Federico Ozanam, Carta 0058: A Henri Pessonneaux

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
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Impresiones de Lyon después de su vuelta.

Lyon, 6 de octubre de 1832.

Mi querido Henri:

Si no conocieras la lentitud natural de mi carácter intentaría excusarme ante ti por haber estado tanto tiempo sin escribirte, a pesar de las bonitas promesas que te hice cuando me despedí. Llámame, pues, perezoso, negligente, cabeza dura, descerebrado; no declino los efectos de tu justa cólera y acepto todas las penas que tengas el gusto de infligirme. Pero no vayas a creer que el corazón ha tenido ninguna parte en este olvido. No ha pasado un día sin que yo no repitiera: «Mañana escribiré a Henri». Tu recuerdo estaba presente en todos mis ocios, en todas mis alegrías, tú eres siempre uno de los principales personajes que figuran en mis crónicas cuando cuento mis acciones y mis gestas parisienses.

Sería cosa inútil e imposible a la vez decirte cuánto he gozado al volver a ver a mi familia. Es algo imposible, pues nuestros afectos más dulces son de una naturaleza tan sutil y tan fugitiva que escapan a la pluma de quien las quiere describir, como el polvillo de las alas de la mariposa bajo los dedos del entomólogo. Es cosa inútil, por otra parte, pues tú también eres hijo y sabes cuál es el premio de los gozos familiares. He encontrado bien a todos los míos, no faltó ninguno en esa ocasión, he sido recibido por todas partes con una franca cordialidad.

He encontrado a mi ciudad de Lyon algo mejorada, la plaza des Terreaux limpia y liberada del teatro masivo que la obstruía, el puente de la Feuillée terminado, y otro puente de cables de hierro casi hecho del todo en el lugar donde estaba el antiguo puente de Saint-Vincent. Solo Fourvières está afeado por un observatorio cuadrado, de pesada estructura, que se levanta al lado de la iglesia y casi la oculta. Lyon ha cambiado poco desde el punto de vista moral. Siempre se encuentra en ella, sobre un fondo de honor y de religión, una cierta dosis de pequeñez y de mezquindad en las ideas, una caridad más activa que nunca: ahí tienes el cuadro en su conjunto. Los partidos se forman y se diseñan de una manera más compacta y más diferenciada. Las gentes de orden, que mantienen sus principios, se inclinan casi todas hacia el monarquismo, y confiesan en voz alta o en secreto que la restauración sería mejor que el sistema actual. Por el contrario, los jóvenes, irreligiosos y turbulentos, se agrupan bajo las banderas del republicanismo; creo que hay amaños muy activos entre los jacobinos y los carlistas; muy pronto esos dos campos se quedarán solos uno frente al otro y disputarán entre ellos la suerte del país. Es muy cierto que Savagny, profesor de historia en el Colegio, ha causado mucho mal entre los alumnos. Ha sido despedido hace unos meses, pero el golpe ya está dado; muchos padres han retirado a sus hijos, y se supone que este año el número de escolares quedará reducido a la mitad. Por otro lado, la devoción a la Santísima Virgen ha crecido mucho. Parroquias enteras van a Fourvières y, todos los domingos, un gran número de habitantes de los campos van a rezar a la montaña santa. Se reparten medallas de la Virgen en cantidades extraordinarias. Se me han confirmado, aquí en las jornadas de noviembre, muchos datos que honran a la población obrera. Al comienzo del mes pasado se formaron algunas manifestaciones en el campo Casati. Entre los murmullos que circulaban de boca en boca se oía a muchos artesanos decirse unos a otros: «Nosotros no queremos este gobierno; este gobierno persigue a los curas; nosotros queremos a los sacerdotes». Los Hermanos de la Doctrina Cristiana hacen maravillas.

He viajado con mi padre a Bourg para oír a Sauzet acerca del asunto Aubarède. Jamás he oído nada tan bello. Odilon Barrot, que vino a Lyon a defender una causa algún tiempo después, no es más que un hábil abogado en comparación con nuestro gran orador. Sin embargo, no creo que las ganas de escuchar un discurso bello sean por sí solas capaces de hacerme emprender un viaje largo. He repetido con Alphonse nuestra expedición de Vienne, pero de una manera mucho más gloriosa, pues fuimos y volvimos a pie en el mismo día. Villefranche ha sido el escenario de una excursión parecida, coronada por un éxito semejante, y mañana lunes vamos a ir a l’Argentière, también en el mismo [coche]. Este, al menos, tiene la doble ventaja de costar poco dinero y de estar siempre a las órdenes del que quiere servirse de él; añade a eso que rara vez tiene necesidad de los servicios del carretero y me admitirás que vale más que cualquier otro coche. Te animo a que te sirvas de él con frecuencia [durante] estas vacaciones, en los alrededores de París; tu cuerpo se encontrará mejor y tu salud será más robusta.

Espero que las negras previsiones que te obsesionaban por el tiempo en que me marché se hayan disipado, y que, con la ayuda de Dios y del señor Durnerin, volverás a recuperar la fuerza y el ánimo. Piensa siempre en nuestro gran principio de que los sufrimientos de la juventud son con frecuencia el presagio más seguro de los éxitos de la edad madura. También yo sufro muchas molestias interiores, muchas tormentas sacuden mi alma, pero trato de consolarme dirigiendo los ojos hacia un porvenir más sereno.

Envié, al día siguiente de mi llegada, las cartas y el pequeño paquete que se me habían encomendado. Tu tío y tu tía me han parecido llenos de interés por ti. He visto también, con mucho agrado, a tu hermana, a tu hermano y a tu primo. Un mes más y volveremos a juntarnos. Adiós, mi buen amigo, presenta a tu padre mi afecto respetuoso, mis recuerdos a todos los tuyos, y respóndeme, si puedes.

A.-F. Ozanam.

Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 51.

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