Federico Ozanam, Carta 0048: A Ernest Falconnet

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
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Dando ánimos. Defensa del barón de Eckstein. Dificultades y soledad de Ozanam en París. Estudio de las dos tendencias dominantes de la filosofía actual: la escuela racionalista y la escuela tradicional.

París, 18[-29] de diciembre de 1831.

Querido amigo:

El placer que encuentras en escribirme, en contarme tus sentimientos, tus ideas, tus sueños, yo lo comparto igualmente, y mis cartas te asediarían con frecuencia si no me hallara con las manos atadas a causa de mis numerosas ocupaciones. Hoy aprovecho un poco de tregua para contestarte y hablarte largo y tendido. ¿Por dónde empezar? Voy a contestar a tus preguntas, en primer lugar, y luego te daré mis ideas.

Tus dos cartas, la última sobre todo, me han causado verdadero placer. ¿Me creerás si te digo que, al leerla, mis ojos se han humedecido con lágrimas de ternura? Pues tu elocuencia católica y tu indignación de hombre joven me llenaron de una suave alegría. ¡Ánimo! Ya estás en el camino de la virtud; valor, amigo mío, fortalece tu caminar; permanece sólido y firme ante las tormentas que no tardarán en caer sobre ti; y, sobre todo, evita el desaliento, que es la muerte del alma. Y así, acostúmbrate a ver el mal alrededor de ti sin perturbarte. En los días de nuestra niñez, en aquellos días que transcurrían apacibles, rodeados de padres virtuosos y amigos muy queridos, creímos —¡qué ignorantes éramos!— que en nuestra familia estaba el universo y que todo el mundo debía practicar lo que nos enseñaban. De manera que resulta impactante el momento en que los ojos se desengañan, cuando el mundo aparece en su verdadera realidad, con toda la fealdad de sus vicios, el estruendo de sus pasiones, las blasfemias de su impiedad. Estábamos llenos de confianza y de candor, nuestra alma estaba abierta a toda palabra humana y todo discurso nos parecía sellado por la verdad, y he aquí que ahora tenemos que aprender el arte doloroso de la desconfianza y de la sospecha.

Ese arte ha sido siempre para mí una cosa dura y difícil y, sin embargo, hete aquí que hoy te acabo de advertir: no te fíes. No te fíes ni siquiera de la apariencia de virtud, desconfía de todo el que dice mal de su semejante y no creas sus afirmaciones más que en cuanto sean serias y bien fundadas. Amigo mío, me confiesas que, quien ha condenado a Schlegel y Baader, no ha podido convencerte y, sin embargo, no puedes ocultarme la impresión que te ha causado la censura que ha dirigido contra Eckstein. Cierto que no tengo sobre este último las ideas muy claras, me ha sido imposible hasta ahora conseguir informaciones exactas. Pero no tengo dudas de su buena fe porque he leído sus escritos, y sus escritos están palpitantes de fe. Sé que es un hombre excéntrico, un espíritu muy especial, sé que se relaciona con Lamennais, pero eso es todo. Pero precisamente los ataques de que es objeto serían para mí una razón añadida para que crea en su mérito. En efecto, nada es más común en Alemania que la división de los partidos y la acritud de las discusiones, y la guerra entre los sabios es comparable a todo lo que, entre nosotros, tiene de violencia y malignidad la lucha entre las diversas opiniones políticas. Y así, el hombre del que estamos hablando, el protestante desilusionado al ver la ciencia protestante privada de uno de sus adeptos sólidos, se ve naturalmente obligado a denigrarle; me olvidaba decirte que los protestantes, aunque profesan que todos los cultos son iguales a los ojos de Dios, no dejan de mirar con el mayor desprecio a los que abandonan sus filas para echarse en brazos del catolicismo. Te habrás dado cuenta, como yo, que el señor Turr no es franco, que razona con frecuencia con sofismas, que está dominado por el espíritu de sistema. No te enzarces jamás con él en disputas dogmáticas; él tratará de embrollarte por medio de razonamientos capciosos, que tú verás que son falsos sin poder descubrir del todo el fallo. Con él limítate al alemán. Ne sutor ultra crepidam[1]. No puedo indicarte aún un libro para traducir, pues el señor Ampère, hijo, está aún de viaje; no dejaré de informarte en cuanto haya vuelto.

29 de diciembre de 1831.

Han pasado ya once días desde que escribí la última página. Mis numerosas ocupaciones me han impedido escribirte, pero no el pensar en ti. Ya que ahora tengo un rato libre, continuemos con nuestra charla y reanudemos la conversación. Me pedías noticias, muchas noticias sobre mí, sobre la ciencia, sobre la política, sobre la religión.

En cuanto a mí, ¿podría estar mejor? Un cuarto hermoso, buena mesa, una compañía agradable, conversaciones casi siempre instructivas, con frecuencia entretenidas con mi respetable dueño de casa[2], una lección de Derecho y uno o dos cursos de Literatura al día y, finalmente, la compañía casi continua de Henri, es, por cierto, mucho más de lo necesario para que mi vida de estudiante sea bastante apacible, bastante feliz. Pues bien, ¿me crees feliz? ¡Oh!, no lo soy, pues siento dentro de mí una soledad inmensa, un gran malestar. Separado de mi familia, siento en mí no sé qué de infantil que necesita vivir en el hogar doméstico, a la sombra del padre y de la madre, algo de indecible delicadeza que el aire de la capital marchita. Y París no me gusta, porque aquí no hay vida, ni fe, ni amor; es como un gran cadáver al cual me siento atado, muy joven y lleno de vida, y cuya frialdad me hiela y cuya corrupción me mata. Es verdaderamente, en medio de este desierto moral, cuando se comprende bien y se repiten con amor los gritos del Profeta:

Habitavi cum habitantibus Cedar,
Multum incola fuit anima mea!
Si oblitus fuero tui, Jerusalem,
Adhæreat lingua mea faucibus meis![3]

Esos acentos de poesía eterna resuenan a menudo en mi alma y, para mí, esta ciudad sin límites donde me encuentro perdido, es Cedar, es Babilonia, es el lugar de destierro y de peregrinación; y Sión es mi ciudad natal, con los que allí he dejado, con la caridad de sus habitantes, con sus altares en pie y sus creencias respetadas.

La ciencia y el catolicismo: esos son mis únicos consuelos y, en verdad, esta parte es hermosa aunque no deja de ofrecerme esperanzas frustradas, obstáculos que salvar y dificultades que vencer. No ignoras cuánto desearía rodearme de jóvenes que sintieran y pensaran como yo; sé que los hay, y muchos, pero se hallan dispersos como el oro entre la escoria, y es difícil la tarea de aquel que quiere reunir defensores alrededor de una bandera.

Y además, cuando se acercan las manos al árbol de la ciencia, ¡cuántas espinas impiden su acceso! Las bibliotecas están lejos, y no es fácil conseguir los libros, a causa de la pereza de los empleados, que siempre responden que el libro está en préstamo. Por otro lado, la mayor parte de los cursos, anunciados de manera muy enfática, son otra fuente de nuevos desengaños. Los señores Cousin, Royer-Collard, Guizot y Villemain no dan clases desde que son hombres de Estado. Los mediocres profesores que les sustituyen descuidan el acudir a clase y encuentran, con mucha frecuencia, pretextos admirables para ausentarse; y, sin embargo, los nombramientos siguen siendo válidos y Francia paga. Esta Francia tiene realmente un buen carácter. Todo eso no son más que temas materiales. Subamos más arriba: Paulo majora canamus[4]. ¿Cuál parece ser hoy la situación de las ideas científicas, cuáles son las escuelas, los potencias beligerantes en el campo de la filosofía?

Antes que nada, es menester que, después de todas las discusiones y de todas las luchas, tras todos los problemas parciales, debe llegar un momento en que la razón compendie todas sus dudas en una sola, y plantee el problema general. Hoy ese problema está concebido en estos términos: ¿para qué está hecho el hombre? ¿cuál es el fin, la ley de la humanidad? Con respecto al siglo pasado se nota progreso, puesto que los mismos términos del problema suponen una Providencia, un fin, una idea creadora y conservadora. La pregunta, así planteada, denota filosofía de la historia y a la filosofía de la historia corresponde resolverla. Comprenderás, por eso, la importancia dada, en nuestros días, a los estudios históricos. Hasta aquí todo el mundo está de acuerdo. Pero la escisión empieza en el mismo punto de partida; tiene por objeto los datos mismos de la pregunta. Unos (y en sus filas se cuentan Cousin, Benjamin Constant, Jouffroy, Quinet y los secuaces de Saint-Simon) toman como base de sus investigaciones a la sicología, imaginando una especie de hombre abstracto por el estilo de la estatua de Condillac; en ese hombre ven cuanto quieren ver y de él deducen una fórmula filosófica, sobre la cual despliegan la historia como sobre el lecho de Procusto, cortando y magullando todo lo que ofrece dificultad para entrar en tan inflexible cuadro. Esas gentes que no hacen sino renovar a Rousseau, Dupuis y Volney; esas gentes, repito, han hecho este admirable descubrimiento: que las religiones han empezado por el fetichismo y eso lo van repitiendo a quien quiere oírlo, discurriendo acerca de la ley del progreso, sobre la extinción del cristianismo y sobre el próximo advenimiento de una nueva religión. Eso es lo mismo que predicaba en otro tiempo el señor Jouffroy, profesor de filosofía en la Sorbona, aquella antigua Sorbona fundada por el cristianismo y cuya cúpula todavía se halla coronada con el signo de la cruz.

Pero, frente a esa escuela que se adorna con el nombre de racionalista, se yergue otra que toma el nombre de tradicionalista, no porque esté en desacuerdo con la razón sino porque se basa en la historia y considera a la tradición como punto de partida de su sistema. En sus filas aparecen los señores de Chateaubriand, de Lamennais, de Eckstein, Ballanche, de Bonald y en Alemania, Schlegel, Baader, Stolberg, Goerres. Distinguen dos objetos del conocimiento humano: lo finito y lo infinito, la verdad filosófica y la verdad religiosa; dos maneras de conocer: la razón y la creencia, el análisis y la síntesis, o quizá, como dice la Iglesia, el orden de la naturaleza y el orden de la gracia. Ahora bien: lo finito está cercado por todas partes por lo infinito. Lo infinito es Dios, es el alfa y la omega, el principio y el fin. De ahí se sigue que la síntesis es, a la vez, base y coronamiento de la humanidad, y que la verdad religiosa es la fuente y el fin de la verdad filosófica. Sobre dichas premisas se eleva una vasta teoría acerca de las relaciones entre la ciencia y la fe, una amplia explicación de la historia. Y, como la síntesis es el hecho primitivo anterior a todo conocimiento, como su época es la época de la niñez en que la razón duerme, de ahí se sigue que la sicología es incapaz de profundizar su naturaleza y de apreciar su extensión. Es, pues, necesario investigar, estudiar, en los dominios de la historia; pertenece a la historia volver a narrar la historia del género humano. También aseguran que el fetichismo, lejos de ser el primer paso de la humanidad, es el último grado de su corrupción; que los recuerdos de la edad de oro y de la caída primitiva y de su expiación con sangre están esparcidos entre los pueblos. Eso es lo que dicen; mientras tanto, nuestra propia obra madura en nuestras jóvenes mentes y ya le llegará su tiempo. Nunca una historia de las religiones fue tan necesaria por las necesidades de la sociedad. Tempus erit[5]

He terminado de traducir a Monel [sic][6], en lo que se refiere a la mitología de los japoneses; nada confirma mejor nuestras ideas. Es un placer ver cómo el buen alemán se retuerce para explicar por la física los mitos más morales y buscando el culto de los astros en la adoración de Dios en tres personas.

En mi próxima carta te hablaré de otros temas.

[Sin Firma]

Fuente: Archives Société de Saint Vincent de Paul (copia). • Ediciones: LFO1, carta 42. — Lettres, t. I, p. 37 (parcial). — Cartas, t. I, p. 55-60 (parcial).

[1]*    «Zapatero, no más allá de la sandalia». Ozanam quiere decir que no dice más porque no se considera experto en el tema del que está hablando. Cf. Plinio el viejo, Naturalis historia, XXXV, 36.85, «ne supra crepitam sutor judicaret».

[2]*    El señor André-Marie Ampère.

[3]*    «Moré con los habitantes de Cedar, durante mucho tiempo habitó allí mi alma. Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me pegue la lengua al paladar». Cf. Sal 120(119), 5 y 137(136), 5.

[4]*    «Cantemos temas algo más importantes». Virgilio, égloga IV.

[5]*    «Ya llegará la hora…».

[6]      Franz-Josef Mone.

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