Federico Ozanam, Carta 0046: A su[s] padre[s]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
Tiempo de lectura estimado:

No le gusta la pensión en la que se hospeda. Su habitación en casa de Ampère. Encargos diversos.

París, noviembre [y diciembre] de 1831[1].

Mi querido papá:

Recibí el domingo pasado su última carta, que me ha venido muy bien. Me acechan dos inquietudes grandes, y usted ha calmado las dos. La primera es la más seria y se refiere al giro que me parece están tomando los asuntos de Lyon. Los periódicos informan a la vez de la dificultad del desarme y del retraso del príncipe y de las palabras severas del rey y de sus ministros; todo eso me hace temer algunas reacciones y, a continuación, nuevas revueltas. Por otro lado, mi bolsa adelgaza que da miedo verla, y me pongo a temblar a la vista de los pagos que se acercan, como un rentista, a la vista de una orden que suprime un barrio. Por el estado de mi economía podrá hacerse idea de mis dificultades: tenía que haber ido ayer a Charenton con Materne pero, cuando vi lo escaso de mis fondos y mis cálculos de que el gasto de este curso subirá en 50 céntimos, me he echado atrás poniendo una enfermedad como excusa (que por otro lado era real). Todo se ha conjurado a la vez para hacerme sufrir, mis dos pares de pantalones están estropeados, la remendadora insiste en que la tela no vale para nada. Comoquiera que sea, se han estropeado sin que yo haya hecho ningún esfuerzo extraordinario, y los arreglos que necesitan exigen nuevos gastos. No quiero contarle otros mil incidentes menudos que no son nada en sí mismos pero que no dejan de hacerme sufrir cuando vienen a atormentarme todos juntos. En breve: su carta me hizo mucho bien cuando leí a lo largo de ella esas dos soluciones a todas mis incertidumbres. No tenemos, pues, nada que temer. «Te voy a enviar 20 francos en moneda, de tu asignación mensual». Eso disipó todas mis preocupaciones y volvió a mí la alegría.

En mi última carta yo no le pedía más que mis reembolsos y cinco francos en moneda, y aun eso tenía miedo de pedírselo por temor a molestarle, pensando además que, en medio de los disturbios, tendría usted dificultad en retirar sus cuentas. Hoy veo que esa pequeña suma apenas me podría bastar, que, sobre todo, no tendría con qué comprar los libros y pagar mi lavandería del mes, pues ahora que he pagado el transporte de mis efectos, el arreglo de un pantalón, los tres francos a la criada de la pensión y una carga de leña para calentarme por ahora, me queda muy poco. Recibiré, pues, con mucha gratitud y no con poca necesidad los 20 francos que me anuncia, además de los 4,50 francos del señor Bonnevie y los 5 francos del señor Brun, que debe de haber recibido hoy (miércoles) el dinero. Cuanto antes llegue el dinero, mejor, pues no voy a comprar más leña hasta entonces, y no tengo leña más que para seis u ocho días. Ese dinero me facilitará el aumentar un poco mi biblioteca de jurisprudencia con Henri. Le quiero enviar mi agradecimiento con antelación, mi buen papá.

He enviado la carta a la oficina del Tems, que está casi al final de la calle Richelieu. Hoy voy a llevar a la Revue des deux Mondes su artículo que recibí ayer.

Me reprocha usted paternalmente que no le envío más que notas breves. Es porque la nota en cuestión fue motivada solamente por la inquietud que sentía por usted; por eso quise ese día escribirle a toda costa, y además el tiempo me urgía. Después de esa nota usted debe recibir una carta larga.

Me pregunta usted cuáles son mis relaciones con Huchard y con Fortoul. Les veo a menudo, bien fuera, bien en su casa, pero no mantengo con ellos aún una relación muy íntima. Les observo, quiero ir conociéndoles, pues su estancia de dos años en París les ha cambiado mucho. Son románticos exaltados; por eso, apenas sí les comprendo.

Ayer asistí al curso del señor l’Herminier[2], uno de los profesores más famosos del Collège de France, hombre sabio y muy elocuente, pero torpe en sus gestos y en su elocución. Dicta un curso de Legislación comparada.

He interrumpido la carta en este punto. He ido a llevar su artículo a la Revue des deux Mondes[3], después he comido, leído, redactado mi lección de Derecho, y aquí estoy a las diez de la noche intentando terminar la carta.

Esas señoras de mi pensión, de las que quiere usted saber el género y la especie, van ordinariamente bien vestidas, hablan con un tono fuerte y decidido, interrumpiendo todos los temas de conversación a tiempo y a destiempo, todas las tardes tienen su vals y se entretienen todos los días con sus hechos y gestos, van a los espectáculos y, por lo demás, son tan poco delicadas que algunos jóvenes que habían venido a vernos acabaron divirtiéndoles mucho con las bromas más sucias. No le hablo más que de dos señoras y de una señorita de 20 a 25 años, hija de una de ellas. Creo que son todas del norte. No sé nada más de su historia. La señora Lecomte es de un tono más digno y de aire más reservado. Hay, finalmente, una o dos señoras de las que no puedo juzgar porque nunca abren la boca. Debo decir, en alabanza de la señora Lecomte que aunque ella conocía de antemano mi próximo cambio de vivienda, me ha dado toda clase de atenciones hasta el final. Pero la mesa era insoportable; la conversación no trataba más que de temas de cuerpo de guardia y de crónicas escandalosas.

Hoy estoy mucho mejor, pues hace dos días que estoy instalado en casa del señor Ampère[4]. El lunes hice la mudanza sin hacer ruido. Mi conserje actual ha venido a buscar mis efectos (le he pagado 20 céntimos porque trajo a un ayudante).

Me hallo instalado en un cuarto hermoso y confortable, con piso y paredes de madera: tiene dos puertas hacia el jardín, una biblioteca llena de libros alemanes, italianos y hasta suecos y españoles, que casi no uso, y algunas excelentes obras de literatura francesa, aunque pocas. Es la biblioteca del hijo del señor Ampère. Tengo una buena estufa de loza, que enciendo poco, por economía, y una chimenea de mármol, adornada con un ánfora antigua, pero vacía desde hace siglos de aquel buen falerno espumoso del que habla mi amigo Horacio[5].

Le envío el plano geométrico de mi habitación.

Quizá usted se chancee de mí; sin embargo, apostaría que ese garabato divertirá a mamá; ella se imaginará verme sentado delante de mi mesa, acostándome en mi cama, yendo de mi mesa a la leñera y de la leñera a la estufa. Por lo demás, puedo garantizar la exactitud aproximada de las medidas, excepto las de las puertas y la del jardín, que he dibujado muy pequeñas. Mi cuarto es cálido, luminoso y alegre, tres grandes ventajas. El conserje que arreglará mi habitación, que se encargará de mis pequeños recados, que limpiará mis botas y mi ropa y me despertará todas las mañanas, es muy honrado, muy puntual, pero he tenido que prometerle 5 francos por mes (además me encenderá el fuego todos los días). No sé si he hecho bien en pactar este arreglo, pero si hubiera querido obrar de otra manera hubiera tenido que acudir a alguien de fuera y fiarme de gente desconocida.

La cocina es buena y variada, sin ser pomposa. En la comida se sirven dos o tres platos, por ejemplo jamón, costillas, paté frío, un plato de postre y café con leche. Para la cena, sopa, tres platos y postre. Se almuerza a las diez y se come a las cinco y media, todos juntos, el señor Ampère, su hija, su cuñada y el hermano de su yerno, que está aquí para unos meses. El señor Ampère es conversador y su conversación es entretenida y muy instructiva; he aprendido ya muchas cosas desde que estoy cerca de él. El señor que está aquí temporalmente mantiene muy bien la conversación. La hija del señor Ampère habla muy bien y toma parte en lo que se dice. El señor Ampère me ha parecido muy cariñoso con ella y le habla generalmente de ciencias. Dotado de una memoria prodigiosa para todo lo científico, de cualquier orden que sea, es muy distraído en todos los asuntos de la vida diaria. Aprendió latín él solo. Hace solo dos años que compone versos latinos y los hace muy bien. Domina la historia de maravilla y lee con igual placer tanto una disertación sobre jeroglíficos como un compendio de experimentos de física o historia natural. Todo eso es en él instintivo. Dice que los descubrimientos que lo han elevado hasta el rango que hoy ocupa se le ocurrieron de repente, sin saber cómo. Actualmente, está terminando un gran proyecto de enciclopedia.

Pues bien, ese es el excelente hombre en cuya casa me encuentro instalado; ¿estará usted contento, mi buen padre? Olvidaba decirle que en la casa reina un tono de perfecta cortesía. También olvidaba mandarle mi dirección: rue des Fossés Saint-Victor, nº 19.

Todavía no he vuelto a visitar al señor de Chateaubriand; espero la carta del señor Bonnevie que me dará un nuevo motivo para presentarme allí. No quiero dejar de ir a esa excelente casa. Vi al señor Lamennais la víspera de su marcha; he hablado mucho con él (todos esos sabios de París son muy afables). Me ha presentado a un joven que no se ocupa más que de literatura y de ciencias y de una erudición [poco común]; se ocupa mucho del alemán, está traduciendo una obra de Schlegel[6]. Es curioso ver qué instruido es aquí todo el mundo: el señor Durnerin es inglés y habla de literatura; las librerías mismas son cosa de sabios. Ya ve usted qué optimista estoy hoy; en mi última carta, la preocupación me había vuelto pesimista y todo me parecía mal. Ahora que los asuntos de Lyon están tranquilos, el que yo tenga una compañía y una vivienda de ensueño y delante de mí la esperanza de tener dinero, calefacción y libros, me hace sentirme mucho mejor. Mis digestiones, que se habían desordenado durante mis días llenos de preocupaciones, han vuelto a la normalidad… ¿Qué me falta? Usted, mi buen padre, usted y toda mi familia; ¡oh! eso me falta y ardo en deseos de volverles a ver. ¡Qué hermoso será dentro de ocho meses, cuando podamos abrazarnos! Por el momento habrá que contentarse con acariciarles por carta y con besarles por escrito. Hay que poner sus buenos días y sus buenas tardes en el correo para que les puedan llegar.

Por cierto, mientras escribo llega la medianoche: pronto no sabré si tengo que decirles buenos días o buenas noches. ¿Qué prefieren? Cuando el corazón y la mano se ponen en marcha ¿cómo detenerlos?

Adiós, mi querido papá.

Su hijo,

A.-F. Ozanam.

P.S.: No es verdad que se haya cerrado la facultad de Derecho. Por favor, dígame una palabra sobre los asuntos de Lyon. Los periódicos mienten tanto…

 

Mi querida mamá,

Muchas gracias por su carta y por su envío. Mis manos experimentarán con mucho gusto su ternura maternal. Un beso grande a Charles, le ruego, por sus amables garrapatos[7]. Mis recuerdos de amigo a mi querido Alphonse, un tirón de orejas a Falconnet, que todavía no me ha escrito; unas palabras a la buena criada María.

Para usted la ternura y la gratitud de su hijo,

A.-F. Ozanam.

Escribí el domingo a mi tío Haraneder[8].

Espero que esta sí sea una carta larga; he tenido tiempo libre y me he tomado un descanso para escribir, cosa que no es siempre posible.

He escrito hoy ocho páginas de Derecho y vuelvo al trabajo; los encargos, mañana, y pasado mañana escribiré al abate Noirot y a Ballofet.

Fuente: Archives Laporte (original). • Ediciones: LFO1, carta 40. — Lettres, t. I, p. 31 (parcial). — Cartas, t. I, p. 50-52 (parcial).

[1]*    Es difícil datar con exactitud esta carta. Está claro que fue escrita a lo largo de varias jornadas, incluso semanas. La referencia a «su carta del pasado domingo», en el primer párrafo, podría indicar una fecha posterior al 13 o al 20 de noviembre, en la que, posiblemente, el padre le pedía a Federico aclaraciones sobre su situación en la pensión de la señora Lecomte (cf. cartas 43 y 44, a su madre y a su padre, respectivamente). Por otra parte, Federico se instala en casa de Ampère el 5 de diciembre (Cf. Cholvy, Gérard. Frédéric Ozanam, l’engagement d’un intellectuel catholique au XIXe siècle (Federico Ozanam, el compromiso de un intelectual católico en el siglo XIX). París: Fayard, 2003, p. 147), hecho que se narra en el párrafo 9 de la carta. Igualmente, la mención de la «visita al señor de Chateaubriand» (prácticamente al final de la carta) data su envío antes del 10 de diciembre.

[2]      Jean-Louis Eugène Lerminier.

[3]*    Artículo del doctor Ozanam en la Revue des Deux Mondes.

[4]*    La estancia de Ozanam en casa del señor Ampère fue de un beneficio inestimable para el joven.

Duró dieciocho meses. Pronto se estableció una gran intimidad entre el ilustre sabio y el joven estudiante, a quien consultaba acerca de su clasificación de las ciencias y de sus versos latinos.

Se encuentran, entre los papeles de Ozanam, grandes listas, donde él escribió en el reverso:

«Estas listas han sido hechas en parte por el señor Ampère —padre— y en parte por mí a su dictado. Me son preciosas como recuerdo del tiempo que pasé cerca de ese gran hombre».

Cf. Lettres, p. 34-36.

[5]*    Horacio, en su Oda II, libro 2, habla de las bondades de los vinos de Falerno.

[6]      La traducción de la obra de Karl Wilhelm Friedrich von Schlegel apareció, en 1830, con el título Tableau de l’Histoire moderne (Tabla de Historia moderna), firmada por Joel Cherbuliez, en la editorial Renduel. La obra coincidía en varios puntos con las ideas de Lamennais.

[7]*    Letra poco legible de su hermano Charles Ozanam, a la sazón de 7 años de edad.

[8]      El señor Haraneder, casado con la hermana del señor Ozanam [sic: ver párrafo a continuación], vivía en Florencia; regresará, junto a su familia, a Lyon, en mayo de 1834.

[Nota del editor español]: En realidad, el señor Jean-Louis Haraneder estaba casado con Amélie-Benoîte Nantas, quien era hermana de la madre de Federico Ozanam.

Cf., por ejemplo, Vincent, o.c., p. 33 o Cholvy, o.c., p. 121.

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