Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 02

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo II: Preludios literarios

El pasante de abogado. Profesión de su fe.—La Abeja.—»Sansimonismo y Cristianismo». Plan general de estudios apologéticos.

1830-1831

El doctor Ozanam tenía opiniones preconcebidas acerca del por­venir de su hijo. En su diario de familia del año de 1829, se leen estas líneas: «Deseo hacer de Federico un abogado, o más bien un consejero, un juez en alguna corte real. Tiene sentimientos de­licados, puros y generosos; y será un magistrado íntegro e ilustrado. Me asisten buenas razones para esperar que será nuestro consuelo en nuestra vejez. Al salir del colegio, donde termina aho­ra su filosofía, estudiará la práctica de la abogacía en el bufete de un legista; luego, irá a estudiar derecho en Dijon o en París».

Esa ‘ idea preconcebida de hacer que su hijo emprendiera la carrera jurídica, en vez de la carrera literaria a la que se inclinaba por afición, iba a ser el principio de ocho años de agobios y sufri­mientos, que pesarán con su fardo abrumador sobre la juventud, y aun la madurez, de Federico Ozanam.

El hijo respetuoso se sometió a la voluntad de su padre. El año siguiente, 1830, encontramos, pues, al joven bachiller en el bufete de uno de los primeros abogados de Lyon, el señor Coulet, como pasante aficionado, copiando fojas, redactando minutas o autos. Pero ni su espíritu ni su corazón estaban ahí. Desde el último año de colegio, no apartaba la vista de un, ideal sublime, muy otro.

El médico se había percatado de que era necesario un empleo marginal para el exceso de actividad de la inteligencia de su hijo. Le dio al mismo tiempo un maestro de alemán, lengua en la cual no tardó en hacer rápidos progresos. Era un valioso instrumento que la Providencia, que ve lejos, ponía en manos del futuro pro­fesor de literatura extranjera, y del historiador de la civilización de los germanos y los francos.

A esto añadió cursos de dibujo. Era el deseo de su madre, que manejaba el lápiz con gracia. Sería, además, una agradable diversión para la ingrata y humilde actividad del pasante de de­recho. Era, en realidad, una primera cultura concedida a las fa­cultades estéticas, que había de florecer un día en bellas páginas sobre el arte y los artistas cristianos de la Edad Media.

Ni en el bufete ni en el curso de dibujo había una buena con­currencia. El joven cristiano de diecisiete años tendría que ha­cer respetar allí su fe y sus prácticas.

El bufete del licenciado Goulet empleaba inconscientemente a algunos libertinos impíos, aficionados a malas lecturas y acostum­brados a frecuentar lugares de perdición. No temieron jactarse de ello en presencia del recién llegado. Ozanam se sonrojó; luego, un día, impacientado e indignado tomó audazmente la palabra, refutó sus bromas, desenmascaró su ignorancia, los hizo avergon­zar de sus charlas y los redujo al silencio, él, que era más joven que todos ellos. «Federico —refiere su hermano— nos contaba él mismo acaloradamente todos los pormenores de ese primer com­bate y de esa primera victoria. Le valió el respeto y la estimación de los infelices muchachos que, la víspera, lo consideraban todavía como un tonto y un niño».

Lo mismo ocurrió en el curso de dibujo. El señor Léonce Cur­nier, autor de una excelente obra sobre La Juventud de• Ozanam, hace el siguiente relato, que resumo: «Era a fines de 1830. Estábamos en clase de dibujo colocados cerca uno de otro, rodeados de jóvenes disolutos e impíos. Sufríamos al escucharlos, pero ago­biados por el número, callábamos, entendiéndonos con miradas. Sin embargo, un día las cosas llegaron a un punto tal, que ambos pro­testamos de consuno. Ozanam se puso de pie. Me parece ver aún esa fisonomía y escuchar esa palabra de la que no había cono­cido hasta entonces sino la modestia y la timidez, animarse, in­flamarse, ordenar, imponer el silencio. Con una voz firme, pero reprimida, hizo orgullosamente su profesión de fe cristiana y ca­tólica aunque, dueño de sí mismo, no dejó escapar ninguna palabra ofensiva para esos pobres extraviados. Estos callaron… Al volver a sentarse —añade el testigo— el futuro profesor de la Sorbona estrechó la mano del modesto aprendiz industrial .y esa ma­no, mi joven y noble amigo jamás la retiró».

Su amistad duró tanto como la vida. En sus recuerdos de la Juventud de Ozanam dedicados a sus hijos, Léonce Curnier es­cribe : «Mi trato cotidiano con Federico Ozanam constituye to­do el encanto de mi estancia en la ciudad de Lyon. A menudo hacíamos deliciosos paseos, por las orillas encantadoras del río Saô­ne, cuya belleza lo sumía en una embriaguez poética. Se quedaba corno en éxtasis ante un lugar pintoresco, ante un paisaje de le­janos horizontes, ante un río de graciosos contornos. Los prados y los bosques, las hojas y las flores le inspiraban inefables deleites que se convertían en acciones de gracias y en homenajes al Crea­dor. Más de una vez, en nuestras excursiones por los alrededores de Lyon, escuché esas invocaciones que se escapaban del corazón tan profundamente religioso de mi amigo, y cada vez, como sus­pendido a sus labios, me sentía conmovido por tan bellos acentos; y arrebatado con él en ese vuelo místico, me esforzaba por se­guirlo».

El mismo amigo prosigue : «Teníamos ambos marcada predi­lección por la isla Barbe, ese encantador oasis de verdura tan grato a los lioneses. Ozanam me enseñaba allí las ruinas de una antigua abadía del siglo VII o me invitaba a subir con él sobre las abruptas rocas desde las cuales decían que Carlomagno había visto desfilar su ejército en esa época de heroísmo y de fe que mi compañero hacía revivir en sus relatos.

«Nuestra Señora de Fourvière ejercía sobre nuestro corazón una atracción que difería de la del espléndido panorama que se des­pliega sobre su montaña. Era para él un gran lugar de plegaria. Sentía una viva devoción por la Madre de Dios, cuyo modesto santuario atestiguaba en sus muros los milagros obtenidos por su poderosa intercesión. Ozanam, quien conocía a fondo la historia de ese lugar bendito, evocaba ante mis ojos sus grandes visitantes de otros tiempos : Tomás Becket, Inocencio IV, Luis XI, Ana de Austria, Luis XIII y en nuestros días Pío VII, al regresar de la coronación de Napoleón»:

«El alma entera, espíritu y corazón, se encontraba a gusto en esas charlas —prosigue para terminar el amigo de Nîmes—. Cuando Dios, en su bondad, me dio a Ozanam como amigo, era yo muy joven, abandonado a mí mismo, lejos del techo paterno, en una gran ciudad en que me acechaban mil peligros. Bajo el soplo de escepticismo general de aquella época, sentía vacilar la fe que me había transmitido mi madre y debilitarse la única fuer­za que podía yo imponer al impulso de las pasiones. Ozanam se encontró en mi camino para detenerme a orillas del precipicio. `Volví a caminar firmemente en la vía que me trazaba su ejem­plo… Estaba en el destino de Federico Ozanam preservar o re­tirar en tal forma del mal y de la incredulidad a muchos jóvenes de su siglo. Fui tal vez el primero a quien salvó del naufragio»1.

Terminados sus estudios profesionales, el señor Léonce Curnier volvió a Nîmes, su ciudad natal, en que se convirtió en uno de los ciudadanos más notables. Vivió toda su vida bajo el hechizo de esos recuerdos y el impulso de esos ejemplos, como lo veremos por su correspondencia ulterior.

Hemos oído ya las confidencias de Federico a otro de sus ca­maradas, el señor Materne, más tarde pr9fesor en la Universidad, conocido por sus sabios trabajos de literatura griega. Ahora en junio de 1830, habla a su amigo de su admiración por su religión reconquistada y de su dicha de creer. Mas aquí el joven y firme cristiano se reprocha a sí mismo no serlo tanto como debería y quisiera. «Llevo a la práctica más convicción que fervor. Sufro mucho de ello. Quisiera ser en todo un digno hijo de la Igle­sia. Sin duda, pongo una exactitud invariable en mis hábitos religiosos; pero debo reconocer que la confesión me cuesta mucho. La causa es mi orgullo, la confusión que en ella siento y sobre todo, la falta de energía que me impide corregirme».

Escribía lo anterior el 8 de julio de 1830. Unos días después estallaba la Revolución. La correspondencia se reanuda sobre ese nuevo tema. Ozanam se indigna de las impiedades cometidas en aquellos días de violencia : «excesos de la prensa, rompimiento de cruces, represalias del gobierno que abren un abismo cada vez más profundo entre el nuevo régimen y la Iglesia católica». Y sin embargo, de esa Iglesia sola espera el retorno de una paz dura­dera en la sociedad. En cuanto a la política, no se pronuncia has­ta que el árbol de la libertad se haya dado a conocer por sus frutos. Y ese jovencito sabrá esperar: «Mientras los jóvenes aclaman la gloriosa Revolución, me esfuerzo en cuanto a mí en hacerme viejo; miro, espero, observa y dentro de diez años, habré de pronunciar mi fallo. Entre tanto, amigo mío, unámonos para ser buenos cristianos. Me complazco en pensar que, en esta travesía tempestuo­sa, seremos uno para otro un apoyo, sin flaqueza ni caída. Semejante amistad sólo puede ser bendecida por Dios. Y llegará un día en que, estando casi al final de la carrera, nos. felicitaremos por haber ingresado en ella dándonos la mano».

Se hablaba mucho de guerra en aquellos días de trastorno ge­neral europeo : «¿Quién me dice —escribe Ozanam el 14 de agos­to— que una de estas mañanas no me verá, como mi padre, en algún puente de Areola o en Lodi o en el camino de Viena, aun el de Londres, con la mochila en la espalda y el sable en la mano? ¡ Enhorabuena! Estoy dispuesto a todo. Mas no por eso he inte­rrumpido mis estudios. ¿ No es bueno que un soldado sepa hablar alemán e italiano? ¿ Sobre todo, un militar no debe acaso estar armado de una fe más sólida y, por consiguiente, de una fuerte instrucción religiosa?» Ozanam hubiera podido citar el ejemplo de un militar de quien escribía cinco meses antes de morir : «Al dejar a los húsares, mi padre había leído de cabo a rabo la vo­luminosa Biblia de Dom Calmet, y sabía latín como nosotros, los profesores, ya no lo sabemos».

A la par que estudiaba mucho, Federico aprendía a escribir pa­ra el público. Los señores Noirot y Legeay, sus maestros, habían fundado en Lyon una pequeña revista, La Abeja, abierta a los trabajos de sus ex alumnos. Ozanam le ofrecía una frecuente y brillante colaboración. Además de los temas de actualidad y de las diversiones literarias en prosa o en verso en que ejercitaba su plu­ma, hablaba mucho de filosofía y de historia en sus artículos. Compartía el mando de la revista con otro joven , alumno de la misma escuela, Hipólito Fortoul, de Digne, futuro profesor de la Facultad de Toulouse, futuro ministro de la Instrucción pública y de Cultos a principios del segundo imperio.

Entre tanto, en abril de 1831, el sansimonismo acababa de in­vadir a Lyon. Floreciente en París, acreditada por el talento de algunos de sus maestros y adictos, sostenida por el gran diario universitario Le Globe, la doctrina sansimoniana esperaba su advenimiento soberano y definitivo de la Revolución de Julio. En Lyon, donde el periódico de los liberales, El Precursor, le había dado la bienvenida, se apoyaba en la autoridad del nombre en ningún modo trivial de sus emisarios parisienses, Laurent, Jean Reynaud, Pierre Leroux. Fueron tres meses de agitación. En me­dio de la muchedumbre, su estrafalaria indumentaria de carnaval y la extravagancia de sus pretensiones reformistas habían atraído en torno suyo, por parte del pueblo, más curiosidad que simpatía. En cambio, el prestigio de sus ideas liberales e igualitarias, el aliciente que sus promesas de emancipación moral ofrecía a las pasiones, las perspectivas de una Edad de Oro que sería el retor­no a la ley primordial de la humanidad no dejaban de ejercer una viva seducción particularmente en el espíritu de la juventud culta. En fin, cosa espantosa ¿no había espíritus aun religiosos para quienes el sansimonismo no era sino un nuevo y mejor cris­tianismo, del que tomaba el nombre?

Con justa razón, se sorprenderá uno de que un joven de aquella época, de diecisiete a dieciocho años de edad, haya tenido la presunción de atacar ese engreimiento y esa atracción. Su celo por la verdad, su indignación contra la mentira y el mal, la conciencia del peligro de sus hermanos, el honor de Dios y de la Iglesia pu­sieron la pluma en su mano. Dirigió primero dos artículos de re­futación al Precursor.

El escritor novel, como se leerá, se disculpaba de su audacia por la sinceridad de sus convicciones, pedía la indulgencia de sus ma­yores, cuyo lugar estaba sin embargo, mejor que el suyo —decía—, marcado en el frente de vanguardia:

«Penetrado de esas grandes verdades del cristianismo llenas para mí de consuelo y de esperanza, sentía yo la premura de decir lo que experimentaba mi alma. Sé que mi voz es débil y mi espí­ritu flaco. No puede esperarse de un joven de dieciocho años apenas una obra perfecta. Así pues, si he fallado en alguna parte, achacadlo no a la causa que defiendo, sino a mi juventud y a mi impotencia. Si, empero, os parezco haber sostenido dignamente esta primera lucha, aprended con ello lo que los padres podrían hacer por la misma causa, puesto que sus hijos no temen entrar en la lid».

El Precursor, que publicó el artículo, había prometido contes­tarlo : no lo hizo. El Globo, que se había comprometido también a hacerlo, guardó a su vez silencio. Pero los artículos habían sido muy notados, ya sea en París o en Lyon. Los amigos de Oza­nam le pidieron que los publicara en folleto, desarrollándolos para completarlos. Fue un segundo trabajo, fruto de nuevos estudios, considerablemente ampliado, a tal punto que a menudo el tema rebasa el marco. Era el examen completo, en varios capítulos, de la doctrina sansimoniana expuesta bajo sus dos aspectos, histórico y crítico, dogmático y orgánico. Cito la conclusión que es clara y escrita por una mano y un espíritu singularmente firmes:

«La doctrina sansimoniana se nos presentaba como fundada en el principio de la perfectibilidad humana, como apoyada en un sistema histórico que comprueban los hechos, como armonizán­dose con las necesidades de la humanidad. Se anunciaba como verdadera en sus dogmas, como profunda y santa en sus orígenes, como fecunda y bienhechora en sus resultados. Y la historia la desmiente, la conciencia de la humanidad la reprueba, el sentido común la rechaza. Su revelación primitiva es una fábula, su nove­dad una ilusión, su aplicación una inmoralidad. Contradictoria en sus principios, sería desastrosa a la par que imposible en su tér­mino, pues haría retroceder muy lejos al género humano en los caminos del progreso y de la civilización».

La obra se publicó en un centenar de páginas en la primavera de 1831 con el título de Reflexiones sobre la doctrina de Saint-Simon. Fue saludada inmediatamente, cuando menos como una esperanza : «Recibí del señor de Lamartine una carta muy hala­gadora, y del Avenir (El Porvenir, el periódico de Lamennais) una reseña muy favorable», escribe Ozanam a un amigo.

La carta de Lamartine decía : «Mâcon, 18 de Agosto de 1831.

«Acabo de recibir con gratitud y de leer con sorpresa para su edad y admiración para sus sentimientos y su talento, la obra que me hace Ud. el honor de dirigirme. Reciba Ud. mis más cumplidas gracias. Estoy orgulloso de que un pensamiento mío apenas esbozado le haya inspirado a Ud. un comentario tan bello. Créame que el pensamiento estaba en Ud.: el mío sólo fue la chispa que encendió su alma.

«Este principio nos promete un combatiente más en la santa lucha de la filosofía moral y religiosa contra una grosera reacción materialista. Como Ud., tengo buenos presagios de éxito. No lo hemos logrado; pero la voz de la conciencia, esa profecía infali­ble del corazón del hombre honrado, nos lo asegura para nuestros hijos. Pongamos nuestra confianza en ese instinto y vivamos en el porvenir».

Chateaubriand contempla con desdén el sansimonismo y des­precia a Saint-Simon. Escribe de Ginebra el 2 d e Agosto a un amigo : «He recorrido rápidamente el folleto del señor Ozanam. Ya había leído un fragmento en el Precursor. La obra es de un excelente espíritu, y el trozo final es sumamente conmovedor. Lo único que deploro es que el autor haya perdido su tiempo y su talento en refutar algo que no merece la pena. Todos conocimos a Saint-Simon. Era un loco, por no decir algo más. ¡Vaya un extraño Cristo! Dé usted las gracias, por favor, de parte mía, al Sr. Ozanam».

No puede decirse, sin embargo, que esa primera obra de los dieciocho años escape a esa exuberancia juvenil que implora la indulgencia. Del árbol brotan hojas y flores: los frutos necesitan madurar. Cierta fraseología acusa la vecindad de la retórica de la víspera; pero ya se dejan vislumbrar el escritor y el sabio de mañana. Juan Jacobo Ampère da testimonio de ello. «Encuentro ahí —escribirá— el germen de las cualidades que se desarrolla­ron más tarde en Ozanam: una viva afición, aunque todavía no­vicia, por la erudición tomada de las más variadas fuentes; vi­vacidad, empuje, una gran moderación con las personas; y, por encima de todo, convicciones muy firmes y el sentimiento sincero y valiente que había impulsado a ese joven a marchar solo en el combate, con su honda y las cinco piedras pulidas, elegidas en el torrente».

En fin, es a la juventud, a esa juventud a quien consagrará sus trabajos hasta el final, a la que Ozanam dedica entonces las pri­micias de su pluma. «Que no se niegue a escuchar esa voz de un compañero, de un hermano: Jóvenes, el reflorecimiento moral de nuestra vieja tierra de Francia será nuestra obra. Habéis ex­perimentado todo el vacío de los goces materiales; y habiendo sentido el hambre y la sed de la justicia, habéis ido a alimentaros de la hueca filosofía de los modernos apóstoles. No habéis encon­trado allí el alimento de vuestras almas. La religión de vuestros padres se presenta hoy ante vosotros con las manos llenas : no os apartéis de ella, pues también ella es generosa, también ella es joven como vosotros. No envejece con el mundo: siempre nueva, vuela al encuentro de los progresos del género humano y sólo ella es capaz de conducirlo a la perfección».

Mas ese favor, esos elogios que acogían al joven escritor ¿eran los primeros halagos de la gloria? Son sólo la tentación de ella: la siente; pero la rechaza. A su amigo Materne que lo había elogiado demasiado, le confiesa, el 19 de abril de 1831, que a pesar suyo lo persigue un inmenso anhelo de exhibirse que echa a perder sus mejores acciones. «Y sin embargo, sé que esa gloria es vana, lo cual no me impide que me busque a mí mismo… ¡Oh, amigo mío, que esta ley de amor sea la nuestra! ¡ Y, pisoteando la vanagloria, nuestro corazón ya sólo arderá para Dios, para los hombres, y para la verdadera felicidad! Entonces seremos exce­lentes católicos, excelentes franceses; ¡ y seremos felices !»

Ampère hijo, que había visto en ese ensayo el germen del ta­lento de Ozanam, había visto también en él el preludio de su obra entera de apologética : «A esa doctrina anticristiana a la par que nueva —escribirá-Ozanam oponía el Evangelio y la antigüedad, tratando desde entonces, con mano aún inexperta, pero ya decidida, de comprender el encadenamiento de las tra­diciones del género humano. Era como un prefacio del libro en que había de trabajar hasta su último día». Ozanam tiene con­ciencia de ello cuando escribe entonces a su pariente y amigo, Ernesto Falconnet : «La razón por la cual me gusta este folletito, es que puse en él el germen de lo que debe ocupar nuestra vida».

Había, pues, una obra que había de ser toda su obra; no sólo literaria, sino religiosa, sagrada; obra de ciencia y de fe, obra de apostolado realizada con el fin de salvar a las almas del escepti­cismo y de la incredulidad del siglo. Sería, tal como él la concibe, La Demostración de la Religión católica por la antigüedad y la universalidad de las creencias y de las tradiciones del género hu­mano. Esa perspectiva lo exalta, y él que, ayer, en la duda, «se apoyaba, a pesar de todo, con todas sus fuerzas, a la columna del templo, aunque hubiera de aplastarlo en su caída», escribe al mismo amigo: «y he aquí que hoy vuelvo a encontrarla, esa co­lumna, apoyada en la ciencia, coronada con los rayos de la sabi­duría, de la gloria y de la belleza. Vuelvo a encontrarla, la abrazo con entusiasmo, con amor. Permanezco cerca de ella; y desde ahí la mostraré como un faro de liberación a quienes bogan en el mar de la vida».

Algunos de los condiscípulos lioneses de Ozanam lo habían pre­cedido en las Escuelas de París. Uno de ellos era Hipólito Fortoul, que ya hemos nombrado. Tenía dos años más que Federico. Caí­do en la gran ciudad a raíz de la Revolución de julio, en medio de una juventud febril, turbulenta, sedienta de novedades, embria­gada de libertad, deslumbrada de ilusiones, entregada sin brújula a todas las corrientes de ideas y a las violencias de la pasión po­lítica y reformista, Fortoul había planteado a Ozanam la formida­ble pregunta del deber actual y la del porvenir de la sociedad.

La respuesta del amigo fue una larga carta de diez páginas, de fecha 15 de abril de 1831, la carta más sorprendente que haya sido escrita por un colegial de dieciocho años. En ella se le ve, en primer lugar, desprender su pensamiento y su corazón del tumul­to de las cosas políticas de la época, para recogerse en la visión serena y retirarse en la seria y silenciosa preparación de una vida superior dedicada por entero a la investigación y al servicio de las verdades eternas, y a la obra de una acción moral, social y re­ligiosa, en la que. espera que sus amigos vendrán a trabajar con él.

«Mis queridos compañeros, en medio de la agitación de los es­píritus y de las cosas, he tomado mi resolución, mi tarea está ya trazada para toda la vida, y como amigo, debo comunicaros cuál es. Ante todo, cansado de política, harto de sistemas, al ver re­presentar en torno mío la charada en acción y al esperar paciente­mente que se revele la clave del enigma, he decidido mantenerme recluido en mi espera, desarrollarme en soledad, estudiar mucho, primero fuera de la sociedad, para después entrar en ella con mayor ventaja para ella y para mí. Tal es el plan que he formado: el señor Noirot me ha alentado para que lo realice, asegurándome que encontraría yo muchos jóvenes estudiosos dispuestos a ayu­darme con sus consejos .y sus trabajos. Por eso pensé en vosotros, mis buenos amigos… ¡Apresurémonos, pues, y mientras la tempes­tad habrá de derrocar muchas eminencias, crezcamos en la som­bra y el silencio, para encontrarnos, ya hombres, cuando pasados los días de transición, tengan necesidad de nosotros!»

Tratábase de volver a edificar la sociedad sobre la religión, su fundamento, y de afianzar a ésta sobre una amplia base histórica. Esa construcción religiosa consistiría en buscar y volver a encon­trar en las tradiciones_ primitivas y en los libros sagrados de todos los pueblos los primeros cimientos de la verdad religiosa. El traba­jo previo sería el del estudio de las lenguas orientales, hebreo, sánscrito, egipcio, «una docena de lenguas» —decía— para tomar de ellas los documentos en las fuentes originales. En fin, se aña­dirían a esto algunos conocimientos de geología y astronomía, con el fin de poder discutir los sistemas cosmogónicos de los pueblos, ahondar la historia de las razas y de las creencias, etc.

¿Oué cosa no se necesitaba saber? Sonríe uno cuando Ozanam se muestra a sí mismo «excavando todas las tumbas, exhumando todos los mitos, explorando las tradiciones de todas las épocas, desde los salvajes de Cook hasta los hindúes de Wishnow y hasta los escandinavos de Odin». A esa edad, no se le tiene miedo a nada.

Ozanam busca su disculpa en una imperiosa vocación : «Me sorprendo yo mismo de mi audacia ; pero ¿ qué puedo hacer? Cuando una idea se apodera de nosotros durante dos años y que rebasa la inteligencia, impaciente de difundirse ¿ acaso es uno due­ño de detenerla? Cuando una voz grita sin cesar: haz esto, te lo mando ¿puede uno decirle que se calle?»

Así pues, antes de cumplir dieciocho años, Ozanam había es­cuchado sus voces, también él, voces del cielo, voz de Dios, y era su vocación la que le llevaban. Era la obra de Dios y de la Iglesia de Dios: el apóstol urgía a sus compañeros para que la em­prendieran con él: «Reuniendo nuestros esfuerzos y otros junto con nosotros, realizaremos una obra nueva … Entonces, tal vez un día se verá al catolicismo volver a dirigir al siglo hacia desti­nos mejores. ¡ Oh amigos míos, me siento conmovido al hablaros; pues la obra es magnífica! Cierto es que resulta gigantesca; pero soy joven y tengo grandes esperanzas para el tiempo en que ha­biendo alimentado, madurado, fortificado mi pensamiento, podré expresarlo entonces dignamente».

Seis días después, el 21 de enero, en una segunda carta dirigida a las mismas personas, lo que hace latir su corazón es la urgencia del tiempo y su solemnidad: «¡ Qué grande es el espectáculo a que somos llamados! ¡ Qué hermoso es para el joven entrar en la carrera en una hora tan solemne! Lejos de sentirme desalentado por los acontecimientos, me alegro de haber nacido en una época en que, a costa de duros trabajos, tal vez me sea concedido hacer mucho bien».

Sus últimas líneas se refieren a su venerado maestro: «¡ Qué buen amigo fue el señor Noirot! ¡ Le debo una eterna gratitud! Y vosotros le debéis un inviolable apego y el recuerdo constante de vuestro amigo y compañero de armas!» Era un alistamiento.

Su última carta de Lyon, el 4 de septiembre de 1831, a su pri­mo Ernesto Falconnet, está animada por el mismo soplo. El joven arquitecto distribuye en compartimientos el ordenamiento de su futuro edificio, que será un templo. Una de sus dos caras mirará hacia el pasado: «¿ Cuál fue la religión primitiva de la humani­dad?» La otra mirará hacia el futuro: «¿ Cuál será el futuro re­ligioso de esa humanidad?» Luego escribe: «Si para aquel enton­ces la muerte o la vejez no nos han detenido todavía, allá se yergue la gran figura del cristianismo en todo su esplendor !» Y salu­da a Cristo, eterno rey de los siglos.

Pues de ese reino, como de esa obra, la gloria será sólo para Dios; y aquí el sabio y santo joven se revela en su bella humildad de cristiano. Habiéndole hablado su amigo Materne de otra glo­ria por conquistar: «No, amigo mío —responde Ozanam—. No hay que tomar la gloria como una meta, sino aceptarla como un aliento. La verdadera gloria es el reconocimiento de la posteridad; pero el hombre justo pone más arriba sus esperanzas. Espera su recompensa y su gloria de un juez infalible e incorruptible. Apela de la ingratitud humana ante Dios, el Remunerador eterno».

De la obra de ciencia y de fe, de la que Ozanam será el obrero y luego el maestro, acabamos de oír al futuro profesor de la Sor-bona decir su esperanza. Algún tiempo después, el futuro fun­dador de la Sociedad de San Vicente de Paul no será menos explí­cito respecto a la obra de caridad que precederá a la otra y que irá más lejos. No tardaremos en leerlo.

Ambas tendrán laboriosos principios. Había buenas razones para encontrar cierta exaltación en sus planes de estudios enciclopé­dicos. Aun a la idea principal que predominaba en ellos se oponía el círculo de sus amigos y familiares más íntimos: «Nos espantá­bamos —cuenta su hermano— de los peligros del grande y esca­broso tema de estudio que emprendía. Esa tesis del progreso por el cristianismo ¿no era contraria a la inmutabilidad de los dog­mas? Así le hablábamos a menudo en nuestros paseos de vaca­ciones. Mas él nos rebatía con la aprobación y el aliento del Pa­dre Noirot, sin cuyo visto bueno jamás publicaba nada». Y ese hermano añadía las siguientes líneas que es preciso retener: «Ja­más Federico dio a la estampa libro importante alguno, que inte­resara a la religión, sin haberlo sometido previamente al examen severo de un teólogo instruido, concienzudo y serio. Esa docilidad a la Iglesia llegaba en él hasta el escrúpulo. Y hubiese sacrificado sus más amadas opiniones y roto sin vacilar sus páginas más elo­cuentes antes de tolerar en ellas una proposición, no sólo errónea, sino atrevida y sospechosa. Caminaba protegido por el escudo de la ortodoxia. Tal fue la regla de toda su vida».

Fundadas razones había, en el círculo de sus amigos, para ob­jetarle la desesperante inmensidad de su programa de estudios:

«Nos parecía demasiado amplio para no superar las fuerzas y la duración de una vida humana. El espíritu habrá gastado y agotado toda su savia en investigaciones sin fin, antes de haber podido producir sus frutos».

Era cierto. Mas, con el tiempo, y gracias a la experiencia, el campo de estudios ilimitado que abarca a los dieciocho años el ojo ardiente del joven recluta de la apologética, sabrá forzosamen­te circunscribirse. En vez del antiguo Oriente y de la cuna del género humano, la barbarie de la Europa del norte domada por el Evangelio, le revelará los orígenes de la civilización cristiana. Con todo «si el estudio debió restringir su objeto —escribe J. J. Ampère— la idea directora sigue siendo la misma : verbigracia, la demostración y la glorificación de la religión por la historia. Así pues, a los dieciocho años de edad, el colegial de la víspera perseguía ya la gran meta hacia la cual había de dar el primer paso, veinte años después, el aplaudido maestro. Lo recordará en­tonces, y escribirá melancólicamente al principio de su primera lección en la Sorbona : `Entre tanto, la vida sigue su curso : es preciso tomar lo poco que queda de los rayos de la juventud. Es tiempo de escribir y de cumplir las promesas que hice a Dios a la edad de dieciocho años’.»

Tales eran las altas preocupaciones que, en la vida de Federico, constituían una diversión en las poco gratas e interminables char­las de bufete con el primer pasante, de las cuales no sacaba mayor provecho que agrado. En el intervalo, su biografía por su her­mano nos representa entonces a un joven de apariencia e indu­mentaria modestas, yendo y viniendo de su casa de la calle Pissay, que aún subsiste, caminando distraído y como absorto por un pen­samiento único que le quitaba la conciencia de todo lo demás. A veces hojeaba con vivacidad un libro cuyas páginas devoraba, apresurando el paso, tropezando contra obstáculos y personas que le salían al paso; y luego, después de pedirles perdón con una conmovedora confusión, achacaba el tropiezo a su mala vista, que era en efecto muy deficiente. Para él, el tiempo no sólo era de plata, sino de oro.

Tal fue la preparación viril, religiosa, intelectual y moral, de una primera juventud que ya promete un obrero cuando menos igual a su obra, elevándolo muy por encima de las juventudes mundanas: por encima de sus frivolidades y de sus deleites; por encima del polvo como por encima del fango. Elevando su con­ciencia en la pureza, su corazón en la piedad y en la caridad; y templándolo así para los primeros combates y las primeras con­quistas en que vamos a seguirlo.

  1. Léonce Curnier, miembro de la Academia de Nîmes y de Montpellier, La Ju­ventud de Ozanam, obra coronada por la Academia francesa, gran in-80., pp. 22 y siguientes. París, librería Hennuyer, 1890.

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