Federico Ozanam, Carta 0047: A Pierre Balloffet

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
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Primeras impresiones de París.

París, 10 de diciembre de 1831.

Mi querido Ballofet:

¿No te has olvidado de tu pobre amigo, después de tanto tiempo como ha transcurrido? ¿Siempre sumergido en tus penosas ocupaciones, de las que, despertado con sobresalto por el ruido del cañón y por la insurrección, tienes aún tiempo para pensar en tu antiguo camarada, en ese querido Ozanam que se despidió de ti hace ya más de un mes, y que acompañaste hasta el lugar de su despedida? Pues bien, si tú no te acuerdas ya de él, él se acuerda de ti, y recuerda la promesa que te hizo de escribirte en primer lugar, y aquí lo tienes con la pluma en la mano y los dedos manchados de tinta; aquí lo tienes dispuesto a cumplir su palabra.

Pues bien, he visto esta célebre ciudad de París, esta gran ciudad de la que los dos hemos hablado tantas veces; la he visto, estoy en ella, esto no es un sueño, se trata realmente de la vieja Lutecia[1] con sus bellezas y sus horrores, sus edificios y sus barracas, sus luces y su corrupción. He visto casi todo lo que se suele admirar: palacios, iglesias, monumentos de toda clase, el Louvre, las Tullerías, el Carrousel, he visto todo lo que deseábamos ver tan ardientemente, pero no estoy nada satisfecho. Las realidades se han quedado por debajo de las ideas que me había formado. No me he quedado asombrado, mudo de estupor. Solo me han emocionado dos cosas: el museo y los órganos de las iglesias. Pues no podrías imaginar la belleza de nuestras ceremonias religiosas. Saint-Etienne-du-Mont, mi parroquia, una de las iglesias más antiguas de la ciudad, es la única en la que hay una galería elevada. Los días de fiesta el diácono se sube a ella para leer el evangelio; es de un efecto soberbio. No he visto aún ni al rey[2] ni a su familia real, pero me importa poco; conozco a la especie humana y, por otro lado, he visto toda clase de animales en el parque zoológico.

A propósito del rey te diré que goza aquí de poca confianza y consideración. El número de sus amigos es muy pequeño, sobre todo desde que ha devastado las Tullerías para hacer de ellas un cercado para sus hijos. Creo que los señores parisinos le perdonarían más fácilmente la pérdida de una batalla que la alteración de su jardín. A eso ha venido a añadirse la asociación de los pares, el alistamiento de los matarifes y los asuntos de Lyon. El Journal des Débats, órgano del ministerio, ha provocado la indignación pública al tratar a la clase obrera como bárbaros y enemigos. Se muestra aquí, por lo general, una simpatía muy viva por las desgracias de los lioneses, pero los parisinos, habituados al monopolio de las revueltas, se preguntan con sorpresa cómo han osado levantarse sin ellos.

Basta de política. Me acuerdo de que no estamos muy de acuerdo sobre ese punto; eso podría suceder con el tiempo, sobre todo si lees el folleto de Chateaubriand sobre la propuesta Bricqueville.

Yo le he visto, he visto a Chateaubriand, ¡y el gran hombre estaba ocupado en hacerse calentar una tisana! He visto también al señor de Lamennais antes de su partida para Roma. He visitado al señor Ballanche. Todos esos hombres son muy afables, nada orgullosos en sus maneras, llenos de una dulce y amable cortesía; he sido bien recibido en sus casas. También he estado con el célebre señor Ampère, el físico. Es lionés. El señor Périsse me había recomendado a él y, en efecto, ese gran hombre me ha ofrecido en su casa la mesa y el alojamiento a un precio moderado (90 francos). No he dudado en aceptar esa oferta, mi padre ha aprobado mi decisión, y hoy me puedes ver instalado en una bonita habitación que da a su jardín, disfrutando de una buena mesa, y de una compañía excelente. Pues el señor Ampère no se limita a las ciencias naturales, es una enciclopedia viviente; dotado de una memoria prodigiosa, aprende todos los días sin esfuerzo y como sin darse cuenta. Ha aprendido el latín él solo; hace dos años que tuvo la fantasía de componer versos latinos; los compuso, y son muy buenos. Habla sobre cualquier materia con erudición, facilidad, agradablemente. Tiene una gran finura de espíritu y un gusto exquisito. Puedes ver cuán ventajosa me puede resultar una tal compañía. No hace falta añadir que es una familia honrada, religiosa, ejemplar.

He comenzado mi curso de Derecho y estoy de las Institutiones[3] y del Código civil hasta las orejas. Los profesores que he escogido son muy sabios, muy hábiles, pero difusos y a veces soporíferos. En cuanto a lo demás, me han parecido poco fuertes en filosofía del Derecho, que, sin embargo, es la cosa más importante, porque los detalles legislativos pueden cambiar a cada instante, y solo permanecen las nociones generales. Así, si se ha reformado parcialmente el código penal se habla de una reforma total. Ahora bien, la base de todas esas reformas es la filosofía del Derecho, ella sola es el hilo que puede guiar en ese laberinto de leyes sucesivas, contradictorias. Estudia, por ejemplo, la propiedad en su naturaleza y haciendo abstracción de la voluntad del legislador y, de inmediato, comprenderás más fácilmente los estatutos que rigen la propiedad, descubrirás sus defectos, aprenderás los remedios.

En cuanto a los cursos de Ciencia y de Literatura, has de saber que, cuando se lee en los grandes anuncios los nombres célebres de Cousin, Villemain, Guizot, Royer-Collard, y te alegras de antemano, te encontrarás enseguida atrapado al ver todos esos señores sustituidos por sus suplentes, que están lejos de valer lo mismo. E, incluso, esos mismos suplentes encuentran, con frecuencia, excelentes razones para ausentarse de clase, y entonces no les sustituye nadie. Así que llegas ávido de escuchar en la Sorbona o en el Collège de France, y allí cinco o seis avisos te informarán de que el curso del señor T… se pospone indefinidamente por causa de una indisposición, de un catarro, qué sé yo. En breve, de diez cursos de Literatura apenas hay cinco abiertos. Sin embargo, hay que admitir que hay algunos hombres concienzudos y sabios que dan sus cursos con gloria. Por ejemplo, es un placer escuchar al señor Ampère hablar de Física, a los señores L’Herminier, Champollion sobre Historia, a Boissonnade en griego, a Lemaire en latín, a Fauriel sobre Literatura extranjera.

Tengo aquí a Henri, que es un compañero fiel, a Huchard y Fortoul, a los que no veo mucho porque vivimos muy alejados en domicilios, en gustos y en sentimientos; pero, sin embargo, nos encontramos casi todos los días Brillet, Michoud y otros del colegio, y en fin ese pobre Materne que acaba de encontrar una plaza de profesor de alemán en Juilly (a nueve leguas de París) en la institución del señor de Lamennais, y a quien este hecho le va a separar de mí.

En último análisis, no me encuentro bien. Las distancias son tan grandes que las visitas se llevarían una buena parte del día. Hay que vivir retirado si se quiere hacer algo. Pues bien, esta soledad me carcome y me entristece. Cuando me retiro por la noche a mi habitación, y oigo a los vecinos hablar y reírse encima de mi vivienda, me acuerdo de las conversaciones en familia y ese pensamiento me entristece. ¡Oh, querido amigo! ¡Cómo echo en falta a mis padres! Soy demasiado joven para poder acostumbrarme, al entrar en casa, a encontrar un hogar desierto y a acostarme sin tener a quien decir lo que tengo en mi corazón. Por eso, suele ser al anochecer cuando escribo a mis padres o a mis amigos; entonces me parece que les veo, que estoy hablando con ellos, y a la misma hora en que te escribo esto (son las diez de la noche) me parece que estamos paseando juntos como lo hemos hecho muchas veces, y que reanudamos nuestras charlas familiares.

Pero ya he hablado bastante de mí, y quiero ahora hacerte algunas preguntas respecto a ti. ¿Cómo están tu salud y tus ocupaciones? ¿Sigues en casa del señor Chambeyron? ¿En qué grado estás? ¿Cuál es tu salario? ¿Qué fue de ti durante los días de los trastornos y las alarmas de nuestra pobre patria? ¿Cómo está tu familia? ¿Vendrás a unirte conmigo de aquí a un año? ¿Cómo se arreglará el asunto del reclutamiento? Ahí tienes mil cosas llenas de interés sobre las que espero respuestas largas y satisfactorias.

Me excusarás por la forma tan extraña de mi papel de cartas. Te confesaré llanamente que he cortado así la hoja porque me equivoqué en las primeras líneas, pero pensé que, entre viejos amigos, nada de ceremonias.

Adiós, pues. Voy a acostarme no sin abrazarte previamente y asegurarte mi sincero y fiel afecto.

Tu amigo:

A.-F. Ozanam.

Mis respetos a tus padres.

Al dorso: Al señor Balloffet, hijo, residencia del señor Chambeyron, abogado, rue Saint-Jean, hacia la mitad de la calle, Lyon. • Fuente: Original perdido. • Ediciones: LFO1, carta 41. — Dalud, p. 172-175.

[1]*    Lutetia parisiorum era una ciudad en la Galia prerromana y romana, que fue un precedente de la ciudad merovingia, antecesora de la actual París.

[2]*    A la sazón, Luis Felipe I, último rey de Francia.

[3]*    Título de una compilación legislativa mandada hacer por el emperador Justiniano, y que se ha usado durante siglos para la indoctrinación de abogados principiantes.

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