Federico Ozanam, Carta 0051: A Ernest Falconnet

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
Tiempo de lectura estimado:

Reacción de los estudiantes católicos en el curso de Jouffroy. Vacuidad de los ataques contra el papado.

París, 25 de marzo de 1832.

Mi querido Falconnet:

Soy muy culpable por hacerte esperar noticias mías tanto tiempo. Lo sé, lo confieso y estoy seguro de que me perdonarás, pues estoy arrepentido de mi falta y dispuesto a repararla.

He visto complacido, casi diría agradecido, el interés que dedicas a nuestros esfuerzos por sostener la causa del Evangelio. Continuaré hablándote sobre este tema y te haré saber cuanto se realice a nuestro alrededor en pro del triunfo de ese estandarte divino. Te conté nuestras primeras escaramuzas; me alegra anunciarte que hemos librado, hace algunas semanas, un combate más serio. Nuestro campo de batalla fue la cátedra de Filosofía, el curso de Jouffroy. Jouffroy, uno de los más ilustres racionalistas de nuestros días, se permitió atacar la revelación, incluso la posibilidad misma de la revelación. Un católico, un joven, le hizo por escrito algunas observaciones; el filósofo prometió contestarlas; esperó quince días, sin duda para preparar sus armas y, al cabo de ese tiempo, sin leer la carta, la analizó a su manera y trató de refutarla. El católico, viendo que era mal interpretado, presentó al profesor una segunda carta; este la pasó por alto, ni la mencionó siquiera y continuó con sus ataques difamatorios, jurando que el catolicismo repudiaba la ciencia y la libertad. Entonces nos reunimos todos, dirigiendo una protesta en la que exponíamos nuestros verdaderos sentimientos; a toda prisa obtuvimos quince firmas y la enviamos al señor Jouffroy. Esta vez no pudo evitar leerla. La numerosa audiencia, compuesta por más de doscientas personas, escuchó respetuosamente nuestra profesión de fe. El filósofo se agitó en vano para replicar, balbuceó excusas, asegurando que no había querido, en absoluto, atacar al cristianismo en concreto, que sentía gran veneración por él y que, en lo sucesivo, trataría de no volver a lastimar las creencias. Pero, sobre todo, hizo constar un hecho muy notable, muy alentador en la época actual. «Señores —nos dijo—, hace cinco años yo solo recibía objeciones dictadas por el materialismo; las doctrinas espiritualistas sufrían la más viva resistencia; hoy en día, los espíritus han cambiado mucho, pues la oposición es toda católica».

Es triste ver a ese pobre hombre empeñarse en resolver, por las solas fuerzas de la razón, el problema del destino humano; todos los días deja escapar contradicciones, absurdos, confesiones involuntarias. Últimamente se atrevía a sostener que es falso que haya justos desgraciados y malos sin castigo en este mundo. Ayer confesaba que las necesidades intelectuales son inmensas; que la ciencia, lejos de satisfacerlas, solo sirve para ponerlas en evidencia en toda su extensión y que conduce al hombre a la desesperación, al mostrarle la imposibilidad de llegar a la perfección. Confesaba que los conocimientos materiales no satisfacen a nuestro espíritu y que, una vez los ha agotado, experimenta un gran vacío, viéndose invenciblemente inclinado a buscar luces sobrenaturales. Reconocía, en fin, que la razón habría menester de un alto grado de desarrollo para poder convertirse en la base de nuestra conducta moral… Podrás ver que, de estos tres hechos, resulta evidente la necesidad de una revelación. Mi querido amigo: ¡qué pena me dan estos filósofos del racionalismo! ¡Si supieras cuánto es su orgullo, qué idea tan alta tienen de ellos mismos, qué desprecio por los demás, cuánto amor propio anima sus palabras y sus escritos! ¡Si los vieras mendigar los aplausos de la juventud que los escucha y, en medio de sus fanfarronerías, reconocer a cada momento su debilidad y proclamar la desesperación que los corroe: la desesperación! Si oyeras sus ataques contra el cristianismo servilmente renovados con viejas declamaciones volterianas y sus propuestas extravagantes; si, por ejemplo, les oyeras decir, para combatir los milagros, que las leyes de la naturaleza están fuera de nuestro alcance y que, por consiguiente, no podemos apreciar sus derogaciones, y que la resurrección de un muerto no ofrecería nada de milagroso a los sabios de hoy en día; amigo, si oyeras, si vieras todo esto, ¿no felicitarías al cristianismo por tener semejantes adversarios?

Valor, pues, ya que nuestros enemigos son débiles; valor, pues los doctores de la incredulidad podrían ser confundidos por el último de nuestros párrocos rurales; valor, pues la obra de Dios se llevará a cabo, se efectuará por las manos de la juventud actual, quizá incluso por las nuestras. No te dejes escandalizar por lo que puedas oír acerca de los asuntos temporales del papa. Puedes estar convencido de que: 1º, el dominio temporal debe distinguirse totalmente del espiriual; 2º, que los periódicos liberales aumentan y exageran los fallos de las legaciones; 3º, que el papa (se lo he oído al mismo Chateaubriand) está a la altura del siglo, que él quiere el bien de sus súbditos, pero que se lo impide, por un lado, el espíritu retrógrado del pueblo romano y, por otro, las intrigas sediciosas de los nobles y de los abogados. León XII ha muerto víctima de su espíritu renovador. Gregorio XVI había comenzado a extender sobre las legaciones favores importantes, cuando la propaganda francesa ha sembrado en ellas la revuelta. Sea como sea, poco importa que el papa pierda el título de soberano en la asamblea de los príncipes. Siempre guardará el de padre de la asamblea de los pueblos.

Por tu parte, prepárate a luchar practicando ese Evangelio que estás llamado a defender. Reza, reza por nosotros, que empezamos a tomar impulso y que te tendemos la mano […][1] es una amistad grande y fraternal…; sí, tú tienes ya aquí amigos que no te conocen, que te esperan y que te abrirán sus brazos cuando vengas a confraternizar con ellos. Visita frecuentemente al abate Noirot, pon en práctica sus consejos, abusa de su paciencia. He recibido de él una carta excelente.

He terminado de traducir del alemán un curioso opúsculo de Bergmann sobre la religión en el Tibet. He comenzado la versión de un libro tibetano que él tradujo al alemán. Es una génesis, un sistema cosmogónico donde se hallan fuertemente impresas las huellas de la revelación.

El señor de Coux ha empezado su curso de Economía política, lleno de profundidad e interés. Te recomiendo que te matricules en él. Una multitud asiste a las clases porque en esas lecciones hay verdad y vida, gran conocimiento de la llaga que corroe la sociedad y un remedio único capaz de curarla. Leo las obras del señor Ballanche[2] con placer y espero que con fruto: encierran grandes ideas (mezcladas con cierto número de errores) sobre filosofía de la historia. Leo también al célebre Vico. Por último, continúo estudiando hebreo. Te lo ruego, ocúpate seriamente de investigaciones históricas y tradicionales, pues ahí está todo.

No he remitido tu carta a Materne porque no me ha parecido suficiente; tienes que hablarle con el corazón en la mano, sicut amicus ad amicum[3]. Escríbele otra, puedes estar seguro de que le agradará. He enviado por la diligencia tus dos volúmenes alemanes. El precio de la obra es de 12 francos. Cuando te los envíe, papá te dirá el costo de los portes. Perdóname si los temas religiosos han ocupado toda la carta. Qué quieres: es la base y el coronamiento, el alfa y la omega; y acuérdate siempre de tu amigo.

A.-F. Ozanam.

Contéstame pronto, largo y tendido, tú que tienes tiempo libre. Presenta a tus padres mi afecto respetuoso.

Fuente: Archives Société de Saint Vincent de Paul (copia). • Ediciones: LFO1, carta 44. — Lettres, t. I, p. 48 (parcial). — Cartas, t. I, p. 69-72 (parcial).

[1]*    Laguna en el texto.

[2]      Pierre-Simon Ballanche era de Lyon. Ozanam, que le visitó en 1831, tal vez sea el autor de L’Homme sans nom (El hombre sin nombre), publicado en la Revue européenne en junio de 1832 (Cf. Galopin, nº 52, y la carta 47: a Pierre Balloffet, del 10 de diciembre de 1831).

[3]*    «Como un amigo a otro».

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