Federico Ozanam, Carta 0045: A Ernest Falconnet

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
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Testimonios de amistad y análisis de las diferencias entre el pensamiento religioso de una sociedad patriarcal y de una sociedad teosófica.

París, 20 de noviembre de 1831.

Mi querido Falconnet:

Dice mamá que, cuando estabas oyendo leer mi carta, te parecías a un hermano que oye leer una carta de su hermano. Es esa una comparación que brota del corazón y que, te aseguro, me ha conmovido mucho. Sí, mi amigo, somos hermanos, hermanos de fe y de estudios, hermanos por la edad y los proyectos, destinados a recorrer la misma ruta; nuestras vidas serán hermanas, marcharán juntas acompañándose mutuamente y tendiendo hacia el mismo fin. Hijos de la misma sangre, el mismo pensamiento agita nuestras almas jóvenes y nuestras miradas se dirigen hacia un mismo porvenir. ¿Acaso no te has explayado conmigo respecto a tus sentimientos, tus alegrías y tus dolores? Y yo, ¿no te he revelado mis gustos, mis tristezas, mis esperanzas? Sí, Dios nos hizo hermanos, ha puesto en nosotros la santa fraternidad del espíritu, la ha bendecido, ha hecho de ella la condición para realizar nuestros destinos que, quizá, lleguen a ser hermosos.

No digas, pues, otra vez que yo te olvido. ¡Olvidar yo a ese buen Ernest, a ese amigo del corazón, con el cual he pasado tantas horas dulces, tantos días fecundos! ¡Oh!, no lo creas. Estás con frecuencia en mi memoria y muchas veces, conversando con Henri[1], con nuestros amigos lioneses, tu nombre se mezcla en nuestras conversaciones y te recordamos. Y si no te he escrito hasta ahora es porque no he tenido tiempo, y mis ocupaciones me han absorbido todos los instantes; es porque, en las tardes interminables, el frío me obliga a pasarlas en el gabinete literario, donde no me conviene escribir correspondencia.

Hoy te escribo deprisa, entre las tres y cuatro de la tarde, urgido por la hora de la marcha del correo.

Y para responder sistemáticamente a tu excelente carta, te advertiré, en primer lugar, que M…, aunque dotado de un carácter excelente, carece totalmente de principios, pues no ha tenido una buena educación. Incluso te confiaré (que esto quede en secreto entre nosotros dos) que no me parece que sus costumbres sean irreprochables. Eso me ha impedido relacionarme mucho con él. Por lo demás, creo que tú puedes verle de vez en cuando, con tal de que te asegures de que no te relacionas demasiado. En otros aspectos es un joven muy atento y que sabe respetar los principios de los demás. Cuando le veas le dices que me he ocupado de su asunto. No te relaciones mucho con él sin haber recibido consejo de quien puede dártelo. Ya que me pides opinión sobre tus ideas, te confieso que te encuentro algo confundido respecto a un punto. A mi modo de ver, hay mucha diferencia entre la época patriarcal y la época teosófica. La época patriarcal, la primera después del diluvio, me parece mucho más inocente, mucho más simple que la época teosófica. En el patriarca hay fe; como heredero de la creencia pura y sin mezcla, adora a Dios-espíritu, es monoteísta; su culto es tan poco complicado como su religión. Los sacrificios humanos le son desconocidos. El patriarca representa a toda la sociedad por él presidida. Pero llega una época en que los hombres, más numerosos, sienten más necesidades y así se forman los pueblos, donde se definen y limitan las condiciones y donde cada cual toma un estado. Entonces, preocupados por el desempeño de sus funciones especiales, constreñidos en los límites de sus tareas, los hombres confían el cuidado de rezar y de enseñar a aquellos cuyo genio está llamado más especialmente a esa función. Así surge el sacerdocio. De ser doméstico pasa a ser público, se convierte a su vez en un estado, una profesión, a veces en una casta. Llegado ese instante, la religión deja de penetrar en las familias y ocupar el hogar; se encierra en los templos. Ya no se expresa como instrucción familiar por boca del padre; es enseñada por iniciación, habla por boca de los pontífices. El patriarca, ocupado del cuidado de su casa y de la alimentación de sus hijos, rezaba en la sencillez de su corazón, sin tiempo para meditar sobre la doctrina. Pero el sacerdote, solo con sus pensamientos, destinado por obligación a la enseñanza teológica, sin otro cuidado, sin otra inquietud, ¿podrá abstenerse de meditar, de contemplar aquello que se ha convertido en el objeto de toda su vida? Luego, la imaginación y la razón, apoderándose sucesivamente del dogma, para comentarlo y embellecerlo, profundizarlo, o aun velarlo ante miradas profanas, ¿no acabarán por levantar en su común esfuerzo el inmenso edificio de la mitología? Esto puede aplicarse a todas las castas, a todos los colegios de sacerdotes: druidas, shamanes, brahmanes, caldeos, sibilas, iniciadores de todos los países, de Samotracia, Egipto y Grecia. En Israel, es la tribu de Leví depositaria de las tradiciones a partir de Moisés; Moisés y Aaron, sacerdotes y legisladores, suceden a la época patriarcal de Abraham y de Jacob, en el momento en que los hebreos se convertían en pueblo.

Así, el patriarca es el hombre primitivo, el hombre que cree. En su pensamiento hay síntesis. El teósofo (sabiduría, ciencia) es el hombre de la segunda época, el que reflexiona; es el hombre de análisis que, aislando las diversas fuerzas de la realidad, las asimila, la mayor parte de las veces, a su imaginación, algunas veces a su razón.

Es esta una disertación por demás larga; haz de ella lo que gustes y dime luego lo que piensas. Espero impacientemente tu manuscrito; lo anotaré con severidad. Los señores de Chateaubriand y Ballanche me recibieron bien. El señor Ballanche, conversando, me dijo: «Toda religión encierra necesariamente una teología, una sicología y una cosmología». ¿No es lo que dijimos nosotros dos un día? ¿No se encuentra ahí la tríada misteriosa donde se refunde toda ciencia? ¿No es esa la metafísica transcendental donde van a resumirse todos los conocimientos humanos? ¿Y no es una forma de entender al apóstol san Pablo, cuando enuncia que toda ciencia se encierra en la ciencia de Jesús crucificado?

Te invito a que sometas todas estas ideas en desorden, junto con las tuyas, al abate Noirot y me comuniques su opinión. Ve a verle con frecuencia, dale mis saludos y asegúrale que, muy pronto, habré de importunarle con una de mis cartas. Veré al señor de Montalembert y quizá al señor de Lamennais mañana o pasado mañana, antes de que partan para Roma[2].

Hasta ahora, París no me ha encantado; sin embargo, he visto mucho. No tengo muchas facilidades para trabajar si se considera mi inexperiencia, mi ignorancia para desenvolverme y el estado provisional en que me encuentro. Espero conseguir fundar la reunión de que te hablé; tengo ya los elementos para ello. Pessonneaux comparte mis proyectos y me acompaña con mucho gusto.

Te ruego: 1º que veas a mi hermano y le preguntes qué han hecho de mi manuscrito los capellanes del hospital. Que lo consiga y me lo envíe si es posible. Aquí me resultará fácil sacar partido de él; 2º en tu próxima carta dame tu dirección con toda precisión y también la de Balloffet.

Adiós, mi buen amigo, sigue caminando con valentía por el buen camino de la ciencia y de la virtud. Que Dios bendiga tus esfuerzos. Mis recuerdos a tus padres. Para ti, mi afecto sincero y abnegado.

De tu amigo para siempre,

  1. F. Ozanam.

No olvides mis encargos y dame noticias de tus padres, y asegúrales que me acuerdo de ellos con constancia.

Fuente: Original perdido. • Ediciones: LFO1, carta 39. — Lettres, t. I, p. 26 (parcial). — Cartas, t. I, p. 45-48 (parcial).

[1]*    Pessonneaux.

[2]*    El abate Lamennais vivía entonces en la calle Vaugirard nº 98; había suspendido el 15 de septiembre la publicación de l’Avenir y el 31 de diciembre de 1831 llegó a Roma, acompañado por el padre Lacordaire y el señor de Montalembert. Ozanam fue a hablar con el señor de Lamennais una vez, y no guardó un recuerdo grato de esa entrevista.

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