam, con el orgullo propio de la madre, se complacía en contar cómo uno de esos pastores tuvo discutiendo con él durante cuatro horas seguidas un pasaje de la Biblia, cuya interpretación los dividía. El pastor se defendía con un texto de traducción francesa, hecha en 1700, por el sabio protestante David Martin. Ozanam le oponía el texto latino de la Vulgata, autorizado por el nombre de San Jerónimo, su autor, y respaldado por la declaración del Concilio de Trento, que lo reconoció como auténtico y lo adoptó. El protestante citó entonces el texto griego de los Setenta que, según su criterio, San Jerónimo no supo traducir. Tomó inmediatamente Ozanam de su mesa la Biblia griega y, buscando el texto discutido, lo tradujo palabra por palabra, demostrando de esa manera que San Jerónimo lo había interpretado en su verdadero sentido. El ministro protestante no quiso darse por vencido y creyó salir airoso alegando que el mismo texto griego era, a su vez, tan sólo una traducción. La Biblia hebrea estaba también allí, en el escritorio de Ozanam. Y el texto hebreo fue también traducido, lo mismo que lo había sido el texto griego, literalmente, por Ozanam. El temerario adversario tuvo que confesar que no sabía el hebreo y se apresuró a retirarse, ofreciendo volver. «No lo hemos vuelto a ver», agregaba la señora Ozanam, no, sin un poquitín de orgullo.

7.— Obra literaria de Ozanam

Esperando la creación de la cátedra que le habían ofrecido, se entregó Ozanam a ciertos trabajos que, según decía, le procuraban los mayores consuelos. Entre otras cosas, publicó un libro titulado Los bienes de la Iglesia, en el cual aparecía su protesta por la rapiña de la Revolución y demostraba la santidad del origen de esos bienes y el buen uso que de ellos hacía tan santa poseedora.

Colaboró también con ardor y devoción en los Anales de la Propagación de la Fe, encargándose de la revista extranjera, que estuvo a su cargo durante ocho años. Veamos cómo invita Ozanam a los seglares de Europa a colaborar en esta Obra, valiéndose para ello de las grandes figuras que le ofrecen la Iglesia y el Evangelio:

«Viejos cristianos de Europa, comprometidos ya en las piadosas fundaciones que devoraron las tempestades de nuestro tiempo, venid a ocupar vuestro puesto en ésta. Sois vosotros los padrinos naturales de los lejanos pueblos niños que esperan el Bautismo. El agua purificadora está preparada. La Iglesia está en pie, sosteniendo en una mano el libro del Evangelio y llevando en la otra la antorcha de la luz. Apresuraos y acudid a esta sagrada cita en la que el seglar se encuentra asociado al sacerdote en la obra de la Redención universal. Enviad a esos pueblos los sacerdotes que necesitan, sin olvidar que ellos cuentan con vuestro auxilio, así como contaba el Divino Maestro con aquellos Discípulos que llevaron ante su presencia la cesta del pan milagroso, como contaba con aquella desconocida que le enjugó su rostro bañado en sangre y como contó con el Cirineo, que compartió con Él el peso de la cruz y le alivió la carga en el camino del Calvario.»

Otra vez, hablando del heroísmo de los misioneros, se expresa así: «Y, ¿qué hacemos nosotros, entretanto?… ¿Creéis que Dios ha impuesto a unos el deber de morir en servicio de la civilización y de la Iglesia, mientras concede a otros la gracia de vivir en la holganza y en placeres? ¡Señores!

¡Hombres de ciencia! ¡Literatos! ¡Cristianos! No seamos tan cobardes que nos resignemos a esta distribución de destinos, que sería una acusación contra Dios, si El la hubiera hecho, y una vergüenza para nosotros, si es que la aceptamos».

Vemos, pues, cómo estuvo siempre Ozanam dispuesto a luchar por Jesucristo y a defender su Iglesia. Reconociendo, en su humildad, que ni Jesucristo ni la Iglesia necesitaban de sus servicios, no se permitió jamás una tregua en el combate. Bien sabía que, cuando el Salvador murió en el Calvario, hubiera podido tener a su disposición legiones de arcángeles… Sin embargo, sólo quiso a Simón el Cirineo, un hombre oscuro, para que le ayudase llevar la Cruz, para que contribuyese con Él a la redención del Universo.

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