Federico Ozanam, Carta 0049: A su madre

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
Tiempo de lectura estimado:

La bondad del señor Ampère. Sufrimiento por la separación al acercarse las fiestas. Presupuesto. Algunas reflexiones políticas.

Viernes, París, 23 de diciembre de 1831.

Mi buena madre:

Recibí ayer su carta con el billete de papá y el de Charlot, y ahora me apresuro a responder con toda rapidez porque tengo muchas ocupaciones y la carta debe estar en correos a las tres, para que pueda salir hoy y no llegar tarde, como el otro día.

Pero tengo muchas cosas que decirle. Tengo, ante todo, que darle gracias por los buenos consejos de toda clase que ha tenido a bien darme, pero por desgracia todas sus advertencias sobre la cortesía se encuentran bloqueadas por ese buenísimo señor Ampère, que quiere siempre ser servido el último y que se impacienta cuando uno se da el aire de hacerle algún acto de cortesía. Tengo que vencerme, me veo obligado totalmente a servirme entre los primeros y, si no hago eso, se molesta. Se tienen hacia mí toda clase de bondades. Como se sabe que a mí me gusta mucho el atún marinado siempre lo hay encima de la mesa los días de abstinencia. El otro día, el señor Ampère me llevó al Instituto y recomendó al conserje que me dejara entrar siempre que yo quisiera. El próximo lunes me va a llevar para conseguirme el permiso de venir a leer a la biblioteca del Instituto, que es muy rica y que está mucho menos lejos que la del Rey. Es usted muy buena al decirme que aprueba el que yo haya tomado parte en el juego, y que se inquieta por mis veladas de los domingos. Habitualmente el papá Ampère, como dice usted tan bien, trabaja mucho y juega poco, y como es él el que anima el juego, resulta que se juega rara vez. El domingo por la tarde se pasa, pues, a menudo como los otros días, es decir, que después de haber hablado una o dos horas con esos señores y con esas damas, me encierro en mi habitación y me libro del aburrimiento como puedo.

¡Ah!, le aseguro que me hace usted mucha falta, sobre todo entonces; las leguas que hay entre usted y yo me parecen muy largas; pienso en mi buena ciudad de Lyon, en los seres que allí dejé y a quienes quiero tanto. Me acuerdo de aquellas veladas de los domingos de invierno que pasaba en medio de ustedes, bajo el techo familiar, conversando con mi querido Falconnet de tantas cosas, o jugando con él un lindo partido de piquet, interrumpido, a veces agradablemente, por el vino blanco y las castañas. Ya se acabó todo eso. La familia que me rodea me prodiga toda clase de atenciones, es verdad, pero soy un extraño ante sus alegrías y sus dolores; estoy en una esfera que no es la mía; no puede haber charlas, expansiones ni celebraciones. He dejado pasar inadvertida la grata solemnidad de la infancia, el 6 de diciembre, día del buen San Nicolás, que festejábamos antes con tanto gusto. Justamente la recordé al día siguiente, y recordé así que hay un término para todas esas alegrías infantiles, y que los placeres candorosos, familiares, no tienen sentido para quien vive aislado en una capital. Así veré pasar el día de Año Nuevo, ese día tan querido; lo veré celebrar a mi alrededor por una familia feliz: un padre bueno, colmado de caricias, cerca de un hogar que solo se me brinda a título de huésped. Veré todo eso y pensaré que yo también tengo un padre excelente, una madre querida y hermanos cariñosos, y que no podré abrazarlos. ¡Ay!, si supiera usted cómo me amargan el alma todas esas reflexiones! Dios es, sin duda, generoso por haberme endulzado el destierro con la sociedad de esta familia, pero Dios que todo lo hace bien, vio también que la nostalgia me haría sufrir, sufrir mucho y que, débil como soy, necesitaría muchos consuelos para resistir hasta el fin.

Como quiere usted concederme el escoger el regalo, reciba por favor mis pequeñas confidencias. El dinero que recibí de Lyon me ha venido muy bien, pero casi se me ha terminado. He tenido para 17 francos de leña (Henri proporciona los libros), 3 francos de arreglos, 3,50 de lavado de ropa, 3 francos de papel, luz, etc., también sillas, gastos pequeños, etc., etc., para los pobres (¡hay tantos!); todo ello suma 27 francos para gastos necesarios, de los 35 míos. Tenía otros 5 sobrantes. Quedan 8 francos de ese envío para mis pequeñas distracciones; es sin duda mucho, pero no tanto como usted tal vez se imagina. El lunes o el martes próximo recibiré 120 francos. Además, es verdad que no tendría más que entregar 75 u 80 francos al señor Ampère, pues entré en su casa el 5 de este mes, pero tengo que dar al portero 5 francos, además de las propinas al portero, a la criada, y también necesitaré de 12 a 15 francos para hacer aquí y allá mis pequeños regalos, para pagar los ómnibus en los que haré mis paseos de Año Nuevo a fin de no mancharme. Añada mis gastos de luz, de lavado de ropa, de arreglos. No me sobrará gran cosa. Me hubiera gustado haber recibido el dinero para mis regalos, para tener algunos libros, etc. Me parecería cosa triste recibir como regalo pantalones gruesos, pero la razón debe caminar por delante del capricho, y yo aceptaría pantalones gruesos con gratitud, pues los que llevo se estropearán muy pronto y podrían no bastarme si no vienen otros en su socorro. Por otra parte, preferiría el dinero para comprar las lentes más bien que solo su montura, pues los cristales me costarían, al menos, cuatro francos, lo que sería muy caro. Además, papá me tendrá que enviar 18 francos para pagar, en la primera quincena de enero, mi segunda matriculación en las facultades de Derecho y de Letras.

A veces voy a leer los periódicos por la tarde; el otro día, al entrar en mi casa, fui amenazado de muerte por un guardia nacional que me reconoció como estudiante. Sin embargo, hacen ustedes bien en pensar que yo jamás me mezclo con los alborotadores. Pero el gobierno ha puesto de moda el perseguir a los jóvenes, se ha esforzado en engañar al pueblo a costa de ellos. Mas un día se hará justicia. Se habla mucho del restablecimiento de Enrique V; los republicanos no piden otra cosa, con tal de que se convoquen las asambleas generales; Luis Felipe es generalmente detestado.

He escrito a Ballofet y al abate Noirot; mañana escribiré a Ernest y haré los encargos de papá; no es Horacio sino Sófocles el que pedí; envíemelo lo antes posible.

Adiós, mi buena madre, tengo mucha prisa; le abrazo tiernamente así como a papá, a Alphonse y a Charles, a los que escribiré pronto. Lo que usted me dice de todos me llena de alegría.

Ya se acerca Navidad; rogaré por usted y usted, buena madre, rogará por mí. Dios nos oirá a los dos, dándonos fuerza y valor; su Reino nos llegará y, sea cual sea el porvenir, marcharemos con pasos firmes hacia el destino que nos espera.

Su hijo,

A.-F. Ozanam.

Estoy seguro de que habré olvidado muchas cosas, pero prefiero escribir poco que nada. He presentado su agradecimiento y sus respetos al señor Ampère. Diga a Alphonse que me envíe pronto el artículo que escribí para el hospital.

Fuente: Archives Laporte (original). • Ediciones: LFO1, carta 42 bis. — Lettres, t. I, p. 43 (parcial). — Cartas, t. I, p. 61-63 (parcial).

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